Veintitrés puñaladas, algunas en el cuello y en la espalda; unos sesenta conspiradores; dos senadores tratando en vano de socorrer a César. Ninguno de ellos era Marco Antonio.
Julio César había guardado la carta que llevaba en la mano y que desgraciadamente no tuvo tiempo de leer; un importuno lo acaparaba y empezaba a contarle una larga historia. Libre al fin de él, se dirige hacia la entrada del senado. Ya no se hace acompañar de su guardia de soldurios hispanos, que ha licenciado.
Allí, en la plaza de la curia, le aguarda el arúspice Spurinna, pues es costumbre que el dictador consulte los auspicios antes de entrar. César lo reconoce: era el mismo que días antes le había prevenido contra los idus de marzo. El dictador lo saluda con ironía:
—Vaya, vaya, han llegado ya los idus de marzo.
—Sí, pero no han pasado.
Spurinna comienza su labor. La primera víctima revela entrañas defectuosas.
—Señal de muerte —anuncia, y César se encoge de hombros y hace que se consulte nuevas víctimas.
El arúspice obedece, pero cuanto se repiten los sacrificios el resultado es el mismo. Los amigos del dictador le piden que aplace la sesión, y César está de acuerdo. Sin embargo, otros entre quienes le rodean comienzan a impacientarse: ¿desde cuándo se ha vuelto tan supersticioso?
Él se avergüenza de su debilidad y entra en la asamblea con paso decidido. Son más de las once. Todos se levantan, y un escaso grupo de hombres se aparta del resto para ir a su encuentro. Apenas le dan tiempo a sentarse. Tillio Cimber se inclina ante él suplicándole que se acuerde de su hermano. César no quiere escucharlo, no es el momento; pero Tillio insiste. Los demás unen sus súplicas a las suyas, le toman de las manos, le besan la frente, el pecho. Rozan su cuerpo y comprueban que no lleva coraza ni ninguna arma oculta. César, importunado, hace un movimiento para levantarse. Tillio, como si quisiera formular un último ruego, se agarra a uno de los pliegues de su toga. En ese momento descubre su espada: es la señal convenida.
—¿Qué clase de violencia es esta? —grita César.
Ya Casca le asesta un golpe por detrás, pero su mano ha temblado haciendo que el puñal se desvíe y se hunda en la clavícula. César se vuelve hacia él.
—¡Malvado, qué haces! —le grita, y aferrándole del brazo le hiere con el punzón que utiliza para escribir.
Da un paso adelante, pero Casio se enfrenta a él y le asesta una puñalada en el rostro. César, cegado por la sangre que arroya, vacila. Se alzan puñales por todas partes; es empujado a los pies de la estatua de Pompeyo mientras recibe cada golpe con un alarido. Al recibir el golpe de Bruto, ya no grita; se cubre la cabeza con la toga y se deja caer.
Se hace el silencio, y luego se reanuda el griterío. Los senadores salen horrorizados. Les siguen los conjurados, aún blandiendo los puñales ensangrentados, y huyen en desbandada. El cadáver queda abandonado bajo la estatua de Pompeyo hasta que tres de sus esclavos lo arrastran en una litera por las calles de Roma hasta su casa.
Cuarenta años antes, el mismo día y por las mismas calles, un adolescente vestido con toga inmaculada iba en compañía de una alegre multitud de parientes y amigos a rogar a la divinidad que le deparara un destino feliz. Era el día de la fiesta de Anna Perenna, fiesta de la renaciente primavera, de la naturaleza resucitada.
Terminaba el día cuando la litera se detenía ante su domicilio. Se oyeron entonces los gritos desgarradores de Calpurnia. Ella había tenido un presentimiento, un sueño revelador, y esa mañana había rogado a César que no acudiera al senado. “Solo se debe temer al miedo”, repuso él. Pero la insistencia de Calpurnia fue tan grande que hizo vacilar a su esposo, pero entonces llegó uno de los conjurados, para asegurarse de que nada entorpecería sus planes, y lo convenció para que no prestara oídos a esas supersticiones de mujer.
El médico, Antiscio, examinaba las heridas y concluía que solo una de las 23 había sido mortal. Nadie fue a consolar a la viuda esa noche, excepto su padre, el viejo Pisón. Más tarde apareció un emisario de Antonio pidiéndole que le entregase todos los fondos que se encontraran en su casa, junto con las cosas relativas a los asuntos de Estado. Calpurnia entregó dinero y documentos. En el cofre había 40.000 talentos, una suma considerable en la época y que fue a parar a casa de Antonio. La esposa, deshecha, apenas reuniría fuerzas para acudir a las honras fúnebres de César y volvería al hogar paterno. Nunca reharía su vida.
Mientras César era asesinado, Antonio paseaba bajo los pórticos conversando con Trebonio, que menos de ocho meses antes le había propuesto participar en una tentativa de asesinato contra César. Trebonio se lo había llevado aparte con el pretexto de contarle algo importante, y la conversación, al parecer, absorbió a Antonio hasta el punto de hacerle olvidar sus deberes de cónsul, que exigían su presencia en la apertura de la importante deliberación que iba a tener lugar ese día. Y cuando vio a un grupo de senadores corriendo aterrados mientras gritaban “¡al asesino, al asesino!”, él mismo emprendió la huida, cambiando su toga por unos miserables harapos de esclavo.
La ciudad parecía haber enloquecido. El terror alcanzó su grado máximo cuando se vio salir del teatro al grupo de gladiadores espada en mano. Eran los hombres de los equipos formados por Décimo Bruto, que al oír el griterío pensaron que su amo corría algún peligro y detuvieron la representación. El recuerdo de la rebelión de Espartaco seguía muy presente en las memorias, y los espectadores, asustados, abandonaron sus asientos aumentando el pánico general. Cada uno corría hacia su casa para ponerse a cubierto, pero hubo quien se detenía a saquear las tiendas por el camino.
No había ni rastro de los conspiradores. Hasta muchas horas después no fue apareciendo alguno por los barrios plebeyos para tantear el ambiente y volver después a su escondrijo. Muchos hicieron vigilar sus casas por gladiadores mercenarios.
Por la noche Antonio, oculto en su casa, mandó a buscar información. Lentamente los conspiradores se hacían más osados. Formaron piquetes propagandistas cuya misión era provocar los hurras del pueblo, pero con escaso éxito. Ocuparon el Capitolio. Lépido fue a ver a Antonio para acordar qué hacer. Él quería tomar al asalto el Capitolio y exterminar de un golpe a los conjurados, pero Antonio lo apaciguó diciéndole que era preciso convocar primero al senado, lo que, por cierto, aplazó hasta la mañana siguiente.
El día del funeral, ni unos ni otros conocían el ánimo del pueblo. El difunto se hallaba sobre un túmulo en el Foro. Antonio se sentía inseguro: en su calidad de cónsul le correspondía pronunciar la oración fúnebre. Subió con agilidad a la tribuna de los oradores, elegante y ostentando una barba corta que era una rareza en aquel tiempo. Inició su alocución con cautela, tanteando el terreno, y viendo que el pueblo aceptaba las primeras frases a favor de César, decidió jugarse el todo por el todo. Cambió el tono por otro más enardecido, leyó el testamento y terminó con un himno al difunto. La plebe prorrumpió en vítores.
Cuando se prendió fuego al túmulo de madera sobre el cual yacía el cadáver, la muchedumbre rompió el acordonamiento, arrancó las teas encendidas y se dispersó con la intención de prender fuego a las casas de los asesinos. Antonio tuvo que emplearse a fondo para dominar el tumulto.
Tumba de Julio César en el Foro de Roma
Semanas más tarde, calmados los ánimos, Cicerón anunció dos acuerdos como primera medida del senado: la amnistía de los conspiradores y la ratificación de todas las leyes y proyectos de César. Los asesinos fueron desterrados de Roma y viajaron, libres y sin que les faltara de nada, a las provincias.






Un final inmerecido pero esperado.
ResponderEliminarCuanto más se sube, más dura es la caída.
Y al final los asesinos se fueron de rositas.
Un saludo.
Lamentablemente al final demasiadas veces el crimen no paga. Siempre ha sido así.
EliminarBuenas noches, monsieur
Bisous
La envidia es mala consejera y más contra alguien cómo Cesar.,
ResponderEliminarDese cuenta madame:que en un pasaje de esta maravillosa reseña.Cuando se calmaron los ánimos:Cicerón ratificó las leyes y consideró la amnistia de los conspiradores-Nunca mejor dicho que el que hizo la ley hizo la trampa...O séa que en vez de castigarlos les da nuevo destino...una sucia forma de tener fieles?
Un abrazo madame;)
ontra más se sube peor es la caida.
Al final resulta que no mereció la pena matar a César. Las leyes seguían vigentes, y pronto hubo un emperador en el trono.
EliminarLa cuestión es que más de uno había estado jugando a dos bandas, y que a otros no les convenía quedar a mal con un número tan elevado de conspiradores. Podían tener demasiados apoyos, y era peligroso tomar medidas drásticas.
Buenas noches, madame
Bisous
...se quedó un trocito relegado después del comentario jejeje.
ResponderEliminarComo siempre tus entradas son cuspides de la historia, de lo que se olvida hasta que alguien nos recuerda de donde venimos...Bello.
ResponderEliminarUn abrazo,
Muchas gracias, madame, muy amable.
EliminarBuenas noches
Bisous
Buenos días, madame.
ResponderEliminarMe gustó mucho la entrada, me declaro ignorante de este periodo, pues no se casi nada de la Roma Antigua pero me emociona la manera que narra este pedazo de la Historia, bueno la verdad me encanta como narra todas las entradas jajaja. Qué feo morir en medio de la confusión y de manera tan salvaje
Besos.
Muchas gracias, madame, me alegra que le haya gustado. La verdad es que César tuvo una vida gloriosa, pero un final no envidiable.
EliminarBuenas noches
Bisous
Un hombre así no merecía morir de una forma tan rastrera y sin ninguna opción de defensa. Y encima no se hizo justicia con los conspiradores, aunque algunos como Bruto parece que lo hicieron con plena convicción de estar favoreciendo a Roma y a la República, la gran mayoría de los traidores simplemente ansiaba más poder.
ResponderEliminarMagnífica entrada, como siempre.
Saludos!
Seguramente tenía que haber ideales entre un número tan grande de conspiradores. Lo que cuesta es creer que un asesinato pueda ser el ideal de alguien, para conseguir lo que sea. No sé si lo que se puede conseguir así merece la pena, porque entonces sería cierto que el fin justifica los medios?
EliminarBuenas noches, monsieur
Bisous
A pesar de lo más o menos conocido asesinato, no sabía eso de las veintitrés puñaladas, tanto en el cuello como en la espalda. Demasiados enemigos como para escapar con vida.
ResponderEliminarComo siempre, Madame, sois espléndida.
Bisous
Demasiados, en efecto. Con mucho menos hubiera bastado para acabar con él, desarmado y sin guardia.
EliminarMuchas gracias, monsieur. Vos sois muy amable, caballero.
Buenas noches
Bisous
Excelente crónica de tan cobarde asesinato y qué gran sorpresa sería después la del fidelísimo Antonio comprobar cómo Augusto sería nombrado heredero en el testamento de César.
ResponderEliminarBeso su mano.
Muchas gracias, monsieur. La cara de Antonio debió de ser cosa curiosa de ver en ese momento. Todo para nada.
EliminarBuenas noches, monsieur
Bisous
No por conocido es menos impactante. Siempre los que gobiernan tienen gente a su favor y detractores.
ResponderEliminarMe ha encantado su forma de contarlo madame, hasta las 23 puñaladas que dan escalofrío.
Bisous y buen domingo.
Muchas gracias, madame. Hemos procurado que no salpicara la sangre, pero con tanta puñalada no sé si lo habremos conseguido, jiji.
EliminarBuenas noches
Bisous
Julio César fue un personaje histórico de dimensiones tan increiblemente enormes que aún hoy se lo venera. He leído bastante y me fascina este tema , estuve dos días dando vueltas por el foro romano loca de emoción.( y no vivo nada cerca)y tengo un bustito de él en mi escritorio. Pero a veces me planteo hasta que punto no fue envidia sino la autopreservación de una República que con sus enoooormes falencias era alguito más democrática que lo que ocurrió luego. Humilde opinión de una aficionada total, sepan disculpar. Besitos . Claudia.
ResponderEliminarVaya, madame, no imaginaba yo esta admiración suya por el gran Julio César :)
EliminarEn efecto, se trató de la autopreservación de la República, lo que pasa que empleando métodos como ese no sé si podemos considerar que en verdad era algo más democrática. El procedimiento en sí no lo fue mucho, y no creo que pueda esperarse gran cosa de un régimen que se cimienta sobre un crimen.
De hecho, fue un acto tan estéril que de todos modos Roma hubo de padecer pronto a los sucesores de Augusto.
Buenas noches, madame
Bisous
Una entrada muy pertinente para el día de hoy, alecciona sobre los vaivenes del poder movido por la ambición.
ResponderEliminarCésar murió con el ensañamiento atroz de una pandilla de cobardes que ni siquiera supieron abreviarle el tránsito.
Madame,la conjura tuvo todos los elementos para convertir la muerte de César en una tragedia Shakesperiana: Dijo Antonio en su discurso en las exequias:
¡Ayer todavía, la palabra de César hubiera podido hacer frente al universo! ¡Ahora yace ahí, y nadie hay tan humilde que le reverencie!
La suerte y la desgracia son tornadizos cual pluma al viento. Magnífica entrada.
Bisous y buenas tardes.
Ay, madame, esos vaivenes nos tienen con fatiguita. Pero realmente no me sorprende que la escena haya inspirado tanto al genial dramaturgo.
EliminarMuchas gracias, madame
Bisous
Hola Madame:
ResponderEliminarDetallado comosiemrpe su crónica.
César hizo y deshizo, pero no merecía morir de esa manera.
Siempre es solo una puñalada, la que mata. Me recuerda mucho la novela de Agata Christie, Asesinato en el Orient Express, donde también le matan con mucha puñaladas. Quizás pretendieron que así todos fueran culpables (que lo fueron) de matarle
Besos Madame
La cuestión es que casi todas las puñaladas, al parecer, fueron asestadas con evidente intención de no alcanzar parte vital. Las dirigían en muchas ocasiones a las piernas, como si todos quisieran participar pero no ser el autor directo de su muerte. La mayoría parecía no querer cargar con eso.
EliminarEs verdad, muy acertada su comparación con la novela. Yo creo que hubo algo de eso.
Buenas noches, monsieur
Bisous
Una verdadera masacre que no aportó nada ni al pueblo romano ni a los conspiradores. Madame, siento por esta extraordinaria reseña que Antonio no sintió tanto la muerte de Cesar como nos lo muestra cine y televisión. Eso de mandar a pedir dinero de la viuda sin siquiera ir a ofrecer el pésame. Al parecer solo Calpurnia sintió la muerte de un marido que la traicionaba con Cleopatra.
ResponderEliminarBuenas noches
Hay algunas cosas en el comportamiento de Antonio que me resultan sospechosas. No lo acuso, pero quería señalarlas, y dejar que ustedes reflexionaran también sobre ellas.
EliminarMuchas gracias, madame. Buenas noches
Bisous
Impresionante relato el que nos tra eusted hoy.
ResponderEliminarSaludos
Muchas gracias, monsieur, muy amable.
EliminarFeliz comienzo de semana.
Bisous
El magnicidio se veía venir desde hacía tiempo porque César había mostrado indicios suficientes de que quería ostentar un poder mayor al de dictador y su matrimonio con Cleopatra y sus tratamiento poco menos que de dios -siguiendo la tradición oriental- hacían pensar en Roma que la monarquía estaba al caer. Los defensores de la república no podían tolerar que esto ocurriera y la única forma de impedirlo era asesinando al tirano. Lo curioso es que su sobrino- nieto, Octavio, acabaría siendo emperador tomando nota de los erroeres de César para no caer en el mismo traspiés y además se quitó de enmedio a todos sus opositores promoviendo la eliminación de sus asesinos y de Marco Antonio, su ¿fiel? genera.
ResponderEliminarUn besito
En torno a Marco Antonio, en efecto, veo demasiados interrogantes. No es un tipo del que yo me fiaría, no.
EliminarFeliz día, madame
Bisous
Un final casi anunciado, como la novela de García Márquez; sólo la traición y la envidia de los suyos acabó con el más grande. Y como lo lloró el pueblo de Roma¨; aún hoy su tumba en el Foro es de lo más visitado en Roma. Estupendo post, madame. Buen domingo. Bisous.
ResponderEliminarMuchas gracias, monsieur. Feliz día, hoy ya martes. Lamento el retraso en responder a sus comentarios.
EliminarBisous
Solución salomónica, la anunciada por Cicerón: sin duda había mucho que "tapar" sobre los relacionados con la conspiración. No sé qué noticia de actualidad me ha venido a la cabeza.
ResponderEliminarEl comportamiento de Marco Antonio es dudoso, pero, al menos, sirvió para que Marlon Brando bordase su actuación.
Feliz domingo, Madame
Da igual qué noticia de actualidad le haya venido a la cabeza, monsieur, porque en realidad todas pueden reducirse a una.
EliminarAh, qué interpretación aquella!
Feliz tarde
Bisous
Debían de tener mucho, mucho miedo. Por eso eran tantos, por eso fueron tantos los puñales y puñaladas.
ResponderEliminarElectrizante lectura.
Saludos.
César no era un enemigo cualquiera. Ni siquiera siendo tantos debieron de sentirse seguros hasta que lo vieron muerto.
EliminarGracias, monsieur. Feliz día
Bisous
Hola madame. Muy bien traida la entrada en estos días de tribulación en los que un líder ve cómo le comen los propios seguidores. Si después de César vino Augusto...después de Mariano...
ResponderEliminarSea como sea feliz lunes y feliz semana.
Bisous!!
Eran tiempos en los que al menos había un líder. Me parece que hoy ya no sabemos lo que es eso.
EliminarDespués de Mariano... el diluvio!
Feliz día, monsieur
Bisous
Me fascina la figura de Cesar porque fue genial en muchos aspectos. Pero el tipo era un demagogo y con todas las ganitas de perpetuarse en el dictador que tanto le gustaba. Coincido, matarlo derivó en una guerra civil muy cruenta y Octavio se encargó de cumplir con los deseos de César.Un Imperio morigerado con él , un derrape total con sus sucesores. Marco Antonio un genuflexo y lamebotas, muy funcional a este tipo de personajes autoritarios. La corto porque este tema me puede. Besitos. Claudia.
ResponderEliminarMadame, me encanta que le pueda el tema.
EliminarSería cuestión de preguntarse qué hubiera sido de Roma si no hubieran matado a César. Creo que al final hubiera sido lo mismo, con el mismo sucesor y el mismo régimen. Por tanto, su crimen fue en vano.
Feliz día
Bisous
Un acontecimiento nefasto, desde luego, lleno de tensión y emoción. Una de las cosas que más me ha impresionado siempre de este hecho ha sido el que algunos de los asesinos fueran personas muy allegadas a César. Incluso cuando César, que no se encontraba bien porque había pasado mala noche, decidió no ir al Senado, Décimo Bruto (no el Bruto famoso)lo convenciera para ir, prácticamente lo llevó de la mano al lugar donde los demás conspiradores lo esperaban. La capacidad de la gente para hacer algo así me impacta profundamente.
ResponderEliminarBeso su mano, madame.
Uno no podía fiarse ni de su sombra. Y es curioso que con un número tan elevado de conspiradores, el secreto pudiera ser tan bien guardado como para poder llevar a cabo el plan.
EliminarFeliz día madame
Bisous
Siempre me han impresionado esta forma de morir asesinado. Hubo posteriormente emperadores romanos mucho más sanguinarios y crueles que se mantuvieron en el poder y no sé si no hubo otra forma de quitarlo del poder, seguro que se extralimitó, pero luego Augusto acumularía más poder que César y no por eso fue asesinado.
ResponderEliminarMe llama la atención el número de conspiradores, tanta gente para matar a César, da la sensación de ser muy temido.
Un saludo, Madame.
Si es que al final los que más lo merecen se van de rositas. La vida no es justa, monsieur.
EliminarBuenas noches
Bisous
Parece que tan solo la viuda lamentó de verdad su muerte. Fascinante Cesar, cruel su muerte.
ResponderEliminarBisous
Ya ve, la viuda a la que tantos motivos había dado él para no lamentarlo. Nunca se sabe, madame.
EliminarFeliz día
Bisous
Gran error su asesinato, uno d elos mayores líderes de todos los tiempos y que habría llevado a Roma a una mayor grandeza si cabe de la que tuvo después, a la larga los conspiradores fueron cayendo 1 a 1, asesinados o se suicidaron, ante el asedio de Octavio (posteriormente Augusto), sobrino de César y luego primer emperador y Marco Antonio.
ResponderEliminarNunca podremos saber ya cómo hubiera sido Roma si Julio César hubiera vivido. Tal vez el poder acabara por corromperle, quién sabe.
EliminarGracias por la visita, monsieur
Feliz tarde
Bisous
Julián:
ResponderEliminarLa historia de Julio César nos demuestra que el afán por mayor poder es solo una tonta ilusión. ¿De qué le sirvió a Julio César poseer tanto poder?. Solo recibir más y más puñaladas. Un día se levantó y al par de horas era historia. Es un muy buen ejemplo de lo frágiles que somos todos, no importa dónde y qué roles tenemos en la sociedad.
No son solo los poderosos los que reciben puñaladas. El débil, el humilde, suele llevarse siempre la peor parte en toda época y lugar. El poderoso, al menos, podrá decir al morir eso de "que me quien lo bailao".
EliminarMuchas gracias por su amable comentario, monsieur. Un placer compartir sus reflexiones.
Buenas noches
Bisous