Hortensia Mancini, duquesa de Mazarino, es probablemente la más notable entre cuantas mujeres formaron parte del “serrallo” de Carlos II de Inglaterra. Durante su juventud fue una de las más ricas herederas de Europa, y, desde luego, también una de las más hermosas. Por la época en la que Carlos no era más que un príncipe errante, sin trono ni fortuna, había sido uno de los pretendientes a su mano, pero la oferta fue rechazada por el tío de Hortensia, el cardenal Mazarino, que no calculó que un día el Estuardo podría recuperar la Corona de su padre. Resulta irónico que al cabo del tiempo Hortensia terminara convertida en su amante y subsistiendo gracias a su generosidad.
Se trataba de una criatura irreflexiva, casi se diría que salvaje, una joven no carente de ingenio y que prefería la emoción de la aventura a cualquier idea de grandeza. Nació el 6 de junio de 1646, hija de Lorenzo Mancini, un aristócrata romano, y de Girolama Mazarino, hermana del cardenal. Cuando tenía seis años su tío la hizo llevar a Francia para ser educada. La vivacidad y el gusto por las bromas siempre formaron parte de su carácter. En realidad con el paso de los años jamás dejó de ser una niña traviesa. Su tío la adoraba, si bien le inquietaba un tanto percibir la indiferencia de Hortensia hacia la religión. En una ocasión el cardenal le dijo:
—Si no asistes a misa por amor a Dios, hazlo al menos por temor a los hombres.
María Mancini, hermana de Hortensia
Mazarino las sometía a ella y a sus hermanas a una férrea vigilancia para asegurarse de que no se desviaban del camino recto. Según se narra en las memorias de Hortensia, las jovencitas estaban bajo la vigilancia de Madame de Venel, “tan acostumbrada a su papel de guardiana, incluso por la noche, que solía levantarse para ir a ver qué estábamos haciendo”. Una noche, creyendo oír un ruido sospechoso, madame de Venel se temió lo peor y adormilada como estaba entró en la habitación donde dormía apaciblemente María Mancini, a la que por entonces pretendía Luis XIV. Nerviosa ante la posibilidad de toparse con Su Majestad y sin saber muy bien cómo debería reaccionar en el caso de que lo sorprendiera en tan embarazosa situación, la dama se puso a tantear la cama en la oscuridad para comprobar que había una sola persona en ella. Pero en su exceso de celo tuvo la mala fortuna de ir a meter un dedo en la boca de María. Esta, al despertarse sobresaltada con la intrusión, le mordió el dedo con todas sus fuerzas. Entre el susto y el dolor, madame de Venel lanzó lo que más que un grito fue un bramido, de tal modo que despertó a todo el piso. “Imaginad el asombro de ambas cuando se despejaron por completo, al encontrarse en esa situación. Mi hermana estaba sumamente enfadada por tan intensiva vigilancia. Al día siguiente le contaron la historia al rey y toda la corte se rió.”
El 1 de marzo de 1661, a punto de cumplir quince años, Hortensia contrajo matrimonio con Armand Charles de La Porte, duque de La Meilleraye y de Mayenne y Par de Francia. Desde entonces el matrimonio llevó el título de duques de Mazarino. El cardenal había querido casar a Armand con otra de sus sobrinas, pero el duque se enamoró perdidamente de Hortensia apenas la vio, y aseguró que si no se casaba con ella moriría en tres meses.
Mazarino falleció al año siguiente dejando a su sobrina una herencia fabulosa y un esposo difícil de soportar. Armand se mostraba excesivamente celoso, era caprichoso, tenía un carácter malhumorado y no se destacaba por su brillante intelecto, sino que, por el contrario, daba muestras de ser mentalmente inestable. Más que un cristiano devoto, se creía inspirado por Dios, y sus supuestas visiones y revelaciones divinas eran el hazmerreír en la corte del Rey Sol. Llevaba hasta tal punto su fanatismo que no quería que las nodrizas amamantaran a los niños en los días en que se celebrara alguna festividad religiosa. Tampoco le gustaba que las lecheras ordeñaran las vacas, porque eso tenía para él connotaciones sexuales. Además hacía que a sus sirvientas femeninas les arrancaran dientes para impedir que atrajeran la atención de los hombres. Tenía una magnífica colección de arte, pero él la estropeaba haciendo que pintaran encima de los desnudos para que no se viera nada indecoroso.
El matrimonio fue un infierno: Armand prohibía terminantemente a su esposa quedarse a solas con cualquier hombre, la obligaba a rezar durante buena parte del día en la capilla, pidiendo perdón por los pecados de la carne, y organizaba extravagantes búsquedas a medianoche, a la caza de posibles amantes secretos.
Al cabo de seis años el matrimonio se rompió. Harto del comportamiento de una esposa mundana y que amaba reír sobre todas las cosas, Armand decidió enviarla a un convento.
Mientras permanecía con las monjas, Hortensia tuvo por amiga y compañera, y al parecer por algo más, a la marquesa de Courcelles, otra dama casada, joven y alegre como ella, a la que el esposo había encerrado allí acusándola de adulterio. Una de las diversiones de ambas era echar tinta en la pila del agua bendita para que los rostros de las monjas se mancharan de negro al persignarse. A veces trataban de escaparse por la chimenea, y por la noche, cuando todas dormían, disfrutaban corriendo por los dormitorios con un montón de perritos ladrando y aullando tras ellas. En una ocasión llenaron de agua las camas de las religiosas a través de unas grietas en el suelo del piso superior. Hortensia lo confiesa, y añade que “con el pretexto de hacernos compañía, no nos perdían de vista. Las más ancianas, como eras las más difíciles de sobornar, eran las elegidas para esta misión; pero como no teníamos nada mejor que hacer que corretear por ahí, pronto las cansábamos a una tras otra, y hubo una o dos que se hicieron un esguince por intentar darnos alcance”.
Finalmente se decidió que regresaría al palacio Mazarino, donde ella y su esposo ocuparían habitaciones separadas. Su hermano Felipe, duque de Nevers, residía en un palacio contiguo. Hortensia hizo abrir un pasadizo mediante el cual tenía acceso a sus apartamentos a cualquier hora del día o de la noche. Esto dio pie a Armand para llegar al extremo de sugerir una relación demasiado íntima entre Hortensia y su hermano.
La duquesa de Mazarino no soportaba aquella situación, de modo que decidió emprender la huida. La noche del 13 de junio de 1668 abandonó furtivamente el hogar conyugal ayudada por su hermano. Dejaba atrás a los cuatro hijos habidos de su matrimonio, el menor de los cuales tenía tan solo dos años.
Para llevar a cabo su propósito se fingió indispuesta y se retiró a sus aposentos con una de sus servidoras. Allí se disfrazaron de hombre, y de ese modo atravesaron las puertas de la ciudad hasta alcanzar un carruaje que las estaba aguardando.
Continuará el jueves 1 de diciembre con la segunda y última parte.












































