lunes, 28 de enero de 2013

Milan y Natalia de Serbia (II)


Las discusiones entre el matrimonio comenzaron a ser cuestión cotidiana, y cada vez más agrias. Ambos tenían puntos de vista diferentes en cuestiones de Estado, lo que pronto los llevó a encontrarse al frente de facciones opuestas. Milan se inclinaba hacia Austria, y Natalia hacia Rusia. 

La popularidad de Natalia, aunque grande, no se extendía a todo el mundo. En la corte había personas, especialmente mujeres, que la detestaban, y estaban dispuestas a recuperar la atención con la que en un tiempo las había distinguido Milan. Ellas no dejaban de emponzoñar el ambiente ni de indisponer a la princesa con su esposo. Una nueva barrera se alzó entonces entre ambos: los celos. 

En 1882 Serbia era reconocida como reino por las grandes potencias. Natalia, convertida en reina, era tan feliz que olvidó los sinsabores pasados y se propuso trabajar junto a su esposo para que su hijo Alejandro, al que ambos adoraban, tuviera el mejor futuro posible. Era la única descendencia que habían logrado, puesto que su segundo hijo tan solo había vivido cinco días. 

Pero la concordia no pudo ser. En 1885 estallaba la guerra entre Serbia y Bulgaria, con consecuencias desastrosas para Milan. Muchos consideraban que era Natalia quien la había provocado. Las peleas entre el matrimonio rebrotaron con más fuerza que nunca, y todo Belgrado hablaba de ello. 


El rey, desencantado, retornó a su viejo estilo de vida. Un oficial serbio escribía lo siguiente: “El castillo se halla sumido en total confusión; una escena escandalosa sucede a otra. El rey parece enfermo, como si no durmiera nunca. ¡Pobre hombre! Huye y busca refugio entre nosotros y juega a las cartas con los oficiales. A veces habla con amargura sobre su infelicidad conyugal… Los juegos de cartas, sin embargo, son su peor enemigo; serán su ruina”. 

Fue por entonces cuando surgió Artemisia Hristich en la vida del rey, una mujer muy inteligente y sin escrúpulos. Milan cayó en sus redes y se convirtió en su amante. Artemisia hacía de él lo que quería, y tal parecía que lo tuviera hechizado. La relación entre ambos era la comidilla en toda la ciudad. No había límite para las extravagancias de Artemisia. La mujer obligaba a Milan a caer en el ridículo con sus exigencias: le hacía dirigirse a su casa con enormes ramos de flores para que todos lo vieran. En una ocasión lo retuvo toda la tarde obligándole a dejar el carruaje real a la puerta de su casa, expuesto a la curiosidad pública. Los serbios se apostaban a lo largo del camino que hacía el rey para ir a verla en un coche lleno de paquetes de regalo. 

Fue más de lo que Natalia pudo soportar. Llevaba años padeciendo las continuas infidelidades de su esposo, entre cuyas aventuras se contaba incluso lady Randolph Churchill. La reina, furiosa y humillada, comenzó a conspirar. Aspiraba a destronar a su esposo y gobernar ella como regente durante la menor edad de su hijo.

Natalia de Serbia

La crisis alcanzó su clímax en 1887. Durante la recepción de Pascua en palacio, era costumbre que se procediera al besamanos entre las esposas de los oficiales del Estado y de los representantes extranjeros. En esta ocasión, cuando Artemisia avanzaba para recibir el honor, Natalia no solo le negó la mano, sino que volvió la cabeza despectivamente y se negó incluso a mirarla. La intervención de Milan no sirvió de nada: la reina no aceptó mostrarse condescendiente con “el último recipiente de los favores de su esposo”. Todo el mundo la oyó decir que nadie iba a dictarle cómo debía tratar a las amantes de su marido. 

La bronca conyugal que siguió a esa escena fue tremenda, una abierta declaración de guerra entre ambos. Ya no cabían los dos en Serbia. Uno de ellos debía irse. Fue Natalia quien abandonó el palacio llevándose a su hijo y se dirigió a la Crimea rusa. 

El rey, furioso, deseaba el divorcio inmediato, pero el emperador Francisco José le disuadió. Le recordó que Natalia aún era el ídolo del pueblo, y gozaba de mayor popularidad que él. Ahora, como esposa ultrajada, recabaría muchas más simpatías aún. 

Al cabo de pocos meses la reina regresaba y procedía a reconciliarse con su esposo. Él, mientras tanto, continuaba su relación con Artemisia, de quien tenía un hijo. Natalia no se quedó mucho tiempo en Belgrado, sino que obtuvo permiso para emprender un nuevo viaje por Italia en compañía del heredero. Cuando regresó, se reanudaron las intrigas, y en 1888 abandonaba de nuevo la corte para establecerse en Wiesbaden. 

Natalia de Serbia

Esta vez no parecía tener intención de regresar, lo que hubiera sido un alivio para Milan si no fuera porque el pequeño Alejandro seguía con ella, y Natalia se negaba a entregarlo. El rey le comunicó a su esposa mediante un telegrama que había iniciado los trámites del divorcio. Luego envió a sus hombres para llevarse a su hijo por la fuerza si fuera necesario. 

Cuentan que cuando el general Protitsch irrumpió en la habitación en la que estaba la reina con su hijo, se encontró con una pistola apuntando a su cabeza. La mano que la sostenía no temblaba. 

—Si da un paso más, disparo —lo detuvo Natalia. 

Protitsch consiguió hacerle deponer su actitud, y finalmente se las arregló para llevarse al niño, pero desde ese instante la reina odiaba a Milan más que nunca. Se rebeló contra la demanda de divorcio, que juzgaba injusta y humillante, puesto que consideraba que ella no había faltado nunca a sus deberes como esposa. 

El pueblo se había volcado del lado de la reina, y la posición del rey se había vuelto insostenible. Los serbios veían en él a un nuevo Enrique VIII maltratando injustamente a Catalina de Aragón para poder casarse con su amante. Para precaverse contra tal eventualidad, el Parlamento aprobó una ley excluyendo de la sucesión a cualquier hijo que el rey tuviera de un segundo matrimonio. 

Natalia y Alejandro

Milan estaba cansado; ya no sentía deseos de luchar por su corona. Solo quería casarse con Artemisia. Si abdicaba, tal vez podría hacerlo, al tiempo que el reino se salvaría para su hijo. 

En marzo de 1889 presentaba su renuncia. Esa mañana él mismo despertaba a Alejandro diciéndole: “Buenos días, Majestad”. Después de eso designó a los regentes que gobernarían hasta que alcanzara la mayoría de edad. 

Natalia creyó que ahora que era su hijo quien se sentaba en el trono, ella podría regresar a Belgrado y recuperar el poder, pero se equivocó. Conociendo su carácter dominante, los regentes estimaron más conveniente mantenerla alejada, permitiéndole ver a su hijo tan solo dos veces al año, algo que ella se negó a aceptar. Avisó que acudiría a visitar a Alejandro y se presentó en Belgrado el 29 de agosto de 1889. El pueblo la recibió con entusiasmo, pero la regencia le negó el tratamiento real. Cuando ella insistió en que seguía siendo la legítima reina de Serbia, se le prohibió ver a su hijo. 

En abril de 1891 Milan anunció su intención de abandonar el reino. El Parlamento invitó a Natalia a hacer lo mismo, pero ella se negó, diciendo que solo se iría si la echaban por la fuerza. Cuando la policía trató de expulsarla, la reacción de la reina fue abrir la ventana y pedir auxilio a gritos. Una multitud de ciudadanos acudió a su llamada. La muchedumbre se enfrentó a los soldados, que optaron por retirarse para no provocar una matanza. Pero no se trató de una victoria duradera: esa noche, cuando los ánimos se habían calmado y la gente había regresado a sus casas, la guarnición militar de Belgrado se ocupó de que la reina partiera hacia el exilio. 


Dos años más tarde su hijo la desagravió y le devolvió sus derechos. A partir de entonces Natalia repartía su tiempo entre Belgrado y Biarritz, pero ya nunca volvió a recuperar el poder de antaño. 

Milan se retiró a París. Allí pronto dejó incluso de ser una novedad, y paseaba por las calles sin ser notado. Los propietarios de los restaurantes dejaron de contarle a la gente que el caballero de bigote allí sentado había sido el rey de Serbia. Artemisia, mientras tanto, vivía en Estambul con su hijo. Ella también había logrado el divorcio de su primer esposo, y esperaba a que su amante la reclamara para casarse con ella. Pero él ya había cambiado de opinión

Alejandro, tras tomar las riendas del gobierno, llamó a su padre a su lado. Pero por el camino Milan decidió hacer un alto para visitar a Natalia en Biarritz. El encuentro entre ambos fue sumamente emotivo, y de él salió una nueva reconciliación y la decisión de revocar su sentencia de divorcio por el bien de Alejandro. 

Cuando Artemisia se dio cuenta de que su oportunidad había pasado, pretendió incluir a su hijo Jorge en la línea de sucesión al trono, pero como no tenía medios con los que llevar a cabo sus ambiciosos proyectos, decidió chantajear a Milan con la amenaza de publicar las cartas que durante años le había escrito prometiéndole matrimonio. En 1894 Alejandro pidió al sultán que se incautara de todas esas cartas. Cuando la policía se presentó a buscarlas, ella dijo que necesitaba dos o tres días para reunirlas todas, y aprovechó ese tiempo para copiarlas, aunque los originales fueron a parar a manos de su amante. 

Milan I de Serbia

En 1897 Milan era nombrado comandante en jefe del ejército serbio. Las buenas relaciones con su hijo solo se resintieron cuando este se casó con Draga en julio de 1900. Entonces dimitió de su cargo, y Alejandro, enojado, lo envió al destierro. Meses después, el 11 de febrero de 1901, Milan fallecía en Viena a consecuencia de una gripe. 

Natalia tuvo una larga vida. Vivió lo suficiente para conocer la noticia del asesinato de su hijo, junto con su esposa. Aún cumpliría 38 años más, pero dicen que desde ese día nadie volvió a verla sonreír.




sábado, 26 de enero de 2013

Milan y Natalia de Serbia

Natalia de Serbia

Los enemigos del príncipe Miguel de Serbia no solo eran numerosos, sino también poderosos. Un hombre en particular, Alejandro Karageorgevich, lo detestaba profundamente. Miguel pertenecía a la Casa de Obrenovic, mientras que Alejandro era miembro de la familia rival y aspiraba abiertamente a ocupar el trono. 

Un día, en junio de 1869, mientras Miguel paseaba en calesa acompañado de tres mujeres por el parque de Topfschider, su residencia de verano favorita, le salieron tres hombres al encuentro. Al pasar al lado del príncipe lo saludaron respetuosamente. Él les devolvió el saludo y continuó su camino, pero antes de que hubiera conseguido avanzar mucho se escuchó el perturbador sonido de las balas rompiendo la quietud de aquella mañana de verano. El príncipe Miguel yacía muerto. 

Todo el mundo se mostró convencido de que Alejandro había sido el instigador del crimen. El pueblo había amado al príncipe, y ahora se apresuraron a impedir que los Karageorgevich lograran sus fines agrupándose en torno al que era el legítimo heredero: Milan Obrenovic, un chico de apenas 14 años. 

El problema sucesorio había preocupado a Miguel durante mucho tiempo, puesto que no tenía hijos. Pocos años antes de morir recordó que su tío Jefrenn tenía un nieto: un hijo de Jefrenn se había casado con una tal Elena María Catargiu, y de ese matrimonio había nacido un niño en Moldavia. El nacimiento del niño, al que llamaron Milan, había tenido lugar durante el exilio de la familia, en el periodo en que los Karageorgevich se habían hecho con el poder en Serbia. El matrimonio fue un desastre; al cabo de dos años terminó en divorcio, y poco después el padre moría combatiendo como mercenario contra los turcos en el ejército rumano, cerca de Bucarest. A falta de otro pariente vivo más próximo, Milan era el heredero del trono de Serbia. 

Miguel Obrenovic

Miguel buscó a su primo y lo encontró en Bucarest. Su madre, que llevaba una vida licenciosa en la corte del príncipe Cuza de Rumanía, se mostró encantada de desembarazarse de él y traspasar sus obligaciones a otros. Para ella Milan era un estorbo: ahora se había convertido en la amante del príncipe rumano, con quien tenía dos hijos. La esposa de Cuza, que no había tenido ninguno, los educaba como propios, y uno de ellos se convirtió en el sucesor de su marido. 

Cuando Elena María envió a su hijo a Belgrado, expresó la esperanza de que a su sobrino le agradara el niño. Era un sarcasmo. De hecho Milan había sido completamente descuidado, y era ahora una criatura en estado salvaje. No sabía leer ni escribir, nunca había estado en Serbia ni hablaba el idioma; no tenía modales. Miguel estaba desesperado, pero su insistencia pronto comenzó a dar frutos. Educó al niño en el prestigioso colegio Louis-le-Grand de París, obrando el milagro de convertir en poco tiempo al pequeño salvaje en un caballero. Resultó que Milan era muy inteligente, aprendía rápido y además le gustaba. Ponía interés en todo excepto en una materia: el arte de la guerra. Esto preocupaba enormemente a sus tutores, puesto que Serbia era un Estado en conflicto permanente, y su gobernante debía ser el jefe del ejército. A pesar de este problema, Miguel se mostraba muy satisfecho. 

—Estoy orgulloso de mi sucesor —declaró en una ocasión—. Mi reino y mi gente quedarán en buenas manos. 

Eso fue unos días antes de su muerte. El asesinato convertía a Milan en príncipe de Serbia a la edad de 14 años. Cuando aparecía en público era saludado con alegría, la corte entera lo adoraba y los ministros permanecían leales. Pero no tenía edad suficiente para empuñar las riendas del gobierno, de modo que se decidió que su formación debía continuar durante la regencia. Se consideró igualmente necesario alejarlo de la adulación exagerada que recibía en Serbia. Viajar y conocer mundo le haría ganar en experiencia. 

Milan Obrenovic

La idea era buena. No así el tutor que se designó para acompañarle. En las capitales que visitaban, Milan aprendía más “de las sutilezas del placer y del delicado arte de gastar dinero que de cuestiones de Estado”. 

A su regreso a la corte de Belgrado causó algunas inquietudes en aquellos que velaban por él. Se comprendía que se sintiera atraído por las bellezas que le rodeaban, y que cometiera algunas indiscreciones de juventud, pero todo tenía un límite, y el príncipe siempre lo traspasaba. No podía ser que un hombre, “cuya función en la vida es dirigir a otros, coloque el placer antes que el deber y permita que el egoísmo anule su buen juicio”. 

El remedio para hacerle sentar la cabeza solo podía ser uno: Milan debía casarse. Era preciso encontrarle una esposa a la que pudiera amar y que fuera capaz de hacerle apartar los ojos de las mujeres de la corte. Una candidata que también fuera amada por el pueblo Serbio. De ese modo se solucionaría, además, el problema de la sucesión. 

A Milan no le desagradó en absoluto la idea. De inmediato se aplicó a la labor de elegir esposa, pero pronto descubrió que no era fácil encontrar una mujer adecuada “para un príncipe cuyo trono se asentaba sobre arenas movedizas”. Fue una humillación que incluso un simple conde húngaro lo rechazara como esposo para su hija. Desde ese momento el príncipe no soportaba que se hablara de matrimonio en su presencia. 

Natalia de Serbia

Milan continuó con su vida desordenada hasta el día en que conoció a una hermosa joven de 16 años, hija de un coronel ruso y una princesa moldava. Durante la guerra de Crimea el coronel había sido herido en el transcurso de los combates de Silistra, y fue evacuado a Iassy, en Rumanía. Allí conoció a su futura esposa, Pulqueria. La ceremonia estuvo rodeada de fasto, puesto que el coronel amaba el lujo. La novia llegó a la iglesia en un trineo tirado por seis ciervos de cuernos dorados y que se deslizaba sobre una gruesa capa de azúcar que hizo después las delicias de quienes asistieron a la boda. El matrimonio se instaló en Florencia, donde esperaban que el clima mejorase la débil salud de Pulqueria. Allí nació la mayor, Natalia, a quien llamaban Dudu

Se decía que, siendo niña, una adivina le había vaticinado que un día sería reina. Probablemente eso era lo que solían decir las adivinas en aquel tiempo, dada la gran cantidad de anécdotas similares de las que ha quedado constancia. Y a veces, naturalmente, acertaban. Lo curioso es que en este caso no solo le había predicho que alcanzaría una corona, sino que también la perdería. 

Fue en Viena donde Natalia hizo sus primeras apariciones en sociedad, con tanto éxito que no dejaba de tener pretendientes revoloteando a su alrededor. Se decía que cada mes recibía varias proposiciones, y todas las rechazaba. Pronto acaparó la atención del príncipe Milan, que se enamoró de ella y tuvo la dicha de ser correspondido. La joven aportaba una fortuna al matrimonio, pero no fue eso, sino su belleza y su ingenio lo que deslumbró al príncipe de Serbia. 

Natalia de Serbia

Allá en Viena se celebraron los esponsales. El matrimonio tendría lugar posteriormente en la catedral de Belgrado, el 17 de octubre de 1875. Pero ese día, cuando la novia caminaba hacia el altar, la cola de su vestido se enredó. Los invitados contuvieron el aliento: todos lo interpretaron como un mal presagio para ella. 

Durante los primeros tiempos ambos fueron felices, especialmente cuando nació su primogénito un año después de la boda. Natalia se mostraba amable, caritativa y consciente de sus deberes, y su encanto le ganó una popularidad que nunca llegó a perder. Pero la posición de consorte no la satisfacía plenamente. Ella ambicionaba el poder, y estaba decidida a tener influencia en el gobierno de Serbia. Su marido la amaba y trataba de complacer sus deseos, pero no estaba dispuesto a compartir la soberanía...


Continuará

jueves, 24 de enero de 2013

La Reina Semíramis


“La naturaleza me dio forma de mujer. Mis hazañas han superado las de los hombres más valientes. Goberné el imperio de Nino, que se extendía por el este hasta el río Hyhanam, por el sur hasta la tierra del incienso y la mirra, y por el norte hasta el país de los escitas y los sogdianos. Antes de mí, ningún asirio había visto el gran mar. Yo vi con mis propios ojos cuatro mares, y sus riberas reconocieron mi poder. Obligué a ríos poderosos a fluir según mi voluntad, y llevé sus aguas para que fertilizaran tierras que antes habían sido yermas y desiertas. Erigí torres inexpugnables; construí carreteras en caminos no hollados hasta entonces excepto por las bestias de los bosques; y en medio de estas grandes obras encontré tiempo para el placer y la amistad.” 


El nombre se Semíramis, reina de Asiria, pertenece a los gloriosos días de Nínive y Babilonia. Los estudiosos no se ponen de acuerdo con respecto a la época de su reinado. Algunos incluso expresan dudas con respecto a su existencia, y sostienen que su historia fue una leyenda. Si lo es, está tan entretejida con episodios históricos que su figura merece ser rescatada. 

El relato recogido por Diodoro de Sicilia cuenta que nació en Ascalon, hija de la diosa Dereeto y de un bellísimo joven asirio. Abandonada por su madre, fue alimentada por palomas en el desierto, y estaba a punto de cumplir un año cuando un pastor llamado Simmas la encontró y la adoptó. Él fue quien le dio el nombre de Semíramis. 

Al crecer se convirtió en una joven de gran belleza, dotada de una inteligencia poco común. Menones, gobernador de Nínive, la conoció durante el transcurso de un viaje y, cautivado de inmediato, se casó con ella. Semíramis ejercía una enorme influencia sobre su esposo, cuyo mayor afán era complacerla. Él apreciaba tanto su opinión que le pedía consejo en todas las cuestiones. 

La misma leyenda hace reinar por entonces a Nino, que había subyugado a casi todas las naciones de Asia. A él se atribuye la fundación de la ciudad de Nínive, a orillas del Tigris, si bien algunas versiones mencionan como fundador a su padre Nimrod, quedando para Nino la labor de terminarla y embellecerla. 

Semíramis ha sido tema de inspiración para grandes pintores. El cuadro que encabeza el texto, obra de Mengs, representa a la reina recibiendo la noticia de la revuelta en Babilonia. Este segundo cuadro es de Christian Köhler y lleva por título "Semíramis".

Nino decidió marchar contra los bactrios, que aún se resistían su poder, y logró capturar todas las ciudades excepto la capital. Mientras la sitiaba, Menones, que permanecía a su lado como uno de sus principales consejeros, hizo llamar a su esposa. Ella acudió vestida de un modo tan peculiar que nadie podía adivinar si se trataba de un hombre o de una mujer, un estilo que se impondría posteriormente entre medos y persas. Apenas llegar, Semíramis se percató de que el ataque estaba dirigido principalmente contra la parte de la ciudad que ocupaba la llanura, y no contra la ciudadela, debido a lo cual las fortificaciones allí estaban menos vigiladas. Eso le dio la idea de seleccionar a un grupo de hombres que fueran buenos escaladores y conducirlos personalmente al ataque de la ciudadela. La ofensiva fue un éxito, y los bactrios, al ver que la ciudadela había sido ocupada, flaquearon en su resistencia hasta que finalmente la ciudad fue conquistada. 

El rey Nino quedó tan admirado con el coraje de esta mujer que decidió convertirla en su esposa. Para ello ofreció a Menones a su propia hija a cambio de Semíramis. Pero el marido no deseaba renunciar a quien le resultaba tan preciada, y el monarca empleó entonces un procedimiento mucho más duro: amenazó con sacar los ojos a su consejero si no le cedía a su mujer. Menones, desesperado, se ahorcó, y de ese modo Nino pudo casarse con la viuda. 

Según algunas versiones, el rey falleció al cabo de 52 años de reinado, dejando como regente a Semíramis durante la menor edad de su hijo Ninyas. Hay una historia que cuenta cómo al resultar Nino fatalmente herido por una flecha, Semíramis se disfrazó para hacerse pasar por su hijo y engañó al ejército haciéndole seguir sus instrucciones mientras creían estar siguiendo las de Ninyas. 

Semíramis - Matteo Rosselli

Otras fuentes mencionan que Nino, a petición de su esposa, le concedió el gobierno de su imperio durante cinco días. La joven reina aparecía sentada sobre el trono real con el sello en el dedo, y todas las provincias estaban obligadas a rendirle pleitesía y obedecer sus decretos. Pero Semíramis, obtenido su propósito, utilizó su poder para encarcelar a su esposo y hacer que fuera condenado a muerte. Luego se declaró su sucesora y reinó en solitario durante el resto de su vida. Eso sí, la reina habría erigido para él una fabulosa tumba, adornándola con estatuas de oro macizo. 

La reina inmortalizó su nombre construyendo maravillosos monumentos en los que hacía inscribir alabanzas hacia su persona, y llevando a cabo complicadas empresas. Decidida a sobrepasar la fama de Nino, se dice que embelleció Babilonia, una labor en la que emplearía a dos millones de trabajadores. También se afirma que hizo erigir otras ciudades a orillas del Tigris y el Éufrates. Construyó enormes acueductos, conectó ciudades mediante carreteras, extendió el imperio con nuevas conquistas y marchó al frente de un gran ejército contra Media. Allí, junto a la ciudad de Chauon, hijo un jardín en medio del cual, sobre una gran roca, construyó un espléndido palacio en el que residió mucho tiempo. 

Semíramis siempre estaba alerta y mostraba gran valor. Se cuenta que una mañana, mientras se estaba preparando recién levantada del lecho, fueron a decirle que había estallado una revuelta. Inmediatamente salió corriendo a medio vestir, con la cabellera colgando despeinada y se enfrentó a los rebeldes. Su presencia y elocuencia pronto apaciguaron los ánimos, y una vez recuperada la calma en la ciudad, regresó a sus aposentos y terminó de acicalarse. 

Como curiosidades, se le atribuye la invención del cinturón de castidad, cuyo objetivo habría sido impedir que las servidoras de palacio sedujeran a su hijo, y el historiador romano Amiano Marcelina afirma que Semíramis fue la primera persona en castrar a un hombre convirtiéndolo en eunuco. 

Semíramis recibe noticias de la revuelta en Babilonia - Adriaen Backer

Uno de sus proyectos fue someter a la India, algo en lo que empleó dos años. Como el enemigo era célebre por el gran número de elefantes que empleaban en batalla, y que se consideraban prácticamente invencibles, la reina ideó una estratagema: ordenó que se cubrieran cien mil camellos con pieles de bueyes negros imitando elefantes, y que cada guerrero montara un animal. Hizo construir dos mil barcos para cruzar el Indo, unas naves que después deshacía, transportando los pedazos a lomos de los camellos mientras viajaba por tierra. 

Estabrobates habían reunido un gran ejército para salirle al encuentro. Cuando Semíramis se aproximaba a su reino, le envió mensajeros a preguntarle quién era quien así invadía su reino y por qué le hacía la guerra. La reina respondió altivamente: 

—Id a vuestro rey y decidle que yo misma le informaré de quién soy y por qué he venido hasta aquí. 

En el primer combate Semíramis resultó victoriosa e hizo cien mil prisioneros. Pero el rey de los indos, fingiendo huir, atrajo en su persecución al ejército enemigo. La reina, con sus elefantes de atrezzo, persiguió a los soldados que se batían en retirada. Al principio la estratagema funcionó y logró engañarlos con los falsos elefantes, pero Estabrobates descubrió la añagaza, dio la vuelta y atacó a Semíramis con los suyos verdaderos. Puso a su ejército en fuga y ella misma resultó herida por una flecha y una jabalina lanzadas por el rey de la India, montado sobre el mayor de los elefantes. 

Semíramis y lo que quedaba de su ejército cruzaron precipitadamente el Indo. Como Estabrobates había sido advertido por augures sobre la conveniencia de no cruzar el río, en lugar de perseguirla se firmó la paz y se procedió al intercambio de prisioneros. La reina regresaba a Asiria con tan solo un tercio de los hombres que la habían acompañado en la expedición. 

Semíramis recibe noticia de la insurrección en Babilonia - Guercino

Cuando alcanzó las fronteras de su reino, recibió la inquietante noticia de que su hijo conspiraba contra ella. Y resulta que un oráculo en el templo de Júpiter Amón había vaticinado que cuando su hijo conspirara en su contra, Semíramis desaparecería de la vista de los mortales y sería recibida entre los inmortales. La reina comprendió que había llegado su hora, y, antes que desafiar al destino y dirigirse contra Ninyas, prefirió abdicar. Dicen que después de eso se quitó la vida, cumpliendo así la voluntad de los dioses expresada en el oráculo. Tenía 62 años, y había reinado durante 42. Las leyendas pretenden que se convirtió en paloma, y que salió de palacio volando en compañía de una bandada. Desde entonces los asirios consideraron inmortal a Semíramis, y la paloma era un animal sagrado

Aquellos que suponen que su existencia es tan solo una leyenda, afirman que nació en los poemas que cantaban los juglares medos y persas. Los asirios adoraban a una divinidad femenina que era al mismo tiempo diosa de la guerra y del amor. Las palomas eran los animales a ella consagrados, y en los templos había estatuas de esta diosa con una paloma de oro en la cabeza. Se la invocaba con el nombre de Semíramis, que significaba “alto nombre”. De acuerdo con esta teoría, los poetas habrían cambiado a la diosa por una heroína, y no al revés. 

Es difícil decidir si Semíramis fue leyenda o realidad, pero lo cierto es que la mayoría de los historiadores especialistas en Asiria y Babilonia conceden a la reina un lugar preponderante entre los personajes históricos, remontando su reinado al siglo IX a. C. De acuerdo con estas doctas opiniones, primero habría existido la mujer, que pasaría después a ser divinizada. Sus hazañas, al menos en parte, son legendarias, pero existió una reina asiria llamada Shammuramat (Semíramis), esposa de Shamshi-Adad V, y a la muerte de su esposo fue regente en nombre de su hijo. Sus victoriosas campañas militares, y el hecho poco común de que fuera una mujer quien gobernara tan vasto imperio, hizo surgir en torno a su nombre el encantador adorno de mil leyendas. 


Gracias al Mundo de Fawn


Muchas gracias a Madame Fawn, que desde su mágico blog El Mundo de Fawn tiene nuevamente la gentileza de distinguir al tablero para concederle los dos galardones que suben desde hoy a mis vitrinas. Mi gratitud es doble en esta ocasión, puesto que llegan dos premios de su mano, en lugar de uno solo.

Por una vez, y en honor a Madame Fawn, cumpliré con la norma que siempre me salto y mencionaré siete cosas sobre mí:

No me gustan las acelgas.
Nunca he estado en Kansas City.
No tengo un loro.
El swahili no se encuentra entre los idiomas que hablo.
No pertenezco a ninguna Orden Masónica.
Piensen ustedes lo que piensen, no uso corsé.
No suelo hablar sobre mí.

Hale, ahora me conocen mucho mejor. Con esto ya no me quedan secretos que guardar.

martes, 22 de enero de 2013

Los atentados contra Napoleón III


Era el sábado 28 de abril de 1855. A las cinco de la tarde el emperador había abandonado las Tullerías y cabalgaba hacia el Bois de Boulogne a través de los Campos Elíseos. De pronto un individuo bien vestido salió por la derecha y avanzó hacia él. Napoleón III pensó que el ciudadano pretendía entregarle un papel con alguna petición. No vio que lo que llevaba en la mano era en realidad una pistola con la que iba a asesinarlo. El hombre disparó, pero no logró su objetivo. El emperador estuvo a punto de salir arrojado del caballo por el impacto del proyectil, pero algo había impedido que la bala se incrustara en su cuerpo, tal vez un objeto que llevaba en el bolsillo. El ayudante de campo, a la derecha del emperador, ya se abalanzaba hacia el agresor. Su intervención impidió que el asesino pudiera corregir la trayectoria del proyectil, que salió desviado. Instantes después era detenido. 

Durante el incidente el emperador había permanecido impasible como una estatua. Con la misma calma tranquilizó a las personas que le rodeaban y continuó hasta llegar a su destino. Allí se reunió con la emperatriz. Eugenia de Montijo había llegado quince minutos antes tras hacer el recorrido en su carruaje. 

De modo espontáneo, jinetes y amazonas que paseaban por el bosque formaron una escolta que acompañó a Napoleón por el camino de regreso a las Tullerías. La emperatriz iba detrás en el coche, visiblemente alterada por la noticia. Con frecuencia se la veía llevarse el pañuelo a los ojos. 

Eugenia de Montijo

Al entrar en palacio el emperador se reunió con sus familiares, los oficiales y las damas, junto con un enorme gentío que, informados sobre lo ocurrido, se habían apresurado a acudir a su encuentro. 

—Bien veis que no es cosa tan fácil matarme —dijo sonriendo. 

Esa noche fue al teatro con su esposa, como si nada hubiera pasado. El conde Horacio de Vieil-Castel, testigo presencial, dejó escrito que “los gritos de “¡Viva el emperador!” resonaban como salvas de artillería, prolongándose a lo lejos, y la emoción era general; hasta he visto a varias personas llorar en el teatro. La emperatriz estaba pálida y preocupada a pesar de sus esfuerzos por aparentar serenidad…” 

Al día siguiente Napoleón recibió al cuerpo diplomático, que, en nombre de sus respectivos soberanos, le expresaron la indignación que el atentado les había producido. Después fue el turno de los senadores, y terminada la recepción el emperador y su esposa pasaron a la capilla para oír misa. La población llenaba las iglesias para dar gracias por la salvación de su soberano. 

Sobre el asesino apenas se sabía nada. Su pasaporte decía que se llamaba Antonio Laverani, pero el documento resultó ser falso. Las investigaciones revelaron que su verdadero nombre era Juan Pianori, un italiano de 28 años, zapatero de profesión. En un bolsillo se le incautó otra pistola y un puñal. Cuando le preguntaron por qué había atentado contra la vida del emperador, respondió: 

—He actuado así porque el emperador ha hecho la campaña contra Roma, arruinando a mi país. 


Según sus declaraciones, había obrado en solitario, sin cómplices ni instigadores; pero en Francia no estaban tan seguros: se averiguó que llegaba de Inglaterra; además se encontró en Londres al armero que le había vendido las pistolas. Y resulta que era precisamente en Londres donde se hallaba el foco principal de cuantas conspiraciones fue objeto Napoleón III. La ciudad era el cuartel general de los refugiados italianos, uno de cuyos objetivos era el asesinato del emperador. 

Pianori compareció ante el tribunal el 7 de mayo. Fue condenado a muerte y ejecutado el día 14, pero su tentativa iría seguida de otras, algunas de las cuales pondrían en serio peligro la vida del emperador. Mazzini, el jefe de los refugiados en Inglaterra, las planeaba entre un número muy reducido de conspiradores. La policía francesa no dejaba de estar alerta, y el emperador era vigilado día y noche por agentes encargados de protegerlo contra estos atentados. 

Las medidas de seguridad no lograron impedir que la noche del 14 de enero de 1858 se produjera un episodio similar. Esa noche había una extraordinaria función en el viejo edificio de la Ópera. Se representaba un acto de Guillermo Tell seguido del ballet de Gustavo III y de Maria Stuarda, y estaba previsto que el emperador asistiera en compañía de su esposa. 

Esa noche los directores de la Ópera y varios dignatarios aguardaban la llegada de Napoleón III. Eran las ocho y media, y la calle estaba ocupada por la escolta, compuesta por lanceros de la guardia. De pronto se escucharon tres explosiones muy seguidas. Tres bombas habían estallado al paso del carruaje real. Se rompieron los cristales de las ventanas, y la calle se llenó de muertos y heridos. La primera bomba había caído sobre los jinetes que precedían al coche; la segunda hirió a los animales e hizo añicos los cristales del vehículo. La tercera cayó bajo el carruaje e hirió a un policía que corría a proteger a los ocupantes. 


El emperador y su esposa resultaron ilesos. Napoleón descendió de su carruaje con la misma tranquilidad de siempre, y minutos después aparecía en su palco con ese rostro suyo habitualmente impasible. Había escapado a la muerte de milagro: dos proyectiles le habían atravesado el sombrero, pero el único daño que recibió fue un arañazo en la nariz. 

Se demostró una vez más que las bombas habían sido fabricadas en Inglaterra, lo que causó un furor antibritánico en todo el país. El autor del atentado, Orsini, era un revolucionario italiano, líder de la organización secreta de los Carbonari. El año anterior había dado conferencias por Inglaterra y Escocia, y los otros miembros del grupo implicados en el complot eran también italianos que trabajaban allí enseñando el idioma. Orsini había logrado huir de la escena del atentado a pesar de que él mismo había resultado herido en la cabeza con las explosiones; pero era arrestado poco después. Dos meses más tarde era guillotinado. 

Antes de morir, Orsini escribió una famosa carta al emperador en la que le animaba a apoyar la causa de la independencia de Italia: 

“Recuerde Vuestra Majestad que los italianos, entre los que se encontraba mi padre, derramaron por doquier su sangre con alegría por Napoleón el Grande, allá donde él quiso conducirlos; recuerde que fueron leales hasta el final; recuerde que mientras Italia no sea independiente, la tranquilidad de Europa y la de Vuestra Majestad será tan solo una quimera; no rechace Vuestra Majestad el deseo supremo de un patriota a punto de subir los escalones del patíbulo; libere a mi país y las bendiciones de 25 millones de ciudadanos le seguirán a la posteridad.”


Bibliografía:
Napoleón III y su corte – Imbert de Saint-Amand
Napoleón the Third: the romance of an emperor – Walter Geer
A Carefully Planned Accident: The Italian War of 1859 - Arnold Blumberg

domingo, 20 de enero de 2013

Los banquetes en el antiguo Egipto


Durante el Imperio Antiguo los banquetes fueron más bien celebraciones familiares para festejar nacimientos, matrimonios y muertes. En el Imperio Nuevo se hicieron más sofisticados, y no estrictamente familiares, puesto que también se invitaba a personas sin vínculo de parentesco. Los faraones daban banquetes oficiales. Por ejemplo, Horemheb ofrecía uno al mes a sus oficiales. 

Los antiguos egipcios no omitían nada que pudiera contribuir a la diversión de sus invitados. Había música, danza, bufonadas y juegos de azar, además de cuantos lujos podían permitirse en su mesa y sus bodegas. 

La fiesta comenzaba hacia el mediodía. Los invitados se desplazaban en carros o palanquines transportados por sirvientes, o en ocasiones a pie. Cuando llegaban, uno de sus servidores se acercaba a llamar a la puerta, y entonces salían los sirvientes de la casa. Algunos portaban un taburete para facilitarles el descenso del vehículo. 

Se anunciaba a la gente a medida que iba llegando. Uno de los esclavos acudía a untar con aceites la cabeza de los recién llegados, lo cual se consideraba una de las muestras más señaladas de buen recibimiento, mientras que otros se llevaban las sandalias. Cuando terminaba esta ceremonia, se entregaba una flor de loto a cada invitado, se les adornaba con collares de flores y se colocaba otra corona floral en torno a la frente, sobre la que se prendía también un capullo de loto. En el caso de las señoras, eran sirvientas femeninas o esclavas blancas quienes entregaban las flores al ocupar su asiento en una sala en el interior de la vivienda. Había estantes por toda la habitación para depositar las guirnaldas que se disponían para su uso inmediato, y el personal de la casa se ocupaba en traer flores frescas del jardín para sustituir a las que se iban marchitando. La sala estaba perfumada con mirra, incienso y otros aromas que traían de Siria. 

Representación de un banquete egipcio, extraída de: leccionesdehistoria.com/1ESO/historia/u-d-8-las-primeras-civilizaciones/

Se ofrecía agua para lavarse los pies a aquellos que lo desearan. También se lavaban las manos antes de comer. Pero no se sentaban a la mesa de modo inmediato, lo que hubiera sido considerado una falta de educación, sino que previamente se los entretenía con música antes de que se hiciera el anuncio de que la comida estaba lista. 

Había vino antes del banquete. Era prerrogativa de los servidores mejor considerados ofrecer el vino, mientras que solía ser una mujer negra la encargada de recibir la copa vacía. La misma esclava llevaba la fruta y otros refrescos. A cada persona se le presentaba una servilleta para secarse los labios después de beber. El portador pronunciaba unas palabras al entregarla, algo parecido a “buen provecho”. No se consideraba una grosería rechazar el vino, pero sí rechazar los perfumes, lo que hubiera sido poco civilizado para un egipcio. 

Hombres y mujeres se acomodaban indistintamente juntos o separados. El anfitrión y su esposa se sentaban en un gran sillón, y cada invitado, al llegar, se dirigía hacia ellos para recibir la bienvenida. Atado a la pata del sillón se ataba a la mascota favorita, fuera un mono, un perro, una gacela o cualquier otro. A los niños se les permitía sentarse en el suelo junto a su madre, o bien sobre las rodillas de su padre. 

Se consideraba una cortesía ofrecerse unos a otros una flor de las suyas mientras conversaban animadamente. Mantener una conversación amena era, por cierto, una de las tareas principales de los anfitriones, más importante que ofrecer una gran variedad de platos. Los invitados también extremaban la cortesía demostrando lo mucho que se estaban divirtiendo y elogiando el buen gusto de los dueños de la casa al decorar las habitaciones. 


En una tumba de Tebas queda registro de un divertido incidente que tuvo lugar durante una de esas fiestas, cuando un joven, tal vez por haber bebido demasiado vino, se apoyó contra una columna de madera situada en el centro de la habitación y cuya misión era sujetar alguna clase de ornamento provisional ideado para la ocasión. La torpeza del joven hizo que todo el tinglado cayera encima de los comensales. La confusión fue enorme; las mujeres gritaban y se protegían la cabeza con las manos. Afortunadamente parece que no hubo heridos, a pesar de lo aparatoso del accidente. La fiesta continuó y el episodio proporcionó un nuevo tema de conversación y un recuerdo divertido una vez pasado el susto. 

Las vasijas eran numerosas y variadas en cuanto a forma, tamaño y material. Los egipcios frecuentemente mostraban en estos objetos de uso privado el gusto de personas sumamente refinadas. Las copas de oro y plata solían llevar piedras preciosas, especialmente esmeraldas y amatistas. Había jarrones de una o dos asas, adornados en ocasiones con cabezas de animales, y también los había grotescos y monstruosos. 

Mientras los invitados se entretenían con música, la comida se preparaba en la cocina. Como consistía en un abundante número de platos, llevaba bastante tiempo de preparar. Se elegía con frecuencia buey, cabrito, cabra o gacela; gansos, patos, codornices y otras aves. No solo había mucha carne en la mesa, sino también una interminable sucesión de verduras. Estas, junto con las lentejas, formaban parte de la dieta habitual en los hogares egipcios. Consumían las verduras crudas, o bien hervidas o estofadas. También se presentaba pescado en las mesas, sin cola ni aletas y cocinado de diversas formas. Entre las frutas, gustaban de higos, uvas y dátiles

El cordero estaba excluido de cualquier mesa tebana. Tampoco comían carne de oveja, ni servía como ofrenda. A pesar de que las ovejas abundaban en Egipto, en realidad las criaban para obtener lana. 


Todos se sentaban en torno a una mesa y mojaban pan en un plato colocado en el centro. Este plato se retiraba a una señal del anfitrión, y era sustituido por otros, cuyo número variaba. Mientras daban buena cuenta de ellos, un cono de cera perfumada se iba derritiendo sobre las cabezas de los comensales. Cuando los conos se consumían por entero, los servidores los reemplazaban. 

Ese día se había realizado la matanza para obtener la carne que iba a ser servida. Era costumbre llevar al buey o a cualquier animal elegido para la ocasión a un patio cercano a la casa, atarle las cuatro patas juntas y arrojarlo al suelo, donde era sujetado por una o más personas mientras el carnicero afilaba su cuchillo con una chaira atada al mandil. El carnicero le cortaba la garganta, y la sangre se recogía frecuentemente en un recipiente para utilizarla en la cocina. Después separaban la cabeza del tronco y desollaban al animal. Una vez despiezado, los trozos eran transportados en bandejas de madera, y el cocinero elegía los más adecuados. La cabeza se dejaba con la piel y los cuernos, y a veces se regalaba a algún pobre que a cambio había sujetado los bastones de las personas que acudían a pie. Pero cuando se trataba de animales sacrificados a los dioses, ningún egipcio, ni siquiera los más pobres, comían las cabezas. 

En una cocina grande el cocinero jefe tenía a varias personas a su servicio. Los ayudantes hervían agua en el caldero, cortaban y picaban la carne y preparaban los vegetales. 

Otros sirvientes traían los postres elaborados por los panaderos, que a veces amasaban la pasta con los pies tras colocarla en un gran recipiente de madera en el suelo. La masa era después preparada dándole la forma de diversos animales, de una hoja, un corazón o cualquier otra que dictara el capricho y la imaginación. 


Los egipcios nunca cometieron los excesos del Imperio Romano, pero el lujo fue notable con la dinastía de los Ptolomeos. Su afición por los placeres de la mesa, así como por la bebida, fue entonces inmoderada, e incluso utilizaban estimulantes para el apetito y repollo crudo para provocar el deseo de beber, animando así la continuidad del exceso. 

La mesa consistía en un pequeño taburete que sujetaba una bandeja redonda sobre la que se colocaban los platos. El taburete se sostenía sobre un pilar o pata que adoptaba con frecuencia la forma de un hombre, generalmente un cautivo que soportaba una losa sobre la cabeza. 

La comida se servía junto con el pan, que en las casas de los ricos se elaboraba a base de trigo, mientras que los más pobres se conformaban con cebada. No solía cubrirse la mesa con manteles, pero se limpiaba con una esponja o servilleta cuando se retiraban los platos. 

Los comensales se sentaban en el suelo, o bien en taburetes o sillas. No disponían de cuchillo ni tenedor, por lo que comían con los dedos, e invariablemente con la mano derecha. Se utilizaban cucharas de diversos tamaños y materiales para las sopas y otros líquidos. Algunas terminaban en un gancho que podía colgarse de un clavo, y eran numerosas las que se adornaban con motivos de flores de loto. 

Los egipcios eran un pueblo profundamente religioso, por lo que no se sentaban a la mesa sin dar gracias a los dioses. Según Herodoto, era también costumbre, durante las comidas o después de ellas, que un sirviente introdujera una imagen de madera de Osiris con forma de momia humana, tallada y pintada para resultar lo más natural posible, y que la mostrara a cada uno de los invitados para recordarles su mortalidad y la naturaleza pasajera de los placeres humanos. Era su particular “Carpe diem”: se los animaba a tener presente que su existencia era precaria, y que debían disfrutar de la vida mientras durase. Por eso el servidor iba repitiendo a cada uno: 

“Mira aquí, y bebe y alégrate, pues cuando mueras, esto serás”. 

Edwin Long - "Una fiesta egipcia", obra en la que el pintor recrea esta costumbre

Tras la comida volvía la música y los juegos. Actuaban acróbatas contratados y se regalaba un collar o premio similar al que hubiera obtenido más éxito. 

El banquete había comenzado a la hora a la que la flor azul del loto se abría en toda su amplitud, y terminaba al atardecer, cuando la flor se cerraba.


viernes, 18 de enero de 2013

Rebelión en el hipódromo


Las carreras de carros eran una competición sumamente popular en Roma, y una tradición que se remontaba a los etruscos, quienes la habían tomado de los griegos. 

Al principio los aurigas eran ciudadanos libres, pero más tarde, aunque no se trataba de una ocupación deshonrosa como la de los gladiadores, se consideró indigna de un romano libre. El puesto pasó a manos de esclavos y libertos que se adiestraban en escuelas antes de aparecer en público. Dichas escuelas comprendían una plantilla completa de fabricantes de carros, sastres, zapateros, cirujanos, maestros etc. A cargo de las mismas se encontraba uno o más domini factionum, que alquilaban carros y aurigas al mejor postor. 

Los aurigas vencedores recibían coronas de plata, trajes valiosos y premios en metálico. Si eran lo bastante buenos lograban amasar grandes fortunas y se convertían en domini factionum. Incluso los espectadores tenían la oportunidad de obtener buenos beneficios con las apuestas

Los conductores de carros romanos vestían una túnica corta ceñida por correas, y solían llevar un cuchillo curvado en el cinturón para cortar las riendas de los caballos que se escapaban, a fin de evitar ser arrastrados. También se ataban correas alrededor de los muslos, o bien cubrían brazos y piernas con mallas reticuladas. En la cabeza se ponían un gorro de cuero con aspecto de casco. 


Para las carreras utilizaban bigas de dos caballos, cuadrigas de cuatro y a veces trigae, de tres. Los caballos españoles y sicilianos eran famosos, y se registraba su pedigrí, nombre y edad con la máxima exactitud. Los favoritos eran recibidos por el público con grandes aplausos, y con frecuencia se mencionaba el nombre de los animales vencedores junto con el del auriga. El caballo que iba al lado izquierdo tenía enorme importancia, porque su tarea era más difícil al doblar la meta: si chocaba contra ella o se asustaba, exponía carro y auriga a un gran peligro. Los carros recorrían la pista siete veces sin detenerse. Esta carrera completa se llamaba missus, y no estaba exenta de riesgos, puesto que era lícito provocar que el oponente se estrellara. La esperanza de vida de un conductor de carros no era muy elevada. 

El árbitro, sentado en un anfiteatro sobre la puerta de entrada principal, tiraba un pañuelo blanco a la arena como señal para que comenzara la carrera. Sobre las torres u oppida se situaban los músicos, que tocaban en los descansos. 

Muchas veces fue el propio emperador quien arrojaba el pañuelo. Nerón dio un gran impulso a estas carreras, a las que era muy aficionado. Él mismo ganó una de estas competiciones en los Juegos Olímpicos. Al principio se corrían unas diez o doce carreras al día, pero después de Calígula el número habitual parece haber sido 24, e incluso podía haber más. 

Durante la República se habían formado dos equipos (factiones), cada uno de los cuales conducía dos carros. Uno de ellos vestía túnicas rojas, y el otro blancas. Son los colores de los que derivan sus nombres: factio alba y factio russata. En tiempos del Imperio hubo otros dos equipos: el factio prasina (verde) y el factio veneta (azul), mientras que con Domiciano se añadieron los aurea y los purpurea, pero estos dos últimos desaparecieron poco después. Con el tiempo los cuatro equipos primeros se fusionarían en dos: el blanco se unió al verde y el rojo al azul. 


En Constantinopla las carreras de carros fueron tan populares que a veces llegaban a darse cita en el hipódromo hasta 50.000 espectadores. Justiniano apoyaba a los azules, cuyos partidarios se sentaban frente al palco imperial, cerca de las puertas de salida y en el extremo opuesto a sus rivales. 

La presión era enorme; había sobornos y amenazas, y el grado de agresividad de los aurigas hizo preciso que las leyes de Justiniano les prohibieran insultar a sus oponentes. Durante el transcurso de las carreras solían producirse serias lesiones e incluso la muerte, algo semejante a los combates de gladiadores. La gente estaba totalmente volcada con los verdes y los azules, hasta el punto de vestir los colores. Los más fanáticos no se comportaba con menos violencia que los participantes, de modo que los enfrentamientos eran también frecuentes entre el público, que en ocasiones se convertían en bandas callejeras de delincuentes, matando y arrasando todo a su paso. En palabras de Procopio de Cesarea, no respetaban “ni matrimonio ni parentesco, ni lazos de amistad, incluso aunque los que apoyaban a diferentes colores pudieran ser hermanos o tuvieran algún otro parentesco”. Eran, en suma, como los actuales hinchas de un equipo de fútbol. 

Una de las razones para que se desencadenara tal grado de tensión era que allá en Bizancio los equipos tenían un papel político, lo que aumentaba la rivalidad. Los azules representaban a la nobleza, mientras que los verdes eran el partido de las clases medias y los trabajadores, generalmente monofisistas —corriente religiosa que rechazaba la naturaleza humana de Cristo—. En el año 501 murieron tres mil ciudadanos en el hipódromo, y durante el reinado de Justiniano tuvo lugar la llamada revuelta de Niká, en la que se estima que 30.000 personas fueron masacradas, un número desmesurado teniendo en cuenta que el total de la población no superaba los 600.000 habitantes. 


Era el martes 13 de enero del año 532. La revuelta comenzó precisamente así: como una pugna entre facciones rivales en el hipódromo, pero se extendió a las calles. Justiniano trató de reconducir la situación procediendo contra los más conflictivos, y tres días antes había hecho arrestar a varios miembros de las facciones verdes y azules que habían causado serios disturbios. Algunos, encontrados culpables de asesinato por el prefecto Eudemón, iban a ser colgados, pero dos de ellos —uno de cada equipo— lograron escapar y buscar asilo en una iglesia. El prefecto se presentó de inmediato e hizo que la guardia rodeara el lugar, a lo que las factiones reaccionaron con violencia, resueltas a liberarlos como fuera. 

Durante las carreras en el hipódromo, la multitud solicitó clemencia al emperador, un clamor que se prolongó durante 22 del total de 24 carreras de la jornada, pero no obtuvieron nada. Lo inquietante era constatar que ambos partidos, enemigos acérrimos, se habían unido en esa ocasión para plantear sus exigencias. Justiniano, percibiendo el peligro, decidió abandonar el hipódromo, que afortunadamente para él estaba conectado con su palacio. 

Esa noche ambos equipos tomaron las calles gritando la palabra Niká (Victoria), el grito con el que se animaba a los aurigas en el hipódromo. Se dirigieron al prefecto de la ciudad y le exigieron que dejara en libertad a los prisioneros, aún refugiados por entonces en la iglesia. Ante la negativa del prefecto, irrumpieron en la prisión y comenzaron a liberar a todos los delincuentes allí custodiados, prendieron fuego al edificio y continuaron arrasando e incendiando la ciudad aún durante el día siguiente. Constantinopla tuvo que ser reconstruida después de eso. 


Justiniano trató de aplacarlos anunciando carreras adicionales, pero los manifestantes, envalentonados, ahora pedían la dimisión de tres ministros impopulares, a los que consideraban los responsables de la negativa del emperador a liberar a los prisioneros. Lograron su objetivo, pero no por ello depusieron su actitud. Hubo más incendios, y entre los edificios afectados se encontraba la iglesia de Santa Sofía. 

El jueves aclamaron como emperador a Probo, sobrino del difunto Anastasio. Pero el candidato de la muchedumbre había optado prudentemente por desaparecer de la escena. Al no poder encontrarlo, también su palacio fue quemado. 

La situación se prolongó hasta que el domingo 18 de enero Justiniano volvía a ocupar el palco imperial y reconocía públicamente sus errores. El emperador prometió el perdón para los prisioneros, pero ya era demasiado tarde para calmar el furor popular. Lejos de alcanzarse la paz, el pueblo encontró un nuevo candidato al que aclamar en la persona de Hipatio, otro de los sobrinos de Anastasio. 

Justiniano estuvo a punto de huir de Constantinopla, pero la emperatriz Teodora logró retenerlo en su puesto. 

“Es imposible al hombre, una vez venido al mundo, evitar la muerte; pero huir cuando se es emperador es intolerable. Si quieres huir, césar, bien está. Tienes dinero, los barcos están dispuestos y la mar abierta... Pero reflexiona y teme, después de la fuga, preferir la muerte a la salvación. Yo me atengo a la antigua máxima de que la púrpura es una buena mortaja”. 


El trono, que peligró durante esas jornadas, finalmente se salvó gracias a la intervención de los soldados germanos a las órdenes de Belisario. Este se aproximó al hipódromo con el pretexto de negociar la rendición de los rebeldes. Él y el general Mundus accedieron a través de una puerta diferente cada uno, y una vez allí los masacró. Según Teófanes, “al final no sobrevivió ninguno de los ciudadanos que se encontraban en el hipódromo, ni verde ni azul”. 

Hipatio fue ejecutado, y se confiscaron las propiedades de los principales cabecillas. La paz quedaba restaurada, pero dejaron de celebrarse carreras de carros durante mucho tiempo.


miércoles, 16 de enero de 2013

El matrimonio de Madame Royale

María Teresa Carlota de Francia, Madame Royale

En mayo de 1799, al cabo de tres años y medio de su llegada a Viena, finalmente María Teresa recibe permiso para partir y reunirse con su tío. Luis XVIII había aceptado la hospitalidad del zar y residía entonces en Mitau, capital del ducado de Curlandia, en el oeste de Letonia. Pablo I había prometido conceder a su huésped el primer favor que quisiera pedirle, y Luis envió a su secretario d’Avary con una carta en la que rogaba al zar que usara de su influencia para que la corte de Viena autorizara a su sobrina a reunirse con él. La respuesta de San Petersburgo fue lacónica, pero satisfactoria: 

“Señor mi hermano, Madame Royale os será devuelta o dejaré de llamarme Pablo”. 

Y, efectivamente, a la mañana siguiente el zar despachó un correo hacia Viena exigiendo la devolución de la princesa en tales términos que negarse hubiera sido una declaración de guerra. 

Allá en el golfo de Riga, a orillas del mar Báltico, tenía Luis XVIII su propia corte, que, si no brillante, si era al menos suficiente. El palacio era amplio y hermoso; al igual que el de Versalles, contaba con magníficos jardines. Pero, destruido dos veces por el fuego y mal reparado, ahora apenas era algo más que habitable. El rey trató de hacerlo más agradable a su sobrina, para lo que hizo acudir a tapiceros y sederos, y además compró un clavecín en Londres por cien guineas. Poco después se enteraba de que a María Teresa no le gustaba la música, así que lo revendió. 


El viaje era largo. Madame Royale tardó un mes en completar las etapas, hasta que a mediodía del 4 de junio se aproximó a su destino. Un emisario se adelantaba a recibirla y darle la bienvenida en nombre de los reyes, y poco después Luis XVIII salía a su encuentro. No se habían visto desde el 21 de junio de 1791, por lo que la entrevista fue sumamente emotiva. Un testigo presencial describió cómo bajo ese cielo sin nubes de un día especialmente caluroso, María Teresa se precipitó “con increíble agilidad entre una tormenta de polvo hacia su tío, que corría con los brazos abiertos para abrazarla. En vano trató el rey de impedirle que se arrojara a sus pies.” 

—Al fin os veo de nuevo —exclamó la princesa—, al fin soy feliz. Cuidad de mí, protegedme, deseo que seáis un padre para mí. 

Luis le presentó a su prometido, Luis Antonio de Borbón, duque de Angulema. El príncipe, tímido y nervioso, era tartamudo, lo que aumentaba su inseguridad en un momento como aquel. Sus dificultades bloquearon las palabras, de modo que solo fue capaz de expresarse con lágrimas que cayeron sobre la mano de su prima al llevársela a los labios. 

No era un hombre hermoso; por el contrario, “por una desdichada disposición de su naturaleza, todo en él resultaba caricaturesco, ridículo. No tenía nada capaz de impresionar y subyugar a una mujer”. Había nacido en Versalles el 6 de agosto de 1775, por lo que aún no había cumplido 24 años. Un testigo nos lo describe como pequeño, feo, con poco espíritu, enclenque, con el rostro simiesco, lleno de tics, uno de los cuales le hacía guiñar un ojo de continuo; los brazos eran demasiado largos, las piernas flacas, los pies planos y los movimientos bruscos. Sin embargo, “su corazón era honesto y leal”, y mostraba por su padre un respeto y una sumisión totales. Gran cazador y muy devoto, lamentablemente su inteligencia no igualaba su piedad, y apenas había asimilado provecho alguno de las enseñanzas de sus maestros. Era valeroso en el combate, y un perfecto caballero que, al contrario que su hermano, no tenía vicios; pero sus virtudes de poco servían ante la magnitud del desastre que suponía el conjunto de la persona de este neurasténico

Luis Antonio de Borbón, duque de Angulema

Por si fuera poco, sobre él circulaban rumores que decían que era impotente. Durante muchos años se discutió incluso si el matrimonio había sido consumado, aunque investigaciones de Susan Nagel, autora de la última biografía de Madame Royale, apuntan a que lo fue, puesto que han hallado cartas y documentos que demuestran que en torno a 1816 María Teresa cree estar embarazada. De la documentación aportada por la historiadora se desprende que casi 20 años después de la boda ambos cónyuges mantenían relaciones. 

En cualquier caso, la pareja nunca tuvo descendencia, si bien algunos han señalado como motivo una supuesta esterilidad de la esposa. Se ha sugerido que su infertilidad podría deberse a una enfermedad venérea, consecuencia de los abusos que hubo de padecer durante su cautiverio en el Temple. Durante 18 años la duquesa fue chantajeada por el médico Lavergne, que amenazaba con hacer públicas “extraordinarias revelaciones sobre lo que aconteció a la duquesa de Angulema durante su largo cautiverio”. Otras mentes más novelescas imaginaron que el secreto que guardaba Madame Royale era que se trataba de una impostora que había sustituido a la verdadera María Teresa. 

La decepción de la princesa al ver a su prometido debió de ser enorme: se había encontrado con la antítesis de los sueños de cualquier joven. Pero había empeñado su palabra e iba a mantenerla. Las costumbres de su siglo, en especial las de la corte, eran permisivas con el tema de la fidelidad dentro del matrimonio, pero ella “no sería jamás mujer que abusara de su desdicha para creerse en el derecho de consolarse”. María Teresa siempre mostraría mucho cariño por su esposo, a pesar de todos sus defectos, y permanecería a su lado hasta el fin de los días de Luis Antonio. 


Terminados los saludos y cortesías, la comitiva se dirigió al castillo y María Teresa fue presentada a la reina María Josefina de Saboya. El matrimonio de los reyes no estaba muy bien avenido, y María Josefina pasaba mucho tiempo separada de su esposo, que la detestaba. Pero había sido el padre de la reina quien ofreció refugio en Verona a Luis XVIII cuando escapó de Francia, y a cambio del favor, el rey pidió a María Teresa que intercediera ante el emperador para que permitiera a su esposa refugiarse en Austria, ya que no podía permanecer en el territorio conquistado a su padre por Napoleón. 

En aquel tiempo la reina residía en los alrededores de Kiel, pero había llegado a Mitau el día anterior, a regañadientes y ante la insistencia de Luis. Sin su presencia, la familia hubiera estado escasamente representada: los padres y el hermano de la novia habían muerto; el padre del novio no podía abandonar su exilio en Inglaterra y otros miembros vivían demasiado lejos para poder desplazarse debido a la dificultad de las comunicaciones y a lo excesivo de los gastos que suponía un viaje así. De haber conocido cuánto había odiado la reina a su madre y cómo había intrigado en su contra, María Teresa no habría podido encontrar nada de agradable en saludarla. Ahora, según la etiqueta, Madame Royale debía caminar detrás de aquella mujer que tanto daño había causado a María Antonieta. 

María Josefina de Saboya

Todos allí se agolpaban sin ninguna disciplina para intentar ver a la princesa, que fue conducida a sus apartamentos. En esa especie de pequeño Versalles en el exilio era donde iba a volver a familiarizarse con la etiqueta de Francia y las tradiciones de su infancia. 

Luis XVIII, entusiasmado, le escribió a su hermano Artois, por entonces en Inglaterra, contándole la impresión que le había causado la joven. 

“Los retratos que tenéis de nuestra hija no pueden daros una idea exacta; no se le parecen. Ella se parece al mismo tiempo a su padre y a su madre, hasta el extremo de hacerlos recordar perfectamente juntos y a cada uno por separado… No es bonita al primer golpe de vista, pero gana en belleza a medida que se la contempla, y sobre todo al hablar, porque no hay ni un solo ademán de su figura que no resulte agradable. Es un poco menos grande que su madre, y un poco más que nuestra pobre hermana… Cuando habla de sus desdichas, las lágrimas no fluyen fácilmente, por la costumbre que ha adquirido de contenerlas para no dar a sus carceleros el placer de verla derramarlas. Pero quienes la escuchan apenas podrían reprimir las suyas. Sin embargo, su alegría natural no ha sido destruida; fuera de ese funesto capítulo, ríe de buena gana y es muy amable. Es dulce, buena, tierna…” 

El 10 de junio Madame Royale se casaba con su primo en una ceremonia oficiada por el cardenal de Montmorency. Llevaba los diamantes que le había regalado el zar. El rey añadió su propio regalo: el anillo que Luis XVI había desprendido de su dedo antes de subir al patíbulo. Los propios reyes conducían a la novia hasta el altar que había sido improvisado en el gran salón del castillo, convertido en capilla para la ocasión y hermosamente decorado con profusión de flores. Después vendría una modesta fiesta, pero no se dispararían salvas. La nobleza de Curlandia, los habitantes de Mitau y algunos de los leales servidores del rey estuvieron presentes durante las celebraciones. 

Los duques de Angulema con Luis XVIII

En un reclinatorio, justo detrás de la princesa, se arrodillaba la figura de un eclesiástico, inmóvil como una estatua. Con el rostro enterrado en sus manos, permanecía absorto en sus meditaciones. Era el abate Edgeworth, aquel que seis años antes había sido salpicado por la sangre del rey al gotear desde el patíbulo. El abate permanecía allí como si fuera un símbolo de las tragedias a las que la joven que se casaba ese día había escapado casi milagrosamente, pero que perdurarían en su recuerdo como una pesadilla durante el resto de su vida.


Bibliografía:
Les Fiançailles de Madame Royale, fille de Louis XVI, et la première année de son séjour a Vienne – Comte de Pimodan
Marie-Thérèse: the fate of Marie Antoinette's daughter - Susan Nagel
Vie de Marie-Thérèse de France, fille de Louis XVI – Alfred Nettement
Grandes dames du XXe siècle – Gilbert Stenger
The daughter of Louis XVI, Marie-Thérèse-Charlotte de France, Duchesse d'Angoulême – G. Lenotre
La dernière Dauphine: Madame Duchesse d'Angoulême – Joseph Turquan
The youth of the Duchess of Angoulême - Imbert de Saint-Amand
Filia dolorosa, memoirs of Marie Thérèse Charlotte, duchess of Angoulême - Isabella Frances Romer
Madame Royale et son mystère - Noëlle Destremau