lunes, 18 de marzo de 2013

La última Reina Normanda (II)


Luis VII y Leonor de Aquitania recibieron a la reina de Inglaterra y a su hijo mayor, Eustaquio, que se desplazaban a París con el objetivo de conseguir una alianza vital para sus intereses. Lo cierto es que Luis parecía receptivo a la propuesta de casar a su hermana Constanza con Eustaquio, pero Matilde pudo percibir que el proyecto no agradaba a casi nadie en París, puesto que no estaban seguros de que Esteban lograra mantenerse en el trono. Si lo perdía, Eustaquio no heredaría la corona, y Francia habría hecho muy mal negocio. Matilde logró que se anunciara el compromiso, por lo que su visita puede considerarse un éxito, pero regresó a Inglaterra pensando que la boda nunca se llevaría a cabo. 

El enemigo, mientras tanto, se había apoderado de los territorios del sur. Se producían rebeliones en todo el reino, de modo que a su regreso de París la reina se dirigió directamente a Bath en compañía del su amigo el arzobispo de Canterbury para negociar con el conde de Gloucester, hermanastro de la Emperatriz. La reina no pudo hacer gala de sus dotes diplomáticas en esta ocasión, porque su esposo se negó a hacer concesiones, cerrándole con su actitud toda posibilidad de alcanzar un acuerdo. 

Finalmente las tropas del rey se enfrentaron a las de la Emperatriz en la batalla de Lincoln, el mayor desastre en la carrera política y militar de Esteban. El rey luchó valerosamente, pero cayó inconsciente, golpeado en la cabeza por una piedra. Eso le dio al enemigo la oportunidad de capturarlo. 

Su esposa, aún en el sur, estaba desolada al escuchar que su amado esposo había sido hecho prisionero. Era una doble tragedia, personal y política: no podía ejercer el poder indefinidamente en ausencia de Esteban, ni tampoco sostener la causa sin la presencia de él. 


La Emperatriz se encontraba en Winchester cuando recibió el primer comunicado oficial de Matilde. Sus mensajeros hicieron una reverencia al entrar en la cámara de audiencias y, una vez autorizados a hablar, entregaron el mensaje: la reina rogaba “con oraciones, promesas y buenas palabras” la liberación de su esposo, aun sabiendo de antemano que su desesperado esfuerzo era inútil. Cuando los mensajeros terminaron de hablar, la Emperatriz se rió de ella. 

Las cosas se complicaban cada vez más para Matilde: uno de los principales apoyos de Esteban, el conde de Essex, se pasó al bando enemigo. Incluso el cuñado de la reina, obispo de Winchester, estaba íntimamente convencido de que la causa de su hermano estaba perdida, y que lo mejor que podía hacerse era alcanzar alguna clase de acuerdo con la Emperatriz. 

Matilde y sus hijos tuvieron que abandonar su palacio en la Torre de Londres y emprender una existencia nómada con los servidores que permanecían fieles y sin saber qué hacer. Lentamente tomaba la dirección del sur, con la idea de embarcarse y cruzar el canal hacia su hogar en Boulogne, donde podría esperar socorro. 

La Emperatriz recibió otro mensaje de su rival, que aún se encontraba en Kent. Como regresaba al continente, quería acomodar a su hijo Eustaquio en él. Esteban y su familia aún retenían algunos títulos anglo-normandos, y Matilde solicitaba garantías de que se le permitiría a su hijo heredarlos cuando llegara el momento. Su enemiga se negó en los términos más rudos posibles. Obviamente la Emperatriz carecía de las dotes diplomáticas de su enemiga, y parecía hallar un gran placer en humillar a cualquiera que se le hubiera opuesto alguna vez. Eso y las exorbitantes cantidades de dinero que exigió a la ciudad de Londres se convirtió en el detonante de una rebelión en su contra. La Emperatriz se vio obligada a huir, perdido el apoyo de la capital. 


La situación había dado un giro radical para Matilde de Boulogne. De pronto se abrían interesantes opciones y comenzó a desplegar su encanto y su estrategia política mientras trataba de volver a atraer a su causa a aquellos que un día la habían abandonado. Recuperó a muchos de ellos, y su éxito se vio coronado por el del conde de Warenne al lograr capturar a Gloucester, el indispensable valedor de la Emperatriz. Sin él, la causa de su enemiga estaba prácticamente perdida. 

Matilde viajó al encuentro de la esposa de Gloucester, la condesa Mabel, para negociar personalmente con ella un intercambio de prisioneros. La entrevista fue fructífera, y entre ambas damas acordaron los detalles. El intercambio tuvo lugar en Winchester poco después. 

La reina pudo al fin reunirse con su esposo. Era el año 1142, pero el respiro no fue largo. Al quedar Gloucester en libertad, la causa de la Emperatriz volvía a cobrar impulso. 

El nuevo Papa, Celestino II, matizó el apoyo que había recibido hasta entonces Esteban por parte de la Santa Sede. Dijo que la Curia lo reconocía como soberano de facto, pero no como heredero de Enrique I. Era un nuevo golpe para la causa, y en un momento delicado, porque el rey, abrumado por la situación, sufría una crisis nerviosa que desembocaba en una profunda depresión. Debido a ello, cada vez confiaba más asuntos a su esposa mientras ella se esforzaba por ocultar al mundo cualquier señal de que Esteban no se encontraba bien. Difícil tarea, porque la depresión llegó a tal punto que el ejército que estaba en York hubo de ser licenciado, siendo el rey era incapaz de decidir qué hacer con él. 


Matilde se desplazó a Boulogne para tratar de recabar apoyo económico y soldados que lucharan por la causa de su esposo, pero pronto estuvo de regreso en Inglaterra para ocuparse de los asuntos de gobierno mientras su esposo perseguía a la Emperatriz. Logró retener la capital, pero las condiciones eran desesperadas en el campo, donde la miseria hacía estragos. 

En octubre de 1147 moría Gloucester. Sin el apoyo de su hermanastro, la Emperatriz no podía sostenerse, de modo que meses después cruzaba el canal para buscar la protección de su esposo, Godofredo Plantagenet. 

Su partida dio un respiro de dos años a Esteban y a Matilde. La reina se refugió entonces en sus devociones. Ante la imposibilidad de realizar un peregrinaje a Jerusalén, como hubiera querido, disfrutaba de largos periodos de retiro en el monasterio de San Agustín en Canterbury. 

El peligro, sin embargo, no había pasado. Muchas de las personas que no habían querido por reina a la Emperatriz, pensaban que el próximo soberano debía de ser el hijo de esta, Enrique, en lugar del hijo de Esteban. Esto resultó descorazonador para Matilde, que veía cómo ni siquiera su tío el rey de Escocia apoyaba la candidatura de Eustaquio como heredero de la corona. Incluso su amigo, el arzobispo de Canterbury, consideraba indefendible la idea. La reina, inasequible al desaliento, viajó nuevamente a París a recabar apoyos para su hijo, pero en la corte de Francia tampoco encontró favorablemente dispuestos los ánimos. 


El joven Enrique Plantagenet, dispuesto a continuar la lucha de su madre, desembarcó en Inglaterra un par de años después de que ella hubiera abandonado el reino. En un intento por frenar su campaña, Esteban obligó a sus barones a prestar juramento de que defenderían la sucesión de Eustaquio. Frágil seguridad buscaba el rey, habida cuenta de lo que él mismo había hecho en su día con el juramento prestado al difunto Enrique I. 

Matilde, agotada y con la salud quebrantada, se tomaba entonces un respiro en el castillo de Hedingham, perteneciente a una de sus mejores amigas, la condesa de Oxford. Allí esperaba recuperar fuerzas para seguir luchando por los derechos de su hijo, pero no pudo ser. La reina fallecía el 3 de mayo de 1152, sin que conozcamos la causa de su muerte. Llamaron apresuradamente a su confesor, que llegó justo a tiempo de administrarle los últimos sacramentos. 

Su esposo y su hijo se mostraron desconsolados por su pérdida. Incluso aquellos que habían apoyado la causa de la Emperatriz lloraron la muerte de esta mujer que nunca dejó de derrochar dignidad, lealtad, inteligencia y encanto incluso en los momentos más complicados del reinado de su esposo. 


Para quien desee información sobre el tema de la guerra civil, recomiendo dos estupendos artículos que mi amigo Manuel López Paz escribió en su blog Ambos lados del Atlántico


Encontrarán también otros dos artículos míos sobre el tema aquí en el tablero: 



17 comentarios:

  1. Desconocíamos que el siglo XII inglés fuese tan truculento (¡qué historia para un Hitchcock en forma!).

    Indudablemente volvemos a recalcar la importancia de que historias como las de Matilde de Boulogne sean difundidas, pues demuestran cómo esta mujer fue capaz de defender mejor su patrimonio y honor que su marido y su hijo.

    Quedamos nuevamente a vuestros pies, admirada Madame. Que pase una buena noche.

    Sus amigos castellanos.

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  2. Valor y coraje no le faltaron. Y tanto peso como llevo seguro que influyeron en su muerte. Tanto luchar para al fin quedarse sin nada.
    No se porque se me antoja despiadada la Emperatriz y seguro que ella luchaba también a favor de su hijo.
    Me ha llegado al alma esta historia.
    Bisous y buenas noches madame

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  3. Si uno piensa en todos los problemas que la Dinastía Planagenet acarrearía a Inglaterra, hubiese sido mejor que nadie hubiera apoyado la causa de la Empeatriz.
    Bisous y Buenas noches Madame

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  4. Durisima tuvo que ser esa batalla de Lincoln, y bastante desastrosa para el Esteban, sí. Pero al fin reinan los Plantagenet, en la persona de Enrique, hijo de la valerosa reina Maud. Excelentes entradas, madame. Buen día.

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  5. No conocemos las causas concretas de la muerte de Matilde, pero esa dura vida ajetreada que llevó colaboró negativamente en su final. Porque hasta el mejor hierro se oxida y se parte.
    Un saludo.

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  6. qué alternativas en el juego y qué incertidumbre en el resultado. cuando parece que unos lo tienen perdido, giro del destino. cuando parece que se llega a un acuerdo, hay resquicio para la imposición. cuando lo tienes todo a favor siempre hay tiempo de cagarla. y tanto esfuerzo, para nada.
    la Historia está para eso, para aprender.

    bisous madame!!

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  7. La dignidad y la lealtad parece que se ha perdido en estos tiempos. Magnífica entrada.
    saludos

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  8. Siempre con retraso, Madame, siempre a la carrera. Por cierto, si se me permite, ¿cuanto hay de similitud entre vos y la reina Normanda? ¿Cuánto de aguerrido y fortaleza? Sabéis; Madame, que os respeto y admiro?

    Bisous

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  9. Sabía algo de esta mujer, de las depresiones de Esteban que lo dejaban inmovilizado y como ella debía tomar las riendas. Pero nunca supe hasta que punto lo hizo. Sin duda la otra Matilde tenía la legitimidad de su parte, claro que era tan tiránica, soberbia y chabacana que terminó perdiendo el favor del pueblo. Por suerte para ella y para Inglaterra su hijo Enrique sería diferente. Leeremos al doctor. Besitos. Claudia.

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  10. La Historia nos enseña a ser razonables y humildes: hemos visto como personajes que parecían intocables por un destino extraordinario, lo pierden todo, arrastrando a su linaje a la destrucción.

    A pesar de ser primas y llevar el mismo nombre, ambas damas eran tan diferentes como el día y la noche; Maud era conocida como la Emperatriz por haberse casado a la tierna edad de 11 años con el Emperador del Sacro Imperio Romano-Germánico. Asimismo fue la primera mujer reconocida como soberana de Inglaterra, todo esto explica su carácter orgulloso y prepotente.

    Madame ¿cómo agradecerle su esfuerzo diario para ilustrarnos?

    À bientôt

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  11. Nos podemos imaginar mucho mejor esta historia gracias a la prosa novelesca de Ken Follet y sus Pilares de la Tierra, madame. De todos modos hay que ver qué siglo tan lleno de vaivenes para Inglaterra, como muchos que vinieron antes y otros que llegarían después. Las mujeres han sido en la Historia más importantes de lo que creemos, como fue el caso de Matilda a la hora de defender los derechos de su hijo y de los de ella misma al trono como legítimos sucesores a la corona.
    Un beso, madame

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  12. Por lo menos la Historia ; la recuerda cómo una reina que supo defender su causa con :dignidad,inteligencia,lealtad y sobre todo encanto: porqué con la adversaria que tenía es facil haber perdido los papeles en muchas ocasiones.

    Un beso y desearos unas vacaciones de Semana Santa tranquilas madame.

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  13. Hola Madame:

    La Reina Maud realmente ha sido olvidada por la historia. Fue quizás el soporte más importante de Esteban. Mucho le debe a ella.

    Sin embargo peleó por su estirpe.

    Gracias Madame por el enlace.

    Besos

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  14. Como dice Cayetano, hasta el mejor hierro se oxida y rompe. Una gran figura sumida en un injusto olvido. Hermosa historia, pese a todo.
    Buenas noches, Madame

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  15. Es preciso reconocer que, durante los duros siglos de la edad media, hubo muchas mujeres de alta cuna que ejercieron el poder y, con más o menos inteligencia y diplomacia (en esta historia hemos tenido ejemplos contrarios)pelearon siempre en favor de los suyos y de sus derechos. Lo malo es que luego, en los manuales de historia, nunca aparecen... Estupendas las dos entradas, madame. Beso su mano.

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  16. Una mujer muy noble, me ha gustado conocerla a traves de sus palabras, Madame.

    Bisous

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  17. Una complicada situación sucesoria, con dos Matildes, dos trenes pesados, haciendo la de Borgoña de locomotora de su esposo. Dos capítulos muy bien explicados, que junto con los de Doc Manuel, que leí, ilustran bien aquellas guerras civiles.
    Beso su mano.

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)