domingo, 24 de junio de 2012

Vacaciones


Durante los meses de julio y agosto limitaré mi presencia en los blogs a un día por semana aproximadamente. Es tiempo de disfrutar de otras actividades, pero seguiremos en contacto aunque mis visitas y publicaciones se vean reducidas. 

Que tengan muy felices vacaciones, sean de verano o de invierno.

jueves, 21 de junio de 2012

El Duque de Monmouth (IV)

Jacobo Scott, Duque de Monmouth

El 13 de julio llegaba Monmouth a Vauxhall, y desde allí era trasladado por el río a Whitehall. Cuando compareció ante el rey, cayó de rodillas intentando abrazar las de Jacobo II, “y olvidando el personaje de héroe que durante tanto tiempo había pretendido ser, se comportó del modo más abyecto que se pueda imaginar, sin omitir ninguna humillación ni fingimiento de pena y arrepentimiento, para mover al rey a la compasión y el perdón.” 

Como el relato procede de sus enemigos, hay que suponer que contiene algo de exageración. En cualquier caso, es cierto que se arrodilló y suplicó clemencia. Confesó entre lágrimas que merecía la muerte, pero pidió al rey que perdonara una vida que estaría en adelante enteramente dedicada a su servicio. 

—Recordad que soy el hijo de vuestro hermano, y si me quitáis la vida, derramáis vuestra propia sangre. 

La reina, María de Modena, lo insultó “del modo más arrogante y despiadado”, y el rey aprovechó la ocasión para arrancarle una admisión de su ilegitimidad. Pero, eso sí, al menos Monmouth nada reveló acerca de sus amigos. 

Después de la entrevista fue conducido a la Torre. El coronel que le acompañaba en el carruaje hasta la prisión tenía órdenes de apuñalarlo al instante si el pueblo intentaba rescatarlo


Al día siguiente Jacobo despachaba una carta a su yerno, el príncipe de Orange: 

“El duque de Monmouth parece muy preocupado y deseoso de vivir, y no se comportó tan bien como yo esperaba, ni como cabe esperar de cualquiera que pretenda ser rey. He firmado su orden de ejecución para mañana.” 

Mientras tanto su sobrino aún se aferraba a una última esperanza, y, consciente del punto débil de Jacobo, le hizo creer que se convertiría al catolicismo. Desde la Torre escribió una carta al rey solicitándole un día más de vida “para poder abandonar este mundo como debería hacerlo un cristiano”. Se decía que Monmouth depositaba mucha fe en las predicciones de un adivino que le dijo que si lograba sobrevivir al día de San Swithin, sería un gran hombre. Y San Swithin era precisamente el 15 de julio, el día fijado para su ejecución. 

Ciertamente el duque era muy supersticioso, como demuestra el hecho de que cuando fue capturado le encontraron un papel con hechizos y conjuros escritos por su propia mano. El arzobispo Tenison contó que también detrás de la piedra de su anillo había un conjuro que se supone que servía para protegerlo en la batalla o contra algún peligro inminente. 

La noche antes de la ejecución su esposa expresó el deseo de despedirse de él, a pesar de que otra mujer había ocupado su lugar en el corazón de Monmouth, e incluso convivía con él como verdadera esposa. Esa mujer era Henrietta Wentworth, su gran amor y el último nombre que pronunciaron sus labios antes de morir. 

Henrietta Wentworth

La esposa volvió a verlo a la mañana siguiente en compañía de sus hijos, y esta vez fue recibida con menos frialdad. El rey había enviado a la duquesa un mensaje invitándola a desayunar con él esa mañana, y ella aceptó creyendo que la invitación era para anunciarle el perdón de su esposo. No era así, aunque Jacobo tuvo al menos la generosidad de devolverle las propiedades confiscadas al duque. Fue una de las últimas peticiones de Monmouth: que al menos sus hijos no se arruinaran por su causa. 

Cuando el rebelde se convenció de que no podría eludir su destino, recuperó la serenidad y se preparó para el final con la fortaleza que le había caracterizado en otro tiempo. Pero los obispos que trataron de arrancarle el arrepentimiento por su adulterio, nada consiguieron. Él consideraba a Henrietta su verdadera esposa; decía que estaban casados por la ley de la tierra. “A la mañana siguiente les dijo que había rezado para que, si estaba en un error respecto a ese asunto, Dios le convenciera de ello; pero Dios no le había convencido, y por tanto creía que no era ningún error.” Los obispos se negaron entonces a administrarle el sacramento, un castigo que no hizo mella en él: Monmouth se limitó a responder que lo lamentaba. 

Confesó por escrito que el difunto rey, su padre, le había dicho que nunca se había casado con su madre, y luego recibió la visita de Tenison, que lo instó a reconciliarse con su esposa antes de morir. Cuando llegaron al tema de Henrietta, el duque le dijo que había oído que era legal tener una esposa ante los ojos de la ley y otra ante Dios*. Luego extrajo un reloj de oro y le rogó que lo llevase en su nombre a Henrietta, a lo cual Tenison se negó en rotundo. 

A las diez de la mañana fue conducido a Tower Hill, en compañía de una fuerte escolta con instrucciones de dispararle si había algún intento por rescatarlo. Subió al cadalso sin aparentar ningún temor y entre las lágrimas del pueblo, para el que aún era un ídolo. Les dirigió una breve despedida, y después de decir que moría en la fe de la Iglesia de Inglaterra, comenzó a hablarles de su amada Henrietta, a quien describió como una virtuosa y buena mujer. Los obispos le recordaron su pecado de adulterio, lo que él volvió a negar obstinadamente. Luego rezaron por él, y Monmouth se arrodilló y se unió a ellos. Concluyeron con una breve oración por el rey. El duque vaciló, pero finalmente dijo “Amén”. 


Monmouth entregó su anillo y su reloj con instrucciones de que se enviaran a Henrietta. Luego dio seis guineas al verdugo y dispuso que fuera recompensado con otras cuatro si cumplía bien con su trabajo. Le rogó que fuera más clemente con él que con el difunto Lord Russell, que había necesitado varios golpes antes de morir. No iba a ser así. 

Tras negarse a que le vendaran los ojos, se arrodilló y puso la cabeza sobre el tajo. Entonces dio la señal. El verdugo descargó un golpe tan débil que Monmouth, para horror de cuantos contemplaban la escena, levantó la cabeza y lo miró acusador. Siguieron dos nuevos intentos antes de que el hombre se declarara incapaz de acabar con el condenado. Las autoridades lo obligaron a levantar el hacha y continuar. Fueron precisos dos golpes más para separar la cabeza del tronco. La muchedumbre estaba tan furiosa que tuvo que ser contenida para impedir que se abalanzaran sobre el verdugo. 

Finalmente los restos mortales se colocaron en un féretro y fueron transportados hasta la capilla de la Torre. Era el 15 de julio de 1685. El que fuera un día el brillante duque de Monmouth fallecía a los 36 años. 

Henrietta Wentworth, inconsolable, moría pocos meses después, dicen que de pena. 

El pueblo se negaba a creer que Monmouth hubiera muerto. Muchos prefirieron creer en la leyenda de que había cinco personas físicamente idénticas al duque, cada una de las cuales había jurado hacerse pasar por Monmouth y morir por él si era necesario. Decían que era uno de ellos quien había sido ejecutado ese día en Tower Hill. 

La leyenda fue más lejos: se llegó a afirmar que el rey no había querido derramar la sangre de su sobrino, y que el verdadero Monmouth había sido entregado en Francia para que languideciera allí en una prisión. El duque de Monmouth sería, según esta versión, el Hombre de la Máscara de Hierro. 


*Se supone que Dios junta al hombre y la mujer que hace pacto entre sí y con Él para ser esposos, ratifican o hacen público en alguna forma su propósito de casarse y luego cohabitan. Se debe cumplir en cuanto sea posible con la ley y contraer matrimonio tan pronto como las circunstancias lo permitan —en el caso de Monmouth, separado de su mujer, no podría completar los requisitos hasta la extinción de su matrimonio por fallecimiento de la esposa o cualquier otra razón prevista por la ley—; pero los que hacen este voto sagrado no son fornicarios, porque mediante él son juntados por Dios para ser esposos, y tienen verdadera voluntad de serlo.

martes, 19 de junio de 2012

El Duque de Monmouth (III)


Carlos II fallecía el 6 de febrero de 1685. Su hermano el duque de York le sucedía en el trono como Jacobo II. El nuevo rey tenía suficiente influencia sobre su yerno, el príncipe de Orange, para procurar la expulsión de Holanda del duque de Monmouth, quien se retiró a Bruselas en compañía de su amante Henrietta Wentworth. Durante ese periodo Monmouth parecía resignarse a una vida tranquila. Fue un tiempo que aprovechó para suplir las deficiencias de su educación y aplicarse con interés al estudio. 

Pero sus buenos propósitos no durarían mucho, y antes de que transcurrieran cuatro meses volvía a ser persuadido para meterse de lleno en otra intriga. El plan era invadir Inglaterra. Por sus cartas sabemos que no se decidió a ello sin antes enfrentarse a considerables dudas y vacilaciones: 

“Os ruego que no penséis que es un efecto de la melancolía, pues ese nunca fue mi mayor defecto, si os digo que en estas tres semanas de retiro en este lugar no solo he mirado hacia atrás, sino hacia delante; y cuanto más considero nuestras actuales circunstancias, más desesperadas me parecen, a menos que suceda algún accidente imprevisto que no puedo adivinar ni esperar… Por Dios, pensad en las dificultades que aguardan en nuestro camino; no sea que por luchar con nuestras cadenas las hagamos más fuertes y pesadas… Y para descubriros mis pensamientos sin tapujos, estoy tan encantado con mi vida de retiro que por nada del mundo me gustaría abandonarla.” 

Pero, como de costumbre, al final prevalecieron sus peores inclinaciones, y el 24 de mayo de 1685 zarpaba desde Texel con escasas fuerzas y notable precipitación. Solo le acompañaba una fragata de 32 cañones, tres navíos pequeños y 82 personas, aunque traía armas para unos cinco mil. 


Tras pasar en el mar 19 días entre tormentas y vientos contrarios, llegó a Lyme, en Dorsetshire, el 11 de junio. Lo primero que hizo fue congregar a sus seguidores en torno a sí y, ordenando silencio, se postró de rodillas en la playa y rogó al Cielo que protegiera su empresa. Luego desenvainó la espada y, seguido por sus hombres, los condujo hasta la ciudad, donde plantó su estandarte azul en la plaza del mercado sin ninguna oposición. 

Había confiado en que la popularidad de su nombre llenaría de soldados sus filas, y no se engañó. En cuatro días había reunido dos mil. Uno de sus primeros pasos fue emitir una declaración escrita para inflamar al pueblo. En ella hablaba del rey Jacobo, a quien seguía dando el título de duque de York, como su mortal enemigo, y le acusaba de todos los crímenes imaginables y de todos los planes futuros capaces de causar la miseria de su pueblo. El incendio de Londres, el asesinato del conde de Essex, el envenenamiento del difunto rey y disparates semejantes le eran alegremente atribuidos a Jacobo II sin el menor empacho ni rubor. 

Mientras tanto el rey no permanecía ocioso, y además contaba con el apoyo del Parlamento. Se aprobó condenar a Monmouth por alta traición, y se ofreció una recompensa de 5000 libras por capturarlo vivo o muerto. 

El día 18 llegaba Monmouth a Taunton. Las casas lucían flores y colgaduras para recibirlo, y las calles estaban tan abarrotadas de gente que quería verlo que apenas lograba avanzar. Sus colores habían sido tejidos por las jóvenes de la ciudad, y le fueron presentados solemnemente de manos de las más entusiastas. El regalo iba acompañado de una Biblia. 

—He venido a defender las verdades contenidas en este libro —declaró él—, y, de ser necesario, para sellarlo con mi sangre. 

Jacobo II

Sus seguidores ascendían ahora a seis mil, y hubiera podido seguir creciendo de haber contado con armas suficientes. Embriagado por su triunfo, cometió la locura de asumir el título de rey y llegó al extremo de poner él mismo precio a la cabeza de su tío, Jacobo II

El rey había reunido una fuerza considerable para detener su avance. Monmouth supo, también, que su amigo Argyle había sido derrotado en Escocia. No contaba con suficiente artillería, ni tampoco con fondos suficientes para financiar una campaña capaz de hacer frente a las tropas de Jacobo. Pensó en renunciar y embarcarse en Pool, pero en el último momento no quiso abandonar a sus seguidores a su suerte, de modo que se dirigió a la ciudad de Bridgewater para hacer un último intento desesperado. 

El conde de Feversham, que mandaba las tropas del rey, se había establecido en una posición débil en el cercano pueblo de Sedgmoor. Aprovechando esta circunstancia, se decidió que lo mejor era un ataque nocturno sin dilación contra las tropas comandadas por Feversham y por Churchill, el gran duque de Marlborough. 

El 5 de julio a las 11 de la noche, con el mayor sigilo posible y dirigidos por un guía de toda confianza, Monmouth comenzó el avance. La suerte no le acompañó, y el ruido producido por un mosquete al dispararse accidentalmente puso en guardia al enemigo. Las tropas de Monmouth eran indisciplinadas y se lanzaron furiosamente sin que hubiera forma de contenerlos y ordenarlos. Los realistas los estaban esperando. Monmouth se batió con desesperado valor al frente de su infantería, y a punto estuvo de lograr hacer ceder a las veteranas tropas del rey. Pero la cobardía de Lord Grey decidió la contienda al huir con la caballería, dejando que la del enemigo atacara a Monmouth por la retaguardia. 

John Churchill, Duque de Marlborough

Sin municiones y rodeado por todas partes, sostuvo un combate de tres horas, al cabo de las cuales se vio obligado a rendirse. Habían muerto mil quinientos hombres, y otros tantos fueron hechos prisioneros. El día en que llegaron a Londres las noticias de su derrota, su esposa fue enviada a la Torre con dos de sus hijos. 

Monmouth había logrado escapar con dos de sus seguidores de los que después se separó para tomar el camino de Lymington, donde esperaba encontrar amigos que le facilitaran la huida. Pero apenas había cabalgado veinte millas cuando su caballo se desplomó por la fatiga. Entonces cambió sus ropas por las de un campesino y continuó camino a pie. Dos días después de la batalla un sirviente lo encontró oculto en una zanja tratando de camuflarse bajo unos helechos. Monmouth no opuso resistencia cuando el hombre, asustado, gritó en demanda de ayuda. Pronto acudieron unos soldados, y con ellos su destino quedó sellado. Dicen que temblaba violentamente cuando fue descubierto, y que estalló en llanto. Las únicas provisiones que llevaba encima eran unos guisantes que había recogido en un campo vecino. 

“El alegre y galante Monmouth, que había buscado y ganado fama en el campo de batalla, era incapaz de anticipar sin horror la solemnidad del cadalso.” 

Desde Ringwood escribió al rey el 8 de julio en el más humilde de los tonos y rogándole que le concediera una entrevista. “Tengo que deciros, señor, que espero que tengáis un reinado largo y feliz. Estoy seguro de que cuando me escuchéis os convenceréis del cuidado que me he tomado en vuestra conservación, y qué sinceramente me arrepiento de lo que he hecho… Confío, señor, en que Dios todopoderoso tocará vuestro corazón con un sentimiento de compasión hacia mí, como ha puesto en el mío el aborrecimiento hacia mis propios actos… Espero vivir suficiente para mostraros con cuánto celo estaré a vuestro servicio…” 

Y firmaba como el más humilde y obediente súbdito de Su Majestad. Después dirigió también una carta a la viuda de su padre, con la que siempre había estado en buenos términos. 

Jacobo le concedió esa entrevista, seguramente a instancias de la reina viuda y tal vez pensando en obtener información acerca de los cómplices de su sobrino, así como su propia confesión.


Continuará

lunes, 18 de junio de 2012

El Duque de Monmouth (II)


Puesto que Carlos II no tenía descendencia de su matrimonio con Catalina de Braganza, el legítimo heredero de la corona de Inglaterra era su hermano, el duque de York. Pero eso causaba el descontento de buena parte del pueblo, y el Parlamento pretendía excluir al duque de la línea de sucesión por haberse convertido al catolicismo. Los partidarios de la exclusión fueron llamados "Whigs", una palabra tomada del gaélico escocés y que significa “cuatreros”, término que se había aplicado a los rebeldes presbiterianos escoceses. Aquellos que estaban en contra de la exclusión, más conservadores y tradicionales en sus posturas, recibieron el nombre de Tories, una palabra igualmente despectiva y con similar significado: designaba a los bandoleros irlandeses católicos. 

El duque de Monmouth estaba en la cúspide de su popularidad cuando Carlos II enfermó alarmantemente en Windsor. Sus partidarios y los de su tío estaban en guardia, dispuestos a tomar el poder en cuanto el rey falleciera. De no haberse recuperado, seguramente no hubiera podido impedirse el estallido de una confrontación. 

Carlos no dejaba de insistir en la falsedad de los rumores que le atribuían un matrimonio secreto con la madre de Monmouth. El 3 de marzo de 1679 declaraba “que para evitar cualquier disputa que pueda producirse en un futuro, relativa a la sucesión de la corona, declara ante Dios todopoderoso que nunca dio palabra ni hizo contrato de matrimonio, ni se casó con ninguna mujer que no fuera su actual esposa, la reina Catalina.” 

Y tres meses después se reitera en que “Bajo palabra de rey y por la fe de Cristo, nunca estuvo casado con la señora Barlow, alias Walter, madre del duque de Monmouth, ni con ninguna otra mujer aparte de la actual reina.” 

Catalina de Braganza, reina de Inglaterra

El monarca se esforzó por equilibrar la balanza del poder entre los bandos de su hijo y su hermano, de modo que ninguno de los dos se hiciera demasiado peligroso. Privó a Monmouth de su puesto de capitán general y del gobierno de Hull, y le ordenó retirarse a Holanda en septiembre de 1679. 

Al año siguiente, tras serle denegado el permiso para regresar, Monmouth desafió la autoridad del rey y volvió a Inglaterra. Su popularidad era tal que a pesar de ser medianoche cuando hizo su entrada en Londres, las campanas se echaron al vuelo y se encendieron hogueras en las calles para festejar su regreso. Carlos le envió de inmediato un mensaje pidiéndole que diera la vuelta, pero en lugar de obedecer, Jacobo avanzó triunfal. Traía tan solo un séquito de cien hombres armados, pero por todas partes se le sumaba la gente. A su paso el pueblo lanzaba los sombreros al aire, lo aclamaban y le prometían sus votos en futuras elecciones al Parlamento. 

Pronto llegaron todas estas informaciones a la corte, para alarma del rey y de su hermano. Finalmente Carlos envió una orden de arresto contra su hijo. Monmouth se encontraba en Stratford cuando un sargento entró en la ciudad y, conducido a su presencia, le mostró la orden del rey. Ni el duque ni sus amigos opusieron la menor resistencia. 

Su padre, como siempre, perdonó su desobediencia, pero Monmouth no aprovechó la oportunidad que se le daba. Durante los dos años siguientes su conducta continuaba siendo tan poco satisfactoria que el rey expresó a la Universidad de Cambridge su deseo de que eligieran otro rector. 

En 1683 lo encontramos por fin dedicado a una actividad más inofensiva que las intrigas a las que se entregaba por aquella época: el 25 de febrero acudía a Francia para tomar parte en una competición organizada por Luis XIV, y que fue tal vez la más famosa carrera de caballos de su tiempo. Luis había cursado invitaciones a diferentes países, solicitando a los propietarios de los caballos más veloces que probaran fortuna ese día. El duque de Monmouth representó a Inglaterra y se llevó el premio. 

Carlos II de Inglaterra

Poco después Jacobo se metía de lleno en la conspiración de Rye-house, un complot contra la vida del rey y de su hermano. La maniobra iba a costar la cabeza a algunos de sus amigos, pero él logró escapar. 

El amor del rey por su hijo era tan grande que incluso eso le perdonó. Mientras Monmouth permaneció oculto no solo le enviaba los mensajes más cariñosos, sino que incluso mantuvo alguna entrevista secreta con él. Y Welwood cuenta en sus memorias que “la noche en que el duque apareció por fin en la corte tras la reconciliación, el rey Carlos tuvo tan poco dominio de sí que no pudo disimular una enorme alegría en su expresión, y en todo lo que decía o hacía.” 

La situación se había arreglado después de una carta que Monmouth dirigió al rey: “No hay nada en el mundo que me haya lastimado tanto el corazón como la acusación de haber intentado asesinaros, señor, a vos y al duque. A Dios pongo por testigo, y que me muera en este mismo instante, si alguna vez pasó por mi mente o dije la menor cosa a alguien que pudiera hacer pensar que desearía algo así. Estoy seguro de que no puede haber tales villanos sobre la tierra como para decir que alguna vez lo hice.” 

A esta carta siguió otra más afectuosa y llena de palabras de sumisión. El orgullo de Monmouth debió de sufrir un severo golpe cuando se vio obligado a humillarse también ante el duque de York: “Ni tampoco imagino recibir vuestro perdón si no es por la intercesión del duque, a quien reconozco haber ofendido, y estoy dispuesto a someterme de la más humilde de las maneras”. Por otra parte durante las negociaciones del perdón Jacobo estipulaba que en ningún caso podría ser citado como testigo en contra de sus amigos implicados. 

Jacobo Estuardo, duque de York

Después de haber negociado en privado, Carlos reunió al consejo en sesión extraordinaria y expresó su firme convicción de que su hijo estaba arrepentido de sus actos. De ese modo Monmouth recuperó el favor y volvía a ser recibido en la corte. 

Pronto resultó evidente que Jacobo distaba de sentir cualquier clase de remordimiento. Sus viejos amigos, “hostiles a la tranquilidad de la nación”, continuaban agrupándose en torno a él, y las palabras humildes que Monmouth había tenido con su padre en privado eran muy diferentes a las que manifestaba cuando estaba en público. Carlos habló con él y le expresó sus inquietudes. Le pidió que reconociera sus errores también públicamente e incluso redactó a tal efecto una carta que su hijo firmó sin vacilar. En ella admitía la parte que había tenido en el complot, pero negaba cualquier intención de asesinar al rey. Concluía expresando la esperanza de que sus ofensas serían perdonadas, y con la promesa de que nunca más volvería a incurrir en las mismas faltas. 

La sumisión de Monmouth fue un severo golpe para su partido. Sus amigos le imploraban que continuara siendo leal a ellos; inflamaban su ánimo con esperanzas de lograr la corona e insinuaban que debía recuperar el honor que había perdido al someterse. 

Jacobo fue a ver al rey y le pidió que le devolviera el papel. Carlos le respondió que así como no había sido obligado a firmarlo, tampoco retendría el documento contra la voluntad de su hijo, pero le advirtió que considerara seriamente el paso que estaba dando, y le dejó que lo pensara hasta la mañana. 

Al día siguiente Monmouth renovó su petición aún con más vehemencia. Carlos, apenado, le entregó la carta al tiempo que lo desterraba de la corte. 

Guillermo de Orange

Desde entonces vivió sobre todo en Holanda, donde era tratado con hospitalidad y respeto. El príncipe de Orange lo admitía entre su círculo más íntimo y hacía lo posible por hacerle la estancia agradable. Incluso persuadió a su esposa María, hija del duque de York, de que aprendiera a patinar para cumplir un capricho del duque. 

El rey escribía frecuentemente a su hijo descarriado, e incluso le proporcionaba dinero. Aún le amaba por encima de todas las cosas. Al final de su vida era evidente que sus sentimientos habían ganado todo el terreno a la razón y que tenía intención de volver a llamarlo a su lado, como refleja el propio diario del duque de Monmouth.


Continuará

domingo, 17 de junio de 2012

Premio Nice Design


Madame Cicely tiene un blog exquisito y elegante: "Éternité Éphémère", por eso resulta abrumador que haya elegido el tablero a la hora de otorgar este galardón que premia "aquellos blogs con un diseño agradable a la vista, que hace fácil la lectura y la navegación por los mismos y que son obras de artes en la red. Porque un blog cuidado y bonito requiere mucho trabajo y tiempo, y nosotras lo apreciamos."

Madame Cicely, muchas gracias por esta inesperada distinción con la que me ha sorprendido tan gratamente.

viernes, 15 de junio de 2012

El Duque de Monmouth (I)


Jacobo, duque de Monmouth, era hijo del rey Carlos II y su amante Lucy Walter. Nació el 9 de abril de 1649 en Rotterdam, donde Carlos vivía en el exilio después de que su padre hubiera sido decapitado a comienzos de ese año. 

Al parecer no todo el mundo se mostró convencido de que Jacobo fuera hijo del rey. De ser cierto el dato de que Carlos llegó a los Países Bajos en septiembre de 1648, el niño habría nacido tan solo siete meses después de su llegada. Eso fue suficiente para que algunas voces malintencionadas esparcieran el rumor de que ese verano Lucy había sido amante del coronel Robert Sidney, el menor de los hijos del conde de Leicester. Cuando Jacobo se hizo mayor, hubo incluso contemporáneos que observaron un notable parecido entre el joven y Sidney. 

En cualquier caso, Carlos no pareció dudar en ningún momento de su paternidad, a juzgar por el gran amor y especial debilidad que mostró por este hijo. Pronto lo puso bajo la custodia de Lord Crofts, por lo cual Jacobo llevó ese apellido hasta el momento de la Restauración en el trono de los Estuardo. 

Pasó la infancia en París, al cuidado de su abuela, la reina Enriqueta María, refugiada por entonces en su país natal. Ella trató de educarlo en la religión católica y lo envió al colegio de Jully, pero la instrucción que recibió fue bastante descuidada, algo que él lamentaría posteriormente. 

Enriqueta María de Francia, reina de Inglaterra

En julio de 1662 llegaba en compañía de su abuela a la corte de Carlos II, quien lo recibía en Hampton Court con evidente orgullo. El rey tuvo otros hijos, nacidos de diversas amantes, pero ninguno parecía despertar en él la admiración que sentía por “este nuevo Adonis”, como lo llamó un contemporáneo. Aunque solo tenía trece años en aquel momento, su aparición en la corte fue brillante. Ese mismo año recibía el título de duque de Orkney, y el 25 de febrero siguiente se convertía en duque de Monmouth. Se prepararon para él apartamentos en el palacio de Whitehall; se le asignó su propio séquito y un equipamiento que parecía más propio de un príncipe heredero. En abril de 1663 ingresaba como Caballero de la Orden de la Jarretera. 

Grammont nos ha dejado una descripción sobre él: “su figura y el atractivo físico de su persona eran tales que tal vez la naturaleza no hubiera formado nunca algo más completo. Su rostro era sumamente atractivo, pero se trataba de un rostro varonil, ni inexpresivo ni afeminado, cada rasgo ofreciendo su propia belleza y delicadeza. Tenía un talento maravilloso para toda clase de ejercicio, un aspecto cautivador y un aire de grandeza. La asombrosa belleza física suscitaba la admiración universal: aquellos que habían sido considerados apuestos antes de él, ahora pasaban a ser completamente olvidados en la corte; y todo el bello sexo le era enteramente devoto. Era especialmente amado por el rey, pero también el terror universal de maridos y amantes…” 

Y Madame Dunois nos dice de él: “Era muy apuesto, extremadamente bien formado, y tenía un aire de grandeza que respondía a su nacimiento. Era valiente, incluso hasta el exceso, y se expuso durante su servicio en el extranjero con un coraje imposible de superar. Bailaba sumamente bien, y con un aire que encantaba a cuantos le veían. Su corazón siempre estaba dividido entre el amor y la gloria. Era rico, joven, galante, y, como ya he dicho, el más apuesto y mejor formado de los hombres. Después de eso no resulta extraño que tantas mujeres se propusieran conquistar su corazón. Él era consciente de su buena fortuna, y sabía cómo emplearla… Era incapaz de limitarse a una sola conquista, y apenas había un día en que no tuviera una nueva amante; y parecía haber más fingimiento y vanidad que amor y sinceridad en todos sus lances.” 

Monmouth

Durante la juventud de Jacobo hubo un oscuro episodio. En 1671 parece que causó la muerte de un alguacil, según relatos contemporáneos. El 28 de febrero Andrew Marvell escribe: 

“… Algunas personas, al parecer de alta alcurnia, junto con otros caballeros… mataron a un pobre alguacil que rogaba de rodillas por su vida, causándole muchas heridas. Se han emitido órdenes de arresto contra algunos de ellos, pero han huido.” Y poco después vuelve a escribir: “Sin duda habréis oído cómo Monmouth, Albermale, Dunbane y siete u ocho caballeros, mataron a un pobre alguacil: todos fueron perdonados por estar implicado Monmouth, pero es un gran escándalo.” 

El 20 de abril de 1663 su padre lo casaba con Lady Anne Scott, hija única del conde de Buccleuch y la más rica heredera de Gran Bretaña. Jacobo tenía 14 años, y ella solo 12. La niña poseía excelentes cualidades además de una gran fortuna, pero no fue suficiente para atar el corazón de su inconstante esposo. Madame Dunois dice: “Tenía cuanto se puede desear para hacerla grata. Poseía virtud, ingenio, fortuna y nacimiento, y aunque no era extraordinariamente bonita, y cojeaba un poco, aun así en conjunto resultaba muy agradable. El duque lo consideraba insuficiente para corresponder a su esposa, y como ella era muy inteligente podía descubrir fácilmente las inclinaciones de su marido, de modo que las suyas fueron perdiendo vehemencia.” 

En pocos años Jacobo había acaparado una gran cantidad de honores. Era general de los ejércitos, capitán de la guardia, gobernador de Hull, rector de la Universidad de Cambridge y, en virtud de los derechos de su esposa Lord Gran Chambelán de Escocia. La ambición de Monmouth era enorme. Al principio se contentaba con distinciones militares. Solo tenía 16 años cuando tomó parte en una batalla naval, y pronto adquirió un buen conocimiento de las tácticas militares. En 1672 fue designado para un importante cometido: Carlos se había comprometido a proporcionarle a su primo Luis XIV seis mil hombres para combatir contra los holandeses. Sus soldados fueron puestos al mando de Monmouth, que llegó con ellos al campamento francés de Charleroi a tiempo para el comienzo de la campaña. Estuvo presente en la toma de varias plazas y luego regresó en julio a Inglaterra, donde fue recibido entre aclamaciones. 

Lucy Walter

En 1676 participó en el sitio de Maastricht, distinguiéndose por su valor. Desempeñó varias misiones militares más, todas con gran brillantez. La última fue en 1679, cuando fue enviado con plenos poderes para aplastar la insurrección en Escocia, donde volvió a dar muestras tanto de su coraje personal como de humanidad. Se hicieron casi doce mil prisioneros entre los que se hubiera llevado a cabo una masacre de no ser por la intervención del propio Jacobo. Finalmente se colgó solo a unos cuantos que habían tomado parte en el asesinato del arzobispo Sharpe, y aquellos que se negaron a someterse al gobierno fueron enviados fuera del país. 

En aquel tiempo la impopularidad de su tío el duque de York, que se había convertido al catolicismo, abrió el camino a la ambición desatada de Monmouth. La gente lo amaba a él por su generosidad y valor, y por otras mil brillantes cualidades que apreciaban en él. Lo querían tanto como detestaban al otro Jacobo. Para ellos era el campeón del protestantismo y de la libertad. 

Pero lo que daba más alas a su ambición era la creencia de que en realidad su nacimiento había sido legítimo. Se hizo circular la información de que el rey se había casado en secreto con Lucy Walter estando en el extranjero. Jacobo así lo afirmaba, y aseguraba poseer los documentos que lo acreditaban, pero nunca pudo mostrarlos. Carlos, por su parte, declaró que jamás había estado casado con otra mujer que no fuera su reina, Catalina de Braganza, con la que no tenía hijos. Entre las intrigas y manejos orientados a hacer creíble esta historia, se trató de obligar al obispo de Durham a firmar un falso certificado de matrimonio, pero el obispo comunicó todo el asunto al rey. 

Cuando Carlos II fue presionado por los condes de Carlisle y Shaftesbury para que declarara legítimo a Monmouth, el rey respondió: 

—Por mucho que lo ame, preferiría verlo colgado en Tyburn antes que declararlo mi heredero.


Continuará

viernes, 8 de junio de 2012

Las lettres de cachet en el Antiguo Régimen

Luis XV retratado por Rigaud

"Rex solutus est a legibus" 
(El rey no está sometido a la ley) – Digesto de Justiniano. 


Las lettres de cachet eran cartas firmadas por el rey de Francia y refrendadas por uno de sus ministros. Llevaban el sello real o cachet, de donde deriva su nombre. 

Surgieron a consecuencia de la necesidad de actuar con rapidez y contundencia en tiempo de guerra, pero pronto se convirtieron en un instrumento para ampliar el ejercicio del poder personal del rey. Se emitían cartas de este tipo para problemas muy diversos. Cualquier asunto urgente podía ser despachado en forma de lettre de cachet: se utilizaban cuando el rey, o sus ministros actuando en su nombre, convocaban un tribunal o asamblea para deliberar sobre un asunto particular y alcanzar una conclusión, o bien para impedir una reunión; para ordenar al Parlamento que registrara un edicto; para organizar y supervisar ceremonias públicas, ascender a un oficial, etc. Eran utilizadas por la policía para ocuparse de las prostitutas, y también se ordenaba mediante una de estas cartas el ingreso de un enfermo mental en alguna institución adecuada 

Las más famosas entre ellas son las de índole penal. Estas se utilizaban para ordenar el encarcelamiento de alguna persona a quien no se estimaba conveniente llevar ante los tribunales para ser sometida a un proceso, negándosele así la posibilidad de defensa. En ocasiones en lugar de una pena de prisión establecían el destierro o la deportación a las colonias de aquel que hubiera incurrido en el desagrado real. Servían así como arma contra los adversarios políticos o escritores subversivos, pero también eran un modo frecuente de castigar a personas de alto rango de modo que sus familias no tuvieran que enfrentarse al escándalo de un juicio. A veces eran los propios parientes quienes solicitaban del rey que emitiera una lettre de cachet para castigar alguna falta contra el honor familiar o la conducta delictiva de un hijo. 

Lettre de cachet de Luis XV, 1759

En el siglo XVIII, en tiempos de Luis XV, el uso de las lettres de cachet se hizo tan común que cada secretario de Estado siempre tenía a mano varios cientos de cartas en blanco con la firma del monarca. De ese modo, cuando la ocasión requería actuar con celeridad sólo precisaba rellenar el papel con una orden y añadir su propia firma. Así que al final el rey no era en realidad consciente de todos los asuntos despachados. Y, como en todas las épocas ha habido corrupción, en ocasiones los ricos y poderosos compraban estos documentos para deshacerse de enemigos personales. 

Cuando los tiempos se hicieron revueltos, el gobierno comenzó a arrestar a los intelectuales mediante el uso frecuente de lettres de cachet. Por ejemplo, el 23 de julio de 1749, Luis XV firmaba en Compiègne la siguiente carta: 

“Señor Marqués du Châtelet, esta carta os instruye para que recibáis en mi castillo de Vincennes al señor Diderot y le mandéis permanecer allí hasta nueva orden por mi parte. Que Dios os guarde, señor Marqués du Châtelet.” 

Otro ejemplo de uso es el que sufrió el padre de Mirabeau, encarcelado mediante una lettre de cachet por causar un escándalo debido a su relación con una mujer casada. El abuso de este tipo de cartas en asuntos familiares acabó por atraer la atención de los propios ministros del rey. En 1784 Breteuil envió una circular a todos los intendentes y al teniente general de policía de París advirtiendo de la severidad paterna en algunos casos: “Padres y madres son a veces injustos o demasiado severos, o se alarman con excesiva facilidad; y creo que siempre es necesario requerir que al menos dos o tres familiares cercanos firmen la solicitud junto con el padre y la madre.” 

Barón de Breteuil

En el siglo XVIII ya no eran solo las familias nobles quienes las solicitaban para uno de sus miembros, sino que se habían extendido a las demás clases sociales. Por ejemplo, entre las 74 firmadas por el rey en 1758, una había sido solicitada por un encuadernador contra su esposa, “que ahora vive una vida tan depravada que no hay palabras lo bastante fuertes para describirla.” Ese mismo año la esposa de un albañil obtuvo una lettre de chachet contra su esposo, quien “frecuentemente vuelve a casa a altas horas de la noche completamente desnudo, sin sombrero, sin ropa e incluso sin zapatos, por haberlo dejado como pago en la taberna.” Otra mujer se quejaba de que su esposo “ha llegado a vender mi cama”, y el propio Voltaire solicita una lettre de cachet contra una mujer que tenía escandalizado al vecindario. 

En esos casos en los que, en palabras de Breteuil, “sin haber perturbado el orden público por delitos, sin haber hecho nada que les pudiera exponer a la severidad de las penas pronunciadas por la ley, se dan a excesos en libertinaje, depravación y disipación”, la condena era de entre uno y dos años de cárcel. 

Cuando la carta era enviada a petición de un particular, se llamaba una carta de “petit cachet” o de “petit signet”, para distinguirla de las de “gran cachet”, emitidas directamente por iniciativa del rey o el gobierno y referidas a asuntos más graves. 

Como privilegio real, este tipo de cartas se remontan al siglo XIII, con los reyes Capeto, que se basaron en el Digesto de Justiniano. La interpretación que hicieron de la norma fue que el rey podía tomar decisiones al margen de las leyes, e incluso en sentido contrario al que ellas establecían. 


Las cartas fueron haciendo populares desde comienzos del siglo XV hasta finales del XVIII. Al principio no se trataba de ningún documento, sino que hasta el siglo XIV eran órdenes verbales. En tiempos Luis XVI se habían convertido en un símbolo de los abusos del Antiguo Régimen; por tanto, una de las prioridades de la Revolución fue ocuparse de ese asunto comenzando por el asalto a la Bastilla, donde había prisioneros encarcelados en virtud de lettres de cachet. En marzo de 1790 fueron abolidas por la Asamblea.

miércoles, 6 de junio de 2012

Un día en la antigua Tebas


Hagamos un nuevo viaje al pasado e imaginemos que esta vez estamos viviendo en el año 1300 a. C. Venimos de Tiro en una galera fenicia cargada de telas teñidas con nuestro apreciado rojo púrpura para vender en los mercados de Tebas, la ciudad de Amón, la mayor de Egipto

Navegando por el Nilo, poco después de dejar atrás el delta encontramos una gran población, con sus templos destacándose contra el cielo profundamente azul y sus grandes obeliscos. Se trata de Menfis, una de las ciudades más antiguas del país y su capital durante mucho tiempo. No lejos de allí, tres masas de piedra en forma de grandes pirámides se yerguen a la orilla del río como si fueran montañas. En torno a ellas hay pirámides más pequeñas y otras tumbas de reyes y grandes personajes. Pero no es ese nuestro destino; nos dirigimos a un lugar aún mayor que Menfis, situado mucho más al sur. 

Por fin, al cabo de varios, días surge ante nosotros un gran conjunto de edificaciones a ambas orillas del Nilo. Vemos que en realidad se trata de dos ciudades: al este se encuentra la ciudad de los vivos, con sus fuertes murallas y torres, sus enormes templos e interminables hileras de casas de todas clases y tamaños, desde los palacios de los nobles a las chozas de barro de los más humildes. Al oeste encontramos la ciudad de los muertos. La necrópolis no tiene calles ni palacios; allí la vida no bulle, pero es aún más llamativa que su vecina. Las colinas están repletas de aperturas negras, entradas a las tumbas donde los muertos de Tebas duermen desde hace siglos. En la llanura se contempla un templo tras otro, en interminable sucesión. Algunos son pequeños y están en ruinas, pero otros son grandes y espléndidos. Cuando los rayos del sol se reflejan en ellos, desprenden destellos de oro, escarlata y azul. 


La galera se acerca al muelle al este del río. Hemos alcanzado nuestro destino. Los oficiales de aduana egipcios suben a bordo para examinar el cargamento y cobrar las tasas correspondientes. Los observamos con interés, porque su aspecto es diferente al de nuestros marinos barbudos de nariz aguileña. Estos egipcios van rasurados; algunos llevan peluca, y otros muestran el cabello recto sobre las cejas mientras por detrás cae sobre el cuello en una multitud de pequeños rizos. La mayoría no viste otra cosa que una falda de lino blanco, pero el jefe luce una capa sobre sus hombros y un cinturón dorado. En la mano derecha sujeta un palo largo con el que golpea a sus hombres cuando no obedecen sus órdenes con rapidez. 

Después de mucha discusión, se acuerda por fin el precio y quedamos en libertad para visitar la que Homero llamó “la Ciudad de las Cien Puertas”. No necesitamos recorrer mucho para darnos cuenta de que la vida en Tebas puede ser muy emocionante. 

Las calles son generalmente estrechas y sinuosas. De vez en cuando los edificios se inclinan para dar sombra al paseante y protegerlo contra el sol abrasador de Egipto. Algunas de las casas son grandes y altas. En su interior hay patios rodeados de árboles, y en el centro de los mismos un estanque de agua fresca. Las habitaciones están decoradas con alegres colgaduras, pero las paredes que dan a la calle no tienen ventanas ni otra cosa que no sea la pesada puerta de entrada. 

Pasamos algunos barrios en los que apenas hay algo más que chozas de barro, tan apretadamente juntas que en sus callejuelas solo hay espacio para que las recorra una persona a pie. Son los barrios de los trabajadores, y el calor y el olor que desprenden resultan tan desagradables que uno se pregunta cómo es posible vivir allí. 

Los colosos de Memnón, Tebas

Llegamos a un espacio abierto, uno de los bazares de la ciudad. Las tiendas son pequeños puestos con las mercancías extendidas en torno al mercader, que se sienta con las piernas cruzadas y llama la atención de los transeúntes voceando explicaciones acerca de la calidad y el precio de sus artículos. Al mercado acude toda clase de gente: los tebanos van a comprar provisiones para su hogar, o simplemente a comentar las noticias del día; los campesinos de los pueblos de los alrededores traen productos agrícolas y ganado para cambiarlos por mercancías que solo pueden adquirirse en la ciudad. Aparecen elegantes damas y caballeros vestidos a la última moda de la corte, con pelucas cuidadosamente rizadas, largas túnicas de lino transparente y coloridas sandalias de punta vuelta. Uno puede toparse con un hitita de Kadesh, con su gorro de pico, piel pálida y pesadas botas puntiagudas. O un sacerdote de alto rango con la cabeza afeitada, una piel de pantera colgando del hombro sobre la túnica y un rollo de papiro en la mano. O un arquero libio con dos plumas en el gorro. 

Aún no se ha inventado el dinero, de modo que el negocio se realiza mediante el trueque. Es lógico, por tanto, que se necesite mucha conversación para acordar, por ejemplo, cuánto pescado es justo ofrecer a cambio de una cama. Además a los egipcios les encanta regatear. 

También los mercaderes de Tiro tienen allí sus puestos, resguardados bajo tejadillos de paja trenzada. Y más allá hay un orfebre. En torno a él se disponen collares y pulseras de oro y plata adornados con los más vivos colores. 

En una esquina del bazar hay una casa que no exhibe mercancías, pero a la que no dejan de acudir clientes. Los trabajadores se deslizan en el interior como avergonzados, y reaparecen al cabo de un rato tambaleándose un poco. Son los efectos de la cerveza a la que los egipcios son tan aficionados. Incluso las damas elegantes a veces beben demasiado en las fiestas. 

La barca de Amón

Abandonamos el bazar y llegamos al barrio sagrado de la ciudad. Mientras contemplamos los altos templos y los obeliscos que se destacan por encima de los tejados de las casas, escuchamos una gran algarabía. Vemos entonces que se acerca una multitud entre el sonido de flautas y trompetas. Una de las imágenes de Amón, el gran dios de Tebas, sale en procesión como ceremonia preliminar a una importante celebración que tendrá lugar por la tarde, y que el rey va a presidir: se revive el matrimonio de Amón y Mut, del que nace Khonsu. 

Vemos pasar la procesión que recorrerá la avenida flanqueada por esfinges entre Karnak y Luxor. Todos participaban de esta fiesta: la pareja real, los sacerdotes y el pueblo. Tras un grupo de músicos y otro de mujeres que van danzando, aparecen los sacerdotes con grandes abanicos que forman el centro de la multitud. En ellos permanecen fijas todas las miradas. Son altos, llevan el cráneo afeitado, los cuerpos envueltos en túnicas del más hermoso lino egipcio. Transportan a hombros la estatua de Amón en una barca hermosamente decorada. En medio de la barca hay un pequeño santuario envuelto en un velo, para ocultar la imagen del dios a los ojos de los curiosos. 

Los vendedores ambulantes se agolpan a lo largo del trayecto ofreciendo fruta y otros alimentos. Ondean los estandartes mientras los espectadores aplauden y las mujeres hacen sonar sistros y castañuelas. En el camino hay un pequeño pilar de piedra sobre el que se deposita la barca. Allí dos sacerdotes queman incienso; otro entona un himno de alabanza al dios y algunos espectadores se adelantan para hacer sus ofrendas de flores, frutas y comestibles de varias clases. Entonces llega el momento más solemne: en medio del más absoluto silencio se aparta el velo dejando al descubierto la estatua de madera adornada con plumas, primorosamente vestida y pintada en negro y verde. Para los tebanos se trata del objeto más sagrado del mundo, y es saludado con exclamaciones de asombro y reverencia. Luego vuelve a cubrirse con el velo, y mientras la procesión continúa, las calles de Tebas, habitualmente tan bulliciosas, se quedan tranquilas. Cuando la ceremonia termine, regresarán en barca por el Nilo y la vida volverá a la ciudad. 


Bibliografía: 
El Antiguo Egipto – James Baikie 
The Complete Temples of Ancient Egypt - Richard H. Wilkinson

lunes, 4 de junio de 2012

La Princesa de los Ursinos (III)


La Guerra de Sucesión española había conducido a Francia a un desastre tras otro. Esto obligó a Luis XIV a considerar la idea de abandonar la causa de su nieto como único modo de obtener la paz. El primer paso en esta dirección fue llamar al embajador Amelot. También se propuso reclamar a la princesa de los Ursinos, pero ella se negó a abandonar a los reyes de España a su suerte en esos momentos dramáticos. Indignada, rompió con la corte de Francia y no se privó de criticar abiertamente la decisión de Versalles. Con gran coraje y resolución, la princesa trabajó infatigablemente por la causa de Felipe V cuando todos lo abandonaban. 

Para diciembre de 1710 el rey había logrado afianzar su dominio sobre España. Marie-Anne era casi septuagenaria, de modo que vio llegado el momento de retirarse al tiempo que trataba de conseguir una de sus máximas ambiciones: deseaba un pequeño reino para sí, un territorio en el cual pudiera ser soberana. Hubo conversaciones al respecto durante la negociación del tratado de Utrecht. Se habló de reservar para ella un pequeño territorio en los Países Bajos, pero el resto de las potencias europeas no aprobaron el proyecto. Los reyes propusieron entonces que fuese dentro de la propia España, algo a lo que Luis XIV se opuso de modo terminante. La princesa no solo quedó sin ver cumplido su sueño, sino que con su ambición perdió la estima del rey de Francia y de Madame de Maintenon. 

En 1711 el duque de Noailles, casado con la sobrina de Madame de Maintenon, mandaba uno de los ejércitos en España. Noailles conspiró con su amigo el marqués de Aguilar para provocar la caída de la Princesa de los Ursinos. A tal fin decidieron alejar al rey de su esposa, que padecía escrófula, la enfermedad de la cual acabaría falleciendo María Luisa. Aprovechándose del temperamento sensual del rey, pretendían que tomara una amante. Estaban seguros de que una vez la reina perdiera la influencia sobre su esposo, la princesa caería, y ellos gobernarían España a través de la amante de turno. 

Adrien Maurice de Noailles

Durante el transcurso de un viaje, y con el pretexto de preocuparse por su salud y por el bienestar del reino, le rogaron que dejara de compartir lecho con María Luisa para no arriesgarse al contagio. Se decidieron entonces a hacerle la propuesta de tomar una amante, pero la sugerencia ofendió de tal modo a Felipe que se negó a seguir escuchándolos, y al reunirse con su esposa y con la princesa les contó el ultraje que le habían hecho. 

Las dos mujeres se vengaron de inmediato: la reina escribió a su hermana, la duquesa de Borgoña, y la Princesa de los Ursinos a Madame de Maintenon. Luis XIV, furioso por esta intriga por parte de un hombre al que había colmado de honores, llamó al duque de Noailles a su presencia, mientras el marqués de Aguilar era depuesto de sus cargos. 

Más poderosa que nunca tras el fracaso de este complot, Marie-Anne obtuvo de Felipe V una orden por la que en adelante debería dársele el tratamiento de Alteza, para gran indignación de los nobles. 

Pero el 14 de febrero de 1714 moría la reina María Luisa y las perspectivas de la princesa cambiaban sustancialmente. Sin embargo, aún retenía las riendas del poder y continuaba gobernando España. Según Saint-Simon, hizo entonces planes para convertirse en la nueva esposa del rey, pero esto no parece que tenga mucha credibilidad: la señora tenía 73 respetables años, demasiados para satisfacer el temperamento de un joven rey de solamente 30 y que se negaba a tener amantes. 

Lo que hizo la princesa fue, ya que se hacía necesario casar de nuevo a Felipe, tratar de buscar una candidata que le fuera igual de favorable que había sido María Luisa. Para asegurarse de que su influencia sobre el rey no sería estorbada, le persuadió de que no debía continuar viviendo en el palacio en el que había fallecido su esposa y se trasladó con él al de Medinaceli, demasiado pequeño para alojar a más de un puñado de cortesanos en los que ella podía confiar. 

María Luisa Gabriela de Saboya

Marie-Anne comenzó a buscarle una esposa que no fuera demasiado inteligente ni tuviera parientes excesivamente poderosos. Es decir, alguien que pudiera pasar a depender totalmente de ella. Residía por entonces en Madrid Alberoni, quien, como embajador de Parma, propuso a Isabel de Farnesio

Como a la princesa le pareció perfecta para sus fines, el matrimonio se llevó a cabo y la novia partió hacia España viajando por tierra, pues al igual que le ocurría a la primera esposa del rey, temía demasiado al mar. Pero las cosas no iban a resultar como esperaba Marie-Anne. 

En Pamplona Isabel era recibida por Alberoni, a quien confió su determinación de alejar del reino a la Princesa de los Ursinos. Alberoni le advirtió que se trataba de un personaje demasiado poderoso, pero la joven no vaciló; escribió una carta a su esposo pidiendo que despidiera a su camarera mayor. 

Marie-Anne, con el propósito de hacerse agradable a la nueva reina, se adelantó a su encuentro y llegó a Jadraque, donde había hecho un alto Isabel. Pero tan pronto como le fue presentada, la reina ordenó al capitán de su guardia que la metieran en un carruaje con dos oficiales de confianza y la condujeran sin demora hasta la frontera. El capitán objetó que esas órdenes solo podían proceder del rey. 

—¿Acaso no habéis recibido órdenes de obedecerme incuestionablemente en todo? —replicó ella. 

Con solo una doncella y la ropa que llevaba puesta, la Princesa de los Ursinos era introducida en su carruaje en la fría noche del 23 de diciembre de 1714, y abandonaba España escoltada por los dos oficiales y 15 guardias a caballo. Temblando de frío, se consolaba pensando que pronto llegaría una carta del rey contradiciendo las órdenes de su esposa, pero eso nunca sucedió.

Isabel de Farnesio

Tras su sorpresa inicial, Marie-Anne recuperaba su sangre fría. No formuló quejas ni reproches; no dio ninguna señal de debilidad a pesar de que el viaje era terrible. Ella, tan acostumbrada al lujo, hubo de soportar un duro camino sin provisiones y mal alojada, sin poder siquiera cambiarse adecuadamente de ropa y resistiendo las bajas temperaturas del invierno. El 14 de enero de 1715 alcanzaba San Juan de Luz. 

La princesa escribió a Luis y también a Madame de Maintenon contándoles lo sucedido y solicitando permiso para acudir a Versalles y relatarlo todo más detalladamente. Pero había perdido el favor del rey de Francia por aquel intento de obtener un reino para sí, algo que empeoró tras la audacia con la que se ocupó por su cuenta del matrimonio de Felipe. Era el final de sus ambiciones. Recibió un mensaje de la marquesa de Maintenon prohibiéndole acercarse al Palais Royal y a Marly, así como pernoctar en Versalles. Finalmente se le concedieron dos audiencias con el rey y la marquesa, quienes le aconsejaron regresar a Italia con una generosa pensión. 

Cuando al poco tiempo la salud de Luis XIV comenzó a declinar, supo que lo más sensato que podía hacer era abandonar Francia antes de que su mortal enemigo, el duque de Orleáns, quedara al frente del reino ejerciendo la regencia. Se encontraba en Lyon cuando se enteró de la muerte del rey, y entonces apresuró su viaje hasta Chambéry, perteneciente al duque de Saboya. Al llegar a Pont-Beauvoisin envió un mensajero solicitando residencia en su nombre, para pasar el invierno y tomar las aguas en Aix, situado a solo dos leguas. El duque de Saboya respondió que su visita era inoportuna, y le pedía que continuara viaje hasta Aix sin detenerse en Chambéry. 

Jacobo Francisco Estuardo, el Viejo Pretendiente

Finalmente acabó estableciéndose en Roma, donde formó parte de la corte en el exilio del Viejo Pretendiente Estuardo al trono inglés, en la que aún fue capaz de representar un papel importante. 

El 5 de diciembre de 1722 fallecía Marie-Anne de la Trémoille, Princesa de los Ursinos, a la edad de 81 años, prácticamente olvidada y solo llorada por aquella pequeña corte inglesa en Roma y los pocos amigos que le quedaban.

sábado, 2 de junio de 2012

La Princesa de los Ursinos (II)


La Princesa de los Ursinos no solo tenía acceso a las decisiones de gobierno a través de la reina de España, sino que además recibía información acerca de las finanzas del país por parte de Orry, enviado por Luis XIV para que lo mantuviera al tanto de esos asuntos. Orry había sido recaudador de impuestos y posteriormente agente de la duquesa de Portsmouth, que lo había despedido tras descubrir sus fraudes. Después de eso trabajó para un grupo de financieros y finalmente había acabado en la corte española, donde también acabaría cayendo en desgracia. Había llegado a acumular tanto poder que por Madrid circulaba este soneto satírico anónimo: 

Orry a mandar, el rey a obedecer, 
el uno a presidir, el otro a cazar, 
y desta suerte todo es desmembrar 
de España el cuerpo, en vez de componer. 
¿Aquesta es Planta? No, que es deshacer, 
pues van los más peritos a escardar 
y los que ignoran vienen a ocupar 
lo que en su vida pueden comprender. 

Uno de los más eficaces colaboradores de la princesa era un caballerizo llamado D’Aubigny, un hombre que Saint-Simon nos describe como alto y apuesto, además de inteligente. “Se convirtió en caballerizo de la princesa, secretario privado, intendente y confidente. Disponía de todo en su Casa, incluso de ella misma, y tenía sobre ella la influencia de la que gozan aquellos que sustituyen a un marido”. 

D’Aubigny era de origen plebeyo, hijo de un notario, pero de la mano de la princesa inició una carrera fulgurante. Tenía sus aposentos en el palacio real, contiguos a los de Marie-Anne. Se trataba de las habitaciones que en un tiempo había ocupado la propia María Teresa de Austria, primera esposa de Luis XIV, pero al parecer este advenedizo no encontraba lo suficientemente grande ni lujoso para él lo que había sido suficiente para una infanta de España y reina de Francia, de modo que las hizo ampliar. Sin embargo, el personaje se había convertido en uno de los favoritos de los reyes. 

Cardenal d'Estrées

D’Aubigny tenía por costumbre abrir el correo diplomático que el cardenal d’Estrées, embajador de Francia, dirigía a Versalles. En realidad el cardenal había accedido a trabajar bajo la dirección de la princesa de los Ursinos, para lo cual habían pactado que le mostraría toda su correspondencia oficial antes de despacharla. Pero d’Estrées se resistía a cumplir una promesa que le resultaba tan humillante. Él consideraba que iba en contra de su dignidad de embajador, por lo que enviaba despachos sin informar de su contenido. En una ocasión el cardenal envió a Luis XIV una carta de protesta en la que se lamentaba del extraordinario dominio que el caballerizo ejercía sobre su amante, e incluso los acusaba de haberse casado en secreto. La carta cayó en manos de Marie-Anne, como todas las demás. Al leer esas líneas tomó la pluma y ella misma hizo una anotación en el margen antes de enviar la misiva a Versalles: “¡Casados no!”

Naturalmente eso equivalía a admitir que amantes sí eran. Y, lo que era peor, demostraba que era cierto que abría la correspondencia del embajador de Francia, con o sin su consentimiento. Por si fuera poco, su gesto constituía una falta de respeto a la persona del rey, y una falta pública, además, puesto que la princesa se dedicaba a debatir libremente el contenido de la carta ante toda la corte. Marie Anne había acumulado suficientes errores para que finalmente Luis XIV se decidiera a apartarla de su puesto “sin un instante de demora”. 

A finales de la primavera de 1704, cuando el rey de España dirigía un ejército en la frontera con Portugal, Luis le escribió una carta. La misiva motivó otra de Felipe V a la princesa ordenándole abandonar la corte española. Esto fue un golpe terrible para ella, pero iba decidida a hacer cuanto estuviera en su poder por regresar lo antes posible. Se dirigió a Bayona, y desde allí a Toulouse. Luis XIV esperaba que pasara el resto de sus días retirada en Italia, pero eso no era lo que ella planeaba. 

Marie-Anne no dejaba de presionar a Madame de Maintenon en demanda de apoyo, y desde España la reina defendía infatigable sus intereses. Pronto resultó evidente que en realidad la Princesa de los Ursinos seguía gobernando España desde Toulouse a través de la manipulación que hacía de la reina en su correspondencia. Al mismo tiempo iba buscando un acercamiento a París, hasta que finalmente consiguió ser recibida. El 10 de enero de 1705 hacía una especie de entrada triunfal en la corte, donde durante meses se aplicó a la tarea de ganarse la voluntad del rey hasta que este aprobó su regreso a España. Además obtuvo un ducado para uno de sus hermanos y un capelo para el otro. 

Mariscal de Tessé

Luis XIV enviaba al mariscal de Tessé para ayudar a su nieto el rey de España al frente de los ejércitos en la Guerra de Sucesión. René de Froulay, conde de Tessé, comprendiendo las ventajas que reportaría aliarse con la Princesa de los Ursinos, obtuvo permiso para viajar vía Toulouse, donde se ganó la confianza de la dama tan rápidamente que a su llegada a Madrid el rey le hizo Grande de España. 

D’Aubigny, mientras tanto, había permanecido en la corte española como agente de su amante. Felipe V, a pesar del calamitoso estado de las finanzas, le había regalado una casa en Madrid y una asignación de dos mil ducados. Cuando Marie-Anne regresó en el verano de 1705, se encontró con su agente perfectamente situado y con la cálida acogida de los reyes. Su poder era ahora mayor que nunca, y el nuevo embajador francés, Amelot, un hombre de su confianza. Luis XIV, que también parecía haberse acostumbrado a complacer las peticiones de la princesa, permitió el regreso de Orry. 

Dos años más tarde la posición de Felipe V había mejorado notablemente gracias a la victoria de Almansa. Tras la batalla, con el pretexto de la falta de fondos para continuar la guerra, la Princesa de los Ursinos persuadió a la reina para que despidiera a sus damas. María Luisa tenía a unas 300 en su séquito. Cuando habían tenido que huir de la capital, las damas habían regresado a sus hogares o bien se habían refugiado en los conventos, y ahora Marie-Anne lograba que renunciara a llamarlas de nuevo a su lado. De ese modo su propio poder alcanzaba cimas absolutas. 

Luis XIV había entregado a su sobrino, Felipe de Orleáns, el mando nominal de los ejércitos en Italia, pero más tarde estimó mejor enviarlo a España para sustituir al duque de Berwick. Llegó justo después de la batalla de Almansa. Luis lo había instruido para que se mantuviera en buenas relaciones con la Princesa de los Ursinos y para que no se entrometiera en ningún asunto que no fuera estrictamente bélico. Al principio Felipe obedeció las instrucciones del monarca al pie de la letra, pero más adelante manifestó su disconformidad con los preparativos de la segunda campaña. Una noche, mientras cenaba en compañía de un grupo de aristócratas franceses y españoles, bebió más de la cuenta e hizo un brindis obsceno a la salud de Madame de Maintenon y la Princesa de los Ursinos, algo que no podía dejar de llegar a oídos de Marie-Anne y que fue denunciado de inmediato a Versalles. 

Felipe II de Orleáns

Ambos se veían obligados a continuar colaborando como si fueran buenos amigos, pero eso ya era solamente apariencia. La princesa lo detestaba, y su aversión aumentó cuando el duque comenzó a ocuparse de asuntos políticos apoyando al partido opuesto al suyo. Bien servida por sus espías, Marie-Anne descubría sus intrigas. Pronto se daría cuenta Orleáns de que había topado con un enemigo formidable: mientras el duque estaba de visita en Francia, la princesa escribió a Luis XIV diciéndole que no era aconsejable que permitiera a su sobrino regresar a España, puesto que planeaba deponer a Felipe V y usurpar su corona. 

Felipe de Orleáns se vio envuelto en una situación tan complicada que a punto estuvo de ser juzgado por un crimen de lesa majestad.


Continuará próximamente con la última parte de la biografía.