jueves, 15 de marzo de 2012

La traición de Monaldeschi (II)


Tres días después de que Cristina de Suecia hubiera confiado a su capellán los misteriosos papeles, envió en su busca. El padre Le Bel recogió el paquete y se dejó conducir hasta la galería en la que aguardaba la reina en compañía de algunos caballeros. Era la una de la tarde. Cristina conversaba en esos momentos con el marqués de Monaldeschi.

Tan pronto como entró el sacerdote, el servidor cerró la puerta con tal apresuramiento que Le Bel empezó a sentir cierta aprensión. Confuso y lleno de expectación, aguardó al fondo de la galería hasta que la reina le hizo una señal para que se acercara. En voz alta y clara, de modo que todos pudieran escucharla, le preguntó por el paquete que le había entregado. 

—Quiero leer una vez más las cartas que os di a guardar recientemente. Devolvédmelas —exigió con altivez.  

Monaldeschi continuaba a su lado, en postura informal y con aspecto de estar incómodo, mientras Le Bel entregaba los documentos. La reina, tras darle vueltas al paquete en silencio, finalmente lo abrió, extrajo los documentos y se volvió bruscamente hacia el marqués. 

—¿Conocéis estos papeles? —interrogó con potente voz masculina. 

Fontainebleau - Galería de Francisco I

Monaldeschi mudó de color y pareció sacudido por un súbito temor; pero recuperándose y echando una rápida mirada, replicó con voz débil y tono inseguro. 

—No, Vuestra Gracia. Me temo que no los recuerdo. 

—¿Entonces no reconocéis esta escritura? —preguntó con una voz aún más terrible, sosteniendo los papeles más cerca de su rostro. 

Eran en realidad copias que la propia reina había hecho, pero, tras la breve pausa que le concedió, extrajo otros de su bolsillo, esta vez escritos por el propio Monaldeschi. 

—¡Traidor! —exclamó, mostrándoselos con violentísima agitación— ¿Tampoco conocéis estos? 

Ante su obstinada negativa continuó interrogándolo. Intentaba que confesara que se trataba de su escritura. Él negaba y trataba de justificarse culpando a otras personas, hasta que, viendo que no lograría persuadirla, cayó de rodillas y suplicó clemencia. 

Galería de los Ciervos - Fontainebleau

Cristina permanecía inconmovible mientras tres de sus hombres sacaban sus dagas y lo rodeaban, dispuestos a actuar. El marqués, sin resignarse, se incorporó y comenzó a pasear con la reina de un lado a otro de la galería; le hablaba con el apremio de un hombre desesperado, le rogó de nuevo que lo escuchara; sostenía su inocencia y rogaba clemencia en el tono más lastimero. 

La reina respondía sin aspereza; la llama de la furia había desaparecido de su rostro. Al cabo de una hora se volvió de nuevo hacia Le Bel y le dijo en tono sosegado. 

—Padre, mirad y sed testigo de mi conducta con este hombre —señalaba al marqués, que, agotado, apenas era capaz de sostenerse en pie y se apoyaba sobre un pequeño bastón de ébano—. He concedido a este traidor, a este pérfido miserable, todo el tiempo que requirió para defenderse, y tal vez más del que cabría haber esperado tras una injuria como la que me ha hecho. 

El marqués, presionado de ese modo, le entregó unos papeles y dos o tres llaves de pequeño tamaño que sacó de su bolsillo. De él cayeron también unas cuantas pequeñas piezas de plata. 


Tras las explicaciones, la reina, aún sin estar satisfecha con las respuestas de Monaldeschi, se aproximó más a Le Bel y dijo en voz baja, pero con la mayor firmeza: 

—Padre, ahora me retiraré. Os dejo a este hombre. Preparadlo para la muerte y haceos cargo de su alma. 

Al oír esta inesperada condena, el capellán se estremeció de terror. El marqués y él cayeron de inmediato a los pies de la reina solicitando clemencia. Pero ella respondió inconmovible: 

—No puedo concederos lo que pedís. Este traidor merece la muerte más que muchos de los que han padecido el suplicio de la rueda. Él sabe cuánta confianza había depositado en su fidelidad y afecto. Le he comunicado, como a leal súbdito, mis asuntos más importantes y mis pensamientos más secretos. Pero incluso aunque yo no le recordara nunca mi bondad, su propia conciencia debería decirle que he hecho por él más de lo que podría haber hecho por un hermano. 

Al pronunciar estas últimas palabras afloraron las lágrimas a sus ojos, pero pocas de ellas se derramaron. Abandonó el lugar bruscamente y el capellán se quedó casi petrificado con el desconsolado marqués y los tres asistentes, preparados para acabar con él en cualquier momento. 

Le Bel abrazó al marqués de Monaldeschi. Le pidió entre lágrimas que se preparara para encontrarse con la muerte con dignidad y que aliviara su conciencia. 

Cristina de Suecia

Monaldeschi gritó cuando escuchó estas palabras y se arrojó a los pies del capellán, que se había sentado en un banco en un rincón de la galería. Empezó a confesarse. Hablaba alternativamente en latín, francés e italiano; a veces se incorporaba en medio de su discurso, emitía gritos de desesperación. 

Mientras tanto había entrado otro sacerdote. Sin esperar la absolución, el marqués se aproximó a él. Mientras le hablaba, mantenía ambas manos enlazadas convulsivamente, golpeándose de vez en cuando el pecho. 

Por fin el sacerdote se retiró en compañía de uno de los hombres armados, con la intención de dirigirle a la reina la última petición desesperada del marqués. 

El sacerdote no regresó, y el asesino, al volver a entrar en la galería, llamó a Monaldeschi. 

—Encomendad vuestra alma a Dios, pues vuestra muerte es inevitable. ¿Habéis confesado? 

Con estas palabras lo empujó contra la pared, y antes de que Le Bel pudiera apartar el rostro de esta escena de horror, le vio darle una contundente puñalada al lado izquierdo del vientre. Monaldeschi, sumamente tembloroso, luchó por evitar el golpe agarrando la daga con la mano derecha, pero el asesino le cortó tres dedos al retirar el arma. Como la daga quedó doblada, el verdugo exclamó dirigiéndose a sus compañeros: 

—¡Lleva todo el cuerpo cubierto por una armadura! —y entonces le apuñaló en el rostro. 

—¡Padre! ¡Padre! —gritó el desdichado, a lo cual el capellán se aproximó mientras los asesinos retrocedían. 

Cristina de Suecia

Monaldeschi cayó sobre una de sus rodillas ante Le Bel y balbuceó el resto de su confesión. Tras escuchar cómo le pedían una vez más que se resignara ante la muerte y que perdonara a quienes les había sido encargada su ejecución, se arrojó al suelo, y al caer recibió una puñalada en la cabeza que dejó el hueso del cráneo al descubierto. Extendido y boca abajo, hizo una señal con la mano para que el asesino le cortara la garganta y terminara así su suplicio. El verdugo le asestó dos o tres golpes fallidos en el cuello, debido a una cota de mallas que llegaba demasiado alto.

Mientras tanto las esperanzas del marqués comenzaron a reavivarse al oír que se abría la puerta de la galería; cobró algo de fuerza y al percatarse de que el sacerdote se deslizaba hacia él, apoyándose contra la pared solicitó permiso para hablarle. Le Bel le ayudó a volverse en su dirección. Monaldeschi juntó sus manos y movió sus labios como si rezara, pero sin ser capaz de pronunciar ni una sola palabra inteligible. 

—Rogad a Dios que os perdone —dijo el sacerdote, muy afectado. 

Entonces le dio la absolución y se apartó de Monaldeschi, dejándolo al cargo de Le Bel, pues él estaba obligado a aguardar junto a la reina. 

Fontainebleau - Foto de Alain Guicherd 

En ese momento el asesino que había cortado parte de su cráneo le clavó una daga larga en la garganta, y el marqués cayó sin sentido al suelo. Allí yació sobre su costado derecho, respirando durante un cuarto de hora hasta que, tras haber perdido una gran cantidad de sangre, expiró. 

Le Bel recitaba el De profundis mientras uno de los asesinos sacudía el cadáver para asegurarse de que había muerto. Examinaron su ropa, registraron sus bolsillos sin encontrar nada excepto un librito del Servicio de la Virgen y una navaja. 

Los tres abandonaron la galería con Le Bel para informar a la reina. Cristina escuchó el relato de la muerte del marqués con evidente satisfacción y luego se extendió hablando de la importancia y la perversidad del crimen de Monaldeschi, y de la necesidad que ella tenía de actuar como lo hizo. Añadió que rogaría a Dios que lo perdonara como ella lo había perdonado, pidió a Le Bel que dispusiera su funeral y expresó su deseo de que se dijeran varias misas por el reposo de su alma. 

Monaldeschi fue enterrado en la tarde del lunes 12 de noviembre de 1657. La reina envió 100 libras por medio de dos de sus servidores, destinadas a ofrecer plegarias a Dios por el alma del marqués. Al día siguiente se anunció con campanas su funeral. 

Cristina creía haber resuelto el asunto, pero lo cierto es que su crimen iba a originar un problema mayor.


Continuará con la última parte de esta serie sobre Cristina de Suecia

36 comentarios:

  1. Terrible, absolutamente terrible la muerte de este hombre. Me queda la duda de ese problema mayor sin que consiga evitar el horror de una muerte tan cruel. A mí no me asustan los zombies, me asustan cosas como esta, tan reales.
    En fin, en el oficio de ser Reina no todo debían ser poetas aduladores y cortesanos agudos y amables.
    Buen jueves, madame.

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    1. También depende mucho de cómo entienda una el oficio de ser reina. Cristina tenía ideas peculiares. A veces, como vemos, se iba un poco a la edad media.

      Feliz día, monsieur

      Bisous

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  2. Este relato es terrorífico madame. Hay mucha crueldad en él. Pero también me imagino que la historia tiene que seguir su curso. La justicia se tomada por la mano. Una siempre se imagina a las reinas dulces, generosas...
    Bisous

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    1. Generosa podía ser, pero lo que es dulce... Esa palabra suena a antítesis de Cristina.

      Feliz día, madame

      Bisous

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  3. "Os dejo a este hombre. Preparadlo para la muerte y haceos cargo de su alma". ¡Cuánta indulgencia! El colmo de la hipocresía es perdonarle después de ajusticiarle y encargar misas por su descanso eterno. Sin duda, tanta perversidad debe tener consecuencias.

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    1. No va a ser algo que se pase por alto, desde luego. Estamos ya en el siglo XVII, y hay cosas que resultan bastante inadmisibles.

      Feliz día,monsieur
      Bisous

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  4. qué sordidez, madame. pero está bien eso de saber realmente como muere una persona. nada de 'y le mató'... no, no. le intentó clavar la daga, le salió mal, buscó, le cortó, etc. pasa como con los toros, y perdone que me vaya del tema, pero ver al pobre animal en el descabello, desangrándose y todo eso, quita cualquier atisbo de 'arte' a la historia. por eso Cristina, por muy reina y distinguida que fuera, no deja de ser una fría criminal. y sin la cara de Greta Garbo, todo sea dicho.

    que tenga buen día madame!
    bisous!

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    1. Así es, monsieur. Quería que la vieran sin la careta romántica que le han puesto.
      El próximo día terminaremos de conocer a la verdadera Cristina, y a través no de opiniones, sino de sus propias palabras.

      Feliz día

      Bisous

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  5. Excelente descripción de una escena de máxima crueldad. Resulta paradójico que personas creyentes sean capaces de suministrar una tortura semejante a un ser humano. Hablamos de lo de siempre: resulta difícil juzgar sucesos que pasaron hace siglos, donde había otra mentalidad y donde el código del honor era más sagrado que la propia vida. En todo caso, la amiga Cristina era de "armas tomar".
    Un saludo.

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    1. El código de Cristina era medieval, y no propio del siglo XVII. Ya no se podía ejecutar sin juicio previo en esa época, ni siquiera un rey. Y ella ni era ya reina ni estaba en sus dominios.

      Feliz día, monsieur

      Bisous

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  6. Rogaba Cristina que Dios lo perdonara... ¿Y a ella quién la perdonaría? Que autoridad manejaban los reyes ni temor de Dios tenían.

    Un relato impactante. Fui un espectador de cada gesto de cada lágrima, felicitaciones madame. Un super relato.

    Mariarosa

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    1. Gracias, madame. La minuciosidad con la que el padre Le Bel describe la escena nos lo puso muy fácil.

      Feliz día

      Bisous

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  7. Ay Madame, que ratico más malo, que no acaba de morirse, que se muera ya de una vez iba pensando. Cristina se ha pasado varios pueblos, no? y alguna gasolinera. Veremos en que para todo esto.

    Bisous

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    1. Varios pueblos y ciudades, sí. Menuda forma de resolver sus asuntos, ella que era una mujer tan culta y tolerante. En el fondo de su ser latía un señor feudal.

      Feliz día, madame

      Bisous

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  8. Me ha acongojado y todo la muerte en sí tan larga. Quiero morir rápido, madame, aunque estemos en el siglo XXI. Nadie merece morir asi. Que tenga una gran velada. Bisous.

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    1. Monsieur, si no se cruza usted con Cristina, tendrá alguna posibilidad.

      Feliz tarde

      Bisous

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  9. Me ha dejado acongojada. Madame, voy a tomarme una tila.
    Cólera y resentimiento, es una combinación muy peligrosa cuando quienes no dominan esas feas emociones son gente normal, pero si es un poderoso, Cristina de Suecia, sin ir más lejos, el resultado es letal a lo Quentin Tarantino.

    Esto no puede quedar así.

    Muy buenas tardes.

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    1. Esto es la mejor muestra de las enormes contradicciones que había en el carácter de esta mujer. Siempre era como dos cosas a la vez, siempre algo y su contrario.

      Feliz tarde, madame

      Bisous

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    2. un reino debe exterminar sus traidores, y su muerte servir de escarmiento, muy bien por la reina, saludos Madame

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    3. Pero es que yo creo que los que tenían que decidir eso en todo caso eran los jueces, y este hombre no tuvo derecho a un juicio, ni justo ni injusto.

      Feliz tarde, madame

      Bisous

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  10. esta señora cada vez me cae peor.Renuncia a una obligacion que tenia para con sus subitos por considerarlos poca cosa para ella, pero no renuncia a que le sigan girando dinero de la corona. Y ahora manda a matar a sangre fria , sin juicio y en una forma terrible a una persona de nacionalidad italiana que servia en un palacio frances. Me parece que se le subieronlos humos y esta muy confundida esta mujer

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    1. Ahi está el problema, sí. No asumía que ni era ya reina ni estaba en su casa ni sus servidores eran utensilios. Tampoco asumía que hacía algún tiempo que había terminado la Edad Media.

      Feliz tarde, madame

      Bisous

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  11. Qué horrible muerte, madame, aunque de ella no se salvaban los traidores y menos con una reina como Cristina de Suecia, todo soberanía y rigidez. Por cierto, tengo que ver la película en blanco y negro sobre ella. ¿Era Greta Garbo quien interpretaba el papel de la reina? Creo que sí.
    Un besito

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    1. Sí, jiji, recuerda usted bien: era Greta Garbo. Desde que vi aquella película me es imposible tratar sobre Cristina sin que me venga a la mente la imagen de la Garbo :)

      Feliz tarde,madame

      Bisous

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  12. Hola Madame:

    En algún momento pensé que quería que se muriera...una muerte...me dio mucha cosa...es complicado lo que sentí cuando leí.

    No sé que sentimiento tengo de la reina...

    Besos Madame

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    1. Disculpe que responda desde la corte, jiji. Es por no cambiarme, que voy a cien por hora.
      Le entiendo, monsieur. El propio Monaldeschi también llegó a desear la muerte.

      Buenas noches

      Bisous

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  13. No sé si esa especie de esquizofrenia en sus comportamientos, pasando de la crueldad más feroz a la compasión más piadosa es la que hizo que los pintores la restratasen de modo tan distinto.
    Un relato trepidante y angustioso. Genial.
    Beso su mano.

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    1. Sí, es curioso. Los retratos dan a entender que no todos los pintores la percibían del mismo modo, pero en conjunto una puede hacerse idea cabal.

      Muchas gracias, monsieur, buenas noches

      Bisous

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  14. ¡Madre mía! qué muerte o que manera de morir más cruel, ¡terrible! El corazón de esta reina no era humano, no.

    Bisous

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    1. Resulta asombroso, sí. Tal vez en otro siglo hubiera sido de lo más natural, pero ya no eran tiempos para tanta barbarie.

      Feliz fin de semana, madame.

      Bisous

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  15. Un relato escalofriante... y desconcertante. De hecho, los italianos le criticaron mucho por esta acción, que consideraron un asesinato particularmente cruel. Contrastaba vivamente con una mujer que se consideraba ilustrada y se carteaba con los científicos y pensadores más importantes de su época. Cristina era una pura contradicción (en mi opinión). Magníficos los dos capítulos dedicados a la reina de Suecia - y fíjese cómo, casi sin quererlo, hablamos siempre de ella como reina y no comom ex-reina -. Aunque abdicó voluntariamente del trono de Suecia, ella siempre siguió considerándose reina (y creo que nosotros también la seguimos considerando así). Beso su mano, madame.

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  16. Sí, el problema de Cristina es que al abdicar no consideró que también renunciaba a sus privilegios. Siempre se consideró una reina, y ciertamente ese acto bárbaro sentó muy mal en Italia. Algo de eso veremos en la próxima entrega.

    Muchas gracias por las fotos, madame.

    Bisous

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  17. Primera visita a tu blog y me ha gustado mucho

    Paz&Amor

    Isaac

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  18. Muchas gracias, monsieur. Bienvenido.
    Espero que vuelva muchas veces.

    Feliz fin de semana.

    Bisous

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  19. Perdoneme madame por este retraso ,es que espere momentos serenos para leer este fatidico final de Monaldeschi . A esta mujer si que no le temblo el pulso para semejante acto que conto con la participacion accidental del sacerdote
    Veremos como continua mas arriba esta historia
    Un abrazo

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    1. No le temblaba el pulso a Cristina, no. Yo creo que debió pensarlo un poco mejor antes de actuar.

      Feliz domingo, monsieur.

      Bisous

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)