jueves, 31 de mayo de 2012

La Princesa de los Ursinos


A pesar del título italiano que llevó por su segundo esposo, Marie-Anne de La Trémoille era una aristócrata francesa, hija del duque de Noirmoutier, quien se había unido al partido del cardenal de Retz durante la época de la Fronda. 

Marie-Anne nació en París en 1642. No había cumplido 17 años cuando se casaba con Adrien-Blaise de Talleyrand, que adoptó el título de príncipe de Chalais. La princesa siguió a su marido a España, y años después viajaba con él a Italia. En 1670 Adrien moría en Venecia a consecuencia de la peste cuando se disponía a reunirse con ella en Roma. Dejaba a su esposa prácticamente en la ruina y obligada a buscar la protección de los cardenales franceses, de Bouillon y d’Estrées. 

Los cardenales aconsejaron a Luis XIV que Flavio degli Orsini, duque de Bracciano, se aliara con los intereses de Francia mediante un matrimonio con la joven viuda. Luis dio su visto bueno y en 1675 Marie-Anne se casaba con Orsini. 

El segundo esposo era un hombre no mucho mejor posicionado económicamente que el primero, pero cabeza de una de las familias más importantes de Italia. Marie-Anne abrió el palacio de los Ursinos a lo más distinguido de la sociedad de su época, y no tardó en encontrar entre los altos personajes un puesto de primera línea gracias a su encanto y agudeza. Era joven y atractiva, y ella lo sabía. Con su cabello oscuro, ojos azules, estatura media y una figura perfecta, tenía un porte majestuoso, unos modales llenos de gracia y distinción y una elocuencia natural que resultaba muy agradable. Siempre mostró coraje ante la adversidad, y, desde luego, grandes habilidades. Sin embargo, no solo cosechaba elogios: con una notable habilidad para el halago y una inclinación evidente hacia la intriga, frecuentemente se la acusó de no ser siempre sincera. Además, manifestaba una ilimitada ambición ante la que no había nada sagrado. Fue, en suma, enemigo cruel para unos y amiga constante y leal para otros.

Castillo de Bracciano - Imagen cedida por Isabel Barceló Chico, autora de Dido, reina de Cartago

El matrimonio no marchaba por cauces ideales. Sin llegar a pelearse abiertamente, Orsini y su esposa mantenían frecuentes desacuerdos que resolvían mediante separaciones temporales. La princesa viajaba entonces a Francia. La segunda de estas estancias fue muy prolongada: Marie-Anne permaneció allí cinco años, una época en la que trabó amistad con el duque de Saint-Simon. Pero se decía que residía más en París que en Versalles, donde Madame de Maintenon temía que se destacara demasiado. A pesar de todo se le propuso formar parte del séquito de la duquesa de Orleáns, pero ella no aceptó el puesto. 

De regreso en Italia, Marie-Anne actuaba como agente francés en Roma y Nápoles. Su esposo había tomado partido por el emperador, lo que llevó a uno de los importantes desacuerdos entre ambos. De hecho se convirtió en una batalla matrimonial de tales proporciones que Orsini prefierió exiliarse en Nápoles, donde permaneció mucho tiempo. 

El esposo fallecía en 1698 Marie-Anne, que no había tenido hijos de ninguno de sus dos matrimonios, se convertía por segunda vez en una viuda llena de deudas. Fue preciso vender las propiedades de su difunto marido, incluido el ducado de Bracciano. Esto se hizo con la expresa condición de que, ya que perdía su título de duquesa, en adelante llevaría el de Princesa Orsini (en francés des Ursins y en español de los Ursinos). 

El carácter de la señora era notable: poco después llegaba a pelearse con el cardenal de Bouillon, que tanto la había ayudado, por una cuestión de privilegios en la que el Papa decidió a su favor. Pero la disputa fue de tales proporciones que nunca se reconciliaron. 

Cardenal de Bouillon

Durante los siguientes años la princesa continuó viviendo en Roma. En sus salones recibía a soberanos, virreyes y príncipes de la Iglesia, y defendía los intereses franceses con tal eficacia que Luis XIV le concedió una pensión. Esto supuso un gran alivio, porque ni siquiera la venta del ducado le había proporcionado suficientes medios económicos para mantener su estatus, y ella buscaba desesperadamente el modo de mejorar su posición. 

La oportunidad llegó en 1701, cuando el rey de Francia aceptaba el trono de España para su nieto Felipe, prometido a la princesa María Luisa Gabriela de Saboya. Como la novia tenía tan solo trece años, era conveniente asignarle una consejera experta para instruirla acerca del modo de mantener la dignidad de su rango y evitar ofender a sus súbditos españoles. Una mujer de la corte francesa no sería aceptada en España, y una española no defendería los intereses franceses, de modo que había que buscar en otra parte. La princesa de los Ursinos no dejó escapar la ocasión y escribió de inmediato a su amiga la mariscala de Noailles ofreciéndose para el puesto. 

En efecto, nadie más indicado que ella: era una aristócrata francesa que había vivido en España durante la época de su primer matrimonio y conservaba muchos amigos allí. Hablaba el idioma con fluidez y estaba familiarizada con las costumbres de la corte. Además contaba con la ventaja de que había visitado Turín en varias ocasiones durante las cuales había tenido ocasión de conocer a la duquesa de Saboya, con la que mantenía correspondencia. 

María Luisa Gabriela de Saboya

La princesa rogó a su amiga que presentara su candidatura al rey antes de que tuviera tiempo de pensar en otra, a cambio de lo cual se comprometía a encontrar esposo “para una docena o más de vuestras hijas tan pronto como me haya establecido en Madrid”. Y es que, de los 21 hijos que había tenido la mariscala, once eran hijas aún casaderas. Habló además con el cardenal de Noailles, quien casualmente se encontraba en Roma por entonces. Para asegurarse el éxito, Marie-Anne tocó otros poderosos resortes y encontró el apoyo de Madame de Maintenon, deseosa de mantener en la corte española a alguien que la informara personalmente de los secretos de Estado. El cardenal d’Estrées también se convirtió en un importante aliado, y el cardenal Portocarrero, seguramente el hombre con mayor influencia en la corte española en aquel momento, era un gran amigo de la princesa. La unión de ambos podría ser de gran beneficio para Francia. 

En suma, gracias a tantos y tan grandes apoyos la princesa de los Ursinos fue nombrada Camarera Mayor de la nueva reina de España. 

Marie-Anne se encontró con la saboyana en Niza el 27 de septiembre de 1701, y luego la acompañó hasta Cataluña. El matrimonio se celebraba en Figueras el 2 de noviembre. El 30 de junio del año siguiente la reina hacía su entrada en Madrid mientras Felipe partía hacia Italia. 

La princesa mantenía mientras tanto una correspondencia regular con Madame de Maintenon, al objeto de asegurarse su influencia en Versalles. También aprovechaba su amistad con Portocarrero, que presidía la Junta, y con el cardenal d’Estrées, que era el embajador francés. Sin embargo ambos cardenales eran rivales, y ella no lograba ponerlos de acuerdo. 

Felipe V

Tenía mucho más éxito con los jóvenes reyes de España a la hora de aconsejarlos, y se había ganado totalmente la confianza de María Luisa. Fue ella quien le inculcó firmeza y determinación a la hora de establecer su autoridad, unas lecciones muy valiosas cuando llegó el momento en que la saboyana hubo de gobernar España como regente en ausencia de su esposo. Y de paso, con el pretexto de que la reina no podía permanecer sola en una asamblea de hombres, invariablemente la acompañaba en las sesiones de la Junta y se enteraba de todos los secretos de Estado. 

Fue la princesa, también, quien ayudó a María Luisa a dominar a su esposo para que no emprendiera nada sin ella, lo que equivalía a decir sin la propia princesa de los Ursinos. Pronto se hizo evidente que el rey solo tomaba decisiones cuando la reina estaba presente en las reuniones.


Continuará

martes, 29 de mayo de 2012

Las Druidesas Celtas


En el mundo celta las mujeres podían ser jueces, sacerdotisas e incluso druidesas. Los druidas eran la clase intelectual y espiritual, y en ocasiones ejercían sobre la tribu una influencia mucho mayor que la de los propios reyes a quienes servían. Eran poetas y profetas, astrólogos, astrónomos, videntes, magos y adivinos. Memorizaban las leyes y guardaban registro en su cabeza de las historias y genealogía de la tribu. Representaban funciones de embajadores, abogados, jueces y médicos. Arbitraban las alianzas políticas, hacían sacrificios; entonaban los cantos sagrados, contaban historias, enseñaban a los niños, practicaban rituales y eran filósofos. Se especializaban en una o varias de estas disciplinas y pasaban 20 años o más dedicados a su aprendizaje. 

Aunque a veces se debate acerca de si las mujeres celtas podían realmente ser druidas, lo cierto es que existen numerosos testimonios que nos confirman su existencia. Las mujeres parecen haber representado una variedad de papeles en la vida religiosa celta. Puesto que las tribus veneraban a muchas diosas, ellas les servían de representantes en la tierra y representaban funciones rituales en los cultos. 

Los testimonios aluden a dos clases diferentes: Ban-druaid, druidesas que eran las guardianas del fuego sagrado, de modo similar a las vestales de Roma, y Ban-fhilid o poetisas. A veces se trataba de las esposas de los propios druidas, que gozaban de una gran influencia, pero no necesariamente era así. 

En la Galia podemos establecer otra clasificación: un primer grupo, el de rango más elevado, estaba formado por aquellas que mantenían su voto de castidad perpetuo. Las integrantes del segundo grupo, aunque casadas, permanecían en los templos, donde recogían las mesas, y solo veían a sus esposos un día al año. Había aún una tercera clase de mujeres que no abandonaba a sus esposos y se ocupaba de los asuntos domésticos del templo al tiempo que de la educación de sus hijos. 


En la Galia había templos en los que eran las druidesas las que ordenaban y regulaban cuantas cuestiones concernían a la religión, lugares cuya entrada estaba prohibida a los hombres. 

Un grupo de nueve vírgenes tenía su oráculo en la isla de Sein, en Bretaña, un misterioso lugar a tan solo metro y medio sobre el nivel del mar. Los lugareños la llaman “la Isla de los Siete Sueños”, o “la Isla de los Druidas”. Dadas sus características, se inunda fácilmente con las mareas, y se desencadenan con frecuencia violentas tempestades. Una leyenda afirma que si un marino se acerca demasiado, su barco será irremisiblemente arrastrado hacia la tempestad y horrendas apariciones le perseguirán por siempre. 

Pomponio Mela dice que “la isla de Sein, en el mar Británico,… es famosa por su oráculo, cuyas sacerdotisas, con voto de castidad perpetua, son nueve. Sus poderes singulares pueden levantar los vientos, sus canciones pueden elevar los mares; pueden convertirse en animales, especialmente en el cisne… Pueden curar las enfermedades más terminales y predecir el futuro solo a aquellos que se atrevan a acudir en busca de su sabiduría.” El mismo autor menciona que su instrucción era secreta y se llevaba a cabo en bosques y cuevas. 

Las nueve vírgenes rechazaban el dinero, pero mucha gente acudía con regalos en busca del oráculo para ponerse en contacto con los difuntos o para obtener alguna curación milagrosa. Las druidesas de Sein eran muy respetadas, pero también temidas. 

Estrabón relata que las nueve sacerdotisas llevaban largos vestidos blancos con cinturón de bronce y se cubrían con capas de lino. Pero a continuación describe un sacrificio de dudosa credibilidad: “Estas mujeres entraban en los campamentos blandiendo espadas, y hacían prisioneros a los que coronaban y luego mataban sobre un enorme caldero dispuesto sobre un receptáculo, y procedían a la lectura del oráculo en sus vísceras.” 


Otro autor nos cuenta que “eligen a una virgen entre ellas… Entonces la envían desnuda al bosque sagrado para recoger, utilizando solo el dedo meñique de la mano izquierda, Hyosciamus niger (beleño), la flor del dios Beli. Luego tiene que sumergirlo en la corriente del río y caminar hacia atrás como imitando un movimiento retrógrado del sol.” Este ritual se suponía que traía la lluvia y preparaba la tierra para una buena cosecha al año siguiente. 

Se cree que también en Bretaña siete hechiceras, a la muerte de alguien de su clan, llevaba su cuerpo momificado en un convoy nocturno y cruzaban el mar hacia un lugar llamado la Roca del Cuervo. 

Los emperadores Diocleciano, Aureliano y Alejandro Severo consultaban con druidesas. En el año 235 Alejandro Severo emprendía una expedición para liberar a la Galia de las tribus germánicas, y entonces una druidesa gala exclamó en su lengua nativa: 

—Adelante, pero no esperes la victoria ni confíes en tus soldados. 

Una de estas mujeres predijo el ascenso del emperador Diocleciano. Al parecer el joven, mientras no era más que un simple soldado, fue bastante rudo con ella, negándose a pagarle el alojamiento y la comida. Cuando la druidesa le recriminó su actitud, él bromeó diciendo que se mostraría más generoso cuando fuera emperador. La mujer le advirtió: 

—No te rías, Diocleciano, pues cuando hayas matado al jabalí te convertirás realmente en el emperador. 

Diocleciano ascendió en el ejército y mató muchos jabalíes en el transcurso de sus cacerías, pero la predicción no se cumplió hasta que dio muerte al prefecto Arrio. Curiosamente el apellido del prefecto era Aper, palabra que significaba jabalí. 


En Irlanda, en Tara, había una especie de Comunidad de Vírgenes Sagradas en el que las druidesas adivinaban el porvenir. Vivían en un lugar llamado “El Retiro Hasta la Muerte”. En una ocasión fue atacado por el rey de Leinster y todas las residentes fueron masacradas, lo que se consideró un brutal sacrilegio. 

Tácito habla de mujeres que asisten a reuniones en el santuario de la isla de Mona, desde donde alentaban a los britones a rebelarse contra Roma. “Los celtas no hacen distinción entre gobernantes masculinos y femeninos”. También nos habla de Veleda, una profetisa de la tribu germánica de los brúcteos que gobernaba sobre un extenso territorio y tenía una consideración semidivina. De ella se sabe que arbitró con éxito varios conflictos entre tribus, hasta que fue capturada por los romanos en torno al año 77, por su implicación en la rebelión contra el Imperio. “Estaba prohibido dirigirse directamente a Veleda. Permanecía encerrada en una alta torre, donde un miembro de su familia debía transmitir la pregunta y la respuesta.” 

El mismo autor recuerda a otras druidesas, como es el caso de Aurinia, y dice que antes de Veleda “Aurinia y otras fueron tenidas en igual veneración”. 

Plutarco dice que las mujeres celtas participaban en asambleas, mediaban en las disputas y negociaban tratados, labor propia de un druida. Él y Tácito mencionan a Eponina, una sacerdotisa esposa de Julio Sabino, un galo romanizado, jefe de los lingones. Eponina se hizo célebre por la abnegación conyugal que demostró. Julio Sabino combatió contra Roma, pero, vencido, hubo de refugiarse en una cueva, donde permaneció oculto con sus servidores. Eponina trató de conseguir el perdón para su esposo y el fin de la persecución. Al no lograrlo, se encerró con él, y cuando Vespasiano dio muerte a Julio Sabino ella no quiso sobrevivirle. Insultó al emperador y de ese modo fue ejecutada junto a su esposo. 


Plutarco menciona también a una mujer celta entre los gálatas, llamada Camma, sacerdotisa de la diosa Brigit. Aunque no era lo habitual entre los celtas, pues normalmente la mujer podía elegir esposo, Camma fue obligada a casarse con el asesino de su esposo, pero durante la ceremonia vertió un veneno en la copa de su nuevo marido y en la suya propia. 

Boudica, la reina celta que dirigió el levantamiento contra los romanos en el año 60, según Dion Casio era sacerdotisa de Andraste, diosa de la victoria. Y a veces se ha afirmado que Santa Brígida de Kildare fue una druidesa antes de convertirse al cristianismo. 

Entre las numerosas pruebas con las que contamos acerca de la existencia de estas mujeres, se encuentra una inscripción hallada en Metz, realizada por una sacerdotisa druida en honor al dios Silvano y a las ninfas locales. 

Hay también tumbas femeninas que inducen a pensar que aquellas mujeres eran druidesas, debido a los rituales y el trato especial que recibían. En Irlanda, en el condado de Meath, está enterrada Tlachtga, hija de un druida del Munster, considerada ella misma como druidesa e incluso como una de las divinidades menores.


Bibliografía:
Irish Druids and Old Irish Religions - James Bonwick
The History of Ireland, Volumen 1 - Thomas Moore
A Catechism of Mythology: Containing a Compendious History of the Heathen Gods and Heroes - William Darlington
The Magic Arts in Celtic Britain - Lewis Spence
History and Origins of Druidism - Lewis Spence
elmundodelamitologiacelta.blogspot.com.es/2008/04/en-la-cultura-celta-si-bien-no-puede_19.html


domingo, 27 de mayo de 2012

La madre de Napoleón (III)

Maria Letizia Ramolino

Madame Mère, como era conocida Letizia, tenía ahora 55 años, pero aún no habían aparecido canas en sus cabellos negros, que lucía rizados sobre la frente. Es cierto que perdió pronto la belleza de su juventud, pero conservaba ese porte digno que siempre la caracterizó. 

Sus hijas y, desde luego, su nuera, no debieron de alegrarse mucho cuando apareció por París: aquellos ojos de mirada perspicaz veían demasiado, y Letizia no se refrenaba a la hora de hacérselo saber. Reprendía sus excesos en los gastos y sus mezquinas peleas por cuestiones de precedencia y etiqueta. Ni siquiera el emperador, a quien ella insistía en llamar “Nabulione”, se libraba de sus reprimendas. Un día, durante el transcurso de una fiesta familiar, Napoleón le ofreció su imperial mano para que se la besara, y ella, indignada, lo rechazó. 

—¿Acaso no soy tu emperador? —preguntó él. 

—¿Y yo no soy tu madre? —replicó ella. 

Eso zanjó la cuestión. Napoleón guardó silencio y, avergonzado, fue él quien besó su mano. 

Durante un tiempo Letizia vivió con su hijo José en la rue du Rocher. Seguía hablando muy mal el poco francés que se había tomado la molestia de aprender. Por lo demás, seguía siendo la misma mujer austera de siempre. Detestaba la frivolidad, daba mucho a los pobres, rezaba sus oraciones y ahorraba en tiempos de bonanza, consciente de que la rueda del destino podía volver a girar. 


No le había gustado ver a su hijo convertido en emperador. Ni siquiera asistió a su coronación en 1804, aunque fue incluida en el cuadro de Jacques-Louis David siguiendo instrucciones del propio Napoleón. Letizia fue capaz de comprender que había traspasado un límite muy peligroso, arrastrado por una ambición desmedida que acabaría por apagar su buena estrella. 

En 1809 Napoleón se divorciaba de Josefina. Su madre sintió lástima por aquella mujer que nunca le había gustado, pero lo consideró “un acto necesario”. “Para una mujer de su mentalidad, una esposa que había sido infiel al marido cuando este no era nadie y solo le guardó fidelidad cuando se convirtió en un gran hombre, debe de haberle parecido especialmente despreciable. Además, para su primitiva simplicidad, una esposa que no tuviera hijos no era más que media esposa al fin y al cabo. Francia exigía el sacrificio de Josefina.” 

Dos años más tarde el Imperio había alcanzado la cúspide de la gloria. La madre del emperador podría haber aspirado a la más alta posición, y sin embargo vivía más retirada que nunca, rodeada de una corte que consistía casi exclusivamente en sus numerosos parientes. Cuando José y Luis abdicaron, ella los recibió con todo el cariño. Cada vez desconfiaba más del camino que había tomado Napoleón al coronarse emperador. 

—Nosotros los corsos —decía— conocemos las revoluciones. Todo esto tendrá un final, ¿y qué será de mis hijos, cuya imprudencia no ha contemplado ni el futuro ni el pasado? Entonces recurrirán a mí. 


Palabras proféticas, porque después de la campaña de Rusia Napoleón tuvo que aceptar de su madre un millón para sus gastos más urgentes. Y cuando el Imperio estaba a punto de caer, Letizia le dijo a Cambacérès: 

—No me quejaré del modo en que se acabe siempre y cuando Napoleón no pierda su honor. 

Madame Mère tenía 64 años cuando se reunió con su hijo en la isla de Elba. Una vez allí, se sentaba cada día a trabajar en un tapiz, con una miniatura de Napoleón ante ella sobre la mesa. “Lo había amado en la gloria, pero lo amaba mucho más en la desgracia”. Paulina también acudió, demostrando que entre su frivolidad y ligereza latía un corazón capaz de grandes sentimientos. “Paulina jamás me pide nada”, había dicho Napoleón cuando era emperador, y tal vez por su eso la quería más que al resto. 

Una noche, durante el transcurso de un baile, Letizia paseaba con su hijo por el jardín cuando de pronto este le comunicó sus planes: 

—Os advierto que parto esta noche. 

—¿Hacia dónde? 

—A París. Pero antes de nada os pido consejo. 

Letizia nunca hubiera querido que iniciara aquel camino como emperador de los franceses, pero la senda ya estaba recorrida, y ahora lo único que podía hacer era intentar no morir como un hombre derrotado. Había que llegar hasta el final, fuera este el que fuese. 

—Vete, y que se cumpla tu destino —dijo. 


Madame siguió a su hijo a Francia. Estuvo presente aquel 7 de junio de 1815, cuando Napoleón recibió los juramentos de senadores y diputados. Pero dos semanas después todo terminaba en Waterloo. 

Madame Mère pasaría esos días amargos en la Malmaison, sin separarse de su hijo. Sabía que tenía que seguir mostrando ante él la misma fortaleza de siempre, pero era demasiado difícil. Cuando llegó el día de la despedida, los pocos amigos que permanecían leales al emperador se fueron llorando, y madre e hijo quedaron a solas. Letizia no pudo contener las lágrimas. 

—Adiós, hijo mío —fueron las tres únicas palabras que su emoción le permitió articular. 

Días más tarde escribía al cardenal Consalvi: “Soy en verdad la madre de la tristeza”

El 15 de julio llegaba a Roma con su leal hermanastro, José Fesch. Poco después escribía a los soberanos de Europa solicitando que le permitieran reunirse con su hijo en Santa Elena. Su petición fue denegada. Más adelante volvía a escribirles para rogarles que libraran a su hijo de una muerte lenta y tortuosa en aquel lugar perdido. Ni siquiera recibió una respuesta. 

Letizia vivía apaciblemente en Roma. Recibía pocas visitas y a veces veía al Papa. Cuando su nuera María Luisa quiso visitarla, ella, indignada porque solo había aceptado compartir el destino de su hijo en tiempos de bonanza, se negó a recibirla. Igualmente hizo con el emperador de Austria, padre de María Luisa, cuando le envió a su edecán. 

—Vaya usted, señor, a decirle al emperador de Austria, su amo, que él y la madre del emperador Napoleón no tienen nada en común. 


Tampoco podía perdonar a su propia hija por la traición de Murat a Napoleón. No aceptaba las excusas de Carolina, que insistía en que no era responsable de las acciones de su esposo. 

—Madame —replicó fríamente su madre—, si no podía usted gobernarlo, debió al menos combatirlo. 

En 1821 fallecía Napoleón en su triste exilio. La noticia tardó dos meses y medio en llegar a Roma. El doctor Antommarchi no se atrevió a contarle todo de golpe; le partía el alma ver su dolor, y necesitó de tres visitas para comunicarle los detalles y responder a sus preguntas. Al conocer lo sucedido, Letizia permaneció durante mucho tiempo “inmóvil, sin voz, sin lágrimas”. 

“Mi vida terminó con la muerte del emperador. Entonces renuncié a todo para siempre”. 

El 15 de agosto escribió al marqués de Londonderry, el ministro inglés de Asuntos Exteriores, para solicitar los restos de su hijo. 

“…Pido las cenizas de mi hijo: nadie tiene más derecho a ellas que una madre… Él ya no necesita honores —su nombre basta a su gloria—, pero yo necesito abrazar su cuerpo sin vida. Lejos del tumulto del mundo, he preparado para él una tumba en una humilde capilla. En nombre de la justicia y de la humanidad, ruego que no me nieguen mi súplica… He dado a Napoleón a Francia y al mundo; en nombre de Dios, en nombre de todas las madres, vengo a suplicaros, señor, que no me nieguen a mi hijo muerto.” 

Pero su petición fue rechazada, y Letizia no vivió suficiente para ver cómo un día las cenizas de su hijo descansarían finalmente a orillas del Sena, entre los franceses que él tanto había amado. 


Desde la muerte de Napoleón, Madame Mère se fue apagando. Aún habría de recibir duros golpes: Paulina fallecía en Florencia en 1825. Para entonces Letizia se había convertido en una triste figura de otra época, siempre vestida de negro, que acudía a misa cada día y paseaba entre las ruinas. 

En 1832 moría su nieto, el rey de Roma, a consecuencia de una tuberculosis. El hijo de Napoleón y María Luisa solo tenía 21 años. 

Letizia se secaba, envejecía. Cuando ya no pudo valerse de su vista Mademoiselle Rose Mellini le leía en voz alta y le hacía compañía. En aquellas horas amargas, la anciana dictaba sus recuerdos. 

El 2 de febrero de 1836, a la edad de 85 años y “habiendo conocido Francia como conquistador, enemigo, amigo, reino, caos, república, el imperio de su propio hijo y reino Borbón de nuevo, y tras haber experimentado los extremos de la pobreza y la riqueza, de la oscuridad y la gloria, del halago y el desprecio, moría Madame Mère”. Su hermanastro y el menor de sus hijos se encontraban a la cabecera de su cama. 

El gobierno italiano, para no ofender a Francia, ordenó un funeral muy sencillo. Era lo que ella hubiera deseado. Bajo las alas desplegadas del águila imperial se inscribió simplemente: 

L. R. B. 
Mater Napoleonis


Bibliografía:
The women of the salons - S. G. Tallentyre

viernes, 25 de mayo de 2012

La madre de Napoleón (II)

Maria Letizia Ramolino

Un año después de haber perdido a su esposo, Letizia se reunía con Napoleón, que regresaba a casa a pasar las vacaciones. Encontró en su hijo a un adolescente enfermo de cuerpo y alma, amargado por las oscuras perspectivas que se abrían ante él. Ella lo cuidó y lo animó; hizo lo posible por devolverle la salud y la alegría. En el jardín de Milelli, a la sombra del viejo roble, hora tras hora se sentaba a su lado y le hablaba hasta hacerle creer firmemente que vendría un futuro mejor. Le recordaba que ella tenía un tío que podía ayudarlos, y además el Estado les había concedido una pensión. Era muy pequeña, pero suficiente para comenzar si la administraba bien. 

Cuando en 1789 estalló en Francia la Revolución, Letizia supo cuál era el lugar de Napoleón, y le escribió para pedirle que se quedara allá donde estaba. “Era la madre espartana que, habiéndole dado el escudo a su hijo, le pedía que regresara con él o sobre él.” 

Al año siguiente Paoli volvía triunfal a Córcega. En 1792 sus intenciones de separar la isla de Francia para anexionarla a Inglaterra eran evidentes. Paoli no había olvidado el bravo comportamiento de la dama durante aquellos años en los que la isla había luchado por su independencia, y le envió un mensaje esperando atraerla de nuevo a su causa: 

“Señora, si escribe usted al general diciéndole que desaprueba la conducta de sus hijos, se le devolverán inmediatamente las propiedades confiscadas.” 

Pero su causa ya no era la de ella. Ahora no se trataba de la independencia de la isla, sino de hacer que pasara a otras manos, y Letizia no veía en ello ninguna ventaja. El rebelde no tuvo en cuenta que ahora sus hijos eran franceses. Napoleón se había formado en Francia y había iniciado una brillante carrera militar, y su madre veía con claridad que solo allí encontraría la prosperidad que esperaba para él. Jamás se hubiera posicionado en contra de sus propios hijos. 

—Díganle a Paoli que pensé que me conocía mejor —respondió—. Me he convertido en francesa, y francesa me quedaré. 


Esta respuesta convirtió a Paoli en el más encarnizado enemigo de los Bonaparte. El patriota corso dio orden de capturarlos vivos o muertos, pero Letizia no flaqueó ni se desvió un ápice de su resolución. 

Sus tres hijos huyeron disfrazados: José a Bastia, Napoleón a Calvi y Luciano a Marsella. Ella quedaba sola con los más pequeños en su casa blanca de Ajaccio. 

—No debéis pensar en vuestra madre hasta haber salvado al país —les dijo al despedirlos. 

Día y noche velaba por los restantes. Pasaba las noches sentada, alerta a cualquier ruido que se escuchara en el silencio de la noche, y cuando amanecía se acostaba un rato, vestida, siempre temiendo que en cualquier momento las gentes de Paoli pudieran venir a por ellos. La angustia y la ansiedad la atenazaban; No sabía qué hacer. “La resistencia era imposible; la rendición, deshonor; y la huida una muerte casi segura”. 

Tenía consigo a su hermanastro José, más joven que ella, pero eso no servía de mucha protección. Un pariente había aceptado hacerse cargo de Carolina y Jerónimo, los dos hijos menores, mientras ella se ocupaba de Elisa, Paulina y Luis. 

Una noche ocurre lo que tanto teme y un grupo de hombres armados irrumpe en su habitación. Piensa que son paolistas y se incorpora dispuesta a afrontar su destino. En ese instante, cuando ya lo cree todo perdido, descubre que son amigos que acuden en su auxilio. 

—¡Rápido, Signora Letizia! —la urgen— Los hombres de Paoli nos pisan los talones. No hay un momento que perder. Hemos venido a salvarla o a perecer con usted. 


Letizia viste apresuradamente a los niños y todos juntos se deslizan sigilosamente por las calles de la ciudad, que aún duerme. Pueden oír cómo avanza el enemigo, demasiado cerca de allí, pero consiguen llegar a las montañas sanos y salvos. José Fesch se encarga de guiar a Elisa y a Luis mientras ella lleva a Paulina de la mano. La arisca vegetación va rasgando sus ropas; araña manos y rostros, hasta que el llanto de Elisa rompe el silencio. 

—Haz como yo —le dice su madre—. Yo también sufro, pero en silencio. 

En la cima del monte hacen un alto para descansar. A lo lejos se escucha el reloj de la iglesia de Ajaccio dar la medianoche, pero Letizia no duerme, sino que permanece sentada, las manos reposando sobre las rodillas, siempre pensando. 

Al amanecer, era ella misma quien daba la señal para ponerse en marcha. Mientras permanecían ocultos, la gente de Paoli saqueaba y destruía el hogar de los Bonaparte. Durante esa jornada los fugitivos contemplan con consternación cómo se alzan las llamas en la distante Ajaccio. 

—Es su casa la que arde, Signora

—¿Y eso qué importa? —repuso ella— Volveremos a construirla, y será más bonita. ¡Viva Francia! 

Poco después conseguían un caballo para los más pequeños, y así continuaron camino con la madre caminando a su lado. Llegaron a la casa de campo de Milelli. Conscientes de que detenerse allí era meterse en la boca del lobo, optaron por seguir hasta alcanzar el puerto de Capitello, donde aguardaba Napoleón. 


Un navío los transportó hasta a Francia. Desembarcaron en Tolón, pero poco después se mudaban a Marsella. Aunque habían tenido la fortuna de poder estar todos juntos y a salvo, apenas disponían dinero ni sabían cómo iban a conseguirlo. Napoleón, oficial de artillería, era el que mantenía a la familia, a la que entregaba la mayor parte de su paga. La necesidad lo obligó a doblegar su orgullo y aceptar 30.000 francos de un amigo. 

Letizia se ocupaba de las tareas domésticas con sus propias manos. Sobre ella recaía también la responsabilidad, con su escasa instrucción, de educar a sus hijas sin dote: Elisa, de casi 18 años, Paulina de 15 y Carolina de 13. Cuando se sentaban juntas a coser les contaba leyendas del país que habían abandonado; les hablaba de su padre, de la guerra en la que él había luchado y de su valor. Poco más podía hacer la pobre mujer, pues nulo era su conocimiento de los libros. A cambio intentaba inculcarles sensatez, sentido de la justicia y cuantos valores consideraba que merecía la pena aprender. 

En 1794 José se casó con Mademoiselle Clary, hija de un rico mercader, lo que supuso un alivio a la economía familiar. Luis era ayudante de campo de Napoleón, mientras que Luciano se había convertido en abogado. La encantadora Paulina tenía muchos pretendientes. Junot quiso casarse con ella, pero entonces aún no era nadie, y Napoleón se opuso: 

—Tú no tienes nada y ella no tiene nada —le dijo—. ¿Cuál es la suma? Nada. 

Y así el matrimonio no se llevó a cabo. En cambio estaba a punto de celebrarse el del propio Napoleón con Josefina, algo que no resultaba del agrado de Letizia. Su hijo ni siquiera le había consultado acerca del importante paso que iba a dar, pero se conformó con su voluntad, consciente de que no hubiera podido torcerla. 

Josefina

Entonces el joven corso era nombrado comandante de los ejércitos en Italia. La fortuna de los Bonaparte sube como la espuma, y el corazón de la mamma rebosa de orgullo. Las victorias del hijo convierten a la madre en todo un personaje allá en Marsella. Gracias a ellas, Francia recuperaba Córcega. 

—Hoy soy la más feliz de las madres —dijo cuando se reunió con Napoleón en Montebello. 

Después regresó a su Ajaccio natal con Elisa, ahora casada con Bacchiocchi. Allí llevaba una vida sumamente apacible, alejada de todos los cambios políticos que se estaban produciendo en Francia, y que ella ni siquiera menciona en su correspondencia. 

En 1799 viajaba a París. Comenzaba una nueva etapa de su vida, una época de gloria. Napoleón era Primer Cónsul, e iba a convertirse en emperador. Sus demás hijos estaban ya casados o a punto de casarse, y las dotes serían reinos. Ella misma recibiría el tratamiento de Alteza Imperial y se convertiría en la primera Dama de la Legión de Honor.


Continuará

miércoles, 23 de mayo de 2012

La madre de Napoleón (I)

María Letizia Ramolino

“Una excelente mujer, una madre sin igual, con un coraje y una fortaleza sobrehumanos”. (Napoleón Bonaparte) 


Maria Letizia Ramolino nació en Ajaccio, Córcega, el 24 de agosto de 1750. La isla, por la que habían pasado fenicios, cartagineses, romanos, vándalos, griegos, godos, sarracenos y genoveses, pertenecía en aquellos momentos a Italia. De hecho, Letizia se aferraría a su lengua italiana hasta el fin de sus días. Siempre se negó a aprender francés. 

Había nacido en el seno de una buena familia. Se puede decir que pertenecía a la nobleza isleña, aunque eso en la Córcega de hace dos siglos y medio no implicaba necesariamente ningún grado de refinamiento o nivel cultural. No había cumplido cinco años cuando perdió a su padre, por lo que su madre hubo de afrontar en solitario la tarea de su educación, algo en lo que fue sumamente tradicional. Letizia aprendió a tocar el clavecín, pero entonces no se consideraba conveniente que una niña se familiarizara demasiado con los libros, ni parecía necesario que aprendiese a escribir mucho más que su nombre. Eso sí, a las niñas corsas se las instruía para que fueran capaces de llevar la casa, lo que incluía los conocimientos de aritmética precisos para manejar las liras en el mercado. 

Su madre volvió a casarse, y se convirtió en Madame Fesch. De ese matrimonio pronto nacería su hermanastro, José. 

Carlo Maria Bonaparte

Pronto llegó el momento de ocuparse del matrimonio de la propia Letizia, que se había convertido en una hermosa adolescente de cabello rizado, expresión muy dulce y, desde luego, inteligente. Solo tenía trece años cuando le buscaron por novio a Carlo Maria Buonaparte, un joven de 18. No se trató de una boda por amor: Carlo estaba enamorado de otra mujer, pero su tío Luciano lo persuadió de que Letizia, cuya dote era suculenta, resultaba mejor partido. El novio no tenía mucho dinero, aunque sí un futuro muy prometedor como abogado y un “adorable talento para escribir versos”. La jovencísima novia nunca hubiera pensado en rebelarse contra el arreglo que su familia había hecho para ella, pero tampoco hubo necesidad, porque Carlo le agradó mucho. “Me casé a la edad de trece años con Carlo Bonaparte, que era un hombre hermoso, grande como Murat”. Son las palabras que mucho más tarde, siendo ya una anciana, dictaría en Roma. 

Fue un matrimonio bien avenido. Letizia fue para Carlo la esposa fiel y sumisa que amaba y reverenciaba al hombre con el que la habían casado, pero él era consciente de la inteligencia y sensatez de su mujer, por lo que siempre tenía en cuenta su opinión y le pedía consejo. La madre de Napoleón ni siquiera había cumplido los quince años cuando tuvo su primer hijo, un niño que no iba a vivir. A él seguirían otros doce. 

Al principio el matrimonio vivió en Ajaccio, pero durante el invierno de 1767 Carlo la llevó a la ciudad de Corti, y allí nacería el segundo hijo, José. Para entonces el panorama en la isla de Córcega había cambiado bastante, y los genoveses acababan de entregarla a Francia. Los corsos se oponían, y se mostraban dispuestos a luchar por su independencia bajo el estandarte de Paoli. Tal vez los días más tranquilos en la vida de Letizia fueron los que pasó en Les Milelli, la villa al sur de Ajaccio, mientras Carlo partía hacia Roma y sobre Córcega flotaba “la calma que precede a la tormenta”. 

José Bonaparte

El tratado por el que la isla pasaba a manos francesas se firmó finalmente en agosto de 1768. Carlo se unió a Paoli, y Letizia lo siguió. Ella lo acompañaba durante la primera campaña. En la batalla de Ponte-Nuovo, cuando las tropas de Paoli se encontraban rodeadas por los franceses, esta joven de 18 años, con su hijo en brazos y esperando otro, animaba a sus paisanos con su entusiasmo y su valor. Tras la desastrosa jornada, cuando solo restaba emprender la huida, el matrimonio y el pequeño José buscaron refugio en las rocas de Monte Rotondo. 

Córcega se había perdido. En los pueblos miserables que atravesaban, el silencio solo era roto por los lamentos de las mujeres corsas. Letizia viajaba a lomos de una mula, con su pequeño aún en los brazos y su marido como única protección. “No pensaba en otra cosa que no fuera en Córcega y en el peligro que él corría”, recordaría muchos años después. 

Letizia se encontraba enferma. Como no podía continuar, no cejó hasta persuadir a su esposo de que la dejara sola y acudiera a reunirse con Paoli. Carlo regresó tras ver cómo Paoli zarpaba hacia Livorno. Para entonces los franceses habían oído hablar del valor de aquella mujer, y en reconocimiento a su coraje ofrecieron al matrimonio un salvoconducto para que pudieran volver a su hogar en Ajaccio. 

Pero Letizia era también famosa por su belleza. En una ocasión, con motivo de la recepción de una embajada procedente de Túnez, Paoli había organizado una cena de gala a la que debían asistir las damas más hermosas de Córcega. El puesto de honor entre todas ellas le fue asignado a la señora Buonaparte, que desplegó además todo su encanto y sus exquisitos modales. 

Pasquale Paoli

Ella, sin embargo, no era vanidosa ni coqueta. No se preocupaba por su belleza ni por las diversiones propias de la juventud. Por el contrario, su carácter era grave, y apenas salía de casa si no era para ir a la iglesia. Con frecuencia se dirigía hacia allí a rogar la protección de la Virgen para el nuevo hijo que estaba a punto de nacer. Sería el cuarto. Letizia hizo la promesa de que, si nacía fuerte y sano, en adelante todas sus hijas llevarían el nombre de María. 

Y resultó que la mañana del día de la Asunción de la Virgen, el 15 de agosto de 1769, tuvieron que llevarla precipitadamente desde la iglesia a casa, porque había llegado el momento en que iba a dar a luz a Napoleón. 

Fue ella misma quien amamantó al niño, con la asistencia de la nodriza Camila Ilari cuando se hacía preciso. Le preocupaba su aspecto frágil; sufría por él y quería proporcionarle los mejores cuidados para asegurarse de que saldría adelante. La nodriza y la abuela lo mimaban mucho, pero ella, que “quería su bien más que su placer”, educaba con firmeza y gran severidad a su "Nabulionello". 

Poco después se reanudaba la larga sucesión de nacimientos en el hogar de los Bonaparte: tras dos niñas que no sobrevivirían, llegaron Luciano, María Ana Elisa y Luis en rápida sucesión. La familia contaba ya con muchos miembros, y los medios para mantenerlos a todos resultaban escasos. Carlo no era un hombre muy práctico. Parecía que siempre estaba gastando el dinero en retratos suyos y de su esposa mientras desatendía otras cosas más necesarias. Y, desde luego, apenas parecía pensar en el futuro de esos niños que jugaban en el jardín de Milelli. Era Letizia quien se ocupaba de eso. Ella era, también, quien ahorraba para ellos, privándose de todo e incurriendo en un modo de vida tan frugal que más adelante serviría para ganarse reputación de avara, “el único defecto que sus más encarnizados enemigos han podido achacarle.” 

Elisa Bonaparte

Cuando Napoleón tenía nueve años, él y su hermano José fueron enviados a una escuela en Autun, en la región de Borgoña. Despedir a sus hijos tuvo que ser muy duro para Letizia, pero no lo demostró; no derramó ni una sola lágrima, dispuesta a ser para los niños ejemplo de fortaleza. Más adelante Napoleón hablaría de su “severa ternura”, y afirmaría que debía a su madre toda su fortuna y cuanto de bueno había hecho. 

En 1780 nació Paulina, y dos años después Carolina. El menor nacía en 1784. Seguramente la familia hubiera seguido aumentando de no ser porque en febrero del año siguiente fallecía Carlo a consecuencia de un cáncer. No estaba al lado de su esposa durante sus últimos días. Se encontraba en Montpellier; allí murió en los brazos de su primogénito. Letizia enviudaba siendo aún joven. Quedaba sola al frente del hogar, abrumada por la responsabilidad de sacar adelante a tantos hijos con tan escasos medios.


Continuará

martes, 22 de mayo de 2012

Nuevo récord


Ayer se congregó un gran gentío en las tabernas de Mesopotamia. De hecho celebramos un nuevo récord de visitas. Si la sección de estadísticas de Blogger no se ha vuelto loca, fueron 11.894 páginas vistas en un solo día, de las cuales más de ocho mil correspondieron al texto sobre las tabernas. Creo que todavía no lo he asimilado.

Muchísimas gracias una vez más a todas las personas que se detienen en este tablero, y hoy en especial a la gente de meneame.net, ya que he visto que buena parte de las visitas de ayer procedían de allí.

Gracias, gracias, gracias. A todos, de corazón, gracias. 

domingo, 20 de mayo de 2012

Las tabernas de Mesopotamia


Haré que estén cerca coperos, mozos de taller y cerveceros, mientras mezclo abundante cerveza, mientras me siento magníficamente bebiendo cerveza en un clima gozoso, escanciando bebidas, sintiéndome alegre con gozo en el corazón e hígado feliz. (Canción sumeria) 


En la antigua Mesopotamia las tabernas eran casas de placer donde los hombres bebían cerveza, escuchaban música y se relacionaban con prostitutas. Los muros estaban decorados con imágenes de mujeres desnudas y escenas eróticas, y la patrona de estos locales era Ishtar (Inanna para los sumerios), la diosa del amor, a la que las taberneras —pues habitualmente eran mujeres— dirigían sus plegarias. En aquel ambiente alegre y desinhibido, se cantaban canciones de amor, compuestas como un diálogo acompañado por un instrumento musical, temas que se caracterizaban por la pasión y el deseo sexual. 

Cuando estoy sentada en la puerta de una taberna,
yo, Ishtar, la diosa
soy prostituta, madre, esposa, divinidad.
Soy lo que llaman vida,
aunque vosotros le llaméis Muerte.
Soy lo que llaman ley,
aunque vosotros le llaméis Marginal.
Soy lo que vosotros buscáis
y aquello que conseguisteis.
Soy aquello que vosotros esparcisteis 
y ahora recogéis mis pedazos 

Estas viejas tabernas eran, además de lupanares, pequeñas tiendas en las que se vendía al por menor. Estaban generalmente asociadas a los bajos fondos, o bien situadas fuera de las poblaciones, en cruces de caminos, para asegurarse una mayor cantidad de clientes potenciales. Otro emplazamiento muy buscado era las orillas de ríos y canales. Contaban con rótulos en los que se pintaban símbolos como las jarras y toneles de cerveza que aparecen en el poema de Gilgamesh, para anunciar al viajero que allí había una taberna. 


Se trataba de lugares peligrosos que atraían a toda clase de forajidos, y, sobre todo, centros en los que solían tramarse conspiraciones. Por ejemplo, el rey Samsi-Addu de Asiria ordena en una carta a su hijo, gobernador de Mari, que detenga a un médico y unos funcionarios que se habían refugiado en una taberna tras huir de palacio. El código de Hammurabi prohíbe la entrada a las sacerdotisas y no olvida regular también el comportamiento que deben observar la sabitum (tabernera). Fueron muchas las que acabaron condenadas a prisión, o incluso a muerte, por dar cobijo a conspiradores: 

Si una tabernera en cuyo local suelan reunirse embusteros o conspiradores, no agarra a esos embusteros y los lleva a Palacio, que esa tabernera sea ejecutada.

Si una sacerdotisa que no reside en un convento abre una taberna o entra a por cerveza en una taberna, a esa mujer, que la quemen. 

La sabitum pagaba un impuesto especial, pero en general se trataba de un negocio lucrativo que recibía buenas inversiones. El código de Hammurabi estipula que debía cobrar en grano y no en moneda: 

Si una tabernera no cobra cebada como precio por la cerveza, y cobra en dinero según una pesa grande, y rebaja el valor de cerveza en relación al valor de la cebada, que se lo prueben y la tiren al agua.

Según el código de Eshnunna, las taberneras no podían aceptar mercancías de los esclavos, ni tampoco conceder créditos a menores o a esclavos. 


La razón por la que estos establecimientos estaban regentados por mujeres era la costumbre de dejar en manos femeninas los asuntos relacionados con la mesa. En los palacios y en los templos el cocinero era un hombre, pero no así en los hogares, en los que la mujer se encargaba de elaborar la cerveza para consumo doméstico, además de las sopas y los panes. Lo que sobraba se ofrecía a los vecinos. A veces los platos tenían tanta aceptación que con el tiempo algunas casas acabaron por tener un mostrador, y los invitados se convirtieron en clientes que pagaban por la comida y la bebida. Así nació la taberna, al principio simplemente una prolongación de la casa, donde la mujer mandaba. Aunque pronto iría perdiendo ese carácter doméstico y evolucionaba hacia un tipo de establecimiento de mala reputación, seguía siendo generalmente una mujer quien se situaba al frente del negocio. 

"A mi pequeño, que come solo pastas de harina, dadle pastas de harina. Dadle el pan hecho para él y dadle mi pan especial de Ekur." (Inscripción del templo de Enlil, dios del cielo, el viento y las tempestades en la ciudad sumeria de Nippur. Fue encargada por una madre que había perdido a su hijo y pedía a los dioses que le dieran su comida favorita.) 


Prueba de la laxa moral que había pasado a imperar en dichos locales es la tablilla hallada en Asur y que recoge, entre otras, la siguiente ley, un precepto que refleja al mismo tiempo la desigualdad de derechos entre hombres y mujeres: 

Si un hombre yace con la esposa de otro hombre en una taberna o en la calle y sabe que es la esposa de otro hombre, se hará al fornicador lo que el hombre diga que se haga a su esposa. Pero si hubiera yacido con ella sin saber que era esposa de un hombre, el fornicador es inocente. Si el hombre lo prueba a su mujer, hará con ella lo que prefiera. 

La inquietud de los gobernantes con respecto a estos locales parece plenamente justificada si tenemos en cuenta que algunas taberneras consiguieron llegar muy lejos con las intrigas que dirigían en su local: según establece la Lista Real Sumeria, fue una tabernera de la ciudad de Akshak, Ku-Bau, la fundadora hacia el año 2500 a. C. de la cuarta dinastía de Kish, que duró cien años. Según el texto, “En Kish Ku-Bau, la guardiana de la posada, la que ha hecho firmes los cimientos de Kish, se convirtió en rey y gobernó durante cien años”. Vemos que además la tabernera asumió un título masculino: “lugal”, que designaba al rey y no a la reina. 

En cuanto a la cerveza, solía ser elaborada en la propia taberna, o bien comprada a las mujeres que la fabricaban en sus hogares. Era la bebida más popular de los antiguos mesopotámicos, por encima del vino, hasta el punto de que llegó a destinarse a su producción un 40% de los cereales cultivados. Tenían unas cuantas variedades, aunque la más común era la de cebada. No solo se consumía en estas tabernas de mala reputación, sino también con motivo de todo tipo de celebraciones, como bodas, nacimientos y funerales, y formaba parte de la vida cotidiana: se estima que cada persona bebía dos litros al día, pero a los sacerdotes se les asignaban hasta seis, para que bebieran en honor a Nin-Kasi, la diosa de la cerveza, “la Señora que llena la boca”, aquella “que sacia el corazón” y “satisface el deseo”. Se decía que Nin-Kasi había nacido de “agua dulce y brillante”, y que cada día preparaba grandes cantidades de cerveza para los demás dioses. 


En lengua sumeria se designaba al banquete con el término kas-de-a, que significa escanciado de cerveza. La dejaban caer desde el barril a la vasija, haciendo que el líquido golpeara con fuerza para producir espuma. 

El vino que se servía en las tabernas se importaba de Siria y Cilicia. También era apreciado, pero resultaba más caro, lo que favorecía el consumo de cerveza. Era frecuente que varias personas se reunían para compartir la bebida en una gran vasija de la que bebían empleando una larga caña que les evitaba los grumos, aunque también había recipientes más pequeños para consumo individual. 

Los sumerios hacían incluso publicidad de la cerveza. El primer cartel publicitario conocido data del año 4000 a. C. Consiste en una tablilla hallada en la actual Siria y que muestra a una mujer con dos copas. La inscripción dice “Bebe cerveza con el corazón del león”

Nin-Kasi

¡Haz que todo Uruk esté de fiesta!
Que con cánticos el alto sacerdote salude a la Barca Celestial.
Y profiera plegarias grandiosas.
Haz que el rey mate bueyes y borregos.
Que escancie cerveza en la copa.
Que resuenen el tambor y el pandero.
Que se toque la dulce música del tigi.
Que todos los confines proclamen mi noble nombre.
Y que mi gente cante mis alabanzas. 

(Palabras de Inanna a Ninshubur)




Bibliografía:
Seeking Out the Wisdom of the Ancients - Ronald L. Troxel, Kelvin G. Friebel, Dennis Robert Magary
Daily Life in Ancient Mesopotamia - Karen Rhea Nemet-Nejat
Espejos: Una historia casi universal - Eduardo Galeano
El alba de la civilización – S. Moscati
Beliefs, Behaviors, & Alcoholic Beverages: A Cross-cultural Survey - Mac Marshall
L'espace domestique en Mésopotamie de la IIIe dynastie d'Ur à l'époque paléo-babylonienne - Laura Battini-Villard 
La Mésopotamie: essai d'histoire politique, économique et culturelle - Georges Roux


jueves, 17 de mayo de 2012

Un paseo por la Roma de la República


Imaginemos que nos encontramos en algún momento mediado el siglo IV a. C., viajando hacia Roma. Cuando el polvo que levantan los caballos y los carruajes de las damas no impide la visibilidad, podemos contemplar un panorama del que aún no forma parte la Vía Apia. En realidad Apio Claudio, descendiente de las sabinas raptadas por los fundadores de Roma, la hará construir poco después. Porque vamos a imaginar, también, que el patricio ciego es en estos momentos un niño de corta edad que pasea por el Foro con sus padres, de la mano de un esclavo. 

La ciudad surge ante nuestra vista rodeada por unas macizas murallas similares a las que en otro tiempo construían los etruscos. En la cima del monte Capitolino se eleva la ciudadela y el templo de Júpiter. Junto con ellos se destaca en las alturas la copa de los altos pinos y los viejos robles del Aventino y el Celio. 

Los carruajes cruzan la puerta, pero no van más allá. La policía de tráfico los detiene y los dirige hacia los aparcamientos, porque el interior de la ciudad está cerrado al tráfico rodado hasta el anochecer, a excepción de los carros con materiales para la construcción. Así pues, nos es preciso abandonar cochero y carruaje para continuar a pie, aunque quien lo prefiera puede alquilar una de las literas que esperan junto a la puerta de entrada. 


A lo largo de la muralla que sigue el curso del Tíber pulula la muchedumbre. Deambulamos por calles laberínticas que aparecen flanqueadas por pequeñas casas con tiendas y tenderetes, hileras abigarradas que se extienden hasta las laderas del Aventino. Aquí se encuentra el barrio de los carniceros, lecheros y verduleros. Es el lugar al que acuden a comprar las sirvientas de la gente acaudalada, los artesanos y los esclavos de los patricios. Llevan enormes cestas de mimbre llenas de coles, judías achicorias, cebollas e higos, y tinajas con trigo, aceite y queso. También compran muchas uvas, pero poco vino, porque solo se bebe en las solemnidades, y además las mujeres no lo probamos. 

A la sombra, bajo las bóvedas de piedra, penden abundantes gansos, patos, gallinas y conejos. Sobre los bancos colocan las cabras y los corderos, mientras que la carne de cerdo salada se guarda en grandes toneles. Pero casi nunca se vende carne de vacuno por aquí. Es que las vacas resultan demasiado caras, y los bueyes se necesitan para tirar de los carros cuando son jóvenes, y después, al envejecer, se emplean para hacer sacrificios. A decir verdad, se come poca carne y se vive de un modo bastante frugal. 

No tenemos muchas fiestas. Las únicas festividades son las religiosas. El Estado honra a los grandes dioses: Júpiter, Juno, Minerva, Marte, Ceres y Saturno. Este último está rodeado de misterio. En su honor se celebran las saturnales durante el solsticio de invierno. Pero también se adora a numerosos dioses en cada casa. Se los invoca para las cuestiones más diversas, a veces relacionadas con la profesión, y otras para ahuyentar las fiebres o las bestias salvajes. La diosa Fortuna aparece bajo muchas formas: las mujeres, por ejemplo, honran a la Fortuna muliebris, mientras que los muchachos veneran a la Fortuna barbata, que les proporciona tan hermosas barbas. Y además hay que honrar a los Lares, los espíritus de los antepasados. Al atardecer del día dedicado a ellos, toda la familia se reúne junto al fuego mientras el padre abre la puerta para depositar en el umbral un puñado de judías. 


En los barrios populares, a lo largo de la muralla y hasta las islas del Tíber, y también en el norte de la ciudad, se vive apretujado entre tiendas, cuarteles y campos de maniobras. El ambiente es animado, pero no muy ruidoso. Las calles se van haciendo más tranquilas y la gente parece más formal a medida que nos acercamos a las villas del Palatino, el Aventino y el Celio, y al centro de Roma. 

El camino directo al Foro termina en la Vía Sacra, que es recorrida durante las festividades religiosas por la procesión que se dirige al Capitolio. Al comienzo de la misma encontramos el pequeño templo redondo de Vesta, diosa del hogar, donde se levanta el altar con el fuego eterno. Cuatro damas, un número que aumentará posteriormente, deben mantener viva la llama durante treinta años. Son las vestales, personas sagradas que son elegidas en la infancia y educadas con mucho esmero para llegar a desempeñar su importante cometido junto a la diosa. Todas viven en un pequeño edificio detrás del santuario. Como simbolizan la pureza, la menor infracción es castigada muy severamente por el pontifex Maximus, que vive al lado. Si descuidan el fuego, son azotadas, y si atentan contra su virginidad, son emparedadas vivas. Cuando caminan por la Vía Sacra vestidas de un blanco inmaculado y tocadas con un velo y una cinta blanca en la frente, ofrecen un espectáculo encantador. Son las únicas personas en Roma con derecho a perdonar la vida de los condenados a muerte que se cruzan con ellas de modo fortuito camino del patíbulo. Las vestales son intocables; quien les pone la mano encima pierde la vida. 

Llegamos al Foro, un espacio abierto de unos 200 metros de longitud. Aquí se reúnen los ciudadanos romanos, llueva o haga sol, para celebrar asambleas. Vemos una larga hilera de quioscos que bordean el límite inferior del Foro, iguales a los que hay en la Vía Sacra. Son propiedad del Estado. Anteriormente los ocupaban los carniceros, verduleros, panaderos y pescaderos, pero hace tiempo que los echaron para que el centro de la ciudad tenga un aspecto más limpio. Ahora los quioscos se alquilan a los cambistas. 


A la derecha, poco antes de llegar a la cuesta del Capitolio, se halla la Casa de la Curia, es decir, el Senado, y frente a ella la plaza de las asambleas electorales plebeyas o “comicios”, con un podio para los oradores. Otros dos templos separan el Foro del pie del Capitolio: el de Cástor y Pólux y el santuario de Saturno, donde se guarda el tesoro del Estado. 

Un par de calles anchas atraviesan la ciudad; el resto son callejuelas estrechas sin nombre, flanqueadas por casas pequeñas en forma de cubo. Al norte y el sudoeste hay grandes mercados populares. 

Así es Roma hoy, ante diem XVI Kalendas Junias, dies comitialis, del año 419 ab urbe condita*, una gran ciudad que ha sobrepasado los cien mil habitantes. 


*17 de mayo del 335 a. C. Era dies comitialis cada uno de los 190 días al año en que los ciudadanos podían reunirse en asamblea para votar.


¡Hasta la próxima semana!

martes, 15 de mayo de 2012

Un duelista en la Corte de Luis XIII (III)


La sirvienta de la posada fue obligada a abrir sin hacer ruido la puerta de la habitación en la que dormían Bouteville y des Chapelles. El preboste entró tras ella. Comenzó por apoderarse de las espadas antes de anunciarles que les hacía prisioneros en nombre del rey. 

Ambos iban a permanecer encerrados durante seis días en la misma celda, tiempo que entretuvieron jugando al piquet. Al cabo de ese tiempo el rey, informado de su captura, ordenó al capitán de sus guardias que los condujera a París con una escolta numerosa. 

La noticia causó enorme consternación entre los parientes y amigos de François de Montmorency-Bouteville, uno de los cuales era Gastón de Orleáns, el hermano del rey. Ya planeaban asaltar el carruaje y llevarse a los prisioneros en plena ruta, pero el marqués de Gordes, capitán de la guardia, tomó las medidas oportunas para que eso no sucediera. 

El 31 de mayo, a las dos de la madrugada, llegaban a París y eran conducidos de inmediato a la Bastilla. Al día siguiente fueron interrogados. Bouteville confesó los hechos, pero des Chapelles lo negó todo con la mayor desfachatez y con abierta provocación, hasta el punto de declarar que no sabía dónde estaba la place Royale y que no conocía al marqués Bussy d’Amboise. Sobre los testigos que le implicaban dijo que esas personas lo acusaban para vengarse de los bastonazos que habían recibido de sus lacayos. 


El obispo de Nantes obtuvo permiso para entrevistarse con los prisioneros. Les proporcionó pluma, papel y tinta y los animó a escribir a Richelieu, al que él mismo presentó después las cartas. Pero el cardenal se mostró inconmovible. Los ruegos del hermano del rey, los del príncipe de Condé y demás grandes nombres del reino no fueron escuchados por el inflexible ministro. 

Élisabeth, la esposa de François de Montmorency, hizo cuanto estuvo en su mano por salvarle la vida. Ella presentó una petición al rey recordándole la lealtad de su esposo y la gloria con la que le había servido en la guerra, igual que habían hecho sus antepasados durante muchas generaciones de servicio a Francia. 

La petición no impresionó el ánimo del monarca, pero Élisabeth no se desalentó por ello. El 3 de junio se arrojó a los pies del rey cuando salía de misa y le suplicó, por cuanto había de más sagrado, que perdonara la vida a su esposo. Luis XIII la miró sin responder y siguió caminando. 

—La mujer me da lástima, pero debo conservar mi autoridad —dijo a los que le acompañaban. 

El príncipe de Condé se sumó a los que solicitaban el perdón para François y dirigió esta carta al rey: 


“Sire, uno mi humilde ruego al de todos los parientes de mi primo de Bouteville, para implorar de la piedad de Vuestra Majestad que le concedáis vuestro perdón. Su falta es debida al error de la costumbre de vuestro reino, que hace que el honor consista en acciones peligrosas. Es ese afán de gloria, y no el deseo de desobedeceros, lo que le ha llevado a tomarse esa licencia. Si por mantener la ley que Vuestra Majestad ha dado, y por la necesidad de dar ejemplo, es preciso castigar al culpable, hacedlo, por favor, Sire, de modo que no sean la ruina de su persona y la vergüenza de su nombre. Vuestra bondad y vuestra justicia pueden encontrar su común satisfacción en la pérdida de su libertad sin que deba perder también la vida, y una prisión perpetua tendrá suficiente rigor… Es posible que un día ese mismo valor que disgusta a Vuestra Majestad reparará generosamente su falta al servicio del Estado, y si Vuestra Majestad lo reserva para este uso, cuantos corazones comparten su sangre y su desgracia guardarán una eterna deuda de gratitud...” 

La defensa de François ante el Parlamento fue encargada al famoso abogado du Chastelet. Hábil orador, con frecuencia había empleado su elocuencia para tratar de salvar a algunas víctimas de la venganza del cardenal. Fue tan osado con su defensa que el propio Richelieu le reprochó que su alegato parecía una condena de la justicia del rey. 

—Perdonadme —replicó el abogado—, pero es para justificar su misericordia si la utiliza hacia uno de los hombres más valientes de su reino. 


El obispo de Nantes iba a verlos todos los días a la Bastilla, y François aprovechaba sus visitas para hacer llegar algunas cartas a su esposa. El 21 de junio los dos prisioneros eran trasladados a la Conciergerie. La princesa de Condé encontró el medio de hablarle a Montmorency en el patio. 

—Primo, el rey es misericordioso. Confiad en su bondad —le dijo, pero François la saludó sin responder a esas palabras. 

Probablemente imaginaba que detrás del monarca se encontraba Richelieu para ocuparse de que su voluntad no vacilara. 

—Se trata de cortar el cuello a los duelos o a los edictos de Vuestra Majestad —le decía. 

Ese mismo día los prisioneros comparecieron ante el Parlamento. Bouteville entró el primero, saludó a los jueces y solo respondió “” o “no” a cuantas preguntas le hicieron. En cuanto a des Chapelles, dirigió al tribunal un discurso en el que parecía despreciar la muerte. El cariño que ambos se demostraban no pudo dejar de conmover. Des Chapelles se dirigió a los jueces para pedirles que se contentaran con su muerte y dejaran vivir a su primo, acusándose de haber infringido él solo los edictos del rey. 

La sentencia se pronunció durante esa misma jornada. Los declaraba a ambos culpables del crimen de lesa majestad y los condenaba a ser decapitados. Sus rivales en el duelo, ausentes, serían ejecutados en efigie. 


Los jueces decidieron aplazar la ejecución hasta el día siguiente, para que al menos tuvieran la posibilidad de que el rey los indultara en el último momento. Era algo desacostumbrado, por lo que molestó mucho a Richelieu. Pero el rey no iba a ceder. 

—Es necesario derramar un poco de sangre en este caso para evitar el arroyo que brota diariamente —decía. 

La condesa, aún decidida a salvar a su esposo, se presentó en el Louvre en compañía de la princesa de Condé y otras grandes damas de la Corte. Al principio el rey se negó a recibirlas, pero finalmente accedió a escucharlas en la cámara de la reina. Las mujeres se arrojaron a sus pies deshechas en llanto, y solicitaron nuevamente el indulto para ambos condenados. Élisabeth, embarazada de pocas semanas, se desvaneció en ese momento. Luis XIII se veía afectado, pero quiso mantener su firmeza, o más bien su “inflexibilidad natural”. Se dirigió a la princesa de Condé y le dijo: 

—Su pérdida me duele tanto como a vos, pero mi conciencia me impide perdonarlos. 

Las mujeres abandonaron el palacio y llevaron a la condesa al château de Grosbois, a unas tres millas de París. 

El rey insistió en que la ejecución fuera pública, cosa poco común en suelo francés: rara vez se castigaba públicamente a un noble por haber infringido la ley. Luis XIII consideraba necesario el escarmiento para atemperar el furor de los desafíos, que cada año se llevaba las vidas de muchos de sus caballeros. 


Su rigor causó la indignación de todos los jóvenes aristócratas franceses. Muchos de ellos tramaron un plan para rescatarlos. Pretendían caer sobre los arqueros en el momento de la ejecución y llevarse a los dos prisioneros. Para evitar una sedición, Luis se vio obligado a hacer entrar en París a las tropas acuarteladas en Saint-Germain e hizo bloquear las calles de los alrededores con cadenas y carros atravesados. 

De regreso a la Conciergerie, François cenó bien, y a las diez de la noche se acostó. A las once de la mañana siguiente fueron a llamarlo para que bajara a la capilla. El guardia le pidió antes el anillo que llevaba en el dedo, y a continuación los guantes. Bouteville le había entregado la joya que solicitaba, pero, irritado por la segunda petición, arrojó los guantes por la ventana. 

Con las manos atadas, François y des Chapelles fueron conducidos hasta el obispo de Nantes y otros eclesiásticos designados para asistirlos en esos momentos. 

El 22 de junio, a las cinco de la tarde, los dos prisioneros eran conducidos a la plaza de Grève en la misma carreta. El obispo de Nantes los acompañaba. Bouteville descendió el primero. Cuando el verdugo le cortó los cabellos, se llevó la mano al bigote, “que era hermoso y grande”, como para protegerlo. Y cuando el obispo le dijo: 

—Hijo mío, no debéis aferraros a las cosas de este mundo. ¿Seguís pensando en la vida? 

François respondió: 

—Sólo pienso en mi bigote, el más hermoso de toda Francia. 


Al pie del cadalso, subió también el primero y se arrodilló al lado del obispo, que entonó el salve. No quiso que le vendaran los ojos. Colocó su cabeza sobre el tajo y recibió el golpe fatal. 

Des Chapelles se había quedado en el carro, vuelto de espaldas hacia el cadalso. Después de una breve oración, hizo el mismo camino que había hecho François. 

El cuerpo de François de Montmorency-Bouteville fue trasladado a Angulema para reposar en la cripta familiar en el château de Bouteville. Solo tenía 26 años, y dejaba dos hijas de corta edad: Louise y Élisabeth Angélique, que se convertiría en la duquesa de Châtillon, la célebre belleza que fue amante del Gran Condé. 

Meses más tarde la esposa de François daba a luz un varón: François-Henri de Montmorency, el gran militar destinado a convertirse en mariscal de Francia y esposo de la heredera de la Casa de Luxemburgo. En cuanto a Élisabeth, tuvo una larga vida: iba a sobrevivir durante 69 años a su esposo, hasta el fin de sus días querida, admirada y respetada en toda Francia.


Bibliografía:
Histoire de la Maison de Montmorency – Désormeaux
François de Montmorency de Bouteville – M. P. Delacroix
France in the Age of Louis XIII and Richelieu - Victor Lucien Tapié
Le livre rouge: histoire de l'échafaud en France - Paul-Valentin Dupray de La Mahérie
Mémoires du cardinal de Richelieu sur le règne de Louis XIII, depuis 1610 jusqu'a 1638 
The Comte de Bouteville, Seventeenth Century Duellist - Julia Margaret Crawford