lunes, 7 de mayo de 2012

La boda de Luis XIV y María Teresa (II)

María Teresa de Austria

La educación de María Teresa era prácticamente perfecta considerada desde el punto de vista de una princesa. Había sido educada para contraer matrimonio con un hombre de sangre real, y jamás hubiera imaginado que alguien de su condición pudiera enamorarse de una persona de otro rango. Encerrada en su urna de cristal, permanecía completamente inocente respecto al espinoso asunto entre Luis y María Mancini, y aceptaba de buen grado el destino que la aguardaba como reina de Francia. 

Desde su infancia, y a pesar de que sus respectivos reinos eran enemigos, ella siempre había considerado a Luis como su futuro esposo. La explicación, según Madame de Motteville, es que su madre, Isabel de Borbón, le había dicho siendo muy niña que para ser feliz solo podría ser reina de Francia o monja. 

El día en que el duque de Gramont, enviado especial de los franceses a España, había entrado al galope en Madrid, María Teresa vivió el momento más emocionante de su vida, aquel que llevaba años aguardando y para el que la habían preparado con esmero. Los caballeros franceses llegaron al fin formando un hermoso cortejo, todos vestidos con casaca rosa, con muchas plumas y cintas. Gramont había tardado un mes en hacer el camino entre Burdeos y Madrid, tantos eran los festejos con los que los españoles lo entretenían por el camino 

Isabel de Borbón

Sin embargo, había una importante laguna en la formación de la infanta: María Teresa no hablaba ni una sola palabra de francés. Nadie se había molestado en enseñarle la lengua del país que desde su nacimiento había sido el enemigo irreconciliable. A pesar de que su futuro esposo hablaba español, pues mantenía conversaciones con su madre siendo aún muy niño, esa ignorancia de María Teresa respecto al idioma en el que debería expresarse en adelante iba a representar un problema. 

La nueva reina de Francia era de baja estatura. Su rostro alargado de mejillas ligeramente prominentes era muy blanco y tendía a sonrojarse con facilidad. Tenía los ojos azules, una admirable cabellera abundante y rubia, los labios gruesos y salientes y, lamentablemente, para afear el conjunto, una dentadura descuidada, como era frecuente en la época. 

Cuando Gramont regresó a la Corte de Francia, hizo cuanto pudo por mostrarle al rey una imagen agradable de su prometida, exagerando sus encantos: el bello tono de su piel, el oro de sus cabellos… Pero Luis escuchaba con aire ausente. Seguía siendo María Mancini la que ocupaba todos sus pensamientos. El rey no compartía el entusiasmo de su madre, de Mazarino y de Colbert, ocupados en poner a punto los palacios, los uniformes, y en confeccionar bellísimos trajes para la ceremonia. Había muchas cosas que preparar, porque al casarse el rey tendría su propia Casa, es decir, su propia Corte, y dejaría de tener meramente el primer lugar en la de su madre. Pero para él su boda sería, simplemente, el precio de la paz con España. 

María Mancini

Después de aquella entrevista en la Isla de los Faisanes en la que María Teresa vio por primera vez a Luis XIV, también ella fue interrogada acerca de la opinión que le merecía el rey de Francia, y su respuesta no dejó lugar a dudas: 

—¡Cómo me agrada! —exclamó, añadiendo que le había parecido muy guapo mozo, un magnífico jinete y sumamente galante. 

El 6 de junio de 1660, ambos reyes volvían a encontrarse en la isla, esta vez con toda la pompa oficial, acompañados por los Grandes de sus respectivos reinos. De rodillas ante una mesa, con la mano derecha sobre los Evangelios y la izquierda sosteniendo un crucifijo, los dos monarcas se juran la paz, alianza y amistad eternas. 

Al dí­a siguiente llegó el momento de la separación. Ana de Austria, Felipe IV, Luis XIV y su hermano, los cuatro lloran al abrazarse. Madame de Motteville nos dice que Ana “mostró por su ternura que sentía la fuerza de la sangre”. En cuanto a Marí­a Teresa, después de arrodillarse por tres veces delante de su padre, que la bendice, está a punto de perder el conocimiento en esa despedida: todos sabí­an que era para siempre; después de ese dí­a no volverá a verlo. 

Felipe IV

María Teresa llevaba un vestido rojo bordado en oro y plata, adornado con joyas engastadas en gruesas monturas de oro, cuando fue introducida en una carroza. Con toda la comitiva de guardias y mosqueteros, se dirige con su nueva familia a San Juan de Luz, a la casa que alberga a Ana de Austria. Una vez allí, el rey acudió a sus aposentos para pedirle que se acostara, pues debía de estar fatigada tras los ajetreos de la jornada. Le ofreció hacer que le sirvieran la cena en la cama, pero ella expresó su deseo de cenar en su compañía y en la de la reina. Luis la tomó entonces de la mano y la condujo a ver a su madre. 

Ambas reinas permanecieron a solas con la única compañía de Luis, Philippe, Madame de Motteville y las camareras. “Cenaron con la misma familiaridad que si hubieran pasado juntos toda la vida. La reina madre mostró mucha ternura hacia la reina, y esta princesa, que la consideraba como una madre, le besó las manos muchas veces. Después de cenar el rey condujo a la reina hasta su habitación. La seguía solamente la condesa de Priego, Camarera Mayor, que en Francia quiere decir Dama de Honor”. 

Mientras tanto el rey de España había regresado a Fuenterrabía, y se mostraba muy abatido por la despedida. Se acostó en su lecho y dijo a quienes le rodeaban: 

—Vengo muerto por ver llorar a mi hija. 


Continuará con la tercera y última parte.

13 comentarios:

  1. Por mucha pompa, la vida es dura cuando los demás deciden por uno.

    Gracias por continuar acercándonos estas vicisitudes de los personajes de élite histórica.

    Esperemos que el Rey Sol pueda con estos tiempos de lluvia.

    Un beso, milady.

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  2. Para ser feliz, o reina de Francia o monja. Pocas alternativas le dejan a la ingenua María Teresa, incapaz de sospechar que hay otra mujer por medio.
    Lo de la dentadura descuidada debía ser algo muy frecuente, y no solo entre gente pobre, en aquellos tiempos donde había pocos remedios para combatir las bacterias que provocan la caries. Como dijo alguien hace poco, cualquier persona hoy vive mejor que aquellos reyes, en esos palacios tan fríos y limpiándose el trasero con un trapo... Y sin darse una sesión de higiene bucal con su dentista.
    Un saludo.

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  3. Eso es lo malo de tener una vida pública, que no puedes hacer lo que quiera, todo te viene marcado, pero siempre es mejor que la del tercer estado, no? Interesante personaje el de María Mancini. Feliz semana, madame.

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    1. Bueno después de leer esta II parte de este fracmento de la vida de Luis y María Teresa...nos iremos egalanando para ver el III fracmento.

      Siempre la tenemos que pifiar por algun lado.Que menos que le hubieran enseñado lo más básico del idioma Francés: ya que désde tiempo estaba concertada estas nupcias.Y eso que se dice que la habian preparado con sumo esmero(posiblemente este fué el fallo de la falta de complicidad, porque comunicarse unos se comunica con un dedo o un gesto, pero cuando no puedes entrar en temas profundos si que alguien tenga que hacer de interprete...)y a saber de lo que se podría hablar.Entonces el físico parece que es lo único que existe y si en sí no era muy agraciada pués...rian de rian.

      Un abrazo Madame:)

      Madame, gracias por este precioso relato.

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    2. No sé qué ocurre, madame, que sólo puedeo escribir si pincho en "responder", fuera de eso no me da opción de comentar.
      Es difícil comprender que no le hubieran enseñado el francés cuando, desde niña, le venía diciendo su madre que sería reina de Francia y ella así lo había asumido. Y es que los "importantes" creen que todo el mundo debe adaptarse a ellos y nunca al revés. Interesante historia, madame. Beso su mano.

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  4. Hola Madame:

    Muy guapa la reina hasta que sonreía...Por aquello de la dentadura descuidada.

    Parece que hay mucho amor, pero luego...

    Besos Madame

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  5. Me cae bien María Teresa, pero hay que reconocer que la distinguida española, no era rival para la belleza de Mancini, y encima no sabía francés. Cuánto debió sufrir la pobre María Teresa, sufriendo con dignidad aprendida todas las futuras infidelidades del rey.
    Beso su mano.

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  6. Vaya vista la de Isabel de Borbón, con decirle a la niña que para ser feliz solo podría ser reina de Francia o monja. Desde luego con tantas amantes que tuvo el monarca no podía ser feliz nunca aunque estuviera educada para ello.
    Pero cada cual elige su destino. ¿O no?
    Bisous y cuidese;-)

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  7. Ya me imagino los sinsabores que ha de tener María Teresa me hace recordar al relato kafkiano en donde las cosas que están hechas para el protagonista no pueden ser alcanzadas por este; ojalá que los siguientes capítulos de tu relato digan que me equivoqué con mi presunción, porque esas decepciones a algunos de verdad nos hacen sufrir en cabeza ajena.

    Un abrazo

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  8. realmente los jóvenes nobles no tenian tan fácil la vida, en ellos la opción era la risa o el llanto para toda la vida...
    saludos querida Madame

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  9. Para ser feliz o reina de Francia o monja, qué pocas alternativas y para rematar aún educandola en esta idea ni siquiera le enseñan el idioma en el que ha de reinar. Interesante entrada.

    Bisous

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  10. Coincido con Elysa... me han llamado especialmente la atención las recomendaciones de Isabel de Borbón a su hija, "monja o reina de Francia"... se salió con la suya, aunque no sé si la infanta escogió la mejor opción... Abrazos,

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  11. Pues sí que crecio Maria Teresa en un estado de ostracismo importante; no me extraña que se sintiera feliz ante la perspectiva de ser reina de Francia (a mi modo de ver resulta preferible a ser monja). Lo que sí tiene delito es que no le hubiesen enseñado ni una palabra de francés, con la de lenguas viperinas que había en la Corte. ¡Cuantas salidas de tono habrá tenido que escuchar al principio y en respuesta ofrecer una sonrisa de ignorancia!

    Me encanta la imagen de la Mancini. Belleza no se le puede negar a la dama.

    Bisous

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)