viernes, 18 de enero de 2013

Rebelión en el hipódromo


Las carreras de carros eran una competición sumamente popular en Roma, y una tradición que se remontaba a los etruscos, quienes la habían tomado de los griegos. 

Al principio los aurigas eran ciudadanos libres, pero más tarde, aunque no se trataba de una ocupación deshonrosa como la de los gladiadores, se consideró indigna de un romano libre. El puesto pasó a manos de esclavos y libertos que se adiestraban en escuelas antes de aparecer en público. Dichas escuelas comprendían una plantilla completa de fabricantes de carros, sastres, zapateros, cirujanos, maestros etc. A cargo de las mismas se encontraba uno o más domini factionum, que alquilaban carros y aurigas al mejor postor. 

Los aurigas vencedores recibían coronas de plata, trajes valiosos y premios en metálico. Si eran lo bastante buenos lograban amasar grandes fortunas y se convertían en domini factionum. Incluso los espectadores tenían la oportunidad de obtener buenos beneficios con las apuestas

Los conductores de carros romanos vestían una túnica corta ceñida por correas, y solían llevar un cuchillo curvado en el cinturón para cortar las riendas de los caballos que se escapaban, a fin de evitar ser arrastrados. También se ataban correas alrededor de los muslos, o bien cubrían brazos y piernas con mallas reticuladas. En la cabeza se ponían un gorro de cuero con aspecto de casco. 


Para las carreras utilizaban bigas de dos caballos, cuadrigas de cuatro y a veces trigae, de tres. Los caballos españoles y sicilianos eran famosos, y se registraba su pedigrí, nombre y edad con la máxima exactitud. Los favoritos eran recibidos por el público con grandes aplausos, y con frecuencia se mencionaba el nombre de los animales vencedores junto con el del auriga. El caballo que iba al lado izquierdo tenía enorme importancia, porque su tarea era más difícil al doblar la meta: si chocaba contra ella o se asustaba, exponía carro y auriga a un gran peligro. Los carros recorrían la pista siete veces sin detenerse. Esta carrera completa se llamaba missus, y no estaba exenta de riesgos, puesto que era lícito provocar que el oponente se estrellara. La esperanza de vida de un conductor de carros no era muy elevada. 

El árbitro, sentado en un anfiteatro sobre la puerta de entrada principal, tiraba un pañuelo blanco a la arena como señal para que comenzara la carrera. Sobre las torres u oppida se situaban los músicos, que tocaban en los descansos. 

Muchas veces fue el propio emperador quien arrojaba el pañuelo. Nerón dio un gran impulso a estas carreras, a las que era muy aficionado. Él mismo ganó una de estas competiciones en los Juegos Olímpicos. Al principio se corrían unas diez o doce carreras al día, pero después de Calígula el número habitual parece haber sido 24, e incluso podía haber más. 

Durante la República se habían formado dos equipos (factiones), cada uno de los cuales conducía dos carros. Uno de ellos vestía túnicas rojas, y el otro blancas. Son los colores de los que derivan sus nombres: factio alba y factio russata. En tiempos del Imperio hubo otros dos equipos: el factio prasina (verde) y el factio veneta (azul), mientras que con Domiciano se añadieron los aurea y los purpurea, pero estos dos últimos desaparecieron poco después. Con el tiempo los cuatro equipos primeros se fusionarían en dos: el blanco se unió al verde y el rojo al azul. 


En Constantinopla las carreras de carros fueron tan populares que a veces llegaban a darse cita en el hipódromo hasta 50.000 espectadores. Justiniano apoyaba a los azules, cuyos partidarios se sentaban frente al palco imperial, cerca de las puertas de salida y en el extremo opuesto a sus rivales. 

La presión era enorme; había sobornos y amenazas, y el grado de agresividad de los aurigas hizo preciso que las leyes de Justiniano les prohibieran insultar a sus oponentes. Durante el transcurso de las carreras solían producirse serias lesiones e incluso la muerte, algo semejante a los combates de gladiadores. La gente estaba totalmente volcada con los verdes y los azules, hasta el punto de vestir los colores. Los más fanáticos no se comportaba con menos violencia que los participantes, de modo que los enfrentamientos eran también frecuentes entre el público, que en ocasiones se convertían en bandas callejeras de delincuentes, matando y arrasando todo a su paso. En palabras de Procopio de Cesarea, no respetaban “ni matrimonio ni parentesco, ni lazos de amistad, incluso aunque los que apoyaban a diferentes colores pudieran ser hermanos o tuvieran algún otro parentesco”. Eran, en suma, como los actuales hinchas de un equipo de fútbol. 

Una de las razones para que se desencadenara tal grado de tensión era que allá en Bizancio los equipos tenían un papel político, lo que aumentaba la rivalidad. Los azules representaban a la nobleza, mientras que los verdes eran el partido de las clases medias y los trabajadores, generalmente monofisistas —corriente religiosa que rechazaba la naturaleza humana de Cristo—. En el año 501 murieron tres mil ciudadanos en el hipódromo, y durante el reinado de Justiniano tuvo lugar la llamada revuelta de Niká, en la que se estima que 30.000 personas fueron masacradas, un número desmesurado teniendo en cuenta que el total de la población no superaba los 600.000 habitantes. 


Era el martes 13 de enero del año 532. La revuelta comenzó precisamente así: como una pugna entre facciones rivales en el hipódromo, pero se extendió a las calles. Justiniano trató de reconducir la situación procediendo contra los más conflictivos, y tres días antes había hecho arrestar a varios miembros de las facciones verdes y azules que habían causado serios disturbios. Algunos, encontrados culpables de asesinato por el prefecto Eudemón, iban a ser colgados, pero dos de ellos —uno de cada equipo— lograron escapar y buscar asilo en una iglesia. El prefecto se presentó de inmediato e hizo que la guardia rodeara el lugar, a lo que las factiones reaccionaron con violencia, resueltas a liberarlos como fuera. 

Durante las carreras en el hipódromo, la multitud solicitó clemencia al emperador, un clamor que se prolongó durante 22 del total de 24 carreras de la jornada, pero no obtuvieron nada. Lo inquietante era constatar que ambos partidos, enemigos acérrimos, se habían unido en esa ocasión para plantear sus exigencias. Justiniano, percibiendo el peligro, decidió abandonar el hipódromo, que afortunadamente para él estaba conectado con su palacio. 

Esa noche ambos equipos tomaron las calles gritando la palabra Niká (Victoria), el grito con el que se animaba a los aurigas en el hipódromo. Se dirigieron al prefecto de la ciudad y le exigieron que dejara en libertad a los prisioneros, aún refugiados por entonces en la iglesia. Ante la negativa del prefecto, irrumpieron en la prisión y comenzaron a liberar a todos los delincuentes allí custodiados, prendieron fuego al edificio y continuaron arrasando e incendiando la ciudad aún durante el día siguiente. Constantinopla tuvo que ser reconstruida después de eso. 


Justiniano trató de aplacarlos anunciando carreras adicionales, pero los manifestantes, envalentonados, ahora pedían la dimisión de tres ministros impopulares, a los que consideraban los responsables de la negativa del emperador a liberar a los prisioneros. Lograron su objetivo, pero no por ello depusieron su actitud. Hubo más incendios, y entre los edificios afectados se encontraba la iglesia de Santa Sofía. 

El jueves aclamaron como emperador a Probo, sobrino del difunto Anastasio. Pero el candidato de la muchedumbre había optado prudentemente por desaparecer de la escena. Al no poder encontrarlo, también su palacio fue quemado. 

La situación se prolongó hasta que el domingo 18 de enero Justiniano volvía a ocupar el palco imperial y reconocía públicamente sus errores. El emperador prometió el perdón para los prisioneros, pero ya era demasiado tarde para calmar el furor popular. Lejos de alcanzarse la paz, el pueblo encontró un nuevo candidato al que aclamar en la persona de Hipatio, otro de los sobrinos de Anastasio. 

Justiniano estuvo a punto de huir de Constantinopla, pero la emperatriz Teodora logró retenerlo en su puesto. 

“Es imposible al hombre, una vez venido al mundo, evitar la muerte; pero huir cuando se es emperador es intolerable. Si quieres huir, césar, bien está. Tienes dinero, los barcos están dispuestos y la mar abierta... Pero reflexiona y teme, después de la fuga, preferir la muerte a la salvación. Yo me atengo a la antigua máxima de que la púrpura es una buena mortaja”. 


El trono, que peligró durante esas jornadas, finalmente se salvó gracias a la intervención de los soldados germanos a las órdenes de Belisario. Este se aproximó al hipódromo con el pretexto de negociar la rendición de los rebeldes. Él y el general Mundus accedieron a través de una puerta diferente cada uno, y una vez allí los masacró. Según Teófanes, “al final no sobrevivió ninguno de los ciudadanos que se encontraban en el hipódromo, ni verde ni azul”. 

Hipatio fue ejecutado, y se confiscaron las propiedades de los principales cabecillas. La paz quedaba restaurada, pero dejaron de celebrarse carreras de carros durante mucho tiempo.


14 comentarios:

  1. Parece que ya había "hooligans" entonces.
    Los espectáculos que tenían lugar en anfiteatros y circos tenían como objetivo principal entretener a las masas para que no pensasen en otras cosas peligrosas para la sociedad y el sistema. Sólo que a veces se conseguía el efecto contrario cuando estas masas, enardecidas y violentas, se dedicaban a cometer fechorías en la calle.
    Un saludo.

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  2. Pero desde la Rebelión de Nika hasta ahora nunca más ocurrió un desmán semejante provocado por el deporte. Lo que me demuestra que aunque terrible, la justicia de Justiniano fue efectiva. ¿Se imaginan que alguien castigara a los hooligans como lo hacían en Bizancio?
    Madame, como siempre, muchas gracias.

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  3. Hola, Madame

    Igualito que ahora. No hemos aprendido nada. Aunque hay alguna que otra diferencia, entonces tenían algo más de poder que el que tienen los alocados de los hooligans.

    Feliz noche, Madame.

    Bisous.

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  4. Es lo malo de los fanatismos...Me recuerdó la trajedia de heysel en la final de la champion entre Liverpool y Juventus...

    Besos Madame.

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  5. El fanatismo popular no ha cambiado en nada.La culpa es de estos instigadores que se quieren ganar el pueblo a base de circo: mientras ellos engrosan sus arcas Y todo se sale de madre.

    Feliz finde madame.

    Abrazos.

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  6. No puedo evitar comentar la belleza y sensualidad de la última imagen, esa dama recostada. Caramba con las carreras, otra vez en Roma, un mundo complejo dentro del gran marco romano. Alucinante todo lo que rodeaba a los carros, madame.
    Buen sábado.

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  7. Que excelente artículo, madame, sobre este tipo de ludi del mundo antiguo, inmortalizado genialmente en la película Ben Hur. Solo una afición desmedida por las carreras de carros hizo posible el construir el estadio o el circo, recinto para espectadores con más aforo que jamás se haya construido en el mundo: 250.OOO espectadores, que se dice pronto. Y luego la tradición continuó en el imperio bizantino, con unas dosis de fantatismo increíbles, como usted demuestra con la revuelta de la Niké, y que también aparece en una película muy buena, y poco difundida, Teodora.
    Que tenga muy buen fin de semana. Bisous.

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  8. ¡Extraordinario, Madame, como todo lo que sale de su factoría! Para mí una de las grandes escenas del cine es la carrera de cuádrigas de la película Ben-Hur, de William Wyler.
    Bisous

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  9. Menos mal que hoy día estos desmanes tan atroces ya no se producen, aunque haya sus más y sus menos en el fútbol y otras competiciones. Aquélla era una sociedad dedicada a la violencia, la gente disfrutaba viendo sangre y es por ello que acabaron fusionando las peleas de gladiadores con las carreras de caballos. Menos mal que Justiniano, famoso por su justicia, la aplicó y severamente. Imagino que con esta "aspirina" no se volverían a producir baños de sangre semejantes al que se nos cuenta en la entrada.
    Un beso y feliz fin de semana

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  10. Vaya, tanto tiempo de rivalidad y, al final, el verde y el azul se fusionaron en el rojo... de su propia sangre. Una vez más, Belisario sacándole las castañas del fuego a Justiniano.
    Muy acertadas las imágenes de Ben Hur. Soy incapaz de ver la película entera, pero la secuencia de la carrera nunca me aburre.

    Feliz sábado, Madame

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  11. Chica de carácter Teododa, que no se echa atrás facilmente. Antes muerta que nuevo puta parece decirle y prefiere morir como Emperatriz que como su antiguo oficio. Mas ovarios que el marido.
    Feliz Año nuevo!! (tarde pero seguro va el deseo)
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  12. El fanatismo perdura en el tiempo. En esto de la intransigencia hemos progresado poco.
    Buenas tardes, madame

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  13. qué cosas, a la hora de la verdad, azules, rojos y blanquiverdes se unen para reclamar sus cosas. de cómo se utilizan los deportes, y las aficiones de masas con intencionalidad política, seguimos teniendo muchos ejemplos hoy día.
    una pequeña muestra:
    http://www.jotdown.es/2012/07/yugoslavia-de-la-grada-a-la-trinchera/

    bisous madame!

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  14. Al empezar a leer y ver la afición me he acordado de lo que pasa hoy con el fútbol, pero eso es aún peor, el grado de fanatismo era sangriento por lo que leo.

    Bisous

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)