viernes, 11 de mayo de 2012

Un duelista en la Corte de Luis XIII (I)


François de Montmorency-Bouteville, nacido en 1600, fue el segundo hijo de Louis de Montmorency, vicealmirante de Francia en tiempos de Enrique IV. En 1616 fallecía su hermano mayor y François le sucedía como conde de Luxe y gobernador de Senlis. 

Como era tradición en su familia, siguió la carrera de las armas, y con tanto éxito que a los quince años ya se distinguió en la lucha contra los hugonotes en Saintonge y en Languedoc. En el sitio de Saint-Jean d’Angely el enemigo mató a su caballo sin lograr frenar su avance: poco después François lograba entrar en la plaza a través de una brecha. Sus actos heroicos en los asedios a Montauban, Royan y Montpellier le valieron el reconocimiento del rey Luis XIII, que elogió públicamente su valor. Después tomaba parte junto al príncipe de Nassau en la defensa de Breda, asediada por los españoles durante la guerra de los Treinta Años. También combatió en el mar, destacándose en la batalla naval de Ville-Bourbon. 

Lo habían casado muy joven, en marzo de 1617, sin haber cumplido aún los 17. Su esposa, Élisabeth Angélique de Vienne, no era más que una niña de unos diez años por entonces, por lo que la vida conyugal presumiblemente tardaría en llegar. De hecho, entre la fecha del matrimonio y el nacimiento de su primera hija transcurrieron ocho años. Después vinieron otros dos hijos con apenas un año de diferencia entre uno y otro. 

François mantuvo otras relaciones, y, desde luego, en el amor se distinguió tanto como en la guerra. Sus amoríos fueron “dignos de su edad, de su nombre y de su apostura”, pero su gran amor fue la princesa Anne de Rohan-Guémené, cuñada de la intrigante Madame de Chevreuse. Lamentablemente para François, la dama no traía buena suerte a sus amantes, cosa que no dejaron de observar sus contemporáneos. Todos ellos parecían destinados a morir de muerte violenta. 


Alcanzada la paz, Bouteville se dejó arrastrar a “ese frenesí de duelos que poseían todos los caballeros de su época”. Pronto adquirió una singular notoriedad como duelista y pasó a ser considerado como el más hábil espadachín de su tiempo. Su nombre se convirtió en sinónimo del perfecto duelista. Era un tiempo en que “la manía de los duelos había derribado todas las barreras. Se batían de día, de noche, a la luz de la luna, de las antorchas, en las calles, en las plazas públicas. El conde de Bouteville llevaba ya 21 duelos a cuenta”, dice Henri Martin en su Histoire de France. Bastaba con que un caballero adquiriese reputación de Valiente para que François quisiera medirse con él, y la admiración y los elogios que suscitaba su destreza no hacían sino aumentar su osadía. 

Un flemático inglés, el marqués de Hamilton, le dijo una vez al mariscal d’Effiat: 

—Si ese hombre me enviase su tarjeta, no la recibiría a menos que fuera acompañada de otra de su médico en la que me asegurara que ese afán que tiene por batirse no es consecuencia de alguna enfermedad. 

Pero en Francia no se topaba frecuentemente con tan prudente filosofía, si exceptuamos al poeta Voiture, que un día respondió lo siguiente a un caballero que trataba de retarlo: 

—Monsieur, vos deseáis matarme… Pues bien, yo me doy por muerto. 

Y con eso zanjó la cuestión. 

Luis XIII

François era, sin duda, el más refinado de los espadachines. Combatía con pasión, mas no con ferocidad. Un contemporáneo afirmó de él que “no ejerció jamás ninguna crueldad contra sus rivales, seguro de que la destreza con las armas le daba ventaja”. 

En 1624 se batió contra el conde de Pontgibaud, sobrino del mariscal de Schomberg. Tuvo por segundo al barón de Chantal, y su rival al conde de Salles. La elección de la fecha para celebrar el duelo no pudo haber sido más desdichada: los cuatro se batieron el 25 de marzo, domingo de Pascua. Sabiendo que este acto sacrílego iba a traerles especiales complicaciones, antes de que la justicia los prendiera huyeron en una carroza tirada por seis caballos y escoltados por doscientos hombres armados con la misión de proteger su retirada. 

El 24 de abril el Parlamento los declaraba culpables del crimen de lesa majestad divina y humana y los desposeía de sus privilegios de nobleza, condenándolos a ser colgados en la plaza de Grève. Después de eso sus cuerpos debían ser trasladados a Montfaucon y sus casas demolidas hasta los cimientos. 

Como habían logrado escapar, el castigo iba a cumplirse con las efigies que los representaban, pero durante la noche sus amigos se encargaron de que tampoco eso fuera posible: congregados en una numerosa tropa de señores y lacayos, se dirigieron hacia la plaza y destrozaron el patíbulo que allí se había levantado. Mientras tanto François y los demás duelistas, ocultos en algún castillo, esperaban a que amainara la tormenta antes de presentarse de nuevo en París. 


En enero de 1625 Bouteville daba muerte al marqués de Portes, e igualmente, en otro lance, al conde de Thorigny al año siguiente. Se batió con el conde detrás de la cartuja, en lo que fue posteriormente el jardín del Luxemburgo. Sus propios escuderos les servían de segundos. 

Poco después hería a uno de sus amigos más íntimos, el barón de la Frette, por haberle reprochado que no lo hubiera elegido como su segundo. Durante algún tiempo François eludió sus protestas y reclamaciones, pero el ultrajado la Frette no cejó en su empeño hasta solventar el asunto estoque en mano. Ambos se encontraron entre Poissy y Saint-Germain-en-Laye. Tras el duelo, François de Montmorency se vio obligado a huir a Bruselas para escapar a la cólera de Luis XIII. Perseguido por tres compañías de guardias suizos enviados por el rey, alcanzó su destino y allí se refugió con Rosmadec, conde des Chapelles, su primo y amigo. El conde le había servido de segundo en algunos de sus lances. 

Pocos días después Guy d’Harcourt, marqués de Beuvron, que había jurado vengar la muerte de su parienteThorigny, supo que François se encontraba en Bruselas y emprendió el viaje con su escudero, con la intención de retarlo. Llegaron en secreto y disfrazados el 31 de enero de 1627, hacia las ocho de la tarde...

Continuará

15 comentarios:

  1. MI ASUNTO SE PROLONGARÁ DURANTE UNA SEMANA MÁS DE LO PREVISTO. LES PIDO DISCULPAS DE NUEVO.

    MUCHAS GRACIAS A TODOS.

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  2. Vaya una profesión mas tonta Madame, batirse en duelo. Nunca lo entendí porque me parece una tontería tanto refinamiento y exquisitos modales para matar al fin.
    Bisous

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  3. es que hay gente que si no es dando palos, no saben vivir. y mientras había guerras estaban distraídos, claro.
    me quedo con la respuesta del poeta. yo antes que eso, me doy por muerto.
    feliz finde, madame!

    bisous!!

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  4. El cine y mi apellido me aficionaron a las espadas y en definitiva a los duelos; tuve una espada de madera con la que de niño me iba a las eras a librar verdaderos combates, hasta que en cierta ocasión salí malparado y terminé por partir la espada; luego aprendí que había que perdonar en lugar de armar camorras: ahora mi espada es la palabra.
    Un delicado abrazo, Madame, y un beso.

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    1. Por lo menos este relato tiene vidilla.Ahora nos toca esperar en que queda todo este desaguisado.

      -Por cierto: el gran amor de Luis XIII...Anne de Rohan...es bien poco agraciada...Me lo parece a mí, tambien puede ser que no le cogieron el punto al hacerle el retrato...?

      Muchas gracias Madame por estos momentitos:hasta la próxima!

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  5. Pues vaya manera de vivir con la muerte siempre tras la nuca. Me imagino que el subidón de adrenalina les compensaría del elevado riesgo de morir en cualquier lance desafortunado.
    Un saludo.

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  6. Uuu, madame. Qué gran tema. Y que difícil la vuelta del militar a casa, inquieto, inadpatado. Creo que tampoco aceptaría su targeta. Hay algo clave: dice usted que luchaba con pasión, pero sin ferocidad. Con la cabeza fría.
    Salduos.

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  7. Un duelista que además se jacta de serlo... sumamente interesante. Sabe que siempre me ha llamado la atención todo el proceso de los duelos, los rituales que los acompañan y la elegancia con que cualquier caballero pretendía lavar las ofensas contra él vertidas. Aunque muchas veces se tratara tan solo de arrogancia y vanidad y siempre el fin perseguido fuese la muerte. No deja de ser un acto vil aunque se trate de toda una ceremonia.

    La respuesta del poeta... ¡chapeau! Sin duda el hombre más cabal por aquel entonces (aunque muchos lo tacharían de cobarde).

    Bisous y buen finde.

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  8. Hola Madame:

    Esta en su salsa ;D.

    Quizás yo hubiese sido tan prudente como el inglés, pero no tan prosaico como el poeta...Uno nunca sabe.

    Espero la continuación

    Besos

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  9. No sé los demás amantes de la princesa Anne de Rohan-Guémené que murieron violentamente si lo hicieron por influjo de dicha señora, pero Bouteville se bastó solito ese final sin necesidad de maldición alguna. Supongo que habrá disfrutado de lo lindo escribiendo sobre uno de sus asuntos favoritos.
    Beso su mano.

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  10. Intrigante, espero la continuación!

    Mis saludos Dame Masquée.

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  11. ¿Hubo algún aspecto en el que Voltaire no demostrase ser un genio?

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  12. todo tiempo tiene su cultura social, el duelo era una de ellas, en mi pueblo el último duelo fue a mitad del siglo veinte, y fue a muerte de sable.
    seguiremos su historia querida Madame...
    saludos amiga

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  13. Que ganas de probar su valor que tenia esta gente, de andar matandose por cualquier cosa. de todas formas yo estoy con el medico: denme por muerta si desean matarme.

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  14. El caballero por lo visto no necesitaba mucho para batirse.

    Bisous

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)