martes, 25 de septiembre de 2012

El primer reinado de José I

José Bonaparte

El reinado de José I empezó oficialmente el 8 de julio de 1808, después de jurar la Constitución y recibir el juramento de fidelidad de los miembros de la Junta española de Bayona. Le quedaba lo más difícil: tomar posesión del trono y atraerse a sus nuevos súbditos. 

José contaba con la pluma de varios miembros de la Asamblea Nacional, entre ellos Francisco Amorós, quien, si bien en un principio se había arriesgado a incurrir en la ira de Napoleón al representarle el peligro que corría al apoderarse de la corona de España sin contar con la opinión de los españoles, posteriormente se había convertido en uno de sus más eficaces partidarios. El 13 de junio publicó en Gaceta de Comercio, Literatura y Política de Bayona una proclamara a los “Amados españoles, dignos compatriotas”, en la que se esforzó por demostrar la inutilidad de la lucha. “La anarquía es el mayor de los azotes que Dios manda a los pueblos”, argumentaba. 

Pero más que con palabras, era con la composición del gobierno con lo que esperaba atraerse la voluntad de sus súbditos. El nuevo gobierno, elegido más bien por Napoleón, se componía de hombres de experiencia, ilustrados que en muchos casos habían sido distinguidos durante el reinado anterior. Como remate del prestigioso equipo se había pensado para el ministerio del Interior a Jovellanos, el hombre más admirado de su tiempo, que ya había sido ministro de Gracia y Justicia en 1797, antes de ser encarcelado en Mallorca. Pero Jovellanos se negó a asumir el cargo. 

Gaspar Melchor de Jovellanos retratado por Goya

Napoleón ordenó a su hermano José que se instalara en Madrid y tomase posesión de su trono lo antes posible. José se puso en camino el 9 de julio de 1808. Tres días más tarde llegaba a Vitoria y, desesperado, comunicaba de inmediato al emperador que, salvo el pequeño número de personas que llevaba como séquito, no tenía ni un solo partidario en España. Y no se equivocaba: no solo el levantamiento era general, sino que diversas Juntas, como la Junta Suprema de Asturias, habían mandado emisarios a Inglaterra para solicitar ayuda económica y militar. 

Las tropas imperiales no lograban hacerse con el control de la situación. En Aragón, y a pesar de los repetidos bombardeos, Lefebvre no era capaz de someter a Zaragoza, una ciudad defendida más bien por sus propios habitantes que por militares. Una mujer se convirtió en la heroína de aquellas jornadas, y pasó a la historia como Agustina de Aragón. En Valencia el mariscal Moncey tenía que retirarse después de un doble intento fallido de apoderarse de la ciudad. Y en Cataluña se libraba la batalla del Bruch, de donde surgió la leyenda del Tambor del Bruch, el niño que puso en fuga al ejército napoleónico tocando el tambor, un sonido que las montañas de Montserrat aumentaban con potente eco, haciendo que parecieran millares de tamborileros. En el lugar queda una inscripción: 

“Viajero, para aquí, que el francés también paró, el que por todo pasó no pudo pasar de aquí”. 

El ejército de Castilla, en cambio, sufrió los más duros ataques. El balance de la batalla de Medina de Rioseco parecía confirmar que toda tentativa de resistencia militar rayaba en la locura. El camino de Madrid quedaba asegurado para el nuevo soberano, y el emperador estaba seguro de que esa victoria zanjaba los problemas en España. El 19 de julio instaba a su hermano a la conquista del reino con las armas en la mano. Napoleón quería infundir pánico, sin darse cuenta del odio que estaba suscitando contra los franceses con la ejecución de prisioneros tras la batalla y el bárbaro saqueo de Medina de Rioseco, en el que también los monjes fueron pasados a cuchillo, acusados de haber disparado contra las tropas napoleónicas. Tuvo tan poco tacto que cometió el tremendo error de solicitar de su hermano el Toisón de Oro para el vencedor Bessières, injuriando así gravemente a los españoles al pedir la mayor distinción de su nación para quien los había derrotado y hecho víctimas de su crueldad. 

Napoleón

El 20 de julio de 1808 José I hacía su entrada en Madrid. La frialdad de la acogida impresionó a todos los observadores. 

Pese a depender totalmente de los ejércitos imperiales en lo militar y tener que solicitar también ayuda en lo económico, se nota desde los primeros días de su reinado una voluntad de gobernar apoyándose en sus ministros. Además, intentaba atraerse a los súbditos rebeldes en lugar de aniquilarlos como pretendía su hermano. Pero la capitulación del general Du Pont en Bailén el 22 de julio, una noticia que llegó a Madrid tan solo ocho días después de la entrada del rey, supuso una inversión total de los papeles: José I pasaba de monarca conquistador a perseguido. El 31 de julio tenía que abandonar una capital en la que solo había reinado once días y se replegaba hacia Vitoria con los pocos fieles que le quedaban. 

El efecto que esta derrota produjo en Napoleón fue grande, y la idea de tomar personalmente el mando de sus tropas para vengar la afrenta aparece claramente en una carta que dirigió a su hermano. Con su teatralidad habitual, el emperador exclamó, llevándose la mano al traje: 

¡Aquí tengo una mancha! 



Bibliografía: 
La Guerra de la Independencia – Gérard Dufour

sábado, 22 de septiembre de 2012

Gracias a Muy Historia


La revista Muy Historia, en su número 43, correspondiente a septiembre, ha tenido la amabilidad de declarar al tablero Blog Amigo

“La red está cargada de excelentes blogs sobre Historia que cada día nos sorprenden con muchas curiosidades y datos interesantes. En ocasiones, se convierten en nuestros corresponsales especiales. Es el caso de la bitácora http://themaskedlady.blogspot.com.es/, que nos facilitó documentación sobre el Cardenal Richelieu para nuestra sección de Preguntas y Respuestas del nº 40. Desde Muy Historia, queremos agradecer a su autora, La Dame Masquée, su colaboración y felicitarle por su estupendo blog.” 

Muchas gracias, Muy Historia. El placer es mío. 

Disculpen mi obligada ausencia, más prolongada de lo previsto. Espero regresar pronto con un nuevo artículo.

martes, 11 de septiembre de 2012

Los Arsácidas de Partia


La dinastía arsácida recibe su nombre de su primer rey Arsaces I, un bárbaro que invadió y conquistó la satrapía seléucida de Partia tras la revuelta de su sátrapa, Andrágoras. En el año 245 a. C. este se rebeló contra el rey Seleuco II Calínico, que acababa de subir al trono, y Arsaces aprovechó la confusión para apoderarse del norte de Partia. 

Los invasores, originariamente una tribu nómada escita, fueron entrando en contacto con las diversas civilizaciones y culturas de Asia Menor y de las regiones del Irán que iban dominando paulatinamente. La conquista culminó en tiempos de Mitrídates I, hacia el 140 a. C., consiguiendo así un Imperio cuyos territorios se extendían desde Mesopotamia hasta la India. Los arsácidas, que mantuvieron varias guerras contra Roma por el control de las rutas mercantiles de Asia, reinaron hasta ser derrotados por Ardacher I en el 226 d. C., dando comienzo la dinastía sasánida

Los reyes arsácidas se proclamaban descendientes del rey Artajerjes II, probablemente para legitimar su gobierno sobre los que habían sido territorios de los aqueménidas. Adoptaron e imitaron las costumbres y organización de sus predecesores persas. Tanto la vestimenta como la etiqueta eran las mismas. A partir de Mitrídates II sus reyes cambiaron el título por el de Rey de Reyes, y el gorro típico de los escitas por la tiara. Los soldados llevaban el pelo enmarañado al modo escita, pero los nobles lo llevaban con raya en medio y observaban la costumbre de pintar la cara como hacían los medos. 

En el orden jerárquico, tras el rey y su familia se situaba la aristocracia y los sacerdotes. Seguían los mercaderes y funcionarios, y después el resto de los hombres libres: artesanos, agricultores o ganaderos. El último peldaño del escalafón lo ocupaban los siervos. 

Príncipe Parto

El nombre del rey se transmite a sus sucesores: todos llevaron el nombre de Arsaces o bien lo agregaron al suyo. La monarquía se consideraba de origen divino, y se creía que el rey era hermano del sol y la luna. La dignidad real estaba vinculada al linaje, aunque en cierto modo el rey era elegido. Para alcanzar el trono debía pertenecer a la familia real o al consejo de sacerdotes, por lo que ambas comunidades debían reconocerlo, pero había diferentes linajes, o titulares de cargos palatinos hereditarios, que podían aspirar al trono. Como consecuencia, a veces surgían numerosos pretendientes, lo que derivaba en luchas intestinas, algo que no dejaba de aprovechar Roma para debilitar a sus enemigos. En la práctica la costumbre era que fuese el hijo primogénito del rey quien le sucediera, pero esto no era necesariamente así. Por ejemplo Fraates I designó a su hermano Mitrídates por encima de su numerosa descendencia. El senado o Consejo de Estado, constituido por la aristocracia militar, podía incluso deponer al monarca y probablemente confirmaba su elección antes de ser coronado por los surenas o generales. 

El gobierno del país estaba en manos de los sátrapas. Según Plinio, el Estado parto estaba formado por 18 reinos o satrapías, algunas de las cuales se destinaban a los príncipes más directamente entroncados con el monarca reinante. Destacaba el sátrapa de Susa, que poseía un poder excepcional, y el del país de los persas. Los jefes de tribus dependían del sátrapa, así como este dependía del gran rey

En cuanto al ejército, se sabe que de los 50.000 hombres que lucharon contra Marco Antonio, solo 400 eran hombres libres. Los nobles reclutaban tropas entre sus esclavos y clientes, por lo que parece que no tenían un ejército permanente. El gran rey, por su parte, debía hacer la leva y contar con la de sus clientes y vasallos. Destacaba la cabellería ligera, armada con arco y flechas, y los llamados catafractarios, jinetes cuyo caballo también portaba armadura. Su arma era la lanza, o en ocasiones el arco. Los partos eran especialistas en romper las formaciones del enemigo con huidas simuladas, pues eran muy hábiles disparando el arco mientras huían. Desde la infancia se acostumbraban a montar a caballo, y montados sobre sus cabalgaduras aparecían también en las plazas públicas. Deliberaban a caballo y armados, para asombro de los romanos. 


Los grandes centros de población de los partos no constituían propiamente ciudades, sino que se trataba más bien de una sociedad rural, con grandes terratenientes que contaban con gran número de siervos, aunque también existían comunidades de campesinos libres. Ctesifonte, la residencia real, no era más que una pequeña aldea comparada con la colonia griega de Seleucia, su vecina al otro lado del Tigris, una de las ciudades fundadas por Alejandro y sus seguidores. Seleucia floreció como gran centro comercial que llegó a contar con más de medio millón de habitantes. Allí había un consejo municipal con 300 miembros, y se seguía hablando griego, pero su población era variada, predominando los sirios y los judíos. Los arsácidas animaron el desarrollo de las ciudades griegas, a las que concedieron privilegios y constituciones especiales, y toleraron la formación de reinos vasallos, países que, a cambio del pago de un tributo, conservaban su independencia y sus propios reyes. 

El comercio comenzó a adquirir dimensiones importantes a raíz de que los chinos enviaran una embajada a la corte de Mitrídates en el 114 a. C. Esta es la primera fecha conocida en la que una caravana viajó desde China a Occidente. Como los arsácidas y sus vasallos llegaron a controlar casi todas las rutas comerciales entre Asia y el mundo greco-romano, prosperaron enormemente, con el resultado de que el periodo parto fue de intensa actividad constructora. 

En arquitectura hay que destacar como característica del arte parto el uso del ladrillo cocido o de la piedra en la construcción del iwan, una habitación rectangular cerrada en la parte posterior y abierta en el frente, con bóveda de cañón y que da generalmente a un patio. El palacio consta de tres habitaciones, dispuestas una al lado de la otra. La central es casi siempre mucho más alta. Los muros que dan al patio están adornados con estuco ornamental pintado y animados por hornacinas y columnas en series superpuestas. En algunos casos, como por ejemplo en Hatra, en las fachadas se incrustan sin orden máscaras y bustos o relieves en forma de medallones, y los dinteles están adornados con bustos. 

Ahura-Mazda

El comercio marítimo también es digno de mención. El puerto más importante era Charax Spasinu, el el Golfo Pérsico, donde se cargaba mercancía rumbo a la India. Además el Éufrates, con su sistema de canales, desempeñó un papel importante en el comercio de Mesopotamia. 

Los partos eran famosos por cumplir siempre la palabra dada, y vivían con sobriedad. Hablaban parto, una lengua del noroeste de Irán relacionada con el medo, pero los arsácidas no parecen haberla adoptado hasta relativamente tarde. No se conserva literatura de este periodo, aunque se sabe que tuvieron una cultura de transmisión oral por parte de juglares. Se casaban con parientes, y se consideraban afortunados cuanto mayor era la familia. Pensaban que los soldados que morían en el campo de batalla estaban destinados a la inmortalidad. Su principal divinidad era Ahura-Mazda, sin que la religión del Irán perdiera sus rasgos fundamentales a lo largo de todos los cambios de dinastías.

lunes, 10 de septiembre de 2012

El regalo de Fawn


Madame Fawn, desde su encantador espacio mágico El mundo de Fawn, ha sido tan amable de recordar el tablero para entregarle este galardón. Hace días que debería haber pasado a recoger su simpático regalo, pero lamentablemente sigo envuelta en una situación sumamente estresante y que me deja poco tiempo para estar aquí, por lo que he descuidado esta partida. Pido disculpas por ello a Fawn, que ya debía de pensar que me había olvidado. Muchísimas gracias.

Pronto estaré de nuevo con ustedes. Permítanme extender a todos mis disculpas por no pasar a visitarlos con la frecuencia que me gustaría.

lunes, 3 de septiembre de 2012

La boda de Catalina de Médicis (II)


A las once de la noche del 1 de septiembre de 1533, Catalina de Médicis abandonaba Florencia después de haber ofrecido un gran banquete a las damas de la nobleza. No volvería nunca más. La comitiva era enorme, e incluía 70 caballeros enviados por el rey de Francia. Entre su séquito figuraba Catalina Cibo, condesa de Camerino; María Salviati, Filipo Strozzi y Francisco Giucciardini. El propio duque Alejandro de Florencia  acompañó a la novia durante parte del trayecto. 

La primera parada se produjo en Poggio di Caiano. Al día siguiente hicieron un alto en Pistoia. Tras asistir a una gran recepción celebrada en honor de Catalina, continuaron viaje hacia Spezia, donde deberían embarcarse. Durante el trayecto la alcanzó un enviado del rey de Francia, portador de joyas que eran un obsequio de su señor. La comitiva ya había partido hacia la costa, de modo que el emisario hubo de forzar la marcha y lanzarse al galope para poder cumplir con su cometido. 

En Spezia Catalina subió a bordo de la galera que venía a recogerla al mando de su tío el duque de Albany. El navío debía llevarla a Villefranche, donde aguardarían la llegada del Papa. Este había salido de Liorna en una galera cubierta de ricos brocados, acompañado de diez cardenales entre los que se encontraba Hipólito de Médicis, el que fuera el primer amor de Catalina. 

Un mes después se embarcaba Clemente con su deslumbrante séquito de altos dignatarios de la curia y la nobleza. Albany reforzó la escolta con al menos 40 veleros más, algunos españoles y otros genoveses. Los barcos, dispuestos en formación, dispararon salvas en honor al Papa, y la flotilla zarpó con una galera al frente llamada La Duchessina, en la que viajaba la Sagrada Forma. 

Clemente VII y Francisco I por Vasari

La intención inicial era que la boda se celebrara en Niza, pero el gobernador de la ciudad, el duque de Saboya, como vasallo que era del emperador frustró estos planes, de modo que finalmente se decidió cambiar el lugar por Marsella. Allí el condestable Montmorency había hecho derribar todo un barrio para levantar un palacio provisional hecho de madera, con el propósito de alojar a todos los importantes personajes que se darían cita en la ciudad. 

El 9 de octubre se embarcaba Catalina rumbo a Marsella, donde el rey, la reina Leonor y los príncipes y dignatarios de la corte habían hecho ya su entrada para recibirla. Tres días más tarde avistaban la flota. Todas las campanas comenzaron a repicar; se dispararon 300 cañonazos y una embarcación llena de músicos salió al encuentro de la novia. 

A la mañana siguiente Clemente presidía la procesión oficial de entrada en la ciudad acompañado por Catalina, aunque de modo informal, porque en realidad la entrada oficial de la novia tendría lugar más tarde. El Papa se desplazaba en su silla gestatoria siguiendo al Santo Sacramento, que era transportado por un caballo gris suntuosamente enjaezado. Detrás venían los cardenales en filas de a dos, seguidos por Catalina y su séquito. Entre los integrantes de la procesión figuraba Hipólito. Iba rodeado de su escolta de magiares y pajes ataviados a la turca, con turbantes, arcos y cimitarras, vestidos de terciopelo verde bordado en hilo de oro. 

Fue el 23 de octubre cuando Catalina hizo su entrada solemne precedida de una carroza de terciopelo negro, un medio de transporte que constituía un lujo extraordinario, porque por entonces aún resultaba una novedad en Francia. Ocho pajes a caballo vestidos de terciopelo negro y pertenecientes al séquito personal de Hipólito seguían a la carroza. Tras ellos iban seis yeguas conducidas por las bridas, una de las cuales era completamente blanca y aparecía enjaezada de tisú de plata. Catalina cabalgaba en un caballo bayo, con arneses de brocado de oro y adornada la cabeza con seda carmesí. Avanzaba rodeada de guardias del rey y del Papa, y con María Salviati y otras doce amazonas vestidas espléndidamente a la italiana. 

Catalina de Médicis

Una calle separaba el palacio donde estaba alojado el Papa del otro donde se alojaba el rey, y que era el de los condes de Provenza, en la Place-Neuve. Catalina desmontó frente al del Papa, donde Francisco se encontraba ya. El rey la recibió con gran afecto, la abrazó e hizo que también la besara su futuro esposo, escasamente ansioso por hacerlo. De los dos, él era la pieza sacrificada. Catalina, que acudía flotando en una nube y abrumada por el honor que se le hacía, encontró muy de su agrado al novio, pero lamentablemente el sentimiento no fue mutuo. Nunca lograría hacerse amar por Enrique. 

El día 27 se firmó el contrato. El cardenal de Borbón solicitó el consentimiento de los esposos y pronunció la fórmula de unión. Al día siguiente Clemente asistió a la misa de los esponsales en la capilla de su palacio, queriendo dar él mismo la bendición a los contrayentes. Después de la misa, el rey, con un traje de raso blanco y un espléndido manto real adornado de oro y pedrería, acompañó hasta el reclinatorio a la desposada, que llevaba sobre su cabeza la corona ducal, regalo de Francisco. 

Aquella noche el Papa ofreció un banquete durante el cual la nueva duquesa de Orleáns se sentó entre su esposo y su cuñado el Delfín. Después hubo un baile de disfraces del que los novios participaron poco. La reina de Francia, rodeada de sus damas, acompañó aquella noche a Catalina a la cámara nupcial mientras en su ausencia el baile pasaba a convertirse en una orgía. Se había invitado a una cortesana de Marsella que acabó por entretener a los invitados humedeciendo los pechos con vino para ofrecérselos a los caballeros que la rodeaban. 

Enrique II de Francia

Mientras tanto los recién casados eran asistidos con gran ceremonia. Ambos tenían tan solo catorce años, pero a pesar de su juventud el Papa había deseado que el matrimonio se consumara inmediatamente: pensaba que, de no ser así, más tarde podría plantearse una posible separación. Para conjurar tal peligro, unió a los dos jóvenes esposos de modo que el matrimonio no pudiera deshacerse. El rey permaneció en la alcoba hasta que se dio por satisfecho con lo que había presenciado y declaró que “ambos habían demostrado coraje en la liza”.

sábado, 1 de septiembre de 2012

La boda de Catalina de Médicis


Jamás una hija de soberanos se había visto más solicitada que aquella adolescente Médicis descendiente de mercaderes. El Papa pensaba en ella para muchas de sus combinaciones políticas. No fueron tomadas en cuenta las aspiraciones del príncipe de Orange, pero sí se habló seriamente de las de Hércules d’Este, hijo del duque de Ferrara. Escocia, por su parte, pedía a Catalina para Jacobo Estuardo, mientras que el emperador pretendía desposarla con Francisco Sforza con tal de impedir como fuera que la joven se casara en Francia. Allí se solicitaba su mano para el duque de Orleáns, segundo de los hijos del rey Francisco I. Al monarca francés le interesaba la alianza con el Papa para volver a invadir Italia. Quería a toda costa el ducado de Milán. 

En un principio lo que pretendía el rey de Francia era casar a su hijo con María Tudor. Sobre Catalina se había hablado simplemente de reclamarla en la corte para su educación, basándose en que era hija de Madeleine de la Tour d’Auvergne, una noble francesa; pero Clemente VII comprendió que lo que intentaba Francisco era tener en su poder a su sobrina para así ejercer cierta presión sobre él, por lo que se opuso al proyecto. Tan grande era el interés del rey de Francia en conservar un buen acuerdo con el Papa, que, fracasadas las negociaciones matrimoniales con Inglaterra y frustrada la posibilidad de tener a Catalina a su alcance de otro modo, finalmente ofreció como novio a su hijo Enrique. 

Mientras tanto a Clemente le llegaban otras proposiciones del duque de Vaudemont y de Claudio, duque de Guisa. También se había propuesto a Enrique Fitzroy, hijo ilegítimo de Enrique VIII habido de su amante Elizabeth Blount. Otro de los pretendientes era el duque de Mantua, pero el Papa estaba mal dispuesto hacia él, no solo por motivos políticos sino también debido a sus relaciones escandalosas con Elisabetta Boschetti, condesa de Calvisano. Y tampoco se mostró más favorable hacia Guidobaldo de Urbino. Tenía miras más altas. La alianza con Francia le era necesaria. En su condición de bastardo elevado a cardenal, y dada su política incierta en relación con la Reforma, temía ser depuesto por una mayoría de prelados más severos. 

Francisco I

Las negociaciones matrimoniales de Catalina fueron largas. A fines de 1531 se presentaba la primera propuesta de Francia, que solicitaba del Papa la investidura del ducado de Milán para el duque de Orleáns en el caso de que Francisco Sforza muriese sin descendencia. El Papa vacilaba entre Francia y España, las dos potencias que se disputaban las posesiones en suelo italiano. El enviado francés, Gabriel de Grammont, comprometía mientras tanto a Clemente difundiendo la noticia de los desposorios, cuando en realidad el Papa insistía en que aún no había nada decidido. 

Finalmente el pontífice aceptó que se celebraran dos matrimonios: el de Catalina con el hijo del rey de Francia y el de Margarita, hija natural del emperador Carlos V, con Alejandro de Médicis, duque de Florencia. El arreglo fue poco satisfactorio para el emperador, el cual, no obstante, arrancó a Clemente la promesa de adherirse a una liga italiana que defendiese el statu quo territorial de la península. 

Catalina, tras una estancia en Roma, había regresado a Florencia, al palacio de los Médicis, aguardando el momento de su boda. El Papa la confió a Octaviano de Médicis y a María Salviati, viuda de Juan de las Bandas Negras, “una mujer buena y honrada que después de la muerte de su marido se consagró por completo a la educación de su hijo”, sin dejar de tener para Catalina toda clase de atenciones maternales. 

Giorgio Vasari pintó por entonces un retrato de cuerpo entero de la joven para ser obsequiado a Francisco I. En sus escritos el pintor usa hacia ella numerosas frases de simpatía, calificándola de afable, bondadosa e inclinada a la broma. 

“Soy tan devoto de su persona, debido a sus especiales cualidades y al afecto que ella demuestra no solo por mí sino por toda mi nación, que la adoro, si así me es permitido expresarme, como se adora a los santos del cielo”. 

Catalina de Médicis

Y narra una curiosa anécdota un tanto enigmática: una mañana en que había olvidado la paleta, al volver vio que ella y una acompañante habían pintado una mora con rasgos negroides en la tela preparada, y que si no se apresuraba a escaparse, le habrían pintado también a él. 

A Catalina se le confió la misión de recibir en Florencia a Margarita de Austria, la futura esposa del duque Alejandro. La niña, de solo nueve años, se detendría allí durante algunos días camino de Nápoles, donde esperaría la edad del matrimonio. Las fiestas que se realizaron entonces fueron interminables. Catalina, magníficamente ataviada y seguida de doce doncellas de la nobleza, salió a su encuentro hasta la Villa de Cafaggiolo. Hubo fuegos artificiales, banquetes y juegos, y torneos de emulación entre las “potencias”, unas asociaciones populares con sus estandartes y lanzas a las que Alejandro había concedido ciertas prerrogativas para que el pueblo olvidara la tristeza y los dolorosos recuerdos del pasado. 

Clemente quiso adornar a su sobrina con todo el fasto y riqueza para que no desmereciera en la corte de Francia. El duque Alejandro recaudó un nuevo impuesto de 35.000 escudos que gastó en espléndidos bordados, en joyas, ropas, cortinajes de lechos tejidos con oro… El Papa también pidió un préstamo al banquero Strozzi, a quien entregó como garantía una capa pluvial de gran ceremonia, adornada con un diamante que talló Cellini. La novia, de solo catorce años, llevaba en su ajuar muebles preciosos y blondas finísimas, hilos de perlas, esmeraldas, un cinturón de oro adornado con ocho rubíes y diamantes, y todo siguiendo el gusto exquisito de Isabel d’Este, por quien Clemente se quiso asesorar. Entre las joyas destacan las grandes perlas en forma de pera que posteriormente Catalina regalaría a María, reina de Escocia. Cuando esta fue decapitada, la reina Isabel de Inglaterra se apropió de ellas.

Además Catalina era una rica heredera, poseedora en Francia de todos los bienes que habían sido de su madre y de una importante suma que le dejó su padre como compensación a su renuncia al ducado de Urbino. 

“La dote no es pequeña, especialmente si contiene las tras joyas que el Papa dará pronto a su sobrino, y son: Génova, Milán y Nápoles. ¿No os parece que estas joyas son dignas de la hija de un rey?”, comentó Strozzi.


Continuará