sábado, 21 de enero de 2012

Un baile en la Corte de Alfonso XII

Infanta Isabel de Borbón

El siguiente artículo apareció publicado el 22 de enero de 1877 en la revista La Ilustración Española y Americana, con firma de José Fernández Bremón. Describe el baile que el rey Alfonso XII y su hermana la infanta Isabel dieron en palacio la noche del 15 de enero:


Una fiesta en palacio es fiesta también en los talleres, y da vida y animación a infinitos ramos del comercio. Desde el obrador de zapatería, base indispensable del baile, hasta el del joyero y de la florista que se disputan el adorno de las cabezas más aristocráticas y bellas, disfrutan de esa alegría y satisfacción que proporciona el trabajo bien pagado. Las guanterías venden sus pieles más flexibles […], cuelgan de los escaparates […] las sedas más tupidas, las telas de ilusión que parecen aire tejido por las hadas; los encajes y blondas, que son, por su precio, tiras de billetes de banco; los aceites y vinagres de tocador que mezclan a su sal, de tocador también, las damas elegantes; flores, plumas, cintas, cadenas, medallones; todos esos objetos, y otros muchos, han dado movimiento al comercio, ocupación al artesano, y hecho circular en estos días por Madrid un río de oro y plata. 

Subamos la ancha y hermosa escalera de palacio, a cuyos lados forma la servidumbre en dos filas compactas, cuyos uniformes van marcando diversas categorías: entremos por la puerta de la izquierda, dejemos el abrigo en el guardarropa, y atravesando el salón del trono, dirijámonos al hermoso de las columnas, donde la orquesta dirigida por el señor Skoczdopole, espera la aparición de Su Majestad y Alteza Real. Si los cuatro mil convidados que en la noche del 15 asistieron al baile no parecían excesivos en los vastos salones abiertos, iluminados por millares de bujías, en cambio el salón de baile, corazón de aquella fiesta, era estrecho para contener el oleaje de seda y oro que afluía a sus puertas; las espléndidas colas de los trajes se plegaban a la entrada después de haber culebreado por la alfombra; las obras maestras de tijera y aguja, que, aisladas en un escaparate, hubieran producido gran efecto, perdían allí su individualidad, para fundirse en aquel conjunto soberbio de luz y colores. El rostro más bello se desvanecía en una atmósfera de hermosura, como se pierde la minutisa en un soberbio ramo: el prestigio nobiliario se confundía con tantos otros prestigios naturales propios de estos tiempos, los más aristocráticos de la historia; centelleaban los diamantes y las placas; brillaban el oro en los uniformes, la satisfacción en los semblantes y el raso en los vestidos; luz y perfumes, piedras preciosas y encajes, hermosura y nobleza, opulencia y talento, todo aquel conjunto parecía, no una fiesta pasajera, sino la vida natural y propia de aquellas regias salas. 

Alfonso XII

Podríamos entresacar algunas docenas de nombres distinguidos para ofrecer con ellos una especie de ramillete a los lectores; así lo hacen algunos revisteros, lo cual nos parece equivalente a presentar algunas flores para dar una idea de un jardín. […] Descompóngase aquel cuadro brillante, y tendremos por un lado al monarca, sonriendo y conversando afablemente con los convidados que encontraba al recorrer las habitaciones, y a Su Alteza Real prodigando palabras afectuosas; por otra parte, veremos cuerpos erguidos con esa solemnidad con que se alza de puntillas lo pequeño. Sin embargo de que fue brillantísima la fiesta de palacio, si tuviésemos idea exacta del papel que cada cual se figuraba hacer en ella, sumando todas esas vanidades, el baile resultaría infinitamente más espléndido. Esto es natural: caballero habría que al quitarse la banda que se cruzaba del hombro a la cintura, tan apegado estaba a ella, que le parecería quitarse una tira de pellejo. […] 

Los rigodones oficiales han terminado, y por fortuna para los curiosos que desean presenciarlos, los anchos espejos del salón han permitido participar del espectáculo a personas que por hallarse lejos no creían disfrutarlo. Dejemos que algún sediento se deslice por las habitaciones de Su Majestad, hasta la sala en que, mientras se abre el buffet, se sirven los refrescos: ha corrido la voz, y el calor formará pronto por aquel lado una respetable caravana; otra voz conduce a los fumadores por el lado opuesto, buscando en el piso entresuelo ese desahogo patriótico que ahúma nuestras oficinas y despachos. Mirando por la vidriera se distingue en la plaza de armas una hermosa iluminación: son las luces de los coches colocados en dos filas y en formación correcta, que, de espaldas al Campo del Moro, llegan desde palacio a la armería. En las salas de fumar se ve que es una calumnia achacar el vicio a los españoles solamente: respetables diplomáticos extranjeros se entregan también al más inocente de los vicios. Pero la fiesta atrae… y los fumadores se renuevan con verdadera rapidez: no atraen los uniformes variados, ni el caftán birmano que alegra la vista como el ver los Reyes Magos; ni la encendida casaca del Sanjuanista; ni los ojos que nos miran desde las solapas de un ministro o consejero, sino los ojos negros y azules que brillan por todos los salones, los cuerpos aprisionados en encajes, los pies torturados por la seda, sin más compensación de tantas estrecheces que la libertad de las gargantas. 

Infanta Isabel de Borbón

—¡Aquella cabeza vale una ciudad! —pensábamos mirando una corona de brillantes que resplandecía en un círculo de luz— ¡Qué soberbia esa mata de cabellos, que no admite ni una flor, ni un ligero adorno, como bastándose a sí propia! ¡Qué blancura la de esa espalda que resalta sobre el raso blanco del escote! Aquella niña pálida con traje negro, parece una estatua de ébano y marfil. ¿Qué significan esas flores negras en aquel traje claro y cerca de aquel rostro lleno de luz y de hermosura? ¿Acaso una primavera de luto? Por allí viene una dama espléndida, que es entre las demás, por su tamaño, una magnolia entre violetas. ¡Qué rostro tiene tan interesante! Hay en esa cara macilenta y hermosa, en su aire enfermizo, en su juventud que no prospera, el presagio de una muerte casi en la niñez, y todo esto constituye una triste pero simpática distinción: es la aristocracia del sepulcro. En cambio, aquella venerable señora de cabellos blancos representa a la aristocracia de la cuna. Fijándonos detenidamente en los detalles del tocado más sencillo, asombra el arte, las industrias y aun las ciencias que contribuyen a formar esas obras maestras de gracia y elegancia: desde el químico que ha encontrado la piedra filosofal convirtiendo el cabello en oro, hasta el miniaturista de los pies […] 

—No he podido ver un zapatito de raso en toda la noche —decía un extranjero, gran admirador de los pies de nuestras paisanas: son tan pequeños que asoman con gran dificultad bajo el vestido. 

—Es difícil, en efecto —contestó un español—, pero si la moda continúa bajando el cuerpo de los trajes, no desconfíe usted de verlos al final de los escotes. 

—No puede ser mejor la llave del cielo —decía un poeta, mirando con admiración una llave cuajada de brillantes. 

—Aquel señor está envuelto en una verdadera funda de oro —decía otro, envuelto en la modesta funda negra. 

—Pues sepa usted que además está forrado de talones del banco. 

—¿No baila usted? —preguntaban a una especie de torreón con uniforme militar. 

—No tengo pareja —contestaba su voz desde la araña. 

—¿Ya brigadier ese muchacho? —decía un comandante. 

—Se siente uno humillado entre tantos generales —decía a poca distancia el bridadier. 


El salón de baile se había despejado, desahogándose en las extensas galerías del buffet. SS. M. y A. se habían retirado hacía tiempo, y el baile continuaba, mientras cenaban más de tres mil personas en un orden que solo se concibe en la más espléndida abundancia. Dos horas después de entregada al reposo la real familia, rodaban por la plaza de armas los últimos carruajes que conducían a los más rezagados; porque, en efecto, costaba cierta pena abandonar aquellos magníficos salones y que se disolviese tan brillante concurrencia. 

—¡Fiesta y baile! —murmuraba acaso con rencoroso acento algún embozado, mirando de reojo en la calle los trenes que se alejaban. 

No consideraba que en aquellos vastos salones, residencia de un monarca y una princesa, llenos de juventud, la noche del 15 ha sido la única de fiesta y baile en el espacio de dos años, mientras el particular tiene todas las noches bailes públicos para su esparcimiento y su solaz. Por otra parte, en esas fiestas la familia real tiene su diversión muy limitada, reduciéndose a bailar algunos rigodones con sujeción a la etiqueta, y recorrer algunas salas haciendo algún cumplido y sin la libertad que es el encanto de esos bailes, y dentro del respeto y la cortesía. Allí disfruta todo el mundo; no son tampoco salones cerrados a la clase popular, pues tiene en ellos su representación en corporaciones y personas dedicadas a la industria, a las artes y al comercio. Los bailes de palacio no son una diversión para el monarca, sino un medio de estrechar relaciones con su pueblo, que acude en número crecido a disfrutar de esa fiesta regia, haciéndose los convites con un criterio amplio, que permite asistir al baile a personas distinguidas por su nacimiento, posición, servicios al país en todas las esferas de la actividad y del trabajo, inteligencia y nombre respetable...

José Fernández Bremón 



Fundada en Madrid en el año 1869 por Abelardo de Carlos, la revista apareció los días 8, 15, 22 y 30 de cada mes hasta su desaparición en 1921. Resulta un valioso instrumento para el estudio de la época, un recurso que pueden encontrar en la biblioteca virtual Miguel de Cervantes

34 comentarios:

  1. hola Dame,
    después de largo tiempo sin visitarte, me encuentro con una historia muy impresionante en tu espacio.
    Una pena que esa revista haya desaparecido con el tiempo. Pero por dicha existen otros libros y tu, que publican sobre aquella época. Esos bailes protagonizados por la noble de aquel tiempo eran para hacerse conocer, pero pienso que el pueblo en sí no disfrutaba mucho de esto, ya que era para el exclusivo grupo invitado.
    Un gusto grande leerte.

    un fuerte abrazo^^

    ResponderEliminar
  2. Sí, así es, madame, era solo para los cuatro mil invitados. El pueblo, como menciona el texto, tenía sus propios bailes públicos, que España siempre fue muy bailona.

    Bienvenida de regreso

    Feliz tarde

    Bisous

    ResponderEliminar
  3. La crónica tiene enjundia, describe con mucha gracia ccstumbrista el ambiente cortesano. Hay algunas perlas impagables como "la aristocracia de sepulcro frente a la aristocracia de cuna" o esa otra de "magnolia entre violetas".

    Bisous y muy buenas tardes.

    ResponderEliminar
  4. Os prometo, Madame, que esperaba ver a Vicente Parra y Paquita Rico en sus imágenes de hoy. Es posible que tenga mucha razón el cronista y que los monarcas no lo pasaran nada bien en esos fastos esporádicos sujetos a la disciplina del protocolo, si bien tampoco creo que seas dignos de compasión.

    ResponderEliminar
  5. Sí, MADAME AMALTEA, me ha parecido un modo encantador de contarlo, y tan propio de la época. Encuentro fascinante la mirada a través de la vidriera. Realmente me transportó a aquel baile.

    MONSIEUR FRANCISCO, inolvidable aquel Alfonso XII de la película. Pero no, no creo que sean dignos de compasión, y menos Alfonso, que al parecer sabía divertirse fuera de palacio también.

    Buenas noches

    Bisous

    ResponderEliminar
  6. He disfrutado recorriendo virtualmente ese Palacio de Oriente que tan bien conozco, incluido sus hermosos salones. No es difícil imaginar la espléndida fiesta encorsetada dónde como a día de hoy las mujeres y los caballeros se disputan la elegancia y el lujo de las joyas.
    Muy bien elegido el post madame. Me ha gustado

    ResponderEliminar
  7. Me alegra, MADAME KATY. Lo estuve leyendo ayer y me cautivó, así que decidí compartirlo con ustedes.

    Buenas noches

    Bisous

    ResponderEliminar
  8. Que notable ilustracion de aquellos bailes madame ,sabias que la infanta nos visito en conmemoracion de nuestro primeros cien años y fue todo un acontecimiento del que todavia se habla hoy en dia por aqui .
    Un abrazo y el cariño de siempre

    ResponderEliminar
  9. Casualmente, o no tanto, leo este artículo justo el día en el que se cumplen 135 años de la publicación del artículo. El primer cuadro de Alfonso me resulta familiar. Está en Valencia, en el palacio de Cervelló. El segundo de "la Chata" no lo conocía. Era agradable de cara la Infanta.
    Por cierto, que boato y lujo. No sé yo si Palacio hoy está para estas fiestas, con lo que a usted le gustan. Ya he leído que está organizando una.
    Beso su mano.

    ResponderEliminar
  10. Hola Madame:

    Una descripción soberbia que lleva al lector a la época.

    Un impresionante buffet...Pero le dogo que se quedo corto. En mi boda fuimos más ;D

    Besos Madame Por la hora ya sabrá donde esta mi paradero...

    ResponderEliminar
  11. Todo un documento histórico sobre las fiestas de la monarquía.

    Bisous madame, buen domingo.

    ResponderEliminar
  12. Vaya trabajo que se daban en esos tiempos pra ir de fiesta, la 'produccion' de los artistas de Hollywood de hoy en dia es para que de no estar muertos, esta gente se hubiera muerto de risa de verlos.

    ResponderEliminar
  13. Ni la tele ni el Lecturas existían en su colorido, todavía. Que tremenda sofistifación en esos bailes, qué fortunas se debieron gastar.
    Feliz domingo, madame.

    ResponderEliminar
  14. Estupenda recreación de esos ambientes cortesanos donde se daban cita las más altas autoridades y familias nobles, donde el glamour brillaba sin límites, aunque alguién no pudo encontrar un zapato de raso en toda la velada. Buenos cronistas los que entonces hacían las crónicas de la alta sociedad. Que tenga muy buen domingo. Bisous.

    ResponderEliminar
  15. Me ha encantado este artículo tan entusiasta y plástico. Desde las primeras líneas, participamos de la excitación previa a la fiesta. Me gusta la idea que revela acerca de la crónica, tan alejada de la prensa rosa actual. También aquí se ve cómo los protagonistas son los asistentes, en tanto los anfitriones aparecen difuminados. En fin, que me ha gustado mucho.
    Por cierto, la fotografía del rey pertenece a la colección del Ayuntamiento de Valencia (si te fijas, en la mesa que hay detrás de él, se ve parcialmente el escudo de la ciudad). Me ha hecho gracia encontrarla. Beso su mano.

    ResponderEliminar
  16. MONSIEUR LUTHER, entonces la infanta ya les había sido presentada. A algún buen baile asistiría también en Argentina.

    MONSIEUR DLT, si le digo la verdad, fue pura casualidad haber elegido ese texto. Se dio la coincidencia de que lo había estado leyendo el día anterior sin reparar en más, y como me gustó decidí publicarlo.
    Las fiestas de palacio de hoy día no me gustan nada. Mejor organicemos una por nuestra cuenta, en otros ambientes.

    MONSIEUR MANUEL, algunas bodas de hoy día casi compiten con aquellos bailes en palacio, sí.
    Me imagino, me imagino dónde está usted, y espero que totalmente recuperado.

    MONSIEUR EDUARDO, un documento de lujo que es un placer leer para meterse por un rato en aquel ambiente.

    MADAME ALEJANDRA, así es, hoy día habría que comparar esas fiestas más bien con las que dan las estrellas de Hollywood, aunque me quedo con el encanto de aquellas colas de vestido culebreando sobre la alfombra.

    MONSIEUR IGOR, como ve, tal vez las crónicas de sociedad sean una de las cosas que más calidad y categoría han ido perdiendo con los años.

    MONSIEUR PACO, efectivamente, eran plumas de lujo que hacían crónicas que resultan un tesoro para el estudioso de hoy.

    MADAME ISABEL, mire usted por dónde el rey la ha recibido en casa hoy.
    La crónica no tiene desperdicio. Que tomen nota los actuales periodistas de corazón.

    Feliz domingo a todos

    Bisous

    ResponderEliminar
  17. Una crónica simpática. De "alto copete".
    Más que entusiasmo en la celebración de estos eventos, había obligación de convocarlos de cuando en cuando dado el protocolo y la necesidad de hacer estos actos cada cierto tiempo. Me imagino que más de uno se aburriría en ellos.
    Un saludo.

    ResponderEliminar
  18. Desde luego, monsieur, parece que Alfonso tenía otro concepto de la diversión, aunque imagino que toda juerga le venía bien.

    Feliz domingo

    Bisous

    ResponderEliminar
  19. Esplendido relato de esa epoca, casi se puede ver eses personajes , oler sus perfumes y oir el ruido del roce de las sedas y la musica..... como si la camara de un buen documentalista lo estuviera grabando todo.Eses si son buenos reportajes....

    Saludos, madame.

    ResponderEliminar
  20. Muchas gracias por detenerse a dejar su comentario, monsieur o madame.
    Me alegra que haya sido de su agrado, y que lo haya disfrutado tanto como yo.

    Feliz domingo

    Bisous

    ResponderEliminar
  21. Este lujo exorbitante me recuerda a una novela que acabo de terminar hace dos días apenas; La casa de la alegría, de Edith Wharton. Datan, ambos acontecimientos, más o menos de la misma época. Me gustó mucho la parte en la que el periodista comenta las modas de las mujeres. Si echara un vistazo a la de hoy en día se moriría del escándalo el pobre. Feliz domingo para ti, bella!

    ResponderEliminar
  22. Creo que se escandalizaría mucho, en efecto. Al parecer todas las modas causan escándalo, aunque viéndolas después con la perspectiva del tiempo nos haga sonreir.

    Feliz domingo, madame

    Bisous

    ResponderEliminar
  23. Preciosa presentación, las costumbre, los modos, las modas, siempre es interesante y curioso echar un vistazo hacia atrás y comprobar que en muchos temas seguimos casi igual.
    Un beso.

    ResponderEliminar
  24. No sé, yo creo que se ha perdido el encanto. Me gustaría ver por una ventanita cómo era uno de aquellos bailes decimonónicos.

    Buenas noches, monsieur

    Bisous

    ResponderEliminar
  25. no deja de ser curiosa la justificación económica que da el autor sobre el baile... el poso que me queda tras leer el artículo es la fractura entre la aristocrácia y el pueblo y los dos mundos tan diferentes en que habitaban, aunque compartieran el mismo espacio físico.

    En definitiva un reflejo de una época que tocaba ya a su fin.

    ResponderEliminar
  26. En realidad no creo que Alfonso XII fuera uno de los monarcas más alejados del pueblo, o de los que más aumentaron esa fractura. Y en esos tiempos podían contarse entre los invitados, mezclados con la vieja aristocracia de siempre, artistas, intelectuales, comerciantes y gente de diversos ámbitos, como menciona el artículo. Pero me temo que ya todo estaba hecho, digamos.

    Feliz semana, monsieur

    Bisous

    ResponderEliminar
  27. interesante la reflexión primera: las fiestas de la corte dan de comer a mucha gente. eso mismo creo que ocurre hoy. de los tejemanejes de la casa y corte viven y se aprovechan muchos. por eso es imposible que esto funcione de otra manera. y todo revestido de esa elegancia, de esa prestancia, de esa apostura... deja maravillado al que se acerca, pero se pregunta uno de dónde viene todo eso. dónde está el truco.
    y esa fé que le tienen a las chicas pálidad... qué gustos.
    en fin. un ilustrador retrato de una época, madame.

    que tenga buena semana!
    bisous!

    ResponderEliminar
  28. Monsieur, veo que no es usted gótico, jiji. Bueno, entonces mejor no me planto delante de usted. No me hace falta ni ser gótica, fíjese.

    Feliz comienzo de semana

    Bisous

    ResponderEliminar
  29. He asistido a ese baile de su mano, Madame, he ascendido la escalinata frente a la hilera de servicio y he observado con deleite todo cuanto usted nos relataba.

    Ha de saber que me encantó la maravilla de tanto detallismo a la hora de ilustrarnos sobre los trajes, las damas, los caballeros y su vestuario respectivo. Me hizo mucha gracia también la frustración de cierto exranjero empeñado en contemplar los piececitos de las damas y la respuesta del otro para alabar la amplitud de los escotes jejejejjeje

    PD. Alfonso XII fue mi Borbón favorito.

    ResponderEliminar
  30. Ay, madame, precisamente me acordé de usted cuando publiqué este texto. Imaginé que a usted le agradaría asistir a este baile tan de su siglo favorito :)
    Y bueno, en cuanto a los borbones, es que no hay mucho donde elegir, jijiji.

    Feliz tarde, agobiante para mí. A ver si dentro de un rato puedo pasar ya por su saloncito. Me muero de ganas.

    Bisous

    ResponderEliminar
  31. Impresionante artículo. Describió muy bien el cronista ese baile.
    Esa frase

    centelleaban los diamantes y las placas; brillaban el oro en los uniformes, la satisfacción en los semblantes y el raso en los vestidos; luz y perfumes, piedras preciosas y encajes

    da a entender la grandiosidad del evento.

    Muchos besos madame

    ResponderEliminar
  32. A pesar de describir perfectamente los oropeles, aromas, sedas, joyas y esplendor del momento, qué quiere que le diga, madame, me gustaría poder verlo aunque sea por un agujerito de una máquina del tiempo, jejeje. Creo que todas las damas que estamos leyendo su entrada seguro que pensamos lo mismo... Y es más, nos vemos bailando con un gran cancán del brazo de algún apuesto caballero de la época, jijiji
    Besitos

    ResponderEliminar
  33. MADAME CANDI, se ve que está escrito por alguien que había asistido a más de uno de esos eventos, puesto que tan suelta vuela su pluma describiendo los pormenores.

    MADAME CARMEN, apuesto a que sí. Me hubiera encantado poder tomar parte en uno de esos bailes decimonónicos, a falta de lo cual, me conformaría, como usted sugiere, con verlo por un agujerito.

    Buenas noches

    Bisous

    ResponderEliminar
  34. He disfrutado mucho con esta crónica sobre esta fiesta, Madame, gracias por compartilo.

    Bisous

    ResponderEliminar

"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)