“Eran expresivos y elocuentes, ostentosos y amantes del placer, no industriosos ni trabajadores, sino osados y llenos de confianza, sin ningún miedo a la muerte, amantes del cambio y, sobre todo, apasionados”. (A. L. Rowse)
En efecto, algunos de los rasgos predominantes de los habitantes de la Inglaterra isabelina fueron la vitalidad llevada hasta el extremo, así como el gusto por la acción, el riesgo y el juego. Pero se les pueden atribuir igualmente otras características menos amables: eran violentos, incluso sanguinarios. En todas las clases sociales la embriaguez era frecuente, y motivo de sangrientas refriegas. El duelo no estaba limitado por las leyes, y las querellas solían terminar en asesinatos. Los torneos caballerescos no abundaban, porque los espectáculos que más complacían tanto a la nobleza como al pueblo eran las batallas a muerte entre osos y perros, las peleas de gallos y también las ejecuciones.
Esta última diversión se proporcionaba con auténtica prodigalidad y con “insólito lujo de barbarie”, en palabras de Chastenet. En cada ciudad, prácticamente no transcurría un mes sin que se ahorcara a un malhechor, se quemara a una bruja, se torturara a un sacerdote católico refractario o se sometiese a suplicio a un puritano que se obstinara en sostener que los ministros del culto no debían llevar sobrepelliz. Se alababa el arte del verdugo que sabía colgar al condenado por alta traición, separarlo de la cuerda antes de morir, castrarlo, abrirle el vientre sin matarlo y dividirle en partes los intestinos mientras aún respiraba. Cuando el ejecutor sacaba en su mano el corazón palpitante del ajusticiado, era saludado con estremecedores vítores por la multitud.
Ejecución de María Estuardo
Eran tiempos en los que la vida no valía nada. Apenas regresar de una lejana expedición en cuyo curso habían atravesado los mayores peligros, capitanes aventureros como Hawkins o Drake solo pensaban en salir cuanto antes a afrontar nuevos riesgos. Ellos mismos eran implacables negreros y no vacilaban, si topaban con resistencia, en colgar de las entenas a los tripulantes de los galeones españoles, de los que se apoderaban por actos de piratería.
La reina, con su relativa benignidad, es casi una excepción. De ella casi podría repetirse lo que se dijo de su abuelo Enrique VII: “Hacía cortar pocas cabezas y las elegía discretamente”. Pero también Isabel se complacía aún más en las peleas entre perros y osos que en las representaciones teatrales, y ello aunque los autores de la época se llamasen Shakespeare y Marlowe.
Lo curioso es que la brutalidad de costumbres corría pareja con una cultura refinada. Muchos mercaderes, artesanos e incluso aldeanos compraban libros. Las baladas populares ponían cierto género de poesías al alcance de los más humildes, y no eran escasas las gentes rurales que entendían perfectamente las alusiones históricas o mitológicas.
Aunque ciertos señores, como Leicester, poseían importantes colecciones de cuadros, la curiosidad por las artes plásticas seguía siendo mediocre. Inglaterra apenas contaba entonces con pintores o escultores de primera categoría. Sin embargo, los muros de los salones estaban frecuentemente decorados con frescos, y en joyería se producían verdaderas obras de arte. Músicos y cantantes eran tenidos en la más alta estima. En muchas moradas burguesas podían encontrarse clavicordios, y en las cabañas había a veces un rabel o una viola junto al umbral.
En los diseños de las casas abundaban las estructuras en forma de H y de E, seguramente como homenaje a Enrique VIII (Henry) y a Isabel (Elizabeth). Se prestaba más atención al confort y se construían en torno a un patio interior. En las construcciones nuevas, a base de madera y piedra o piedra y ladrillo, la característica dominante es la importancia dada a las ventanas. Hay jardines inspirados en modelos italianos, aunque no tarda en dárseles un carácter propio con profusión de laberintos y parterres, y, sobre todo, con macizos tallados en forma de animales, personajes fabulosos e incluso seres humanos. En algunos de los jardines isabelinos los principales dignatarios de la Corte figuran recortados en plantas.
La moda en el vestir se inspira en principio en modelos ofrecidos por Francia e Italia, pero exagera su amplitud. Las gorgueras son más gruesas, los jubones más reforrados, los calzones más henchidos, los verdugados más desmesurados, los colores más llamativos y los joyeles diseminados con más abundancia. Un contemporáneo escribió: “Cuesta menos tiempo aparejar un navío que una dama”. Y hasta es posible que requiriera aún más tiempo aderezar a un caballero, porque además había que cortarle bigotes y barbas, teñirlos y peinarlos, endurecerlos con cosméticos y perfumarlos con almizcle o alcanfor, disponiéndolos finalmente según los gustos y la edad. Los estilos eran diversos: “a lo soldado”, “a lo marqués Otto” o “a lo Inamorato”. Pasaban mucho tiempo cuidando el cabello, algo tan fundamental que cuando se quedaban calvos recurrían a las pelucas para continuar con las modas.
Durante las cacerías se marcaban tendencias: a menudo llegaba un noble vistiendo alguna novedad que quienes le rodeaban querrían imitar. Las mujeres se esforzaban por lucir una cintura muy fina, y, en cuanto al calzado, los zapatos no eran importantes, puesto que quedaban totalmente cubiertos por el vestido. Los caballeros, en cambio, llevaban elegantes zapatos hechos de cuero. Más tarde, bien entrada la era, llevaron también unas capas que se sujetaban por un crucifijo y una cadena.
El lujo en la vestimenta no era privilegio de la aristocracia. No había mercader próspero que no se engalanara con birrete empenachado, cadena de oro al cuello y medias de seda. Las mujeres de los artesanos lucían los domingos sombrero de terciopelo y gorguera de encaje. Las aldeanas acomodadas, para ir al mercado, se adornaban con toca de tafetán, cuello almidonado y pantuflas bordadas.
Dentro de la nobleza, la mayoría de los antiguos linajes eran católicos, mientras que la nueva aristocracia era protestante. Las clases altas estaban exentas del juramento de obediencia a la Iglesia de Inglaterra, y eran muchas las familias católicas que tenían capellanes privados.
Los cargos y honores salían caros. Conseguir un puesto de embajador, por ejemplo, conllevaba un desembolso desorbitado, puesto que se esperaba de un embajador que mantuviera con sus propios medios un séquito de cien personas. Pero el honor más caro de todos era recibir a la reina en casa. A Isabel le encantaba alojarse en las residencias de sus nobles. Para ella era un modo barato de viajar y permanecer siempre en contacto con sus súbditos. La visita resultaba tan onerosa que muchos declinaban el honor por miedo a arruinarse.
El desayuno era apenas un aperitivo. En la corte solía consistir en un poco de pan y cerveza que los servidores traían mientras procedían a vestir y perfumar a sus señores. La principal comida del día comenzaba a las 11 y duraba tres horas. Era frecuente que los caballeros comieran fuera de casa, en un “ordinary”, es decir, una especie de taberna que servía los platos por un precio fijo, pero también podían comprar las comidas en tiendas especializadas y llevárselas a casa. Luego había una colación más frugal a las seis de la tarde. Las gentes humildes comían a mediodía y cenaban a las 7 o las 8.
Había pocas sillas, y solían usarse cofres y taburetes para sentarse. La elaboración de las camas alcanzó un gran avance durante este periodo, y aparecieron los colchones de plumas sustituyendo a los de paja.
El baile era una actividad popular. Se bailaba generalmente por parejas, y las danzas diferían de acuerdo con la clase social de los bailarines. Algunas de las practicadas en la corte eran la Volta y la Pavana.
Las representaciones teatrales tenían lugar originalmente en los patios de las posadas, puesto que el primer teatro público de Londres no se construyó hasta 1576. En cuanto al deporte y los juegos, también tenían un papel destacado en la época isabelina. Se jugaba al ajedrez y a los dados, y había una gran variedad de juegos de naipes. En aquel tiempo era inaudito que un hombre no supiera jugar al tenis o a los bolos, e imperdonable que no fuera diestro en el manejo del arco o fuese un mal cazador. El tenis era un deporte respetable que podía jugarse con raqueta o con la mano, pero la gente del pueblo prefería el fútbol. Si no había un campo apropiado, las calles servían igualmente para jugar un partido.
Bibliografía:
The Elizabethan Renaissance – Alfred Leslie Rowse
Isabel I – Jacques Chastenet












































