martes, 31 de enero de 2012

Théroigne de Méricourt, la Amazona Roja


"Ustedes anularon todos los privilegios, anulen también los del sexo masculino. Trece millones de esclavas llevan las cadenas que les colocaron trece millones de déspotas" 


Cuando el 14 de julio de 1789 los revolucionarios tomaron la Bastilla, hubo entre ellos hubo un grupo de mujeres liderado por una joven a la que llamaban la Bella Liejense. El relato, aceptado por muchos y negado por otros, cuenta que la mujer esgrimía en su mano un sable, arma que manejaba con tanta maestría como la pistola. 

Se referían a Théroigne de Méricourt, aunque no era este su verdadero nombre. Había nacido Anne Josèphe Terwagne, en la actual Bélgica, el 13 de agosto de 1762. Pertenecía a una familia acomodada, pero abandonó su hogar siendo muy joven debido a las malas relaciones que mantenía con su madrastra. Se dedicó entonces a servir en una casa, un destino que parecía muy poca cosa para una muchacha tan inteligente y hermosa. De mediana estatura, tenía el cabello castaño, grandes ojos azules; era expresiva, elocuente, y siempre elegante. 

Théroigne cultivó su mente, probó suerte como cantante e inició una vida como cortesana que la condujo a Inglaterra y a Italia, siempre como amante de algún caballero. Tras vivir numerosas aventuras, a su regreso a París en 1785 abrió un salón que se convirtió en centro de reunión de los que habrían de ser los cabecillas revolucionarios. Nombres como Danton, Desmoulins y Mirabeau eran habituales en su casa. 

Carta autógrafa de Théroigne

Cuando estalla la Revolución, Théroigne, amante del marqués de Persan a la sazón, se sumó a la lucha. De temperamento apasionado, no dudaba en exponer sus ideas, siempre radicales. Fundó el Club de los Amigos de la Ley, con la misión de informar al pueblo de las decisiones de la Asamblea. Los realistas no dejaban de lanzar campañas contra ella, acusándola de haber tomado parte en las jornadas del 5 y 6 de octubre de 1790, cuando los sans culottes irrumpen violentamente en Versalles. La atacabsn sin piedad, recordando siempre su pasado como cortesana. 

Abandona entonces París para dirigirse a Lieja, y allí es arrestada por las autoridades austriacas, acusada de haber tramado un complot para asesinar a María Antonieta. Es sospechosa, también, de intentar sublevar a la población contra el emperador de Austria. Encerrada en el castillo de Kufstein, en el Tirol, es liberada al cabo de aproximadamente un año. 

Castillo de Kufstein

A principios de 1792 los jacobinos le deparaban un recibimiento triunfal a su regreso a París. La posición de Théroigne se había radicalizado aún más, decantándose por la guerra y por la caída de la realeza. 

En la primavera de ese año Luis XVI, que había pedido a las potencias extranjeras que retiraran sus tropas, recibió una respuesta negativa. Decepcionado, decidió seguir los consejos que le pedían que declarara la guerra a Austria. Théroigne vio la oportunidad de realizar cosas importantes. Tras entregar sus joyas para que sirvieran a la causa, se dirigió al barrio de Saint-Honoré, a las Tullerías, a Chaillot, y con la fuerza poderosa de su elocuencia consiguió organizar un escuadrón de amazonas para combatir al lado de los hombres. 

"Ciudadanas,… Demostremos a los hombres que no somos inferiores a ellos en valentía y bravura; demostremos a toda Europa que las mujeres francesas conocen y están a la altura de las ideas de su siglo, despreciando los prejuicios absurdos y antinaturales… Francesas, levantémonos hasta la altura de nuestros destinos, rompamos nuestras cadenas. Ya es hora de que las mujeres abandonen el vergonzoso estado de nulidad en que el orgullo y la injusticia de los hombres las mantienen desde hace tanto tiempo. Volvamos a la época en la cual las galas y las altivas germanas deliberaban en las asambleas públicas y combatían al lado de sus esposos para rechazar a los enemigos. ¡Francesas! ¡Es la misma sangre la que corre por vuestras venas! Lo que hicimos en Versalles los días 5 y 6 de octubre, y en otras muchas circunstancias decisivas, demuestra que no desconocemos los sentimientos magnánimos. Así que recobremos nuestra energía, pues si queremos conservar nuestra libertad, tenemos que prepararnos para realizar las más sublimes cosas… 

“Ciudadanas, ¿por qué no deberíamos rivalizar con los hombres? ¿Es que solo ellos pueden reclamar el derecho a la gloria? No, no… También nosotras desearíamos ganar una corona cívica y tener el honor de morir por una libertad que tal vez apreciamos más que ellos, pues los efectos del despotismo pesan aún más sobre nuestras cabezas que sobre las suyas… 

“Sí, generosas ciudadanas, vosotras que me escucháis, armémonos. Vayamos a ejercitarnos tres veces por semana a los Campos Elíseos o al Campo de la Federación. Abramos una lista de Amazonas Francesas; y que todas las que amen de verdad a la patria escriban aquí sus nombres”. 


Fueron muchas las mujeres que acudieron a alistarse en sus filas, y a ella le gustaba pasearse por todas partes con su simbólico traje de montar. Se la proclamó entonces Primera Amazona de la Libertad. Sin dejar de defender ardorosamente los derechos de las mujeres, Théroigne presentó una solicitud ante la Asamblea Legislativa

“Señores: 

"Esperamos que, animados por un espíritu de justicia, nos otorguéis: 

"1º: Un permiso para que nos sea posible poseer lanzas, pistolas y sables, y hasta fusiles para las que tuvieran la fuerza para usarlos, para lo cual nos someteremos a los reglamentos de la policía. 

"2º: Otro para reunirnos los días de fiesta y los domingos en el Campo de la Federación u otros sitios adecuados, con el fin de ejercitarnos en el manejo de dichas armas." 

El 20 de junio la Asamblea declaró a la patria en peligro. El pueblo se armó con lanzas y se dirigió a las Tullerías. Allá iban las mujeres de Théroigne, gritando “¡Viva la nación!” y cantando el “Ça ira”. Paul Lecouer hace una descripción en su obra Les femmes de la Révolution en la que nos transmite esta gráfica imagen: “blandían cuchillos y sus ojos brillaban como los de las fieras”. Los guardias que custodiaban las puertas del palacio, con órdenes de no intervenir para evitar un derramamiento de sangre, eran asesinados rápidamente. La horda se precipitó en el interior del edificio; las mujeres cortaban las orejas de los soldados muertos y se las colgaban de los gorros. El populacho entró en el salón en el que se encontraba el rey. Luis XVI, acosado e insultado, se subió a una mesa y accedió a ponerse el gorro frigio que habían adoptado los jacobinos. 

Delacroix se inspiró en Théroigne de Méricourt para la imagen de su Libertad guiando al pueblo

Pero a fines de ese año Théroigne de Méricourt comienza a mostrar su desencanto hacia el rumbo que estaba tomando la Revolución. Sus ideas feministas no contaban con muchos seguidores entre los hombres. Ni siquiera consigue ser aceptada en el Club des Cordeliers. Además, siente repulsa hacia las matanzas de los jacobinos más radicales, y acaba tomando partido por los girondinos. "Ha llegado el momento en que el interés común exige que nos unamos y sacrifiquemos nuestros odios y pasiones por el bien de todos", escribió por entonces, pero no fue escuchada. 

En mayo de 1793 un grupo de mujeres jacobinas le desgarra la ropa y la apalea salvajemente en los jardines de las Tullerías hasta que llega una orden de Marat que las obliga a soltarla y le salva la vida. 

Al día siguiente apareció la noticia en un diario: 

“Una de las heroínas de la Revolución sufrió un pequeño revés en la terraza del Palacio de las Tullerías. En el momento en que reunía adeptos se cruzó con partidarios de Robespierre, que al no desear ver aumentado del Partido de Brissot se apoderaron de la luchadora y la azotaron con el entusiasmo que los caracteriza. Apenas pudo la guardia arrancar a la víctima de los enfurecidos”. 


Su cuerpo se recuperó de las graves lesiones, pero su mente no logró salir entera. A partir de ese momento Théroigne comienza a dar muestras de inestabilidad mental. Se recluía en su casa, completamente desnuda en recuerdo de la humillación sufrida. La internaron en un asilo en 1795. Años más tarde la trasladarían al hospital de la Salpêtrière. 

Semelaigne dejó un relato demoledor en el capítulo de su libro dedicado al doctor Esquirol, que la atendió durante esos años: 

"Théroigne no quiere soportar ningún vestido, ni siquiera una camisa. Todos los días, mañana y tarde, varias veces por día, inunda su cama o mejor la paja de su cama con varios baldes de agua, se acuesta y en verano, se tapa con su sábana agregando la frazada en el invierno. Le gusta pasearse descalza en su celda de piso de piedra e inundada de agua. 

"El frío riguroso no le hace cambiar este régimen… Cuando hiela y no puede tener abundante agua, rompe el hielo para obtener agua, mojarse el cuerpo y en especial los pies. A pesar de que su celda es pequeña, oscura, muy húmeda y sin muebles, la encuentra muy bien, arguye estar ocupada en cosas muy importantes: sonríe a las personas que se le acercan; a veces responde bruscamente “No lo conozco” y se mete bajo la frazada. Raras veces responde adecuadamente. A menudo dice: “No sé; lo olvidé”. Si se insiste, se impacienta; habla sola en voz baja; articula frases entrecortadas con las palabras “riqueza, libertad, fraternidad, Comité, revolución, pícaros, decretos, orden de arresto, etc. Odia a los moderados”. 


El 9 de junio de 1817 fallecía Théroigne de Méricourt sin haber recobrado la razón. Era el triste final de la infatigable luchadora que un día fue la Amazona Roja, la Furia de la Gironda... y la Libertad guiando al pueblo. 

domingo, 29 de enero de 2012

Los celtas irlandeses


Los primitivos irlandeses no tenían ciudades. Sus fuertes de tierra o de piedra tenían únicamente un propósito militar, si bien representaban algunas de las funciones propias de una ciudad, siendo utilizados como puntos de reunión o mercados. Los más grandes, como Tara, sede del Gran Rey de Irlanda, celebraban ferias anuales. 

Las transacciones comerciales se hacían con vacas. La unidad era el set, que valía la mitad de una vaca lechera. No hubo acuñación de moneda hasta la época vikinga, por lo que predominaba el trueque. Las monedas significaban poco para un pueblo cuya principal fuente de riqueza era el ganado. 

La sociedad estaba jerarquizada. Había distinciones bien definidas entre clases sociales. El país estaba dividido en reinos, tal vez unos cien, de diverso tamaño e importancia. Cada reino estaba ocupado por una tuath (tribu), al frente de la cual se situaba el rey, elegido entre los descendientes varones de un bisabuelo común. Si este dominaba un pequeño territorio, podría estar atado por vasallaje a un rí ruirech, un rey de mayor importancia. Es difícil estimar la verdadera extensión de sus poderes y deberes, pero es casi seguro que incluían funciones rituales. 


Por debajo del rey, la sociedad se dividía en tres clases principales. En primer lugar estaba la aristocracia guerrera, propietaria de tierras. Luego los aes dána, que incluían no solo a los druidas, sino también a los bardos, juristas, historiadores, artistas y trabajadores especializados. La tercera clase era la equivalente a la plebe, comprendida por hombres libres, trabajadores y pequeños granjeros, que formaban la base de la sociedad. Además había esclavos, pero poco se sabe de la posición que ocupaban. Solían ser gente condenada a la pérdida de sus derechos por haber cometido algún delito.

Los derechos y deberes de cada hombre libre estaban perfectamente definidos por la ley, aunque no había nada parecido a una fuerza policial para obligar a su cumplimiento. El poder de la costumbre parecía ser suficiente, reforzado por la amenaza de los druidas de negar al transgresor su participación en los ritos y ceremonias. En general parece que las partes litigantes se ponían de acuerdo para aceptar el arbitraje de juristas profesionales, los brithem. La mayoría de las causas, incluso el asesinato, no solían castigarse con penas de prisión, sino mediante alguna forma de “precio del honor” (log n-enech). Fuera de los límites de su poblado, un celta no podía contar con obtener protección legal, a menos que existiera alguna forma de acuerdo recíproco entre dos tribus. 

El sistema irlandés hacía recaer los privilegios y responsabilidades de un individuo sobre su descendencia, hasta cuatro generaciones. Cualquier miembro de la familia dentro de estas cuatro generaciones, es decir, descendiente de un bisabuelo común, era un rigdamna. 


En ausencia de una organización central, los pequeño reinos se reunían mediante alianzas en las que algunos de los hijos de los flaith (la nobleza) eran colocados en casas del reino vecino, a menudo de alto rango, que los adoptaban hasta alcanzar la edad adulta. De ese modo se establecían fuertes lazos de lealtad. 

Del matrimonio y la vida familiar se conoce poco. Había varios grados de matrimonio y concubinato, pero la posición de la mujer parece haber sido fuerte. Encontramos fragmentos que reflejan el recuerdo de un tiempo en que había mujeres gobernantes. 

Las casas de los campesinos, y tal vez también las de las capas más bajas de la aristocracia, diferían poco de las del Neolítico y la Edad del Bronce. Se sabe que en Irlanda construían casas circulares, pero también rectangulares, cuadradas e incluso edificios trapezoidales. En el oeste del país solían emplear la piedra como material de construcción, pero en el resto de Irlanda se erigían edificios de madera. 

La mayoría de los poblados estaban cercados por empalizadas, pero otros recibían una mayor protección a base de muros de piedra y zanjas. Había sótanos que eran como trincheras de considerable extensión y que daban acceso a una o más celdas subterráneas. Algunas de ellas pueden haber sido utilizadas para almacenar comida, mientras que otras serían un refugio en tiempos de peligro. Las chozas tenían a menudo una entrada al subterráneo. 

Crannog

Para su defensa y protección también idearon los crannogs, consistentes en islas artificiales que construían con diversos materiales junto a las orillas de los lagos y ríos. La estabilidad se conseguía a base de postes verticales que anclaban la masa al subsuelo. Una empalizada rodeaba normalmente la superficie plana del crannog, sobre la que se erigían uno o más edificios de madera. 

Los fianna eran bandas organizadas de jóvenes guerreros que pasaban parte de su vida cazando y combatiendo lejos de su tribu. Esto podría haber sido una forma de dar salida a un exceso de aristocracia adolescente al tiempo que se les hacía adquirir una formación militar previa al momento en que habrían de asumir sus responsabilidades como adultos. Sus actividades se consideraban más bien como un deporte, a pesar del riesgo real que entrañaban. Era una de las formas en las que se podía ganar prestigio. Este se conseguía frecuentemente mediante un combate singular contra un enemigo de rango parecido. 

Los celtas irlandeses contaban, desde luego, con juegos y diversiones. Algunos de los juegos son mencionados frecuentemente en la literatura irlandesa, como es el caso del brandub, algo parecido al ajedrez o las damas. También se han encontrado dados de hueso en diversos lugares. 

Aparte de las carreras, que incluían las de caballos y pueden haber tenido connotaciones rituales, el más extendido entre los deportes al aire libre parece haber sido una forma primitiva del moderno hurling irlandés. 

Fuerte circular

Otra de las diversiones más populares para los celtas consistía en narrar historias y en la conversación, acompañada de un buen banquete y bebida en abundancia. Estos placeres parecen haber sido disfrutados por todos los estamentos sociales, bien fuera la bebida vino caro de importación para la nobleza o cerveza nativa para las clases más humildes.

viernes, 27 de enero de 2012

La diosa escorpión

“Soy Serket, señora del cielo, soberana de todos los dioses. He venido ante ti, la esposa del gran rey, señora de las dos tierras, soberana del alto y bajo Egipto, Nefertari, amada por Mut, justificada ante Osiris, quien reside en Abidos, y te he concedido un lugar en la tierra sagrada, para que, como Ra, puedas aparecer gloriosamente en el cielo”. (Inscripción en la tumba de Nefertari) 

La benéfica diosa Serket era hija de Ra, a veces representada como esposa de Horus y madre de Horajty. Su imagen habitual es la de una mujer que lleva sobre la cabeza un escorpión con la cola levantada, siempre dispuesto a picar, pero en alguna ocasión se invirtió su aspecto, convirtiéndose en un escorpión con cabeza de mujer. En un papiro de la dinastía XXI aparece armada de cuchillos, con cabeza de leona y otra de cocodrilo protegiendo la nuca. 

Curiosamente, en un principio esta divinidad estaba asociada con el escorpión de agua, un insecto heteróptero que no guarda relación con el terrestre. Fue solo a partir de la dinastía XIX cuando pasó a representar al verdadero escorpión. La más peligrosa de estas especies es capaz de matar, y de ahí la importancia de la diosa, a la que se invocaba para evitar las picaduras venenosas y sobrevivir a ellas. 


Cuando Seth amenazó a la diosa Isis, ella le envió siete escorpiones para protegerla. Además se muestra como enemiga del demonio-serpiente Apofis, que trata de interrumpir el recorrido de la barca solar que transporta a Ra, para que no pueda alcanzar el nuevo día. Por extensión, se consideraba que Serket tenía poder sobre todas las serpientes, reptiles y animales venenosos. Según los Textos de la Pirámide, era la madre de Nehebkau, el dios serpiente que protegía al faraón contra las mordeduras de estos reptiles. 

La mención más antigua de Serket se remonta a una estela funeraria encontrada en una tumba de la primera dinastía en Saqqara. También aparece mencionada en algunas invocaciones de los Textos de las Pirámides, el conjunto de textos religiosos más antiguos, grabados en las paredes de las pirámides a partir de la V dinastía. En ellos a veces se le da el nombre de “Señora de la Hermosa Casa”, una alusión a su papel en el proceso de momificación. Selkis había ayudado a Isis a cumplimentar las exequias de su esposo Osiris. Por extensión, también prestaba apoyo en los funerales de los hombres, y de ahí su papel en los ritos funerarios en compañía de Isis, Neftis (la oscuridad, la noche y la muerte) y Neith. Juntas, eran las "cuatro plañideras divinas". 

Al observar cómo la hembra del escorpión transportaba durante un tiempo las crías sobre su espalda, los egipcios vincularon a la diosa con a la madre del difunto, que amamanta a los muertos y les proporciona el alimento con el que vivir eternamente. 

Serket se convirtió así en una diosa protectora ligada tanto a los vivos como a los muertos. Invocada durante la ceremonia del embasalmamiento, su misión era proteger a Qebehsenuef, que a su vez guarda los intestinos de los difuntos depositados en vasos canopos. 

“Soy Qebehsenuef, Oh Osiris Ani, triunfante. He venido para protegerte. He recogido tus huesos y he reunido tus miembros. He traído tu corazón y lo he colocado en su trono dentro de tu cuerpo. He hecho florecer tu casa para ti, Oh tú que vives para siempre”.

Howard Carter encontró una estatua dorada de la divinidad, especialmente hermosa, en la que es representada con los brazos extendidos en ademán protector en torno al cofre que contiene los vasos canopos de Tutankamón. La figura se encuentra hoy en el museo de El Cairo y, aunque se ha sugerido que podría haber sido moldeada a imagen y semejanza de Anjesenamón, esposa del faraón, no existe ninguna prueba de ello. 

En la tumba de la reina Nefertari, esposa de Ramsés el Grande, hay una hermosa pintura de Selket con un vestido rojo ajustado y largo hasta el tobillo. En la mano derecha sujeta un ankh, el símbolo de la vida, y en la izquierda sostiene el cetro, símbolo de dominio, bienestar y prosperidad. 

“Los dientes de Osiris Ani, cuya palabra es la verdad, son los dientes de Serket” (El Libro de los Muertos).

Símbolo del calor del sol, representa la sexualidad femenina y es protectora de los matrimonios, la maternidad y la felicidad conyugal. Aparece también representada asistiendo a los nacimientos de dioses y faraones, como es el caso de Hatshepsut y Amenofis III, en compañía de la vieja diosa guerrera Neith. Como diosa de la fertilidad, era una de las divinidades que guardaban las fuentes del Nilo y velaba para que las crecidas se produjeran oportunamente. Por eso recibía el nombre de Señora de la Vida.

También se la llamaba “la que da el aliento de vida”, o “la que facilita la respiración en la garganta”, porque, además de evitar la muerte por asfixia producida por la picadura del escorpión, es, por extensión, la que hace que el niño respire al nacer, y que el difunto lo haga en la otra vida. Por eso se la asociaba al oeste, punto cardinal que significa la muerte y el renacer. 

Aunque generalmente considerada una divinidad protectora, tenía también su lado oscuro: así como podía proteger a los justos contra las picaduras, también podía dejar morir a los malvados; su cólera era temible, y su furia vengadora enviaba serpientes y escorpiones contra aquellos que hubieran incurrido en su desagrado. Como encargada de castigar los crímenes, también se relacionó con la justicia


La fiesta se Serket se celebraba en el mes de Joiak, que según el cómputo moderno se extendía entre el 26 de noviembre y el 26 de diciembre de cada año. Originalmente la diosa fue adorada en el Delta, pero su popularidad se extendió y se le rindió culto en todo el país. No se han hallado templos dedicados específicamente a ella, pero sí contaba con un elevado número de sacerdotes a los que ella transmitía sus conocimientos médicos. Estos sacerdotes se ocupaban de modo muy especial de los casos de mordeduras y picaduras de reptiles e insectos mediante una combinación de medicina y sortilegios

A menudo se utilizaban amuletos con forma de escorpión que se colocaban en torno al cuello de un paciente que había sufrido una picadura mientras se pronunciaban las palabras rituales. Los niños llevaban unos anillos con un escorpión para protegerlos contra estos peligros. Los conjuros invocando la protección de esos animales se colocaban a la entrada de los templos y en placas dentro de los hogares además de en los amuletos. También había pendientes de escorpión que se elaboraban a base de diversos materiales.

jueves, 26 de enero de 2012

Premio 23 de enero


Monsieur Uriel, del siempre interesante blog Saber Historia, me abruma al concederme este nuevo premio, que al parecer se originó en Venezuela y hace alusión a una fecha muy importante en dicho país, pues conmemora la caída de una dictadura.

Como soy bastante indisciplinada, tampoco esta vez cumpliré con las normas. Simplemente quiero agradecer a Uriel este bonito gesto, y todas las amabilidades que tiene con la Dame Masquée.

miércoles, 25 de enero de 2012

El origen de la Casa de Guisa (II)


Luisa de Saboya, la madre de Francisco I, escribió a la condesa de Guisa que “podía considerarse la princesa más feliz de Francia, puesto que tenía el esposo más valiente sobre la tierra”. Pero el conde estimaba que el aprecio de la corte bien podría tomar alguna forma más práctica que las meras palabras, de modo que solicitó y obtuvo los ingresos sobre la sal de Mayenne-la-Juhée y la Ferté-Bernard. 

En la primavera de 1522 le fue encomendada a la defensa de la frontera norte. Durante el otoño Claudio obligó a las tropas imperiales a levantar el sitio de Hesdin, un éxito que le hizo muy popular en París. Los parisinos habían estado seriamente preocupados por el rápido avance del enemigo, y Guisa se dio cuenta de las muchas ventajas que se derivarían de ser considerado el salvador de la capital, una reputación que tuvo buen cuidado de conservar durante el resto de su carrera. 

Es en esa época cuando arranca la enorme popularidad de los Guisa. Durante 70 años serán los héroes católicos, los favoritos de la Fortuna, los ídolos del pueblo. Si alguna vez el rey les retirara su favor, tendrían a su lado a los tenderos y los artesanos de la capital, la gente que los aclamaba a su paso y podía organizar revoluciones. Su grandeza, desde luego, no podía dejar de excitar los celos entre la nobleza de Francia, inclinada a contemplar con desprecio la elevación de esta familia medio alemana. 

Claudio de Lorena

En el verano de 1523 casi toda Europa se había aliado contra Francia. En ese crítico momento en el que Francisco I hubiera necesitado las espadas de todos sus súbditos, tuvo que prescindir del condestable de Borbón, que había entrado en negociaciones secretas con Carlos V y, al descubrirse su traición, huyó a Italia y se enroló bajo los estandartes del emperador. La defección del condestable en cierto modo hizo caer en desgracia a la Casa de Borbón, y en consecuencia aumentó la importancia del conde de Guisa. El rey otorgó a Claudio los gobiernos de Borgoña y Champaña, las dos provincias más expuestas a los ataques de las fuerzas imperiales. 

En septiembre de 1524, tropas compuestas por lansquenetes al servicio del emperador irrumpieron en Borgoña y llegaron hasta las inmediaciones de Neufchâteau, donde se había refugiado la condesa de Guisa con su cuñada la duquesa de Lorena. 

Mientras tanto Claudio no permanecía ocioso. Sus fuerzas no excedían los 900 hombres, pero, aunque los alemanes los superaban en una proporción de doce a uno, eran fundamentalmente infantería. Guisa dividió a su caballería en dos escuadrones y decidió atacarlos mientras cruzaban el río. Envió a una parte de sus hombres al otro lado para encontrarlos de frente, mientras él mismo, a la cabeza del resto, les cortaba la retirada. Lamentablemente su plan se vio frustrado por una pelea que surgió entre dos oficiales, y que terminó con uno de ellos atravesando al otro con su espada. Pero la parte de las tropas que mandaba el propio Guisa cumplió con su cometido. Antonieta y las damas de la corte pudieron contemplar la escena desde las ventanas del castillo en el que se refugiaban, entre aplausos y gritos de emoción después de haber visto el peligro tan cerca. 

Antonieta de Borbón

Claudio acababa de regresar de su campaña cuando un ejército de ingleses y flamencos invadió Picardía. Grande fue la alarma en la capital. Muchos de los ciudadanos más acaudalados empacaron sus cosas y huyeron hacia el sur. Los que se quedaron estaban tan consternados que parecían incapaces de decidir las medidas defensivas que deberían tomar. Guisa apareció entonces y declaró que había acudido a salvarlos o a perecer con ellos. 

No fue preciso, sin embargo, que volviera a acudir al campo de batalla, puesto que el ejército anglo-flamenco se retiró, satisfecho con el daño que había causado ya. 

Si Francisco I hubiera escuchado los consejos más prudentes, se habría contentado con ver al fin su reino libre de enemigos para poder dedicarse a reforzar las defensas para prevenir la posibilidad de otra invasión. Pero no pudo resistir la tentación de llevar la guerra allende los Alpes y vengar personalmente la traición del condestable de Borbón. Todos los mejores capitanes de Francia solicitaron permiso para acompañarlo, pero tal vez porque el rey quiso dejar a alguien capaz detrás, Claudio permaneció en París

Fuera buena suerte o magnífica capacidad de previsión, Guisa se salvó así de verse envuelto en la debacle de la batalla de Pavía, el 24 de febrero de 1525. Allí fue hecho prisionero el rey, al igual que la flor y nata de la caballería francesa que sobrevivió a la aplastante derrota. Ahora Guisa quedaba prácticamente como el único jefe capaz de inspirar confianza y defender el reino durante el cautiverio de Francisco I en España.

Batalla de Pavía

La madre de Francisco, a quien el rey había dejado como regente al partir, se encontró con una tarea abrumadora. El tesoro estaba exhausto, las tropas que debían defender el reino desaparecidas o dispersas, los mejores generales muertos o cautivos y el pueblo empobrecido y descontento. Desde los tiempos de Juana de Arco, Francia no había atravesado por tales peligros. 

Sin embargo Luisa de Saboya, con todos sus defectos, no carecía de coraje ni de capacidad, y de inmediato tomó las medidas oportunas para hacer frente al desastre. Luisa reunió un consejo de notables entre los cuales se encontraba el conde de Guisa. Era en él en quien depositaba la máxima confianza. Le hizo partícipe de sus sospechas acerca de las intenciones del duque de Vendôme, hermano de Antonieta, que no estaba conforme con los poderes que Francisco había conferido a su madre y planeaba apoderarse de la regencia como primer príncipe de la sangre. Guisa se entrevistó con su cuñado y le recordó la obligación de sacrificar las ambiciones personales a su deber, obteniendo de él la promesa de someterse a la autoridad de Luisa de Saboya

Claudio se convirtió en la persona más importante de cuantos rodeaban a la regente. Su influencia en este periodo crítico fue beneficiosa, pues sus consejos eran sensatos. Urgía, además, a pagar el rescate de los prisioneros cuanto antes y a toda costa, fuera cual fuese el precio exigido y a pesar de las malas condiciones financieras. 

Luisa de Saboya

Mientras la regente negociaba con Enrique VIII en la esperanza de apartarlo del emperador, bandas de campesinos luteranos surgían en las provincias alemanas que bordeaban el Rin e incitaban a los de Alsacia y Lorena a sacudirse el yugo y formar con ellos una especie de federación. A su paso saqueaban y quemaban castillos y casas, asesinaban sacerdotes, mujeres y niños y cometían toda clase de atrocidades. 

La regente logró reunir seis mil hombres que puso al mando de Guisa. Pero entonces el hermano del conde, Antonio de Lorena, escribió a Claudio muy alarmado ante el gran peligro que amenazaba a sus dominios, y le imploró que acudiera en su auxilio. Guisa no vaciló en traicionar la confianza que Luisa de Saboya había depositado en él y utilizó su pequeño ejército, el último recurso que le quedaba a Francia ante una posible invasión, para defender los intereses del ducado de Lorena. Sin pedir autorización ni advertir siquiera de sus intenciones, se dirigió a toda prisa hacia allá. Envió un emisario a los insurgentes exigiéndoles que se dispersaran y regresaran a sus hogares, pero estos, confiando en su superioridad numérica, ignoraron sus demandas y mataron al enviado. Entonces Claudio los atacó causándoles muchas bajas. 

Pero una sola victoria no era suficiente, porque un segundo ejército acababa de cruzar el Rin. Habían acampado en una posición fuerte a la que resultaba difícil para la caballería acceder, y, además, contaban con cañones. Guisa los atacó de noche, cuando la artillería era prácticamente inútil, y obtuvo una completa victoria. 

Francisco I

La regente y el consejo estaban indignados por su actitud, pero lo cierto es que Claudio había logrado salvar Alsacia y Lorena, y que era un general victorioso en un momento en que el resto solo podía contar derrotas. De ese modo fue capaz de presentarse como el defensor del orden establecido y de la religión católica contra bandidos y herejes. El Parlamento de París lo felicitó por su victoria, y el Papa Clemente VII despachó mensajes en el mismo tono. Tan grande fue la reputación que adquirió, no solo en Francia, sino en toda la Cristiandad, que cuando Francisco I regresó de su cautiverio en marzo de 1526, decidió que debía tratar a Guisa como príncipe de la sangre, y le confirió el rango de duque y par de Francia. 

Era la primera vez que alguien que no fuera de sangre real era elevado a este rango por la voluntad del monarca, e investido con los mismos derechos y privilegios. El asombro que causó este acto aumentó al elevar el rey el condado de Guisa a ducado. 

Así fue como esta rama de la Casa de Lorena fundó su propia Casa ducal por voluntad y graciosa concesión de Francisco I. Tiempo tendrían los descendientes del rey de Francia para lamentarlo.

lunes, 23 de enero de 2012

El origen de la Casa de Guisa

Claudio de Lorena

El duque René II de Lorena tenía seis hijos, además de otros varios que habían muerto durante la infancia. Todos fueron fruto de su segundo matrimonio con Felipa de Güeldres. Para casarse con ella, se había divorciado de su primera esposa, Juana de Harcourt. Pero, aunque los tribunales de Lorena habían anulado el primer matrimonio, la bula papal que confirmaba su decisión aún no se había promulgado cuando René se casó por segunda vez. Y como Juana aún vivía cuando nació el primer hijo del duque, Antonio, era previsible que tal vez un día el segundo, Claudio, disputara a su hermano mayor el derecho a heredar el ducado de Lorena alegando esa circunstancia. 

Para evitar que se produjera la catástrofe, René decidió alejar a Claudio. Sus dos hijos mayores habían sido educados en la corte de Francia, pero el segundo debía permanecer allí, naturalizarse francés y convertirse así en súbdito del rey. 

Antonio de Lorena, hermano de Claudio

En diciembre de 1508 fallecía René rodeado de su numerosa prole. En el testamento legaba la soberanía de Lorena a su primogénito, mientras que los feudos franceses que la Casa de Lorena había adquirido por matrimonio — entre ellos Guisa, por entonces un simple condado— irían a parar a Claudio

Era difícil acomodar a todos los hijos. Al tercero, Juan, le había sido entregado el rico obispado de Metz, pero a los tres menores, Ferry, Luis y Francisco, los dejaba dependiendo prácticamente de la generosidad del cabeza de familia. Los tres entraron al servicio de Francia e iban a encontrar la muerte en el campo de batalla: Ferry en Marignano, Francisco en Pavía y Luis durante el sitio de Nápoles en 1528.

Claudio, convertido en conde de Guisa a la muerte de su padre, era bien recibido en la corte. Era apuesto, de carácter alegre, y destacaba en el manejo de las armas y demás ejercicios propios de un caballero. Poseía, además, ese talento para hacerse popular entre todas clases de gente, algo que sería una característica en sus descendientes. Pero su exterior afable escondía una personalidad fría y calculadora y una ambición muy tenaz. Se consideraba a sí mismo un príncipe extranjero en lugar de un súbdito del rey de Francia, y reclamaba precedencia sobre todos los nobles franceses, incluso los príncipes de la sangre, puesto que afirmaba descender de siete Casas soberanas. 

Con apenas 18 años, fue uno de los príncipes encargados de acudir al encuentro de la segunda esposa de Luis XII, la joven María Tudor, hermana de Enrique VIII. Durante las celebraciones de la boda, tomó parte con gran éxito en un brillante torneo en el que logró desmontar a Charles Brandon, duque de Suffolk, el ardiente admirador de María. Charles Brandon se casaría con ella poco después, al enviudar María del rey de Francia. 

María Tudor y Charles Brandon, duque de Suffolk

Luis XII, en efecto, no sobrevivió mucho tiempo a los ajetreos de su nuevo matrimonio. A su muerte, el heredero de la corona era el joven duque de Valois, que se convertía en Francisco I. Esto abría unas magníficas perspectivas para Claudio, que ya se había atraído su amistad y favor. 

El nuevo rey decidió lanzarse a la conquista del Milanesado, territorio que reclamaba a través de los derechos de su bisabuela, Valentina Visconti, hija del duque de Milán. A finales del verano de 1515 cruzó los Alpes al frente de un poderoso ejército y descendió a las fértiles llanuras de Lombardía. Guisa lo acompañaba como lugarteniente de su tío materno, el duque de Güeldres, que comandaba los lansquenetes. Pero como al duque le llegó aviso de que sus tierras estaban siendo amenazadas, se vio obligado a volver a casa dejando el mando a su sobrino. Claudio, a punto de cumplir 19 años, ya se había ganado las simpatías de los soldados durante el difícil y peligroso paso de las montañas, por su valor, su energía y la consideración que mostraba hacia ellos. 

El 14 de septiembre, cerca de Marignano, él y sus lansquenetes, que componían la vanguardia del ejército, fueron atacados por mercenarios suizos al servicio de Maximiliano Sforza, duque de Milán. Tomados por sorpresa y claramente sobrepasados en número, los soldados de Claudio huyeron en desbandada a pesar de todos sus esfuerzos por retenerlos, y probablemente hubiera sucumbido allí mismo si no hubiese llegado el rey en persona a la cabeza de su ejército. Francisco cargó contra los suizos dándole a Claudio el tiempo necesario para reagrupar sus dispersas tropas. 

La batalla continuó hasta que la oscuridad obligó a suspender el combate, y se reanudó al amanecer. Uno de los hermanos de Claudio, Ferry, cayó a su lado, y a punto estuvo él de compartir su infausto destino cuando una bala de arcabuz atravesó su brazo derecho, otra el muslo y una tercera mató a su caballo. Claudio fue así derribado y quedó aprisionado bajo su montura. Herido e incapaz de moverse, hubiera muerto de no ser por la heroica acción de uno de sus hombres, que le cubrió con su propio cuerpo y recibió la mayor parte de los golpes dirigidos a su señor. 

Batalla de Mariñano

Finalmente los suizos se retiraron y la victoria fue para los franceses. El rey mandó rescatar a Guisa de entre la montaña de muertos y heridos que cubría la tierra. Tuvieron gran dificultad en identificarlo por lo desfigurado que estaba, pero finalmente lo recuperaron. Apenas daba señal alguna de vida cuando lo sacaron de allí. Lo condujeron a la tienda de su hermano mayor, el duque de Lorena, y aunque su situación era desesperada, finalmente su fuerte constitución y los buenos cuidados que le fueron dispensados lograron devolverle la salud. Su curación se consideró casi milagrosa, y ha pasado a los anales de la cirugía como un ejemplo del buen hacer de aquella época. Al cabo de un mes, Claudio era capaz de acompañar a Francisco I durante su entrada triunfal en Milán. 

A mediados de diciembre regresaron a Francia. El conde pidió entonces permiso al monarca para reunirse con su esposa, Antonieta de Borbón Vendôme, con la que se había casado dos años antes y que el 22 de noviembre había dado a luz en Bar-le-Duc al primero de los doce hijos del matrimonio. Fue una niña que llevaría el nombre de María y un día iba a casarse con Jacobo V de Escocia, una unión de la que nacería María Estuardo

La condesa se acercó a Joinville para encontrarse con su esposo. La reunión no careció de calidez, porque, a pesar de que Claudio la había desposado más por conveniencia que por sentimiento, se había encariñado con ella, y Antonieta, por su parte, nunca dejó de manifestar una intensa devoción hacia él. 

El 16 de febrero de 1520 nació el segundo hijo, Francisco, que sería conocido como Monsieur de Guise le Grand. Pocas semanas después el matrimonio se mudaba al castillo de Joinville, la imponente estructura que en su día había albergado a Juana de Arco y que en adelante iba a estar tan relacionado con la historia de los Guisa. Allí Claudio construyó para su esposa una encantadora casita conocida como el Château du Jardin. 

Antonieta de Borbón

En enero de 1519 había fallecido el emperador Maximiliano. Francisco I contemplaba con alarma cómo el rey de España podía hacerse también con el Imperio. La unión de España, Nápoles, los Países Bajos y el Imperio sobre una misma cabeza era un peligro que había que conjurar a toda costa. Para ello, el propio monarca francés entró en la lista de candidatos, dispuesto a competir con Carlos. Y, por supuesto, el conde de Guisa fue uno de sus más activos partidarios, combatiendo sin tregua aquellas opiniones más prudentes que le aconsejaban retirarse. Nuevamente le convenía a Claudio que Francisco tomara aquel camino, porque, si resultaba elegido, sin duda acertaría a mostrarle su gratitud. 

Todos los esfuerzos fueron en vano, y poco después resultaba elegido el joven rey de España, que se convertía en Carlos V. 

Comenzaba una larga y sanguinaria lucha entre ambos monarcas tan diferentes. La guerra estallaba en abril de 1521. Uno de los ejércitos franceses fue puesto al mando de Lautrec, hermano de Madame de Châteaubriant, la amante del rey. Su misión era defender el Milanesado. Otro, conducido por Bonnivet, más famoso por sus conquistas de alcoba que sobre el campo de batalla, invadió España; y un tercero, con el duque de Alençon al frente, cuñado del rey, se dirigió a la frontera flamenca. 

Fue en España donde Guisa hizo su primera campaña contra Carlos V. El objetivo era Fuenterrabía, punto clave en el norte. Pero el río, crecido por las lluvias, detuvo su avance. Bonnivet consideró imposible vadearlo con un fuerte contingente de tropas españolas apoyadas por la artillería en la otra orilla. Guisa lo instó a hacer el intento y se ofreció a abrir él mismo la marcha. Bonnivet consintió finalmente y Claudio se lanzó con osadía al río Bidasoa. Sus lansquenetes, después de arrodillarse para besar el suelo según su costumbre, siguieron a su líder. 

Bonnivet

El agua les llegaba a los hombros; los disparos de arcabuces y cañones caían a su alrededor, pero no se pensó en retroceder. Ganaron la otra orilla y se prepararon para cargar contra el enemigo, que se retiraba sin orden. Guisa avanzó hacia el castillo y abrió fuego. Pronto consiguió hacer una brecha. Sus hombres, deseando emular su valor, se jugaron a los dados cuál de ellos tendría el honor de encabezar el asalto, pero antes de que se diera la orden de avance, el castillo se rindió. La ciudad capituló y Claudio recomendó demoler sus fortificaciones; sin embargo Bonnivet estaba tan orgulloso de su conquista que “deseaba conservarla como un monumento a su gloria”, y, tal vez celoso del conde, sostuvo la opinión contraria.


Continuará el próximo día con la segunda y última parte

sábado, 21 de enero de 2012

Un baile en la Corte de Alfonso XII

Infanta Isabel de Borbón

El siguiente artículo apareció publicado el 22 de enero de 1877 en la revista La Ilustración Española y Americana, con firma de José Fernández Bremón. Describe el baile que el rey Alfonso XII y su hermana la infanta Isabel dieron en palacio la noche del 15 de enero:


Una fiesta en palacio es fiesta también en los talleres, y da vida y animación a infinitos ramos del comercio. Desde el obrador de zapatería, base indispensable del baile, hasta el del joyero y de la florista que se disputan el adorno de las cabezas más aristocráticas y bellas, disfrutan de esa alegría y satisfacción que proporciona el trabajo bien pagado. Las guanterías venden sus pieles más flexibles […], cuelgan de los escaparates […] las sedas más tupidas, las telas de ilusión que parecen aire tejido por las hadas; los encajes y blondas, que son, por su precio, tiras de billetes de banco; los aceites y vinagres de tocador que mezclan a su sal, de tocador también, las damas elegantes; flores, plumas, cintas, cadenas, medallones; todos esos objetos, y otros muchos, han dado movimiento al comercio, ocupación al artesano, y hecho circular en estos días por Madrid un río de oro y plata. 

Subamos la ancha y hermosa escalera de palacio, a cuyos lados forma la servidumbre en dos filas compactas, cuyos uniformes van marcando diversas categorías: entremos por la puerta de la izquierda, dejemos el abrigo en el guardarropa, y atravesando el salón del trono, dirijámonos al hermoso de las columnas, donde la orquesta dirigida por el señor Skoczdopole, espera la aparición de Su Majestad y Alteza Real. Si los cuatro mil convidados que en la noche del 15 asistieron al baile no parecían excesivos en los vastos salones abiertos, iluminados por millares de bujías, en cambio el salón de baile, corazón de aquella fiesta, era estrecho para contener el oleaje de seda y oro que afluía a sus puertas; las espléndidas colas de los trajes se plegaban a la entrada después de haber culebreado por la alfombra; las obras maestras de tijera y aguja, que, aisladas en un escaparate, hubieran producido gran efecto, perdían allí su individualidad, para fundirse en aquel conjunto soberbio de luz y colores. El rostro más bello se desvanecía en una atmósfera de hermosura, como se pierde la minutisa en un soberbio ramo: el prestigio nobiliario se confundía con tantos otros prestigios naturales propios de estos tiempos, los más aristocráticos de la historia; centelleaban los diamantes y las placas; brillaban el oro en los uniformes, la satisfacción en los semblantes y el raso en los vestidos; luz y perfumes, piedras preciosas y encajes, hermosura y nobleza, opulencia y talento, todo aquel conjunto parecía, no una fiesta pasajera, sino la vida natural y propia de aquellas regias salas. 

Alfonso XII

Podríamos entresacar algunas docenas de nombres distinguidos para ofrecer con ellos una especie de ramillete a los lectores; así lo hacen algunos revisteros, lo cual nos parece equivalente a presentar algunas flores para dar una idea de un jardín. […] Descompóngase aquel cuadro brillante, y tendremos por un lado al monarca, sonriendo y conversando afablemente con los convidados que encontraba al recorrer las habitaciones, y a Su Alteza Real prodigando palabras afectuosas; por otra parte, veremos cuerpos erguidos con esa solemnidad con que se alza de puntillas lo pequeño. Sin embargo de que fue brillantísima la fiesta de palacio, si tuviésemos idea exacta del papel que cada cual se figuraba hacer en ella, sumando todas esas vanidades, el baile resultaría infinitamente más espléndido. Esto es natural: caballero habría que al quitarse la banda que se cruzaba del hombro a la cintura, tan apegado estaba a ella, que le parecería quitarse una tira de pellejo. […] 

Los rigodones oficiales han terminado, y por fortuna para los curiosos que desean presenciarlos, los anchos espejos del salón han permitido participar del espectáculo a personas que por hallarse lejos no creían disfrutarlo. Dejemos que algún sediento se deslice por las habitaciones de Su Majestad, hasta la sala en que, mientras se abre el buffet, se sirven los refrescos: ha corrido la voz, y el calor formará pronto por aquel lado una respetable caravana; otra voz conduce a los fumadores por el lado opuesto, buscando en el piso entresuelo ese desahogo patriótico que ahúma nuestras oficinas y despachos. Mirando por la vidriera se distingue en la plaza de armas una hermosa iluminación: son las luces de los coches colocados en dos filas y en formación correcta, que, de espaldas al Campo del Moro, llegan desde palacio a la armería. En las salas de fumar se ve que es una calumnia achacar el vicio a los españoles solamente: respetables diplomáticos extranjeros se entregan también al más inocente de los vicios. Pero la fiesta atrae… y los fumadores se renuevan con verdadera rapidez: no atraen los uniformes variados, ni el caftán birmano que alegra la vista como el ver los Reyes Magos; ni la encendida casaca del Sanjuanista; ni los ojos que nos miran desde las solapas de un ministro o consejero, sino los ojos negros y azules que brillan por todos los salones, los cuerpos aprisionados en encajes, los pies torturados por la seda, sin más compensación de tantas estrecheces que la libertad de las gargantas. 

Infanta Isabel de Borbón

—¡Aquella cabeza vale una ciudad! —pensábamos mirando una corona de brillantes que resplandecía en un círculo de luz— ¡Qué soberbia esa mata de cabellos, que no admite ni una flor, ni un ligero adorno, como bastándose a sí propia! ¡Qué blancura la de esa espalda que resalta sobre el raso blanco del escote! Aquella niña pálida con traje negro, parece una estatua de ébano y marfil. ¿Qué significan esas flores negras en aquel traje claro y cerca de aquel rostro lleno de luz y de hermosura? ¿Acaso una primavera de luto? Por allí viene una dama espléndida, que es entre las demás, por su tamaño, una magnolia entre violetas. ¡Qué rostro tiene tan interesante! Hay en esa cara macilenta y hermosa, en su aire enfermizo, en su juventud que no prospera, el presagio de una muerte casi en la niñez, y todo esto constituye una triste pero simpática distinción: es la aristocracia del sepulcro. En cambio, aquella venerable señora de cabellos blancos representa a la aristocracia de la cuna. Fijándonos detenidamente en los detalles del tocado más sencillo, asombra el arte, las industrias y aun las ciencias que contribuyen a formar esas obras maestras de gracia y elegancia: desde el químico que ha encontrado la piedra filosofal convirtiendo el cabello en oro, hasta el miniaturista de los pies […] 

—No he podido ver un zapatito de raso en toda la noche —decía un extranjero, gran admirador de los pies de nuestras paisanas: son tan pequeños que asoman con gran dificultad bajo el vestido. 

—Es difícil, en efecto —contestó un español—, pero si la moda continúa bajando el cuerpo de los trajes, no desconfíe usted de verlos al final de los escotes. 

—No puede ser mejor la llave del cielo —decía un poeta, mirando con admiración una llave cuajada de brillantes. 

—Aquel señor está envuelto en una verdadera funda de oro —decía otro, envuelto en la modesta funda negra. 

—Pues sepa usted que además está forrado de talones del banco. 

—¿No baila usted? —preguntaban a una especie de torreón con uniforme militar. 

—No tengo pareja —contestaba su voz desde la araña. 

—¿Ya brigadier ese muchacho? —decía un comandante. 

—Se siente uno humillado entre tantos generales —decía a poca distancia el bridadier. 


El salón de baile se había despejado, desahogándose en las extensas galerías del buffet. SS. M. y A. se habían retirado hacía tiempo, y el baile continuaba, mientras cenaban más de tres mil personas en un orden que solo se concibe en la más espléndida abundancia. Dos horas después de entregada al reposo la real familia, rodaban por la plaza de armas los últimos carruajes que conducían a los más rezagados; porque, en efecto, costaba cierta pena abandonar aquellos magníficos salones y que se disolviese tan brillante concurrencia. 

—¡Fiesta y baile! —murmuraba acaso con rencoroso acento algún embozado, mirando de reojo en la calle los trenes que se alejaban. 

No consideraba que en aquellos vastos salones, residencia de un monarca y una princesa, llenos de juventud, la noche del 15 ha sido la única de fiesta y baile en el espacio de dos años, mientras el particular tiene todas las noches bailes públicos para su esparcimiento y su solaz. Por otra parte, en esas fiestas la familia real tiene su diversión muy limitada, reduciéndose a bailar algunos rigodones con sujeción a la etiqueta, y recorrer algunas salas haciendo algún cumplido y sin la libertad que es el encanto de esos bailes, y dentro del respeto y la cortesía. Allí disfruta todo el mundo; no son tampoco salones cerrados a la clase popular, pues tiene en ellos su representación en corporaciones y personas dedicadas a la industria, a las artes y al comercio. Los bailes de palacio no son una diversión para el monarca, sino un medio de estrechar relaciones con su pueblo, que acude en número crecido a disfrutar de esa fiesta regia, haciéndose los convites con un criterio amplio, que permite asistir al baile a personas distinguidas por su nacimiento, posición, servicios al país en todas las esferas de la actividad y del trabajo, inteligencia y nombre respetable...

José Fernández Bremón 



Fundada en Madrid en el año 1869 por Abelardo de Carlos, la revista apareció los días 8, 15, 22 y 30 de cada mes hasta su desaparición en 1921. Resulta un valioso instrumento para el estudio de la época, un recurso que pueden encontrar en la biblioteca virtual Miguel de Cervantes

miércoles, 18 de enero de 2012

Secretos de belleza en la antigua Roma

Vanidad - Guillaume Seignac

El uso de cosméticos en la antigua Roma no era exclusivamente femenino. También los hombres recurrían a ellos para mejorar su aspecto, si bien la sociedad más conservadora solo consideraba aceptable el empleo de perfumes y la depilación. Un esfuerzo excesivo por mejorar el aspecto, habría provocado que un hombre cayera en el ridículo durante la época de la República. No obstante, eran muchos los que se maquillaban, se peinaban y cuidaban su cuerpo con baños y masajes, preocupados por la estética casi hasta la obsesión. 

Quitarse demasiado vello se consideraba afeminado, pero lucirlo en todo su esplendor resultaba demasiado rústico para el gusto romano. Había que encontrar, pues, un término medio. Para la depilación se utilizaba pasta de resina o piedra pómez. Las ancianas, por cierto, no se depilaban: esto se hubiera considerado ridículo, puesto que se veía fundamentalmente como una preparación con connotaciones sexuales. 

En el siglo III a. C. algunos romanos comenzaron a afeitarse la barba, aunque la práctica no se generalizó hasta que Escipión el Africano lo puso de moda a comienzos del siglo II a. C. Las clases más humildes no siempre seguían la moda. Esto era lógico teniendo en cuenta que un romano consideraba muy difícil afeitarse por sí mismo, y lo normal era acudir a las barberías que podían encontrarse por toda la ciudad. En el Imperio Romano, los servicios de peluquería corrían a cargo del tonsor, entre cuyos cometidos figuraba el corte del pelo, la barba y el afeitado. La tonstrina, es decir la habitación del barbero, era un auténtico centro de cotilleo

El Frigidarium -Alma Tadema

Había multitud de demandas judiciales contra los barberos a causa de accidentes causados en el ejercicio de su profesión. Marcial recuerda a los transeúntes el peligro que un tensor puede entrañar: 

“Aquel que aún no quiera descender al mundo de los muertos, que evite al barbero Antíoco… estas cicatrices en mi barbilla, si podéis contarlas, pueden parecer las de la cara de un boxeador, pero no se produjeron así, ni tampoco por las garras de una esposa enfurecida, sino por la maldita navaja y la mano de Antíoco. La cabra es el único animal sensato: al conservar su barba, consigue vivir escapando a Antíoco”. 

Para el afeitado se empleaban jabones rudimentarios o de aceite, pero al acabar el trabajo solo se aplicaba agua, servida en aguamaniles de plata. El propio Marcial menciona también a una mujer que ejercía el oficio de barbero, aunque no tenía buena reputación. 

Llevar pantalones, por supuesto, era una vergüenza, algo propio de los bárbaros. En el año 397 el emperador Honorio decretó penas muy severas para los hombres que osaran aparecen en pantalones en la “venerable ciudad” de Roma. 

Las termas de Caracalla - Alma Tadema

Las termas romanas eran baños públicos con estancias dedicadas a actividades gimnásticas y de tipo lúdico, por lo que se consideraban al mismo tiempo centros de reunión para la gente que no podía permitirse tener baño en casa. Eran tan populares que en Roma se edificaron los de Caracalla, con capacidad para 1.600 personas, y los baños termales de Diocleciano, que podían albergar a 3.000. En el siglo IV había 900 en la ciudad. 

Cuando Julio César regresó de sus campañas y trajo consigo unos esclavos que causaron sensación en Roma debido al color de su piel y sus cabellos, entre las romanas se puso de moda ser rubia. Pronto comenzaron a circular toda clase de fórmulas y ungüentos para aclarar la piel y teñir el cabello, algo que anteriormente solo hacían las prostitutas. Las romanas más acaudaladas rociaban sus cabellos con oro en polvo, o se teñían con un cosmético que importaban de la Galia, mientras que las clases más humildes tenían que conformarse con agua de potasio, flores amarillas y otros mejunjes bastante abrasivos. Una solución era el empleo de pelucas elaboradas a base del cabello que se les cortaba a los esclavos galos. 

Los hombres llevaban el cabello corto y solían sujetarlo con una cinta. Las mujeres elegían entre una amplia variedad de peinados: podían dejar caer su cabello rizado, en forma de tirabuzón o ligeramente ondulado, o bien recogerlo en moños sobre la nuca, envueltos con redecillas y cintas. 

Tocador de una matrona romana - Juan Giménez Martín

Para las romanas era muy importante tener la piel blanca y suave, aunque con las mejillas un poco sonrosadas. A tal efecto usaban extractos de limón, rosa y jazmín, y para las arruga, cera de abejas, aceite de oliva y agua de rosas, o bien grasa de cisne o goma arábiga. Para el colorete empleaban diversas sustancias, sin importarles el peligro que entrañaba que algunas de ellas fueran venenosas. La más cara y apreciada era un ocre rojo importado de Bélgica. Además blanqueaban sus dientes con piedra pómez en polvo, y los había postizos, hechos de hueso, pasta y marfil. 

Frecuentemente se aplicaban mascarillas de belleza antes del maquillaje. Los baños en leche de burra eran un tratamiento muy caro que funcionaba como exfoliante y fueron utilizados por Cleopatra y Popea Sabina. Después del baño se aplicaban un blanqueador facial, como por ejemplo polvo de tiza, estiércol de cocodrilo o albayalde. También era popular la cera de abeja, el aceite de oliva, agua de rosas o azafrán. No les gustaban las pecas, que trataban con ceniza de caracol, y detestaban cualquier clase de marca en la piel. 

Ya se conocía la cirugía estética. Intentaban minimizar y ocultar las cicatrices con parches de alumbre, pero contaban con un método quirúrgico para eliminarlas. Para un hombre eran especialmente vergonzosas las de la espalda, por sugerir que había dado la espalda en batalla o que había recibido azotes como esclavo. En el siglo I se operaba la nariz, ojos, labios y dentadura. La operación de nariz era demandada por mujeres adúlteras y ladrones que habían sufrido como castigo la amputación del apéndice nasal. 

La toilette de una dama romana - Simeon Solomon

Las mujeres se aplicaban los cosméticos en privado, normalmente en una pequeña habitación cuya entrada estaba vedada a los hombres. Había esclavos cuyo cometido era ocuparse de las cuestiones de tocador. Eran los llamados cosmetriae, mientras que las ornatrices eran esclavas y libertas que ejercían como camareras o doncellas especializadas en el peinado y aderezo personal. La formación de los cosmetraiae corría a cargo de maestros cualificados. 

Los cosméticos, o más propiamente el uso excesivo de los mismos, se consideraba inmoral y estaba especialmente asociado a las prostitutas. Según Juvenal, “una mujer compra perfumes y lociones con el adulterio en mente”. Lo correcto era utilizar poco maquillaje, justo lo necesario para realzar la belleza natural, pues el uso de cosméticos se veía como una maniobra para engañar y manipular a los hombres. Las vestales, por supuesto, no debían utilizar maquillaje, puesto que tenían que parecer siempre castas. 

Cuando las romanas salían, debían llevar la cabeza cubierta. Hay una historia sobre un romano excesivamente conservador en tiempos de la República que se divorció de su esposa porque había sido vista en público con la cabeza descubierta. Alegó que su belleza era para contemplarla él, y no todo el mundo. 

Las mujeres utilizaban abundantes cantidades de perfume, puesto que se creía que oler bien era señal de buena salud, protegiendo contra la fiebre y la indigestión. En los hombres se consideraba impropio, aunque algunos también se perfumaban. Contaban incluso con desodorantes elaborados a base de alumbre, lirios y pétalos de rosa. 

El collar de flores - François Edouard Zier

Los espejos en la Antigua Roma eran sobre todo de mano y de metal pulido, aunque también los había más grandes para colocar en la pared. Pero pasar demasiado tiempo delante del espejo denotaba debilidad de carácter

Los ojos considerados hermosos tenían que ser grandes y bordeados de largas pestañas. Plinio el Viejo escribió que las pestañas se caían con el abuso del sexo, de modo que era importante para una mujer mantenerlas largas para demostrar su castidad. Se aplicaban kohl con un palillo redondo de marfil, hueso o madera. Este palillo se mojaba en aceite o en agua antes de utilizarlo para aplicarse el kohl, que venía en tubos con compartimentos para almacenar varios colores. También podían sombrear los párpados con la venenosa malaquita para obtener el color verde o la azurita para el azul. 

Las cejas más apreciadas eran oscuras y muy juntas, casi unidas. Las maquillaban para conseguir ese efecto, pero en el siglo I a. C. comenzaron a depilarlas. No hay pruebas de que demuestren el uso del la pintura labial, pero sí de un tinte rojo para las uñas. 

La vendedora de flores - John William Godward

El maquillaje solía venir en tabletas y se vendía en los mercados. Existían también tiendas especializadas en la venta de cosméticos que recibían el nombre del vendedor. Una de las más populares era la del pigmentarius, pero también estaba el ungüentarius y el farmacopola

Las romanas más acaudaladas compraban unos cosméticos muy caros que venían en recipientes de oro, madera, cristal o hueso. De hecho, algunos productos tenían precios tan prohibitivos que la Lex Oppia intentó limitar su uso en el 189 a. C. El tocador de una mujer elegante estaba lleno de hileras de pequeños frascos contenedores de toda clase de remedios de belleza que a veces no resistían el calor o la lluvia. Encontramos al respecto estas poco galantes palabras de Marcial: “el colorete de Sabella teme al sol”

Algunas señoras se cargaban de una enorme cantidad de joyas, fuera apropiado o no a la ocasión. Se apreciaban especialmente las perlas y las esmeraldas, pero no los diamantes, puesto que aún no se había descubierto el modo de tallarlos y pulirlos. 

Como curiosidad, el sudor de los gladiadores se consideraba un poderoso afrodisíaco además de un tratamiento de belleza para mejorar la piel, y se vendía como souvenir en puestos situados en el exterior del circo. ¡Era carísimo! 



Fuentes:
El trabajo en la Hispania romana - Juan Francisco Rodríguez Neila 
alasparavivir.com.ar/notas/bellezanatural012.php
Life in ancient Rome - Frank Richard Cowell 
en.wikipedia.org/wiki/Cosmetics_in_Ancient_Rome
ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC1289586/pdf/jrsocmed00212-0059.pdf
refineriadecaballeros.wordpress.com/2008/10/20/imperio-romano-la-barberia-i-2/
refineriadecaballeros.wordpress.com/2008/10/21/imperio-romano-la-barberia-iv/ 
/lasmilrespuestas.blogspot.com/2009/11/curiosidades-sobre-la-cirugia-plastica.html
fr.wikipedia.org/wiki/Histoire_de_la_chirurgie 
legionxxiv.org/gladiatorarena/
telva.com/2008/04/23/estarguapaespeciales/1208942444.html

lunes, 16 de enero de 2012

La Ley Sálica en Francia

La ley sálica en un manuscrito del siglo VIII

“In terram salicam mulieres ne succedant” 

Los francos salios tenían una ley que apartaba de la herencia a las mujeres, y que por proceder de ellos se conoce como “sálica”. 

Entre el 507 y el 511, durante los últimos años del reinado de Clodoveo, tiene lugar la primera redacción conocida del Pactus Legis Salicae, código legal de los francos. En él, el título 59 se dedica a regular la sucesión de aquellos que hubieran fallecido sin descendencia. En su artículo cinco y último precisa lo siguiente: “En cuanto a la tierra, que ninguna parte de la herencia sea entregada a las mujeres, sino que sea íntegramente transmitida al sexo masculino”. 

La exclusión se venía practicando desde la época de los romanos, cuando estos entregaban tierras a los caudillos francos a cambio de sus servicios militares. Pero no parece haberse correspondido con ninguna tradición germánica previa. Incluso dentro de los francos tenía detractores, como refleja el Formulario de Marculfe, que data de finales del siglo VII y principios del VIII: “Existe una costumbre tan antigua como impía, y es que las hermanas no compartan con sus hermanos las tierras paternas”. 

Posteriormente se hicieron nuevas versiones, en tiempos de Pipino el Breve y de Carlomagno. La palabra “tierra” se cambió por “tierra sálica”, designando así al patrimonio considerado como ancestral de los francos, y no al adquirido más tarde. De ese modo, con los carolingios la norma no fue de aplicación, y a partir del siglo IX la ley sálica cayó en el olvido

Coronación de Carlomagno

La norma, desde luego, no hacía ninguna alusión a la Corona, pero durante el siglo XIV, en tiempos de los últimos reyes de la dinastía Capeto, la complicada situación sucesoria hizo conveniente rescatar aquella vieja norma y adaptarla convenientemente a espurios intereses. 

En el año 1328 la dinastía tocaba a su fin. Tres hermanos se habían sucedido en el trono: Luis X, Felipe V y Carlos IV. El primero de ellos había muerto en 1316. Dejaba una hija, Juana de Francia, de seis años de edad. La madre de esta niña había sido Margarita de Borgoña, la reina de trágico destino, fallecida en extrañas circunstancias mientras permanecía prisionera en una fría y húmeda fortaleza, acusada de adulterio. (En su día nos ocupamos de ese episodio en este link)

Luis había vuelto a casarse, y la viuda, Clemencia de Hungría, esperaba un hijo cuando el rey murió. Felipe, el hermano de Luis, se designó a sí mismo como regente mientras se esperaba el nacimiento del bebé real, que, si era un varón, se convertiría en el nuevo rey. Así fue, pero el pequeño, que reinó como Juan I, falleció al cabo de tan solo cinco días de vida. 

Matrimonio de Carlos IV y María de Luxemburgo

La situación era complicada: la única descendencia que le quedaba a Luis era una niña cuya madre había sido acusada de adulterio. Dadas las circunstancias, era inevitable que en cierto modo planeara sobre la pequeña Juana la sombra de una posible ilegitimidad, aunque tal pensamiento no fuera en verdad fundado y su nacimiento se hubiera producido varios años antes del escándalo. Pero no era previsible que una niña de corta edad e hija de una reina de memoria infame fuera a recabar muchos apoyos, de modo que Felipe aprovechó las circunstancias y jugó sus bazas para coronarse él mismo como rey en 1317. Para poder apartar del trono a su sobrina, recuerda la vieja ley sálica y decide aplicarla a la Corona, algo que nunca se había hecho ni precisado hacer antes, porque todos los reyes hasta entonces habían dejado un heredero varón. 

La ley promulgada por Felipe fue conocida como Ley de los Varones. Pero el destino es a veces burlón, y resultó que el propio rey dejó a su muerte una descendencia abundante en hijas, pero ningún varón que le sobreviviera ni superara la infancia. 

Así pues, es su hermano menor, Carlos IV, quien le sucede. Curiosamente este último también fallece sin dejar más que descendencia femenina y una viuda esperando un hijo póstumo. La ley sálica determinaba que, al no poder heredar la corona las hijas, si no nacía un varón la dinastía tocaría a su fin. En tal caso, sería preciso determinar qué candidato tenía más derechos a suceder a Carlos. Los tres candidatos fueron: 

-Felipe de Evreux, nieto de Felipe III y futuro esposo de Juana de Francia, la despojada hija de Luis X. 

-Eduardo III de Inglaterra, hijo de Isabel, la hermana de los tres últimos monarcas Capeto. 

-Felipe de Valois, otro nieto de Felipe III y primo, por tanto, de los últimos reyes. 

Eduardo III de Inglaterra

Una asamblea de nobles franceses elige a este último, que se convierte en Felipe VI al día siguiente de que la reina diera a luz a una niña. Pero había que hacer algo para lograr que el candidato inglés no pudiera presentar mejor título, y a tal efecto se consideró oportuno modificar la ley sálica especificando que las mujeres, además de quedar excluidas de la sucesión, no podrían tampoco transmitir la Corona. De ese modo se aseguraban de que Eduardo III de Inglaterra no recibiera el derecho de su madre. 

El inglés manifestó su desacuerdo con esta triquiñuela, y el conflicto que se originó no fue pequeño: era el comienzo de la Guerra de los Cien Años. 

La ley nada decía acerca de la regencia de las mujeres. Impidió reinar a la capaz Ana de Francia, hija de Luis XI, pero le permitió ejercer la regencia durante la menor edad de su hermano Carlos VIII. Sin embargo, a la muerte de éste, Ana hubo de ver cómo la Corona pasaba a su primo, que reinó como Luis XII. 

Ana de Francia

Nunca tuvieron fácil las mujeres ejercer el gobierno. El silencio que guardaba la ley sálica al respecto daba pie para que se alzaran muchas voces que exigían que fuera aplicada a todos los aspectos del ejercicio del poder. En tiempos de Catalina de Médicis se escribieron diversos panfletos en su contra. Uno de ellos, Discours merveilleux de la vie, actions et deportements de Catherine de Médicis, reine mère, era un llamamiento a la unión sagrada contra la soberana, fundada en “la autoridad de nuestra ley sálica”. En él Catalina es la reina negra, la extranjera maléfica, horrible furia y madre desnaturalizada experta en el arte del doble juego. El texto, cuya primera edición aparece en 1575, fue ampliamente difundido por los hugonotes y traducido a muchas lenguas europeas además de al latín. 

Fue precisamente en la época de Catalina de Médicis cuando aparece la expresión “ley fundamental”, que es aplicada a la ley sálica. Desde ese momento se considera “primera ley fundamental del Estado francés”

Los hijos de Catalina también se suceden en el trono sin dejar descendencia. Los católicos sostienen entonces la candidatura de Carlos de Borbón, y los protestantes a Enrique de Navarra, que finalmente se hace con la Corona gracias a la ley sálica, convirtiéndose en Enrique IV. Los otros candidatos, al ser príncipes de sangre real por línea femenina, o nacidos en el seno de familias extranjeras, poco cuentan en el concurso. Solo el rey de España, Felipe II, impugna la ley para defender los derechos de su hija, nieta de Enrique II y Catalina de Médicis. Razón de más para que los franceses cierren filas en torno a la ley sálica. 

Catalina de Médicis

Ni Enrique IV, ni Luis XIII ni Luis XIV la ratifican, pero tampoco precisan el modo en que se debe transmitir la corona, y las regentes María de Médicis y Ana de Austria nada dicen al respecto. 

En 1789, reunida la Asamblea Nacional para redactar la primera constitución, se estipulaba que “la realeza es indivisible, y transmitida por herencia dentro de la dinastía reinante, de varón a varón, por orden de primogenitura, con exclusión perpetua de las mujeres y de su descendencia” (Título 3, capítulo 2, artículo primero). 

La ley sálica continuó aún vigente durante la restauración borbónica, de 1814 a 1830.