lunes, 26 de noviembre de 2012

Las conspiraciones de Ana de Austria

Ana de Austria, reina de Francia

En Francia no cesaban las conspiraciones contra Richelieu. A finales de julio de 1637 el cardenal reveló a Luis XIII una trama que su policía había descubierto parcialmente. El asunto era delicado: con la piadosa excusa de visitar el convento de Val-de-Grâce, la reina Ana de Austria mantenía una correspondencia culpable que el valet La Porte remitía a un secretario de la embajada inglesa. Este último se encargaba de hacer llegar las cartas a su destino. 

El 12 de agosto La Porte paseaba por la rue des Vieux-Augustins cuando cinco mosqueteros lo agarraban bruscamente por detrás y lo introducían en un carruaje. De ese modo fue trasladado a la Bastilla. Se le incautaron algunos papeles, y el cardenal quiso interrogarlo en persona y averiguar cuánto más tenía que contar. El servidor fue así conducido a su presencia en el Palais Cardinal, pero Su Eminencia no logró arrancarle ninguna información, por lo que fue devuelto a la Bastilla. 

En la corte todo el mundo evitaba a la reina durante esos días. Su suerte parecía echada. Sin hijos aún, y sin el amor de su esposo, Ana representaba muy poca cosa. Un proceso infamante podía arrojarla de su trono y relegarla para siempre a la celda de un convento. El rey y Richelieu no iban a verla; los cortesanos pasaban bajo sus ventanas sin mirar. El personal de palacio apenas la servía. Ana fue presa de la angustia. Se hizo preciso sangrarla dos veces. No dormía, ni comía. ¿Por qué iba Luis a mostrarse indulgente con una mujer a la que detestaba desde hacía quince años? 

Luis XIII

La discordia entre ambos se prolongaba desde 1622. Al cabo de un breve idilio conyugal, vino la decepción del rey: Ana no había cumplido con su misión. Tras un primer aborto, ella misma había causado accidentalmente el segundo jugando de modo imprudente con su amiga Madame de Chevreuse. Ambas corrían por la Galería del Louvre cuando la reina resbaló y sufrió una caída fatal. Después de eso, Buckingham había introducido el escándalo en sus apartamentos, y Madame de Chevreuse los complots. Luis no dudaba que al menos en una ocasión, once años atrás, cuando la conspiración del conde de Chalais, Ana había esperado quedarse viuda y seguir en el trono de Francia desposando a su hermano, Gastón de Orleáns. 

Ahora, tras el arresto de La Porte, el rey envió a verla al canciller Séguier, acompañado del arzobispo de París. El canciller la interrogó, pero ella lo negó todo y no retrocedió ni siquiera al pronunciar un falso juramento “sobre la condenación de su alma y sobre la verdad de la Santa Eucaristía”. Se le mostró entonces la carta interceptada. Ana perdió los nervios: con un gesto brusco, se apoderó del papel y quiso hacerlo desaparecer bajo su corpiño. El canciller, según algún testimonio, intentó recuperarlo a viva fuerza sin tener en cuenta la dignidad real. 

Percatándose de que lo sabían todo y viendo la inutilidad de persistir en su negativa, al día siguiente la reina decidió hablar con Richelieu y confesar algunas cosas no demasiado comprometedoras. Pero había un problema: lo que dijese tenía que coincidir con la confesión de La Porte, o no serviría de nada. Por tanto, era preciso encontrar el medio de prevenir al valet e instruirlo acerca de lo que debería contar a sus interrogadores. 

La gran amiga de la reina, Marie de Hautefort, “amazona intrépida”, se disfrazó de caballero y logró introducirse en la Bastilla para llegar hasta de Jars, un prisionero que era enemigo mortal de Richelieu. Marie le entregó una carta que contenía indicaciones precisas para La Porte. 

Los secretos de la conspiración estaban a salvo, pero Richelieu tenía la prueba de que la reina de Francia había cometido perjurio y, en plena guerra de los Treinta Años, mantenía comercio con el enemigo. 

Richelieu

El cardenal, mientras tanto, daba cuenta de todo al rey. ¿Qué hacer contra la reina de Francia, aquella que debía dar el tan necesario Delfín? Richelieu meditó y llegó a la conclusión de que era necesario reconciliar a ambos esposos. Aconsejó a Luis ceder y perdonar. Éste puso como condición que al menos ella renovara por escrito las confesiones que acababa de hacer. 

Un acto solemne sancionó el acontecimiento. El rey escribió de su propia mano bajo el documento que, en virtud de esta confesión y del juramento que hacía la reina de no reincidir en ese asunto, él la perdonaba. Después los esposos se abrazaron y pasaron juntos diez días en Fontainebleau. 

Los cómplices, en cambio, no saldrían tan bien librados. Luis ordenó proseguir con los interrogatorios. A La Porte le mostraron una carta de Ana de Austria dirigida a él y en la que le decía: “Deseo que confeséis la verdad sobre todas las cosas acerca de las cuales os interroguen”. Todo en vano: él dijo que no cometería esa cobardía, a pesar de que se le condujo a la cámara de tortura y le fueron mostrados los instrumentos. 

—No hablaré si no es por orden de la reina —insistió él, leal hasta las últimas consecuencias y desconfiando de aquel mensaje. 

—¡Pero si ella os la ha dado por escrito! 

—Esa carta le ha sido dictada. Si el controlador de la Casa de la Reina viene a repetirme oralmente esa orden, hablaré. 

Se atendió su petición y sólo entonces confesó cuanto se refería a la carta interceptada, pero siguió negando el resto, indiferente a las amenazas. Fue devuelto a la Bastilla, donde permaneció 9 meses hasta que la reina consiguió la libertad para él a cambio de que se retirara a Saumur. 

Marqués de Cinq-Mars

No iba a ser la última vez que Ana de Austria se implicaba en una conspiración. En 1641 sostuvo en secreto la revuelta del conde de Soissons, y después alentó la temeraria empresa a la que se lanzó Cinq-Mars, favorito del rey, y que aliaba contra Richelieu a España, a Monsieur, al duque de Bouillon y otros importantes personajes de la corte. 

A punto de partir hacia la conquista del Rosellón, Luis XIII, temiendo por la seguridad de sus dos hijos, prohibió a su hermano visitarlos si iba acompañado de más de tres personas. Según Mademoiselle de Montpensier, el rey entregó al capitán de la guardia “la mitad de un escudo de oro del que él guardó la otra mitad… y si recibía orden de trasladar a los príncipes o ponerlos en manos de otro, le prohibía obedecer, aunque viera la orden escrita de puño y letra de Su Majestad, si quien se la entregaba no mostraba al mismo tiempo la mitad del escudo con la que él se quedaba. Además ordenó que en cada visita de Monsieur a la reina, los príncipes estuvieran rodeados de guardias.” 

Richelieu, por su parte, había colocado dos observadores junto a Ana de Austria, casi dos carceleros en realidad: el barón y la baronesa de Brassac, y el rey, seguramente satisfecho con las precauciones tomadas, se permitió mostrarse amable al despedirse de su esposa. Fue en febrero de 1642, pero dos meses más tarde Ana recibía la orden de no abandonar Fontainebleau. La reina escribía a Richelieu: “Separarme de mis hijos con tan tierna edad me ha causado un dolor tan grande que no tengo fuerzas para resistirlo”. Pero no obtuvo respuesta. 

Durante semanas el matrimonio que el cardenal había situado como espías aumentaba la desazón de Ana de Austria haciéndole creer que sus hijos podían ser secuestrados en cualquier momento. Minadas sus fuerzas y presa de la desesperación, la reina acabó por enviar a Richelieu una copia del tratado entre el rey de España, Monsieur y Cinq-Mars. 

Fontainebleau

Cinq-Mars era arrestado el 13 de junio, y dos días más tarde Luis enviaba a su esposa una carta muy cariñosa. Sin embargo, cuando volvió a verla en Fontainebleau el 25 de julio, le deparó una mala acogida. Inconsolable por la tragedia del que había sido su favorito, a punto de ser decapitado, Luis no era capaz de perdonar a la que él consideraba la culpable de todo. 

Al cardenal no le quedaban muchos meses de vida, pero el rey no le sobreviviría mucho tiempo. Luis XIII fallecía en mayo de 1643. Hasta el final de sus días desconfió de la reina. En su lecho de enfermo se volvió hacia las personas que rodeaban su lecho y murmuró: 

—Ah, esa gente viene a verme morir. 

Entonces quiso el azar que se oyera una risa que parecía proceder del guardarropa, algo que desató los recelos del rey. 

—Deben de ser la reina y Monsieur —conjeturó con amargura. 

Era una suposición injusta. Durante su enfermedad, Ana había actuado como esposa solícita; le prodigó sus cuidados y derramó abundantes lágrimas, pero era demasiado tarde para restablecer la confianza de Luis. Ella se mostró dolida por la sospecha, y el confesor reprochó al rey haber tenido tal pensamiento. 

—En el trance en que me encuentro estoy obligado a perdonarla, pero no estoy obligado a creerla —porfió Luis XIII hasta el final.

martes, 20 de noviembre de 2012

Petronila de Aquitania y Raúl de Vermandois


Petronila era hermana de Leonor de Aquitania, ambas hijas de Guillermo X de Poitiers, duque de Aquitania, y de su esposa Leonor de Châtellerault. Había nacido hacia 1125, por lo que apenas contaba 16 años cuando, durante el verano de 1141, comenzó una relación con el conde Raúl de Vermandois, senescal de Francia y primo del rey. 

Raúl era casi 35 años mayor que ella. Si tenemos en cuenta las expectativas de vida en aquel siglo, para una jovencita el conde tendría que ser realmente un carcamal con un pie en la tumba. Guapo, lo que se dice guapo, no debía de ser, porque había perdido un ojo durante el asalto al castillo de Livry en 1129, y además sumaba el inconveniente de que ya estaba casado. La esposa del conde de Vermandois se llamaba Leonor, y era hermana de Teobaldo de Champaña. 

Sin embargo, algún poderoso atractivo debía de tener, pues nada de ello constituyó un obstáculo para que Petronila se enamorara de él y se convirtiera en su amante. 

Raúl poseía enormes propiedades en el norte de Francia, entre Flandes y Normandía. En cuanto a Petronila, era un partido muy codiciado, pues le habían sido entregadas como dote tierras en Normandía y Borgoña. Pero ella había rechazado todas las propuestas de matrimonio hasta ese momento. Solo quería al conde de Vermandois, un hombre que, según Juan de Salisbury, “siempre estaba dominado por la lujuria”. 

Leonor de Aquitania apoyó desde un principio la relación y animó a Raúl a anular su matrimonio con la hermana del conde de Champaña, que era uno de los enemigos del propio Raúl. Además Teobaldo se había negado recientemente a cumplir con sus obligaciones feudales para con el rey, de modo que apoyar la relación de Petronila era para la reina una forma de venganza. 


Raúl abandonó a su esposa para cohabitar abiertamente con Petronila, y finalmente decidió anular su matrimonio. A finales de 1141 el rey encontró tres obispos complacientes: uno de ellos era el obispo de Noyon, hermano de Raúl, y los otros dos los de Laon y Senlis. No tuvieron inconveniente en anular el matrimonio del conde de Vermandois basándose en motivos de consanguinidad. A comienzos del año siguiente los mismos obispos oficiaban la boda de Raúl y Petronila con la aprobación de Luis VII. 

Teobaldo estaba furioso. Tomó bajo su protección a su hermana y sus sobrinos y llevó su protesta ante el Papa Inocencio II, a quien envió documentos que acreditaban que tanto la anulación como la posterior boda con Petronila eran nulas. Argumentaba que Raúl no había solicitado el consentimiento del pontífice, y que había pruebas de que los obispos habían sido sobornados por el rey, el cual carecía de autoridad para intervenir en un asunto que era estrictamente eclesiástico. A instancias de Teobaldo, Bernardo de Claraval también escribió al papa expresando su más rotunda condena por el ultraje hecho a la Casa de Champaña y al propio sacramento del matrimonio. 

En junio de 1142 Inocencio reunió un concilio en Champaña, y allí el legado papal, siguiendo las expresas instrucciones del pontífice, excomulgó al obispo de Noyon, suspendió a los otros dos y ordenó a Raúl volver con su esposa. Cuando este se negó, él y Petronila fueron excomulgados y se aplicó el interdicto a sus tierras. 

El rey, aún enojado con Teobaldo, tomó partido por el conde de Vermandois y se negó a reconocer la sentencia del legado, que interpretó como un ataque directo a su autoridad. Fue entonces cuando comenzó a preparar una guerra contra Teobaldo. 

Luis envió un ejército a Champaña. Durante meses sus soldados devastaron las tierras, quemaron cosechas, saquearon iglesias y hogares; mataron indiscriminadamente hombres, mujeres y niños y cometieron toda clase de atrocidades. Pero Teobaldo permaneció inflexible. 


El rey le ofreció la paz con la condición de que utilizase su influencia para levantar la pena de excomunión contra Petronila y Raúl. Bernardo de Claraval sugirió al Papa que accediera, pero solo después de que Luis hubiese devuelto a Teobaldo sus tierras. Inocencio así lo hizo, pero en cuanto el rey hubo retirado sus tropas, ordenó una vez más a Raúl que renunciara a Petronila. El conde volvió a negarse, lo que trajo como consecuencia una segunda excomunión

Luis VII estaba furioso. Sintiéndose burlado, rápidamente se puso al frente del ejército y volvió a entrar en la Champaña sembrando el terror y la desolación a su paso. 

Pero la opinión pública en Francia estaba en contra de esa guerra. Bernardo de Claraval escribía al rey carta tras carta condenando la agresión y advirtiendo a Luis que estaba incurriendo en la ira divina y poniendo en peligro su alma inmortal. “¿Quién, si no el diablo, os aconsejó actuar como lo estáis haciendo? Aquellos que os instan a repetir vuestras agresiones contra una persona inocente, no buscan en ello vuestro honor, sino su propia conveniencia. Son claramente los enemigos de vuestra corona y los que perturban la paz de vuestro reino”. 

Era obvio que Bernardo se refería a la reina, a Raúl y a Petronila, que no dejaban de empujar al rey hacia esa contienda con el conde de Champaña. 

El religioso visitó al rey en Corbeil y lo sermoneó ante toda la corte. La entrevista tuvo un final desastroso, porque Luis estalló cuando uno de sus barones expresó abiertamente su opinión de que Raúl lo había estado manejando a su antojo. 

Pero el sermón de Bernardo había surtido efecto. Luis sentía remordimientos hasta el punto de enfermar gravemente. Apartado de los sacramentos a causa del interdicto, manifestaba la convicción de estar condenado. 


En septiembre fallecía el Papa y era sucedido por Celestino II, que levantó el interdicto, pero entonces surgió un nuevo problema para el rey: en 1143 se cuestionó su matrimonio con Leonor de Aquitania. El obispo de Laon puso de manifiesto la consanguinidad de la pareja real, y Bernardo de Claraval se preguntaba por qué Luis desaprobaba el matrimonio de Raúl con la hermana del conde de Champaña basándose en ese motivo, cuando él mismo guardaba una relación de parentesco con su esposa. 

Más adelante, cuando Teobaldo buscó alianzas matrimoniales para su prole entre algunos poderosos vasallos del rey, Luis prohibió dichas uniones por motivos de consanguinidad. Bernardo preguntó entonces: 

—¿Cómo es que el rey se muestra tan escrupuloso con respecto al parentesco en el caso de los herederos de Teobaldo, cuando todos saben que él está casado con una prima suya en cuarto grado? 

En junio de 1144 los reyes asistían a la consagración de la nueva basílica de Saint-Denis. Al terminar la ceremonia, Bernardo de Claraval se entrevistó con la reina, quien le pidió que utilizara su influencia para que la Iglesia reconociera el matrimonio de su hermana. A cambio, ella persuadiría al rey para que hiciera las paces con Teobaldo. La reacción inmediata de Bernardo fue sermonear duramente a Leonor. 

—Dejad de interferir en los asuntos del Estado —llegó a decirle. 

Leonor estalló en llanto y le confió que si intervenía en política era por el vacío y la amargura que había en su vida, pues en los siete años que llevaba casada no había conseguido hijos. Bernardo suavizó entonces su tono. 

—Hija mía, buscad aquello que conduce a la paz. Cesad de indisponer al rey con la Iglesia y animadlo a emprender otro rumbo. Si prometéis hacerlo así, yo prometo, a cambio, rogar a Dios misericordioso que os conceda descendencia —ofreció conciliador, sin duda en la creencia de que sus ruegos serían mucho mejor atendidos que los de la reina. 

A fin de cuentas ella era una mujer, y Bernardo parecía ver al diablo detrás de cada una. No tenía muy buena opinión de la mayoría, si exceptuamos a la Virgen María, por supuesto. Incluso prohibía a sus monjes cualquier contacto con sus parientes femeninos. 


Ese mismo día se concluyó un tratado de paz con Teobaldo, a consecuencia del cual le fueron devueltos al conde sus territorios. En adelante Luis dejaría de intervenir en el asunto del matrimonio de Petronila

El Papa reconoció finalmente la validez del matrimonio, aunque Bernardo seguía en sus trece: profetizó que no disfrutarían de su unión mucho tiempo, y que sus hijos serían estériles. 

La primera profecía no era de las difíciles, dada la edad de Raúl. El conde de Vermandois vivió hasta 1151. No existe registro de la fecha en la que falleció Petronila, aunque se estima que su muerte tuvo lugar en 1153. Pero Bernardo también acertó su segundo vaticinio: el único hijo varón, Raúl, murió a consecuencia de la lepra sin haber podido consumar su matrimonio con Margarita de Alsacia. Abdicó en su hermana Isabel, que casó con Felipe de Alsacia pero falleció sin descendencia al igual que su hermana menor, Leonor, a la que sus cuatro matrimonios no le procuraron la maternidad.

Versatile Blogger


Muchas gracias a nuestra querida Amatista, del blog Pensamientos, Fantasías, Magia y Algo Más, una de las primeras seguidoras de este espacio. Le agradezco que siga presente en el tablero y que no lo olvide a la hora de repartir premios. Siempre es una sorpresa agradable recibir uno, y más   cuando viene de mano de alguien a quien tenemos tanto afecto.

sábado, 17 de noviembre de 2012

Seguimos siendo romanos

Tiberio Sempronio Graco

En el siglo II a. C. Roma crecía a pasos agigantados. Las tiendas estaban repletas de mercancías: caviar negro, tan consumido en Tracia; salchichas ahumadas de Macedonia; productos típicos de España, Asia y África. Había tabernas en cada esquina. Los espectáculos circenses no faltaban en ningún día de mercado ni en ninguna fiesta. De los países conquistados llegaba un torrente inagotable de dinero recaudado con los impuestos. Surgieron profesiones nuevas: intermediarios, corredores, abastecedores del ejército… Por las calles se veía a miles de individuos con la banda púrpura en la toga, algo que anteriormente solo los senadores ostentaban. Eran los nuevos ricos, los equites, comerciantes de categoría. 

Ante este florecimiento, no es de extrañar que todos acudieran en busca de su gran oportunidad. La afluencia desde el campo y desde poblaciones más pequeñas creaba una masa de gente que no encontraba ocupación, y a ellos se sumaban los soldados veteranos, que a su regreso a Roma tras las duras campañas militares se convertían en parados. Al principio, como volvían con un buen botín, permanecer inactivos no importaba demasiado, pero tarde o temprano el dinero se terminaba. La cuestión es que no había trabajo, porque para eso ya estaban los esclavos, que eran baratos, no protestaban y no se declaraban en huelga. Todo ello originó un gigantesco proletariado de romanos que se distanciaba cada vez más de la vida burguesa y el mundo laboral. 

El senado comprendió que algo debía hacerse, aunque sin desangrar a los nuevos ricos, por supuesto. Se concedieron subvenciones, se repartieron alimentos y se procuraron diversiones para mantener al pueblo entretenido. El problema social era de gran envergadura y difícil de paliar. Había que intentar alimentar y alojar a todos los desocupados que ni siquiera podían ser incorporados al ejército, puesto que, en su calidad de indigentes, no pagaban impuestos. Ellos solo contaban con el derecho al voto, y sus hijos se convertían a su vez en proletarios que vendían su voto al mejor postor. 


Bandas de ladrones merodeaban por las calles al caer la noche. Los ciudadanos atrancaban las puertas, y cuando se veían obligados a salir en la oscuridad, llevaban consigo un esclavo armado. En la cercana Ostia proliferaban las prostitutas, que poco a poco iban tomando Roma. 

Y entonces se alzó la voz de Tiberio Graco, tribuno de la plebe: 

“Los animales tienen su alojamiento, su madriguera, su cueva, y saben que pueden refugiarse allí para dormir. Pero a los hombres que arriesgan su vida por Roma, ¿qué se les da? ¡El aire para respirar y la luz del sol! Carecen de casa y de tierras; se les condena a una vida errante con la mujer y los hijos a cuestas. Cuando sus jefes les dicen en la guerra que se baten por las tumbas de sus abuelos y los altares de sus casas, les están mintiendo, porque ellos no tienen tierra para sepultar a sus abuelos ni casa donde erigir un altar; mueren para defender el lujo y las riquezas de los demás. ¿Les dicen que son los amos del mundo? En realidad no son ni siquiera los amos de un pequeño trozo de tierra”.

Regalo de Libelularias


Muchas gracias a Marta Alicia Pereyra Bufazz, que desde su encantador blog literario, Libelularias, ha tenido la gentileza de hacerme entrega de este premio-regalo titulado "la percepción del arte", por la visión y recreación de la historia mostrada en este tablero.

Muchísimas gracias a Marta Alicia, por su presencia desde hace tanto tiempo y por el bonito detalle que ha tenido.

sábado, 10 de noviembre de 2012

El triunfo romano


Roma había sometido a Cartago y conquistado todo aquel territorio que había hallado a su alcance. Los combatientes regresaban a casa como héroes, con un buen botín y condecorados con brazales, lanzas de honor y bandas al cuello y en la frente. A su llegada se procedía a la ceremonia llamada triunfo, en honor al general que volvía victorioso. 

Desde comienzos de la República hasta la caída del Imperio Romano, el triunfo era considerado como la cúspide de la gloria militar. Los soldados desfilaban tras el carro triunfal del comandante en jefe, cantando canciones y batiendo palmas a través de una ciudad engalanada para la ocasión. El desfile empezaba en el Campo de Marte, donde el general vencedor pasaba la noche con sus tropas para luego entrar en la ciudad por una puerta especial de las murallas llamada Porta Triumphalis. Continuaba por el Foro Boario, el mercado central; pasaba ante el templo de Hércules, al que se hacía una ligera reverencia como dios protector que era, y luego cruzaba el Circo Máximo, enfilaba la Vía Sacra por el Foro Romano y finalmente ascendía la colina del Capitolio hasta el templo de Júpiter. El cortejo se detenía al pie de la escalinata, y el general, acompañado de su escolta de lictores, entraba con ellos en el templo para ofrecer sus laureles, significando con ello que no tenía intención de convertirse en rey de Roma. El triunfo era así una ceremonia civil y un rito religioso al mismo tiempo. 

A lo largo de todo el recorrido la muchedumbre se agolpaba para contemplar el desfile y arrojar flores al paso del cortejo. Las estatuas aparecían adornadas, ardía incienso en los altares y las puertas de los templos se abrían de par en par. Encabezaban el cortejo cónsules y senadores; tras ellos iban los cornetas. Pero el grupo más espectacular era el tercero: numerosos siervos llevaban las piezas más importantes del botín y las mostraban al pueblo: oro, plata, armas, estatuas, valiosas ánforas, tesoros de los templos, animales exóticos y carteles que representaban con nombres y dibujos las fortalezas y lugares conquistados, los ríos y montañas, los enemigos derrotados y las batallas que libraron. Detrás venían los sacerdotes con un buey blanco destinado al sacrificio, y finalmente también los rehenes; los príncipes o generales vencidos eran expuestos a la curiosidad popular. Con motivo del desfile se los sacaba de la cárcel Mamertina, donde permanecían encarcelados a la espera de la celebración. Llegado el momento, el destino de los más importantes era ser estrangulados


Por fin llegaba el carro del triunfador, alrededor del cual bailaban acróbatas y juglares, se recitaban poemas épicos y los músicos tocaban la lira. Los bufones dedicaban versos burlescos, un rito muy antiguo con el que se pretendía recordar al vencedor la fugacidad de la gloria. Estas burlas eran muy apreciadas, pues resultaban muy cómicas al pueblo. 

El triunfador vestía una túnica púrpura y dorada, se pintaba la cara de rojo y se coronaba de laurel. Hacía el recorrido en una cuadriga adornada de oro, marfil y piedras preciosas, acompañado por un esclavo que sostenía una corona de oro sobre su cabeza y le recordaba la formula: Respice post te, hominem te esse memento (“mira hacia atrás y recuerda que sólo eres un hombre”). El general sostenía en la mano derecha una rama de laurel y en la otra un cetro de marfil o de oro. Para protegerse contra el mal, llevaba un anillo de hierro y un amuleto llamado bulla alrededor del cuello. 

Detrás venía su familia, y finalmente desfilaban los miles de soldados desarmados, portando ramas de olivo y gritando: “Io, triumpe!, y la jornada terminaba con un gran banquete costeado por el propio triunfador, que no solía escatimar gastos. Todo el pueblo participaba en la fiesta. Era habitual en tales ocasiones que el público disfrutara de sangrientos combates en el Coliseo, donde los gladiadores combatían con el mismo ardor que si se encontraran sobre el campo de batalla. 

Había un tipo de triunfo de menor importancia. Era la llamada ovatio. En ella el general entraba a caballo o a pie, llevaba una toga con borde púrpura y una corona de mirto. No portaba cetro. El espectáculo era menos brillante, y constituía una especie de premio de consolación para aquellos cuyas victorias no habían sido tan grandes como para serles concedido un triunfo. 


Durante la República generalmente era el senado quien decidía si una victoria era merecedora de un triunfo. Se requería que no fuera sobre romanos ni sobre esclavos, sino en lucha contra poderosos enemigos extranjeros. El comandante debía dar muerte al menos a 5000 de ellos. Entonces recibía el título de Imperator, siendo aclamado como tal por sus tropas. La aclamación era condición previa para poder solicitar un triunfo del senado. Además tenía que ser un magistrado electo (dictador, cónsul o pretor) y “traer al ejército a casa”, significando con ello que la guerra había terminado. 

Tras ser proclamado Imperator, el general tenía derecho a utilizar el título detrás de su nombre hasta que llegara su triunfo. Una vez celebrada la ceremonia, renunciaba a su título y a su Imperium, pero podía ser llamado durante el resto de su vida vir triumphalis, es decir, hombre honrado con un triunfo. Después de su muerte era representado en los funerales de sus descendientes por un actor contratado para la ocasión. Este llevaba su Imago o máscara de la muerte, e iba vestido con la túnica púrpura y oro. 

Puesto que el triunfo era el objetivo de muchos militares con grandes ambiciones políticas, por constituir una enorme propaganda, la historia de la República está repleta de casos en los que se sobornaba a las legiones para que proclamaran Imperator a su comandante 

Posteriormente, durante la época del Imperio, la ceremonia del triunfo quedó reservada al emperador y su familia. Solo él podía llevar el título de Imperator y todas las victorias eran del emperador, puesto que se consideraba que los generales simplemente actuaban a sus órdenes, incluso cuando no se ponía personalmente al frente del ejército. 


El último triunfo romano correspondió en realidad a los méritos del general Estilicón, pero fue el emperador niño Honorio quien recibió los honores, haciendo su entrada en Roma en el carro de la victoria para dirigirse hacia el Capitolio entre los gritos de la muchedumbre.


miércoles, 7 de noviembre de 2012

Luisa de Mailly, favorita de Luis XV (II)

Luisa y sus hermanas Paulina y María Ana retratadas como las tres Gracias

El marqués de Nesle había tenido cinco hijas: Luisa, protagonista de nuestra historia; Hortensia, que acababa de casarse con el marqués de Flavacourt; Diana, duquesa de Lauraguais; María Ana, casada con el Señor de La Tournelle, y Paulina, la segunda, dos años menor que Luisa y aún por acomodar.

Educada en un convento de París, Paulina no es muy bonita. De hecho lo es menos que su hermana mayor, pero es ambiciosa. Así como Luisa había representado el mismo discreto papel que en su día representara la humilde La Vallière junto a Luis XIV, Paulina soñaba con ser una nueva Madame de Montespan, favorita oficial a bombo y platillo. 

Esa noche de carnaval, los cortesanos no dejan de advertir con regocijo cómo el rey, disfrazado de murciélago —un murciélago de un metro ochenta de estatura—, no cesaba de revolotear en torno a Paulina. A partir de ese momento Luis se sentirá cada vez más seducido por ella, pero no renuncia a Luisa por completo. No ve inconveniente en simultanearlas a ambas.

En enero de 1741 Paulina está encinta, y dos meses más tarde la noticia se hace pública. El parto está cercano cuando en agosto cae muy enferma. La abnegada Luisa no se aparta de la cabecera de su cama hasta verla lo bastante recuperada para dar a luz un varón en la noche del 2 al 3 de septiembre. Días más tarde Paulina vuelve a ser presa de la fiebre y fallece a consecuencia de la misma. 

El rey manifiesta gran dolor por su pérdida, pero se desentiende por completo del niño. Este sobrevivirá a la infancia, y con el tiempo llegaría a parecerse tanto a su padre que le llamaron el Demi-Louis (Medio Luis), nombre que se daba a una moneda con el perfil del soberano. 

Paulina

Poco después el monarca instala a Luisa en los bellos aposentos antes destinados a Paulina. Contaban con una gran sala de estar, un comedor, varias habitaciones e incluso una cocina, algo poco habitual en los alojamientos de palacio. Se reanudan entonces las cenas íntimas con la amante titular, unas veladas a las que solo acuden algunos allegados. 

Es la época en la que Luis comienza a interesarse por otra de las hermanas: Diana, dama de curvas abundantes, “con un cuerpo favorable para ser achuchado”, según un libelo de la época. La duquesa de Lauraguais, al parecer, “se dejaba rendir rápidos homenajes por todos los rincones, canapés, divanes, banquetas y camas de Versalles”. 

Pero se trató de un pasatiempo que no duró mucho. Parecía que Luisa había recuperado al rey cuando incomprensiblemente cometió el mayor de los errores: para disipar la melancolía que había vuelto a apoderarse de él, decide invitar a dos de sus hermanas al siguiente baile de Martes de Carnaval: Hortensia y María Ana. Obviamente no había escarmentado. 

Hortensia, a sus 26 años, vivía separada de su marido, y era vox populi que amaba al duque de Richelieu, al que compartía con otras señoras. En cuanto a María Ana, la menor, se aburría mortalmente en el castillo de Borgoña al que la había llevado su esposo, y envidiaba la suerte de su hermana mayor. No paró hasta conseguir que su marido comprara un regimiento y regresara a París. En enero de 1739 ella y Hortensia habían sido presentadas a los reyes, aunque Luis, entregado por entero a sus amores con Paulina, no les prestó atención. Pero el esposo de María Ana fallece en octubre de 1740, dejándola viuda muy oportunamente. Es bonita y encantadora, así que no le faltarán las aventuras galantes, relaciones breves que suelen constituir para ella simples pasatiempos. 

Diana

Durante ese baile de carnaval, vestida con su traje oriental, María Ana se convierte en la reina de la fiesta. Tenía un porte majestuoso y un cutis deslumbrante, “de un nacarado casi imposible”. Lamentablemente era también la más codiciosa de todas. El rey se apasionó por ella desde ese día, pero tendrá que esperar: sabe que está enamorada del duque de Agenois. 

Siempre generosa, Luisa aloja a sus hermanas en su gran apartamento, pero hace falta procurarles un medio de subsistencia. María Ana le propone que le ceda el puesto que ocupa junto a la reina, porque en su opinión Luisa ya tiene bastante con ser la amante titular. Algunos íntimos previenen a la incauta y le aconsejan que desconfíe de su hermana, pero ella no puede creer en tanta perfidia, a pesar de lo ocurrido con Paulina, así que presenta su dimisión y se despide de la reina. 

El rey está encantado, pero María Ana no parece tener intención de corresponderle, pues sigue enamorada de Agenois. Es el duque de Richelieu quien hace comprender a la dama que le conviene ceder a los deseos del rey, y para contribuir a decidirla, se aparta de la corte al galán enviándolo al ejército que combate en Italia. 

María Ana no cederá fácilmente. Antes de nada exige la partida inmediata de Luisa, un gran apartamento en palacio, un título de duquesa y 30.000 libras de pensión que se sumarán a su sueldo como dama de la reina. 

Luis no tiene valor para despedir personalmente a la que fuera su primer amante. Es también Richelieu quien se encarga de tan desagradable misión. Luisa llora y se desespera, pide explicaciones a su amante; pero de la sensibilidad de Luis XV solo podía salir una respuesta como esta: 

—Podréis llevaros vuestros muebles, madame. 

María Ana

Luisa abandonó la corte para dirigirse a casa de Madame de Noailles. Tras una corta estancia, se trasladó a las Tullerías, y desde allí se retiró a un apartamento de la calle Saint-Thomas del Louvre, donde viviría refugiada en la religión hasta el día de su muerte en 1751, cuando contaba tan solo 41 años. 

Los rumores más extraños circulaban sobre la pobre Madame de Mailly, que había sido “echada como una mujerzuela de la Ópera”. Su humildad extrañaba a todos. Un día que entraba en la iglesia de Saint-Roc, un abogado de París, al ver que la gente se apartaba para dejarla pasar, exclamó: 

—No sé por qué la gente se molesta por una puta. 

A lo que Luisa, volviéndose, repuso dulcemente: 

—Señor, ya que la conocéis, rogad a Dios por ella.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Luisa de Mailly, favorita de Luis XV

Luisa Julia de Mailly Nesle

El domingo 23 de marzo de 1732 la reina daba a luz a una niña. Era la quinta vez que se frustraban las expectativas de asegurar la sucesión con otro varón. No hubo Tedeum, ni hogueras, ni fiesta. El rey estaba desencantado. 

Semanas más tarde Luis XV cenaba con sus amigos cuando de pronto se levantó en mitad de la velada para hacer un brindis con vino de Champagne, al que era muy aficionado. Todos quedaron intrigados al escuchar cómo el rey brindaba a la salud de “la desconocida”

A la mañana siguiente los corredores de Versalles se habían convertido en un hervidero de murmuraciones. Comienzan a circular nombres, pero nadie sabe aún que la dama desconocida es Luisa de Mailly, dama de la reina. 

Luisa-Julia de Mailly-Nesle era la mayor de las hijas del marqués de Nesle y de Armande Félice de La Porte Mazarin. Por parte de su madre, pues, descendía de Hortensia Mancini, una de las sobrinas del cardenal Mazarino. Fue su propia madre quien la introdujo en la corte cuando aún era muy joven, y ahora, al igual que el monarca, tenía 22 años. Estaba casada con su primo, Luis Alejandro, Conde de Mailly, pero ambos cónyuges vivían separados. 

Luisa era alegre y vivaz, por lo que agradó de inmediato a los reyes. No era hermosa: tenía la nariz demasiado larga, la boca grande, los dientes disparejos y una voz ruda, pero en conjunto podía decirse que su rostro poseía cierta gracia, y además era alta y tenía buena figura. Su principal arma, sin embargo, era el poderoso atractivo de su carácter. Una de sus mejores cualidades es que era desinteresada, y según el cronista Bois-Jourdan, “amable, arrebatada, alegre y conocedora de todas las artes de la voluptuosidad sin exagerarlas”. 

Luis XV

Hasta entonces Luis se había mantenido fiel a la reina, hacia la que mostraba gran amor. Había sido un marido ejemplar, como refleja un escrito enviado a La Haya por el embajador ese mismo año: “Es cierto que Su Majestad todavía no ha permitido sospechar ningún signo de infidelidad. Nadie como él ha cumplido tan escrupulosamente con los deberes del matrimonio en relación con su esposa. Los cortesanos se han percatado de que las bellezas de la corte no han podido interesar a su corazón, y que si alguna vez ha parecido mirar con cierta complacencia, no ha sido ni maliciosa ni voluntariamente”. 

Pero la reina María, siete años mayor que Luis, había perdido la lozanía y pasaba el día encerrada en sus aposentos, pesada, prematuramente envejecida y prisionera de la etiqueta. Nada de ello contribuía a alejar la perpetua melancolía del rey. 

La relación comenzó probablemente en la primavera de 1732, pero Luis deseaba mantenerla en la más estricta clandestinidad. Tan solo estaba al corriente Bachelier, el primer ayuda de cámara. Era él quien, después de la ceremonia de acostar al soberano, lo acompañaba hasta la habitación que Luisa ocupaba en palacio. Para proteger mejor su secreto, el rey se ponía una capa del color de las paredes y recorría los corredores con el rostro embozado. Dos o tres horas más tarde, el servidor volvía a buscar a su amo. Más adelante se decidió que fuera Luisa quien acudiera a los aposentos del rey, igualmente oculta bajo una capa y escoltada por el mismo servidor. 

Luisa de Mailly ejerció una influencia beneficiosa sobre las tareas de gobierno, pues supo sacar al rey de su apatía y hacer que se interesara por todo. Ella contribuía a mantener el secreto de la relación; nunca buscó honores, ni dejó de mostrarse siempre humilde y respetuosa con la reina. Y Luis no descuidaba sus deberes conyugales, de modo que en agosto María vuelve a estar encinta. Sin embargo, a pesar de todas las precauciones ella ya conoce lo que ocurre. Su pena es grande al enterarse de que su rival es Luisa de Mailly, a quien tanto aprecia. Más tarde confesará que, de todas las amantes de su esposo, Luisa fue quien le causó mayor dolor, porque había traicionado su confianza. 

María Leczinska, reina de Francia

El 15 de julio de 1737 la reina da a luz una octava hija. Luis sigue brindándole atenciones y afecto, pero la relación con Luisa ya es conocida por los cortesanos. De hecho nadie la ignora en París, y hay una canción que va circulando por las calles: 

Nuestro monarca al fin 
Se distingue en Citera; 
De su galante destino 
Ya no se hace misterio. 
Mailly, de la que se murmura, 
Fue la primera en probar 
La real muleta 
¡Del padre Barnabá! 

La canción aludía a un capuchino lujurioso que, según se decía, había dejado su muleta en un prostíbulo. 

Un año más tarde el rey abandona la que había sido la cámara de Luis XIV y se traslada a otra más confortable. Días más tarde los cortesanos se enteran de que también Luisa se había mudado para instalarse en un apartamento situado encima del suyo y unido a él por una escalera camuflada. Luis XV anuncia públicamente que cenará con Madame de Mailly, y deja así de lado toda hipocresía. 

A comienzos de julio la corte va siempre a Compiègne. María, herida, anuncia que no acudirá. Esto supone un grave contratiempo para el rey, porque Luisa, como dama de la reina, debe permanecer a su servicio, no pudiendo ausentarse sin su permiso. Por tanto la favorita se ve obligada a solicitar su autorización. 

Vous êtes la maîtresse —responde irónicamente María. 

La reina había hecho un juego de palabras: puesto que “maîtresse” puede traducirse tanto por “dueña” como por “amante”, la frase es ambivalente, y significa “Sois dueña de hacerlo”, o bien “Vos sois la amante”. Su respuesta hizo las delicias de toda la corte. 

María Leczinska

El martes de carnaval de 1739 el rey dio en Versalles un baile de máscaras con motivo de la inauguración del nuevo salón de Hércules. Luis aparece vestido de murciélago mientras todas las miradas se posan sobre Luisa y su hermana Paulina…


Continuará