lunes, 26 de noviembre de 2012

Las conspiraciones de Ana de Austria

Ana de Austria, reina de Francia

En Francia no cesaban las conspiraciones contra Richelieu. A finales de julio de 1637 el cardenal reveló a Luis XIII una trama que su policía había descubierto parcialmente. El asunto era delicado: con la piadosa excusa de visitar el convento de Val-de-Grâce, la reina Ana de Austria mantenía una correspondencia culpable que el valet La Porte remitía a un secretario de la embajada inglesa. Este último se encargaba de hacer llegar las cartas a su destino. 

El 12 de agosto La Porte paseaba por la rue des Vieux-Augustins cuando cinco mosqueteros lo agarraban bruscamente por detrás y lo introducían en un carruaje. De ese modo fue trasladado a la Bastilla. Se le incautaron algunos papeles, y el cardenal quiso interrogarlo en persona y averiguar cuánto más tenía que contar. El servidor fue así conducido a su presencia en el Palais Cardinal, pero Su Eminencia no logró arrancarle ninguna información, por lo que fue devuelto a la Bastilla. 

En la corte todo el mundo evitaba a la reina durante esos días. Su suerte parecía echada. Sin hijos aún, y sin el amor de su esposo, Ana representaba muy poca cosa. Un proceso infamante podía arrojarla de su trono y relegarla para siempre a la celda de un convento. El rey y Richelieu no iban a verla; los cortesanos pasaban bajo sus ventanas sin mirar. El personal de palacio apenas la servía. Ana fue presa de la angustia. Se hizo preciso sangrarla dos veces. No dormía, ni comía. ¿Por qué iba Luis a mostrarse indulgente con una mujer a la que detestaba desde hacía quince años? 

Luis XIII

La discordia entre ambos se prolongaba desde 1622. Al cabo de un breve idilio conyugal, vino la decepción del rey: Ana no había cumplido con su misión. Tras un primer aborto, ella misma había causado accidentalmente el segundo jugando de modo imprudente con su amiga Madame de Chevreuse. Ambas corrían por la Galería del Louvre cuando la reina resbaló y sufrió una caída fatal. Después de eso, Buckingham había introducido el escándalo en sus apartamentos, y Madame de Chevreuse los complots. Luis no dudaba que al menos en una ocasión, once años atrás, cuando la conspiración del conde de Chalais, Ana había esperado quedarse viuda y seguir en el trono de Francia desposando a su hermano, Gastón de Orleáns. 

Ahora, tras el arresto de La Porte, el rey envió a verla al canciller Séguier, acompañado del arzobispo de París. El canciller la interrogó, pero ella lo negó todo y no retrocedió ni siquiera al pronunciar un falso juramento “sobre la condenación de su alma y sobre la verdad de la Santa Eucaristía”. Se le mostró entonces la carta interceptada. Ana perdió los nervios: con un gesto brusco, se apoderó del papel y quiso hacerlo desaparecer bajo su corpiño. El canciller, según algún testimonio, intentó recuperarlo a viva fuerza sin tener en cuenta la dignidad real. 

Percatándose de que lo sabían todo y viendo la inutilidad de persistir en su negativa, al día siguiente la reina decidió hablar con Richelieu y confesar algunas cosas no demasiado comprometedoras. Pero había un problema: lo que dijese tenía que coincidir con la confesión de La Porte, o no serviría de nada. Por tanto, era preciso encontrar el medio de prevenir al valet e instruirlo acerca de lo que debería contar a sus interrogadores. 

La gran amiga de la reina, Marie de Hautefort, “amazona intrépida”, se disfrazó de caballero y logró introducirse en la Bastilla para llegar hasta de Jars, un prisionero que era enemigo mortal de Richelieu. Marie le entregó una carta que contenía indicaciones precisas para La Porte. 

Los secretos de la conspiración estaban a salvo, pero Richelieu tenía la prueba de que la reina de Francia había cometido perjurio y, en plena guerra de los Treinta Años, mantenía comercio con el enemigo. 

Richelieu

El cardenal, mientras tanto, daba cuenta de todo al rey. ¿Qué hacer contra la reina de Francia, aquella que debía dar el tan necesario Delfín? Richelieu meditó y llegó a la conclusión de que era necesario reconciliar a ambos esposos. Aconsejó a Luis ceder y perdonar. Éste puso como condición que al menos ella renovara por escrito las confesiones que acababa de hacer. 

Un acto solemne sancionó el acontecimiento. El rey escribió de su propia mano bajo el documento que, en virtud de esta confesión y del juramento que hacía la reina de no reincidir en ese asunto, él la perdonaba. Después los esposos se abrazaron y pasaron juntos diez días en Fontainebleau. 

Los cómplices, en cambio, no saldrían tan bien librados. Luis ordenó proseguir con los interrogatorios. A La Porte le mostraron una carta de Ana de Austria dirigida a él y en la que le decía: “Deseo que confeséis la verdad sobre todas las cosas acerca de las cuales os interroguen”. Todo en vano: él dijo que no cometería esa cobardía, a pesar de que se le condujo a la cámara de tortura y le fueron mostrados los instrumentos. 

—No hablaré si no es por orden de la reina —insistió él, leal hasta las últimas consecuencias y desconfiando de aquel mensaje. 

—¡Pero si ella os la ha dado por escrito! 

—Esa carta le ha sido dictada. Si el controlador de la Casa de la Reina viene a repetirme oralmente esa orden, hablaré. 

Se atendió su petición y sólo entonces confesó cuanto se refería a la carta interceptada, pero siguió negando el resto, indiferente a las amenazas. Fue devuelto a la Bastilla, donde permaneció 9 meses hasta que la reina consiguió la libertad para él a cambio de que se retirara a Saumur. 

Marqués de Cinq-Mars

No iba a ser la última vez que Ana de Austria se implicaba en una conspiración. En 1641 sostuvo en secreto la revuelta del conde de Soissons, y después alentó la temeraria empresa a la que se lanzó Cinq-Mars, favorito del rey, y que aliaba contra Richelieu a España, a Monsieur, al duque de Bouillon y otros importantes personajes de la corte. 

A punto de partir hacia la conquista del Rosellón, Luis XIII, temiendo por la seguridad de sus dos hijos, prohibió a su hermano visitarlos si iba acompañado de más de tres personas. Según Mademoiselle de Montpensier, el rey entregó al capitán de la guardia “la mitad de un escudo de oro del que él guardó la otra mitad… y si recibía orden de trasladar a los príncipes o ponerlos en manos de otro, le prohibía obedecer, aunque viera la orden escrita de puño y letra de Su Majestad, si quien se la entregaba no mostraba al mismo tiempo la mitad del escudo con la que él se quedaba. Además ordenó que en cada visita de Monsieur a la reina, los príncipes estuvieran rodeados de guardias.” 

Richelieu, por su parte, había colocado dos observadores junto a Ana de Austria, casi dos carceleros en realidad: el barón y la baronesa de Brassac, y el rey, seguramente satisfecho con las precauciones tomadas, se permitió mostrarse amable al despedirse de su esposa. Fue en febrero de 1642, pero dos meses más tarde Ana recibía la orden de no abandonar Fontainebleau. La reina escribía a Richelieu: “Separarme de mis hijos con tan tierna edad me ha causado un dolor tan grande que no tengo fuerzas para resistirlo”. Pero no obtuvo respuesta. 

Durante semanas el matrimonio que el cardenal había situado como espías aumentaba la desazón de Ana de Austria haciéndole creer que sus hijos podían ser secuestrados en cualquier momento. Minadas sus fuerzas y presa de la desesperación, la reina acabó por enviar a Richelieu una copia del tratado entre el rey de España, Monsieur y Cinq-Mars. 

Fontainebleau

Cinq-Mars era arrestado el 13 de junio, y dos días más tarde Luis enviaba a su esposa una carta muy cariñosa. Sin embargo, cuando volvió a verla en Fontainebleau el 25 de julio, le deparó una mala acogida. Inconsolable por la tragedia del que había sido su favorito, a punto de ser decapitado, Luis no era capaz de perdonar a la que él consideraba la culpable de todo. 

Al cardenal no le quedaban muchos meses de vida, pero el rey no le sobreviviría mucho tiempo. Luis XIII fallecía en mayo de 1643. Hasta el final de sus días desconfió de la reina. En su lecho de enfermo se volvió hacia las personas que rodeaban su lecho y murmuró: 

—Ah, esa gente viene a verme morir. 

Entonces quiso el azar que se oyera una risa que parecía proceder del guardarropa, algo que desató los recelos del rey. 

—Deben de ser la reina y Monsieur —conjeturó con amargura. 

Era una suposición injusta. Durante su enfermedad, Ana había actuado como esposa solícita; le prodigó sus cuidados y derramó abundantes lágrimas, pero era demasiado tarde para restablecer la confianza de Luis. Ella se mostró dolida por la sospecha, y el confesor reprochó al rey haber tenido tal pensamiento. 

—En el trance en que me encuentro estoy obligado a perdonarla, pero no estoy obligado a creerla —porfió Luis XIII hasta el final.

21 comentarios:

  1. Siempre esta intrigas y desconfianzas. Una desdicha entre ambos. Todos ponían el poder por delante de las relaciones sentimentales.
    Hoy desde luego los miembros de la nobleza no actúan así.¿O sí?
    Tiene que ser terrible esa desconfianza incluso en el lecho de la muerte. Un sufrimiento añadido.
    Bisous madame. Buenas noches y mejor semana

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  2. No es fácil comprender tanta intriga, siempre con el poder y la ambición como meta. ¡Ay, Madame, qué dura es la vida cortesana!
    Bisous

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  3. En esos tiempos, y más en esa corte, los juegos de intrigas, los instintos depredadores y las apetencias personales pesaban mucho más que la amistad y que el amor. Ana de Austria no iba a ser menos. Estas son las historias que más me gustan, madame, la corte francesa del barroco. Que tenga un buen día.

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  4. se dice que 'hazme ciento y márrame una y no habrás hecho ninguna'. y en este caso, unas faltas tan así en un ámbito como ese, no hacen mucho por tener confianza en Ana de Austria. la realidad supera a la ficción. ni Dumas.
    me alegra verla otra vez por aquí, madame.

    bisous!!

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  5. En el lecho de muerte ella estaba dolida por las sospechas del rey, pero cómo volver a confiar en una persona tan maquinadora y ambiciosa.
    Un saludo.

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  6. Hola Madame:

    Siempre he pensado que se recoge lo que se siembra...La Reina a pesar de sus acciones, recogió lo que sembró.

    Besos.

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  7. Madame,después de llevar un tiempo apartado del mundo bloguero, me ha encantado encontrarme esta interesante entrada. Con tal de conseguir el poder, todas las estratagemas son válidas para los que lo quieren alcanzar.
    saludos, madame.

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  8. Me suena el apellido Soisson, jejeje...
    Hace pensar en intereses, intrigas, traiciones.
    Importante también el principio de los Orleans, Darán mucho que hablar en los siguientes siglos.
    Beso su mano.

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  9. Nuestra Ana con todas sus falencias si algo no tuvo es haber sido una consorte complaciente y no mucho más que una figurita decorativa como muchas de sus colegas anteriores y posteriores. Seguramente una digna madre para alguien tan fuera de la norma como Luis XIV. Claudia

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  10. Desde luego hay personas que no aprenden jamás. ¿Involucrarse una y otra vez en intrigas? ¿Ser desleal al esposo, aun sabiendo todo lo que se jugaba ella misma y sus propios amigos? Quizá no sabía vivir sin intrigar... Beso su mano.

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  11. Las intrigas palaciegas y más en la corte francesa .Muy interesante la personalidad de Ana de Austria.Ejercía un espionaje mal escudado y el cardenal Richelieu que le movía más la ambición que el poder en sí...

    Buenas noches madame.

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  12. Frase lapidaria para cerrar una relación de desconfianza, que vistos los hechos y la participación de tantos intereses en torno a los moinarcas, era de todo punto irreparable.

    Buenas noches y tenga usted una buena semana.

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  13. La historia es la mejor novela.
    Para los amantes de Los Tres Mosqueteros, Ana de Austria era ya figura trágica y eso que por entonces era matrona. Ahora Madame nos cuenta que desde su adolescencia, desde los inicios de un matrimonio (con un hombre que depende del historiador era gay o impotente) ya sufría humillaciones y tormentos. ¡Qué ambiente para criar a Luis XIV!
    Me sorprende saber que Marie de Hautefort era devota de la Reina. Hasta donde tenía entendido era incondicional de Luis XIII.

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    Respuestas
    1. Bueno, digamos que la prematura muerte de Luis XIII hizo que su hijo no tuviera que respirar demasiado tiempo ese ambiente. El que le tocó fue mejor: la Fronda fue francamente divertida, al menos desde el punto de vista de un observador.
      Marie de Hautefort era incondicional del rey siempre que no tuviera que elegir entre él y la reina, porque entonces lo tenía clarísimo. Siempre fue más amiga de Ana de Austria.

      Madame, un placer recibirla tanto aquí como en la corte. Bienvenida!

      Bisous

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    2. Madame de Meridor, el placer es mío. Muchas gracias por este sitio tan fascinante. Justamente estaba leyendo su entrada de Petronila de Aquitania, personaje histórico de cuya existencia no tenía ni idea. Y más gracias por tenerla de seguidora en mi humilde Reino de Fábula.
      Volviendo a Doña Ana, hay paralelos en su historia y la de María Antonieta. Matrimonio no consumado, sospechas constantes, acusaciones de deslealtad al reino, presión para tener un heredero, etc.

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  14. Y a todos ustedes en general, perdonen que siga sin tiempo para responderles uno a uno y visitarlos tan asiduamente como antes. También tengo un poco desatendido el correo, pero me sostiene la esperanza de que volverán tiempos mejores.

    Muchísimas gracias por su paciencia y su comprensión.

    Bisous

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  15. ¿Estaría Ana de Asutria preparada en la severa corte de Madrid para tanta intriga y desprecio? ¿Cómo una infanta de la Casa de Austria, la más poderosa de Europa, podía ser así mancillada en la corte francesa? Poderoso enemigo era el cardenal Richelieu, quien veía con claridad el ascenso de Francia frente al enemigo, o sea, frente a la familia de propia reina.
    Un beso

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  16. La vida de la Corte era una vida muy "sufrida" Madame, siempre carcomidos por la ambición y siempre confabulando los unos contra los otros. ¡Pobres de las almas ingenuas que se adentraran en esos submundos, pues serían devoradas como carnaza!

    Bisous

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  17. No hace falta inventar tragedias, las tenemos en la vida real.
    ¡Tremendamente triste la vida de los Reyes!
    Un abrazo fuerte, desde mi Librillo.

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  18. Ay!, siempre apasionante esta época y estos personajes.

    Saludos Madame :).

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  19. Difícil creer con tales atencedentes y más en esos momentos finales.

    Bisous

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)