martes, 10 de abril de 2012

Enrique IV de Inglaterra (III)


El 21 de octubre de 1399 Ricardo II compareció ante el parlamento para responder de las acusaciones en su contra. Hubo alguna voz que sugirió a Enrique que el depuesto rey debería ser condenado a muerte, pero él se opuso rotundamente. Dos días más tarde el Parlamento se reunía en sesión secreta para debatir lo que procedía hacer. Se concluyó que era peligroso dejar que Ricardo fuera visto por la gente, porque podría acabar por convertirse en un foco de rebelión. Por tanto se decidió, por mayoría, que debía ser recluido de por vida en un lugar secreto del que nadie pudiera rescatarlo. 

Tras negársele cualquier oportunidad de hablar en su defensa, disfrazaron a Ricardo de guardabosques y el día 28 lo condujeron por el río desde la Torre a Gravesend, y de allí al castillo de Leeds, en Kent, un lujoso palacio de las reinas de Inglaterra. Pero no iba a permanecer mucho tiempo alojado tan cómodamente: al cabo de unos días era trasladado al norte, primero al castillo de Pickering, en Yorkshire, y finalmente a Pontefract. Allí quedó bajo la custodia de Sir Thomas Swynford, firme partidario de Enrique. 

El 31 de octubre Enrique era coronado y ungido en la abadía de Westminster. Corría la leyenda de que el óleo había sido entregado por la Virgen María a Santo Tomás Becket para santificar a un rey que restauraría el reino perdido por sus antecesores. Lamentablemente, en el momento de la unción el arzobispo descubrió que la cabeza del rey estaba habitada por piojos. Y, para consternación de los presentes, hubo un segundo mal presagio que causó gran inquietud: durante el ofertorio Enrique dejó caer su moneda de oro, que rodó y no pudo ser encontrada. 

Coronación de Enrique IV

El nuevo rey instituyó entonces una nueva orden de caballería, la Orden del Baño, de la que sus cuatro hijos fueron los primeros miembros. El nombre se debía a que durante la ceremonia el aspirante a ser armado caballero por el rey debía tomar un baño, símbolo de purificación. Luego era conducido hasta el lecho para secarse, lo vestían con una bata de ceremonia y lo trasladaban a la capilla, donde pasaba la noche orando, de rodillas o de pie. Al amanecer se confesaba y oía misa. El rey instruía luego a dos caballeros veteranos, uno de los cuales podía ser el padre del postulante, para que le abrocharan las espuelas. Entonces él mismo le ceñía la espada y le tocaba en el cuello recordándole sus deberes de honrar siempre a su señor, proteger a los pobres y amar a Dios. La ceremonia culminaba con un torneo en el que el recién admitido en la Orden podía demostrar sus habilidades, y por la noche se celebraba un banquete y un baile. 

Dos días después de la coronación, el primogénito del rey, Enrique de Monmouth, de 12 años, fue proclamado heredero al trono, recibiendo el título de Príncipe de Gales, duque de Cornualles y conde de Chester, títulos que había llevado en su día el Príncipe Negro. 

El duque de York, enfermo para entonces, se retiró a su amada mansión de Langley. Cuando falleció en 1402, fue su hijo Rutland quien le sucedió. A este le había costado caro su paso a las filas de Enrique, después de haber sido el favorito de Ricardo. Veinte cortesanos lo habían desafiado; era tratado con desprecio y detestado por muchos, siempre expuesto a insultos o a que le dieran la espalda cuando aparecía por la corte. Enrique lo protegió contra sus enemigos, pero no dejó de vigilar atentamente a quien ya una vez había sido capaz de traicionar a su mejor amigo. 


Otro de los problemas a los que se enfrentaba el monarca era que Carlos VI de Francia había casado a su hija Isabel con Ricardo, y por tanto se negaba a reconocer a Enrique como rey de Inglaterra. Lo denunció como traidor a su legítimo soberano y cuando se dirigía a los enviados ingleses se refería a él como “el señor que os envía”. Esto condujo al fin de la tregua y la reanudación de la Guerra de los Cien Años en 1401. Por entonces Francia se hallaba dividida en dos facciones, lideradas por los duques de Borgoña y de Orleáns respectivamente. Enrique IV procuró causarles todos los problemas posibles para mantener esa pugna interna, por lo que pocas acciones bélicas tuvieron lugar durante su reinado. 

El nuevo monarca no quiso emular la actitud de Ricardo II delegando el poder en los favoritos, sino que prefirió gobernar por sí mismo apoyándose en el Parlamento, al que otorgó poderes sin precedentes. Fue él quien estableció la costumbre del libre debate y la inmunidad de los miembros, dejándoles en libertad para criticar al rey como deseasen. Pero, debido al dudoso modo en que había llegado al trono, la primera década de su reinado estuvo marcada por conspiraciones para derrocarlo. Se aseguró la continuidad del apoyo de la Iglesia autorizando el estatuto De Heretico Comburendo, que condenaba a los herejes a ser quemados en la hoguera. Esto iba principalmente dirigido contra los lolardos, a quienes Enrique consideraba una amenaza para su trono, no tanto por sus creencias como por el hecho de que muchos de ellos apoyaban a Ricardo. 

Aunque Enrique aportó a la corona las riquezas del condado de Lancaster y la fortuna de los Bohun, todo resultaba insuficiente. Las consecuencias del reinado de Ricardo eran desastrosas y no podían borrarse de la de la noche a la mañana. A esto se añadía que tener que sofocar rebeliones de continuo salía muy caro, y el rey siempre andaba necesitado de dinero. 


Algunos de los que en su día habían sido favoritos de Ricardo estaban ahora descontentos porque veían disminuida su importancia y su influencia con el nuevo rey. Adoptaron como distintivo un ciervo blanco, símbolo del monarca depuesto, y uno de ellos, un sacerdote llamado Richard Maudelyn, representaba la persona del rey Ricardo. Pasada la Navidad, cuatro de ellos —los condes de Salisbury, Gloucester, Exeter y Surrey— planearon el asesinato de Enrique y sus hijos. El complot fue descubierto gracias a que Rutland, que se había infiltrado en él, lo denunció al rey, y este pudo reunir a tiempo un ejército con el que perseguirlos. Tres de los condes fueron linchados y decapitados por el propio pueblo antes de que Enrique pudiera ponerlos a buen recaudo. Otras 26 personas, incluido el sacerdote, fueron juzgadas y ejecutadas. El rey regresó a Westminster con las cabezas de los traidores, que fueron exhibidas en Londres para disuadir a otros de seguir su ejemplo. 

Enrique comenzó a darse cuenta de que nunca podría sentarse tranquilamente en el trono mientras Ricardo continuara con vida. Se cree que poco después de la ejecución de los rebeldes llegó a Pontefract la orden de eliminar al prisionero. La mayoría de sus contemporáneos eran de la opinión de que se le dejó morir de hambre, y es muy posible que así fuera: en la Edad Media la persona de un rey ungido y coronado, aunque hubiera sido depuesto, tenía algo de sagrado, por lo que al recibir la orden sus carceleros probablemente buscaron el modo de no tener que darle muerte con sus propias manos. 

La muerte de Ricardo tuvo lugar hacia el 14 de febrero del 1400, aunque en realidad nunca han quedado suficientemente esclarecidas las circunstancias que la rodearon. Una fuente francesa, y como tal abiertamente hostil a Enrique, describía con detalle cómo el moribundo, en su agonía, se había arrancado a dentelladas la carne de sus brazos y manos. Otros rumores hicieron circular la historia de que lo habían matado a palos, pero lo cierto es que sus restos fueron examinados siglos después sin que se hallara rastro alguno de violencia. 

Funeral de Ricardo II

La explicación oficial que se ofreció durante el reinado de Enrique fue que, al tener conocimiento del fracaso del plan para restaurarlo en el trono y de la suerte que habían corrido sus partidarios, Ricardo cayó en tal estado de abatimiento que él mismo había renunciado a ingerir alimento. Dijeron que más tarde se había arrepentido, pero que era demasiado tarde y su cuerpo ya no admitía la comida. Añadiendo ese detalle se lo libraba al menos de la acusación de haber intentado suicidarse. 

Para Enrique era importante no solo que Ricardo estuviera muerto, sino que la gente viera su cadáver para cerciorarse de que era así. El 27 de febrero su cuerpo fue trasladado a Londres y mostrado a las gentes de las poblaciones por las que pasaba. Por último fue expuesto durante dos días en la catedral de San Pablo. Enrique asistió a una misa solemne por el alma del difunto e hizo colocar un rico palio sobre el féretro. También ordenó mil misas por el reposo de Ricardo. 

El 12 de marzo el difunto era enterrado en la iglesia de los frailes dominicos en Kings Langley. Aún puede verse la tumba ricamente adornada con blasones que una vez contuvo sus restos, antes de ser trasladados a la abadía de Westminster.

Continuará


26 comentarios:

  1. ¡Caramba! en cuanto he leído lo de la Orden del baño la he asociado con la cabeza del monarca. Y no, las apariencias engañan.

    Madame, la libertad que concedió Enrique al parlamento, para debatir sin trabas ni censuras, es una buena prueba de que su intención era gobernar, sí, pero ganándose el respeto de sus súbditos.

    Buenas tardes y feliz semana.

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    1. Claro, pero cuando se hacen tantas trampas, uno se arriesga a que se las hagan a él.

      Lo del baño, vaya usted a saber si no se lo sugeriría el incómodo episodio durante la coronación.

      Feliz día

      Bisous

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  2. Dios mío, madame. Pobre Ricardo, la verdad. Aunque no fuera un buen rey qué final tan infausto. Nada, poco hay tan horrible como arrancarse la carne a uno mismo. Imagínase el proceso mental que debía haber detrás.
    Muy calentito el trono. Sensacional golpe el de dar tanto poder al Parlamento y el de dividir más a los franceses.
    El resto, pólvora. Por mi parte, no le envidio el trono.
    Saludos.

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    1. Yo creo que el único proceso mental fue la imaginación de quien escribió eso, la verdad.

      Enrique era un gobernante muy capaz, pero debido al modo en que llegó al trono lo tenía bastante difícil. Se le acumulan los problemas, pero a fin de cuentas, él se los buscó.

      Feliz día, monsieur.

      Bisous

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  3. "En el momento de la unción el arzobispo descubrió que la cabeza del rey estaba habitada por piojos." Esto ha sido todo un descubrimiento para mí, Madame, amén de la reafirmación de que en todas partes cuecen habas, también en la Corte. ¡Cuántas intrigas!

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    1. Los piojos no estaban invitados, pero consiguieron acceder de todos modos. Qué momento tan embarazoso!

      Feliz tarde, monsieur.

      Bisous

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  4. No está mal...ofrecer mil misas por el difunto después de todo lo que pasó.
    Un saludo.

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    1. Hubiera estado mejor que la mitad fueran por sí mismo, dadas las circunstancias.

      Feliz tarde, monsieur.

      Bisous

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  5. Hola Madame:

    Al final, parece que Enrique se arrepintió de la muerte de Ricardo, en la que tuvo que ver y mucho, aunque se niegue (o lo niegue). Mil misas...Quizás buscaba redimirse él mismno

    Lo de los piojos...Creo que le he comentado alguna vez que hubiese sido muy difícil para mi vivir en aquellos años de la edad media (con todo y que me gusta)... Los olores...por no decir otra cosa ;D

    Besos Madame

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    1. No creo que se arrepintiera, pero si que buscaría redimirse él mismo, y sobre todo quedar bien ante sus súbditos.

      Pero monsieur, me temo que los piojos no pueden considerarse un problema medieval, sino eterno. Siguen apareciendo por los colegios de vez en cuando, y pienso que todos conocemos a alguien que los ha padecido en algún momento. No nos hemos librado de ellos.

      Feliz tarde

      Bisous

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  6. Veo que el asunto de los piojos ha causado sensación. En mí también; y que decepción descubrir que la Orden de Baño no nació para hacer morir a tan asquerosos parásitos.
    No es la primera vez que le oigo hablar de la muerte por inanición de los cautivos. Debía ser tremendo morir así. De cualquier forma, desde luego, pero así… con lo largo de que debía hacer.
    Beso su mano.

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    1. Sí, resultaba terriblemente cruel. Hubiera sido más piadoso atravesarlo con la espada, pero aparte de que las heridas serían difíciles de ocultar, hacerlo se acercaba demasiado al sacrilegio. Supongo que la mentalidad medieval veía una gran diferencia entre eso y dejar que se muriera.

      Buenas noches, monsieur.

      Bisous

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  7. Hola, Madame

    Enrique recibió varias señales de que reinado no comenzaba con buen pie o mejor dicho, cabeza ;). Necesitaba más a Ricardo de lo que le hubiera gustado, aunque fuera su cuerpo ya muerto, le vino muy bien para poder asentar su reinado.

    Injusta muerta la de Ricardo, aunque se veía venir que le dejarían morir. Su presencia era demasiado incómodo y las comparaciones son odiosas.

    Feliz noche, Madame.

    Bisous.

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    1. Tanto si Ricardo vivía como si moría, no podría evitar esas revueltas para restaurarlo. Ahora bien, si estaba muerto, entonces sí podía impedir que lo lograran :)

      Una muerte en esas circunstancias siempre es indeseable, trágica y terrible, pero no sé si fue más injusta que todas las que Ricardo había ordenado, incluso entre miembros de su familia. Eso sí: tuvo tiempo para pensar en todo ello durante su agonía.

      Buenas noches, madame.

      Bisous

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  8. Es duro, eso de que te entierren con todos los honores después de haber sido destronado y reducido a prisión y muerte. En fin, así somos los humanos... Beso su mano, madame.

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    1. Sí, los honores ya no los pudo disfrutar, y en cambio tuvo una muerte espantosa.

      Buenas noches, madame.

      Bisous

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  9. La vida vista friamente era una tragedia. No se si era mejor ser Rey o esclavo.
    Reciénn empiezo hacer visitas y no podía faltar a su cita.
    Bisous y nbuenas noches Madame

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    1. Madame, qué bueno tenerla de regreso por aquí. Espero que haya disfrutado de sus vacaciones!

      Buenas noches

      Bisous

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  10. "Dijeron que más tarde se había arrepentido, pero que era demasiado tarde y su cuerpo ya no admitía la comida. Añadiendo ese detalle se lo libraba al menos de la acusación de haber intentado suicidarse."

    ¡Por dios, que retorcidos! Hasta esos detalles se fijaban para quedar politica y religiosamente correctos...

    Muy interesante Dame Masquée!

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    1. Sí, era importante y trascendía mucho más allá de lo políticamente correcto, puesto que el suicida no podía ser enterrado en sagrado.

      Muchas gracias, monsieur. Feliz día.

      Bisous

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  11. Este blog no tiene comparación, es una fuuente inagotable de conocimiento, y lo que es mejor aun, una lectura muy amena que enriquece el espiritu y la mente.

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    1. Muchas gracias, monsieur. Me alegra que encuentre la lectura de su agrado.

      Feliz día.

      Bisous

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  12. ¡Qué sencillo resultaba eliminar posibles adversarios- aún tratándose de un rey- encerrándolos de por vida en un lugar remoto! ¿Esta gente no tenía conciencia o es que saber que una persona yacía encerrada entre cuatro muros privada de libertad les importaba muy poco?

    Espero que esos rumores que menciona fuesen del todo falsos (parece que sí debido a las posteriores investigaciones) pues de otro modo resultaría un fin salvaje y terrible para cualquier persona.

    Bisous Madame y muy buena semana.

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    1. Sí, en realidad importaba muy poco. Eran tiempos de pena de muerte y cadena perpetua. Bueno, y ahora también en muchos lugares.

      De todos modos, el fin de Ricardo, aun sin esos detalles adicionales, tuvo que ser terrible.

      Feliz día, madame.

      Bisous

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  13. Esos si que son eternos: los piojos. Una muerte terrible Madame por mucho boato que tuvier su entierro, la forma de morir fue horrorosa.

    Bisous

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    1. Sí, así es. Los piojos no son identificables con la edad media en absoluto. Son eternos.

      Yo tampoco elegiría esa forma de morir, madame.

      Feliz día.

      Bisous

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)