La Guerra de Sucesión española había conducido a Francia a un desastre tras otro. Esto obligó a Luis XIV a considerar la idea de abandonar la causa de su nieto como único modo de obtener la paz. El primer paso en esta dirección fue llamar al embajador Amelot. También se propuso reclamar a la princesa de los Ursinos, pero ella se negó a abandonar a los reyes de España a su suerte en esos momentos dramáticos. Indignada, rompió con la corte de Francia y no se privó de criticar abiertamente la decisión de Versalles. Con gran coraje y resolución, la princesa trabajó infatigablemente por la causa de Felipe V cuando todos lo abandonaban.
Para diciembre de 1710 el rey había logrado afianzar su dominio sobre España. Marie-Anne era casi septuagenaria, de modo que vio llegado el momento de retirarse al tiempo que trataba de conseguir una de sus máximas ambiciones: deseaba un pequeño reino para sí, un territorio en el cual pudiera ser soberana. Hubo conversaciones al respecto durante la negociación del tratado de Utrecht. Se habló de reservar para ella un pequeño territorio en los Países Bajos, pero el resto de las potencias europeas no aprobaron el proyecto. Los reyes propusieron entonces que fuese dentro de la propia España, algo a lo que Luis XIV se opuso de modo terminante. La princesa no solo quedó sin ver cumplido su sueño, sino que con su ambición perdió la estima del rey de Francia y de Madame de Maintenon.
En 1711 el duque de Noailles, casado con la sobrina de Madame de Maintenon, mandaba uno de los ejércitos en España. Noailles conspiró con su amigo el marqués de Aguilar para provocar la caída de la Princesa de los Ursinos. A tal fin decidieron alejar al rey de su esposa, que padecía escrófula, la enfermedad de la cual acabaría falleciendo María Luisa. Aprovechándose del temperamento sensual del rey, pretendían que tomara una amante. Estaban seguros de que una vez la reina perdiera la influencia sobre su esposo, la princesa caería, y ellos gobernarían España a través de la amante de turno.
Adrien Maurice de Noailles
Durante el transcurso de un viaje, y con el pretexto de preocuparse por su salud y por el bienestar del reino, le rogaron que dejara de compartir lecho con María Luisa para no arriesgarse al contagio. Se decidieron entonces a hacerle la propuesta de tomar una amante, pero la sugerencia ofendió de tal modo a Felipe que se negó a seguir escuchándolos, y al reunirse con su esposa y con la princesa les contó el ultraje que le habían hecho.
Las dos mujeres se vengaron de inmediato: la reina escribió a su hermana, la duquesa de Borgoña, y la Princesa de los Ursinos a Madame de Maintenon. Luis XIV, furioso por esta intriga por parte de un hombre al que había colmado de honores, llamó al duque de Noailles a su presencia, mientras el marqués de Aguilar era depuesto de sus cargos.
Más poderosa que nunca tras el fracaso de este complot, Marie-Anne obtuvo de Felipe V una orden por la que en adelante debería dársele el tratamiento de Alteza, para gran indignación de los nobles.
Pero el 14 de febrero de 1714 moría la reina María Luisa y las perspectivas de la princesa cambiaban sustancialmente. Sin embargo, aún retenía las riendas del poder y continuaba gobernando España. Según Saint-Simon, hizo entonces planes para convertirse en la nueva esposa del rey, pero esto no parece que tenga mucha credibilidad: la señora tenía 73 respetables años, demasiados para satisfacer el temperamento de un joven rey de solamente 30 y que se negaba a tener amantes.
Lo que hizo la princesa fue, ya que se hacía necesario casar de nuevo a Felipe, tratar de buscar una candidata que le fuera igual de favorable que había sido María Luisa. Para asegurarse de que su influencia sobre el rey no sería estorbada, le persuadió de que no debía continuar viviendo en el palacio en el que había fallecido su esposa y se trasladó con él al de Medinaceli, demasiado pequeño para alojar a más de un puñado de cortesanos en los que ella podía confiar.
María Luisa Gabriela de Saboya
Marie-Anne comenzó a buscarle una esposa que no fuera demasiado inteligente ni tuviera parientes excesivamente poderosos. Es decir, alguien que pudiera pasar a depender totalmente de ella. Residía por entonces en Madrid Alberoni, quien, como embajador de Parma, propuso a Isabel de Farnesio.
Como a la princesa le pareció perfecta para sus fines, el matrimonio se llevó a cabo y la novia partió hacia España viajando por tierra, pues al igual que le ocurría a la primera esposa del rey, temía demasiado al mar. Pero las cosas no iban a resultar como esperaba Marie-Anne.
En Pamplona Isabel era recibida por Alberoni, a quien confió su determinación de alejar del reino a la Princesa de los Ursinos. Alberoni le advirtió que se trataba de un personaje demasiado poderoso, pero la joven no vaciló; escribió una carta a su esposo pidiendo que despidiera a su camarera mayor.
Marie-Anne, con el propósito de hacerse agradable a la nueva reina, se adelantó a su encuentro y llegó a Jadraque, donde había hecho un alto Isabel. Pero tan pronto como le fue presentada, la reina ordenó al capitán de su guardia que la metieran en un carruaje con dos oficiales de confianza y la condujeran sin demora hasta la frontera. El capitán objetó que esas órdenes solo podían proceder del rey.
—¿Acaso no habéis recibido órdenes de obedecerme incuestionablemente en todo? —replicó ella.
Con solo una doncella y la ropa que llevaba puesta, la Princesa de los Ursinos era introducida en su carruaje en la fría noche del 23 de diciembre de 1714, y abandonaba España escoltada por los dos oficiales y 15 guardias a caballo. Temblando de frío, se consolaba pensando que pronto llegaría una carta del rey contradiciendo las órdenes de su esposa, pero eso nunca sucedió.
Isabel de Farnesio
Tras su sorpresa inicial, Marie-Anne recuperaba su sangre fría. No formuló quejas ni reproches; no dio ninguna señal de debilidad a pesar de que el viaje era terrible. Ella, tan acostumbrada al lujo, hubo de soportar un duro camino sin provisiones y mal alojada, sin poder siquiera cambiarse adecuadamente de ropa y resistiendo las bajas temperaturas del invierno. El 14 de enero de 1715 alcanzaba San Juan de Luz.
La princesa escribió a Luis y también a Madame de Maintenon contándoles lo sucedido y solicitando permiso para acudir a Versalles y relatarlo todo más detalladamente. Pero había perdido el favor del rey de Francia por aquel intento de obtener un reino para sí, algo que empeoró tras la audacia con la que se ocupó por su cuenta del matrimonio de Felipe. Era el final de sus ambiciones. Recibió un mensaje de la marquesa de Maintenon prohibiéndole acercarse al Palais Royal y a Marly, así como pernoctar en Versalles. Finalmente se le concedieron dos audiencias con el rey y la marquesa, quienes le aconsejaron regresar a Italia con una generosa pensión.
Cuando al poco tiempo la salud de Luis XIV comenzó a declinar, supo que lo más sensato que podía hacer era abandonar Francia antes de que su mortal enemigo, el duque de Orleáns, quedara al frente del reino ejerciendo la regencia. Se encontraba en Lyon cuando se enteró de la muerte del rey, y entonces apresuró su viaje hasta Chambéry, perteneciente al duque de Saboya. Al llegar a Pont-Beauvoisin envió un mensajero solicitando residencia en su nombre, para pasar el invierno y tomar las aguas en Aix, situado a solo dos leguas. El duque de Saboya respondió que su visita era inoportuna, y le pedía que continuara viaje hasta Aix sin detenerse en Chambéry.
Jacobo Francisco Estuardo, el Viejo Pretendiente
Finalmente acabó estableciéndose en Roma, donde formó parte de la corte en el exilio del Viejo Pretendiente Estuardo al trono inglés, en la que aún fue capaz de representar un papel importante.
El 5 de diciembre de 1722 fallecía Marie-Anne de la Trémoille, Princesa de los Ursinos, a la edad de 81 años, prácticamente olvidada y solo llorada por aquella pequeña corte inglesa en Roma y los pocos amigos que le quedaban.