lunes, 31 de diciembre de 2012

Brindis a lo humano y lo divino


Otro año se nos va y, según he podido observar, casi nadie lo lamenta esta vez. Estamos ansiosos por ver cómo al fin se marcha y nos deja en manos de otro que sea más clemente. Porque esperamos que el próximo lo sea. Tal vez con poca convicción, pero nos aferramos con las fuerzas que nos quedan a esa tenue esperanza. 

La despedida de este año malvado, que tanta alegría nos da ver partir, merece un brindis por todo lo alto: el brindis a lo humano y lo divino, del gran poeta chileno Nicanor Parra, que podrán escuchar pinchando aquí. 


Brindo, dijo un lenguaraz,
Por moros y por cristianos
Yo brindo por lo que venga
La cosa es brindar por algo.
Yo soy así, soy chileno,
Me gusta pelar el ajo,
Soy barretero en el norte,
En el sur me llaman huaso,
Firme le doy la semana,
No como si no trabajo;
De Lunes A Viernes sudo
pero cuando llega el Sábado
No negaré que con gana
Me planto mis buenos tragos,
Con el favor de mi Dios
¡Por algo me llamo Pancho!
En la variedá está el gusto,
Donde me canso me paro,
Todo me podrán quitar,
Pero la chupeta ¡cuándo!
Cuando a la perdiz le salga
Cola, cuando vuele el chancho.
Qué bueno es, pienso yo,
Brindar entre plato y plato
Y ver que esta vida ingrata
Se nos va entre trago y trago
A ver, señora, destape
Un chuico del reservado
Que todavía nos queda
Voz para seguir brindando.
Yo quiero brindar por todo
–Ya me arranqué con los tarros–
Brindo por lo celestial
Y brindo por lo profano,
Brindo por las siete heridas
De Cristo crucificado,
Brindo por los dos maderos
Y brindo por los tres clavos.
¡Cómo no voy a brindar
Por griegos y por romanos,
Por turcos y por judíos,
Por indios y castellanos,
Si antes de que salga el sol
Tenimos que darle el bajo
A toda la longaniza!
¡Le dijo el pequén al sapo!
Aquí no se enoja naiden
¡Vamos empinando el cacho!
Mañana será otro día
¿Nocierto compaire Juancho?
¡Ya pus compaire Manuel!
¡Al seco! ¡Qué está esperando!
¿Ha visto una mala cara
O se le espantó el caballo?
A mí no me viene usté
Con pingos alborotaos
¿No ve que soy de Chillán?
–Trompiezo…, pero no caigo–

Hay que aprovechar las últimas
Botellas que van quedando
Dijo y se río el bribón
Que el día menos pensado
A una vuelta del cerro
La flaca nos echa el lazo. 


Hagamos pues, como el de Chillán: tropecemos, sí, pero no caigamos, y brindemos lo que podamos antes que la flaca nos eche el lazo. 

Adiós, 2012. No te echaremos de menos. Apenas te hayas ido, sepultaremos tu recuerdo en la tumba del olvido. 

¡Feliz Año Nuevo!

sábado, 29 de diciembre de 2012

Ritos funerarios en la antigua Grecia

Andrómaca llorando la muerte de Héctor - Jacques Louis David


"… Los inmortales te enviarán a la llanura elísea y a los límites de la tierra en donde está el rubio Radamanto; precisamente aquí tienen los hombres su modo de vida: no hay nieve, ni en efecto un fuerte invierno, ni lluvia nunca, sino que siempre Océano permite las ráfagas del Céfiro que sopla suavemente para refrescar a los hombres…" (Homero)


Los antiguos griegos rendían los últimos honores a los difuntos para que sus espíritus no vagaran sin descanso por las orillas del Aqueronte, excluidos de los Campos Elíseos. El Aqueronte era uno de los cinco ríos del Inframundo, y cuenta la leyenda que en él se hundía todo excepto la barca en la que Caronte transportaba las almas de los difuntos hasta el Hades, la morada de los muertos. Allí guardaba las puertas el Can Cerberos, un monstruo con tres cabezas y una serpiente en lugar de cola. El perro infernal tenía por misión impedir la salida a los muertos y la entrada a los vivos. 

Los viajeros pagaban por la travesía con un óbolo o moneda que se depositaba bajo la lengua o sobre los ojos. Si alguno era demasiado pobre para pagar el pasaje, o no se había celebrado debidamente su entierro con los ritos apropiados, se veía obligado a vagar durante cien años por las orillas del río hasta que Caronte accediera a llevarlos gratis. 

En el Hades el dios del mismo nombre, hermano de Zeus y Poseidón, reinaba sobre las sombras de los muertos junto con su esposa Perséfone. Se trataba de un soberano despiadado que no permitía a sus súbditos regresar al mundo de los vivos. 

Caronte y Psique - Stanhope

Había tres jueces del Infierno: Radamanto, Minos y Éaco. Este último juzgaba a los occidentales, y Radamanto a los orientales, mientras que Minos tenía el voto decisivo. “El cretense Radamanto ejerce aquí un imperio durísimo. Indaga y castiga los fraudes y obliga a los hombres a confesar las culpas cometidas y que vanamente se complacían en guardar secretas, fiando su expiación al tardío momento de la muerte. Al punto de pronunciada la sentencia, la vengadora Tisífone, armada de un látigo, azota e insulta a los culpados, y presentándoles con la mano izquierda sus fieras serpientes, llama a la turba cruel de sus hermanas", las Furias. (Virgilio) 

Lo opuesto eran los Campos Elíseos, algo así como el cielo de los cristianos: un lugar en el que los héroes y todos aquellos que en vida habían practicado la virtud y el respeto a los dioses residían felices después de la muerte. Quienes allí se encontraban podían regresar, pero no era esta una opción muy popular entre los espíritus, que generalmente preferían permanecer en su paraíso de hermosos paisajes. En los Campos Elíseos siempre era primavera; reinaba el día, la alegría y los juegos, y sus habitantes disfrutaban de la luz. 

Los griegos adornaban a los cadáveres con flores y guirnaldas para su último viaje, los enterraban con ceremonia y consideraban las tumbas lugares sagrados que no debían profanarse. Los cuerpos de quienes morían en el extranjero se traían a casa, o, si esto no era posible, en su lugar de nacimiento se erigía una tumba vacía, un cenotafio (de kenos, que significa “vacío” y taphos, “tumba”). Consideraban deshonroso incluso negar al enemigo un entierro digno, y por eso, tras la batalla, interrumpían las hostilidades hasta que ambas partes hubiesen enterrado a sus muertos. 

Las leyes de Solón eximían al hijo de toda obligación hacia su padre si este había cometido algún acto indigno contra él, a excepción de la de enterrarlo “según la costumbre prescrita en honor a los dioses y a la ley”. Solo estaba excluido de este derecho quien había traicionado a la patria o cometido un crimen capital. Su cuerpo permanecía entonces insepulto, a merced de las bestias salvajes. 

Las aguas del Leteo junto a las llanuras Elíseas - Stanhope. El Leteo era uno de los ríos del infierno. Sus aguas sumían a los muertos en el olvido de sus asuntos mundanos.

Cerrar los labios y los ojos del difunto era, ya en tiempos de Homero, la primera muestra de amor. Después de haber lavado el cadáver, lo ungían y vestían con prendas blancas finas, dejando solo la cabeza al descubierto. Luego lo depositaban sobre un clino, con los pies orientados hacia la puerta de la casa. El cuerpo se exhibía durante varios días, tiempo en que se sucedían los lamentos por parte de familiares y amigos. Por último se colocaba en una pira funeraria en torno a la cual sacrificaban simultáneamente ovejas y terneros. Cuando el fuego había completado su misión, las cenizas del difunto se rociaban con aceite y vino y se recogían en urnas o cajas de materiales valiosos. La urna, cubierta con ricas telas púrpura, se depositaba en la tumba. Sobre ella se amontonaba tierra, y una comida en la que se alababa al difunto ponía punto final a la ceremonia. 

Al principio los ritos del entierro eran muy sencillos. La tumba la cavaban los parientes más cercanos, y después sembraban grano en el montículo de tierra bajo el que se enterraba el cadáver. Las costumbres más lujosas de épocas posteriores hicieron que las pompas fúnebres, reservadas en un principio para héroes, llegaran a ser costumbre en todas las clases sociales. Solón reguló los entierros, prohibiendo la exhibición prolongada del cadáver y otros abusos, pero en conjunto apenas cambiaron desde las ceremonias descritas por Homero. 

Un entierro nocturno se consideraba deshonroso: “la luz de Helios” debía acompañar al difunto a su oscura morada mientras las mujeres protegían el cadáver del sol y las moscas con sombrillas y abanicos. El cortejo del entierro lo abría por la mañana temprano un coro alquilado que cantaba canciones tristes, o bien mujeres tocando la flauta y seguidas de hombres con ropas grises o negras y el pelo cortado. Detrás iba el difunto, generalmente transportado por parientes o amigos. Las acompañantes femeninas iban detrás, si bien la ley de Solón excluía a toda aquella que no alcanzara la edad de 60 años, a no ser que fueran familiares muy próximas. 

La barca de Caronte - Patinir

La elección del lugar para el entierro y las ceremonias en torno a él variaban en función de los medios económicos del difunto y las costumbres de las diferentes tribus. En los primeros tiempos los lugares de enterramiento parecen haber sido las propias casas de las personas fallecidas, pero como el contacto directo con los muertos no resultaba higiénico, surgieron en Atenas cementerios fuera de los muros de la ciudad. Esparta y Tarento tenían cementerios dentro de la población para fortalecer la mente de los jóvenes contra el temor a la muerte. 

Según Tucídides, “los atenienses preparaban un funeral público para aquellos que caían en la batalla de esta manera: tres días antes levantaban una tienda en la cual mantenían a la vista al caído; cada uno podía llevar allí ofrendas para los parientes del difunto. En el funeral, los féretros de madera de ciprés se colocaban en carretas, cada una de ellas asignada para un phyle [tribu]... . Para los desaparecidos, cuyos cuerpos no se han recuperado, se lleva un féretro vacío cubierto. Acompaña al cortejo el ciudadano o extranjero que lo desea, y las mujeres asisten al funeral con lamentos. Los restos se entierran en una tumba pública que hay en la zona más hermosa de las afueras de Atenas. Este lugar se utiliza siempre para enterrar a los caídos en batalla, con la excepción de aquellos que resultaron muertos en Maratón, que están enterrados en el lugar; su valor se considera digno de esa distinción. Después de que los huesos se han cubierto de tierra, un hombre sabio y respetable, elegido por los ciudadanos, pronuncia el pertinente elogio de la víctima, tras lo cual se marchan todos . Este es el modo como los entierran.” 

El lugar de las afueras al que se refiere Tucídides era el kerameikos, antiguo barrio de los alfareros y la mayor necrópolis de Grecia. Temístocles hizo construir un muro alrededor del ágora, quedando así dividido el barrio en kerameikos interior y exterior. Este último servía de cementerio a los soldados fallecidos en combate. Allí comenzaba la Vía Sagrada, el camino que recorrían los participantes en los misterios de Eleusis. 


Se permitía que la gente enterrara a sus muertos en campos que les pertenecieran en lugar de en una necrópolis. Era frecuente que los cuerpos reposaran en cámaras mortuorias cavadas en roca viva en lugar de ser quemados, pero la cremación se hacía necesaria cuando había acumulación de cuerpos después de una batalla, o después de la plaga de Atenas, durante el segundo año de la Guerra del Peloponeso. Era también preferible cuando la persona moría en el extranjero, porque eso facilitaba el traslado. La tumba adornada con flores era un lugar santo donde en ciertos días del año se ofrecían ofrendas destinadas a adornar la cámara mortuoria y libaciones en memoria del difunto. 

Después del entierro el cortejo volvía a la casa del difunto y se sentaban a comer como si fueran invitados del muerto. Era costumbre en Atenas tirar hacia atrás la vajilla utilizada para la ocasión, porque no se permitía que los objetos utilizados en funerales sirvieran para uso de los vivos. 


Y aquellos que mantienen tres veces su juramento,
Conservando sus almas limpias y puras,
Jamás dejarán que sus corazones
sean manchados por el mal y la injusticia y la venalidad brutal.
Ellos serán dirigidos por Zeus hasta el final:
Al palacio de Cronos.

(Píndaro)


Bibliografía:
Los griegos. Su vida y costumbres – E. Guhl y W. Koner 
Arquetipos mitológicos – Rosana Asís 
Historia de las religiones I: Las religiones primitivas - Juan B. Bergua
Odisea - Homero
Tucídides – Historia de la Guerra del Peloponeso, II, 34
Virgilio - Eneida VI

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Guzmán el Bueno (IV)


De todas partes del reino llegaban gentes para aclamar a Guzmán a su paso. La gente salía a verlo por los caminos que atravesaba, y al llegar a Alcalá toda la corte acudió a su encuentro por expreso deseo del rey. Sancho el Bravo le deparó un caluroso recibimiento y lo colmó de mercedes y honores, el mayor de los cuales fue la donación, para él y sus descendientes, de “toda la tierra que costea la Andalucía, entre las desembocaduras del Guadalquivir y Guadalete”. 

Sancho se encontraba enfermo y fallecía en Toledo poco después. Dejaba un hijo de nueve años que alcanzaba el trono como Fernando IV. La reina viuda, María de Molina, era mujer de gran inteligencia y excelentemente dotada para las tareas de gobierno, por lo que el rey, conocedor de sus muchas dotes, le confió a ella la regencia. Pero Sancho temía que una mujer y un niño de corta edad tendrían demasiadas dificultades para sostener un reino constantemente asaltado por sus enemigos. Hacía falta un guerrero, de modo que en su lecho de muerte llamó a Guzmán para hacerle una última petición. 

—Partid vos a Andalucía y defendedla y mantenedla por mi hijo, que yo fío que lo haréis, como bueno que sois, y yo os lo he llamado. 


A la muerte del rey sucedió lo que él tanto temía, y sus enemigos comenzaron a aliarse para tratar de arrebatar la corona a su hijo. El infante don Juan participaba activamente, muy animado ante las perspectivas de proclamarse rey de Andalucía. El rey de Portugal buscaba ampliar su frontera, y los infantes de la Cerda, apoyados por Francia, pretendían hacerse con el trono. 

El mayor de los problemas lo constituyó en esta ocasión otro miembro del a familia: el infante Don Enrique, hermano de Alfonso X el Sabio. El caballero había regresado de Italia, y se acordó en Cortes darle parte en el gobierno. Pero Enrique no hizo más que crear conflictos. Quería tener la tutela del niño en solitario, y para lograr sus fines pactaba con todos los enemigos sin ningún empacho, engañándolos a todos a la vez. 

Mientras tanto Guzmán defendía Andalucía de las invasiones de los portugueses y del rey moro de Granada. Los sarracenos continuaban empeñados en hacerse con Tarifa, y hacían generosas ofertas que sonaban bien en los oídos del infante. Guzmán se oponía a entregar una plaza que había sido conservada a tan alto precio para él, de modo que hizo jurar solemnemente a Enrique en Sevilla “que no daría ni sería en consejo de dar Tarifa a los moros”. Como fiaba poco en la palabra del infante, escribió al rey de Aragón solicitando recursos para pertrechar Tarifa. En su carta le recordaba “la honra que ganaría en amparar a un príncipe huérfano y desvalido contra las injurias de los extraños y contra los engaños y falsedades de sus parientes mismos”. El aragonés elogió mucho su actitud, y, aunque no envió ningún socorro, finalmente Tarifa pudo mantenerse. 

Castillo de Guzmán el Bueno, Tarifa

Cuando Fernando abandonó la infancia tomó las riendas del gobierno e hizo la guerra a los moros. Mientras cercaba Algeciras envió a Guzmán a atacar Gibraltar, una misión que llevó a cabo con el éxito que caracterizaba a todas sus empresas. Los cristianos entraron en la plaza por primera vez desde que los sarracenos la habían conquistado quinientos años atrás, y la población se rindió a cambio de que se les permitiera marcharse a África llevando sus bienes consigo. Guzmán aceptó las condiciones en nombre del rey. 

La vida del guerrero tocaba ya a su fin. Poco después de aquella campaña el rey lo enviaba a contener a los moros que inquietaban el campo de Algeciras, y en un encuentro que tuvo con ellos, cuando ya los había puesto en fuga, se adelantó imprudentemente. Guzmán caía herido de muerte en un lugar llamado Prado de León, en Gaucín. Le había alcanzado una flecha que le dispararon de lejos. 

Sus soldados llevaron el cuerpo sin vida de Guzmán a los reales del rey de Castilla, y después fue trasladado a Sevilla a través del río Guadalquivir. La ciudad entera salió a recibirlo en riguroso luto para llorar al paso del féretro que transportaba sus restos. Sus huesos fueron depositados en el monasterio de San Isidoro del Campo, por él fundado para servir de enterramiento a su familia. Corría el año 1309, y Guzmán había cumplido 52. 

Estatua orante de Guzmán el Bueno en San Isidoro del Campo. "...Entró en cavalgada en la sierra de Gausin eovo y facienda con los moros, e matáronlo en ella..." 

Así terminaban los días de Alonso Pérez de Guzmán, primer señor de Sanlúcar de Barrameda y fundador de la Casa de Medina Sidonia. Al igual que otros grandes guerreros, sucumbió a una simple escaramuza tras haber librado feroces batallas. 


Bibliografía: 
Guzmán el Bueno – M. J. Quintana 
María de Molina: tres veces reina – Mercedes Gaibrois de Ballesteros 
Las varias María Coronel – Wenceslao Segura González – Revista Aljaranda, nº 46 
Don Alonso Pérez de Guzmán el Bueno en el Campo de Gibraltar – Andrés Andrades Gómes . Revista Aljaranda, nº 14 
Crónica de Sancho IV – Fernán Sánchez de Valladolid 
Alfonso X el Sabio: Una biografía – H. Salvador Martínez
La muerte de Guzmán el Bueno – Salvador Martín de Molina, aucin.tv/historia/guzdocu3.htm

domingo, 23 de diciembre de 2012

¿Feliz Navidad?


Entre interrogantes, sí, porque sin ellos casi sonaría a ironía para demasiadas personas que se enfrentan a demasiados problemas. 

Este año mi felicitación viene acompañada de unos cuantos chistes navideños recopilados en la red. Tal como están las cosas en estos tiempos de desesperanza, temo que acabemos por perder hasta la sonrisa, así que aprovechemos mientras nos quede al menos eso. El sentido del humor es la mejor forma de encarar los problemas. Ya nos dijo Platón que “muchas veces ayudó una broma donde la seriedad solía oponer resistencia.”












A los que quedan en pie y aún no les ha tocado ser el pavo en la mesa del banquero, les deseo un mejor panorama para el año que está a punto de comenzar. ¡Vamos, resistan como estoicos caganers! Seguro que podemos. 

Estaremos de regreso el 26.

viernes, 21 de diciembre de 2012

Guzmán el Bueno (III)


Cuando Guzmán regresa a Castilla había muerto Alfonso X y era su hijo Sancho IV quien se sentaba en el trono. El caballero acudió a ofrecerle sus servicios, y el rey lo aceptó como un regalo del cielo: Guzmán había pasado años entre los moros, y sabía mejor que nadie cómo luchaban y cómo se los podía derrotar. 

Por aquellas fechas la escuadra castellana había logrado una victoria sobre los berberiscos, y a Sancho le pareció llegado el momento de ocuparse de Tarifa, una plaza importante situada en la costa y que era una de las puertas por donde los africanos entraban fácilmente en España. Como no había dinero para la empresa, Guzmán puso el suyo y atacó la plaza por tierra y por mar. Tras un asedio de seis meses, Tarifa fue tomada y sus moradores esclavizados. 

Se alzaron algunas voces partidarias de desmantelar la plaza debido a la dificultad de mantenerla, pero el maestre de la Orden de Calatrava se ofreció a defenderla por un año, esperando que después surgiría otro caballero que desease seguir su ejemplo. 

A Guzmán se le presentaba una brillante carrera en los ejércitos del rey castellano, pero su vida conyugal, en cambio, había sufrido un serio revés. No se conformaba con una esposa que no podía tener “ayuntamiento a su marido”. Él, por su parte, no llevaba su afán de castidad tan lejos como para imitar a su esposa. Aún era joven, y halló en la noble dama sevillana Isabel González aquello que, bien fuera por el episodio del tizón que relatan las viejas crónicas o por otros motivos, ya no podía hallar en su mujer. 

De Isabel tuvo una hija: Teresa Alfonso de Guzmán. El caballero celebró su nacimiento con grandes festejos, lo que hizo comprender a su esposa lo que estaba ocurriendo. María sintió gran dolor, pero nunca convirtió a la niña en víctima de su despecho. Por el contrario, hizo que se la trajeran para educarla como suya, y cuando llegó el momento se ocupó de casarla con un caballero sevillano. Además no se olvidó de ella en su testamento. 


Pero desde un principio buscaba la manera de separar a su marido de Isabel. Trataba de convencerlo para que se fuesen a vivir a alguno de sus castillos, “a la manera que lo hacían los señores en Francia”. Guzmán no ignoraba qué fin se ocultaba tras sus inagotables argumentos; comprendía la necesidad de abandonar Sevilla para poner fin a la relación con su amante, y pronto el matrimonio vio llegada la ocasión: como por aquellas fechas terminaba el año en el que el maestre de Calatrava se había ocupado de la defensa de Tarifa, María Coronel ejerció su influencia ante el rey para que en adelante se le encomendara la misión a su esposo. Guzmán se ofreció a sostener la plaza por la mitad del gasto que había supuesto hasta entonces, y con tal voluntad ocupó el castillo con su familia, reparó los muros y se aprovisionó con todo lo necesario para poder sostener un largo asedio. 

El caballero seguramente no imaginaba que la mayor amenaza a la que se hubiera enfrentado hasta entonces se fraguaba dentro de la propia Castilla, en la mente del infante Don Juan, hermano del rey. Juan, “inquieto, turbulento, sin lealtad y sin constancia”, había militado alternativamente en los bandos de su padre y de su hermano, y durante el reinado de Sancho no cesaba de atizar la discordia ni se detenía ante nada con tal de satisfacer su ambición. En una ocasión él y su suegro, el Señor de Vizcaya, habían desenvainado las espadas en presencia del soberano durante el transcurso de una fuerte discusión. En el enfrentamiento que siguió, dos de los hombres del rey resultaron heridos, y el Señor de Vizcaya perdió la vida. El infante Don Juan buscó refugio en los apartamentos de la reina, perseguido por el rey, que le hubiera dado muerte allí mismo de no haber intervenido su esposa para apaciguarlo. Las crónicas cuentan así el papel que desempeñó María de Molina: "Desque la Reina, que estava en su camara supo el hecho en como havia passado, pugno quanto pudo en guardar al Infante D. Juan que no tomasse muerte, i si non fuera por esto, luego lo matara el Rei de buena miente”. 

El rey encarceló a su hermano, pero poco después lo ponía en libertad, de nuevo gracias a la intercesión de su esposa. La fidelidad de Don Juan, sin embargo, duró poco, y sus frecuentes rebeliones fueron un quebradero de cabeza a lo largo de todo el reinado de Sancho y aún durante la regencia de María de Molina. 


Sancho acababa de ponerle en libertad tras haberlo tenido prisionero en Alfaro cuando Juan comenzó a conspirar de nuevo y hubo de refugiarse en Portugal. Pero el monarca portugués, en buenos términos con Sancho e incómodo por la presencia en sus dominios de tan intrigante personaje, le ordenó abandonar su reino. 

Juan se embarcó y llegó a Tánger para ofrecer sus servicios a Abu Yaqub, el acérrimo enemigo de Guzmán. Este, que estaba planeando una guerra contra el rey de Castilla, le recibió con todos los honores en compañía de su primo Amir, al frente de cinco mil jinetes con los que atravesaron el estrecho para atacar Tarifa. Paradójicamente, el infante se había distinguido no mucho tiempo atrás en la conquista de la plaza por parte de los castellanos. Fue durante esa campaña cuando Juan recibió quemaduras de aceite hirviendo en el rostro. 

Primero intentaron en vano comprar a Guzmán ofreciéndole un tesoro si entregaba Tarifa. 

—Los buenos caballeros no compran ni venden la victoria —respondió él. 

Ante su negativa comenzó el ataque, pero Juan decidió recurrir a una estrategia infame para vencer la voluntad de Guzmán, uno de esos episodios que ha llegado hasta nosotros envuelto en tintes de leyenda. Cuentan las crónicas que el infante tenía en su poder a uno de los hijos de Guzmán, un niño de corta edad, y que se le ocurrió presionar al caballero exigiendo la entrega de Tarifa a cambio de la vida del pequeño. Lo sacó maniatado de la tienda donde lo retenía prisionero y amenazó con matarlo ante los ojos de su padre si este no se plegaba a sus exigencias. Juan ya había utilizado la misma estrategia en otra ocasión, ante el cerco de Zamora, cuando se había apoderado del hijo de la alcaidesa. Logró entonces la rendición de la plaza, y esperaba obtener ahora los mismos resultados. 


Desde lo alto de la muralla, Guzmán respondió que la plaza pertenecía a su señor, y que antes que rescatar a su hijo perdiendo su honor, les proporcionaría el medio de cumplir su amenaza. 

—No engendré yo hijo para que fuese contra mi tierra; antes engendré hijo a mi patria para que fuese contra todos los enemigos de ella. Si Don Juan le diese muerte, a mí dará gloria, a mi hijo verdadera vida, y a él eterna infamia en el mundo y condenación eterna después de muerto. Y para que vean cuán lejos estoy de rendir la plaza y faltar a mi deber, allá va mi cuchillo si acaso les falta arma para completar su atrocidad. 

Dicho esto, rubricó sus palabras con el célebre gesto que no ha dejado de ser discutido. En un arranque heroico para algunos y bárbaro para otros, arrojó su propio puñal a los asesinos para que dieran muerte al niño con él, y luego se retiró al interior del castillo. 

Guzmán se sentó a comer con su esposa. Tal vez albergaba la esperanza de que el infante, al ver su firme resolución de no rendir la plaza, no llevaría a cabo tan estéril atrocidad, pero si fue así se equivocó. Juan, rabioso, ordenó matar al niño ante la vista de los sitiados. 

De nada sirvió dar muerte al pequeño, porque poco después los moros, temiendo el socorro que ya llegaba desde Sevilla, levantaron el cerco y regresaron a África. 

De acuerdo con los códigos éticos de su tiempo, la lealtad a ultranza de Guzmán lo había convertido en un héroe. El episodio pronto se hizo célebre y llegó a oídos del rey, enfermo en Alcalá de Henares. Allí le escribió el monarca una carta en la que le mostraba su gratitud, le pedía que acudiera a su encuentro y le confirmaba el nombre de “el Bueno” que ya las gentes comenzaban a darle...


Continuará



viernes, 14 de diciembre de 2012

Guzmán el Bueno (II)


El rey de Fez aceptó el ofrecimiento de alianza de Alfonso X y envió a Guzmán a Castilla para hacerle entrega de 60.000 doblas de oro, un tesoro con el que hacer frente a las necesidades más acuciantes de la campaña bélica. 

Guzmán llegó a Sevilla entre un abigarrado cortejo de amigos y servidores. “Así cumplió con gloria suya la terrible palabra que dio al salir del reino de no volver a él sino cuando pudiesen llamarle verdaderamente “de ganancia”. 

Alfonso lo recibió con todos los honores y muestras de gratitud. No fue la menor de ellas concertar el matrimonio de Guzmán con una bellísima joven sevillana de 15 años: María Alonso Coronel, considerada el mejor partido de toda Andalucía. María llevaba por dote muchos pueblos y heredades en Castilla, Galicia y Portugal, además de joyas y dinero en abundancia. Antes de aceptar tal matrimonio, Guzmán solicitó y obtuvo el permiso de Yusuf, el rey de Fez, a cuyo servicio continuaba. El moro aceptó de buen grado y respondió que solo sentía no estar presente para regocijarse con su boda. La ceremonia se celebró en Sevilla, y con motivo de la misma el rey donó a los desposados Alcalá de los Gazules. 

Al cabo de pocos días Guzmán fue al encuentro del rey de Fez y juntos regresaron a la península seguidos “de gran tropel de jinetes berberiscos”. Llegaba así el socorro prometido al monarca castellano. Ambos reyes se encontraron en el campamento moro junto a Zahara, y Yusuf hizo gala de exquisita gentileza haciendo que Alfonso entrase a caballo en su tienda y ocupara el asiento principal. Tras el intercambio de cortesías trataron de su alianza. El rey de Fez se puso a su entera disposición: 

—Dadme un adalid que me lleve por la tierra que no te obedece y la destruiré toda y haré que te rinda la obediencia —se ofreció. 


Las huestes llegaron a Córdoba, donde se encontraba el príncipe Don Sancho. El moro le envió a Guzmán para intentar la vía de la reconciliación entre padre e hijo antes de recurrir a la violencia. Pero cuando el caballero llegó a presencia del príncipe, este acababa de enterarse de que los moros habían matado ya a algunos de los suyos. El genio endemoniado de Sancho sufrió uno de sus célebres estallidos. 

—¿Cómo me venís vosotros con tal mensaje —exclamó furioso— cuando los moros están dando muerte a los míos? Marchaos pronto de aquí; no estéis un instante más en mi presencia, pues vive Dios que no sé quién me detiene de haceros morir y arrojaros por encima de los adarves. 

Los moros de Yusuf continuaron arrasando dehesas y pueblos de Andalucía, y quienes rodeaban a Alfonso le decían que más parecían ir por libre y buscar su propio beneficio en lugar de hacer honor al pacto. Seguramente no era cierto, dadas las cualidades del noble y generoso Yusuf, pero el rey de Castilla ya no creía en nadie a esas alturas de su reinado. Crecieron los recelos y la desconfianza, y Alfonso decidió poner fin a la campaña. Después de eso se retiró a Sevilla, y Yusuf regresó a su tierra. 

Guzmán volvió con el rey moro llevando consigo a su esposa. En Algeciras, antes de pasar a África, María dio a luz a su primer hijo. Más adelante, encontrándose ya en África, nacería el segundo. 

El caballero asistió a Yusuf en todas las guerras que tuvo contra sus vecinos, y siempre resultaba victorioso. Sus hazañas traspasaban fronteras y llegaron a Italia. El Papa incluso le escribió en términos sumamente elogiosos. 

El rey de Fez nunca dejó de distinguir a Guzmán con su confianza y afecto, ni de colmarlo de honores y riquezas. La amistad entre ambos fue inquebrantable hasta el final. Pero el hijo de Yusuf, Abu Yaqub, envidiaba la suerte del cristiano. Él y su primo Amir lo odiaban hasta el punto que Guzmán temía que entre los dos acabarían con él y su familia el día en que faltara Yusuf. Para poner a salvo a los suyos, fingió una seria desavenencia con su esposa y expresó su deseo de separarse de ella. El rey moro accedió, y de esa manera María, nuevamente encinta, pudo regresar a España con sus hijos y la mayor parte de los tesoros que había acumulado su marido. El resto se lo iba enviando Guzmán recurriendo a los procedimientos más ingeniosos: llegó a ocultar dinero y joyas dentro de unos higos. 


Parece que la esposa de Guzmán se vio en ciertas dificultades para mantener su virtud, y con tal de lograrlo se dice que recurrió a un procedimiento ciertamente drástico: los cronistas afirman que durante este periodo de separación, “vínole tan gran tentaçión de la carne que no supo qué se hazer”. Siendo dama virtuosa, tomó “gran aborrecimiento de sí misma de no haber detenido el pensamiento que le vino”, y para evitar caer en esa tentación “asió de un tizón ardiendo que cerca de sí halló, y metióselo por su miembro natural”. La pobre mujer nunca se recuperó, y esto le ocasionó problemas en su matrimonio: “nunca más tuvo ayuntamiento a su marido, porque ella quedó tal que con continua enfermedad y trabajo vivió el tiempo que le duró la vida”. De ahí que el poeta Juan de Mena, en su Laberinto de la Fortuna, hablara de “la muy casta dueña de manos crueles, digna corona de los Coroneles que quiso con fuego vencer sus hogueras”. 

No se sabe quién fue el galán a quien las crónicas atribuyen ser causa de la debilidad de María, aunque algún autor ha apuntado hacia uno de sus servidores. En cualquier caso el relato, que los biógrafos dan por cierto, tiene visos de leyenda, habida cuenta de las varias veces en que un episodio similar se asocia al nombre de diversas mujeres llamadas María Coronel. Curiosamente otra dama así llamada, y casada con un nieto de Guzmán, protagonizó una historia parecida. Esta segunda María Coronel se retiró a un convento de Sevilla para escapar a los deseos de Pedro I de Castilla, y luciendo su más "valerosa pudicia, y viendo no poderse evadir de su llevada al Rey, abrasó con aceite hirviendo mucha parte de su cuerpo, para que las llagas le hiciesen horrible, y acreditasen la leprosa, con que escapó su castidad a costa de prolijo y penoso martirio, que le dio que padecer todo el resto de su vida". 


Yusuf murió al cabo de poco tiempo, y fue sucedido por su hijo. Abu Yaqub carecía de las cualidades que habían adornado a su padre, y además aborrecía a los cristianos que defendían sus dominios. Lo único que frenaba su mano era el amor que el pueblo sentía por Guzmán: temía una sublevación si se atrevía a atacarlo. 

El nuevo rey planeó entonces una estrategia para perder al caballero sin que pareciera que era obra suya. Para ello tramó enviarlo con tan solo unos pocos cristianos a cobrar un tributo, avisando en secreto a los deudores que le atacasen con tanta gente como pudiesen. Si acababan con él, su deuda quedaría salvada. Pero Guzmán contaba con otro gran amigo entre los moros: aquel que en su día había hecho cautivo en la batalla de Jaén. El caudillo berebere se enteró del plan y le previno. 

Guzmán aceptó el encargo del rey, aunque tomando la precaución de poner espías en todos los caminos para atrapar al mensajero. Lo consiguió y lo sustituyó por otro que debía comunicar al enemigo que el cristiano llegaba con unas fuerzas muy superiores a aquellas de las que realmente disponía. Los moros, al oír la noticia, optaron por no tentar a la suerte y pagar todo lo atrasado. Además colmaron de regalos a Guzmán y los suyos. 

Una vez cumplida la misión, reveló a sus soldados las malvadas intenciones del nuevo rey de Fez y les propuso regresar a España. Guzmán había mandado aviso al general de las galeras de Castilla para que le esperase en una cala junto a Tánger; el problema era cómo cruzar el territorio hasta allá, y para ello recurrió una vez más a la astucia haciendo correr la voz de que era el rey quien lo enviaba para defender la costa de las invasiones de los castellanos. Finalmente pudo embarcarse con sus compañeros y llegar a Sevilla, donde era triunfalmente recibido. Corría el año 1291...

Continuará

lunes, 10 de diciembre de 2012

Guzmán el Bueno (I)

Alfonso Pérez de Guzmán

Alfonso X el Sabio, rey de Castilla, atravesaba el duro ocaso de su reinado. Las circunstancias se aliaban para amargar los últimos años del monarca castellano: los moros de Granada habían roto la tregua con él concertada y llamaron en su ayuda al rey de Fez, que entró en Andalucía a sangre y fuego desde el norte de África. El comandante de las tropas de Alfonso caía en una batalla, y el príncipe heredero moría de modo repentino cuando estaba a punto de ponerse al frente del ejército. Ni siquiera había cumplido veinte años.

En jornadas tan cruciales, el reino se sostuvo gracias al infante Don Sancho, segundo hijo del rey. Sancho contaba con la inestimable ayuda del Señor de Vizcaya, y con este llegó un joven guerrero de apenas veinte años: Alfonso Pérez de Guzmán

Guzmán había nacido en León el 24 de enero de 1256, hijo natural del adelantado mayor de Andalucía. Su tía fue dama bien situada en la Corte: Doña Mayor Guillén de Guzmán, amor juvenil de Alfonso X cuando este era aún el príncipe heredero y se negociaba su boda con Violante de Aragón. El matrimonio tardaría años en poder celebrarse, dada la corta edad de la novia, y entretanto Alfonso se entregó a sus amores con Doña Mayor, fruto de los cuales nació Beatriz de Castilla. 

Cuando el Señor de Vizcaya derrotó a los moros en Jaén, Guzmán se encontraba entre sus filas. Era su primer combate, y no perdió la ocasión de señalarse haciendo prisionero a un caudillo berberisco, algo decisivo para la conclusión de la guerra. Su papel fue igual de importante durante la negociación de la tregua por dos años con el rey de Berbería. 


La hazaña había convertido en héroe al joven guerrero. Para celebrar el acontecimiento hubo un torneo en Sevilla, y toda la corte presenció cómo Guzmán volvía a destacar tal como lo había hecho en la batalla. Esa noche el rey preguntó a sus cortesanos quién consideraban que se había distinguido más en la competición, a lo que muchos contestaron: 

—Señor, Don Alonso Pérez es el que lo hizo mejor. 

—¿Cuál Alonso Pérez? 

Entonces Juan Ramírez de Guzmán, su hermanastro, respondió al monarca: 

—Señor, Alonso Pérez de Guzmán, mi hermano de ganancia. 

El comentario era una grosería, puesto que la expresión “hermano de ganancia” denotaba el origen bastardo de Guzmán. Era en realidad un insulto. Sus hermanos nunca habían aceptado bien su nacimiento, pero en esta ocasión se sumaban los celos a la afrenta que había supuesto para ellos su existencia. 

El joven acusó la humillación y no quiso encajar el golpe sin réplica adecuada: 

—Decís verdad, soy hermano de ganancia, pero vos sois y seréis de pérdida. Y si no fuera por respeto a la presencia ante la que nos hallamos, yo os daría a entender el modo en que debéis tratarme. Mas no tenéis vos la culpa de ello, sino quien os ha criado, que tan mal os enseñó. 

El rey intentó atajar la disputa, pero con el mismo poco éxito que obtenían todos sus asuntos en aquel tiempo: 

—No habla mal vuestro hermano —dijo—, que así es costumbre de llamar en Castilla a los que no son hijos de mujeres veladas* con sus maridos. 

—También es costumbre de los hijosdalgos de Castilla —replicó él—, cuando no son bien tratados por sus señores, que vayan a buscar fuera quien bien les haga; yo lo haré así y juro no volver más hasta que con verdad me puedan llamar de ganancia. Otorgadme, pues, el plazo que da el fuero a los hijosdalgos de Castilla para poder salir del reino, porque desde hoy me desnaturalizo y me despido de ser vuestro vasallo. 


Era corriente en la época, en efecto, que los caballeros cristianos, cuando se consideraban injustamente tratados, rompieran el lazo de vasallaje por estimar que su señor feudal había sido el primero en faltar a las obligaciones con ellos contraídas. Muchos se iban a servir a los moros sin que ello supusiera menoscabo alguno en su honra. 

Alfonso trató de aplacarlo, pero en vano. Finalmente le concedió el plazo que pedía, y Guzmán lo empleó en vender cuanto había heredado de sus padres y todo lo adquirido por sí mismo en la guerra. Después abandonó Castilla en compañía de algunos amigos y servidores deseosos de compartir su destino. 

Se reunió con Yusuf, el rey de Fez, que se encontraba aún en Algeciras, y allí le prometió que le asistiría en todas sus empresas excepto en aquellas que le enfrentasen al rey de Castilla o cualquier otro príncipe cristiano. El monarca berberisco, entusiasmado, lo agasajó y lo puso al frente de todos los cristianos a su servicio. Luego se lo llevó consigo a África. 

La primera campaña en suelo africano fue contra los árabes tributarios del rey de Fez que se negaban a pagar la contribución. Guzmán propuso al moro que liberara a todos los cautivos cristianos para que combatieran a su lado. El rey así lo hizo, y con ese ejército el caballero acometió al enemigo con gran éxito. Derrotó a los rebeldes y logró que estos vinieran a ofrecer el pago de la duda contraída, junto con ricos presentes con los que pretendían asegurar la paz en adelante. Muchos eran partidarios de aniquilar por completo al enemigo y no aceptar sus ofertas, pero Guzmán rechazó el consejo. 

Con esa campaña se había ganado un puesto destacado en la corte de Fez, y no tardaron en llegar las noticias a Castilla. El reino se encontraba por entonces al borde de la revolución debido a la intención de Alfonso X de alterar el orden sucesorio cuando ya su hijo Sancho había sido declarado heredero. El hermano mayor de Sancho, Fernando de la Cerda, había fallecido, pero dejaba unos hijos que podían presentar mejores derechos que su tío, por descender de la rama primogénita. Sin embargo se trataba de unos niños que poco podían hacer por defender el reino en momentos tan delicados, mientras que Sancho había tomado las riendas con gran acierto cuando fue menester. Por ello los castellanos preferían su candidatura, fuera o no legítima tal preferencia. 

Sepulcro de Don Fernando de la Cerda en el monasterio de las Huelgas, Burgos

El rey también comprendía la necesidad de que fuera Sancho quien empuñase el cetro, pero lamentablemente la relación entre padre e hijo era nefasta, y no eran capaces de ponerse de acuerdo en apenas nada. 

Cuando Alfonso propuso una nueva alteración de la moneda y que se desmembrase el reino de Jaén para darlo a uno de sus nietos, se organizó una enorme trifulca en la que todo el reino parecía volverse contra el rey. Este, desesperado, hizo preparar una nave pintada de negro y tuvo la idea de meterse en ella con sus posesiones y abandonar Castilla para lanzarse al mar. 

Fue en ese momento cuando Alfonso se acordó de Guzmán y le escribió una carta en la que le daba cuenta de “la mi desdicha e afincamiento que el mío fijo a sin razón me face tener”, y le pide ayuda, puesto que “en la mía tierra me falla quien me había de servir a ayudar, forzoso es que en la ajena busque quien se duela de mí”. En definitiva, quiere aliarse con el rey de Fez, porque “si los míos fijos son mis enemigos, non será ende mal que yo tome a los mis enemigos por fijos”. Y en tono conciliador le dice que no mirase “a cosas pasadas, sino a presentes”. La carta está fechada “en la mía sola leal ciudad de Sevilla, a los treinta años de mi reinado y el primero de mis cuitas” (1282). 

***

*La mujer que contraía legítimo matrimonio mediante acuerdos de esponsales, carta de arras y bendición sacerdotal, se llamaba “mujer velada” (uxor velata), una expresión que procedía de la misa de velaciones. Durante esta misa, oficiada después de la nupcial, se sostenía un velo sobre los esposos, cubriendo los hombros del varón y la cabeza de la esposa. Luego, despojados del velo por el acólito, eran amonestados sobre el cumplimiento de los deberes conyugales y rociados con agua bendita. Existía un libro en las parroquias, llamado Libro de velaciones, donde se registraban esas misas. 


jueves, 6 de diciembre de 2012

Los indignados de Carlos V

Carlos V y el banquero Jacobo Fugger

En el año 1538 las Cortes formaron una comisión de nobles españoles para estudiar la necesidad de un nuevo impuesto en Castilla. La comisión decidió finalmente que si el emperador recortaba gastos, no sería necesario el impuesto. Para evitarlo, recomendaban a Carlos V reducir el gasto de su corte y liberarse de sus ruinosas obligaciones en el extranjero. 

Y es que la corte y los gastos personales de Carlos representaban aproximadamente la sexta parte del total. El emperador era aficionado a los torneos, cacerías y bailes de máscaras, diversiones que no salían baratas. A ello había que sumar el dispendio que supuso la ceremonia de su coronación, y su desmedida tendencia a coleccionar y regalar piedras preciosas

El aumento de los compromisos europeos del emperador y el elevado coste del abastecimiento militar, hacían que cada vez hubiera que gastar más en guerra y defensa. El crecimiento del gasto militar supuso un mayor gravamen en casi todos los territorios de Carlos, aunque Alemania resultó menos afectada que el resto. Nápoles, los Países Bajos y España eran quienes tenían que proveer los fondos que la Dieta se resistía a conceder en Alemania. 

En 1540 el virrey de Nápoles advertía al emperador que las fuertes y continuas exacciones fiscales habían reducido a la población a la condición de animales salvajes. 

Carlos V

En cuanto a los Países Bajos, disfrutaban de un comercio muy próspero que los convertía en la entidad económica más poderosa del Imperio europeo de Carlos V. A pesar de ello, en 1536 los Estados Generales se declararon “insuficientemente ricos para financiar al emperador en sus conquistas de Francia e Italia”. Hubo motines y revueltas, la más grave de las cuales tuvo lugar en Gante en 1539. 

Al año siguiente, en una carta a su hermano Fernando, Carlos escribía: “Nadie me sostiene excepto mis reinos españoles”. La consecuencia fue que al final de su reinado la deuda castellana era cuatro veces mayor que la de los Países Bajos. 

Viendo que el pueblo llano no podía soportar nuevas cargas, el emperador comenzó a vender tierras de realengo, es decir, pertenecientes al patrimonio real; hizo empréstitos y requisó cargamentos de metales preciosos del Nuevo Mundo. 

La enorme contribución de Castilla para financiar su Imperio nunca era suficiente. Carlos V estuvo endeudado desde el principio, y los banqueros le empujaban a acumular dicha deuda: los Welser, Gualteroti, Espinosa y los Fugger de Augsburgo. El procedimiento era el siguiente: los banqueros adelantaban el dinero al emperador. El banco acordaba pagar a través de un agente o letras de cambio a un representante de Carlos V en el extranjero. El banco podía ser reembolsado en la Bolsa de Amberes o en cualquiera de las grandes ferias que se celebraran en la península Ibérica entre la primavera y el otoño. 


Pero Carlos normalmente retardaba los pagos, y para resolver el inconveniente de los atrasos los banqueros añadían un “gasto de tramitación” a la suma que se les adeudaba. El crédito del emperador era como la prima de riesgo: iba indisolublemente unido a su fortuna política, y según le fuera en sus empresas, ese “gasto de tramitación” subía o bajaba porcentualmente sobre el principal. Por ejemplo, tras la paz de Crépy con Francia, el término medio del recargo bajó del 28% al 20%; pero en los últimos años de su reinado llegó a alcanzar prácticamente el 100%. En total Carlos V obtuvo de los banqueros menos de 29 millones de ducados, mientras que ellos, en cambio, recibieron 38 millones. 

El emperador hipotecó así futuros ingresos. De hecho en 1534 ya había gastado los procedentes de España para los seis años siguientes, y cuando su hijo, Felipe II, subió al poder, se encontró con que todos los ingresos del monarca estaban empeñados y no vio otra opción que declarar la Hacienda Real en bancarrota, con la consiguiente suspensión de pagos. 


Bibliografía:
Emperor Charles V - Martyn Rady

Muchas gracias a mi querida Katy, de Pasitos cortos, que tantas veces tiene algún regalo para mí. En este caso se trata del premio cuya imagen exhibo en las vitrinas del tablero. Aquí se quedará con mucho orgullo, y además con especial cariño por proceder de tan linda persona.

Nos vemos pronto.

lunes, 26 de noviembre de 2012

Las conspiraciones de Ana de Austria

Ana de Austria, reina de Francia

En Francia no cesaban las conspiraciones contra Richelieu. A finales de julio de 1637 el cardenal reveló a Luis XIII una trama que su policía había descubierto parcialmente. El asunto era delicado: con la piadosa excusa de visitar el convento de Val-de-Grâce, la reina Ana de Austria mantenía una correspondencia culpable que el valet La Porte remitía a un secretario de la embajada inglesa. Este último se encargaba de hacer llegar las cartas a su destino. 

El 12 de agosto La Porte paseaba por la rue des Vieux-Augustins cuando cinco mosqueteros lo agarraban bruscamente por detrás y lo introducían en un carruaje. De ese modo fue trasladado a la Bastilla. Se le incautaron algunos papeles, y el cardenal quiso interrogarlo en persona y averiguar cuánto más tenía que contar. El servidor fue así conducido a su presencia en el Palais Cardinal, pero Su Eminencia no logró arrancarle ninguna información, por lo que fue devuelto a la Bastilla. 

En la corte todo el mundo evitaba a la reina durante esos días. Su suerte parecía echada. Sin hijos aún, y sin el amor de su esposo, Ana representaba muy poca cosa. Un proceso infamante podía arrojarla de su trono y relegarla para siempre a la celda de un convento. El rey y Richelieu no iban a verla; los cortesanos pasaban bajo sus ventanas sin mirar. El personal de palacio apenas la servía. Ana fue presa de la angustia. Se hizo preciso sangrarla dos veces. No dormía, ni comía. ¿Por qué iba Luis a mostrarse indulgente con una mujer a la que detestaba desde hacía quince años? 

Luis XIII

La discordia entre ambos se prolongaba desde 1622. Al cabo de un breve idilio conyugal, vino la decepción del rey: Ana no había cumplido con su misión. Tras un primer aborto, ella misma había causado accidentalmente el segundo jugando de modo imprudente con su amiga Madame de Chevreuse. Ambas corrían por la Galería del Louvre cuando la reina resbaló y sufrió una caída fatal. Después de eso, Buckingham había introducido el escándalo en sus apartamentos, y Madame de Chevreuse los complots. Luis no dudaba que al menos en una ocasión, once años atrás, cuando la conspiración del conde de Chalais, Ana había esperado quedarse viuda y seguir en el trono de Francia desposando a su hermano, Gastón de Orleáns. 

Ahora, tras el arresto de La Porte, el rey envió a verla al canciller Séguier, acompañado del arzobispo de París. El canciller la interrogó, pero ella lo negó todo y no retrocedió ni siquiera al pronunciar un falso juramento “sobre la condenación de su alma y sobre la verdad de la Santa Eucaristía”. Se le mostró entonces la carta interceptada. Ana perdió los nervios: con un gesto brusco, se apoderó del papel y quiso hacerlo desaparecer bajo su corpiño. El canciller, según algún testimonio, intentó recuperarlo a viva fuerza sin tener en cuenta la dignidad real. 

Percatándose de que lo sabían todo y viendo la inutilidad de persistir en su negativa, al día siguiente la reina decidió hablar con Richelieu y confesar algunas cosas no demasiado comprometedoras. Pero había un problema: lo que dijese tenía que coincidir con la confesión de La Porte, o no serviría de nada. Por tanto, era preciso encontrar el medio de prevenir al valet e instruirlo acerca de lo que debería contar a sus interrogadores. 

La gran amiga de la reina, Marie de Hautefort, “amazona intrépida”, se disfrazó de caballero y logró introducirse en la Bastilla para llegar hasta de Jars, un prisionero que era enemigo mortal de Richelieu. Marie le entregó una carta que contenía indicaciones precisas para La Porte. 

Los secretos de la conspiración estaban a salvo, pero Richelieu tenía la prueba de que la reina de Francia había cometido perjurio y, en plena guerra de los Treinta Años, mantenía comercio con el enemigo. 

Richelieu

El cardenal, mientras tanto, daba cuenta de todo al rey. ¿Qué hacer contra la reina de Francia, aquella que debía dar el tan necesario Delfín? Richelieu meditó y llegó a la conclusión de que era necesario reconciliar a ambos esposos. Aconsejó a Luis ceder y perdonar. Éste puso como condición que al menos ella renovara por escrito las confesiones que acababa de hacer. 

Un acto solemne sancionó el acontecimiento. El rey escribió de su propia mano bajo el documento que, en virtud de esta confesión y del juramento que hacía la reina de no reincidir en ese asunto, él la perdonaba. Después los esposos se abrazaron y pasaron juntos diez días en Fontainebleau. 

Los cómplices, en cambio, no saldrían tan bien librados. Luis ordenó proseguir con los interrogatorios. A La Porte le mostraron una carta de Ana de Austria dirigida a él y en la que le decía: “Deseo que confeséis la verdad sobre todas las cosas acerca de las cuales os interroguen”. Todo en vano: él dijo que no cometería esa cobardía, a pesar de que se le condujo a la cámara de tortura y le fueron mostrados los instrumentos. 

—No hablaré si no es por orden de la reina —insistió él, leal hasta las últimas consecuencias y desconfiando de aquel mensaje. 

—¡Pero si ella os la ha dado por escrito! 

—Esa carta le ha sido dictada. Si el controlador de la Casa de la Reina viene a repetirme oralmente esa orden, hablaré. 

Se atendió su petición y sólo entonces confesó cuanto se refería a la carta interceptada, pero siguió negando el resto, indiferente a las amenazas. Fue devuelto a la Bastilla, donde permaneció 9 meses hasta que la reina consiguió la libertad para él a cambio de que se retirara a Saumur. 

Marqués de Cinq-Mars

No iba a ser la última vez que Ana de Austria se implicaba en una conspiración. En 1641 sostuvo en secreto la revuelta del conde de Soissons, y después alentó la temeraria empresa a la que se lanzó Cinq-Mars, favorito del rey, y que aliaba contra Richelieu a España, a Monsieur, al duque de Bouillon y otros importantes personajes de la corte. 

A punto de partir hacia la conquista del Rosellón, Luis XIII, temiendo por la seguridad de sus dos hijos, prohibió a su hermano visitarlos si iba acompañado de más de tres personas. Según Mademoiselle de Montpensier, el rey entregó al capitán de la guardia “la mitad de un escudo de oro del que él guardó la otra mitad… y si recibía orden de trasladar a los príncipes o ponerlos en manos de otro, le prohibía obedecer, aunque viera la orden escrita de puño y letra de Su Majestad, si quien se la entregaba no mostraba al mismo tiempo la mitad del escudo con la que él se quedaba. Además ordenó que en cada visita de Monsieur a la reina, los príncipes estuvieran rodeados de guardias.” 

Richelieu, por su parte, había colocado dos observadores junto a Ana de Austria, casi dos carceleros en realidad: el barón y la baronesa de Brassac, y el rey, seguramente satisfecho con las precauciones tomadas, se permitió mostrarse amable al despedirse de su esposa. Fue en febrero de 1642, pero dos meses más tarde Ana recibía la orden de no abandonar Fontainebleau. La reina escribía a Richelieu: “Separarme de mis hijos con tan tierna edad me ha causado un dolor tan grande que no tengo fuerzas para resistirlo”. Pero no obtuvo respuesta. 

Durante semanas el matrimonio que el cardenal había situado como espías aumentaba la desazón de Ana de Austria haciéndole creer que sus hijos podían ser secuestrados en cualquier momento. Minadas sus fuerzas y presa de la desesperación, la reina acabó por enviar a Richelieu una copia del tratado entre el rey de España, Monsieur y Cinq-Mars. 

Fontainebleau

Cinq-Mars era arrestado el 13 de junio, y dos días más tarde Luis enviaba a su esposa una carta muy cariñosa. Sin embargo, cuando volvió a verla en Fontainebleau el 25 de julio, le deparó una mala acogida. Inconsolable por la tragedia del que había sido su favorito, a punto de ser decapitado, Luis no era capaz de perdonar a la que él consideraba la culpable de todo. 

Al cardenal no le quedaban muchos meses de vida, pero el rey no le sobreviviría mucho tiempo. Luis XIII fallecía en mayo de 1643. Hasta el final de sus días desconfió de la reina. En su lecho de enfermo se volvió hacia las personas que rodeaban su lecho y murmuró: 

—Ah, esa gente viene a verme morir. 

Entonces quiso el azar que se oyera una risa que parecía proceder del guardarropa, algo que desató los recelos del rey. 

—Deben de ser la reina y Monsieur —conjeturó con amargura. 

Era una suposición injusta. Durante su enfermedad, Ana había actuado como esposa solícita; le prodigó sus cuidados y derramó abundantes lágrimas, pero era demasiado tarde para restablecer la confianza de Luis. Ella se mostró dolida por la sospecha, y el confesor reprochó al rey haber tenido tal pensamiento. 

—En el trance en que me encuentro estoy obligado a perdonarla, pero no estoy obligado a creerla —porfió Luis XIII hasta el final.

martes, 20 de noviembre de 2012

Petronila de Aquitania y Raúl de Vermandois


Petronila era hermana de Leonor de Aquitania, ambas hijas de Guillermo X de Poitiers, duque de Aquitania, y de su esposa Leonor de Châtellerault. Había nacido hacia 1125, por lo que apenas contaba 16 años cuando, durante el verano de 1141, comenzó una relación con el conde Raúl de Vermandois, senescal de Francia y primo del rey. 

Raúl era casi 35 años mayor que ella. Si tenemos en cuenta las expectativas de vida en aquel siglo, para una jovencita el conde tendría que ser realmente un carcamal con un pie en la tumba. Guapo, lo que se dice guapo, no debía de ser, porque había perdido un ojo durante el asalto al castillo de Livry en 1129, y además sumaba el inconveniente de que ya estaba casado. La esposa del conde de Vermandois se llamaba Leonor, y era hermana de Teobaldo de Champaña. 

Sin embargo, algún poderoso atractivo debía de tener, pues nada de ello constituyó un obstáculo para que Petronila se enamorara de él y se convirtiera en su amante. 

Raúl poseía enormes propiedades en el norte de Francia, entre Flandes y Normandía. En cuanto a Petronila, era un partido muy codiciado, pues le habían sido entregadas como dote tierras en Normandía y Borgoña. Pero ella había rechazado todas las propuestas de matrimonio hasta ese momento. Solo quería al conde de Vermandois, un hombre que, según Juan de Salisbury, “siempre estaba dominado por la lujuria”. 

Leonor de Aquitania apoyó desde un principio la relación y animó a Raúl a anular su matrimonio con la hermana del conde de Champaña, que era uno de los enemigos del propio Raúl. Además Teobaldo se había negado recientemente a cumplir con sus obligaciones feudales para con el rey, de modo que apoyar la relación de Petronila era para la reina una forma de venganza. 


Raúl abandonó a su esposa para cohabitar abiertamente con Petronila, y finalmente decidió anular su matrimonio. A finales de 1141 el rey encontró tres obispos complacientes: uno de ellos era el obispo de Noyon, hermano de Raúl, y los otros dos los de Laon y Senlis. No tuvieron inconveniente en anular el matrimonio del conde de Vermandois basándose en motivos de consanguinidad. A comienzos del año siguiente los mismos obispos oficiaban la boda de Raúl y Petronila con la aprobación de Luis VII. 

Teobaldo estaba furioso. Tomó bajo su protección a su hermana y sus sobrinos y llevó su protesta ante el Papa Inocencio II, a quien envió documentos que acreditaban que tanto la anulación como la posterior boda con Petronila eran nulas. Argumentaba que Raúl no había solicitado el consentimiento del pontífice, y que había pruebas de que los obispos habían sido sobornados por el rey, el cual carecía de autoridad para intervenir en un asunto que era estrictamente eclesiástico. A instancias de Teobaldo, Bernardo de Claraval también escribió al papa expresando su más rotunda condena por el ultraje hecho a la Casa de Champaña y al propio sacramento del matrimonio. 

En junio de 1142 Inocencio reunió un concilio en Champaña, y allí el legado papal, siguiendo las expresas instrucciones del pontífice, excomulgó al obispo de Noyon, suspendió a los otros dos y ordenó a Raúl volver con su esposa. Cuando este se negó, él y Petronila fueron excomulgados y se aplicó el interdicto a sus tierras. 

El rey, aún enojado con Teobaldo, tomó partido por el conde de Vermandois y se negó a reconocer la sentencia del legado, que interpretó como un ataque directo a su autoridad. Fue entonces cuando comenzó a preparar una guerra contra Teobaldo. 

Luis envió un ejército a Champaña. Durante meses sus soldados devastaron las tierras, quemaron cosechas, saquearon iglesias y hogares; mataron indiscriminadamente hombres, mujeres y niños y cometieron toda clase de atrocidades. Pero Teobaldo permaneció inflexible. 


El rey le ofreció la paz con la condición de que utilizase su influencia para levantar la pena de excomunión contra Petronila y Raúl. Bernardo de Claraval sugirió al Papa que accediera, pero solo después de que Luis hubiese devuelto a Teobaldo sus tierras. Inocencio así lo hizo, pero en cuanto el rey hubo retirado sus tropas, ordenó una vez más a Raúl que renunciara a Petronila. El conde volvió a negarse, lo que trajo como consecuencia una segunda excomunión

Luis VII estaba furioso. Sintiéndose burlado, rápidamente se puso al frente del ejército y volvió a entrar en la Champaña sembrando el terror y la desolación a su paso. 

Pero la opinión pública en Francia estaba en contra de esa guerra. Bernardo de Claraval escribía al rey carta tras carta condenando la agresión y advirtiendo a Luis que estaba incurriendo en la ira divina y poniendo en peligro su alma inmortal. “¿Quién, si no el diablo, os aconsejó actuar como lo estáis haciendo? Aquellos que os instan a repetir vuestras agresiones contra una persona inocente, no buscan en ello vuestro honor, sino su propia conveniencia. Son claramente los enemigos de vuestra corona y los que perturban la paz de vuestro reino”. 

Era obvio que Bernardo se refería a la reina, a Raúl y a Petronila, que no dejaban de empujar al rey hacia esa contienda con el conde de Champaña. 

El religioso visitó al rey en Corbeil y lo sermoneó ante toda la corte. La entrevista tuvo un final desastroso, porque Luis estalló cuando uno de sus barones expresó abiertamente su opinión de que Raúl lo había estado manejando a su antojo. 

Pero el sermón de Bernardo había surtido efecto. Luis sentía remordimientos hasta el punto de enfermar gravemente. Apartado de los sacramentos a causa del interdicto, manifestaba la convicción de estar condenado. 


En septiembre fallecía el Papa y era sucedido por Celestino II, que levantó el interdicto, pero entonces surgió un nuevo problema para el rey: en 1143 se cuestionó su matrimonio con Leonor de Aquitania. El obispo de Laon puso de manifiesto la consanguinidad de la pareja real, y Bernardo de Claraval se preguntaba por qué Luis desaprobaba el matrimonio de Raúl con la hermana del conde de Champaña basándose en ese motivo, cuando él mismo guardaba una relación de parentesco con su esposa. 

Más adelante, cuando Teobaldo buscó alianzas matrimoniales para su prole entre algunos poderosos vasallos del rey, Luis prohibió dichas uniones por motivos de consanguinidad. Bernardo preguntó entonces: 

—¿Cómo es que el rey se muestra tan escrupuloso con respecto al parentesco en el caso de los herederos de Teobaldo, cuando todos saben que él está casado con una prima suya en cuarto grado? 

En junio de 1144 los reyes asistían a la consagración de la nueva basílica de Saint-Denis. Al terminar la ceremonia, Bernardo de Claraval se entrevistó con la reina, quien le pidió que utilizara su influencia para que la Iglesia reconociera el matrimonio de su hermana. A cambio, ella persuadiría al rey para que hiciera las paces con Teobaldo. La reacción inmediata de Bernardo fue sermonear duramente a Leonor. 

—Dejad de interferir en los asuntos del Estado —llegó a decirle. 

Leonor estalló en llanto y le confió que si intervenía en política era por el vacío y la amargura que había en su vida, pues en los siete años que llevaba casada no había conseguido hijos. Bernardo suavizó entonces su tono. 

—Hija mía, buscad aquello que conduce a la paz. Cesad de indisponer al rey con la Iglesia y animadlo a emprender otro rumbo. Si prometéis hacerlo así, yo prometo, a cambio, rogar a Dios misericordioso que os conceda descendencia —ofreció conciliador, sin duda en la creencia de que sus ruegos serían mucho mejor atendidos que los de la reina. 

A fin de cuentas ella era una mujer, y Bernardo parecía ver al diablo detrás de cada una. No tenía muy buena opinión de la mayoría, si exceptuamos a la Virgen María, por supuesto. Incluso prohibía a sus monjes cualquier contacto con sus parientes femeninos. 


Ese mismo día se concluyó un tratado de paz con Teobaldo, a consecuencia del cual le fueron devueltos al conde sus territorios. En adelante Luis dejaría de intervenir en el asunto del matrimonio de Petronila

El Papa reconoció finalmente la validez del matrimonio, aunque Bernardo seguía en sus trece: profetizó que no disfrutarían de su unión mucho tiempo, y que sus hijos serían estériles. 

La primera profecía no era de las difíciles, dada la edad de Raúl. El conde de Vermandois vivió hasta 1151. No existe registro de la fecha en la que falleció Petronila, aunque se estima que su muerte tuvo lugar en 1153. Pero Bernardo también acertó su segundo vaticinio: el único hijo varón, Raúl, murió a consecuencia de la lepra sin haber podido consumar su matrimonio con Margarita de Alsacia. Abdicó en su hermana Isabel, que casó con Felipe de Alsacia pero falleció sin descendencia al igual que su hermana menor, Leonor, a la que sus cuatro matrimonios no le procuraron la maternidad.