domingo, 27 de mayo de 2012

La madre de Napoleón (III)

Maria Letizia Ramolino

Madame Mère, como era conocida Letizia, tenía ahora 55 años, pero aún no habían aparecido canas en sus cabellos negros, que lucía rizados sobre la frente. Es cierto que perdió pronto la belleza de su juventud, pero conservaba ese porte digno que siempre la caracterizó. 

Sus hijas y, desde luego, su nuera, no debieron de alegrarse mucho cuando apareció por París: aquellos ojos de mirada perspicaz veían demasiado, y Letizia no se refrenaba a la hora de hacérselo saber. Reprendía sus excesos en los gastos y sus mezquinas peleas por cuestiones de precedencia y etiqueta. Ni siquiera el emperador, a quien ella insistía en llamar “Nabulione”, se libraba de sus reprimendas. Un día, durante el transcurso de una fiesta familiar, Napoleón le ofreció su imperial mano para que se la besara, y ella, indignada, lo rechazó. 

—¿Acaso no soy tu emperador? —preguntó él. 

—¿Y yo no soy tu madre? —replicó ella. 

Eso zanjó la cuestión. Napoleón guardó silencio y, avergonzado, fue él quien besó su mano. 

Durante un tiempo Letizia vivió con su hijo José en la rue du Rocher. Seguía hablando muy mal el poco francés que se había tomado la molestia de aprender. Por lo demás, seguía siendo la misma mujer austera de siempre. Detestaba la frivolidad, daba mucho a los pobres, rezaba sus oraciones y ahorraba en tiempos de bonanza, consciente de que la rueda del destino podía volver a girar. 


No le había gustado ver a su hijo convertido en emperador. Ni siquiera asistió a su coronación en 1804, aunque fue incluida en el cuadro de Jacques-Louis David siguiendo instrucciones del propio Napoleón. Letizia fue capaz de comprender que había traspasado un límite muy peligroso, arrastrado por una ambición desmedida que acabaría por apagar su buena estrella. 

En 1809 Napoleón se divorciaba de Josefina. Su madre sintió lástima por aquella mujer que nunca le había gustado, pero lo consideró “un acto necesario”. “Para una mujer de su mentalidad, una esposa que había sido infiel al marido cuando este no era nadie y solo le guardó fidelidad cuando se convirtió en un gran hombre, debe de haberle parecido especialmente despreciable. Además, para su primitiva simplicidad, una esposa que no tuviera hijos no era más que media esposa al fin y al cabo. Francia exigía el sacrificio de Josefina.” 

Dos años más tarde el Imperio había alcanzado la cúspide de la gloria. La madre del emperador podría haber aspirado a la más alta posición, y sin embargo vivía más retirada que nunca, rodeada de una corte que consistía casi exclusivamente en sus numerosos parientes. Cuando José y Luis abdicaron, ella los recibió con todo el cariño. Cada vez desconfiaba más del camino que había tomado Napoleón al coronarse emperador. 

—Nosotros los corsos —decía— conocemos las revoluciones. Todo esto tendrá un final, ¿y qué será de mis hijos, cuya imprudencia no ha contemplado ni el futuro ni el pasado? Entonces recurrirán a mí. 


Palabras proféticas, porque después de la campaña de Rusia Napoleón tuvo que aceptar de su madre un millón para sus gastos más urgentes. Y cuando el Imperio estaba a punto de caer, Letizia le dijo a Cambacérès: 

—No me quejaré del modo en que se acabe siempre y cuando Napoleón no pierda su honor. 

Madame Mère tenía 64 años cuando se reunió con su hijo en la isla de Elba. Una vez allí, se sentaba cada día a trabajar en un tapiz, con una miniatura de Napoleón ante ella sobre la mesa. “Lo había amado en la gloria, pero lo amaba mucho más en la desgracia”. Paulina también acudió, demostrando que entre su frivolidad y ligereza latía un corazón capaz de grandes sentimientos. “Paulina jamás me pide nada”, había dicho Napoleón cuando era emperador, y tal vez por su eso la quería más que al resto. 

Una noche, durante el transcurso de un baile, Letizia paseaba con su hijo por el jardín cuando de pronto este le comunicó sus planes: 

—Os advierto que parto esta noche. 

—¿Hacia dónde? 

—A París. Pero antes de nada os pido consejo. 

Letizia nunca hubiera querido que iniciara aquel camino como emperador de los franceses, pero la senda ya estaba recorrida, y ahora lo único que podía hacer era intentar no morir como un hombre derrotado. Había que llegar hasta el final, fuera este el que fuese. 

—Vete, y que se cumpla tu destino —dijo. 


Madame siguió a su hijo a Francia. Estuvo presente aquel 7 de junio de 1815, cuando Napoleón recibió los juramentos de senadores y diputados. Pero dos semanas después todo terminaba en Waterloo. 

Madame Mère pasaría esos días amargos en la Malmaison, sin separarse de su hijo. Sabía que tenía que seguir mostrando ante él la misma fortaleza de siempre, pero era demasiado difícil. Cuando llegó el día de la despedida, los pocos amigos que permanecían leales al emperador se fueron llorando, y madre e hijo quedaron a solas. Letizia no pudo contener las lágrimas. 

—Adiós, hijo mío —fueron las tres únicas palabras que su emoción le permitió articular. 

Días más tarde escribía al cardenal Consalvi: “Soy en verdad la madre de la tristeza”

El 15 de julio llegaba a Roma con su leal hermanastro, José Fesch. Poco después escribía a los soberanos de Europa solicitando que le permitieran reunirse con su hijo en Santa Elena. Su petición fue denegada. Más adelante volvía a escribirles para rogarles que libraran a su hijo de una muerte lenta y tortuosa en aquel lugar perdido. Ni siquiera recibió una respuesta. 

Letizia vivía apaciblemente en Roma. Recibía pocas visitas y a veces veía al Papa. Cuando su nuera María Luisa quiso visitarla, ella, indignada porque solo había aceptado compartir el destino de su hijo en tiempos de bonanza, se negó a recibirla. Igualmente hizo con el emperador de Austria, padre de María Luisa, cuando le envió a su edecán. 

—Vaya usted, señor, a decirle al emperador de Austria, su amo, que él y la madre del emperador Napoleón no tienen nada en común. 


Tampoco podía perdonar a su propia hija por la traición de Murat a Napoleón. No aceptaba las excusas de Carolina, que insistía en que no era responsable de las acciones de su esposo. 

—Madame —replicó fríamente su madre—, si no podía usted gobernarlo, debió al menos combatirlo. 

En 1821 fallecía Napoleón en su triste exilio. La noticia tardó dos meses y medio en llegar a Roma. El doctor Antommarchi no se atrevió a contarle todo de golpe; le partía el alma ver su dolor, y necesitó de tres visitas para comunicarle los detalles y responder a sus preguntas. Al conocer lo sucedido, Letizia permaneció durante mucho tiempo “inmóvil, sin voz, sin lágrimas”. 

“Mi vida terminó con la muerte del emperador. Entonces renuncié a todo para siempre”. 

El 15 de agosto escribió al marqués de Londonderry, el ministro inglés de Asuntos Exteriores, para solicitar los restos de su hijo. 

“…Pido las cenizas de mi hijo: nadie tiene más derecho a ellas que una madre… Él ya no necesita honores —su nombre basta a su gloria—, pero yo necesito abrazar su cuerpo sin vida. Lejos del tumulto del mundo, he preparado para él una tumba en una humilde capilla. En nombre de la justicia y de la humanidad, ruego que no me nieguen mi súplica… He dado a Napoleón a Francia y al mundo; en nombre de Dios, en nombre de todas las madres, vengo a suplicaros, señor, que no me nieguen a mi hijo muerto.” 

Pero su petición fue rechazada, y Letizia no vivió suficiente para ver cómo un día las cenizas de su hijo descansarían finalmente a orillas del Sena, entre los franceses que él tanto había amado. 


Desde la muerte de Napoleón, Madame Mère se fue apagando. Aún habría de recibir duros golpes: Paulina fallecía en Florencia en 1825. Para entonces Letizia se había convertido en una triste figura de otra época, siempre vestida de negro, que acudía a misa cada día y paseaba entre las ruinas. 

En 1832 moría su nieto, el rey de Roma, a consecuencia de una tuberculosis. El hijo de Napoleón y María Luisa solo tenía 21 años. 

Letizia se secaba, envejecía. Cuando ya no pudo valerse de su vista Mademoiselle Rose Mellini le leía en voz alta y le hacía compañía. En aquellas horas amargas, la anciana dictaba sus recuerdos. 

El 2 de febrero de 1836, a la edad de 85 años y “habiendo conocido Francia como conquistador, enemigo, amigo, reino, caos, república, el imperio de su propio hijo y reino Borbón de nuevo, y tras haber experimentado los extremos de la pobreza y la riqueza, de la oscuridad y la gloria, del halago y el desprecio, moría Madame Mère”. Su hermanastro y el menor de sus hijos se encontraban a la cabecera de su cama. 

El gobierno italiano, para no ofender a Francia, ordenó un funeral muy sencillo. Era lo que ella hubiera deseado. Bajo las alas desplegadas del águila imperial se inscribió simplemente: 

L. R. B. 
Mater Napoleonis


Bibliografía:
The women of the salons - S. G. Tallentyre

36 comentarios:

  1. Una mujer que aprendió mucho de la vida y que tenía esa intuición de las madres que advertía de lo efímero que es el éxito. Una mujer de gran entereza, pero que sufrió mucho por los suyos. Al fin y al cabo, los hijos son para toda la vida, solo que no estamos preparados para sobrevivirles.
    Un saludo.

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    1. Sí, siempre tiene algo de antinatural sobrevivir a un hijo.
      Pero no muchas madres hubiesen rechazado presenciar la ceremonia de coronación de un hijo suyo! La sensatez de esta mujer era fuera de serie.

      Buenas noches

      Bisous

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    2. Una mujer de principios en cuanto a su moral.Y una mujer que tubo que pagar un alto precio por ellos.

      Muchísimas gracias Madame por este retazo de historia tan interesante y por compartirlo.

      Bisous :)

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    3. Gracias a usted, madame. Me alegra que el relato haya sido de su agrado.

      Buenas noches

      Bisous

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  2. Hola, Madame

    Ahora comprendo de dónde provenía la fortaleza de Napoleón. Su madre fue una mujer con una visión práctica de la vida, tenía los pies en la tierra. Tuvo que tener mucha seguridad en si misma para no dejarse arrastrar por tantas circunstancias. Lástima que tuviera que vivir con tanto dolor.

    Feliz semana, Madame.

    Bisous.

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    1. Sí, realmente es asombroso cómo tenía los pies bien sujetos a la tierra. Cuando la suerte gira tanto y tan rápido, es muy fácil perder la cabeza.

      Buenas noches

      Bisous

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  3. Excelente serie, madame. De haber leído las dos primeras partes antes, le habría enviado una foto para ésta última, del palacio Bonaparte donde vivió Letizia. Lo siento de veras, pues últimamente voy tan de cabeza que no llego a todo lo que quisiera. Beso su mano.

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    1. Es verdad, madame. Me acordé de usted en esta última entrega tan romana. Supuse que Letizia habría sido objeto de estudio por usted, dado que terminó sus días allá en Roma.

      Muchas gracias, madame, no se preocupe. Tampoco yo llego a todo, es imposible.

      Bisous

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  4. No quiero quedarme sólo con la anécdota , pues Leticia demostró mucho sobre su talante, como bien nos ha contado, pero me imagino la escena entre el emperador y su madre según él; y me repugna el endiosamiento al que llegó el corso, por mucho que luego se sintiera avergonzado. El amor de madre se lo perdonaría todo.
    Ha sido una serie excelente. Beso su mano.

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    1. A ella también le repugnaban esas cosas. No podía con ellas, y no se privaba de demostrarlo, aunque lógicamente su amor de madre se lo demostraría todo. Pero solo en pintura estuvo Letizia presente en una coronación con la que no estaba de acuerdo, fuera su hijo o no.

      Muchas gracias, monsieur.

      Buenas noches

      Bisous

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  5. L. R. B. Esto es lo menos que se despacha en un epitafio, tan ligado a la humildad, aunque como subtítulo, si se me pertite, figurara nada más y nada menos que Madre de Napoleón.
    Bisous, Madame.

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    1. Yo creo que con eso cualquiera tiene bastante. Nada menos que madre de Napoleón.

      Feliz tarde, monsieur

      Bisous

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  6. Que valiente mujer.
    Que duros los corazones de los hombres cuando niegan a una madre el cuerpo muerto de su hijo. Cuanta crueldad en nombre ¿de qué?

    Me ha emocionado la vida de Letizia.

    mariarosa

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    1. Uy, ya está blogger haciendo de las suyas y borrándome los comentarios.

      Bueno, le decía que realmente tuvo que ser muy duro para ella no poder siquiera enterrar a su hijo como las demás madres.

      Feliz tarde, madame.

      Bisous

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  7. Estas tres entradas sobre la madre de Napoleón me han parecido, dado el carácter de Letizia una maravilla, Madame. He disfrutado mucho leyéndolas.
    Gracias.

    Bisous

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    1. Muchas gracias, madame. Me alegra que le hayan gustado.

      Feliz tarde.

      Bisous

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  8. Que mujer más formidable, su vida es todo un ejemplo se adapto a todas y cada una de las diversas circunstancias que la vida le puso en su camino y siempre estuvo a la altura haciendo gala de coherencia y gran dignidad, amaba a sus hijos pero no por ello dejó de ser fiel a sus principios afeándoles aquello con lo que no estaba de acuerdo.
    Entiendo el dolor que pudo sentir ante el hecho de sobrevivir a sus hijos, gran mujer y gran madre.
    Buenas noches, Madame.

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    1. Así es. No parecía impresionarle mucho que su hijo fuera emperador a la hora de reprenderlo cuando consideraba que era necesario.

      Feliz día, madame

      Bisous

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  9. Una mujer de mucha valía.
    Buenos días, madame.

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  10. Impresionate biografía, he disfrutado mucho de ella madame. Como supo aceptar su destino sin una queja.
    Genial la frase al rechazar besar la mano del emperador
    —¿Y yo no soy tu madre? —replicó ella. Que bien estuvo
    Que mujer tan sabia y honesta. Sabía distinguir el amor que le tenía a su hijo pero no le amaba ciegamente y veía sus defectos tanto ás que sus virtudes..
    Bisous y feliz semana

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    1. Para mí una de sus frases más reveladoras es la que le dirige a Carolina. Eso de que si no podía gobernarlo había que combatirlo, dice mucho sobre ella.

      Feliz tarde, madame

      Bisous

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  11. Confieso que desconocía todo lo referente a este dama de armas tomar pues pese a no gozar precisamente de los favores de la señora debo admitir que siempre me ha fascinado más Josefina como personaje que incluso el mismísimo emperador.

    Todo un carácter de mujer, capaz de doblegar al emperador hasta el punto de forzarle a besar su mano (¡cuanto tendrían que aprender muchos hijos!).

    Bisous, madame

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    1. Y era tan diferente de su nuera! Debía de ser curioso verlas a las dos juntas. No creo que tuviesen mucho de qué hablar.

      Feliz tarde, madame

      Bisous

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  12. Nunca un padre o una madre están preparados para sobrevivir a la muerte de un hijo, no es lo natural, va contranatura y esta mujer lo soportó con entereza. Gran dama. Le deseo una muy buena semana, madame. Bisous.

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    1. No había nada que esta mujer no fuera capaz de afrontar, pero ese golpe sin duda fue demasiado duro incluso para ella.

      Feliz tarde, monsieur

      Bisous

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  13. De tal madre, tal hijo. A medida que he ido leyendo la biografía de esta mujer, dura y realista, humilde a la vez que orgullosa, me he dado cuenta de que Napoléon había heredado mucho de ella. Me gusta mucho la preocupación que sintió Letizia al ver a su hijo llegar al trono imperial por las consecuencias que esto que le podía acarrear y que no le abandonó durante su primer exilio. Conmovedoras fueron sus palabras para pedir las cenizas de su hijo. ¿Qué madre no lo hubiera hecho?
    Un beso

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    1. Sí, yo creo que Napoleón se parecía mucho a ella. Pero ella nunca despegó los pies de la tierra, ni se dejó arrastrar por una ambición desmedida. Ay si el emperador hubiera sido ella!

      Feliz tarde, madame

      Bisous

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  14. Una Madre ante todo Madame.
    Dentro de todo primero pensaba en sus hijos antes que en ella, sobre todo el que aunque emperador, era quizás el más frágil.

    Gran Dama.

    Besos Madame

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    1. Supongo que le hubiera dolido cualquiera de ellos, pero qué triste debió de ser ver cómo terminó quien lo había alcanzado todo.

      Buenas noches, monsieur

      Bisous

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  15. Respuestas
    1. Bueno, tuvo también sus buenos momentos, años maravillosos en los que asistió a muchas victorias y un fulgurante ascenso de sus hijos. Un destino muy poco común.

      Feliz día, madame

      Bisous

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  16. se supone que muchas madres espolean a sus hijos para que vayan siempre más allá, así que sorprende que Letizia advirtiera que su hijo había llegado demasiado lejos. la reflexión sobre las revoluciones, me la apunto.
    un excelente relato, madame.

    bisous!

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    1. Sí, es curioso. Ella sabía cuál era el límite. Nunca despegó los pies de la tierra, y es algo que me llama mucho la atención. Una madre que no asiste a la coronación de su hijo!

      Feliz día, monsieur

      Bisous

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  17. Es admirable la integridad mental de Letizia, sobrevivió a circunstancias extremas. Pero lo más admirable es la humildad que parece haber conservado siempre, eso me hace pensar que habrá sido muy buena consejera...

    Mis saludos Madame!

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    1. Sin duda lo era. Lástima que no pudiera recibir más instrucción en la época y lugar que le tocó nacer.

      Feliz tarde, monsieur

      Bisous

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)