sábado, 14 de abril de 2012

María de Borgoña (I)

Coudenberghe

En Bruselas el castillo de Coudenberghe, antigua mansión de los duques de Brabante, había pasado de ser un severo burgo fortificado a convertirse en tiempos de Felipe el Bueno en un bello conjunto de edificios unidos por una gran galería de ceremonias. Fue allí donde el 13 de febrero de 1457, entre las doce y la una del día, la joven condesa de Charolais sintió los dolores del parto. El tiempo era bastante agradable y el cielo aparecía despejado, según anota el cronista Chastellain, “pero sucedió que en el momento más apurado para la señora un portentoso y fortísimo trueno retumbó sobre la casa”. Poco después la condesa daba a luz una hija. 

Carlos el Temerario, el padre de la criatura, no estaba en Bruselas. Había acompañado a una partida de caza al Delfín, futuro Luis XI. Al conocer la noticia del nacimiento, se dirigió al Delfín rodeado de brillante comitiva y le rogó que aceptara apadrinar a la niña. 

A su regreso ambos fueron a ver a la condesa. Una sala tapizada de seda roja con cortinas carmesí daba paso a la habitación en la que se encontraba. La pieza principal del mobiliario era una gran cama de gala adornada con satén carmesí y tejido bordado en oro fino, regalo de la ciudad de Utrecht al duque Felipe el Bueno de Borgoña, abuelo de la criatura. 

Carlos el Temerario, el padre

Desde allí se entraba al amplio dormitorio de la condesa, tapizado de verde y decorado como correspondía a una dama de su categoría. Había dos camas grandes situadas en el centro. Sobre ellas lucía un inmenso dosel de damasco verde orlado con franjas de seda, del que caían unas cortinas del mismo color. Entre las dos camas, a la cabecera, una silla grande, de respaldo alto, completamente cubierta de tisú de oro carmesí. Tras la silla, otra cortina, la tercera y última, pues sólo las reinas de Francia tenían cuatro en su dormitorio. Sobre las sábanas, de color violeta, había dos colchas salpicadas de armiños. 

Enfrente se veía una gran chimenea encendida. Ante la lumbre, una litera baja, con ruedecillas, rematada por un pequeño dosel cuadrado tapizado de raso verde y con amplias cortinas. La litera, en la que había nacido la criatura, estaba, como la cama, adornada con sábanas de muselina violeta y cubierta de armiños. Una tupida alfombra tapizaba el suelo, y las ventanas permanecieron cerradas durante quince días. Tan sólo dos grandes antorchas iluminaban la estancia. 

La recién nacida descansaba en otra habitación en la que dominaban los mismos colores. Ante el fuego de la chimenea, en una cunita, estaba María, fajada como una momia, mientras en Bruselas repicaban las campanas por la alegría ante aquel nacimiento. 

Sin embargo, el padre y el abuelo no logran ocultar su decepción. De muy otro modo hubieran acogido en su fuero interno a un heredero varón que continuara el linaje y pudiera soportar el peso de tal herencia. Ni el uno ni el otro, a pesar de encontrarse en Bruselas, asistirán el día 17 a las ceremonias del bautizo, que fueron solemnes y brillantes “como nunca se vio por una hija”. 

Isabel de Portugal, la abuela

Se eligió la iglesia de Coudenberghe. Las antorchas desempeñaban un gran papel en esas fiestas, de modo que la ciudad de Bruselas ofreció 400, y el conde de Charolais mandó hacer 200. El pueblo curioso contemplaba el cortejo que se desplegaba desde el palacio hasta la iglesia. A ambos lados, 400 burgueses vestidos con librea de la ciudad, inmóviles a lo largo del camino, sostenían las antorchas. En la iglesia, cien oficiales de palacio prolongaban la hilera luminosa, mientras que cien caballeros borgoñones, portadores de otras cien antorchas, encabezaban la comitiva. Detrás iba María en brazos de su abuela, Isabel de Portugal. La duquesa iba ataviada con un manto largo sostenido por Madame de Ravenstein. 

En el interior de la iglesia había numerosos tapices colgados en la nave, el coro y la capilla. Ante el altar se podía ver un gran pilón de plata colocado sobre un pedestal cubierto de tisú y coronado por un dosel. La abuela sostuvo a la niña durante la ceremonia. Juan de Borgoña, Señor de Étampes, primo del duque Felipe, llevaba el cirio y Monsieur de Ravenstein, sobrino del duque, tenía la sal en una copa cubierta. 

Isabel de Borbón, condesa de Charolais, aguardaba el regreso del cortejo acostada en su gran lecho. La duquesa de Borgoña, al llegar a la primera habitación de paso, le entregó la niña a su aya, Madame de Berzé, quien la puso en manos de la nodriza. Después de presentarla a su madre, la llevaron a su habitación y la acostaron en la cuna. Comenzó entonces la ceremonia de obsequiar a las personas presentes, que habían invadido las habitaciones de la condesa hasta no caber más. 

Isabel de Borbón, la madre

En el castillo de Coudenberghe había una puerta a través de la cual se accedía a un parque. Era la Warrande, el lugar en el que iba a jugar María, con sus jardines y senderos de hermosos árboles. Allí se reuniría con su primo Felipe de Cleves, un año menor que ella, y con los demás niños que formaban su corte infantil. De su mundo formaría parte el aro, el balón, los tejos, los zancos, el columpio, las espadas de madera; el pilladilla, el corro o el escondite. El juego predilecto de María fue el ladronzuelo, pero a los pequeños también les gustaba desparramarse por la viña en busca de racimos cuando era la estación, o perderse en el laberinto. Aunque sin duda lo más interesante era la casa de fieras. Allí estaba “el león de monseñor”, que tenía asignado para él solo un guarda. También contaba con un grupo de monos y otros animales exóticos; había refugios para gamos, ciervos y cabras, y una pajarera con muchas especies diferentes. 

Pero Bruselas era un lugar en el que raras veces residía la niña. Durante los primeros años de su vida, los condes de Charolais se habían alejado de la corte del duque y vivieron en Quesnoy y en Gorcum con ella. María fue después confiada a la guardia de Gante. Allí vivía en el castillo de Ten Walle, una fortaleza feudal de gruesos muros y 300 habitaciones. Anchos fosos interiores formaban, al llenarse de agua, una isla central en la que María contemplaba sus cisnes y los animales raros de la casa de fieras. “Su loro, sus perros y sus juguetes formaban parte de su universo más íntimo.” 

La corte borgoñona no radicaba en un punto fijo, sino que seguía a la persona del duque, en continuo desplazamiento. No había, por tanto, una capital. Si bien María adoptó en cierto modo la ciudad de Gante como lugar de residencia, también se había desplazado con sus padres a Brujas, al castillo de Hesdin o la abadía de La Motte-au-Bois, a la que se ha retirado su abuela. Hesdin era uno de sus lugares favoritos. Casi siempre que era invitada a ese lugar era cuando había visitas de príncipes, y en esas ocasiones el abuelo daba muchas fiestas. 

Felipe el Bueno, duque de Borgoña - El abuelo

Pero no todo era diversión, y también había que aplicarse en el estudio. Juana de Borbón, futura princesa de Orange, sucedió a Madame de Berzé en el cargo de aya. Ellas velaron por la educación de María bajo la dirección de una de sus tías, Ana de Borgoña, hija bastarda del duque Felipe y casada con el señor de Ravenstein. Aprendió a leer y escribir, y las Sagradas Escrituras. Por orden de su padre se le enseñó la historia de algunos héroes de la antigüedad, y además recibió lecciones de ciencias. Pero se la preparó, sobre todo, en el terreno del arte. No podía ser de otro modo en una corte refinada en la que la música y los más grandes pintores estaban íntimamente ligados a la vida del príncipe. Pedro Bourse, uno de los organistas de la capilla, dio a María clases de clavicordio. 

En septiembre de 1465 hacía dos años que no veía a sus padres. Carlos había sido herido en Montlhéry, y ella, intranquila, llamó a su madre. 

Isabel quiso responder a su llamada y se puso en camino, a pesar de encontrarse muy enferma de tuberculosis. En Amberes tiene que interrumpir su viaje; su estado se agrava con rapidez. Su madre y su suegra acuden a su cabecera y la asisten en sus últimos momentos. El 26 de septiembre, lejos de su marido y de su hija, que ya no la verá, la delicada y encantadora condesa de Charolais muere en una abadía. Unos versos nos han llegado sobre la piedad que suscitó esa muerte, recibida a los 28 años de edad: 

No tuvo medida ni compás, 
Para su marido, que no estuvo presente, 
A quien ella había amado de todo corazón. 

Un amor que fue plenamente retribuido y acompañado de una inquebrantable fidelidad. “Por nada del mundo se hubiera dirigido Carlos a otra mujer que no fuera la suya”, cuenta Du Clercq. 

María perdía a su madre y se enfrentaba al primer gran dolor de su vida con sólo ocho años.

Continuará


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30 comentarios:

  1. Debe ser tremendo quedarse sin madre a tan temprana edad. Volviendo a María, me ha llamado la atención el detalle de la educación de la niña, donde además de las técnicas instrumentales básicas, recibía formación en historia, ciencias y arte, algo que contrasta con la dejadez en el estudio que tuvo nuestra Isabel II, lo que a la larga costó caro a los españoles y a ella misma.
    Un saludo y feliz fin de semana.

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    1. Sí, recibió esa formación, aunque no fuera muy profunda. Por otra parte, tampoco ella mostró tanta dejadez como Isabel II. El alumno también influye en el resultado :)

      Feliz fin de semana, monsieur.

      Bisous

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  2. Hola Madame:

    Me ha gustado mucho la descripción del bautismo de María. Parecía estar allí en el momento.

    Triste para su madre. Morir sola sin su esposo ni su hija.

    Terrible perder la madre tan temprano. Un duro golpe que imagino marcará su vida.

    Besos Madame

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    1. Las ceremonias borgoñonas eran las más fastuosas y magníficas que pudieran contemplarse. El duque Felipe daba mucha importancia a esas cosas.
      Desde luego, la vida de María no fue muy afortunada en su conjunto, aunque también vivió años felices y dorados.

      Feliz fin de semana.

      Bisous

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  3. La descripción minuciosa de los aposentos, muebles, doseles y cortinajes, me permiten asistir en presencia virtual a la intimidad de tan alta dama. Al otro lado, María, la nacida del trueno; ¡pena que no hubiese sido un heredero!
    La constante histórica de la discriminación femenina, para que ahora nos llevemos las manos a la cabeza.
    Como siempre, Madame, un placer llegar a sus dependencias.
    Bisous.

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    1. Sin embargo, finalmente el ducado fue suyo, mujer o no.

      Muchas gracias, monsieur. Feliz fin de semana.

      Bisous

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  4. En medio de la alegría, la juventud el dolor siempre se hace presente de alguna forma.
    Murió muy joven Isabél para dejar a su niña tan pronto huérfana.
    Una bonita puesta en escena madame.
    Bisous

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    1. La pobre María heredó muy pronto una pesada carga. No va a tenerlo muy fácil.

      Gracias, madame. Buenas noches.

      Bisous

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  5. Ah, señora, cuánto me ha gustado este relato de hoy, no sólo por la pormenorizada descripción de fincas y aposentos, sino por la ternura con la que ha narrado la infancia de esa niña, el amor de su madre, la fidelidad de su padre, y la orfandad a sus ocho años.
    Temo que es tono tan sentimental va a cambiar en el próximo capítulo.
    Beso su mano.

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    1. Pues no se crea usted que hemos vivido los únicos momentos idílicos con María. Nos aguardan otros también muy bonitos, aunque claro, no siempre tendremos la fiesta en paz.

      Buenas noches, monsieur.

      Bisous

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  6. Ni medida ni compás, magnífico verso.
    Bueno, en realidad el drama siempre está cerca, a pesar de las 300 habitaciones y el foso que me ha fascinado.
    Buen domingo.

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    1. Por supuesto, monsieur. Nunca hay habitaciones suficientes para esconderse de la tragedia.

      Feliz domingo.

      Bisous

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  7. Muy normal, desgraciadamente, que el padre, todo un guerrero como Carlos el Temerario, tenga una gran decepción al tener una hija, pues estos querían siempre varones, herederos al trono. Y mira que tener a la recién nacida fajada como una momia. Buen domingo, madame.

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    1. Es que además en esos momentos era muy necesario un guerrero al frente de Borgoña, porque las relaciones con Francia eran deplorables, y se veía venir.

      Feliz domingo, monsieur.

      Bisous

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  8. vaya, con lo bien que iba todo entre leones y monos y con esa corte itinerante... aunque un itinerario por bélgica, la verdad es que no me apetece demasiado. no sé. bélgica, no. pero bueno. en fin. que iba todo bien hasta que llega el primer palo.
    veo que la vida de maría no va a ser de mucha risa, no.
    saludos, madame!
    buen domingo!

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    1. Monsieur, pues no sabe lo que se pierde: Brujas es precioso. Claro que posiblemente no sea su estilo.
      Y Bruselas, si le gusta el modernismo, es su ciudad.

      Feliz domingo, monsieur.

      Bisous

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  9. Parece que estamos en los primeros felices años de Maria, que ya se han empezado a ensombrecer. Para la decepcion que sufrieron padre y abuelo, esta recibiendo una educacion muy buena, veremos que depara el destino.

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    1. Qué remedio. María no tenía hermanos, y con la condesa ya enferma no parecía que hubiera muchas posibilidades de llegar a tenerlos cuando comenzó su educación, de modo que lo único que podían hacer era prepararla a ella para que un día heredara el ducado.

      Feliz domingo, madame.

      Bisous

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  10. ¡Qué descripción de los primeros años de esta niña! Esperamos la siguiente entrada para ver que pasa con esa niña huérfana de madre a los 8 años...

    Un abrazo!

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    1. Gracias, madame. Su vida no es que fuera larga, pero da para mucho.

      Feliz domingo.

      Bisous

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  11. Qué bello relato de sus priemros años, qué detallado lo cuenta madame, a pesar de ser tan desconocida esta mujer, creo que solo la conocemos por ser la madre de Felipe el hermoso y abuela de Carlos V. Espero con interés las siguientes entradas.


    Feliz domingo madame

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    1. Gracias, madame. Es cierto que resulta muy desconocida, a pesar de la importancia que tuvo, tanto por ser la abuela de Carlos V como por haberse visto al frente de un ducado tan conflictivo en tiempos revueltos.

      Feliz tarde

      Bisous

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  12. Hola, Madame

    Me ha llamado la atención que no abrieran las ventanas hasta pasados 15 días. Madre mía, si sobrevivían a esa experiencia, está claro que serían fuertes. Y además la niña vendada como una momia.

    Tuvo que ser duro para Isabel morir jovenm teniendo una vida por delante.

    Espero las siguientes entradas en las que conoceremos los vericuetos de la vida de María.

    Feliz noche, Madame.

    Bisous.

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    1. Realmente la mujer corría unos riesgos enormes cada vez que tenía un hijo. Era toda una aventura. Y los recién nacidos igual.

      Feliz día, madame.

      Bisous

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  13. Una descripción muy detallada del bautizo y los momentos posteriores al nacimiento. Me encantan este tipo de crónicas, hacen más real y cercana la historia.

    Bisous

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    1. Sí, es que la etiqueta de la corte Borgoñona, aunque debía de ser pesada de soportar, al mismo tiempo nos ofrece ceremonias preciosas. Y no había fiestas como las que se daban allí.

      Feliz día, madame.

      Bisous

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  14. en pleno siglo veinte se fajaba a los niños segun cuenta la historia Madame, yo lo recuerdo, luego vino todo lo contrario.
    es una hermosa niñez la de esta mujercita, rodeada de amor y juegos, saludos querida amiga

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    1. Menos mal que por fin se terminó con una costumbre, madame, porque pobrecitos niños.

      Feliz tarde.

      Bisous

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  15. El hecho de no haber sido bien recibida por parte de los varones de su familia parece que no hizo mella a la madre de María para organizarle un bautizo tan espectacular. Pobre niña, separada tan pronto de sus padres y perder a su madre. Beso su mano, madame.

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  16. En realidad no lo organizó la madre. Ella pintaba poco. Todo eso de las ceremonias era cosa del abuelo. La niña tuvo una infancia muy solitaria, puesto que ni siquiera tenía hermanos, aunque sí contó con la compañía de su primo, al menos.

    Buenas noches, madame.

    Bisous

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)