viernes, 30 de marzo de 2012

La religión asiria


Los dioses y el culto asirios fueron un calco de las creencias de Babilonia. Los asirios idearon un amplio panteón con divinidades masculinas y femeninas, recogidas en listas que copiaban modelos arcaicos sumerios. Existe una inscrita en una tablilla de Nínive que registra 2.500 nombres de dioses. 

Las divinidades, imaginadas bajo aspectos antropomorfos, fueron agrupadas en tríadas y binas, estructuradas a su vez en numerosas familias. Había dioses del cielo, de la tierra, de las aguas y de los infiernos. El complejo panteón era presidido por el dios local Assur, que pasó a ser nacional cuando Asiria se convirtió en Imperio. Algunos autores han pensado que el dios fue en su origen la propia ciudad de Assur divinizada. A la deidad le fueron trasplantadas las características de Enlil y Marduk. Rey de todos los dioses y protector de los reyes, era una divinidad guerrera que acompañaba a los ejércitos y dirigía la flecha del arquero. Assur se complacía, además, en la crueldad de las torturas que padecía el enemigo capturado y en la deportación de los vencidos. Adopta la forma de un disco alado, o bien cabalga un toro. También era el dios de la fecundidad cuando se representaba bajo la forma de macho cabrío rodeado de ramos y frutos. 

Contó con importantes templos y santuarios en distintas ciudades, entre los que destaca el templo de Esharra, dentro de un conjunto arquitectónico que databa de hacia el 2100. Los zigurats, de más altura que el resto, tenían forma de torre escalonada. 


Tras Assur, la diosa Ishtar, que se cree que era su esposa, gozó de gran estima. “Primera entre los dioses”, “Señora de los pueblos”, y “Reina del cielo y la tierra”, se la veneraba, sobre todo, bajo sus atributos guerreros. En el templo de Assur era conocida como Assuritum (la asiria). Acompañaba a Assur en las batallas, montada en un carro tirado por leones y empuñando el arco. En Erech era la diosa del amor, y en cuanto a tal recibió los nombres de “la dama del amor”, “la reina del placer” y “la que ama el goce y la alegría”. Una de las formas de culto a Ishtar en esta faceta fue la prostitución por parte de las sacerdotisas que le estaban consagradas. 

Los dioses babilonios Marduk y su hijo Nabu contaron con muchos adoradores en Asiria, si bien en la época de Senaquerib se produjo una reacción en su contra. También Enlil, dios de las tierras, el que pronunciaba el nombre de los reyes y les daba fuerzas para cumplir con su destino; Ninurta, el hijo de Assur, y Adad, dios del rayo y de la tormenta, fueron muy venerados, lo mismo que Sin, el dios luna, titular de la sabiduría, del destino y de los oráculos. Otras divinidades eran Gula, diosa de los remedios, y Nergal, de la caza. 

Shamash fue el dios de la justicia. Como juez supremo, aparece en un trono con un cetro en la mano derecha. Era “el que da vida” y “el que hace revivir al muerto”. Vencedor sobre la noche y la muerte, Shamash era el héroe por excelencia. El hecho de sondear las tinieblas con sus rayos hacía de él uno de los grandes dioses de la adivinación. Gracias a su ojo, el porvenir no tenía secretos para él. 


Todo el culto, de clara influencia babilónica, estuvo minuciosamente regulado. El rey era el ishshiakum o vicario del dios absoluto, y participaba en los cultos y ritos como shangu supremo o sumo sacerdote. Era el encargado de cumplir la voluntad de los dioses y batallar en su nombre, y debía rendirles cuentas periódicamente del fiel cumplimiento de sus deberes mediante “cartas al dios”. En la época sargónida los reyes intentaron atribuirse honores divinos adoptando el título de hijos de los dioses. 

Había un complejo estamento sacerdotal masculino y femenino, controlado primero por un shangu y luego por un shatammu o administrador. Los sacerdotes se agrupaban en colegios religiosos y se ocupaban de la vigilancia de los templos, de mantener la ortodoxia y de organizar el culto, que cada vez si hizo más minucioso y ritualista, centrado en el control de las estatuas, a las que se trataba como a seres humanos: se las lavaba, vestía y ofrecía alimentos. A determinadas horas del día toda la corte celestial tenía que comer y beber. Los templos contaban con parques y establos repletos de animales bien cebados. Los sacerdotes se ocupaban también de las plegarias y sacrificios, así como de las grandes fiestas, especialmente las del Año Nuevo o Akitu

Frente a la religión oficial, el pueblo seguía otros derroteros. La gente creía en los poderes de la naturaleza y daba importancia a las prácticas astrológicas y adivinatorias, a los oráculos y a la interpretación de los sueños. 


Abundaban los espíritus infernales: Pazuzu, rey de los espíritus malignos del aire, con cuerpo de escorpión alado, garras de águila y cabeza con rostro de león; Lamashtu, devoradora de niños o Labartu, demonio femenino culpable de muchas enfermedades. Los celestes existían en menor número. Unos y otros dispensaban toda clase de males o bienes según el caso. Los hombres debían atraerse el bien o evitar el mal mediante adecuadas prácticas mágicas u oraciones. Los Lamassu o espíritus benefactores, encargados de proteger al hombre, eran representados a las puertas de los templos con forma de toros alados con rostro humano. Dentro de los malos espíritus había una clase que estaba formada por los difuntos que no habían recibido sepultura y se veían obligados a vagar eternamente. 

El hombre, condenado a morir, tenía la esperanza de subsistir en un tenebroso Más Allá (Arallu) gobernado por Nergal y Ereshkigal, dioses asistidos por otros seres infernales. Era un infierno en el que las almas de los muertos llevaban una existencia triste, un lugar en el que no se podía ser feliz. 


Bibliografía: 
El nacimiento de la civilización – Federico Lara Peinado 
mercaba.org/Rialp/A/asiria_religion.htm 
Historia de las religiones, vol 1 –Juan B. Bergua

miércoles, 28 de marzo de 2012

Aquitania de Leonor


Leonor de Aquitania era la heredera de uno de los más ricos dominios de Europa. En el siglo XII, el condado de Poitou y los ducados de Aquitania y Gascuña cubrían un vasto territorio en el suroeste de lo que hoy es Francia. En aquellos tiempos, el propio reino de Francia era pequeño, centrado principalmente en torno a París y alrededores. 

Aquitania gozaba de un delicioso clima templado; era tierra de viñedos, pequeñas poblaciones, torres fortificadas, castillos con foso, ricos monasterios y granjas prósperas. Sus casas se construían con paredes blancas o amarillas y tejados rojos. Hacia el este y el sur, el paisaje era ondulante o montañoso, mientras que Poitou y Aquitania se caracterizaban por las fértiles llanuras y los frondosos bosques. 

La gente, principalmente de origen vasco y romano, era tan diversa como el paisaje. En el siglo XII el libro del Peregrino de Compostela describía a los poitevinos como apuestos, llenos de vida, valientes, elegantes, ingeniosos, hospitalarios y buenos soldados y jinetes, mientras que los gascones, aunque frívolos, charlatanes, cínicos y promiscuos, eran tan generosos como permitía su pobreza. En realidad todas estas gentes poco tenían en común. 


La mayoría de la gente de Aquitania hablaba la lengua de Oc o provenzal, derivada de la que hablaban los invasores romanos siglos antes. Al norte del río Loira y en el Poitou se hablaba la lengua de Oeil. Leonor posiblemente hablaba ambos dialectos, aunque su lengua nativa era la de Oc. 

Los señoríos de Aquitania y sus castillos eran controlados por vasallos a menudo hostiles y famosos por su tendencia a rebelarse. Estos nobles turbulentos disfrutaban de un lujoso nivel de vida comparado con sus iguales del norte de Francia, y cada uno de ellos competía por superar al resto con las magníficas cortes que establecían en sus castillos. Eran elegantes, llevaban el rostro rasurado y el cabello largo, pero a pesar de ese aspecto que hacía que fueran considerados blandos por los señores del norte, se tornaban fieros a la menor provocación. 

La autoridad de los duques de Aquitania, por tanto, solo se extendía en realidad a las inmediaciones de Poitiers, la capital, y Burdeos. Aunque se proclamaban descendientes de Carlomagno y mantenían su efigie en las monedas, no contaban con recursos suficientes para imponer su poder en las tierras de sus vasallos levantiscos. Sin embargo el ducado era rico, gracias al lucrativo negocio de exportación de vino y de sal. Fue también una tierra en la que floreció la vida religiosa. Sus gobernantes erigieron numerosas iglesias y abadías, entre ellas la famosa abadía de Cluny, y las catedrales de Poitiers y Angulema. 

En el primer siglo antes de Cristo los romanos habían fundado Aquitania como provincia de la Galia, y durante el siglo XII aún eran visibles los vestigios de una civilización romana. En la época merovingia (481-751), Aquitania se convirtió en un ducado independiente. 


En 781 Carlomagno hacía que su hijo Luis fuera coronado rey de Aquitania y designaba a un consejo de nobles para gobernar en su nombre. Doce años más tarde el célebre guerrero Guillermo de Orange, conde de Toulouse, se había convertido en su líder, aunque en aquel año sufriera una contundente derrota en España a manos de los moros. Guillermo fue un hombre devoto y un guerrero legendario sobre el que se compusieron cantares de gesta. Terminó sus días retirado en la abadía de Gellons, cerca de Montpellier, y algunos siglos después, en 1066, subía a los altares. 

Aquitania continuó siendo un reino hasta 877, pero entró en decadencia al fragmentarse el imperio de Carlomagno y volvió a convertirse en ducado. Pronto fue objeto de intensa rivalidad entre los condes de Poitiers y Toulouse, que se disputaban su gobierno. A mediados del siglo X Ebles Manzer, conde de Poitiers y primo lejano de Guillermo de Orange, se alzó victorioso. 

A Ebles le sucedió su hijo, Guillermo III, un gobernante capaz casado con una mujer sumamente inteligente: Adela de Normandía. Adela fue la primera de una serie de mujeres de fuerte personalidad en el árbol familiar de los duques de Aquitania. 

Como muchos de sus antepasados, también Guillermo se retiró a un monasterio al final de sus días, dejando el gobierno en manos de su heredero, Guillermo IV Fierabras (Brazo Fuerte). Fierabras estaba casado con otra mujer de carácter, Emma de Blois. Las infidelidades del esposo y su vida disipada hicieron que la dama lo abandonara dos veces, al parecer no sin antes vengarse de sus rivales. Finalmente Fierabras, obedeciendo a presiones, también se retiró a un monasterio en torno al 996, dejando a Emma como regente en nombre de su hijo, Guillermo V el Grande


Guillermo se parecía a su madre, que se mantuvo en el poder hasta su muerte en 1004. Bien educado, se interesaba por las enseñanzas de los eruditos, fundó una escuela en la catedral de Poitiers, coleccionó libros y promovió la cultura y el aprendizaje en su corte. Además no olvidó establecer buenas relaciones con sus vecinos y con la Iglesia, e hizo varios peregrinajes a Roma. También él se casó con una mujer formidable: su tercera esposa, Inés de Borgoña, recordaba mucho a lo que había sido Emma. 

Guillermo V murió en 1030. Tres hijos de anteriores esposas le fueron sucediendo uno tras otro: Guillermo VI, Eudes y Guillermo VII el Atrevido. Este último poseía un temperamento sumamente guerrero, si bien, pese a su reputación, sufrió una gran derrota a manos de Godofredo Martel, conde de Anjou. 

Fue sucedido por el menor de sus hermanos, el hijo de Inés de Borgoña, que tomó el nombre ducal de Guillermo VIII. A pesar de que Inés estaba ahora casada con Godofredo Martel, continuó ejerciendo su influencia sobre la corte de su hijo, hasta que en 1068 se retiró al convento que ella misma había fundado en Saintes. Sin embargo, Guillermo VIII fue un gobernante enérgico que anexionó Gascuña al ducado de Aquitania, aumentando así su importancia y su poder. Cuando sus territorios estuvieron lo suficientemente pacificados, el duque partió a combatir contra los moros en España. Su victoria en Barbastro fue celebrada por los cantares de gesta durante todo el siglo XII. 

Sus dos primeras esposas no le dieron hijos, de modo que volvió a casarse. La elegida fue Audegarda de Borgoña, 25 años más joven y ligada a él por lazos de parentesco. Su hijo, nacido en 1071, no fue legitimado hasta que su padre visitó Roma y obtuvo la bendición del Papa para su último matrimonio. 

El duque falleció en 1086, cuando su hijo, Guillermo IX, contaba tan solo quince años. Guillermo IX fue el abuelo de Leonor de Aquitania. 


Con el duque trovador comenzaba una época en la que florecía la literatura en Aquitania y Provenza. Junto a los cantares de gesta, se componían lais amorosos, y fueron los poetas del sur, los trovadores, los que popularizaron el concepto del amor cortés, revolucionario en su tiempo. Influenciados por Platón y por los escritores árabes, y por la creciente popularidad del culto a la Virgen, componían su poesía en la lengua de Oc y se acompañaban con música de rabel y de viola, flauta y tamboril. Deificaban a la mujer, a la que concedían superioridad sobre los hombres, y establecían códigos de cortesía y conducta caballerosa. 

Bajo las normas del amor cortés, la amada, que es una figura idealizada, a menudo de alto rango e incluso casada, permanece inalcanzable para su humilde adorador, que debe rendirle homenaje y probarle su devoción y lealtad durante un periodo de tiempo antes de que su amor sea aceptado. En este juego aristocrático es siempre la mujer la que dirige y controla el tono de la relación. Sus deseos y órdenes son absolutos, y cualquier pretendiente que no los cumpla se considera indigno de su amor. Había un erotismo subyacente en el juego, pues tácitamente se entendía que el amante persistente se vería un día recompensado. 

Por supuesto las nociones del amor cortés chocaban frontalmente con la idea que se tenía del matrimonio durante aquella época. En realidad las mujeres rara vez eran consultadas al respecto, y hubo muchos —entre ellos Enrique II— que consideraban esas novedades subversivas y perniciosas. Y en el norte el amor cortés era visto tan solo como una excusa para el adulterio. 


La era de los trovadores terminó a comienzos del siglo XIII con la persecución de los cátaros durante la cruzada Albigense, que culminó con el holocausto de Montségur. Esto dejó el sur de Francia tan devastado que su cultura, que había florecido bajo los auspicios de Leonor de Aquitania, desapareció y, en muchos casos, se perdió irremediablemente.


Bibliografía:
Eleanor of Aquitaine, by the Wrath of God, Queen of England - Alison Weir

domingo, 25 de marzo de 2012

La conquista de Britania


Augusto tuvo en mente la ocupación de Britania, pero antes había mucho territorio por pacificar y reorganizar después de la conquista de las Galias por César, y además debía hacer frente a las tribus germánicas. Por tanto, nunca llegó a prestar mucha atención a aquella isla lejana, ni tampoco lo hizo su sucesor, Tiberio

Calígula se sintió más tentado, debido a un asunto de la política interna de los britanos. El jefe más importante de la Britania meridional era por entonces Cunobelino, rey de la tribu de los catuvellaunos, amigo de Roma y antiguo aliado de Augusto. Su hijo Adminio, tras protagonizar una rebelión, fue derrotado y enviado al exilio. En el año 40 Adminio se dirigió a la Galia y ofreció entregar Britania a Roma si los romanos le conseguían el trono. 

Pero en el año 43 moría Cunobelino y era sucedido por dos de sus hijos, mucho más antirromanos que él. Uno de ellos era Caractaco

Los catuvellaunos habían invadido las tierras de un cacique de Kent llamado Verica. Este había vivido en Roma durante mucho tiempo y ahora pedía ayuda a sus viejos amigos. El ataque recibido por parte de un aliado supuso para los romanos el pretexto para invadir Britania. Para entonces el emperador era Claudio, quien había sucedido a Calígula en el año 41. 

Claudio proclamado emperador - Alma Tadema

El general Aulo Plaucio desembarcó en sus costas con 40.000 hombres. Sometieron con rapidez la región situada al sur del Támesis y dieron muerte a uno de los hijos de Cunobelino, pero el otro, Caractaco, siguió combatiendo en solitario, y durante años asoló las ciudades fundadas por los romanos. Su lucha era una guerra de guerrillas, atacando en bosques, colinas y terrenos difíciles y evitando siempre el enfrentamiento abierto. 

Los romanos tenían intención de establecer una verdadera ocupación, así que, tras vadear el río Támesis, establecieron un fuerte y dejaron una guarnición en él. El fuerte se convirtió pronto en una ciudad a la que llamaron Londinium. 

Caractaco tuvo que abandonar su capital de Camulodunum, situada a unos 65 kilómetros al noroeste de Londinium, y el poblado celta se convirtió entonces en la capital de la nueva provincia romana de Britania. Más tarde sería llamada Colchester. El propio emperador había llegado con elefantes y artillería pesada, completando la marcha triunfal hacia Camulodunum. 

El líder celta se refugió en el sur de Gales, pero finalmente fue capturado tras una derrota a manos de Ostorio Escapula a orillas del río Severn. Caractaco se había refugiado entre los brigantes, pero fue traicionado por la reina Cartimandua, que lo entregó a los romanos. Fue enviado a Roma como prisionero, cargado de cadenas y en compañía de su familia. Recibió un buen trato, puesto que tuvo la suerte de que fuera Claudio el emperador. 


Una vez en Roma, pronunció estas palabras ante el senado y el propio emperador: 

“Si a mi alto nacimiento y distinguido rango hubiera yo añadido las virtudes de la moderación, Roma me habría mirado como un amigo más bien que un prisionero, y vosotros no habríais desdeñado la alianza con un príncipe descendiente de antecesores ilustres y que gobernaba muchas naciones. El cambio de mi suerte os da gloria a vosotros y me humilla a mí. Yo tenía armas, soldados y caballos; poseía extraordinarias riquezas; ¿ha de extrañar que no quisiera perderlas? Porque Roma aspira al dominio universal ¿han de resignarse los hombres tácitamente a la sumisión? Impedí por largo tiempo el avance de vuestras armas, y si hubiera obrado de otro modo ¿habríais tenido vosotros la gloria de la conquista y yo de la valiente resistencia? Ahora estoy en vuestras manos. Si queréis vengaros, pronto se olvidará mi destino y no recibiréis honor de hacerlo. Conservadme la vida y quedaré hasta el fin de los tiempos como un monumento a vuestra clemencia”. 

Diez años después de la derrota de Caractaco, Roma conquistaba también Gales bajo el mando del procónsul Suetonio Paulino.


Bibliografía:
La formación de Inglaterra - Isaac Asimov
Anales - Tácito

viernes, 23 de marzo de 2012

Scaramouche


El personaje que más influyó en la formación de Molière como actor fue, según su propia confesión, Scaramouche. Se trataba de Tiberio Fiurelli (o Fiorelli), un bufo napolitano de la antigua Commedia dell’Arte italiana. Su arte era mucho más refinado que el de los anteriores faranduleros, puesto que “orientaba la farsa hacia ciertas gracias del ingenio, más finamente literarias”. Interpretaba su personaje de Scaramouche vestido de negro de los pies a la cabeza, tan sólo con una golilla blanca en el cuello. “Negro como la noche”, decía Molière. No solía usar máscara, sino maquillaje blanco con cejas negras y una pequeña barba puntiaguda. La idea del Scaramouche enmascarado y gran espadachín parece corresponder al siglo XX, a raíz de la famosa novela de Sabatini

Tiberio Fiurelli había nacido el 9 de noviembre de 1608, hijo de un capitán de caballería que tuvo algunos problemas con la ley. Era un hombre fuerte, ágil, y continuó siendo un magnífico acróbata cuando dejó de ser joven. Muy polifacético, tenía una voz extraordinaria, bailaba y cantaba acompañándose él mismo con el laúd. Como era de un natural aventurero, acabó enrolándose en una pequeña compañía teatral en Fano. Tuvo muchísimo éxito con su personaje en una obra titulada El convidado de piedra, tras lo cual la compañía se trasladó a Mantua. Allí atrajo la atención del duque antes de continuar la gira en dirección a Florencia y a Nápoles. 


En Palermo conoció a su esposa, una actriz que representaba papeles de sirvienta con el nombre de Marinetta. Tuvieron al menos tres hijos, el mayor de los cuales fue bautizado en Roma por el cardenal Chigi, en representación del Papa Alejandro VII. 

Scaramouche pronto amasó una fortuna con su arte y compró en Florencia una magnífica propiedad. Su personaje continuaba siendo aclamado por dondequiera que pasara. Por ello, al llegar su fama a Francia, al parecer fue invitado por la reina. 

Tuvo la fortuna de resultar del agrado de Ana de Austria, quien le permitió entrar en la corte. Cuentan que un día, siendo Luis XIV apenas un pequeño Delfín de dos años, lloraba sin que nadie fuera capaz de consolarlo, y que entonces Fiurelli pidió permiso a la reina para tomarlo en sus brazos, asegurándole que él lo calmaría. La reina consintió, y él, en su papel de Scaramouche, le hizo toda clase de muecas y tonterías hasta lograr que mudara el llanto por las carcajadas. Debido a ello en adelante acudía a los aposentos del Delfín cada vez que aparecía en la corte, lo que contribuyó enormemente a la gran fama del personaje. 

Scaramouche

A Luis XIV le gustaba después recordar aquel momento cada vez que veía a Scaramouche. Le pedía que hiciera de nuevo las muecas de entonces, y volvía a reír cada vez que el cómico reproducía la escena. Para que la troupe de Tiberio mantuviera siempre sus máximos niveles de calidad, el rey le procuraba fondos con los que poder desplazarse a Italia en busca de los mejores talentos. 

Scaramouche recibió grandes honores, tal vez el más importante de los cuales fue que Mazarino y Ana de Austria sostuvieran a su hijo en la pila bautismal de Saint-Germain-l’Auxerrois. Según la partida de bautismo, la ceremonia tuvo lugar el jueves 11 de agosto de 1644. 

Mientras aún vivía su esposa, Scaramouche tuvo otro hijo con Mademoiselle Anne Doffan, al cual llamó Tiberio François. También tuvo una hija, Anne Elisabeth, con Mademoiselle Marie Duval, con quien se casó posteriormente, en 1688, siendo octogenario. A pesar de que él mismo no había sido un dechado de fidelidad conyugal, enloqueció de rabia cuando se enteró de que Marie le engañaba. Le rapó la cabeza y la encerró en el convento de Saint-Lazare, luego en el de Sainte-Geneviève de Chaillot y finalmente en Châtelet, donde falleció. 


Scaramouche pasó sus últimos años en la Rue Tiquetonne de París, solo y olvidado por cuantos le habían admirado y aplaudido. Allí murió el 8 de diciembre de 1694. 

Mezzetin dice de él que “la Naturaleza había dado a Scaramouche una extraordinaria facilidad para interpretar cualquier sentimiento que quisiera mediante las distintas contorsiones de su cuerpo y su rostro, y de modo tan perfecto y original, que el famoso Molière, tras haber estudiado meticulosamente sus representaciones, no tuvo inconveniente en confesar que debía todo su éxito y todo su talento al gran mimo italiano”.

martes, 20 de marzo de 2012

La ceremonia egipcia del jubileo


El periodo arcaico, conocido como Época Tinita, comienza hacia el año 3100 a. C. y se prolonga hasta el 2700 a. C. Es la época en la que dan comienzo las dinastías. El Estado y la cultura egipcia se forjaron en sus líneas esenciales al principio de este periodo. 

A la cabeza del Estado se encuentra el faraón, como responsable de toda la pirámide social y política del país. Su autoridad descansa en la consideración oficial de su divinidad. Según los egipcios, el país estuvo gobernado primero por los dioses, siendo la primera dinastía de nueve dioses y la segunda de otros nueve. La tercera es la de los semidioses, tras la cual vienen las dinastías humanas. 

La divinidad oficial del faraón era adquirida en la ceremonia de coronación, y se renovaba en la fiesta del jubileo o heb sed, que recibe su nombre por el dios chacal llamado Sed. El propósito de la misma era renovar la energía del faraón. 


La tradición dictaba que se celebrase al trigésimo año de reinado, y después de eso nuevamente cada tres años; pero como las expectativas de vida no hacían probable que se pudiera alcanzar esa fecha, muchos la adelantaban para poder vivir el momento. Además, se cree que también podía celebrarse el jubileo ante una grave enfermedad del faraón o alguna catástrofe que amenazara al reino. Los faraones que cumplían con el plazo de treinta años, pero no vivían para alcanzarlo, se conformaban con la promesa de “millones de jubileos” en la otra vida. 

El festival duraba unos cinco días. Estaba ideado para sustituir a un ritual más antiguo en el que el rey era sacrificado cuando sus súbditos veían que estaba en decadencia, a consecuencia de lo cual era incapaz de mantener el equilibrio de las fuerzas creadoras. En esa época remota era sustituido por otro rey joven en pleno disfrute de sus fuerzas vitales. Con el tiempo y la evolución de las costumbres, el sacrificio se sustituyó por una ceremonia mágica de igual valor en la que se enterraba una estatua personificando al rey. 

La fiesta de heb sed incluía complicados rituales. Había ofrendas a Sechat-Hor, que había alimentado a Horus (o al faraón) con su leche sagrada, y procesiones de sacerdotes en las que el faraón tomaba parte en presencia de la esposa real y de los hijos. Cubierto con el manto de Osiris, recorría con su séquito las capillas para obtener el consentimiento de los dioses y poder así renovar su soberanía. El rey levantaba un pilar djed ayudándose de cuerdas, un símbolo fálico que representaba la fuerza, la potencia y la duración del gobierno del faraón. 


Uno de sus cometidos durante la ceremonia era realizar una carrera, vestido con una falda corta y una cola de animal a la espalda. Así recorría la distancia entre dos marcas, un modo simbólico de delimitar su territorio al tiempo que demostraba que aún estaba en forma para gobernar el reino. Después de eso recibía de los sacerdotes la corona blanca del Alto Egipto y la roja del Bajo Egipto, y se sentaba en ambos tronos. Más tarde el faraón disparaba cuatro flechas hacia los cuatro puntos cardinales, para dar muerte a las fuerzas del mal y extender a todo el país la fuerza vital o ka que le habían comunicado los dioses. Al concluir la larga serie de rituales, se celebraba un banquete. 

Con frecuencia se fundaba un nuevo templo con ocasión de esta fiesta, o bien se destinaba a tal efecto un patio en el recinto de un santuario ya existente, con el trono a un lado y espacio para que la gente contemplara la ceremonia. Eran muchos los invitados a presenciar el festival: miembros de la administración, gobernadores de las distintas provincias y príncipes y embajadores extranjeros. También se construía un edificio donde el rey se cambiaba de ropa para los diversos rituales. 

La estructura de Saqqara es la más antigua que se conserva, y ha sido reconstruida. A los lados hay capillas con los santuarios de los dioses locales. Los dos tronos se situaban al extremo sur.

En las vidas de los antiguos egipcios, los festivales ocupaban buena parte del calendario. Mostraban de ese modo devoción a los dioses, pero estas ceremonias también servían para elevar el poder del faraón.

domingo, 18 de marzo de 2012

Los niños de Atenas


“La aguda pena del dolor baja sobre la mujer de parto, la amargura que las duras ilitías traen, las hijas de Hera, que ejercen el poder de los amargos dolores de parto.” (Homero) 

Un hogar sin hijos era una de las mayores calamidades en la antigua Atenas: implicaba no solo una vejez solitaria, sino la propia extinción de la familia. Ya no quedaría nadie para rendir culto a los antepasados. La opinión pública condenaba a estos hogares por no contribuir a perpetuar la ciudad. Por tanto, el nacimiento de un niño era celebrado con gran regocijo. 

Cuando nacía un ateniense, después del primer baño, en aceite, se le ponían los pañales, una prenda no permitida por las costumbres más austeras de Esparta. 

El nacimiento era un acto impuro para cuantas personas vivían en la casa, por lo que, para ahuyentar a los malos espíritus, antes de que se produjera el acontecimiento se untaba la casa con pez. 

Al quinto o séptimo día tenía lugar la amfidromía, ceremonia de purificación. Para ello la comadrona daba varias vueltas alrededor del fuego del altar, seguida en alegre procesión por el resto de la familia. Ese día se celebraba con un banquete, y las puertas se decoraban con una corona de olivo si era varón, expresando el deseo de que fuera victorioso. Si era una niña, se colocaba una madeja de lana que simbolizaba las labores consideradas entonces femeninas. 


El padre disponía de esos días de plazo para decidir sobre el recién nacido. Criar a un suponía un enorme desembolso, y no siempre compensaba: a veces tenían ya demasiada prole; otras veces se trataba de criaturas débiles y enfermizas, incluso deformes, o simplemente no se deseaba dividir demasiado el patrimonio. En tales casos, podía tomar la decisión de exponer a la criatura en una esquina del ágora, a la entrada de un templo o junto a un gimnasio. Si los niños parecían sanos, solían ser recogidos, pero pocas veces ocurría esto por mera compasión. Era más frecuente que los convirtieran en esclavos con la intención de sacarles provecho más adelante. 

Al décimo día del nacimiento se daba nombre al niño, lo que implicaba que había sido reconocido por el padre. El nombre generalmente elegido era el del abuelo, y solía añadirse el del padre a modo de apellido. Por ejemplo: Temístocles, hijo de Neocles, hijo de Temístocles. También podía elegirse el nombre inspirándose en alguna deidad bajo cuya protección especial deseaban colocar al recién nacido. 

La casa luce hermosa ese día, decorada con guirnaldas y aromatizada con incienso. La ceremonia concluía con un sacrificio ofrecido principalmente a la diosa de la maternidad, Ilitía, y un nuevo banquete. Después los amigos y parientes regalaban al niño juguetes de metal o arcilla, mientras que la madre recibía jarrones pintados. 


La cuna consistía en un balancín plano de mimbre, o bien en forma de zapato, con asas para poder transportarla fácilmente. También se puede suspender con cuerdas para mecerla. Era común cantar nanas a los niños para que se durmieran, y las tribus jónicas solían emplear nodrizas. Los atenienses ricos preferían para esa labor a las mujeres espartanas, porque generalmente eran fuertes y saludables. Cuando el niño abandonaba el periodo en que se alimentaba de leche, la nodriza y la madre lo alimentaban con papilla, hecha principalmente de miel. 

El primer juguete del niño era el sonajero, que se dice que fue inventado por Arquitas de Tarento, filósofo pitagórico y amigo de Platón. Según Aristóteles, “el mismo sonajero de Arquitas no fue mala invención, puesto que, haciendo que los niños tuviesen las manos ocupadas, les impedía romper alguna cosa en la casa, porque los niños no pueden estar quietos ni un solo instante”. 

Otros juguetes se compraban o eran elaborados por el propio niño al ir creciendo. Había marionetas de arcilla pintadas que representaban seres humanos o animales, como tortugas, liebres, patos y madres mono con su prole; también casas y barcos de cuero y carros de madera pequeños. Se ponían piedras pequeñas en el interior para que sonaran. A veces se han encontrado estas figurillas en tumbas infantiles. 


Hasta los siete años niños y niñas se criaban juntos en el gineceo bajo el cuidado materno. Luego eran separados. La niña continuaba en casa con la madre, que la educaba de una forma muy sencilla, enseñándola a cocinar, a tejer y a bailar. Los hijos de artesanos se convertían en aprendices del oficio, y los de los granjeros iban a trabajar en los campos. En cuanto a los hijos de los esclavos, su destino era el de ser servidores, igual que sus padres. Los demás niños iban a la escuela. 

Se elegía uno de los esclavos domésticos como compañero digno de confianza para el niño. Era el pedagogo, que debía cuidarlo en sus paseos, especialmente en sus idas y venidas de la escuela. También tenía que instruir a su pupilo en ciertas normas de comportamiento. Por ejemplo, lo enseñaba a caminar por la calle con la cabeza baja, en señal de modestia, a dejar sitio a los mayores que se cruzaban con él o a guardar en presencia de estos un respetuoso silencio. Otro de sus cometidos era enseñarle el comportamiento apropiado a la mesa, o la forma airosa de llevar su ropa. 

El pedagogo podía recurrir al castigo corporal si lo consideraba necesario. Se lo reconoce por su traje, consistente en un quitón y capa, con botas que se ataban altas; también llevaba bastones con pomos curvados, y la barba le daba un aspecto respetable. 


Las escuelas eran mantenidas por maestros privados, y la asistencia a clase no era obligatoria: el padre era libre de decidir educarlos él mismo si lo deseaba. En escuelas y gimnasios se enseñaba gramática, música y gimnasia. El método de enseñar a escribir consistía en que el maestro formaba letras que los alumnos tenían que imitar en sus tablas, a veces con su ayuda. El material para escribir eran pequeñas tablas cubiertas de cera sobre las que se grababan las letras con un lapicero de metal o marfil que era afilado por un extremo y plano o curvado por el otro, para poder borrar en caso necesario y alisar la superficie para dejarla reutilizable. También había pulidores del mismo ancho que la tabla, para alisar de una vez toda la cobertura. Podían unirse varias tablas en forma de libro. Estos instrumentos se utilizaban igualmente para cartas, libros de notas y otras necesidades de la vida diaria. 

Además de estas tablas, Herodoto menciona el uso de papel hecho a base de la corteza de la planta del papiro egipcio. Al menos de la misma antigüedad que el papiro es el uso de las pieles como material de escritura. Según Herodoto, los jonios empleaban pieles de cabra y oveja desde tiempos inmemoriales, pero fue durante el reinado de Eumenes II de Pérgamo, en el siglo II a. C., cuando el material obtuvo un tratamiento más perfeccionado. La palabra pergamino deriva precisamente de Pérgamo. Las hojas del papiro podían escribirse solo por un lado, y las del pergamino por dos, y además se trataba de un material más duradero, aunque resultaba muy caro. 

El pergamino se enrollaba sobre palos que se guardaban en cajas cilíndricas, con el título escrito sobre un trozo pequeño de pergamino que se sujetaba al extremo superior de cada rollo. 


La tinta estaba hecha de una sustancia colorante negra, y se guardaba en un tintero con tapa, hecho de metal, y que podía atarse al cinturón por medio de un anillo. Los tinteros dobles, que aparecen en algunos monumentos, estaban probablemente destinados a guardar tinta negra y roja. Esta última se utilizaba con frecuencia. 

Para escribir sobre papel o pergamino, usaban cañas con punta y hendidura como nuestras plumas. Era costumbre de los adultos escribir reclinados sobre el clino, con la hoja descansando sobre la pierna desnuda, o sentados en un sillón bajo, en cuyo caso el instrumento para escribir se sujetaba con la rodilla. 

Después de completar la educación elemental, se hacía aprender al niño las obras de poesía, especialmente los poemas de Homero. Aprenderlos de memoria y recitarlos inspiraban orgullo patriótico. 

Los chicos se convertían en adultos a los 18 años, cuando eran aptos para servir en el ejército. Las niñas eran consideradas adultas al alcanzar la pubertad, lo que las hacía aptas para el matrimonio. En ese momento abandonaban la infancia en una ceremonia en la que llevaban sus juguetes infantiles al templo de Artemisa. 



Bibliografía: 
A Day in old Athens – William Davies 
Growing Up in Ancient Greece - Maggie Riechers 
Política, Libro quinto, Capítulo VI – Aristóteles 
Los griegos – E. Guhl y W. Koner

viernes, 16 de marzo de 2012

Carta de Cristina de Suecia a Mazarino


La ejecución de Monaldeschi sacudió los cimientos de la corte francesa. Las réplicas del terremoto se extendieron por toda Europa, que acogía con profundo desagrado la noticia. 

Cuando contemplamos a los personajes a la luz de su tiempo, con arreglo a las leyes de entonces, a la moral y la filosofía imperantes en la época que les tocó vivir, sucede muchas veces que lo que hoy nos horroriza era entonces tenido por justo y correcto. Pues bien, no fue el caso de este acto, juzgado en aquel siglo, igual que ahora, como bárbaro y cruel, injustificable y al margen de la ley. 

El rey de Francia tenía muchos motivos para contemplar el crimen con especial desagrado: había sucedido en su reino, en uno de sus propios palacios, con lo cual todo ello era un abuso intolerable de su hospitalidad, un desafío y un absoluto desprecio a su autoridad. 


El asunto era delicado, porque Cristina, hubiera renunciado o no a la Corona de Suecia, conservaba su dignidad real. Una decisión precipitada podía general un conflicto de grandes proporciones. 

Se encargó a una serie de juristas que decidieran sobre la legalidad del acto. Mientras tanto el rey la visitó en Fontainebleau y se mostró tan cortés como siempre, procurando no mostrar su enojo. Cristina debió de pensar que el asunto quedaba zanjado ahí, pero eso fue un exceso de optimismo. 

Los juristas, seguramente más por prudencia que por convicción, decidieron aceptar el argumento de Cristina de que en el acuerdo previo a su abdicación se estipuló que ella conservaría todos los derechos sobre el personal de su Casa, lo cual la autorizaba a actuar como había hecho. Esto significaba que no se tomarían medidas legales contra ella, pero no que todo quedara olvidado. Poco después Mazarino enviaba a la reina una carta en la que se le anunciaba que después de una ejecución tan atroz no podía esperar ser recibida en la corte, donde todo el mundo estaba escandalizado por lo sucedido. 

Fontainebleau

Cristina, muy molesta por la investigación de la que había sido objeto, montó en cólera y escribió otra carta en respuesta al cardenal. Las propias palabras de la reina ayudan a conocer al personaje despojado del velo romántico con el que se la ha cubierto tantas veces. Vemos que, lejos de buscar una conciliación, emplea su tono más despótico, insultante y amenazador: 

Los que os han contado las circunstancias de la muerte de Monaldeschi, mi caballerizo mayor, están muy mal informados. 

Me parece extraño que hayáis empleado tantas personas para averiguar la verdad sobre ese asunto. Pero vuestra conducta, aunque alocada, no me sorprende en realidad; si bien nunca hubiera imaginado que ni vos, ni ese niñato arrogante que tenéis por amo, osaríais manifestarme vuestro resentimiento. 

Sabed todos, amos y servidores, grandes y pequeños, que fue mi voluntad actuar como lo hice, y que no tengo que rendir cuentas a nadie, y menos a bribones como vos. 

Os comportáis como cabe esperar de un hombre de vuestra pobre condición, pero no puedo imaginar las razones por las cuales habéis decidido escribirme, ni me tomaré la molestia de averiguarlo. 

Quiero que sepáis, y que informéis a quien corresponda, que a Cristina le importa muy poco vuestra corte, y vos menos aún. Que para hacer justicia no necesito recurrir a vuestro formidable poder. Mi honor requiere que se haga así, y mi voluntad es una ley que deberíais respetar. Vuestro deber es guardar silencio; y algunas personas, a las que valoro tan poco como a vos, harían bien en enterarse de lo que deben a sus iguales, en lugar de darse esos aires ridículos. 

Por último, señor cardenal, sabed que Cristina es reina dondequiera que esté, y que en cualquier lugar en el que elija residir hay hombres que aunque puedan ser unos tunantes, aun así son mejores que vos y los vuestros. 

Razón tenía el príncipe de Condé al decir, mientras lo reteníais prisionero de modo inhumano en Vincennes, “Ese viejo zorro, que ya ha engañado a Dios y al diablo, nunca dejará de oprimir a los buenos servidores del Estado, hasta que el Parlamento eche o castigue severamente al más ilustre truhán de Pescina.” 

Seguid mi consejo, Giulio, y comportaos de modo que merezcáis mi favor. Dios os guarde de aventurar ni una sola palabra indiscreta sobre mí, porque aunque sea en el día del juicio final, tarde o temprano seré informada de vuestra conducta. Yo también tengo amigos y cortesanos a mi servicio, tan hábiles y vigilantes como los vuestros, aunque un poco peor pagados. 


La carta fue la gota que colmó el vaso. Poco después Luis le pedía que abandonara Fontainebleau. 

Cristina no se dio prisa en hacerlo. Demoró su partida hasta febrero, porque había quedado en una delicada posición: ¿Adónde iría ahora? ¿A Inglaterra? Parece que incluso hizo un tanteo al respecto, pero ni soñar con que Cromwell recibiría bien a una reina católica, y menos después de lo ocurrido. ¿A España, después de que se supiera que conspiraba para arrebatarles Nápoles? ¿Llevaría el problema a su antiguo reino? Impensable, y además indeseable para ella. Lo mejor que podía hacer era regresar a Roma, pero el Papa Alejandro VII estaba furioso. En Roma todo el mundo estaba indignado, porque para ellos Monaldeschi era un noble italiano asesinado por una bárbara extranjera, y los que antes habían sido sus amigos ahora le dieron de lado. 

En momentos tan delicados Cristina sólo recibió ayuda de dos cardenales: uno de ellos, sorprendentemente, Mazarino, que puso a su disposición su propio palacio de Roma. El otro, por supuesto, su amado Azzolino, siempre leal incluso en las peores circunstancias. Azzolino trabajó incansablemente para conseguir reconciliarla con el Papa, quien a la llegada de la reina expresó su deseo de que Cristina, a la que calificó como salvaje, no volviera a visitarlo. 


La reina aceptó el ofrecimiento de Mazarino y se alojó en el palacio Rospigliosi, adquirido por el cardenal en 1641. Allí permaneció un tiempo, pero este arreglo no era del gusto del Papa, por considerar que el palacio se encontraba demasiado cerca de su persona, de modo que en julio de 1659 la reina se trasladó a otra residencia. Allí logró ir reuniendo una colección de obras de arte que no tenía rival en Roma. 

Mazarino intentó sin éxito que Suecia proporcionara a Cristina más apoyo económico, pero fue Azzolino quien obtuvo una pensión para ella tras conseguir aplacar al Papa. 

Cristina no renunciaba a conseguir un reino. Al darse cuenta de lo difícil que era mantener los mismos lujos y posición de poder sin llevar una corona, estaba arrepentida de su decisión. Cuando en 1660 murió Carlos Gustavo, volvió a Suecia con la intención de tantear sus posibilidades de reclamar el trono al que había renunciado voluntariamente. Todo en vano, porque el difunto rey dejaba un hijo de 5 años y ella no encontró ningún apoyo. Después de eso, en 1667, pretendió el trono de Polonia, con la misma escasa fortuna. Fue entonces cuando curiosamente dijo eso de que las mujeres no deberían reinar, y que si ella tuviera hijas no se lo desearía. 

Monumento a la reina Cristina de Suecia en la basílica de San Pedro. Imagen cedida por cortesía de Isabel Barceló Chico (Mujeres de Roma)

Vivió en Roma hasta su fallecimiento, el 19 de abril de 1689. Fue enterrada en la basílica de San Pedro, en un ataúd de ciprés junto a su corona y su cetro. 

La personalidad de esta mujer aparece plagada de contradicciones. A pesar de que hay grandes manchas que no podemos borrar de su biografía, como la del crimen de Fontainebleau, que empañan para siempre otros rasgos mejores de su carácter y su incansable labor cultural, Cristina fue descrita por el director del Museo Nacional de Bellas Artes de Estocolmo, sin duda con acierto, como “una de las mayores rebeldes de la Historia y una de las primeras mentes modernas de Suecia”.

Fotografía cedida por Isabel Barceló Chico (Mujeres de Roma)


jueves, 15 de marzo de 2012

La traición de Monaldeschi (II)


Tres días después de que Cristina de Suecia hubiera confiado a su capellán los misteriosos papeles, envió en su busca. El padre Le Bel recogió el paquete y se dejó conducir hasta la galería en la que aguardaba la reina en compañía de algunos caballeros. Era la una de la tarde. Cristina conversaba en esos momentos con el marqués de Monaldeschi.

Tan pronto como entró el sacerdote, el servidor cerró la puerta con tal apresuramiento que Le Bel empezó a sentir cierta aprensión. Confuso y lleno de expectación, aguardó al fondo de la galería hasta que la reina le hizo una señal para que se acercara. En voz alta y clara, de modo que todos pudieran escucharla, le preguntó por el paquete que le había entregado. 

—Quiero leer una vez más las cartas que os di a guardar recientemente. Devolvédmelas —exigió con altivez.  

Monaldeschi continuaba a su lado, en postura informal y con aspecto de estar incómodo, mientras Le Bel entregaba los documentos. La reina, tras darle vueltas al paquete en silencio, finalmente lo abrió, extrajo los documentos y se volvió bruscamente hacia el marqués. 

—¿Conocéis estos papeles? —interrogó con potente voz masculina. 

Fontainebleau - Galería de Francisco I

Monaldeschi mudó de color y pareció sacudido por un súbito temor; pero recuperándose y echando una rápida mirada, replicó con voz débil y tono inseguro. 

—No, Vuestra Gracia. Me temo que no los recuerdo. 

—¿Entonces no reconocéis esta escritura? —preguntó con una voz aún más terrible, sosteniendo los papeles más cerca de su rostro. 

Eran en realidad copias que la propia reina había hecho, pero, tras la breve pausa que le concedió, extrajo otros de su bolsillo, esta vez escritos por el propio Monaldeschi. 

—¡Traidor! —exclamó, mostrándoselos con violentísima agitación— ¿Tampoco conocéis estos? 

Ante su obstinada negativa continuó interrogándolo. Intentaba que confesara que se trataba de su escritura. Él negaba y trataba de justificarse culpando a otras personas, hasta que, viendo que no lograría persuadirla, cayó de rodillas y suplicó clemencia. 

Galería de los Ciervos - Fontainebleau

Cristina permanecía inconmovible mientras tres de sus hombres sacaban sus dagas y lo rodeaban, dispuestos a actuar. El marqués, sin resignarse, se incorporó y comenzó a pasear con la reina de un lado a otro de la galería; le hablaba con el apremio de un hombre desesperado, le rogó de nuevo que lo escuchara; sostenía su inocencia y rogaba clemencia en el tono más lastimero. 

La reina respondía sin aspereza; la llama de la furia había desaparecido de su rostro. Al cabo de una hora se volvió de nuevo hacia Le Bel y le dijo en tono sosegado. 

—Padre, mirad y sed testigo de mi conducta con este hombre —señalaba al marqués, que, agotado, apenas era capaz de sostenerse en pie y se apoyaba sobre un pequeño bastón de ébano—. He concedido a este traidor, a este pérfido miserable, todo el tiempo que requirió para defenderse, y tal vez más del que cabría haber esperado tras una injuria como la que me ha hecho. 

El marqués, presionado de ese modo, le entregó unos papeles y dos o tres llaves de pequeño tamaño que sacó de su bolsillo. De él cayeron también unas cuantas pequeñas piezas de plata. 


Tras las explicaciones, la reina, aún sin estar satisfecha con las respuestas de Monaldeschi, se aproximó más a Le Bel y dijo en voz baja, pero con la mayor firmeza: 

—Padre, ahora me retiraré. Os dejo a este hombre. Preparadlo para la muerte y haceos cargo de su alma. 

Al oír esta inesperada condena, el capellán se estremeció de terror. El marqués y él cayeron de inmediato a los pies de la reina solicitando clemencia. Pero ella respondió inconmovible: 

—No puedo concederos lo que pedís. Este traidor merece la muerte más que muchos de los que han padecido el suplicio de la rueda. Él sabe cuánta confianza había depositado en su fidelidad y afecto. Le he comunicado, como a leal súbdito, mis asuntos más importantes y mis pensamientos más secretos. Pero incluso aunque yo no le recordara nunca mi bondad, su propia conciencia debería decirle que he hecho por él más de lo que podría haber hecho por un hermano. 

Al pronunciar estas últimas palabras afloraron las lágrimas a sus ojos, pero pocas de ellas se derramaron. Abandonó el lugar bruscamente y el capellán se quedó casi petrificado con el desconsolado marqués y los tres asistentes, preparados para acabar con él en cualquier momento. 

Le Bel abrazó al marqués de Monaldeschi. Le pidió entre lágrimas que se preparara para encontrarse con la muerte con dignidad y que aliviara su conciencia. 

Cristina de Suecia

Monaldeschi gritó cuando escuchó estas palabras y se arrojó a los pies del capellán, que se había sentado en un banco en un rincón de la galería. Empezó a confesarse. Hablaba alternativamente en latín, francés e italiano; a veces se incorporaba en medio de su discurso, emitía gritos de desesperación. 

Mientras tanto había entrado otro sacerdote. Sin esperar la absolución, el marqués se aproximó a él. Mientras le hablaba, mantenía ambas manos enlazadas convulsivamente, golpeándose de vez en cuando el pecho. 

Por fin el sacerdote se retiró en compañía de uno de los hombres armados, con la intención de dirigirle a la reina la última petición desesperada del marqués. 

El sacerdote no regresó, y el asesino, al volver a entrar en la galería, llamó a Monaldeschi. 

—Encomendad vuestra alma a Dios, pues vuestra muerte es inevitable. ¿Habéis confesado? 

Con estas palabras lo empujó contra la pared, y antes de que Le Bel pudiera apartar el rostro de esta escena de horror, le vio darle una contundente puñalada al lado izquierdo del vientre. Monaldeschi, sumamente tembloroso, luchó por evitar el golpe agarrando la daga con la mano derecha, pero el asesino le cortó tres dedos al retirar el arma. Como la daga quedó doblada, el verdugo exclamó dirigiéndose a sus compañeros: 

—¡Lleva todo el cuerpo cubierto por una armadura! —y entonces le apuñaló en el rostro. 

—¡Padre! ¡Padre! —gritó el desdichado, a lo cual el capellán se aproximó mientras los asesinos retrocedían. 

Cristina de Suecia

Monaldeschi cayó sobre una de sus rodillas ante Le Bel y balbuceó el resto de su confesión. Tras escuchar cómo le pedían una vez más que se resignara ante la muerte y que perdonara a quienes les había sido encargada su ejecución, se arrojó al suelo, y al caer recibió una puñalada en la cabeza que dejó el hueso del cráneo al descubierto. Extendido y boca abajo, hizo una señal con la mano para que el asesino le cortara la garganta y terminara así su suplicio. El verdugo le asestó dos o tres golpes fallidos en el cuello, debido a una cota de mallas que llegaba demasiado alto.

Mientras tanto las esperanzas del marqués comenzaron a reavivarse al oír que se abría la puerta de la galería; cobró algo de fuerza y al percatarse de que el sacerdote se deslizaba hacia él, apoyándose contra la pared solicitó permiso para hablarle. Le Bel le ayudó a volverse en su dirección. Monaldeschi juntó sus manos y movió sus labios como si rezara, pero sin ser capaz de pronunciar ni una sola palabra inteligible. 

—Rogad a Dios que os perdone —dijo el sacerdote, muy afectado. 

Entonces le dio la absolución y se apartó de Monaldeschi, dejándolo al cargo de Le Bel, pues él estaba obligado a aguardar junto a la reina. 

Fontainebleau - Foto de Alain Guicherd 

En ese momento el asesino que había cortado parte de su cráneo le clavó una daga larga en la garganta, y el marqués cayó sin sentido al suelo. Allí yació sobre su costado derecho, respirando durante un cuarto de hora hasta que, tras haber perdido una gran cantidad de sangre, expiró. 

Le Bel recitaba el De profundis mientras uno de los asesinos sacudía el cadáver para asegurarse de que había muerto. Examinaron su ropa, registraron sus bolsillos sin encontrar nada excepto un librito del Servicio de la Virgen y una navaja. 

Los tres abandonaron la galería con Le Bel para informar a la reina. Cristina escuchó el relato de la muerte del marqués con evidente satisfacción y luego se extendió hablando de la importancia y la perversidad del crimen de Monaldeschi, y de la necesidad que ella tenía de actuar como lo hizo. Añadió que rogaría a Dios que lo perdonara como ella lo había perdonado, pidió a Le Bel que dispusiera su funeral y expresó su deseo de que se dijeran varias misas por el reposo de su alma. 

Monaldeschi fue enterrado en la tarde del lunes 12 de noviembre de 1657. La reina envió 100 libras por medio de dos de sus servidores, destinadas a ofrecer plegarias a Dios por el alma del marqués. Al día siguiente se anunció con campanas su funeral. 

Cristina creía haber resuelto el asunto, pero lo cierto es que su crimen iba a originar un problema mayor.


Continuará con la última parte de esta serie sobre Cristina de Suecia

miércoles, 14 de marzo de 2012

Gracias, Madame Karla Castel


La encantadora Madame Karla Castel, que dice que el infierno es frío, me hace entrega de este bonito premio, tan delicado como su espacio. Desde su saloncito dedicado a la literatura, Madame Karla siempre se acuerda de este tablero, por lo cual le estoy muy agradecida.

Aprovecho este momento para anunciar que vuelvo a abrir mi otro blog sobre la Corte del Rey Sol.

Muchas gracias a todos, y en especial a la joven y prometedora damita que me entrega esta flor.

martes, 13 de marzo de 2012

La traición de Monaldeschi


En octubre de 1657 la reina Cristina de Suecia llegaba a Francia procedente de Roma. Pronto se convirtió en el centro de atención: su excentricidad y sus cuestionables modales no eran algo que pudiera pasar desapercibido. Físicamente era poco agraciada: su rostro era demasiado largo, de rasgos muy marcados, nariz aquilina, boca grande, pero tenía unos bonitos ojos llenos de fuego. Era extraña, diferente; no sabía bailar, no vestía bien, parecía que siempre llevara las ropas mal ajustadas, se empolvaba demasiado y nunca usaba guantes. Para complementar su estrafalaria imagen, llevaba peluca masculina, y a veces sombrero. 

Mademoiselle de Montpensier cuenta de ella en una ocasión en que la acompañó al ballet: “Me sorprendió mucho, aplaudiendo las partes que le agradaban, jurando, retrepándose en el asiento, cruzando las piernas, pasándolas sobre los brazos de la silla y adoptando otras posturas que jamás en mi vida había visto excepto en Travelin y Jodelet”, dos famosos bufones. “Era, en todos los aspectos, una criatura de lo más extraordinario”. 

Cristina desdeñaba a las damas de la corte. Hallaba gran placer en criticarlas. Se mofaba de su aspecto, sus trajes o sus joyas, cualquier cosa servía para mostrarse despiadada. Ellas le devolvían la pelota hablando de su fealdad y su hombro deforme. 

Luis XIV la invitó a su palacio de Fontainebleau. Motivos iba a tener para arrepentirse. 

Llegada de Cristina de Suecia a Fontainebleau - Pierre Justin Ouvrie - Museo de Bellas Artes de Dole

Entre los miembros del séquito de Cristina de Suecia venía su caballerizo mayor, Gian Rinaldo, marqués de Monaldeschi, un atractivo italiano que había sabido seducirla. Eran casi inseparables. Monaldeschi soportaba sus cambios de humor, en los que la pasión se alternaba con periodos de frialdad e incluso de crueldad, asumiendo que era el precio a pagar por tan buena posición. 

Pero el favorito descubrió un día con desagrado que había sido suplantado en el favor de la reina por Sentinelli, se propuso vengarse de esta traición con otra de diferente índole y comenzó a revelar los secretos de Cristina, quien, por cierto, tenía muchos y grandes. A ella se le había metido en la cabeza coronarse como reina de Nápoles tras arrebatárselo a los españoles. A tal fin andaba en tratos con Mazarino y trataba de negociar con Cromwell. 

Mazarino ya había intentado en una ocasión arrebatar Nápoles al dominio de España, para lo cual se había servido, aunque a disgusto, del duque de Guisa, en quien no confiaba. Fracasó entonces, pero no veía por qué no hacer un nuevo intento, y la candidata ideal para coronarse como reina de un Nápoles independiente era Cristina. 

Enrique II de Lorena, duque de Guisa

Las razones para que ella se lanzara a tan osado plan eran, fundamentalmente, las dificultades financieras por las que atravesaba después de renunciar a la Corona de Suecia. Cristina aspiraba a seguir llevando el mismo tren de vida, disfrutando de los mismos lujos; es decir, no renunciaba a unos privilegios que ya no le correspondían. Y, de hecho, nada ansiaba más que seguir siendo reina, aunque de otro lugar que no fuera Suecia. En palabras de Oskar Garstein, “su mayor deseo era ser recordada como uno de los más grandes soberanos de todos los tiempos, superior a su ilustre aunque malhadado padre, el rey Gustavo Adolfo, e igualar a los más destacados héroes de la antigüedad, por ejemplo a sus propios favoritos: Julio César y Alejandro Magno”. 

La empresa no sólo resolvería sus apuros económicos, sino que además con ella vería cumplido su eterno sueño de ponerse al frente de un ejército, aunque no fuera eso, por cierto, lo que Mazarino consideraba más oportuno. Entusiasmada, se lanzó de cabeza a la conspiración que podría conducirla de nuevo a un puesto de liderazgo, en lugar de limitarse a seguir teniendo un papel secundario en Roma, donde todo el mundo vivía a la sombra del Papa. Su visita a Francia tenía mucho que ver con estos tratos secretos con el cardenal, que le dio dinero para financiar el viaje, aunque la explicación oficial fue que Cristina deseaba visitar Aviñón, la ciudad papal. 

Mazarino

Monaldeschi estaba al tanto de todo, no sólo por cuanto Cristina le confiaba sino porque también espiaba sus conversaciones privadas con Mazarino. El marqués reveló los planes y, además, falsificó la caligrafía y el sello de Sentinelli para fabricar una serie de cartas comprometedoras, escandalosas e insultantes para con la reina, unas misivas que puso en circulación. Esperaba con ello enemistar a Cristina con su rival y poner fin a aquella relación que lo había postergado. Pero las cartas llegaron hasta ella, que no se engañó ni por un momento acerca del origen de aquella vileza. 

Antes del siglo XIX se pensaba que el enojo de la reina se debía a otros motivos. Según dicha versión, el único crimen de Monaldeschi habría sido escribirle cartas a una dama a la que claramente prefería a su soberana. Pero hoy sabemos, tras el estudio de las cartas cifradas de Cristina, que el servidor se había metido en un juego muy peligroso y que, desde luego, la había traicionado. 

Los detalles de lo que sucedió a continuación fueron registrados minuciosamente por el capellán de la reina, el padre Le Bel, y contamos también con un relato escrito por Marco Antonio Conti que confirma la historia. Ambas narraciones fueron publicadas en el año 1865. 

Cristina de Suecia

Una mañana el padre Le Bel encontró a su puerta a un servidor de Cristina de Suecia. Le dijo que la reina deseaba hablarle. 

“Inmediatamente le seguí a la antecámara y, después de esperar unos minutos, me condujo al apartamento de la reina, quien, antes de que yo tuviera tiempo de presentarle mis respetos, se acercó a mí y me pidió que la siguiera hasta la galería, donde tendríamos más privacidad. Escuché con silenciosa expectación; la reina seguía de pie en un extremo de la galería, y, tras un poco de conversación intrascendente, me dijo con la mayor dignidad: 

“—El hábito que lleváis, mi buen padre, justifica que deposite toda mi confianza en que cuanto os revele permanecerá secreto; pero lo que voy a comunicaros es de tal importancia que debéis prometer solemnemente que guardaréis el mismo silencio que si os lo hubiera confiado en vuestra silla de confesor. 

“Le aseguré de la manera más solemne que nunca revelaría lo que fuese su voluntad confiarme. Tras una breve pausa, durante el transcurso de la cual pareció pensativa, sacó un paquete de papeles sin sobrescrito y sellados en tres lugares. 

“—Guardadlos vos —dijo— hasta que os los pida. 

“Repetí mi promesa de obedecer sus órdenes, y entonces me dejó, después de exhortarme a no olvidar lo prometido, añadiendo: 

“—Y aseguraos de que anotáis exactamente el día, la hora y el lugar en que os hice entrega de este paquete. 


Continuaremos el próximo día con el relato de Le Bel.