“Si alguna se encuentra encinta, que levante sus plegarias después de soltarse el cabello, para que Juno Lucina le suelte también dulcemente el fruto de sus entrañas.” (Ovidio)
Cuando un niño nacía en la antigua Roma, lo hacía en casa mientras se invocaba la protección de la diosa Juno Lucina (“la que trae niños a la luz”), la principal de las deidades que guiaban el nacimiento. Había muchas otras, como Vagitano, que abría la boca del recién nacido para que se produjera el primer llanto, o Alemona, que alimentaba al feto durante el embarazo; Antevorta asistía a los partos en los que el bebé venía de cabeza, y Postverta si venía de pie; Vitumno le daba vida en el momento de nacer, Cuba le llevaba a la cama, Cunina le acunaba y lo protegía contra los malos presagios... La cantidad de numina o manifestaciones divinas que protegían el mundo infantil era grande.
Los hombres no asistían a los partos, ni siquiera el padre de la criatura, ni tampoco el médico, que se presentará después. Todo quedaba en manos de la partera, excepto en las familias más pobres que no podían permitirse contratar sus servicios, puesto que solían ser caros. En ese caso, la mujer no tenía más remedio que ser asistida por sus propias parientes.
La partera aportaba la silla obstétrica en la que se sentaba la parturienta, desnuda y con los cabellos sueltos. No debía llevar ni siquiera un anillo, porque se consideraba que cualquier nudo o atadura dificultaría el nacimiento, ese desprendimiento del niño con respecto a la madre. La silla estaba horadada, abierta al frente, tenía un asiento en forma de media luna y unos reposabrazos a los que la mujer se agarraba durante el alumbramiento. Muchas contaban con un respaldo para poder empujar contra él, pero en ocasiones era otra mujer la que se situaba tras ella y la sujetaba.

Era la partera quien observaba al bebé para comprobar su vitalidad y hallar posibles deformidades. Ella anunciaba su sexo, pero no con palabras, sino mediante señas, y cortaba el cordón umbilical a cuatro dedos del vientre de la madre. Para ello evitaba utilizar instrumentos metálicos. Las alternativas eran diversas: vidrio, cerámica o incluso una corteza de pan duro. Después ataba el cordón con hilo de lana y limpiaba al recién nacido.
Comenzaba entonces una serie de ceremonias. Inmediatamente se ofrecía una comida sagrada a Picumno y Pilumno, hijos de Júpiter que presidían los matrimonios y la tutela de los niños. Para tratar de prevenir los peligros que acechaban a partir de ese momento, por la noche se reunían tres hombres en el umbral, uno armado con un hacha, el segundo con un mazo y el tercero con una escoba. Los dos primeros golpeaban la puerta y el tercero barría el suelo, con lo cual se consideraba que el lugar quedaba limpio de malos espíritus.
El niño se depositaba a los pies del pater familias (padre o, en su ausencia, abuelo paterno, bisabuelo o persona que ocupe su lugar). Tollere filium, es decir, levantarlo en sus brazos, significaba que lo estaba reconociendo como suyo, aunque no fuese su hijo natural, y de ese modo era legitimado y pasaba a gozar de todos los derechos y privilegios como miembro de una familia romana. Esta ceremonia se llevaba a cabo en el dies lustricus, a los ocho días del nacimiento si era una niña y nueve si era un niño.
El recién nacido (pupus) era entonces purificado en el altar familiar en una ceremonia llamada lustratio. Los invitados le regalaban los primeros juguetes (crepundia), pequeños abalorios que se colocaban en bandolera sobre su hombro y cuyo sonido metálico divertía al niño igual que un moderno sonajero. Tenían forma de flores, espadas, hachas y medias lunas, y ofrecían la particularidad de servir como identificación si un niño se perdía.

Se le colgaban también al cuello unos amuletos llamados bulla. Estos, con forma de lenteja o esfera, podían ser de oro (aurea) o de cuero (scortea), dependiendo del poder adquisitivo de la familia. Eran medallones formados por dos placas cóncavas que guardaban en su interior el talismán al que se atribuía el poder de proteger contra los malos espíritus y la envidia de los hombres, y que el niño debía llevar hasta alcanzar los 17 años. Al cumplir esa edad lo consagraba a los Lares, los dioses que cuidaban del hogar, junto con su túnica infantil si pertenecía a la nobleza, la toga praetexta, blanca con una franja púrpura. A partir de ese momento vestiría la toga virilis.
Plutarco dice que estos amuletos debían sugerir la pureza de los niños libres, y recordar que estaba prohibido ofender su pudor. Sin embargo, el origen de la bulla guardaba poca relación con la inocencia. A los romanos les gustaba contar que su uso se remontaba a los etruscos. Según esta historia, Tarquinio el Viejo habría ofrecido una bulla de oro a su hijo para recompensarlo por haber matado a un enemigo cuando solo tenía 14 años. Por tanto, el amuleto habría sido símbolo de proezas militares y virilidad, lo que explica que solo los niños varones lo llevaran. Algunos afirman que en un principio solo podían lucirlo los hijos de senadores y caballeros, mientras que los plebeyos solo tenían derecho a un collar de cuero.
Las niñas llevaban otro tipo de amuleto, una lúnula que conjuraba el mal de ojo. Era portado hasta la víspera del matrimonio, momento en que se les retiraba junto a sus juguetes y demás símbolos de la infancia.
El dies lustricus era la fecha elegida para dar al recién nacido su praenomen, equivalente a nuestro nombre de pila. Los nombres romanos constaban de praenomen, nomen o nombre familiar, similar a nuestro apellido; y cognomen, un apodo heredado de sus antepasados o puesto por alguna peculiaridad personal. Durante la ceremonia, llamada solemnitas nominalium, las niñas solo recibían el nomen, al que se añadía el ordinal. Si por ejemplo pertenecían a la gens Julia, serían Julia la Mayor, Julia Tertia, etc.
Durante el dies lustricus se hacían también sacrificios domésticos. La ceremonia era muy esperada por los niños presentes, que recibían monedas y dulces, y la casa se decoraba con guirnaldas y pinturas que anunciaban el nacimiento a vecinos y viandantes. Abundaban las flores, corría el vino, se quemaba incienso y se comían pasteles. Durante toda la vida de un romano, el día que señalaba el aniversario de su nacimiento era una ocasión de fiesta y de recibir regalos.
Non tollere filium, es decir, no tomar el padre al niño en sus brazos y darle la espalda, significaba abandonar al recién nacido a su suerte, condenarlo a la muerte por exposición. Un esclavo se llevaba a aquel que hubiera sido rechazado y lo dejaba junto a la carretera para que cualquier persona pudiera recogerlo. Si nadie lo hacía, el pequeño moría irremediablemente.
En la antigua Roma había un lugar llamado la Columna Lactaria, ante el templo de la diosa Pietas en el foro Holitorio, que era el mercado de las verduras. Los más pobres acudían a mendigar leche para sus hijos. Allí podían encontrarse también mujeres que se ofrecían como nodrizas. Con el tiempo acabó siendo un lugar en el que al caer la noche se abandonaba a los recién nacidos. Los tratantes de esclavos pasaban a recoger a los expósitos y hacían negocio criándolos para venderlos después. La Columna Lactaria desapareció en el siglo I a. C. al construirse el teatro Marcelo, pero no desapareció con ella la tradición de exponer a los niños no deseados.

Afortunadamente esto no ocurría con frecuencia, porque los romanos valoraban mucho una descendencia numerosa, incluso entre las familias con pocos recursos. En el año 18 a. C. Augusto impuso fuertes impuestos a los solteros, al mismo tiempo que incentivaba el matrimonio y la fecundidad. Sin embargo había diversas causas que conducían a esta cruel práctica: se exponía a niños con malformaciones. La Ley de las Doce Tablas establecía incluso el deber de matar a quien naciera deforme. En este caso el padre debía mostrar el bebé a cinco vecinos que lo declararan monstruoso. Sin embargo, también podían ser expuestos los que nacían sanos cuando sus padres no eran capaces de mantenerlos. Entre los campesinos, a veces la familia que no podía hacerse cargo de más hijos regalaba los sobrantes a otras familias. Pero a veces los expósitos eran de clase alta, cuando sus padres eran incapaces de proporcionarles una educación acorde con su estatus. Igual de cruel era el caso en que se exponía al niño por no proceder a un nuevo reparto de la herencia, ya que todo nacimiento anulaba las disposiciones testamentarias anteriores. Eran expuestos hijos incestuosos, de uniones ilícitas fuera del matrimonio, aquellos cuya paternidad era atribuida a algún enemigo de la familia y, por último, estaban los casos en los que el marido sospechaba acerca de la paternidad del recién nacido.
Al parecer eran expuestas más niñas que niños. Existe una carta escrita desde Egipto por un ciudadano romano a su esposa. En el mensaje le dice: “Si, como bien podría suceder, das a luz un hijo, si es un varón deja que viva; si es mujer, deséchala”.