domingo, 28 de abril de 2013

Cartouche: historia de un bandolero (I)


En la época de Cartouche, muerto ya Luis XIV, la corte se encontraba en torno al barrio del Palais Royal, sede del gobierno. A su alrededor se situaba la próspera burguesía comerciante, y en la periferia vivía el pueblo trabajador entre sórdidos tugurios, garitos y gentes sin empleo dispuestas a todo que encontraban refugio en escondrijos “en los cuales ningún cristiano se arriesgaría a entrar”. Había hambre, había miseria, había motines, había crímenes; pero aún no se soñaba con una revolución. Los más audaces se conformaban con salir en cuadrilla por las noches a atacar a transeúntes solitarios en los barrios elegantes. 

Louis-Dominique Garthausen, apodado Cartouche, fue un famoso bandolero de ese París de comienzos del siglo XVIII, jefe de una de las bandas de la Corte de los Milagros durante la época de la Regencia. En solo 28 años logró labrarse una reputación como enemigo público número uno. Él mismo no era capaz de recordar a cuántos policías y soldados había matado, y como ladrón fue un “jefe de banda cínico, capaz de sacudir París —ese París del que era el terror y del cual se proclamaba rey— con una gran carcajada”. Pero, a pesar de sus fechorías, sus contemporáneos no podían evitar sentir admiración por él. Y es que Cartouche no despreciaba solamente a la policía, sino también al propio Regente, Felipe de Orleáns, un hombre que, con sus vicios, su gobierno corrupto y sus sucios negocios, era aborrecido por la mayoría del país. 

Cartouche nació en octubre de 1693 en el barrio de La Courtille, rue Pont-aux-Choux. Fue el mayor de los hijos de un humilde tonelero y, al no poder su padre darle apenas educación, era analfabeto, como la mayoría de sus contemporáneos. Firmaba poniendo una cruz, pero sus modales fueron exquisitos, y su comportamiento abiertamente galante, incluso caballeresco con las damas 

Su única escuela fueron las calles en las que jugaba con otros niños de su edad hasta que al cumplir los doce llegó el momento de comenzar a aprender los rudimentos del oficio de tonelero. Las condiciones laborales de los niños eran penosas, y Louis no se resignaba a la pérdida de su libertad; cada vez que podía se escapaba con sus amigos y juntos merodeaban por los lugares donde se agolpaban los espectadores para contemplar algún espectáculo callejero. 

Un día provocaron un escándalo que causó las iras de comerciantes y burgueses. Los pequeños pícaros se dispersaron llevándose como botín algunas chucherías de las que se habían apoderado. Luis corrió tan veloz como le permitieron sus piernas hasta encontrarse fuera de las murallas, pero sabía que de nada serviría en realidad, porque había sido reconocido. Poco después los soldados se presentaban en casa de su padre e invitaban al tonelero a corregir severamente el comportamiento de su hijo. 


Cartouche no se atreve a regresar a su hogar. Teme que los soldados estén esperándolo allí, y anticipa el castigo y la paliza que con toda seguridad recibirá de su padre si se le ocurre aparecer en esos momentos, de modo que aplaza el regreso hasta el día siguiente, cuando espera que el enojo del honrado tonelero ya se habrá calmado un poco. Esa noche Luis se quedó dormido bajo un árbol, pero quiso el destino que entonces pasara por la carretera una troupe de gitanos, a medias saltimbanquis y a medias ladrones. Sea que los gitanos lo hicieran prisionero, como afirma la leyenda, o sea que se fue con ellos voluntariamente, a partir de ese momento lo encontramos alojado en uno de sus carros y aceptando aprender el oficio de artista y timador. 

Luis era bajito, esbelto, ágil y vigoroso, y tenía un rostro muy lindo. Al hacerse adulto siguió conservando un aspecto juvenil que hizo que los miembros de su banda lo apodaran El Niño. Esos rasgos le vinieron muy bien en sus comienzos delictivos, al conferirle un aspecto angelical que no despertaba recelos. Ello, unido a su buena disposición para el aprendizaje del oficio criminal, constituyó la mejor garantía de éxito. 

Iba a pasar con los gitanos de tres a cinco años en los que se sintió muy cómodo cortando bolsas y robando joyas y tabaqueras entre el gentío que se apretujaba al pie de las barracas. Le habían enseñado, seguramente, con la “escuela del maniquí”, que él mismo implantó después en su banda. Este método de aprendizaje consistía en desvalijar los bolsillos de un maniquí sujeto por unas cuerdas y lleno de campanillas que sonaban a la menor torpeza. 


Cuando la troupe de gitanos llegó a Ruan, no le quedaba nada por aprender. Allí permanecieron varios meses durante los cuales Louis contrajo una enfermedad de la piel que motivó su ingreso en un hospital. En aquel tiempo eso significaba estar prácticamente desahuciado: lo normal era que, cuando se entraba en un hospital, era para morir. Cartouche era fuerte y logró salir adelante, pero cuando recuperó su salud se encontró con que sus compañeros ya habían abandonado la ciudad. La causa había sido un mandato judicial que los expulsaba de la provincia en vista del aumento de latrocinios que estaban teniendo lugar desde su llegada. De no haber obedecido, los gitanos se hubieran enfrentado al látigo e incluso a la horca. 

Luis se encontraba solo, convertido en un vagabundo hambriento. Fue entonces cuando providencialmente se encuentra con su tío Tanton, hermano o tal vez cuñado de su madre. Tanton había venido de París, oficialmente para tratar un asunto sobre unos cerdos, pero en realidad para dedicarse a sus turbios negocios, ocultos bajo la tapadera que le proporcionaba su oficio de candelero. Alojado en una posada, después de cenar salió a fumar su pipa mientras contemplaba los barcos. Fue entonces cuando reparó en un jovencito muy flaco que se arrojaba sobre cualquier resto de alimento. Ambos se reconocen, lloran y se abrazan. El tío lo lleva a la posada, donde procede en primer lugar a disponer un baño para el chico, algo que parecía ser incluso más primordial que alimentarlo. Tanton tuvo que hacer que le raparan el pelo, de tantos piojos como tenía. Mientras tanto entró en una tienda y volvió con ropa nueva para él, porque los andrajos con los que se cubría no podrían tener ya otro destino que ser pasto de las llamas. 

Tío y sobrino deciden volver juntos a París, donde el tonelero ha estado más inquieto y afligido que enojado, y lo único que quiere es abrazar de nuevo a su hijo. La acogida es calurosa, y el encuentro con sus hermanos menores, que ya casi habían olvidado sus rasgos, muy emocionante. Para ellos aquel joven aventurero es un ídolo. Tiene tantas historias que contar y ha aprendido tantas cosas capaces de hechizar sus oídos… Luis es ya un consumado espadachín, maneja con gran destreza el pistolón y los palos; su elasticidad y agilidad no tienen rival, y además hace juegos de manos y ha aprendido el arte del mimo y el funambulismo. Sabe colarse por las chimeneas, ejecuta saltos imposibles, e incluso, hasta que el abuso inmoderado del alcohol no se lo impidió, era capaz de huir de la justicia saltando de tejado en tejado

Pero Cartouche parecía dispuesto a reformarse, y al día siguiente de su llegada se presenta muy serio en el taller paterno. Quiere ser un buen artesano como él, y se aplica a trabajar la madera y el metal. 


Durante año y medio Luis fue un hijo ejemplar y un trabajador modelo, y seguramente hubiera seguido siendo así de no haber surgido el amor en su camino complicándolo todo. El joven se enamora de una lavandera mucho mayor que él. De hecho, sorprendentemente la mujer tenía alrededor de cuarenta años, lo que en aquella época era “casi una edad canónica”. Su experiencia con los hombre era, además, muy amplia, por lo que no le costó ningún esfuerzo llevar al jovencito de la nariz. Cuando él la pretende, la lavandera le advierte sin rodeos “que sus encantos se compran”. Luis no tiene ni un escudo, pero decide que tiene que encontrar el dinero como sea. 

Después de registrar desesperadamente sus bolsillos y los cajones de su cuarto, comprueba consternado que están vacíos. El siguiente recurso es el calcetín de lana de su padre. El tonelero algo guardaba, pero no es suficiente, de modo que ya solo le queda poner en práctica alguna de las cosas aprendidas en su antigua vida. Cartouche abandona el taller para hacerse con las bolsas de los transeúntes…


Continuará

12 comentarios:

  1. A mitad de camino entre el pícaro (Lázaro, Rinconete) y el bandolero galante. Eran tiempos difíciles aquellos.
    Un saludo.

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  2. ¡Nos quedamos con la miel en los labios esperando su próxima entrega, Madame!

    Nos imaginamos que el joven Cartouche seguiría usando el método del maniquí para pagarse los favores de la lavandera, pero no queremos sonsacarle más.

    Un placer siempre pasar por este encantador espacio. Un saludo, querida Dame.

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  3. Yo vi el filme de Belmondo y la Cardinale hace años, pero no sabía que Cartouche era un personaje real. ¡Me encantan las historias de bandoleros!
    Bisous, Madame.

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  4. Madame, estoy poniéndome al día en su blog, ya que tenía algunas entradas sin leer. Una inteersante historia la que nos trae usted hoy, espero la continuación.
    Saludos

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  5. Así que el amor se convierte en el detonante... Un móvil viejo como el mundo y fascinante en este caso, pues pone de manifiesto la pobreza enorme que padecía su familia cuando no tenían dinero ni para pagar a una mujer como aquella. Una historia muy interesante que no conocía. Espero con muchi interés la continuación. Beso su mano.

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  6. ¡Ah! El amor. A eso se llama perder la cabeza, pero ¿quién puede librarse de ello alguna vez? ¿no?
    Beso su mano.

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  7. Las mujeres siempre las mujeres. El chico listo como parece que era cae en la trampa. Podría haberse enamorado de otro tipo de mujer. Pero no. Bandolero en acción.
    Biusous y feliz semana e.

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  8. De verdad que cuando pensaba que se había enderezado este muchacho vuelve a su antiguas tretas pero que le vamos a decir madame: el amor es muy puñetero y en su caso más porqué, lo tiene que pagar...Bueno esperando la segunda parte que si interesante es la primera la segunda debe de serlo aun más sin duda.

    Jean Paull Belmondo y Claudia Cardinale interpretaron la vida de este"luis Candelas" a la francesa una película muy divertida!

    Feliz semana madame.

    Bisous.

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  9. La versión gala del bandolerismo español, real como literaturizado. Recuerdo la película que me gustó mucho.

    Bisous.

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  10. ¿Y que se conviertió en bandolero por amor? ¡Madame, menuda novela romántica tenemos aquí! Pese a que la dama de romántica y lánguida tuviera poco... "sus encantos se compran." Triste ejemplar de femineidad.

    Muy curioso el detalle del maniquí dotado de cascabeles.

    Bisous.

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  11. me ha encantado cómo ha presentado 'el mal'. nos dice que se reforma y que se comporta como un hijo modelo y de repente... la foto de claudia cardinale. no diga más.
    a mí claudia cardinale me podría llevar donde ella quisiera.

    bisous madame!!

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  12. Que vida de pelicula. La sigo Madame, me parece que se viene una historia muy interesante.


    mariarosa

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)