lunes, 29 de abril de 2013

Cartouche: historia de un bandolero (II)


El padre de Cartouche comenzó a darse cuenta de que los gastos de su hijo no se correspondían con sus ingresos. Al principio, como era conocedor de su relación con la lavandera, supuso que el dinero procedía de ella, pero al cabo de un tiempo dejaron de cuadrarle las cuentas: aquella mujer seguramente no podía disponer de tanto. Dispuesto a averiguar toda la verdad, un día el tonelero decide seguir a Cartouche hasta las proximidades del Palais Royal. Fue suficiente para ver confirmadas sus peores sospechas. 

El disgusto del hombre al ver que Luis había vuelto a las andadas fue tremendo. Puesto que él no había sido capaz de corregirlo, lo único que podía hacer a esas alturas era dejar que lo intentaran en un reformatorio. El tonelero guardó el secreto de su descubrimiento y solicitó una lettre de cachet con la que presentarse en el asilo de San Lázaro, antigua leprosería que se había convertido en una institución en la que la congregación de la Misión de San Vicente de Paul trataba de devolver al camino a ovejas descarriadas como Cartouche. 

Una vez ajustado el precio por la manutención, regresó a casa y propuso a su hijo que lo acompañara con el pretexto de entregar unos toneles de vino. Pero Cartouche es inteligente y recela la argucia. Sobre lo que ocurre a continuación hay dos versiones. Según una de ellas, la más verosímil, al ver que su destino es San Lázaro, teme que su padre se proponga encerrarlo, de modo que le da una excusa, va en busca de sus cosas y las empaqueta con rapidez antes de darse a la fuga. La segunda afirma que llegó a entrar en San Lázaro, pero mientras su padre iba en busca del procurador, Cartouche se despojó de chaqueta y sombrero y se puso el pañuelo en la cabeza para salir disfrazado. 

San Lázaro, que se convertiría en prisión en tiempos de la Revolución

Louis-Dominique cruza el Sena y se refugia en una sucia taberna. A partir de entonces comienza a salir cada día en busca de botín, una actividad en la que cada vez se muestra más diestro. Sabe que abundan los soplones, y que son el principal peligro, pero es listo, los reconoce y es capaz de eludirlos. Pero un día otro hombre se acercó a él y le pidió la bolsa. Cartouche desenvainó su acero. 

—Mi bolsa —replicó— está al final de mi espada. 

El otro se echó a reír. Dijo que solo había querido ponerlo a prueba, porque lo había visto trabajar y admiraba su habilidad. Buscaba un socio, porque al suyo acababan de colgarlo en la plaza de Grève. Pero antes quería ver más. Louis le hizo una buena exhibición esa noche, y antes del amanecer se habían convertido en socios y amigos. Galichon lo condujo a su alojamiento, donde se encuentran con dos hermosas jóvenes, una de las cuales es la pareja de Galichon y la otra su cuñada. Afortunadamente para Luis, la cuñada estaba libre. 

Un día Galichon y las dos mujeres son arrestados. El hombre es condenado a galeras, mientras que ellas son enviadas al Gran Hospital. Cartouche había logrado escapar de milagro, pero volvía a encontrarse solo. La suerte corrida por su amigo le hace temer por la suya, y por un tiempo considera la idea de ganarse la vida de otro modo. Fue entonces cuando sirvió como lacayo en casa del marqués de Saint-Abre. Al mismo tiempo frecuentaba los garitos y tenía suerte con las cartas y con las mujeres. Pero es un tramposo, y no se cuida de disimularlo perdiendo de vez en cuando, por lo que acaba por ser descubierto y se le invita a marcharse. Todo aquel feo asunto condujo, a la postre, a la pérdida de su empleo junto al marqués. 


Sin oficio ni beneficio, Louis ofrece sus servicios al conde de Argenson, lugarteniente general de la policía, para “agarrarle todos los bribones de París”. Por entonces se pagaba un escudo por día por las denuncias, pero ser soplón era un oficio peligroso, porque siempre había otro que lo vigilaba para el bando contrario. Era demasiado riesgo para tan poco beneficio. Cartouche opta entonces por ayudar a los reclutadores a conseguir hombres para el ejército. Su tarea era emborracharlos y enviarlos al sargento para que el contrato quedara listo antes de que se pasara el efecto del vino y reconsideraran la cuestión. 

En esa tarea le iba bien hasta que un día solo fue capaz de reclutar tres soldados en lugar de los cuatro prometidos. El sargento lo invita a comer y Cartouche acepta ayudarlo con el traslado de los tres enrolados. Durante el almuerzo el vino corre sin medida, Louis se emborracha y se queda dormido. Cuando despierta al día siguiente, está maniatado, y el sargento le comunica que está alistado en su compañía. 

Pero Francia firmaba el tratado de Utrecht y ya no necesitaba tantas tropas. Cartouche, de nuevo un civil sin empleo, regresa a París. Es entonces cuando organiza su banda con los veteranos que recluta por el camino y que, una vez en París, continúan acudiendo a centenares. Así comienza su reinado sobre los bajos fondos. Partía con doscientos hombres, pero en sus mejores tiempos llegaría a tener dos mil miembros de ambos sexos que se repartían por toda Francia, pero el nombre de Cartouche solo era conocido por su veintena de lugartenientes; para el resto él era, simplemente, El Niño. 

En aquella tropa de malhechores no solo había soldados, hijos de familias arruinadas, niños sin techo o servidores desleales, sino que también Louison, el hermano de Cartouche, había decidido enrolarse. A él seguiría más tarde otro hermano y también la hermana. Cada afiliado debía, bajo pena de muerte, respetar un código. Se reconocían unos a otros mediante palabras clave y estaban obligados a ayudarse en cualquier circunstancia. Además, juraban estar dispuestos a morir por salvar al jefe. En cuanto al botín, se repartía según el grado de participación en su conquista. A cada miembro se le permitía retirarse solo con un preaviso y con prometer ser discreto en un futuro. Si no guardaba discreción y los delataba, pagaba con su vida. 


Cartouche obtenía, además, otra fuente de ingresos cobrando tributo a los mendigos y malhechores de París que no pertenecían a su banda. Contaba con encubridores y también tenía en nómina a médicos y cirujanos. Una buena atención médica era importante, porque frecuentemente había heridos en los choques con la policía, y no podían cometer la imprudencia de llevarlos al hospital. Los cerrajeros también hacían buen negocio trabajando para la banda, por no hablar de los fundidores de oro y plata. 

Uno de los procedimientos que empleaban los hombres de Cartouche era el de formar una pirámide humana que se sustentaba sobre el forzudo Auvergnat, y así encaramados llegaban a los pisos altos amparados en la noche. Esto llegó a ser tan frecuente que las gentes comenzaron a instalar rejas en las ventanas. La medida fue eficaz durante un tiempo, pero pronto los bandidos encontraron el modo de burlarla usando largos palos terminados en ganchos con los que agarraban las ropas y objetos de valor. Según su biógrafo Barthélemy Maurice, “algunas veces, incluso, se pinchaba en la carne de algún durmiente que empezaba a lanzar gritos de Melusine, a los cuales las gentes de fuera mezclaban carcajadas y risotadas descaradas. ¡Cuántas hermosas escenas conyugales, o casi, no sorprendieron los cartouchianos!” 

Más peligrosas eran las agresiones en la vía pública. El que se resistía o llamaba a los guardias recibía un golpe en la nuca con un bastón terminado en una punta de plomo. La banda está tan bien organizada y controla hasta tal punto las calles que ya no era extraño encontrarlos operando a plena luz del mediodía. 

Pero Cartouche no solo era un bandido despiadado, sino también un hombre que demostraba tener sentimientos. Trataba de no derramar sangre de los policías, aunque no siempre fuera posible, y algunas veces se detenía a consolar extrañamente a las personas desvalijadas. En ocasiones intercambiaba su ropa con los asaltados. Le gustaban “las modas cursis, los lazos, los colores rabiosos”. Y en más de una ocasión, encontrando en los bolsillos del asaltado una miniatura con un retrato de mujer, corría tras la víctima para devolvérselo. Además, como deferencia para con las personas a las que desvalijaban, la banda les transmitía una palabra clave que solo tendrían que pronunciar si eran atacados de nuevo ese día, y entonces serían respetados, a menos que se tratara de bandidos ajenos a Cartouche...


Continuará


30 comentarios:

  1. Cartouche no era moco de pavo. Un facineroso en toda regla. Vamos, que mejor evitar tropezarse con él y su banda. Oiga, y su tropa de malotes eran casi un ejército.
    En fin, ya nos seguirá contando que azarosa vida tuvo.

    Bisous y buenas tardes

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Ay, madame, qué más da que ya no podamos encontrarnos con él, si nos topamos con otros mucho mejor parapetados en sus despachos.

      Feliz comienzo de semana

      Bisous

      Eliminar
  2. Los pequeños actos de generosidad eran algo frecuente entre la gente del hampa. Por muy canallas que fueran, estos fuera de la ley tenían un código de conducta, unas líneas rojas que debían respetar y no cruzar. La ética del bandolero. Lo peor de estos tiempos es que hay ladrones que no respetan ni a nada ni a nadie.
    Un saludo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Ya no hay ética, no. Ahora si te pueden exprimir dos veces, no se lo piensan. Y ya no viven todos en los bajos fondos.

      Feliz lunes

      Bisous

      Eliminar
  3. Bonsoir Madame

    Realmente esta historia nos invita a reflexionar: me impactó aquella primera entrada que en tiempos de la Regencia "había hambre, había miseria pero aún no ebullían las ideas radicales de iniciar una revolución..."

    La mayoría de lo que leemos sobre los siglos XVI y XVII es sobre la aristocracia, los ricos y poderosos, pero casi no se menciona la vida cotidiana del pueblo, mucho más abajo de la floreciente burguesía.

    Este relato nos transporta a la gente más necesitada y que luchaba el día a día por Sobrevivir...

    Me ha impactado y espero con ansiedad la continuación...

    à bientôt

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. La gente más necesitada, monsieur, solían ser las víctimas, que no siempre eran ciudadanos acaudalados. No solían preguntarles si les quedaba algo para dar de comer a sus hijos después de quitarles la bolsa.

      Muchas gracias, monsieur. Espero tenerla lista pronto.

      Feliz lunes

      Bisous

      Eliminar
  4. Aunque a veces algunos bandoleros tenían gestos, normalmente iban a lo suyo.
    Magnífica entrada, madame.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Sí, lo insólito era que tuvieran gestos, lo cual contribuyó enormemente a la popularidad de Cartouche.

      Gracias, monsieur.

      Feliz tarde

      Bisous

      Eliminar
  5. Hola Madame:

    Tengo que ponerme al día por aquí. Como siempre interesante vida que nos trae.

    Besos

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Bienvenido de nuevo, monsieur. Espero que haya disfrutado de su semana familiar.

      Feliz tarde

      Bisous

      Eliminar
  6. Una historia muy bien contada, tanto que cuando acabas el relato sientes una cierta simpatía hacía Cartouche.
    Ha sido un placer leer su entrada.
    saludos

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias, madame. He querido transmitirles la percepción de sus contemporáneos, junto con la nuestra.

      Feliz tarde

      Bisous

      Eliminar
  7. Leyendo la historia hasta resulta novelesca y divertida.
    Asombroso como se organiza. Las rejas se inventaron con este fin desde este tiempo. Tiene gracia el sistema de los ganchos. Deseando estoy de saber como termina este asunto.
    Bisous.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Lo malo era ser la víctima, pero desde la barrera estas historias resultan muy amenas.
      Pronto continuaremos.

      Feliz tarde

      Bisous

      Eliminar
  8. Entre El Regente y Cartouche, no se sabe quién era más bribón en esa época, pero a la gente de bien le debe haber sido desagradable despertar y encontrarse que le habían robado la ropa por la ventana.
    Bisous, Madame

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. El Regente tendrá un papel importante en nuestro próximo capítulo. Cartouche compartía plenamente su opinión con respecto a él, solo que él opinaba que le ganaba el Regente.

      Feliz tarde

      Bisous

      Eliminar
  9. Je,je,je..., tiene gracia eso de que la cuñada estaba libre.
    Beso su mano.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Sí, pero poco le duró. Afortunadamente él siempre tenía repuestos :)

      Feliz tarde, monsieur

      Bisous

      Eliminar
  10. Buenos días, madame:

    Es muy interesante la manera en que Cartouche fue formando su propio imperio, pero tal y como lo cuenta, su esquema de trabajo parece responder a una estafa piramidal, jajaja.

    También me ha llamado la atención lo de los tributos, como si los que los pagaban fuesen sus parias particulares.

    Es una pena que los Cartouche actuales vistan con trajes de Emidio Tucci y estén integrados en los grupos de élite de la sociedad.

    Un saludo, querida Dame. Le está quedando una vida magnífica. Quedamos a la espera del siguiente episodio.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias, equipo.
      Le apuesto a que si Cartouche hubiera vivido en esta época, vestiría de Emidio Tucci y cosas más caras. Total como no tenía que pagarlas con su dinero...

      Pero sí, cobraba tributos y le rendían vasallaje. Ya le digo que él se consideraba el rey de París :)

      Feliz día

      Bisous

      Eliminar
  11. Muy bien organizado lo tenía este hombre. Doscientos seguidores en un principio y más de dos mil hacia el final. ¡Madre mía, debía de ser tenido muy en consideración por los suyos para ser respetado por un número tan grande de fieles (ya sabe usted que las rebeliones estaban a la orden del día)!

    Muy curioso el asunto de los "remordimientos". Tanto el hecho de devolverles a los caballeros los retratos de sus damas o el darles una palabra clave para evitarles ser asaltados dos veces en un mismo día.

    Bisous.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Tenía un verdadero ejército repartido por toda Francia, no solo en París. Cartouche seguramente tenía un carisma fuera de serie. Al fin y al cabo fue elegido "democráticamente" como jefe.
      Pero sí, eran curiosos los detalles, a veces galantes y otras compasivos, que solía mostrar hacia las víctimas, y que no eran lo más usual entre bandidos.

      Feliz tarde, madame

      Bisous

      Eliminar
  12. Lo dicho: la II parte es aun más interesante, ahora la III, este hombre era lo máximo de la pillería pero por lo menos no se ponía la máscara de buena gente... Ya se sabía que el que tenía la mala suerte de encontrárselo sería desplumado pero... solamente una vez el mísmo día jejejje!.Muy simpatica esta anédocta...pero vamos que organización...crucemos los dedos y no demos idéas que como esta la situación:)

    Madame: ya estoy pronta para la III parte curiosa que es una...jajajaja.

    Feliz día bisous.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Detalles como ese demuestran una desconcertante sensibilidad. Demostraban que al fin y al cabo sí le importaban las víctimas, pero no lo bastante como para reformarse :)

      Feliz tarde, madame

      Bisous

      Eliminar
  13. Me han gustado mucho estas dos entradas sobre este bribón llamado Cartouche; es uno de esos relatos de antihéroes, tan tipicos de la Edad Moderna, gente que tenía una misión en la vida: sobrevivir, ser alguién por sus propios medios, me recuerda mucho al Lazarillo y la novela picaresca española. Buen día, madame.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Sí, no cabe duda de que Cartouche encontró una profesión en la cual ser alguien. Y supongo que dentro de ella, a su manera aspiraba a la gloria y a la admiración, desmarcándose del resto con esos destalles desconcertantes.

      Feliz tarde

      Bisous

      Eliminar
  14. Me invitáis a la reflexión, Madame. Me pregunto si muchos padres de hoy no se cuestionarán,como el padre de Catouche, de dónde salen esos dineros tan abundantes de sus jóvenes hijos que sin trabajar tienen cochazos, "chupas" caras, altas tecnologías y toda una gama de signos que invitan a preguntarse, ¿de dónde?; luego es demasiado tarde y han perdido a su hijo en brazos de las drogas o las mafias o ambas cosas.

    Bisous.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchos padres de hoy tendrían que cuestionarse muchas cosas. Sin embargo, según vemos por Cartouche, cuando la rama sale tan torcida es muy difícil de enderezar.

      Feliz día, monsieur

      Bisous

      Eliminar
  15. Madame: como dije anteriormente, es una vida de película. Un tipo increíble y con buenos instintos, creo que si hubiera nacido en otro tiempo, con posibilidades, no hubiera sido ladrón.
    Fueron varias las veces que intentó salir, pero parece que su destino estaba escrito; sería ladrón.

    mariarosa

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. No sé si hubiera sido o no ladrón. En realidad su vocación fue muy temprana, a pesar de loe esfuerzos de su padre. Él hubiera podido tener un trabajo decente como artesano, y aunque no nadara en abundancia, no habría pasado necesidad.

      Buenas noches

      Bisous

      Eliminar

"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)