miércoles, 13 de marzo de 2013

Los enterramientos en la antigua Roma

Cipariso moribundo sobre el cuerpo de su ciervo - Norblin de la Gourdaine

En la antigua Roma, cuando la muerte era inminente, parientes y amigos rodeaban el lecho del moribundo para confortarle y dar rienda suelta a su propio dolor. El pariente más próximo le daba el beso y recibía su último aliento, con el que se creía que el alma abandonaba el cuerpo. Luego cerraba los ojos del difunto y depositaba la moneda para pagar el pasaje de la barca de Caronte. El ritual dictaba que se procediera a la conclamatio, consistente en pronunciar por tres veces el nombre de la persona fallecida. 

Después se colocaba el cadáver sobre el suelo para lavarlo y ungirlo con aceites. Enterradores profesionales lo preparaban para la ceremonia de enterramiento. Si el difunto había ostentado un alto cargo, se lo vestía con sus ropajes oficiales y se le coronaba con hojas de laurel que a veces eran de oro. Los ciudadanos corrientes se envolvían en su toga. 

El cuerpo, con los pies orientados hacia la puerta y rodeado de flores para simbolizar la fragilidad de la vida, se llevaba al atrio de la casa, donde era velado por plañideras alquiladas para la ocasión. Allí permanecía de tres a siete días mientras en el exterior ramas de ciprés advertían de la muerte a los transeúntes. La tradición se basaba en el mito de Cipariso, eromenos de Apolo. El joven amaba mucho a un ciervo que siempre le acompañaba, pero un día le dio muerte accidentalmente en el bosque al arrojar su jabalina. En la versión de Ovidio, el desconsuelo de Cipariso era tan grande que pidió a Apolo continuar llorándolo eternamente. El dios lo transformó en un ciprés, un árbol cuya savia forma en el tronco gotas semejantes a lágrimas. Desde entonces el ciprés estuvo presente en los ritos funerarios. 

El funeral de Británico - Giovanni Muzzioli

La procesión era suntuosa si el fallecido era un personaje importante o acaudalado. Ocho hombres transportaban la litera sobre la que iba el difunto en una caja abierta de madera. Si era joven, iban acompañados por flautistas; en caso contrario, se acompañaban de música de trompetas. Detrás iban todos los miembros de la familia. Durante la República algunos llevaban máscaras mortuorias de sus antepasados más ilustres, con lo que exhibían su linaje patricio. Según Polibio, “las sacan en el entierro y las colocan sobre el rostro de personas que se les parezcan en estatura y en el físico, y son transportados en carros precedidos de las hachas y las demás insignias que les solían acompañar en vida, según la categoría de cada uno y su actividad política". Colocaban la máscara con el rostro del difunto en una hornacina de madera en un lugar visible. De ese modo se iban acumulando las de los antepasados que luego se exhibían en el cortejo. También se guardaba en lugar preferente un busto del fallecido, que sacaban en procesión para conmemorar el aniversario de su muerte. 

El cortejo fúnebre se detenía en el foro, donde se hacía un panegírico alabando al difunto. Era la ceremonia llamada laudatio. A continuación se le conducía a la pira funeraria, fuera del recinto de la ciudad, y allí volvían a llamar al muerto por última vez. Diversos regalos y posesiones del difunto se colocaban a su lado en la pira: joyas, juguetes, retratos, objetos preciosos; a veces incluso sacrificaban a las mascotas para que los acompañaran al otro mundo. Después de que un pariente le prendiera fuego con una antorcha y las llamas consumieran el cuerpo, las cenizas eran enfriadas con vino o agua y recogidas en una urna. La ceremonia era precedida por un banquete, y otro más se celebraba en la tumba familiar tras ser depositada la urna. Después de un periodo de luto de nueve días, se procedía a un nuevo banquete ante la tumba, llamado novendalia. Los comensales no olvidaban dejar alimentos para el muerto. 

A lo largo del año los romanos celebraban otras comidas en la tumba con sus parientes y amigos, con ocasión de cumpleaños y festivales anuales. Los mausoleos de los más adinerados a menudo contaban con cámaras para este propósito, a veces equipadas con cocinas. También en estas ocasiones ofrecían comida a los difuntos, y de ahí que las tumbas tuvieran agujeros o conductos a través de los cuales podía suministrarse el alimento. 

Ido, pero no olvidado - Waterhouse

Tras el funeral, al volver a casa la familia procedía a la suffitio, un rito de purificación por fuego y agua. Se hacía rociando con agua a los participantes sirviéndose de una rama de laurel, después de lo cual tenían que pasar bajo el fuego. Además 

Tradicionalmente los funerales se celebraban de noche, a la luz de las antorchas, hasta finales del siglo I. Pero incluso entonces continuaron siendo nocturnos los de los niños, los pobres y los que habían cometido suicidio. 

Había normas que regulaban los enterramientos. Por ejemplo, solo cuando se había sacrificado un cerdo se consideraba legalmente la tumba como tal. Aunque las leyes trataban de restringir el gasto en las ceremonias fúnebres, a veces estos acontecimientos se llevaban a cabo con gran magnificencia, especialmente si el difunto había sido admirado por la multitud, como fue el caso de Julio César. Pero hombres menos ilustres podían comprar también esa última hora de gloria. Ha quedado registro de un hombre que dejó un millón de sestercios para gastos de su funeral en el año 8 a. C. Podía permitírselo, ya que su fortuna ascendía a 60 millones, más de cuatro mil esclavos e incontables cabezas de ganado. La mayor parte del dinero se gastó en espectáculos de gladiadores, juegos funerarios y banquete. 

Las cenizas de los romanos ilustres se depositaban en tumbas muy elaboradas a ambos lados de las principales carreteras que salían de la ciudad, y a menudo adornadas con jardines. Fueran inhumaciones o incineraciones, los enterramientos debían hacerse fuera de la ciudad, aunque había excepciones para determinadas personas, por ejemplo los emperadores. Se trataba de una medida sanitaria. 

Reconstrucción imaginaria de la Vía Apia (historiayarqueologia.com)

Los pobres, en cambio, no podían disfrutar de tales ceremonias, y con frecuencia ni siquiera tenían una tumba, sino que eran enterrados en fosas comunes en el cementerio público de la colina del Esquilino, la más alta de las siete. Para evitar tan triste destino se formaron algunas sociedades benéficas llamadas collegia funeraticia, cuyo objetivo era poder proporcionar unos funerales dignos a sus miembros. Estos se reunían una vez al mes para el pago de las contribuciones destinadas a sufragar su enterramiento. La mayoría de estos clubs tenían connotaciones religiosas y realizaban algunas actividades, tales como comer juntos en determinadas ocasiones. A veces los miembros de los collegia funeraticia practicaban todos el mismo oficio, o eran servidores y esclavos de una misma familia importante o de la Casa Imperial. Sus urnas encontraban un lugar en nichos abiertos en la pared de grandes tumbas o catacumbas, con espacio para varios miles. Eran los llamados columbaria (palomares). Perturbar el reposo de aquel que finalmente descansaba en su tumba estaba considerado un crimen. 

Los soldados caídos en batalla eran enterrados o cremados de forma colectiva. Los gastos del funeral corría a cargo de sus compañeros de armas, por lo que se apartaba una cantidad de la paga de los soldados para tal propósito. 

Si no se podía enterrar un cuerpo, por ejemplo porque hubiera desaparecido en la batalla o ahogado en el mar, se erigía un cenotafio para que el alma del difunto tuviera un lugar de residencia en el que le invitaban a entrar pronunciando su nombre tres veces. Era preciso que toda alma tuviera su morada, o de lo contrario vagarían eternamente por la tierra. Pero también podían erigirse cenotafios para personas que hubieran sido enterradas en otro lugar. 



Bibliografía:
Life in Ancient Rome - Frank Richard Cowell
Death and Disease in the Ancient City - Valerie M. Hope, Eireann Marshall
Death and burial in the Roman world - J.M.C. Toynbee

19 comentarios:

  1. Muy interesante.
    Primero me ha sorprendido los banquetes en el cementerio. Me recuerda costumbres parecidas que se realizan en Mejico. Y luego me asombra que las celebraciones duraran tantos días, en lo demás no hemos cambiado mucho.

    Buenas noches Madame.

    mariarosa.

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  2. El culto a la muerte. El miedo a lo desconocido era el sello en la antigüedad. Vamos simplificando.
    Hoy nos morimos y cuanto menos personas lo sepan mejor. Para morir todos iguales, ah el entierro es diferente si eres un personaje. Todos a figurar. Eso no ha cambiado nada. Las celebraciones hoy son menos fastuosas pero también hay quedadas de los hace tiempo no se han visto.
    Me ha venido a la cabeza el dicho popular de "El muerto al hoyo y el vivo al bollo"
    Buena reseña madame.
    Bisous

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  3. Buenos días, querida Madame:

    Nos ha gustado mucho su última entrada. Está claro que desde que el mundo es mundo, hasta para enterrarse hay diferencias. Nos imaginamos las burlas que los patricios harían de las collegia funeracticia por no tener dinero para hacer un entierro digno y personalizado.

    ¡Qué decir del sujeto del millón de sestercios! Recuerda a los mausoleos de las mascotas de alguna señora adinerada sin familia.

    Gracias por hablarnos un poco de nuestras raices comunes. Que pase un buen día, Madame.

    Un saludo.

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  4. Siempre me impresionaron esas procesiones, donde los familiares y amigos portaban las mascarillas de ceras de los antepasados; lo veo como un carnaval, aunque algo tétrico y mas triste. Y eso de tener el cuerpo de tres a siete dias sin sepultura, no debía ser muy higiénico que digamos. Bisous, madame.

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  5. Siempre el viaje a la última morada ha sido de gran preocupación en las culturas antiguas.Y siempre marcada por las diferencias sociales.

    No hace tantos años que en nuestra España profunda se alquilaban las plañideras en los entierron de categoría.Y la costumbre de hacer la mascara y la foto de la cara y las manos del finado.

    Con razón los ciprese son el arbol de los cementerios...!

    Madame: una entrada muy interesantísima siempre se aprende algo nuevo en cada visita a su ventanita.

    Bisous y feliz día.



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  6. A fin de cuentas no se han producido tantos cambios desde entonces, Madame. Entonces, según nos cuenta, se les colocaba "con los pies orientados hacia la puerta y rodeado de flores para simbolizar la fragilidad de la vida"; que es idéntico a lo de hoy, se les saca con los pies por delante y se les rodea de flores igualmente; por otro lado, los profesionales hasta los maquillan para que sigan teniendo la apariencia de vida mientras se velan en el tanatorio. Lo único es que Caronte se conformaba con una moneda y en la actualidad, como no tenga una póliza de seguros...

    Hablemos de la vida, Madame: hoy en Sevilla luce el sol y ya quiere asomarse la primavera.

    Bisous

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  7. Que bonita la leyenda de Cipariso, de hecho el ciprés suele estar presente en todos los cementerios, quiero pensar que deviene del amor de aquel por su ciervo.
    Se dedicaba esfuerzo y dinero en honrara los difuntos si tenían fortuna suficiente, hoy pasa algo parecido aunque en menor medida.
    Sabían honrar a sus muertos.
    Bisous, Madame.

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  8. La verdad es que somos muy romanos. Hoy no se estila en ir a la tumba y hacer allí botellón o comilona, pero siempre cuando hay un velatorio también hay comida y bebida para agasajar a los que vienen, muchas veces de lejos, para acompañar a los familiares del difunto.
    El mito de Caronte siempre me ha fascinado.
    Un saludo.

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  9. Interesante el tema de las flores, siempre me pregunté de donde venía la tradición. ¿de 3 a 7 días sin enterrar? ¡Pero que bárbaro¡ Lo de las máscaras me recuerda al dicho "brillaban por su ausencia". Yo no se donde lo leí, tal vez fue aca, que el origen de esta frase fue el hecho que cuando las máscaras desempolvadas y bien lustradas de una familia no aparecían en el funeral de alguien prominente se decía que brillaban justamente por no haberlas llevado. Besitos. Claudia.

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  10. Cómo evitarían que el cadáver hediera expuesto por siete días? Me imagino como sería en un verano mediterráneo. Con la excepción del sacrificio de las mascotas, me parecen costumbres muy civilizadas y terapeuticas, porque el velorio y funeral son más para los deudos que para el muerto. Que bueno que ya se crearan sociedades de beneficencia para enterrar a los pobres. Es muy triste terminar en una fosa común.
    Bisous, Madame

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  11. El ciprés se ha quedado como el símbolo más representativo de los cementerios latinos, tiene una simbología poderosa, y no solo fúnebre. Ritualizar la muerte es universal, la socializa y ayuda a compartir el duelo, aunque sea comiendo y bebiendo.
    Me ha encantado su entrada, como siempre, reafirma que después de dos mil años, los seres humanos nos comportamos de manera muy similar ante las mismas circunstancias.
    Pase usted una feliz tarde. Bisous

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  12. abundando en lo que dicen arriba, me ha gustado mucho la historia de los cipreses.
    me voy a tomar un vino, porque como dice un refrán: el que va un entierro y no bebe vino, el suyo viene de camino.

    bisous madame!!

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  13. Antes de que se me olvide: que maravilla el cuadro de Waterhouse, cuanta sensualidad contenida...
    Leyendo los ritos de los romanos alrededor de la muerte (increíbles tantos detalles) me entristezco y pienso en lo bárbaros e insensibles que somos hoy con los muertos. Los apartamos, simplemente. Y no, hay que despedirlos.
    Saludos pasados por agua de miércoles.

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  14. Hasta en lo de enterrar a los muertos fuera de la ciudad por razones de higiene fueron adelantados. La cristiana y medieval Europa tardaría siglos en adoptar prácticas semejantes.
    Beso su mano.

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  15. La muerte, el tránsito de este mundo a lo desconocido, se celebra de manera diferente dependiendo de las culturas, heredando hoy día parte de las creencias romanas y hebreas. Flores, llantos, reunión de familiares y amigos... en eso hemos cambiado poco. Nos faltan las plañideras (que siguieron existiendo durante la Edad Media) y los ágapes sobre la tumba del muerto. Creo recordar haber visto algo parecido el día de Todos los Santos en México, donde tiene tanto predicamente el culto a los muertos.
    Un beso

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  16. Magnífico artículo madame. Un funeral viene a ser el último acto público para el difundo y entonces, como ahora, reflejaban el estatus y la riqueza del fallecido. Me hubiera gustado recorrer la via Appia cuando estaba en todo su esplendor, con aquellas tumbas variadas y extraordinarias. Basta ver una de las pocas supervivientes, la de Cecilia Metela para hacernos una idea... Beso su mano, madame.

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  17. Hola madame:

    Me ha llamado la atención lo del banquete en el cementerio. Hay costumbre de comer en los paises sajones luego del entierro en casa del fallecido.

    Muy elaborado el culto a los muertos. Poco ha cambiado.

    Besos

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  18. Lo que más me llama la atención es el detalle de enterrarlos fuera de las ciudades, eran adelantados hasta en eso.

    Bisous

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  19. El resumen está verdaderamente bien, y las fuentes utilizadas correctísimas (no puede faltar el buen Toynbee. La verdad es que los funerales romanos, sobre todo los de las élites, son curiosos a la vez que complejos. Todo es resultado de la obsesión de éstos por la fama tras morir, y el recuerdo de su nombre. A todos los interesados recomiendo leer El sueño de Escipión, del que habla Cicerón en su obra (no recuerdo si en De Republica o en De Legibus)

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)