sábado, 5 de enero de 2013

Anne Hyde, Duquesa de York (III)


El capricho de Jacobo continuó saltando de una dama a otra: Elizabeth Hamilton, Frances Jennings y otras mujeres del séquito de su esposa o de la reina ocuparon sus pensamientos en uno u otro momento, algo que la duquesa no sobrellevaba mansamente. La relación del matrimonio era sumamente pasional, oscilando de continuo de un extremo al otro: Anne no dejaba de recriminar la actitud de su esposo cada vez que tenía ocasión, pero, según Pepys, también eran frecuentes las manifestaciones de cariño entre ambos: a menudo los veían besarse o dedicarse gestos de ternura. 

El duque de York acabó por enamorarse de Arabella Churchill, hermana del célebre duque de Marlborough. Ella, a quien Gramont describe como “una criatura alta, pálida, solo piel y huesos”, era una de las damas de honor de Anne, y dio a luz cuatro hijos de Jacobo. Nadie en la corte podía comprender cómo había ido a fijarse precisamente en ella, y para Anne representaba el insulto final: significaba que su esposo encontraba preferible prácticamente a cualquiera. 

Y es que él, por cierto, tenía reputación de fijarse en las mujeres por su inteligencia, y no por su belleza, algo que divertía enormemente al rey. En una ocasión Carlos II comentó que eran los sacerdotes los que le elegían a las amantes a su hermano a modo de penitencia. 

Arabella Churchill

En esa situación se encontraba Anne cuando reparó en Henry Sidney, el menor de los hijos del conde de Leicester, un joven de 24 años especialmente atractivo y elegante. Henry se consideraba a sí mismo uno de los hombres más deseables del planeta, e indudablemente Anne, que contaba 28 años por entonces, compartía su opinión. 

Hasta qué punto llegó la amistad entre ambos es difícil de precisar, aunque seguramente fue bastante lejos. Gramont habla del “pérfido Cupido”, y añade que los ojos de Sidney “respondían raudos a todo aquello que los de Su Alteza Real tenían la bondad de decirle”. Otros, como Sir John Reresby, opinaban que Henry estaba enamorado, pero que Anne se limitaba a ser amable con él “de un modo inocente”. En cualquier caso, Jacobo no se enteraba de nada, por lo que ella pudo conseguir que nombrara a Henry Sidney su caballerizo mayor. Eso le daba la oportunidad de tenerlo siempre cerca. 

A finales del verano de 1665 los duques emprendieron un viaje por el norte de Inglaterra, con intención de visitar York. El viaje estaba motivado principalmente por consideraciones políticas, pero también por el deseo de escapar a la gran plaga que azotaba Londres por entonces. Se calcula que la epidemia causó entre 70.000 y 100.000 muertes en todo el reino, y que en la capital pereció más de la quinta parte de la población. Se trataba de la famosa peste bubónica, transmitida por las pulgas de las ratas. Fue, de hecho, uno de los últimos grandes brotes en Europa. 


El rey se trasladó a Oxford con su Corte huyendo de la terrible enfermedad. Durante ese verano la situación era desesperada: las casas en las que había un enfermo eran cerradas a cal y canto, quedando los miembros sanos de la familia atrapados en su interior; las tiendas también cerraban, los mercaderes abandonaban la capital espantados y sólo unos cuantos clérigos, médicos, barberos y cirujanos tomaron la heroica decisión de quedarse. Los médicos recorrían incesantemente las calles atendiendo a los enfermos y tratando de aliviar su mal. Por todo Londres se mantenían hogueras encendidas día y noche, en la esperanza de que eso sirviera para sanear el ambiente. Se quemaban sustancias con olores muy fuertes, como el pimiento y el incienso, pensando que de ese modo se prevenía la infección, y se recomendaba fumar tabaco. El escritor Daniel Defoe nos dejó un dramático relato en su Diario del Año de la Peste: "Bien podría decirse que todo Londres lloraba. La voz del dolor se oía por doquier. Los gritos de mujeres y niños en las ventanas y puertas de las casas donde tal vez sus parientes más próximos estaban agonizando o acababan de morir, se oían con tanta frecuencia al pasar por las calles que bastaba para destrozar el más duro de los corazones." 


Anne y su esposo se libraron de la temible enfermedad que había asolado el reino, aunque no de otras: según queda reflejado en la correspondencia de la corte, ella padeció alguna clase de dolencia, al parecer viruela. 

Durante el transcurso de ese viaje de los duques de York por el norte del país, Jacobo trató a su esposa con gran deferencia, e insistió en que todos debían hacer lo mismo. Era por entonces cuando Henry Sidney comenzaba a interesarse por la duquesa. Anne aún era joven, pero había perdido su atractivo. Apenas quedaba nada de la joven bonita que reunía a tantos admiradores a su alrededor allá en la corte de Breda, y nadie la describía ya como una mujer hermosa, sino todo lo contrario. Se había descuidado mucho, en buena parte debido a su excesiva glotonería, y no contaba con la frescura y la lozanía de aquellos 17 años. Dadas las circunstancias, sentirse de pronto admirada por un caballero como Sidney seguramente subió su autoestima de modo considerable. 

La situación continuó hasta que un amigo puso al duque sobre aviso, y este decidió mostrarse más vigilante. Jacobo observó, y lo que vio fue suficiente para organizar una tremenda pelea conyugal. Después retiró la palabra a su esposa durante muchos días, y el asunto terminó con el alejamiento de la corte de Henry Sidney. Pero el duque lo despidió con tan malos modos y tan precipitadamente que consiguió hacer público el asunto. 

Anne Hyde, Duquesa de York

Ambos estaban de regreso en Londres cuando tuvo lugar el gran incendio que devastó la ciudad. Todo comenzó a la una de la madrugada del domingo 2 de septiembre de 1666 en una panadería de Pudding Lane, posiblemente porque el encargado había olvidado apagar los hornos y dejó las puertas abiertas. El viento soplaba con fuerza y Londres sufría una gran sequía tras dos veranos lluviosos; ahora los edificios de madera se encontraban excepcionalmente resecos bajo un tiempo muy caluroso. Todo se aliaba para que, si una chispa prendiera, el fuego se propagara a gran velocidad. Dos horas más tarde estaba fuera de control. Los equipos extintores de la época resultaron inútiles, y mucha gente no veía otra salida que arrojarse a las aguas del Támesis para escapar a las llamas. 

Samuel Pepys observó aquella escena dantesca desde lo alto de la Torre de Londres y escribió en su diario el desgarrador relato de cuanto vio aquella madrugada. “Verlo me hizo llorar”, diría. "Todos estaban intentando sacar sus bienes, y arrojándolos al río o trayéndolos a las gabarras; la gente pobre se quedaba en sus casas hasta que el incendio los tocó, y entonces corrieron a los barcos, o trepaban por un par de escaleras de un lado del río al otro”.


Continuará

22 comentarios:

  1. Jacobo debería haber predicado con el ejemplo y no llevarse tanto las manos a la cabeza por los posibles devaneos de su esposa, una nimiedad comparados con los suyos propios.
    Un saludo.

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    1. Así es. Lamentablemente los caballeros siempre han tenido una ley para sí mismos y otra diferente para sus esposas, por lo que respecta a ese asunto. A Jacobo le estuvo bien empleado, aunque no parece que sirviera para revolver su conciencia.

      Feliz fin de semana, monsieur

      Bisous

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  2. Por lo que veo a Jacobo no le gustaba que le dieran a probar su propia medicina!.

    Madame, estas intrigas amorosas siempre son complicadas.

    Feliz fin de semana y Felices Reyes.

    Abrazos.

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    1. No, no le gustaba nada, pero se lo había ganado a pulso.

      Felices reyes también para usted, madame.

      Bisous

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  3. Menos mal que la discusión terminó en gritos y no en balazos o floretazos. Con que Jacobo andaba de mujeriego con chicas listas, la primera vez que lo oigo. Pero Anne tenía derecho a algún que otro affaire no mas para distraerse.
    Me encanta, sigo esto como los capítulos de una novela histórica.
    Saludos Madame!

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    1. Pues claro, yo creo que lo justo era eso de "o jugamos los dos, o rompemos la baraja". Algo que Jacobo no podía asimilar.

      Muchas gracias, madame, feliz fin de semana.

      Bisous

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  4. ¡Que chisposo, el Carlos II!

    Muy malos tiempos para Londres: primero la peste, luego el pavoroso incendio... creo que se llegó a culpar a los franceses y al Papa - siempre es más socorrido el enemigo externo.

    Feliz fin de semana, Madame

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    1. Así es, monsieur. Torturaron y ahorcaron a un pobre relojero al que acusaron de ser agente del Papa, como narraremos también en el próximo capítulo. Fue una locura.

      Feliz fin de semana, y que los Reyes le sean propicios.

      Bisous

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  5. Qué interesante y ameno relato. Cuánto debemos agradecer a aquellos cronistas que, con sus diarios, dejaron constancia de los detalles de lo cotidiano; y a usted que tan bien lo cuenta.
    Beso su mano.

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    1. Gracias, monsieur. Lo cierto es que en esta época contamos con cronistas de gran lujo. Resulta una delicia sumergirse en sus obras para reconstruir la historia.

      Feliz fin de semana y noche de Reyes.

      Bisous

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  6. Me tiene usted intrigado con este interesante relato.
    Saludos, madame

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    1. Pues ya solo queda un capítulo para llegar al final, monsieur.

      Buenas noches

      Bisous

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  7. Hola Madame:
    Dos eventos importantes de Londres del siglo XVII nos trae por aquí: La peste bubónica y el gran incendio. Tan brutal fue el incendio, que hoy sigue vigente la prohibición de construir edificios de madera en la ciudad.

    En cuanto a los Duques...Parece que se tomaban la misma medicina ;D

    Besos Madame

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    1. Así es, monsieur. Con el incendio continuaremos el próximo día. En realidad esta parte la he tomado de lo que yo misma publiqué en la corte en su momento. Me ha venido muy bien para esta historia.

      Buenas noches

      Bisous

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  8. Lndres agonizaba, Lóndres ardía y los Duques de la greña por infidelidades verdaderas e imaginadas. Poco caballero Jacobo de dejar en evidencia a la Duquesa. Yo creo que en el fondo la quería a su manera, sino hubiera dejado a Sidney de Chevalier Servante de la Duquesa. Pobre Anne, gordita ya no tan atractiva (28 por aquel entonces era como 48 de hoy en dia) ni joven y tener a alguien que le hiciera la corte era gran cosa. Por lo que he leído no hay pruebas que le fuera infiel al duque.
    Buen fin de semana, Madame y Feliz Día de Reyes.

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    1. Sí, Jacobo quería a su esposa a su manera. No lograba ser fiel, pero la quería. Ahí quedan esas efusiones, y es constatable que le agradaba estar en su compañía. Se llevaban bien y se entendían en todo excepto en ese asunto de la infidelidad, que era el que desencadenaba las tormentosas discusiones.

      No hay pruebas de que ella fuera infiel, no, aunque son pocos los que se inclinan por su inocencia.

      Feliz día de Reyes también para usted.

      Buenas noches

      Bisous

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  9. También en los cuernos, amor con amor se paga, Madame. Estos no entendieron eso de uno con una y para siempre.
    Bisous

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    1. No, monsieur, ni él ni su hermano lo entendieron. No estaba en su naturaleza.

      Feliz noche de Reyes.

      Bisous

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  10. qué bien se venden los ingleses. si en Madrid hubiera habido un brote de peste bubónica, regado con un incendio devastador en aquella época, poco menos que hubiéramos tenido que cerrar el chiringuito y hubiera sido una muestra más de la decadencia, del rey decrépito, de patatín y patatán. y aquí no. son cosas que pasan.
    arabella me gusta como nombre. incluso la descripción me ha gustado. la verdad es que me gusta todo lo que escribe, madame.

    a ver cómo continúa la cosa.
    que tenga una buena semana, madame!
    bisous!

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    1. Arabella estaría hoy a la moda. Se ve así como tipo Crepúsculo. Pero se ve que en su propio siglo no era lo que más se llevaba.

      Gracias, monsieur, muy amable. Feliz semana también para usted.

      Bisous

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  11. Ahora te quiero, ahora no te hago caso, qué relación la de este matrimonio y entre medias: peste e incendio.
    Muy interesante la entrada.

    Bisous

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    1. Hoy venía con dos temas fuertes en la historia de Inglaterra durante ese siglo.

      gracias, madame.

      Bisous

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)