lunes, 16 de abril de 2012

María de Borgoña (II)


En 1467 María de Borgoña perdía también a su abuelo. Hacía tiempo que la salud del duque se veía mermada, pero en la tarde del viernes 12 de junio tuvo unos violentos vómitos que parecen indicar una congestión cerebral. Al día siguiente su estado no aparecía alarmante, pero el domingo se agravó. 

Carlos el Temerario se hallaba en Gante junto a su hija. Borgoña atravesaba un periodo complicado, porque el que había sido un joven Delfín refugiado en las tierras del duque tras enemistarse con su padre, ahora era el rey de Francia, y no quedaba nada de aquella vieja amistad. Luis XI se preparaba para la guerra, dispuesto a tomar unas ciudades del Somme que le habían sido arrebatadas, y Carlos se aprestaba para la resistencia. En esas estaba cuando llegó el mensajero para comunicarle la gravedad del duque. 

“Cuando oyó la noticia, montó prestamente a caballo y salió de Gante para ir a Brujas; por donde pasaba parecía que los cascos de su caballo iban a fundir los empedrados: con tanta prisa cabalgaba; solo hubo cuatro o cinco caballeros que pudieran seguirlo.” 

Felipe el Bueno

Felipe yacía en el lecho paralizado y privado del habla. Carlos cayó de rodillas ante su padre y le pidió su bendición y el perdón de sus faltas. Ambos eran demasiado diferentes, y sus relaciones habían sido pésimas muchas veces; sin embargo se habían querido. El confesor, que estaba al lado del moribundo, le pidió que hiciera alguna seña si aún estaba consciente, y en ese momento Felipe volvió los ojos hacia su hijo “y le estrechó la mano que había puesto en la suya”. Poco después fallecía. 

En la mañana del 18 de junio, tres días después de la muerte de su padre, Carlos, acompañado por María y con una escolta reducida, hacía su entrada solemne en Gante como nuevo duque de Borgoña. 

Las ceremonias concluyeron con un banquete, tras lo cual María se retiró a su alcoba. Carlos, en la suya, estaba en vela, consultando sobre las libertades que al día siguiente concedería a la ciudad, cuando de pronto se dio la alarma: comenzaba a escucharse un inquietante clamor que iba en aumento. 

Ese día era la fiesta de Saint-Liévain, y con tal motivo se organizaba cada año una procesión solemne. Se trataba de una fiesta religiosa tradicional que a menudo derivaba en borracheras y en orgías, y a veces incluso en luchas peligrosas. Para evitar las riñas que enlutaban la fiesta, el duque Felipe había prohibido a la población armarse con palos o instrumentos de hierro. 

Carlos el Temerario

Desde que se había anunciado la entrada del nuevo duque, se preparaba una conjura popular amparándose en esa celebración. Al ir a buscar al santo, la muchedumbre se había armado con toda clase de objetos de plomo. A su paso habían derribado la casita de la recaudación fiscal, y ahora iban vociferando por las calles “¡Matad, matad!” 

Carlos tomó las medidas oportunas para la protección de María, y con todos los caballeros y arqueros que pudo encontrar dispuestos se lanzó a caballo hacia el Mercado del Viernes. En aquella plaza se habían reunido las gentes gritando y mostrando en alto los pendones que habían confeccionado. No cesaban de llegar nuevos grupos que se formaban en las calles. 

Cuando el duque apareció vestido de negro y con un palo en la mano, la multitud pareció desconcertada. En un primer gesto de enfado, Carlos, impulsivo, golpeó a un hombre, pero el prudente Gruthuse lo detuvo. 

—¿Dónde creéis estar? —le reprochó— ¿No veis que vuestra vida y la nuestra pende de un hilo más tenue que de seda? 

Gruthuse hizo que se subiera a una ventana mientras las corporaciones de navieros, carniceros y pescaderos, se agrupaban a su alrededor garantizándole protección. Carlos se dirigió al pueblo en flamenco, lengua que hablaba con toda soltura. 

Gante

Un hombre, armado con un guantelete de hierro con el que golpeaba la piedra para exigir silencio, tomó la palabra justo debajo de donde estaba el duque y, trepando a un zócalo, captó a la multitud, que le respondía con gritos de adhesión. Pero Gruthuse encontró la réplica oportuna invitándolo a subir a hablar desde el balcón, ya que “se había hecho diputado”. El desconocido huyó entonces, perdiéndose entre la gente. 

Hubo unos largos instantes de incertidumbre que Carlos aprovechó para hacer promesas, y por fin los ánimos se aplacaron lo suficiente para poder regresar con su séquito. Sin embargo, el peligro no había pasado, pues la muchedumbre continuaba congregada en la plaza del mercado. En previsión de nuevos disturbios, el duque ordenó que toda su familia se levantara. 

En días sucesivos Carlos celebró consejo. Tenía a su lado a María, a la que las gentes de Gante no dejarían salir sin antes obtener beneficios. Ambos eran prisioneros de aquella ciudad. 

Al cabo de dos o tres días, el duque de Borgoña consiguió que depusieran las armas y se dispersaran. Luego les hizo las concesiones que solicitaban y prometió hacer justicia a los excesos y a sus autores. Padre e hija pudieron al fin salir hacia Termonde y Malinas. 

Margarita de York

Al año siguiente tuvo lugar otro de los acontecimientos más importantes durante la infancia de María: su padre volvía a casarse. La novia elegida era Margarita de York, hermana del rey Eduardo IV de Inglaterra. Se trataba de un matrimonio por razones políticas, un proyecto que Luis XI había tratado por todos los medios de hacer fracasar. 

El sábado 25 de junio de 1468 llegaba Margarita. Al día siguiente María, acompañada por numerosas damas, acudía a visitar a la princesa, considerada una de las más hermosas de su época. Comieron juntas, y un día después se repitió la visita. En esa ocasión Carlos acude también de incógnito para ver a la novia, que lo recibe rodeada de un numeroso séquito. 

Según el embajador milanés, Panigarola, la reputación de esta princesa no era intachable. Dice de ella que era un tanto enamoradiza, y que incluso había tenido un hijo natural. Carlos prohibió a todo el mundo evocar ese pasado ni en privado ni en público, bajo pena de ser arrojado al río. 

El 21 de julio, a bordo de una galera suntuosamente aparejada, en asiento de oro y bajo dosel escarlata, Margarita de York, rodeada de las damas de la alta nobleza borgoñona, flamenca e inglesa, recorría lentamente el río Zwin entre los cantos de los trovadores que iban en la proa. A lo largo de las orillas iba una bulliciosa y brillante escolta de caballeros con armadura de gala y un despliegue de estandartes y pendones. 

Margarita desembarca en Damme. Al día siguiente el duque sale de Brujas. Poco después, en el palacio del bailío, el obispo de Salisbury bendice la unión ante un limitado número de asistentes. Terminada la ceremonia, Carlos regresa a Brujas para recibir allí a su esposa. “Se cree que mientras se realizaban las otras ceremonias, procuró hartarse de dormir, como si tuviese que hacer alguna ronda durante la noche siguiente”. 

María de Borgoña no formaba parte del cortejo de Margarita, sino que llegó a Brujas por un camino poco frecuentado. Allí, junto a su abuela, recibió a la princesa en el palacio ducal. 

Durante esas jornadas fue naciendo el afecto entre la niña de once años y la joven de 21. Margarita de York no se separará nunca de su querida María, si no es forzosamente y por poco tiempo.


Continuará

30 comentarios:

  1. Hola, Madame

    Me alegro que María y Margarita tengan una buena relación. En principio, no parecía ser lo más fácil. Seguro que encontrarán consuelo y apoyo la una en la otra.

    Al hablar de Gante y Brujas, he recordado mi viaje a Bélgica y sus bellas ciudades.

    Feliz noche, Madame.

    Bisous.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Sí, imagino que antes de conocerla, María tendría sentimientos encontrados ante la idea de tener una madrastra. Pero su carácter era muy dulce, y hubiera bastado con que fuera la elegida por su padre para mostrarle la mejor disposición.

      Buenas noches

      Bisous

      Eliminar
  2. Que difícil es que madrastra e hijastra se tengan simpatía y se quiera. Por su narración, parece ser que Carlos era un buen padre. Me ha guctado mucho Brujas, mas que Gante cuando las visité.
    Bisous Madame y buenas noches.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. A mí también, madame. Brujas es precioso. Gante es que es tan pequeñito... No da para mucho, la verdad.

      Buenas noches, madame

      Bisous

      Eliminar
  3. Bueno, es que más que una madre le debió parecer tener una hermana mayor.
    Beso su mano.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Sí, así es. Por la edad podían ser amigas, y a María le vino muy bien esa compañía femenina.

      Buenas noches, monsieur.

      Bisous

      Eliminar
  4. María parece una niña realmente encantadora. Y es una suerte que su madrastra y ella se quisieran tanto. Beso su mano.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Era muy dulce. Seguramente demasiado para la tarea que se le venía encima. Borgoña era una tierra muy turbulenta por entonces. Quién lo diría ahora :)

      Buenas noches, madame.

      Bisous

      Eliminar
  5. Madame! que pasó de usted?

    Un beso

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. La pregunta es más bien dirigida a usted mismo, monsieur!
      Aparece y desaparece igual que el Guadiana!

      Feliz día

      Bisous

      Eliminar
  6. Carlos y María la sacaron barata, no me imagino cómo pudieron apaciguar los ánimos de las gentes; seguramente el prudente Gruthuse ejerció sus buenos oficios; porque no me imagino otra forma de que la situación vuelva a la normalidad en un par de días.

    Un abrazo

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Negociando y haciendo concesiones, monsieur. La gente simplemente aprovechaba la ocasión para arrancar algunas.

      Feliz día

      Bisous

      Eliminar
  7. cada vez me gustan mas estos personajes, que linda historia Madame, saludos querida amiga

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias, madame. Espero que le agrade la continuación igualmente.

      Feliz día

      Bisous

      Eliminar
  8. El afecto entre la hija y la novia del padre no sé si será muy duradero, dada la poca diferencia de edad entre la joven y una niña que inicia su pubertad, una edad tremendamente difícil. Hay mil historias con desencuentros por ese motivo. Ya nos contará.
    Un saludo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Sí, en este caso será duradero. Fue una suerte, porque, efectivamente, no siempre sale así.

      Feliz día

      Bisous

      Eliminar
  9. ya se ganó bien el apodo de el temerario, el tal carlos. qué forma de jugársela, palo en mano. le fue de un pelo.
    ser enamoradizo es de mala catadura. qué cosas, madame.

    bisous!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Pero monsieur, si precisamente este hombre solo se enamoró una vez en toda su vida!
      A ver si usted puede decir lo mismo.

      El matrimonio con Margarita fue político, y además necesitaba asegurar la descendencia, porque solo tenía a María. Pero nunca amó a su segunda esposa.

      Feliz día

      Bisous

      Eliminar
  10. En este caso la historia terrible de la relación madrastra- hija parece no repetirse; aunque vista la temeridad del padre bueno es que al menos en el hogar reine un poco de paz.

    Me abruma el talante de Carlos, vestido de negro y enfrentándose a la multitud con un palo... no voy a decir que no me resulte apetecible jejejjejejej

    Bisous y buena semana.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. El caballero se ganó a pulso su apodo :)
      En realidad su hija no se le parecía en nada. Su carácter era dulce como el de su madre. Yo creo que salió a ella en todo.

      Feliz día, madame.

      Bisous

      Eliminar
  11. Desde luego, Madame, la niña tuvo suerte en dar con una madrastra -qué fea palabra- con tan buena disposición hacia ella.
    En cuanto a la gente reunida en el plaza, oiga, que ánimo tan levantisco, había que templar gaitas como fuera si no querían salir de allí con los pies por delante.

    Buenas tardes y bisous.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Ay, sí, madame. Decía Commines que "¡Los de Gante amaban mucho al hijo de su príncipe; pero a su príncipe, jamás!"
      En cuanto el heredero llegaba al poder, se acababa el amor y se convertía en hostilidad. Siempre había tiras y aflojas para ver qué concesiones podían arrancar al nuevo duque.

      Feliz tarde

      Bisous

      Eliminar
  12. Hola Madame:

    Me gusta la relación Padre e hija. No parece sobreprotección. Veremos si continua así

    Yo también creo que María debió tener sentimientos encontrados desde que supo que su padre se casaría otra vez. Cambiaron a bien (parece) luego de conocerle.

    Besos Madame

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Sí, supongo que en el fondo en hecho de no llevarse muchos años facilitó el acercamiento y el buen entendimiento entre ambas.

      Feliz tarde, monsieur.

      Bisous

      Eliminar
  13. Se nota que le gusta la historia del ducado de Borgoña y de sus protagonistas, madame, pues no es raro que nos deleite con ellas de vez en cuando. La muerte de Felipe el Bueno la ha narrado magníficamente. Le veo ahí mismo, tumbado sobre el suelo, agonizante.
    Espero con ganas leer más acerca de María de Borgoña.
    Besitos

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. En efecto, madame, me parece apasionante desde Juan sin Miedo hasta Felipe el Hermoso :)

      La historia de María da para mucho.

      Feliz tarde

      Bisous

      Eliminar
  14. Menos mal, buenas relaciones entre Margarita y María, en situaciones así, y en temas como este no suelen ser habituales.
    Quedo a la espera de la continuación.

    Bisous

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Pues ya pronto la tendrá, madame.

      Feliz día.

      Bisous

      Eliminar
  15. La historia del Ducado de Borgoña, importantísima para España, no en vano de allí llegó Don Felipe para casarse con la reina Juana, es también importante por una importantísima escuela de pintura y miniatrua en la Baja Edad Media. Un fuerte abrazo, Madame.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Sí, por eso me extraña tanto que la madre de Felipe sea tan poco conocida en España.

      Feliz tarde, monsieur.

      Bisous

      Eliminar

"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)