María de Bohun era la menor de las hijas de Hunfredo de Bohun, conde de Hereford, Essex y Northampton, y descendiente de Enrique III. Su madre era Juana Fitzalan, a su vez hija del poderoso conde de Arundel.
Los Bohun pertenecían, pues, a la más rancia nobleza normanda, lo que hubiera permitido a las hijas del conde aspirar a los más altos destinos sin necesidad de sumar las grandes riquezas de las que era poseedor. Cuando Hunfredo falleció en 1372, dejaba dos hijas de corta edad y una herencia suculenta que debía ser repartida entre ambas al alcanzar la edad adulta. El cebo era, desde luego, irresistible.
Años más tarde la mayor, Leonor, casó con Tomás de Woodstock, el menor de los hijos del rey Eduardo III. Tomás pretendía encontrar la manera de que su esposa fuera la única heredera de tan enorme fortuna, por lo que precisaba deshacerse de algún modo de la otra hermana. A tal fin él y Leonor se hicieron con la tutela de María con la intención de inclinarla hacia la vida religiosa y presionar para que fuera destinada al claustro.
El plan no era malo, pero no contaban con las ambiciones de Juan de Gante, hermano de Tomás. Nada dispuesto a dejar escapar la mitad de la herencia Bohun, la raptó del convento de Santa Clara con ayuda de la tía de María y logró casarla con su hijo Bolingbroke, quien un día reinaría en Inglaterra como Enrique IV. Curiosamente, por una de esas carambolas del destino al final fue Leonor quien al enviudar terminó sus días como monja de la abadía de Barking.
El matrimonio se celebró el 27 de julio de 1380 en el castillo de Arundel. Ella era muy joven por entonces; parece que apenas había alcanzado la pubertad, puesto que sus biógrafos sitúan la fecha de su nacimiento en torno a 1368, o incluso algunos proponen una fecha posterior. Él no era mucho mayor: apenas un par de años, lo que tal vez facilitó el buen entendimiento entre ambos.
Enrique era un jovencito de físico agraciado, de cabellos rojos y una dentadura perfecta en una época en la que no era lo más común. Su carácter era enérgico, tenaz y valiente; poseía una personalidad carismática, mucho sentido del humor y esmerada cortesía, si bien a veces también podía ser reservado, obstinado e impulsivo. Bien educado, hablaba latín además de francés e inglés, pero de entre todas las lenguas prefería expresarse en francés normando, el idioma de la corte inglesa. Hábil justador, amaba los torneos y los hechos de armas, era popular y respetado y no tardó en labrarse una gran reputación como caballero. Inclinado a la cultura, era íntimo amigo de Chaucer y adoraba la música; siempre le seguía un cortejo de gaitas y trompetas por donde iba. Él mismo era un músico notable. Sus apariciones eran impresionantes, porque, al igual que su padre, mantenía un gran séquito. No olvidaba sus devociones, y era generoso hasta el extremo, lo que demostraba con muchas obras de caridad. Emprendió dos veces la cruzada, la primera en 1390, con la Orden de los Caballeros Teutónicos, contra los paganos lituanos en Polonia, y dos años más tarde en Jerusalén.
En suma, el novio tenía todas las cualidades para resultar del agrado de la joven esposa, y al parecer el contento fue mutuo. Tenían en común la inclinación por el ajedrez y por la literatura. María, además de impulsar la iluminación de manuscritos, siguiendo el ejemplo de su familia, compartía con su esposo la afición por la música, y de hecho tocaba muy bien la guitarra, un instrumento de moda por entonces. Los trovadores siempre eran bien recibidos en su hogar, y generosamente recompensados. Con tanta coincidencia no resulta sorprendente que el matrimonio fuera todo un éxito, dando comienzo a una de las historias más románticas de la época, pese a ser poco conocida.
En un principio se había decidido no permitirles cohabitar hasta que ella alcanzara la edad de 16 años, pero aunque María, como menor, quedó al cuidado de su madre, no fue posible ponerle puertas al campo. Los recién casados, demasiado enamorados, desobedecieron a sus padres y consumaron pronto su matrimonio, con el resultado de que María dio a luz a su primer hijo en abril de 1382, un niño que murió a los pocos días.
En 1384 la joven reclamó su parte en la herencia, y a partir de entonces su esposo fue reconocido como conde de Hereford y Northampton.
Otro hijo nació cuatro o tal vez cinco años más tarde que el primogénito, dependiendo de la fuente, y es posible que siguiera a un segundo malogrado. Bolingbroke recibió la buena noticia de su tan deseada paternidad por el camino de regreso a casa desde Windsor, al cruzar el río Wye. Su alegría fue tan grande que en aquel momento concedió al barquero el monopolio sobre el negocio.
El recién nacido era Enrique de Monmouth, quien reinaría posteriormente como Enrique V. Otros cinco siguieron en rápida sucesión: Tomás, Juan, Hunfredo, Blanca y Felipa. Lamentablemente María no logró sobrevivir a este último parto. Murió en el castillo de Peterborough, su residencia favorita, el 4 de junio de 1394 al traer al mundo a esa hija que sería reina de Dinamarca, Noruega y Suecia. La infortunada María fue enterrada dos días más tarde en la iglesia de Santa María de Castro, en Leicester.
La inquebrantable fidelidad de Enrique a su esposa fue tan notable que se había convertido en un tema objeto de comentarios en todas las cortes de Europa. Dado el amor que siempre le había mostrado, a nadie sorprendió que a la muerte de María Bolingbroke se sumiera en un profundo y sincero duelo.
María de Bohun Fue Dama de la Jarretera y llevó el título de condesa de Derby, pero nunca llegó a ser reina de Inglaterra, puesto que su esposo alcanzó el trono cinco años después de su muerte, tras deponer a Ricardo II.































