miércoles, 9 de mayo de 2012

La boda de Luis XIV y María Teresa (III)


Al terminar la jornada, María Teresa solicitó al rey un correo para escribir a su padre. No cerró la carta después de redactarla, sino que se la envió a Luis rogándole que la leyera. Con este acto quería demostrarle lo dispuesta que estaba a vivir con él en buen entendimiento, a poner todo de su parte para que su matrimonio no se convirtiera en lo que había sido el de Luis XIII y Ana de Austria. Esa noche no logró conciliar el sueño. Pasó la noche llorando al acordarse de su padre y pidió a su dama que se acostara junto a ella. 

El dí­a siguiente estarí­a dedicado a los ensayos de la ceremonia. El rey fue a verla por la mañana y acudieron juntos a misa. Después de comer, Ana de Austria fue a visitar al cardenal, que se encontraba enfermo, y por la tarde María Teresa probó los vestidos franceses que llevaría en adelante. Parece que el cambio en un principio la incomodó, aunque “lo sufrió con dulzura y paciencia”

Luis permaneció con ella mucho tiempo en su habitación, conversando todo el tiempo en español. Esa noche María Teresa iba a acostarse pronto, porque al día siguiente se celebraría la ceremonia de la boda. 

Ana de Austria

Llegó el gran día. Todas las campanas repican mientras se acerca el cortejo. Ana de Austria aún se ve hermosa bajo los largos velos negros bordados de plata: “En el rostro de esta gran reina se podía adivinar fácilmente la alegría que embargaba su alma, lo cual la hacía parecer tan bella que a sus 59 años hubiera podido rivalizar en hermosura con la reina su sobrina, que ciertamente no tenía una belleza tan perfecta como la que la reina su tía había tenido a su edad”. 

Mademoiselle de Montpensier, prima del rey, cierra el cortejo. Viste de luto por la reciente muerte de su padre, y se adorna con veinte hileras de perlas. 

La novia lleva un vestido de brocado de plata; se cubre con un largo manto de terciopelo violeta sembrado de lises y con una larga cola, y ciñe la corona real de diamantes. Entra en la vieja iglesia gótica de San Juan Bautista a través de una galería descubierta, un poco elevada sobre el nivel del suelo. Los dos esposos se sientan bajo un palio de terciopelo con las flores de lis y penachos de plumas. Una vez en sus asientos, aguardan a que el obispo de Bayona oficie la ceremonia. Éste, antes de comenzar la misa, le lleva al rey el anillo que Luis debe entregar a la reina. 

Luis XIV

Con ropajes oscuros y sin adornos de pedrería en recuerdo a su tío fallecido, Luis hace la ofrenda. Va acompañado del Gran Maestre de ceremonias de Rodas y de los capitanes de la guardia. Monsieur, sentado junto al rey, también llevó su ofrenda, y al pasar al lado de María Teresa le dio la mano. 

Mademoiselle de Montpensier portaba la ofrenda de la reina, y sus hermanas sujetaban la cola del vestido junto con la princesa de Carignan. A su vez el sobrino de Mazarino llevaba la cola de Mademoiselle de Montpensier, y otras personas de alto rango, pero sin título, se encargaban de las de sus hermanas y de la princesa. 

Ana de Austria aguarda a la derecha del rey, sobre un alto estrado y bajo un palio de la misma tela que el de los novios, rodeada de los más altos dignatarios. Era su gran momento, el de su triunfo. Observa satisfecha la ceremonia y al salir le confía a su amiga madame de Motteville que cuando había visto a María Teresa con su atuendo real y su corona, pensó que en todo el mundo no había otra cabeza más digna de llevarla. 

Las fiestas ocuparon toda la tarde. El rey, las dos reinas y Monsieur comieron juntos. Luego los recién casados se mostraron en el balcón para recibir las aclamaciones del pueblo y arrojar monedas, según la costumbre. Tras cumplir con esta tradición, los reyes, Monsieur y Mazarino se retiran a los aposentos de Ana de Austria, donde permanecen un rato charlando. 

Felipe de Orleáns, "Monsieur"

Al anochecer la familia real abandonó esos aposentos para trasladarse a los del rey y cenar allí. Pero la velada no iba a prolongarse mucho tiempo: apenas terminada la cena, Luis expresa su deseo de acostarse ya. 

Madame de Motteville nos narra la escena en la que María Teresa se sobresalta; temía ese momento, y con lágrimas en los ojos le dice nerviosa a su tía: 

—¡Es muy temprano! 

“Este fue, desde su llegada, el único movimiento de pesar que se le vio y que su modestia la obligaba a sentir; pero al fin, como se le dijo que el rey ya se había desvestido, se sentó sobre dos cojines al pie del lecho para hacer otro tanto… Deseaba contentar al rey en aquello que podía chocar de algún modo con el pudor que le había hecho antes expulsar de la habitación a todos los hombres, hasta el menor de los oficiales. Se desnudó sin más, y cuando se le dijo que el rey la esperaba pronunció estas palabras: 

“—¡Presto, presto, que el rey me espera! 

“Ante una obediencia tan puntual que se podía ya sospechar llena de pasión, ambos se acostaron con la bendición de la reina, su madre común.” 

María Teresa de Austria

Ana de Austria, que debía recordar con gran amargura aquella horrible consumación pública de su matrimonio, pues era la norma desde hacía siglos, no quiso que su hijo y su sobrina tuvieran que pasar por el mismo calvario. Abrazó y bendijo a los dos y después corrió las cortinas del lecho y se fue dejándolos a solas.


13 comentarios:

  1. Tenia que ser una gran humillación es consumación pública del matrimonio. Me parece un horror. Menos mal que la reina tuvo a bien no cometer el mismo error. Tuvo que ser una mujer sensible.
    Y el Rey vaya una prisas para luego engañarla con tantas amantes.
    Bisous.

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  2. Qué triste debe ser convertir el placer en un calvario la noche de bodas.
    Un saludo.

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  3. Y no puedo dejar de pensar, madame, además de este final de bodas, en toda la complicadísima ceremonia de la boda. Otro calvario.
    Bueno, esto de hacer pública la boda mediante la presencia de un tercero... Imagínese hoy.
    Saludos.

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  4. Uyy, madame, me temo que me he perdido parte de la ceremonia, aunque recuerdo que este episodio nos lo relató en otra ocasión,. Un bodorrio de los de alto copete, sin lugar a dudas. Hace un año estuve en Fuenterrabía e intenté encontrar la famosa Isala de los Faisanes, sin resultado alguno.
    Besitos

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  5. Unos bonitos detalles de la preparación de la boda, lástima que se hiciera todo para cumplir unos protocolos.
    Los reyes, en su mayoría siempre han sido infieles y ellas víctimas de penosos embarazos.
    Muy bonito el detalle de la madre.
    Besos

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  6. A ver quien le decía no a la reina Ana, cuando corrió las cortinas.
    A mí me pasó lo que a Carmen, no vi la isla de los Faisanes. Al cruzar el puente internacional miré, pero no logré ver nada.
    Beso su mano.

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  7. Luego de unas bodas muy dignas, se humillan a los novios, viendo si se consuma el matrimonio...

    Y luego...La Reina solo tenía dignidad

    Besos Madame

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    1. Muchas gracias Madame: por esta aportación ya tenemos a Maria Teresa casada con este infiel nato.Por lo menos su tía Ana tenía un poco de recato y sentido común...

      Un abrazo hasta pronto:)

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  8. Una fiesta sin tanto lujo, o me parece así. Bien por el pudor y recato de Matría Teresa.

    Me gusta esta historia.

    mariarosa

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  9. Que pompa y que lujo en esta boda del rey sol; me gustaria saber que hablarian esa noche anterior esos contrayentes. Un abrazo, madame.

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  10. Cómo se parecía el rito de consumación al que se estila, no sé si aun sigue así, entre los gitanos: verificación pública del apareamiento. No me extraña que la novia no tuviera prisa de retirarse a sus aposentos
    María Teresa, qué oportuna, fue sensible a la humillación que suponía para los contrayentes la publicidad de su primera noche de intimidad.

    Bisous y buenas tardes.

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  11. Sin duda esa costumbre era bastante incómoda para los novios y especialmente para la novia, sin embargo era la garantía de que el matrimonio había sido consumado y que la alianza, tanto la matrimonial como la política, era indisoluble. ¡Cuanto sufrimeinto se hubiese ahorrado Catalina de Aragón si la consumación e su matrimonio con el principe Arturo (o más bien, su no consumación) hubiese sido pública! Afortunadamente María Teresa no tuvo que sufrir ni una cosa ni la otra.

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  12. Menos mal que la Reina tuvo ese detalle, ya lo sufrió ella y en esta ocasión pudo ahorrarselo a su hijo y sobre todo a su sobrina.
    Muy descriptivo los destalles de la boda.

    Bisous

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)