miércoles, 27 de febrero de 2013

El Cid Campeador (I)


Rodrigo Díaz de Vivar era hijo del caballero burgalés Diego Laínez, cuya estirpe se remontaba a los fundadores de la ciudad de Burgos. A unos siete kilómetros de allí, en la aldea de Vivar, nació el Cid en fecha incierta. El año propuesto varía según las diversas fuentes, pero podemos situarlo a mediados del siglo XI, probablemente entre 1041 (según Menéndez Pidal) y 1048. Sus abuelos maternos fueron el conde de Oviedo y una hija natural del anterior rey de León. El Cid tuvo un hermanastro llamado Fernando, que su padre engendró con una campesina fuera del matrimonio, y al que casó con una hija de Antón Antolinez de Burgos:

"E queremos que sepades por qual razon Diego Laynes, seyendo por casar, cavalgo en día de Santiago, que ca en el mes de jullio, e encontrose con una villana que llevava de comer a su marido al era. E travo della e yugo con ella por fuerça. E empreñose luego de un fijo. Et fuese para su marido. E yogo con ella. E empreñose de otro fijo, pero dixo ella a su marido lo que le acaesçiera con el cavallero. E quando vino al tiempo del encaesçimiento, nasció el fijo del caballero. E bautizaronlo e pusieronle por nombre Fernando Dias". (Crónica de los Reyes de Castilla, redactada hacia el 1300)

Cuando nació Rodrigo, reinaba Fernando I en Castilla, León y Galicia. Al morir Diego Laínez en 1058, el rey se ocupó de la educación de su hijo como muestra de gratitud por los grandes servicios que el caballero le había prestado. Rodrigo estaba al servicio del príncipe Don Sancho, primogénito del monarca, por lo que ambos trabaron una inquebrantable amistad durante aquellos años. 

El Cid seguramente estudió en el monasterio de San Pedro de Cardeña, pero en aquel tiempo la educación era esencialmente de carácter militar, algo en lo que destacó desde un principio: en 1063 el joven tuvo un papel señalado en la batalla de Grados, en la que resultó muerto su aliado, el rey Ramiro de Aragón, y con poco más de 20 años ganó el título de Campeador al vencer en duelo al alférez del reino de Navarra. 


Fernando I tenía cinco hijos, y quiso que los cinco heredasen a su muerte. En el reparto, Castilla correspondió a Sancho, León a Alfonso y Galicia a García. Las dos infantas, Urraca y Elvira, también heredaron: a la primera le fue entregada la plaza de Zamora, y a la segunda la ciudad y contornos de Toro

—Morir vos queredes, padre, ¡San Miguel vos haya el alma! 
Mandastes las vuestra tierras a quien se vos antojara: 
diste a don Sancho a Castilla, Castilla la bien nombrada, 
a don Alfonso a León con Asturias y Sanabria, 
a don García a Galicia con Portugal la preciada, 
¡y a mí, porque soy mujer, dejaisme desheredada! 
Irme he yo de tierra en tierra como una mujer errada; 
mi lindo cuerpo daría a quien bien se me antojara, 
a los moros por dinero y a los cristianos de gracia; 
de lo que ganar pudiere, haré bien por vuestra alma. 

Allí preguntara el rey: —¿Quién es esa que así habla? 
Respondiera el arzobispo: —Vuestra hija doña Urraca. 

—Calledes, hija, calledes, no digades tal palabra, 
que mujer que tal decía merecía ser quemada. 
Allá en tierra leonesa un rincón se me olvidaba, 
Zamora tiene por nombre, Zamora la bien cercada, 
de un lado la cerca el Duero, del otro peña tajada. 
¡Quien vos la quitare, hija, la mi maldición le caiga! 
Todos dicen: "Amen, amen", sino don Sancho que calla. 

Para asegurarse de que respetarían su decisión, el rey reunió a sus hijos y solicitó de ellos que juraran acatar dicho reparto. Todos lo hicieron así, prometiendo ayudarse unos a otros como buenos hermanos que eran. 

Corría el año 1065, los tiempos de la mocedad de Rodrigo, cuando Sancho alcanzaba el trono castellano a la muerte de su padre. Poco después nombraba al Cid alférez de sus tropas. 

Pero el nuevo rey de Castilla estaba lejos de conformarse con la decisión paterna que un día había jurado acatar. Ganado por la ambición, se consideraba con derecho a ser el único sucesor como hijo primogénito que era, y conspiraba contra sus hermanos para despojarlos de su herencia. 


Antes de dos años moría su madre, la reina Sancha, el último obstáculo capaz de frenar la espada de Sancho. Este, una vez liquidadas todas las contiendas exteriores, vio llegado el momento de ocuparse de apoderarse de León y Galicia. No hay acuerdo entre los historiadores acerca de cuál fue el que recibió el primer ataque, pero la mayoría designa a Alfonso, puesto que sus Estados eran limítrofes con los de Sancho.

Parecía que el rey de Castilla, con más poder y mayor experiencia, llevaba las de ganar en esta contienda. Alfonso era demasiado joven; aún no había tenido ocasión de demostrar sus cualidades de guerrero, por lo que la victoria de Sancho estaba casi asegurada. Sin embargo, el menor no estaba dispuesto a dejarse despojar, ni se amilanó tras ser derrotado en las primeras batallas. Lejos de ello, reclutó un nuevo ejército con el que volver a enfrentarse a su hermano a la vista de Carrión, y atacó con tal ímpetu que los castellanos huyeron en desbandada. 

En medio del desastre, tan solo Rodrigo parecía retener la calma. Él fue quien aconsejó a su rey reunir a sus tropas dispersas y acometer aquella misma noche a los vencedores. La idea era tomar desprevenidos a los leoneses mientras dormían, confiados tras la emoción de la victoria.

Sancho fue partidario de seguir esta estrategia y dio al alba sobre el enemigo. Los leoneses, incapaces de defenderse, no pudieron impedir que su rey fuera capturado y enviado al destierro a Toledo, en aquel tiempo en manos de los moros.


Luego Sancho se vuelve hacia Galicia. La campaña no resultó difícil para el rey de Castilla, porque su hermano García tenía descontentos a sus súbditos, a los que cargaba de impuestos y les imponía a un favorito en cuyas manos dejaba el gobierno del reino. Agotada la paciencia de sus súbditos, se habían sublevado y asesinado al valido ante la mirada del rey. De modo que, divididos ellos mismos en bandos enfrentados, no pudieron hacer frente a los castellanos cuando, en el año 1071, entraron en Galicia. Don García huyó a Portugal, y con los soldados que fue capaz de reunir presentó combate de nuevo, esta vez junto a Santarén. Luchó con ardor, y parecía que tenía ganada la batalla. Sancho había caído prisionero y García lo dejó en manos de unos caballeros mientras partía en persecución de los fugitivos.

Pero entonces intervino el Cid, cambiando el rumbo de la contienda. Atacó a los gallegos con sus hombres logrando dispersar a la guardia que custodiaba a su rey. Tras liberar a Sancho, Rodrigo salió en busca de García. Este se defendió valerosamente, mas todo su esfuerzo fue en vano. Finalmente hubo de rendirse y fue encerrado en el castillo de Luna. 

Aunque Sancho ya tenía Castilla, León y Galicia, no era suficiente para él. Quiso apoderarse también de las pequeñas plazas que eran la herencia de sus dos hermanas. Así pues, expulsó de Toro a Elvira y en 1072 puso cerco a Zamora. Pero era precisamente allí donde aguardaba el fracaso y la muerte. 

¡Rey don Sancho, rey don Sancho, ya que te apuntan las barbas, 
quien te las vido nacer no te las verá logradas! 

Don Fernando apenas muerto, Sancho a Zamora cercaba, 
de un cabo la cerca el rey, del otro el Cid la apremiaba. 
Del cabo que el rey la cerca Zamora no se da nada; 
del cabo que el Cid la aqueja Zamora ya se tomaba; 
corren las aguas del Duero tintas en sangre cristiana. 
Habló el viejo Arias Gonzalo, el ayo de doña Urraca: 
—Vámonos, hija, a los moros dejad a Zamora salva, 
pues vuestro hermano y el Cid tan mal os desheredaban. 

Doña Urraca en tanta cuita se asomaba a la muralla, 
y desde una torre mocha el campo del Cid miraba. 


De Zamora salió un noble leonés llamado Bellido Dolfos que logró acabar con la vida de Sancho. La leyenda ha recreado caprichosamente este episodio. Al escribirla los castellanos, la heroicidad de Bellido Dolfos quedó convertida en traición, algo que solo hubiera sido posible de haber militado el caballero en las filas castellanas. Y, por supuesto, el Cid Campeador tuvo un papel principal en esta leyenda: cuentan que Rodrigo vio huir al jinete y rápidamente saltó sobre su caballo para darle alcance, pero al no llevar espuelas no pudo atraparlo. Fue entonces cuando maldijo a todo aquel caballero que cabalgase sin ellas.

Sobre el muro de Zamora; vide un caballero erguido; 
al real de los castellanos da con grande grito: 

—¡Guarte, guarte, rey don Sancho, no digas que no te aviso, 
que del cerco de Zamora un traidor había salido; 
Bellido Dolfos se llama, hijo de Dolfos Bellido, 
si gran traidor fue su padre, mayor traidor es el hijo; 
cuatro traiciones ha hecho, y con ésta serán cinco! 
Si te engaña, rey don Sancho, no digas que no te aviso. 

Gritos dan en el real: ¡A don Sancho han mal herido! 
¡Muerto le ha Bellido Dolfos; gran traición ha cometido! 

Desque le tuviera muerto, metiose por un postigo, 
por las calle de Zamora va dando voces y gritos: 

—¡Tiempo era, doña Urraca, de cumplir lo prometido!


sábado, 23 de febrero de 2013

El dios Thot


Salud, señor de las palabras divinas, tú que presides los misterios de los cielos y de la tierra, gran dios de los tiempos primordiales; tú, el originario, que aportaste las fórmulas mágicas y la escritura que hace progresar las cosas al otorgarles un buen asentamiento; tú que señalas a cada dios su lugar, que das estatuto a cada profesión, mantén cada cosa en su límite, cada campo, cada país. (Inscripción de una estatua procedente de la tumba 192 de Tebas)


Thot, al que se rendía culto en Hermópolis, era el dios egipcio de la sabiduría, la música, los hechizos y los jeroglíficos, es decir, las palabras sagradas; inventó la escritura, dirigía el trabajo de los escribas y era el notario de las demás divinidades. Escribía las leyes, la historia y las cuentas. 

Es uno de los dioses más antiguos del panteón egipcio. Esposo de Maat, diosa de la justicia y la verdad, se le representaba en forma de ibis, a veces con disco lunar sobre la cabeza. Esto último se debía a que era considerado guardián de la luna. Ra, al retirarse cada día a descansar, dejaba el mundo sumido en la oscuridad, y para remediarlo entregó a Thot el control de este astro, que debía iluminar Egipto en su ausencia. Por eso uno de sus nombres fue “Atón de plata”. 

Otras veces era representado como babuino, cuando se asociaba a la alegría y el gozo. Por la costumbre de estos animales de emitir chillidos al amanecer, los egipcios pensaban que los babuinos saludaban con alborozo la salida del sol, y de ahí que el nombre que les daban significara “el que grita de alegría”. Eran mascotas muy populares, y de hecho aparecen muchas veces representados jugando con los niños. Además eran útiles, porque, domesticados, podían enseñarles a realizar tareas como recolectar higos o cuidar ovejas. Incluso sacaban provecho de sus excrementos, que utilizaban para elaborar pomadas y ungüentos afrodisíacos. 


Alabado seas, Señor de toda casa, babuino de luciente pelo, de dulce aspecto y encanto singular, amado de todos,… Thot, si tú eres mi sostén, no temeré al mal de ojo. 

Cuando la diosa Tefnut, que representa al rocío, se enfadó con Ra y se marchó al desierto de Nubia llevándose consigo la humedad, Thot, con forma de babuino, la convenció para que regresara. 

A veces se decía que Thot era la lengua de Ptah, el Creador, el Señor de la Verdad, y que el mundo era expresión de su palabra. El dios Thot, como mensajero de los dioses, se identificaba con el Hermes de los griegos, razón por la que la ciudad que era centro de su culto recibió el nombre de Hermópolis. Era además el arquitecto que conocía el secreto interior de cada cosa, por lo que se le consideraba inventor de las ciencias y las artes. Se convertía, entonces, en el ibis divino. Una de sus formas era la de un hombre con cabeza de ibis, con un cetro en una mano y un Ankh en la otra. También aparece a veces con una tablilla en la que, como escriba, anotaba el peso del corazón de los difuntos y registra el juicio y el veredicto en la sala de las Dos Verdades. 

El mundo apareció en los labios de Thot cuando este despertó en el seno de Nun, el Abismo originario. 


Thot interviene en los rituales mágicos para asegurar la resurrección de Osiris y ayuda a Isis en el nacimiento de Horus. Además asiste a este dios durante su infancia, como médico que extrae el veneno de la picadura del escorpión y fija con su saliva el ojo que Horus había perdido combatiendo contra su hermano. Por eso para los egipcios las medicinas eran “la saliva de Thot”. 

Cuenta la leyenda que el dios Shu, hijo de Ra, prohibió a sus hijos mantener relaciones entre sí. Para ello puso a la diosa Nut en el cielo y a su hermano Geb en la tierra. Ra conocía la profecía que le advertía que un hijo de ambos gobernaría por encima de él, de modo que para conjurar el peligro condenó a Nut a no dar a luz durante ninguno de los días del año. Thot, compadecido, retó a la luna a una partida de damas, un juego cuya invención Platón también atribuye a este dios. La luna apostó su brillo, y Thot, señor de la inteligencia, fue ganándole luz suficiente para reunir cinco días en los que la diosa dio a luz a sus hijos: Osiris, Set, Isis, Nephtis y Horus. 


Como "Señor del Tiempo", Thot estableció el primer calendario y se encargaba de anotar, con la ayuda de Sheshat, los años de reinado de cada faraón en las hojas de una persea, el árbol sagrado de Heliópolis. 

Medidor de la tierra, contador de estrellas, mantenedor del universo, regulador de las crecidas de las aguas, guardián de todo el saber y árbitro de las disputas entre los dioses, se le llamaba “aquel que separa a los combatientes”. Thot se asocia con el rejuvenecimiento. Es amigo de fiestas, y señor de las inspiraciones. Durante las celebraciones en su honor, después de la luna llena, los egipcios se ofrecían pasteles con miel saludándose con las palabras “dulce es la verdad, puesto que el dios es frecuentemente ensalzado como dador de la dulzura, representando, por tanto, el sabor dulce. 

Los faraones llamados Tutmés (o Tutmosis) recibieron ese nombre en honor del dios, pues la palabra significa “Nacido del dios Thot”. 

Oh, tú, que traes el agua de lugar alejado, 
ven a mí,
pues yo soy de los que se amparan en el silencio.
Oh, Thot,
dulce fuente para quien se pierde en el desierto,
manantial sellado para el orgulloso,
caudal inagotable para el silencioso.
El sabio llega con sencillez
y encuentra la gente a su paso.


Gracias al Mundo de Fawn


Muchas gracias de nuevo a Fawn, que desde su mundo de magia y fantasía vuelve a distinguir al tablero, esta vez otorgándole los galardones a pares.

"Este premio te lo otorgo por ser dueño/a de un Blog Real, en el que no importa la temática o qué digas en él, ya que siempre eres cercano a tus seguidores y fiel a ti mismo, disfrutas compartiendo tu sabiduría y conocimientos con el resto, y no te desanimas en los malos tiempos."

Y aún añade un segundo para hacerle compañía en las vitrinas: el Stupendous Blog Award.


Madame Fawn es muy amable al tener siempre presente este espacio. Agradezco mucho su atención, sus visitas y los regalos que me hace y, desde luego, recomiendo visitar su mundo a todo aquel interesado en  "Disney, Studio Ghibli, el coleccionismo,la lectura,los viajes,los cuentos de hoy y de ayer,las sirenas y las hadas,la mitologia,la Historia, el arte, la magia, la fantasía..."


miércoles, 20 de febrero de 2013

LA MAGNA CARTA


El reinado de Juan Sin Tierra culminó con una sublevación de sus barones, que le impusieron la Magna Carta en un intento de limitar su autoridad. 

Hacia el año 1208 los signos de los abusos reales se hacían cada vez más evidentes. Pronto comenzó a haber rumores de descontento entre los barones, seguidos de una serie de incidentes. El verano de 1212 deparaba una conspiración que marca el inicio de lo que iba a desembocar en una guerra civil, pero es en el otoño de 1214, al regresar el rey derrotado de su guerra contra Francia, cuando el descontento iba a aumentar de modo alarmante. Tras la batalla de Bouvines, Juan se había visto obligado a firmar un tratado desfavorable para los intereses ingleses, algo que no le sería perdonado. 

El rey temía las amenazas que procedían de los territorios fronterizos, donde habían surgido importantes centros de oposición. Pensaba, en particular, en los barones del sur de Gales, poseedores de extensos territorios también en Irlanda. Se sentía igualmente inquieto por los del norte de Inglaterra, muchos de los cuales habían sufrido la injusticia de severas exacciones fiscales para poder sostener una campaña que se demostró ruinosa. Los complots, a veces reales y otras solo fruto de rumores, empujaban a Juan a modificar la dureza de su previa política financiera y a hacer cambios en los sheriffs de los condados del norte. 

La alarma del rey ante la oposición de sus nobles jugó un papel fundamental en su decisión de poner fin a la larga lucha que sostenía con el Papa por la sucesión en la sede de Canterbury. A Juan se le hacía preciso cerrar algún frente entre los muchos que se le habían abierto, de modo que se vio obligado a ceder y a reconocer como arzobispo a Stephen Langton. Le fue entonces levantada la pena de excomunión con la condición de renovar las promesas hechas en su juramento de coronación, relativas a proteger a la Iglesia y a gobernar con justicia, conforme a la vieja ley. 


El nuevo arzobispo de Canterbury se convirtió en uno de sus mayores enemigos y se lanzó a atizar el descontento, recordando a los barones sus legítimos derechos. En un concilio al que fueron invitados algunos de ellos, Stephen leyó la carta de libertades de Enrique I y los animó no solo a procurar su continuación, sino a agregar algunas cláusulas adicionales al juramento prestado en su día por el rey y a poner freno a los abusos y extorsiones por parte de sheriffs y demás oficiales de la Corona. 

A finales de octubre de 1213 un grupo de barones se reunió con el legado papal, cuya misión era mediar en la disputa que mantenían con el rey. Posiblemente fue entonces cuando presentaron la primera serie de demandas, recogidas en el documento que lleva por nombre la Carta Desconocida de Libertades, y del que solo existe un manuscrito que fue encontrado en París entre los archivos de Felipe Augusto. En realidad se trata de una copia de la Carta de Enrique I junto con un breve documento en el que aparecen notas, observaciones informales o propuestas, pero en lo esencial coincide con la Magna Carta posterior. Una de las pretensiones de los rebeldes era que la prestación de servicios militares en el continente se limitara a Normandía y Bretaña, excluyendo el Poitou. 

Juan hizo pequeñas concesiones y vagas promesas, pero al mismo tiempo exigía de ellos un juramento de lealtad, tener la custodia de sus castillos y la entrega de rehenes que garantizaran el cumplimiento del pacto. Estas medidas, junto a las exigencias económicas a las que le obligaba la financiación de la campaña bélica que planeaba en el continente, terminaron por colmar la paciencia de los barones. 

Magna Carta de las Libertades

Cuando el rey regresó derrotado a Inglaterra, su posición era precaria. Varios de los que habían huido del reino en su día por estar implicados en complots contra Juan, habían sido autorizados a volver como parte del acuerdo en el que se trató la sucesión de Canterbury, lo que no contribuía a facilitarle las cosas. El descontento era tan obvio que el rey convocó una reunión en Londres el 6 de enero de 1215. Para entonces los barones hostiles se habían juramentado en una asociación o conjuratio

Tras ese encuentro, Juan aplazó la respuesta a sus demandas alegando que habían sido hechas sin ningún respeto y mediante amenazas y coacciones. Anunció que pasada la Pascua volverían a reunirse en Northampton y entonces les comunicaría su decisión. 

Mientras tanto, temiendo que se desencadenara una rebelión, comenzó a prepararse para la guerra y envió a reclutar en Poitou tropas para reforzar las guarniciones de los castillos. Pero cuando sus hombres desembarcaron en Irlanda, cambió de opinión y escribió que no los necesitaba. Había decidido optar por tácticas dilatorias en lugar de una confrontación abierta, con la esperanza de poder atraerse aún a los barones más moderados. Pero, sobre todo, quería atenerse a la legalidad, rechazando el recurso a la fuerza para asegurarse también el apoyo del Papa. 

Sus esfuerzos diplomáticos ante Inocencio III fueron enormes, y hasta estaba dispuesto a emprender una Cruzada. Eso fue un golpe maestro de la diplomacia, porque desde el momento en que tomara la Cruz se colocaba él mismo y todas sus propiedades bajo la protección especial de la Iglesia, convirtiéndose en inviolable. Pero Inocencio temía que se desencadenara una rebelión en Inglaterra que podía dar al traste con los planes. El Papa sospechaba, además, que el arzobispo de Canterbury apoyaba a los rebeldes, puesto que se negaba a atender la petición del rey de excomulgarlos. 


Las negociaciones entre Juan y los rebeldes iban a prolongarse hasta el mes de junio. El rey ofrecía mayores concesiones, pero los barones las rechazaron. El 26 de abril, primer domingo después de Pascua, iba a tener lugar la reunión de Northampton. Los barones se presentaron armados y con unas demandas que no consideraban negociables. Como Juan no acudió, se las enviaron a Wallingford. 

La posición del rey seguía siendo la misma: no tenía intención de hacer ninguna concesión que amenazara lo que él consideraba los derechos tradicionales de la Corona, y esperaba que llegara pronto de Roma el apoyo a sus prerrogativas. Recibió, en efecto, tres cartas del Papa a finales de abril, pero era demasiado tarde para impedir una fractura total entre el rey y sus barones. 

Los rebeldes eligieron a Robert Fitz Walter como líder tras renunciar a su juramento de fidelidad el 5 de mayo de 1215. Ni él ni otros miembros del grupo de 25 ejecutores de la Magna Carta iban a mostrar ningún respeto por la ley ni por el cumplimiento de los compromisos adquiridos. Robert de Ros, por ejemplo, hacía uso de una banda armada para combatir a los hombres del sheriff que pretendían juzgarlo. En realidad los barones de la época defendían generalmente sus propios intereses particulares; pretendían del rey que fallara a su favor en las disputas que mantenían con parientes y vecinos, y se convertían en sus enemigos cuando veían frustradas sus expectativas. Pero también había entre este grupo de hombres quienes demostraron ir más allá en sus objetivos y orientarse hacia el bien público, alarmados por el gobierno arbitrario de Juan. 

El rey continuó proponiendo concesiones en busca de una solución pacífica al conflicto. Ofreció someter la cuestión a arbitraje, nombrando él cuatro árbitros y los rebeldes otros cuatro, bajo la presidencia del Papa, pero los barones no aceptaron. Llegados a ese punto, Juan se preparó nuevamente para la guerra y ordenó apoderarse de las tierras de los rebeldes. 

Baynard's Castle, Londres

Después de un intento fallido por apoderarse del castillo de Northampton, logró ocupar Londres el 17 de mayo. Pero una parte de los habitantes colaboraban con Fitz Walter, señor del castillo de Baynard, la principal fortaleza después de la Torre. Ellos abrieron la ciudad a los rebeldes. Juan, mientras tanto, había reunido tropas y reforzado las fortificaciones, pero no fue capaz de moverse con la suficiente rapidez. Ahora, sin Londres, su posición era mucho más difícil. 

A finales de mayo Juan estaba completamente solo. Tenía que negociar para intentar ganar tiempo. 

Las negociaciones tuvieron lugar en Runnymede, cerca del castillo de Windsor, a comienzos de junio de 1215. Los artículos de los barones eran un acuerdo preliminar preparado antes de la reunión, fruto de varias semanas de conversaciones con los agentes del rey. A comienzos del siglo XIII no era infrecuente que las comunidades compraran cartas de libertades o privilegios. Muchas ciudades y condados habían obtenido estas concesiones, e incluso alguno de los barones rebeldes había otorgado a sus gentes una de estas cartas. Lo novedoso fue la exigencia de los barones de obtener una que se aplicara a todo el reino. 

El texto, cuyas cláusulas aparecerían después en la Magna Carta sin apenas cambios, comenzaba así: 

“Estos son los artículos que los barones solicitan y el rey concede”. 

Vista desde la orilla norte del río Támesis de la isla de la Magna Carta, junto a Runnymede

Juan selló el borrador de la Carta el día 10, aunque quedaban algunas cuestiones por discutir. Una de ellas era la insistencia de los rebeldes para que el rey renunciara a cualquier derecho de apelar al Papa, algo a lo que él se resistía. De hecho, en cuanto pudo pidió a Inocencio que revocara el documento. 

Finalmente se alcanzó un acuerdo el 19 de junio. El rey y los rebeldes intercambiaron el beso de la paz y se renovó el juramento de homenaje. Luego seleccionaron los 25 ejecutores del acuerdo. En los días que siguieron hasta el 24 se redactaron y sellaron copias del documento que conocemos como Magna Carta de las Libertades, cuatro de las cuales aún se conservan. 

Podrán encontrar el texto íntegro del documento en este link.


Bibliografía:
King John – Ralph V. Turner
King John – W. L. Warren
Imagen de Runnymede: Anthony McCallum

lunes, 18 de febrero de 2013

Bothwell y las mujeres (II)


Nadie puso en duda la autenticidad de los documentos incautados al conde de Bothwell hasta que, en palabras del gran Stefan Zweig, “cien o doscientos años más tarde, cuando hacía mucho que los originales habían sido aniquilados por el hijo, osó, poco a poco, ir surgiendo esta hipótesis de la falsificación, enlazada con los esfuerzos que eran hechos para presentar a esta mujer osada e indómita como inocente e inmaculada víctima de una miserable conspiración… ¡Y qué absurdo también sería el que unos nobles campesinos escoceses, a quienes la poesía era lo más ajeno de la tierra, compusieran rápidamente once sonetos en lengua francesa para comprometer a su reina!” 

James Hepburn, conde de Bothwell, tramó un complot para deshacerse de Darnley. Se ha discutido mucho acerca de quiénes formaban parte de la intriga, y especialmente si la reina participó o tuvo conocimiento del plan del nuevo favorito para acabar con la vida a su esposo. Lo cierto es que a pesar de los románticos defensores a ultranza de María, parece difícil en extremo negar que fuera cómplice. 

“Arriesgué por él nombre y conciencia. Quiero, por él, renunciar al mundo, quiero morir por hacerle progresar”. 

Lord Darnley había caído muy enfermo en Glasgow, adonde se había apresurado a acudir tras escuchar rumores de que la reina se proponía hacerlo prisionero. Se apuntó que se trataba de sífilis, pero también se habló de viruela, e incluso de veneno. María acudió a su lado, escoltada por el propio Bothwell durante parte del camino, y aparentó buscar la reconciliación. Persuadió a Darnley para que regresara a Edimburgo, y él, sosegados sus temores, accedió. 

María Estuardo

El enfermo fue transportado en una litera, pero no se alojó en palacio, sino que con el pretexto de que estaría más tranquilo y respiraría mejores aires se decidió que ocupara una casa de los suburbios, en Kirk O’Field, donde María lo visitaba. 

La noche del domingo 9 de febrero de 1567 la reina abandonaba el lugar a las 11 para asistir a una fiesta, y tres horas más tarde se producía una fuerte explosión en la casa. Los cuerpos del rey y del sirviente que dormía en su cámara se encontraron en el huerto. Habían sido estrangulados, y la explosión fue un torpe intento de encubrir los asesinatos. 

Siguió una parodia de investigación. Se pretendió hacer creer que el atentado había ido dirigido contra María, puesto que los explosivos habían sido colocados en la habitación que ella ocupaba a veces, pero la argucia no convenció a nadie. Finalmente Bothwell fue juzgado por el Consejo Privado de Escocia en abril de 1567, acusado de ser el jefe de la conspiración, tan sólo para salvar las apariencias. Naturalmente fue declarado inocente

Casi todos los obstáculos parecían despejados excepto uno: James seguía casado con Jean Gordon. De hecho, apenas había transcurrido un año desde el día de la boda. Días después de la muerte de Darnley, la propia esposa del conde enfermó gravemente. Su vida corrió gran peligro, hasta el punto de que un embajador llegó a anunciar su fallecimiento. Pero afortunadamente para ella, su hermano logró persuadirla para que accediera al divorcio, y Jean recuperó entonces su salud. Para cumplir con el trámite, el 3 de mayo de 1567 acusaba a su esposo de adulterio con Bessie Crawford, una de las doncellas de su madre. Cuatro días más tarde el matrimonio era anulado con el pretexto de que no habían solicitado la pertinente dispensa, unidos como estaban por una relación de parentesco en cuarto grado. 

María Estuardo

El 12 de mayo la reina convertía a Bothwell en duque de Orkney, y tres días después se casaba con él en Holyrood por el rito protestante. Tan sólo habían transcurrido tres meses desde la muerte de Darnley. 

Ningún personaje importante asiste a la boda, y la gente murmura al paso de la reina. John Knox la aplasta con la fuerza de su encendido verbo y en Inglaterra Isabel no responde a sus cartas. 

En cuanto a Bothwell, no está en su naturaleza aventurera dejarse abatir. Intuyendo que se avecina una rebelión, decide adelantarse a ella. El 6 de junio deja a María en Holyrood y se dirige al castillo de Borthwick, donde ha movilizado a sus vasallos con la intención de regresar al frente de un ejército y apoderarse de Edimburgo. Antes de partir hace fundir la plata de la reina, así como las pilas bautismales de oro macizo, regalo de Isabel. 

El llamamiento del conde no tiene el resultado esperado. Solo consigue reclutar unos pocos hombres que nada pueden hacer frente a las tropas de los lores insurgentes. Hubo de escapar de Borthwick a través de una puerta excusada y emprender un frenético galope hasta el castillo de Dunbar. Allí la reina, vestida de hombre, se reúne con él. Juntos reunen suficientes soldados para atreverse a un encuentro desesperado con el ejército enemigo. 

Tras algunas escaramuzas, el conde, que sabe que no tendrán ninguna oportunidad, propone dirimir el asunto mediante combate singular. No ignora que muchos de sus hombres simpatizan con el enemigo, y que no puede confiar en ellos. Los adversarios no aceptan la propuesta, de modo que todo está perdido. María envía un mensaje a los lores y estos imponen sus condiciones: si la reina se entrega, Bothwell podrá partir al extranjero. 

María acepta y ambos se despiden. Ya no volverán a verse. 

James Hepburn, conde de Bothwell

El conde se dirigió a Escandinavia. Tenía la esperanza de reclutar un ejército capaz de restaurar en el trono a María, pero fue apresado en la costa noruega por no llevar los documentos pertinentes. Bothwell fue escoltado hacia el puerto de Bergen, donde le aguardaba la venganza de una mujer: Bergen era la ciudad de Ana Trondsen, su abandonada esposa noruega. Para complicar las cosas, allí se encontró también con viejos acreedores que reclamaban sus deudas. 

Ana, con el apoyo de su poderosa familia, interpuso una demanda contra él por abandono, y solicitaba la devolución de su dote, de la que Bothwell se había apropiado. El conde fue enviado a prisión, encerrado en la Torre Rosenkratz. Durante el proceso que siguió, la dama testificó que James tenía tres esposas vivas. 

A pesar de todo, había conseguido negociar con Ana y alcanzado un acuerdo para la restitución de sus bienes. Seguramente hubiera sido puesto en libertad de no ser porque el rey Federico II, rey de Dinamarca y Noruega, supo que la reina de Inglaterra buscaba a Bothwell por el asesinato de Darnley y decidió retenerlo. Tanto Isabel como el hermanastro de María reclaman su entrega. Moray lo acusaba de pirata, asesino y traidor, pero los parientes franceses de María presionaban para que Federico no cediera, y el rey de Francia, Carlos IX, decidía permanecer neutral. 

Al principio Bothwell fue tratado con toda consideración, pero, llevado de prisión en prisión, fue finalmente trasladado al castillo de Dragsholm, en Dinamarca, donde se enfrentó a unas durísimas condiciones que acabaron por hacerle perder la razón. Ya nunca saldría de allí. Moriría en su celda el 14 de abril de 1578. 

Torre Rosenkratz

En cuanto a Ana, nunca volvió a casarse, pero Jean Gordon rehizo su vida y contrajo un segundo matrimonio con el conde de Sutherland, con el que tuvo al menos siete hijos. Y cuando su segundo esposo murió, aún tuvo un tercero. Pero esta vez, por fin, pudo casarse con el hombre de su vida: Alexander Ogilvy de Boyne. Sus dos primeros matrimonios habían obedecido a razones políticas; el tercero, celebrado cuando Jean rebasaba los 50 años, fue por amor. 

Lady Jean fue una mujer que dejó huella en la Escocia de su tiempo, como recuerda Antonia Fraser: “Las esposas de los nobles escoceses fueron capaces de vez en cuando de proyectar una figura de genuina inteligencia e ingenio, tales como Jean, condesa de Argyll, Jean Gordon, condesa de Bothwell, o Agnes, condesa de Moray, que hicieron sombra a muchos de sus contemporáneos varones.” 

Jean Gordon tuvo una larga vida. Contaba 83 años cuando falleció en su castillo de Dunrobin el 14 de mayo de 1629. Ella había sobrevivido a todo.


Links para artículos relacionados:
María Estuardo y David Rizzio (II)


Bibliografía:
Marie Stuart et le comte de Bothwell – L. Wiesener 
The love letters of Mary, Queen of Scots, to James, Earl of Bothwell - Hugh Campbell 
Isabel I de Inglaterra – Jacques Chastenet 
María Estuardo – Stefan Zweig 
María Estuardo – Elena Agüero 
Isabel de Inglaterra – Sysley Huddleston 
Mary Queen of Scots – Antonia Fraser 
Queen of Scots: The True Life of Mary Stuart - John Guy 

sábado, 16 de febrero de 2013

Bothwell y las mujeres


James Hepburn, conde de Bothwell pasó por la vida de María Estuardo con la fuerza de un ciclón devastador, torciendo el rumbo de la historia de Escocia y arrasando destinos a su paso. Alto, ancho de hombros, pelirrojo de mirada dura y “dientes de carnívoro brillando en su boca grande”, no puede considerarse hermoso, pero de él se desprende una poderosa virilidad. Provoca celos en los hombres, aunque al mismo tiempo su fortaleza, temeridad y brutalidad también inspiran respeto. Sus éxitos en cuestión de mujeres son ciertamente numerosos; pero él no da importancia a sus conquistas: una vez conseguidas, las olvida, y “no hay amante a la que no deje para correr una nueva aventura”. 

James desciende de una antigua familia de las tierras bajas escocesas, vinculada a la dignidad de Lord Almirante. Su abuelo dio la vida por su país combatiendo junto a Jacobo IV en la batalla de Flodden. Patrick, su padre, fue desterrado de Escocia dos veces en tiempos de Jacobo V. A su muerte en 1556, James heredaba el título de conde de Bothwell. 

Siguiendo la tradición familiar, se siente atraído por el mar desde muy joven. Aprende a pilotar barcos entre los arrecifes y pronto comienza a dedicarse a la piratería con la pequeña flota que ha construido, una actividad que le resulta muy provechosa. “Le atrae la aventura, nada le arredra y toma todo lo que se le pone por delante”. 

Demuestra que en tierra se desenvuelve igual de bien que en el mar: la facilidad con la que maneja la pesada espada escocesa de doble filo es legendaria. Con esta presentación, seguramente nadie esperaría encontrar en él a un hombre culto; sin embargo, lo es. Bothwell habla bien el francés, es aficionado a la lectura y colecciona manuscritos. La propia madre de María Estuardo, María de Guisa, siendo regente del reino, se rinde a su inteligencia. Él acepta constituirse en su defensor a pesar de profesar la religión protestante, una decisión que no le granjea precisamente las simpatías de los lores de la Congregación. Cuando María de Guisa muere, James forma parte de la embajada que acude a Francia en busca de María Estuardo. 

María de Guisa

Hombre turbulento e insolente, no se detiene ante nada, e incluso riñe con el hermanastro de María, conde de Moray, entonces en la cúspide del poder. Se implica en un intento de rebelión y pasa a Inglaterra, donde la reina Isabel lo tuvo encerrado en la Torre durante algún tiempo. De allí viaja a Francia y, bien recibido por Catalina de Médicis, es nombrado capitán de los guardias escoceses. 

Sus asuntos amorosos son muchos y variados, pero su relación más importante es la que mantiene con Janet Beaton, una dama escocesa unos quince años mayor que él. Janet conservaba su belleza y lozanía de tal modo que muchos decían que recurría a la brujería para mantenerse joven. 

La señora Beaton era una especie de versión femenina del propio Bothwell. Tuvo cinco esposos y numerosas aventuras galantes incluso durante sus matrimonios. De hecho, cuando se divorció de su segundo marido, ella misma admitió haber cometido adulterio con el que se convirtió en el tercero. Este era jefe del clan Scott, y en 1552 resultó muerto en el transcurso de una escaramuza con miembros del clan rival, los Kerr (o Carr). Unos años más tarde Janet se ponía al frente de un grupo de hombres armados del clan Scott y se dirigía a la iglesia de St Mary of the Lowes, cuyas puertas derribó tratando de apoderarse de la persona de Sir Peter Cranston. La dama hubo de comparecer ante los tribunales por ello, pero la regente María de Guisa la protegió. 

Janet Beaton

Bothwell también encuentra el amor fuera de Escocia. Navega por Europa y en 1559, cuando tiene unos 25 años, se enamora de Ana Trondsen, una dama noruega a la que conoce de vista en Copenhague, hija de un almirante que se encuentra en Dinamarca como cónsul y que en tiempos de guerra es también, por qué no decirlo, un poco pirata. 

Ana y James se comprometen, y parece que llegan a casarse según una vieja costumbre europea: el rito, que se remonta a tiempos anteriores a la Edad Media, consistía en atar las manos de los novios con una cinta. El problema es que, si bien las leyes noruegas y danesas reconocían la validez de este tipo de uniones, es dudoso, cuando menos, que la costumbre tuviera en Escocia fuerza de ley. Sin embargo, según consta en algunos registros de la isla de Skye, se practicó en tierras escocesas hasta finales del siglo XVII. En virtud de este compromiso, un escocés podía tomar a una mujer como esposa y mantenerla a su lado por espacio de un año y un día. Si le complacía, se procedía a la verdadera ceremonia de la boda al cabo de ese plazo, legitimándose la descendencia en caso de que la hubiera habido. Pero si el hombre no estaba satisfecho, devolvía la mujer a sus padres. 

Ana, considerándose casada con Bothwell, le sigue por Europa, hasta que un día James le dice que se encuentra en la ruina y le pide que venda todas sus pertenencias. Ella acude entonces a Dinamarca a solicitar la ayuda de su familia. El conde pronto la olvida. 

En 1565 James volvía a Escocia. Por entonces el conde de Moray se sublevaba contra su hermanastra. Bothwell tomó el partido de María y tuvo un papel decisivo en el aplastamiento de la insurrección. Sin embargo, aunque colmado de honores por parte de la reina, cuando habla de ella lo hace con cierto desdén: “Con la reina de Escocia y la reina de Inglaterra juntas, no hay bastante para hacer una mujer honrada”, solía decir. A pesar de lo cual continuó siendo leal. 

Jean Gordon, condesa de Bothwell

El 24 de febrero de 1566 Bothwell decide ignorar tanto su compromiso con Janet Beaton como su unión con Ana, y contrae matrimonio con la católica Jean Gordon, una acaudalada noble escocesa de unos veinte años. Jean no era hermosa, pero la dote que su hermano le había asignado era ciertamente impresionante. Su padre era el conde de Huntly, el más poderoso de los señores de las Highlands. Sus propiedades eran tan vastas que tal parecía que el conde fuera soberano de su propio reino. 

La boda de Bothwell, pese a la fe profesada por la novia, se celebró según los ritos protestantes y con toda la pompa. María Estuardo, que había propiciado el enlace, se mostró entusiasmada y regaló a Jean la tela para confeccionar el vestido de ceremonia. 

Días después tenía lugar el asesinato de Rizzio. Esa noche Bothwell trató de acudir, espada en mano, al auxilio de la reina, pero los conjurados eran tan numerosos que lo único que pudo hacer fue escapar saltando por una ventana. Desde allí logró huir a caballo y alcanzar a todo galope el castillo de Dunbar, del que era gobernador. Al conocer que el conde se encontraba allí a salvo, María Estuardo se fugó para ir a buscar refugio en aquella fortaleza, considerada inexpugnable. 

A partir de entonces Bothwell parece gozar de su pleno favor. El conde cada vez adquiere más ascendiente sobre la reina, que se muestra no solo afecta, sino incluso sumisa a él. Los cortesanos comienzan a rumorear que ambos eran amantes. Dos años más tarde los enemigos de María iban a sacar a la luz ocho cartas y diez sonetos que afirmaban haber encontrado en una cajita de plata que María había regalado a Bothwell, una arqueta que previamente había recibido ella de su primer esposo, Francisco II de Francia. La reina de Inglaterra, en cuanto tuvo conocimiento de ello, comunicó el contenido de los papeles a todas las cortes con las que mantenía relaciones diplomáticas. 

María Estuardo

Mucho se ha discutido acerca de la autenticidad de esos escritos. Los originales no se conservan, puesto que fueron destruidos por posteriormente por el hijo de María, y solo nos quedan las copias, por lo que no es posible un estudio grafológico. Sin embargo, y como observan tanto Chastenet como Stefan Zweig, no se encuentra entre los señores escoceses empeñados en perder a la reina ninguno que tuviese tan perfecto conocimiento de la lengua francesa como María Estuardo, y el caso es que no hay en esos versos ni un solo anglicismo. En uno de los sonetos se lee: 

Por él también derramé muchas lágrimas, 
Primero cuando poseyó este cuerpo 
Sin tener aún mi corazón. 

Otro de los poemas dice: 

En sus manos y en su poder entero 
Mi honor pongo, y mi hijo, y mi existencia, 
Mi corona y mis súbditos. Y quiero 
Mi alma sumisa a él y a su presencia… 

Y este es un párrafo de una de las cartas: 

“Excusad lo mal que escribo, porque sé que tendréis que adivinar la mitad de mis palabras. No puedo remediarlo, porque estoy desasosegada y, sin embargo, experimento una gran alegría escribiéndoos mientras los demás duermen. Yo no puedo, por una parte, dormir como ellos, ni por otra como quisiera, es decir, entre vuestros brazos, querida vida mía”. 

Luego describe la llegada de Darnley y el estado en el que le encontró, quejándose de las palabras que él le dirigió. Se burla de su marido, al que llama “ese mozo pustuloso” cuyo aliento fétido le produce náuseas. Y más adelante: “Me someto en todo a vuestra voluntad. Hacedme saber lo que debo hacer, y os obedeceré en lo que sea… No me estiméis menos por eso, porque vos sois la causa de todo… Para complaceros, querida vida mía, no escatimo mi honor, ni mi conciencia, ni los peligros, ni mi grandeza misma… Dios quiera perdonarme… Amadme siempre como yo os amaré.”


Continuará

miércoles, 13 de febrero de 2013

Ofrendas y sacrificios en la antigua Grecia


Platón decía que no había nada mejor para un hombre virtuoso que mantener el contacto con los dioses mediante ofrendas, oraciones y votos. Los antiguos griegos hacían ofrendas a las diversas deidades para solicitar algún don, o bien para conjurar los peligros, enfermedades y tormentas. Había una segunda clase de ofrendas, que eran de gratitud por la merced concedida. Por último, una tercera tenía como objetivo la expiación de una culpa o reparación del incumplimiento de la ley, humana o divina. 

Antes de entrar en contacto con el dios, era preciso seguir un proceso de purificación, exigible a todo aquel que entraba en el templo y no solo a quien iba a realizar el sacrificio. La purificación se extendía a la ropa y los objetos utilizados en los ritos. A la entrada había vasijas con agua consagrada. La persona, a la que se pedía que no albergara malos pensamientos, se rociaba con ella o bien dejaba que lo hiciera un sacerdote. Otra forma de purificación era la del fuego y el humo, que subía hasta el Olimpo y alimentaba a los dioses. 

También se atribuyen cualidades purificadoras a ciertas plantas, como el mirto, el romero y el enebro. Una ramita de laurel de Apolo se suponía que podía librar al asesino de su culpa. Pero no solo había purificaciones de individuos, sino incluso de ciudades enteras después de haber sufrido una epidemia o una guerra, y en tiempos de gran aflicción llegaron a ofrecerse víctimas humanas. 


En Samotracia y en Delfos los suplicantes debían confesar sus pecados. En este último lugar era el sacerdote de Apolo el encargado de escucharlos. El acto de purificación iba seguido de una oración. Casi todos los acontecimientos de cierta relevancia en la vida cotidiana se acompañaban de oraciones que normalmente iban dirigidas a tres dioses juntos. Para no ofenderles omitiendo alguno de sus nombres, se añadían generalmente ciertas fórmulas, como “si este y otro es tu nombre favorito”, o “quienquiera que puedas ser”. 

A los dioses olímpicos se les rezaba en posición vertical y con las manos levantadas. Para orar a los dioses marinos se colocaban las manos horizontalmente; a los del Tártaro con las manos bajadas, o se pronunciaba la invocación golpeando el suelo con el pie. Arrodillarse no era usual. Solo aquellos que tenían un deseo especial de protección solían abrazarse arrodillados a la estatua del dios. Semejante a la oración era la maldición contra los criminales, mediante la cual se imploraba a las Furias. 

Zeus Horkios, vengador de juramentos, castigaba al perjuro. El juramento solemne se tomaba en suelo sagrado, ante el altar o la estatua de un dios. La persona que juraba tocaba el altar o la estatua, o bien metía su mano en la sangre de un animal sacrificado, invocando a tres dioses igual que en la oración, pero en este caso como testigos. 


Para que los dioses le fueran propicios, solían acompañar la oración con una ofrenda. Esta podía ser depositada en el altar, consumida por el fuego o bien tratarse de una ofrenda votiva que pasaba a ser propiedad del santuario. Algunos lugares recibían tantas que para albergarlas fue preciso construir edificios llamados tesoros, como fue el caso de Delfos. 

Las ofrendas podían consistir en los primeros frutos del campo, pero también en comestibles elaborados, con frecuencia en forma de animales. La cebada tostada era muy común. La arrojaban a las llamas o bien se esparcía sobre los cuellos de los animales dispuestos para el sacrificio. 

Las libaciones eran características de estas ceremonias. A determinados dioses se les ofrecía vino sin mezclar, mientras que las deidades de la luz, las Ninfas, las Furias y las Musas recibían miel, leche y aceite. 

La elección de los animales que iban a ser sacrificados dependía de las cualidades de los dioses en cuestión. Los olímpicos preferían animales blancos; los del mar y el inframundo, por el contrario, se inclinaban por los negros. Generalmente eran domésticos, aunque Artemisa, como es lógico, prefería animales de caza. Pero, del mismo modo que los sacerdotes no podían tener ningún defecto físico, los animales tenían que ser fuertes y saludables, encontrándose inadmisible que hubieran sido utilizados previamente por los hombres. Solo en Esparta, por ser gente de costumbres más frugales, se podía pasar por alto esa pureza absoluta del animal. 


A Demeter se le sacrificaban cerdos, y a Dionisos machos cabríos. Si el animal iba al sacrificio sin oponer resistencia, o si asentía con la cabeza, era considerado un buen presagio, de modo que para forzar un poco la suerte, echaban agua purificadora sobre su cabeza, facilitando así el movimiento. 

El número de víctimas variaba con arreglo a las posibilidades del adorador. Los pobres se conformaban con ofrecer figurillas de barro representándolas. 

El rito de quemar a los animales sobre el altar se llamaba holocausto (“todo quemado”), pero fue desapareciendo paulatinamente. En tiempos de Homero los dioses recibían los perniles y trozos pequeños de carne, mientras que los presentes comían el resto, sin que pudiera sobrar nada. Estas comidas compartidas por dioses y hombres se convirtieron en parte del sacrificio en sí, de modo que los animales solo se enterraban enteros en las ofrendas hechas para los difuntos y en aquellas en las que había un maleficio de por medio. Homero menciona también la costumbre de dorar los cuernos, pero posteriormente se cambió por una decoración a base de guirnaldas y tainiai (cintas de lana). 


El animal era conducido en procesión hasta el templo. Si el sacrificio era para el inframundo, se doblaba la cabeza hacia abajo; en caso contrario se volvía hacia arriba. Luego se cortaba la garganta con un cuchillo y se recogía la sangre en un recipiente especial. Las entrañas, y especialmente el hígado, se examinaban para comprobar si los dioses aceptaban el sacrificio. Cestas y demás utensilios empleados eran también adornados con guirnaldas, ramitas o tainiai. 


domingo, 10 de febrero de 2013

Ana de Kiev, Reina de Francia (II)


Enrique I tuvo cuatro hijos de su esposa Ana: el mayor nació al cabo de un año después de la boda, y por deseo de la reina llevó el nombre de Felipe. Nadie hasta entonces se había llamado así en la corte de Francia. De hecho, no era un nombre precisamente usual en todo Occidente. Poco después nacerían otros hijos del matrimonio: Emma, Roberto, y el menor de todos: Hugo de Vermandois. 

Felipe fue coronado y asociado al trono en vida de su padre, según era costumbre entre los Capeto. Ana asistió a la ceremonia, que tuvo lugar en la catedral de Reims el 23 de mayo de 1059, día de Pentecostés. El arzobispo Gervasio fue nombrado gran canciller durante esa jornada, siguiendo la tradición. Sellada la orden, se procedió a la ceremonia de la consagración. 

Gervasio tomó de un cojín bordado en oro la espada Alegre (Joyeuse), que había pertenecido a Carlomagno, y se la entregó al rey. Enrique bajó la empuñadura y, volviéndose hacia su hijo, pronunció las palabras rituales: 

—Recibe esta espada por la autoridad divina y el poder que te han sido concedidos para combatir a los bárbaros enemigos del nombre de Jesucristo, para expulsar a los malos cristianos del reino y para mantener la paz entre los fieles que te han sido confiados. 

Mirando a los asistentes, el niño levantó la espada con ambas manos y la blandió con la punta hacia arriba antes de depositarla en el altar, reconociendo con este gesto que era vasallo de Dios. Fue entonces despojado de la diadema de oro, el manto y el vestido. Cuando hombros y pecho quedaron al descubierto, el abad de San Remigio presentó la santa Ampolla al arzobispo, así como la aguja de oro. Sirviéndose de la aguja, Gervasio hizo caer una gota en una copa de plata dorada que contenía el óleo consagrado; luego impregnó los dedos e hizo la señal de la Cruz sobre el nuevo rey mientras los presentes, arrodillados, rezaban en silencio. 


Al terminar esta parte de la ceremonia, los doce pares se acercaron al oficiante, que puso el anillo a Felipe diciendo: 

—Toma este anillo, signo de la Santa Fe, solidez del reino, aumento de poder, que por estas cosas sepas vencer a los enemigos con poder triunfal, reunir a tus súbditos y vincularlos a la perseverancia de la fe católica de Jesucristo, Nuestro Señor, amén. 

Felipe empuñó el cetro en la mano derecha, y con la izquierda sostenía la mano de la justicia. El niño se arrodilló y Gervasio tomó la gran corona de oro de Carlomagno, incrustada de rubíes, zafiros y esmeraldas, elevándola por encima de la cabeza del joven rey. Los doce pares acercaron sus manos para sostenerla, formando un círculo a su alrededor. 

—Que Dios te corone, hijo mío, con la corona de gloria y de justicia. Protege y sirve fielmente al reino que ha sido confiado a tus cuidados, para que, ornado de todas las virtudes, tantas como de piedras preciosas, obtengas la corona de gloria junto a Aquel que rige en el reino de los Cielos. 

Después el arzobispo besó a Felipe y gritó por tres veces “¡Viva el rey!”, un grito que encontró eco en todos los allí reunidos. 

Gervasio condujo al niño hacia el trono, junto a su padre y su madre. Cuatro caballeros trajeron las ofrendas: un pan de oro, un pan de plata, una jarra de plata dorada llena de vino y una bolsa de terciopelo rojo con trece monedas de oro. Se hizo venir a doce personas afectadas por tumores escrofulosos, y el niño los tocó para sanarlos, siguiendo la tradición de sus antepasados. Luego hizo que les entregaran a todos obsequios y limosnas. 


Pronto reinaría Felipe en solitario: su padre fallecía al verano siguiente, y Ana se convertía en regente en nombre de su hijo, que subía al trono como Felipe I. La reina contaba con Balduino V de Flandes como co-regente. 

Para dar a conocer a sus súbditos al nuevo rey, Ana emprende un viaje con él. Pretende que comiencen a amarlo, pero es ella quien más acapara la atención de los franceses. Al verla vestida de blanco en señal de luto, la llaman “la reina blanca”. Después, a su regreso, se retira con su hijo al castillo de Senlis, un lugar que le agradaba especialmente, “tanto por la bondad del aire que se respiraba, como por los agradables pasatiempos de la caza, a la que se consagraba con placer.” 

Pronto siguieron otras diversiones mundanas. La reina comenzó a organizar recepciones muy concurridas. Muchos señores de la corte y alrededores iniciaron la costumbre de visitarla, y según Caix de Saint-Aymour, “homenajeaban más a la mujer que a la reina”. 

Ana tenía unos 35 años, y su belleza seguía brillando. Era lógico que atrajera a los caballeros. Pero había entre ellos uno mucho más entusiasmado que el resto, y casualmente era el que ella prefería entre todos. Se trataba de Raúl de Crépy, conde de Valois, uno de los señores más poderosos de Francia y antiguo enemigo de su esposo al tiempo que primo lejano. Raúl había sido capturado por el ejército del rey en 1041, si bien posteriormente cambió de bando. Él solía decir que no temía ni a las armas del rey ni a las censuras de la Iglesia, y dio buena prueba de ello. 


Raúl era casado, pero eso no fue obstáculo para que persiguiera a la reina incluso en vida de Enrique. El conde procuraba encontrarse con ella en todas partes, bien fuera en fiestas, cacerías, o a la hora de hacer obras de caridad. Sus encuentros se multiplicaban fatalmente, aunque mientras vivió el rey Ana no osó corresponder a sus avances. 

El caballero había estado casado en primeras nupcias con Adela de Bar-sur-Aube, de la que tenía cinco hijos. Cuando Adela falleció, Raúl volvió a contraer matrimonio, lo que ahora se convertía en un grave contratiempo para él. Al cabo de un año de la muerte de Enrique decidió repudiar a su segunda esposa, y para ello tuvo la desfachatez de acusarla de adulterio

Con la esposa finalmente en un convento, el conde consideraba llegado el tiempo de pasar a la acción, y con esa idea vuelve a dirigirse a Senlis, al encuentro de la reina. Durante el transcurso de una cacería realiza el que fue seguramente el más osado de sus gestos: se apodera de Ana y la alza de su caballo para montarla en el suyo. Juntos cabalgan hasta una iglesia, donde el conde ordena al sacerdote que los case. 

El rapto de la reina y su boda clandestina causaron gran escándalo en todo el reino, pero ellos parecían no darse cuenta de la indignación que crecía en su contra. Raúl no contaba con que la esposa repudiada, Haquenez, no se resignaría ante la injusticia que le había hecho su esposo e iba a acudir ante el Papa Alejandro II. Este encargó una investigación a los arzobispos de Reims y Ruán, a consecuencia de la cual ordenó a Raúl que volviera con su legítima esposa. Pero la pasión del conde era demasiado fuerte y se negó a obedecer al pontífice, lo que fue causa de una sentencia de excomunión y de la declaración de nulidad del matrimonio con Ana. 


Nada de ello perturbó la eterna luna de miel de la pareja. Juraron no separarse nunca, y mantuvieron su palabra. 

Indiferentes a la hostilidad que despertaba su unión, viajaban juntos por el reino sin esconderse, hasta que al final consiguieron que la gente acabara por aceptarlos. La reina pasaba la mayor parte de su tiempo en el castillo de Crépy, separada de su hijo, a pesar de lo cual, y de que Felipe deploraba esa situación, él siempre le profesó un gran cariño. El rey se reconcilió con ellos y volvió a recibirlos en la corte al cabo de un tiempo. 

A partir del año 1063, Ana dejó de firmar “Anna Regina” para titularse solo “Mater Philippi regis”. En cuanto a Raúl, mantuvo la lealtad hacia su hijastro y puso sus tropas a su servicio en una desdichada campaña en la que perdió a su primogénito. 

La muerte de Haquenez permitió al conde regularizar su situación y hacer que le fuera levantada la pena de excomunión. Sin embargo, iba a morir excomulgado por segunda vez, por el modo en que se había apoderado de Péronne y Montdidier, que habían pertenecido a su repudiada esposa. Fue precisamente en Montdidier donde murió el 8 de septiembre del 1074. Ana se refugió entonces en la corte, junto a su hijo, aunque no intentó ocuparse nunca de los asuntos de Estado. 

Existe una leyenda que cuenta que al año siguiente ella regresó a Rusia para morir allí. Pero no es cierto. Ana falleció en Francia, probablemente en 1076, y se cree que fue enterrada en la abadía de Villiers, cerca de La Ferté-Alais. 


Régine Deforges noveló maravillosamente la vida de Ana de Kiev en su obra Bajo el cielo de Novgorod, una historia en la que a una rigurosa documentación añade el encanto de la leyenda.


jueves, 7 de febrero de 2013

Ana de Kiev, Reina de Francia (I)


La reina Matilde de Frisia había muerto en el año 1044. Su viudo, Enrique I, hijo de Roberto el Piadoso, tenía 36 años y no había conseguido aún descendencia, a pesar de que aquel había sido su segundo matrimonio. Su primera esposa había sido otra Matilde, hija del emperador Conrado II. Pero ella era una niña de solo cinco años cuando la prometieron al rey de los francos, y no iba a sobrevivir a la infancia. La segunda, aunque no era muchos años mayor, vivió lo suficiente para dar a luz una hija. Lamentablemente, tanto la niña como la madre morían poco después. 

Enrique necesitaba una esposa que pudiera darle herederos, pero no era fácil encontrarla, porque estaba emparentado prácticamente con todas las princesas a cuya mano podía aspirar, y la Iglesia había prohibido los matrimonios consanguíneos hasta en caso de primos en séptimo grado. De ese modo era casi imposible encontrar otra esposa de sangre real. El rey recordaba los problemas que habían atribulado a su padre a causa de su unión con su prima hermana, Berta de Borgoña. El Papa le había pedido que anulara su matrimonio, y como Roberto se negó, él y el obispo que había autorizado la boda fueron excomulgados, un castigo que no le fue levantado al monarca hasta que depuso su actitud rebelde. 

Pero el obispo de Châlons presentó a Enrique una carta del rey Casimiro de Polonia. Casimiro hablaba de una sobrina de su esposa, joven de gran belleza, intrépida amazona, gran cazadora, piadosa, sensata, instruida y caritativa con los pobres. Se trataba de la princesa Ana, hija de Yaroslav I, gran príncipe de Kiev y Novgorod, aliado por matrimonio con los emperadores de Bizancio, los reyes de Dinamarca, de Hungría, de Noruega y de Alemania. La dama parecía idónea desde todos los puntos de vista: incluso provenía de una familia muy prolífica. Su abuelo, Vladimiro el Grande, había engendrado doce hijos legítimos y otras tantas hijas, sin contar los bastardos, y su padre podía jactarse de tener nueve hijos vivos. ¡Y lo mejor de todo es que a la princesa rusa no la unía ningún grado de parentesco con Enrique! 


El rey de Francia se rindió ante tantos y tan grandes atributos y envió al obispo en su busca para pedir su mano. 

Roger de Châlons cumplió con su cometido. En Kiev fue recibido con gran fasto y obtuvo sin gran esfuerzo la mano de la princesa para su rey. Enrique, muy satisfecho con el compromiso, hizo preparar varias carretas cargadas de suntuosos regalos y despachó una nueva embajada para traer a la novia a su reino. 

Ana viajaba en una litera tirada por cuatro caballos de color rojizo, regalo de su padre, y traía consigo una importante dote constituida por monedas de oro acuñadas en Bizancio. Había atravesado Cracovia, donde los boyardos la dejaron bajo la única protección de los caballeros del rey Enrique y de su tío Soudislav, príncipe de Pskov. Yaroslav lo había tenido prisionero durante años por rebelarse contra su autoridad, pero ahora lo liberaba para que lo representara en la boda de su hija. 

Veinte guerreros la acompañaban, encargados de honrarla y vigilarla, y también el gobernador de Kiev formaba parte de la comitiva. El rey Casimiro y la reina María Dobroniega, tía de Ana, la acogieron con una pompa poco habitual en la austera corte polaca y ofrecieron un banquete en el que por primera vez se reunían rusos y franceses. 

Desde Cracovia, Ana continuó viaje hasta Praga bajo las inclemencias del tiempo y la amenaza de los bandoleros, y tras una breve parada la comitiva se dirigió a Nuremberg. El duque de Baviera envió a la futura reina de Francia una importante delegación encabezada por el arzobispo de la ciudad. Él no podía acudir en persona, pues se hallaba en aquel momento junto al emperador. 


Más adelante el camino la llevó por entre los espesos bosques alemanes. Cerca de Tubinga fueron asaltados por bandidos armados con garrotes y espadas, pero los guerreros de la escolta lograron controlar la situación tras dar muerte a diez de ellos. El duque de Alta Lorena, Gerardo de Alsacia, la recibió en compañía de los obispos de Metz, Toul y Verdún y .la saludó en nombre de su soberano, el emperador. Tras dos días de festejo, los viajeros partieron de Toul, encantados con la amable acogida que les había sido dispensada. 

Durante el viaje Ana no permanecía ociosa, sino que aprovechaba el tiempo para aprender la lengua de los francos, asunto en el que demostró una extraordinaria habilidad, de modo que ya era capaz de comprender bastante y expresarse en cierta medida cuando llegó a Reims en la primavera del año 1051. Ella y sus damas fueron conducidas a un convento situado fuera de las murallas, cuya abadesa estaba emparentada con el rey. Allí se preparó Ana para la boda, que tendría lugar al día siguiente. 

Enrique se presentó poco después del oficio de hora prima, al que había asistido. Vio entonces aproximarse a una princesa vestida como una emperatriz de Bizancio, con un pesado traje bordado de pedrería y mucho más hermosa de cuanto le habían descrito. 

El entusiasmo de Ana seguramente fue bastante menor que el de él. Tampoco le gustó de modo inmediato el que sería su reino. De hecho escribió una carta a su padre en la que le decía que Francia era “un país bárbaro donde las casas son tristes, las iglesias feas y las costumbres repugnantes”. 

Catedral de Reims

Era el 19 de mayo, el día fijado para celebrar tanto la boda como la coronación de la reina. Antes de entrar en Reims, asistieron a una misa en la iglesia del monasterio, y después se dirigieron a las literas, cubiertas de preciosos tejidos y tiradas por bueyes blancos adornados con cintas de color rojo y oro. La multitud, que esperaba desde el día anterior para ver a la que sería su reina, los vitoreaba a su paso. A la cabeza de los caballeros, el soberano montaba su palafrén ricamente enjaezado. Tras él, un escudero traía su caballo de batalla. Rodeados de guerreros y vestidos con túnicas y mantos de colores vivos, avanzaban todos los condes de Francia. Destacaba entre ellos el temible Raúl de Crépy, conde de Valois y Amiens, siempre dispuesto a apoyar cualquier levantamiento contra Enrique. 

El cortejo pasó bajo los arcos de triunfo. De las ventanas de las casas colgaban pedazos de tela coloridas en los que se habían prendido flores, ramos, o se había bordado el emblema de la ciudad. Sonaban las campanas cuando la litera se detuvo ante la catedral. Al descender del vehículo, las damas colocaron sobre los hombros de la reina el pesado manto color púrpura, y así se dirigió a la iglesia. 

La pareja se arrodilló sobre las alfombras que cubrían los escalones. El arzobispo los bendijo y les tendió su mano enguantada para que la besaran. Después de besar también el libro de los Santos Evangelios, se incorporaron y entraron en la catedral para proceder a la ceremonia, durante el transcurso de la cual la nueva soberana hizo las ofrendas rituales: un pan, un barrilito de vino, una paloma, trece monedas de oro y sus donaciones a los pobres, portadas por cuatro caballeros. 

Terminada la boda, los reyes de Francia se dirigieron con un gran cortejo a los aposentos reales del arzobispado, en compañía del preboste y su guardia, los músicos, heraldos de armas, el maestro de ceremonias y los cuatro caballeros portadores de las ofrendas. 


El gran maestro de ceremonias acudió en busca de Ana para acompañarla a la gran sala del arzobispado donde tendría lugar el banquete. La reina ocupó su lugar a una mesa que compartiría con su cuñada Adela, esposa del conde de Flandes, y su hija Matilde. La joven Matilde era la prometida del duque Guillermo de Normandía, el mismo que años más tarde alcanzaría la corona de Inglaterra y sería conocido como Guillermo el Conquistador. 

En la mesa del rey se sentaba el arzobispo de Reims, el conde de Sussex, representante del rey Eduardo de Inglaterra, y el enviado de Noruega, quien, además de los regalos de su señor, entregó a la novia un collar de parte de su hermana Isabel, casada con el rey Harald III. Y es que Yaroslav consiguió casar a todas sus hijas con reyes o príncipes de sangre real. 

Entró Enrique precedido por los heraldos; el arzobispo bendijo a los presentes y a una señal del soberano dio comienzo el banquete tras lavarse las manos los invitados en vasijas de agua tibia que traían los servidores...


Continuará