martes, 15 de mayo de 2012

Un duelista en la Corte de Luis XIII (III)


La sirvienta de la posada fue obligada a abrir sin hacer ruido la puerta de la habitación en la que dormían Bouteville y des Chapelles. El preboste entró tras ella. Comenzó por apoderarse de las espadas antes de anunciarles que les hacía prisioneros en nombre del rey. 

Ambos iban a permanecer encerrados durante seis días en la misma celda, tiempo que entretuvieron jugando al piquet. Al cabo de ese tiempo el rey, informado de su captura, ordenó al capitán de sus guardias que los condujera a París con una escolta numerosa. 

La noticia causó enorme consternación entre los parientes y amigos de François de Montmorency-Bouteville, uno de los cuales era Gastón de Orleáns, el hermano del rey. Ya planeaban asaltar el carruaje y llevarse a los prisioneros en plena ruta, pero el marqués de Gordes, capitán de la guardia, tomó las medidas oportunas para que eso no sucediera. 

El 31 de mayo, a las dos de la madrugada, llegaban a París y eran conducidos de inmediato a la Bastilla. Al día siguiente fueron interrogados. Bouteville confesó los hechos, pero des Chapelles lo negó todo con la mayor desfachatez y con abierta provocación, hasta el punto de declarar que no sabía dónde estaba la place Royale y que no conocía al marqués Bussy d’Amboise. Sobre los testigos que le implicaban dijo que esas personas lo acusaban para vengarse de los bastonazos que habían recibido de sus lacayos. 


El obispo de Nantes obtuvo permiso para entrevistarse con los prisioneros. Les proporcionó pluma, papel y tinta y los animó a escribir a Richelieu, al que él mismo presentó después las cartas. Pero el cardenal se mostró inconmovible. Los ruegos del hermano del rey, los del príncipe de Condé y demás grandes nombres del reino no fueron escuchados por el inflexible ministro. 

Élisabeth, la esposa de François de Montmorency, hizo cuanto estuvo en su mano por salvarle la vida. Ella presentó una petición al rey recordándole la lealtad de su esposo y la gloria con la que le había servido en la guerra, igual que habían hecho sus antepasados durante muchas generaciones de servicio a Francia. 

La petición no impresionó el ánimo del monarca, pero Élisabeth no se desalentó por ello. El 3 de junio se arrojó a los pies del rey cuando salía de misa y le suplicó, por cuanto había de más sagrado, que perdonara la vida a su esposo. Luis XIII la miró sin responder y siguió caminando. 

—La mujer me da lástima, pero debo conservar mi autoridad —dijo a los que le acompañaban. 

El príncipe de Condé se sumó a los que solicitaban el perdón para François y dirigió esta carta al rey: 


“Sire, uno mi humilde ruego al de todos los parientes de mi primo de Bouteville, para implorar de la piedad de Vuestra Majestad que le concedáis vuestro perdón. Su falta es debida al error de la costumbre de vuestro reino, que hace que el honor consista en acciones peligrosas. Es ese afán de gloria, y no el deseo de desobedeceros, lo que le ha llevado a tomarse esa licencia. Si por mantener la ley que Vuestra Majestad ha dado, y por la necesidad de dar ejemplo, es preciso castigar al culpable, hacedlo, por favor, Sire, de modo que no sean la ruina de su persona y la vergüenza de su nombre. Vuestra bondad y vuestra justicia pueden encontrar su común satisfacción en la pérdida de su libertad sin que deba perder también la vida, y una prisión perpetua tendrá suficiente rigor… Es posible que un día ese mismo valor que disgusta a Vuestra Majestad reparará generosamente su falta al servicio del Estado, y si Vuestra Majestad lo reserva para este uso, cuantos corazones comparten su sangre y su desgracia guardarán una eterna deuda de gratitud...” 

La defensa de François ante el Parlamento fue encargada al famoso abogado du Chastelet. Hábil orador, con frecuencia había empleado su elocuencia para tratar de salvar a algunas víctimas de la venganza del cardenal. Fue tan osado con su defensa que el propio Richelieu le reprochó que su alegato parecía una condena de la justicia del rey. 

—Perdonadme —replicó el abogado—, pero es para justificar su misericordia si la utiliza hacia uno de los hombres más valientes de su reino. 


El obispo de Nantes iba a verlos todos los días a la Bastilla, y François aprovechaba sus visitas para hacer llegar algunas cartas a su esposa. El 21 de junio los dos prisioneros eran trasladados a la Conciergerie. La princesa de Condé encontró el medio de hablarle a Montmorency en el patio. 

—Primo, el rey es misericordioso. Confiad en su bondad —le dijo, pero François la saludó sin responder a esas palabras. 

Probablemente imaginaba que detrás del monarca se encontraba Richelieu para ocuparse de que su voluntad no vacilara. 

—Se trata de cortar el cuello a los duelos o a los edictos de Vuestra Majestad —le decía. 

Ese mismo día los prisioneros comparecieron ante el Parlamento. Bouteville entró el primero, saludó a los jueces y solo respondió “” o “no” a cuantas preguntas le hicieron. En cuanto a des Chapelles, dirigió al tribunal un discurso en el que parecía despreciar la muerte. El cariño que ambos se demostraban no pudo dejar de conmover. Des Chapelles se dirigió a los jueces para pedirles que se contentaran con su muerte y dejaran vivir a su primo, acusándose de haber infringido él solo los edictos del rey. 

La sentencia se pronunció durante esa misma jornada. Los declaraba a ambos culpables del crimen de lesa majestad y los condenaba a ser decapitados. Sus rivales en el duelo, ausentes, serían ejecutados en efigie. 


Los jueces decidieron aplazar la ejecución hasta el día siguiente, para que al menos tuvieran la posibilidad de que el rey los indultara en el último momento. Era algo desacostumbrado, por lo que molestó mucho a Richelieu. Pero el rey no iba a ceder. 

—Es necesario derramar un poco de sangre en este caso para evitar el arroyo que brota diariamente —decía. 

La condesa, aún decidida a salvar a su esposo, se presentó en el Louvre en compañía de la princesa de Condé y otras grandes damas de la Corte. Al principio el rey se negó a recibirlas, pero finalmente accedió a escucharlas en la cámara de la reina. Las mujeres se arrojaron a sus pies deshechas en llanto, y solicitaron nuevamente el indulto para ambos condenados. Élisabeth, embarazada de pocas semanas, se desvaneció en ese momento. Luis XIII se veía afectado, pero quiso mantener su firmeza, o más bien su “inflexibilidad natural”. Se dirigió a la princesa de Condé y le dijo: 

—Su pérdida me duele tanto como a vos, pero mi conciencia me impide perdonarlos. 

Las mujeres abandonaron el palacio y llevaron a la condesa al château de Grosbois, a unas tres millas de París. 

El rey insistió en que la ejecución fuera pública, cosa poco común en suelo francés: rara vez se castigaba públicamente a un noble por haber infringido la ley. Luis XIII consideraba necesario el escarmiento para atemperar el furor de los desafíos, que cada año se llevaba las vidas de muchos de sus caballeros. 


Su rigor causó la indignación de todos los jóvenes aristócratas franceses. Muchos de ellos tramaron un plan para rescatarlos. Pretendían caer sobre los arqueros en el momento de la ejecución y llevarse a los dos prisioneros. Para evitar una sedición, Luis se vio obligado a hacer entrar en París a las tropas acuarteladas en Saint-Germain e hizo bloquear las calles de los alrededores con cadenas y carros atravesados. 

De regreso a la Conciergerie, François cenó bien, y a las diez de la noche se acostó. A las once de la mañana siguiente fueron a llamarlo para que bajara a la capilla. El guardia le pidió antes el anillo que llevaba en el dedo, y a continuación los guantes. Bouteville le había entregado la joya que solicitaba, pero, irritado por la segunda petición, arrojó los guantes por la ventana. 

Con las manos atadas, François y des Chapelles fueron conducidos hasta el obispo de Nantes y otros eclesiásticos designados para asistirlos en esos momentos. 

El 22 de junio, a las cinco de la tarde, los dos prisioneros eran conducidos a la plaza de Grève en la misma carreta. El obispo de Nantes los acompañaba. Bouteville descendió el primero. Cuando el verdugo le cortó los cabellos, se llevó la mano al bigote, “que era hermoso y grande”, como para protegerlo. Y cuando el obispo le dijo: 

—Hijo mío, no debéis aferraros a las cosas de este mundo. ¿Seguís pensando en la vida? 

François respondió: 

—Sólo pienso en mi bigote, el más hermoso de toda Francia. 


Al pie del cadalso, subió también el primero y se arrodilló al lado del obispo, que entonó el salve. No quiso que le vendaran los ojos. Colocó su cabeza sobre el tajo y recibió el golpe fatal. 

Des Chapelles se había quedado en el carro, vuelto de espaldas hacia el cadalso. Después de una breve oración, hizo el mismo camino que había hecho François. 

El cuerpo de François de Montmorency-Bouteville fue trasladado a Angulema para reposar en la cripta familiar en el château de Bouteville. Solo tenía 26 años, y dejaba dos hijas de corta edad: Louise y Élisabeth Angélique, que se convertiría en la duquesa de Châtillon, la célebre belleza que fue amante del Gran Condé. 

Meses más tarde la esposa de François daba a luz un varón: François-Henri de Montmorency, el gran militar destinado a convertirse en mariscal de Francia y esposo de la heredera de la Casa de Luxemburgo. En cuanto a Élisabeth, tuvo una larga vida: iba a sobrevivir durante 69 años a su esposo, hasta el fin de sus días querida, admirada y respetada en toda Francia.


Bibliografía:
Histoire de la Maison de Montmorency – Désormeaux
François de Montmorency de Bouteville – M. P. Delacroix
France in the Age of Louis XIII and Richelieu - Victor Lucien Tapié
Le livre rouge: histoire de l'échafaud en France - Paul-Valentin Dupray de La Mahérie
Mémoires du cardinal de Richelieu sur le règne de Louis XIII, depuis 1610 jusqu'a 1638 
The Comte de Bouteville, Seventeenth Century Duellist - Julia Margaret Crawford

14 comentarios:

  1. Qué gran tragedia. La historia esá repleta de apasionantes relatos. Pero, ¿hizo bien el rey? Sigo pensando que sí, pues si los hombres tomaban la justicia por su mano Francia entera sería roja.
    Ameno el relato, se lee volando.
    Saludos, madame.

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  2. Lo más significativo de todo es la "caridad cristiana" mostrada precisamente por quien más muestras debía dar de ella: el cardenal Richelieu. Lo del rey es más comprensible si quería acabar con esa moda de los duelos.
    Un saludo.

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  3. vaya, lo que parecía una historia que se saldaría con un alarde de magnanimidad (magnanimidad, está bien escrito, vale), del rey, se convierte en un ejemplo de dureza bastante fría.
    26 años sólo. qué lástima de vida.
    eso sí, salvó su bigote!
    ;)

    que tenga buena tarde!
    bisous, madame!!

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  4. Que final más triste, pero claro! al ser tan arrogantes...Tuvieron que pagarlo con sus vidas...Y eso que se lo advirtieron. Pero no hay más sordo que el que no quiere oir...

    Bueno; estos relatos son lo que hacen que la historia tenga sentido...Aunque al final perdieran las tetés por majaderos.

    Muchas gracias Madame es un placer pasar por su ventanita!

    Un abrazo:)

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  5. Un final esperado Madame, pero creo a mi entender correcto, sino el país se vería envuelto en una especie de todos contra todos.

    Me ha gustado mucho la historia. La forma como Ud la cuenta es simplemente genial

    Besos

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  6. Entonces, las últimas palabras de Françoise fueron "Sólo pienso en mi bigote, el más hermoso de toda Francia"... Lo entiendo, lo mismo digo de mi barba!

    Una pena necesaria la muerte de este duelista, supongo... ¿Cree usted, madame, que ha influenciado para reducir la cantidad de duelos? Pregunto por que usted es la que sabe, claro.

    Por otro lado, imagino que su biblioteca debe de ser esplendida!

    Mis saludos!

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  7. ¡Cuántas tragedias vividas o padecidas en la Bastilla, tantas veces en nombre de la justicia! ¿De la justicia?
    Bisous, Madme.

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  8. "Es necesario derramar un poco de sangre para eliminar el manantial que brota a diario...", del mismo modo es necesario pisotear los propios principios con el fin de mantener la autoridad frente a un pueblo. Triste papel el de la condesa, humillándose ante el rey con tal de salvar la vida a su esposo.

    Bisous

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  9. Las condenas ejemplares han sido el recurso acostumbrado para reafirmar la autoridad del gobernante.
    El indulto habría sido una medida de clemencia que habría jugado, al contrario de lo que creía, en favor del rey, pero para esa graciosa decisión hacía falta un espíritu generoso y un temperamento menos pusilánime.

    Bisous y buenas tardes

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  10. Tragedia pura; pero también castigo ejemplar; muchas veces la historia se repite continuamente. Saludos, madame.

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  11. De modo que después de retarse al duelo, llevarlo a cabo e implicar a otros en el asunto, del cual salieó mal parado más de uno, fueron conducidos a la cárcel, donde mataron el tiempo jugando a ¿las cartas? Ésta sí que es buena. De enemigos a amigos en pocas horas.
    Por cierto, madame, ¿sabe que cuando estaba leyendo esta historia se me hacía digna de Dumas? ¿No trató esta historia en alguna de sus novelas?
    Besitos

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  12. ¿Habrá servido de ejemplo para que no se repitieran los duelos?

    Que manera tonta de perder la vida.

    Buenas noches Mademe, como siempre interesante historia.

    mariarosa

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  13. Después de unos días de ausencia forzosa vengo a ponerme al día, quería saber como terminaba esta historia y leo apenada el final.

    Bisous

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)