Corría el siglo IV de la era cristiana. Eugenio I, hijo de Fotelmacho, se aprestaba para presentar batalla a Roma y a sus aliados pictos. El rey de los escotos estaba preocupado por los extraños augurios que ensombrecían su reino. Hacía algún tiempo que en Albión se veían prodigios capaces de aterrorizar a los corazones más valientes: las aguas del río Dune fluían llenas de sangre, los pájaros caían en gran número a tierra; de noche se veían espadas moviéndose por el cielo para acabar convirtiéndose en una gran llama antes de desvanecerse en el aire. Las brujas decían que las señales anunciaban el final del reino de los escotos.
Y eso era precisamente lo que deseaba el hispano Magno Clemente Máximo, legado de Roma. Máximo maniobraba con astucia para destruir tanto a pictos como a escotos y apoderarse de sus tierras en nombre del Imperio. Al conocer los graves conflictos que por entonces enfrentaban a ambos pueblos, vio la ocasión de utilizar la enemistad en su provecho. Primero iría a por los escotos, y más tarde se ocuparía de los pictos.
Máximo envió embajadores al rey Heirgusto de los pictos, para decirle que había oído, no sin indignación, que los escotos sostenían una guerra contra ellos. Roma quería reafirmar la paz con su pueblo, al que siempre había mirado con simpatía. En definitiva, le aseguró que podían contar con Roma para aplastar a los escotos.
El ofrecimiento no pudo ser mejor acogido por Heirgusto. Ambos firmaron un tratado, tras lo cual Máximo envió un mensajero a Eugenio ordenándole reparar el daño que sus trifulcas habían ocasionado a los pictos: debía devolverles las propiedades robadas en su territorio y entregar a los responsables del saqueo para que recibieran el castigo que les impondría Heirgusto. De lo contrario, Eugenio y su pueblo se declararían enemigos de Roma.
Eugenio respondió que desde que el legado había entrado en su reino los escotos no habían causado daño alguno a los romanos, por lo cual Roma no tenía justa causa para tratarlos como enemigos ni amenazarlos con las armas. Pero si Máximo y los pictos estaban decididos a hacerles la guerra, lo encontrarían en el campo de batalla.
Cuando Máximo escuchó su respuesta, reunió un numeroso ejército con el que arrasó Westmorland. Luego marchó hacia Ordovicia arruinando cosechas, quemando poblados y capturando un buen botín por el camino. Los escoceses nunca se habían enfrentado a un ejército tan numeroso. Eugenio había reclutado otro, y avanzaba con decisión hacia el enemigo. Ambos se encontraron junto al río Cree y se enzarzaron en un combate que habría de prolongarse durante todo el día. Pero esa noche Eugenio, consciente de que sus hombres estaban desmoralizados y no tendrían la menor oportunidad de salir victoriosos, los reunió para comunicarles su decisión de abandonar el campo de batalla.
Máximo desistió de salir en su persecución debido a una carta que recibió y que reclamaba su urgente presencia en Kent. Durante algún tiempo otros asuntos mantuvieron ocupado al legado, y mientras tanto los escotos continuaban saqueando impunemente las tierras de los pictos. Máximo, al enterarse, fingió enfurecerse por unas noticias que en realidad le proporcionaban el deseado pretexto para volver a atacar a Eugenio.
Al verano siguiente se puso de nuevo en marcha con un gran ejército. Eugenio acudió a su encuentro. Las fuerzas escocesas aumentaban de día en día, y ahora el rey se creía en condiciones de enfrentarse al enemigo. De acuerdo con la vieja tradición, no sólo los hombres, sino también las mujeres capaces de manejar un arma se alistaban en las filas del rey. Se habían reunido unos 50.000 soldados en el bando escocés, clamando batalla, gritando que vencerían o morirían luchando.
Eugenio no se encontraba lejos del río Munda cuando le informaron que los romanos se encontraban muy cerca, y que llegaban en un número mucho mayor del esperado. El rey mantuvo su expresión de calma, como si no temiera a las armas de Roma. Dividió a su ejército en tres partes y lo situó donde le pareció mejor para el combate, de modo que el sol diera al enemigo en los ojos.
Los presagios, sin embargo, se cumplieron: Eugenio perdió la vida en la batalla. Al final de la jornada su cuerpo fue encontrado entre una montaña de cadáveres. Por orden del general enemigo, se le rindieron los mismos honores con los que se celebraban los funerales de cualquier príncipe romano.
Después Roma impuso su edicto: todos los escotos debían abandonar esa parte del reino bajo pena de prisión o incluso de muerte. Además estaban obligados a entregar sus casas y pertenencias a quienes los romanos les indicaran. A consecuencia de este decreto, muchos buscaron refugio en Irlanda, en Noruega y en Dinamarca, mientras aquellos que decidieron quedarse fueron hechos prisioneros por los pictos, o bien, desesperados, aceptaron alistarse en el ejército enemigo.
La viuda del rey Eugenio, Cartandis, era una princesa de Gales. Había amado mucho a su esposo, y su dolor fue inmenso. Al enterarse de que se le había dado sepultura siguiendo los ritos de una religión que no era la suya, fue presa de la angustia. Temía que el espíritu del rey no hallara reposo, y se negaba a moverse del lugar en el que había sido enterrado. Allí permanecía ocupada en oraciones y devociones por su alma, acompañada por otras nobles damas que unían a las suyas sus propias plegarias por los familiares que habían caído también en la batalla.
Mientras las mujeres daban aún rienda suelta a su dolor, los pictos, que eran quienes habían instigado a Máximo a emitir el edicto de destierro, llegaron al lugar e informaron a Cartandis del castigo que conllevaba desobedecer la orden de Roma. En vano suplicó la reina que la dejaran continuar con su duelo; los pictos insistieron en que el decreto debía cumplirse.
La reina fue arrestada y conducida a presencia de Máximo acompañada de uno de sus servidores y de dos mujeres que no se separaban de ella. Cuando compareció ante el legado, se postró a sus pies y solicitó permiso para que ella y sus acompañantes pudieran quedarse en el país durante el resto de sus vidas, aunque fuera como siervas, pidiendo tan sólo a cambio de verse reducidas a tal condición el ser enterradas en la misma tumba que sus esposos.
Máximo, conmovido por la pena de Cartandis, le asignó una morada en la ciudad de Carrick, con algunos ingresos para el mantenimiento de su dignidad real. La generosidad del romano llegó a procurarle una escolta que se encargara de su protección durante el viaje.
Los soldados la dejaron sana y salva en un pueblo a escasa distancia de Carrick. Pero una vez fuera de su vista apareció una partida de bandidos pictos a caballo. Los forajidos asesinaron al servidor de Cartandis y despojaron a la reina y al resto de las mujeres de cuanto poseían. No se atrevieron a golpearla a ella, que era hija del rey de Cambria, pero las otras dos mujeres no tuvieron tanta suerte.
Cartandis logró regresar hasta Máximo. El general la recibió con todos los honores y el respeto debido a su rango y a su sufrimiento; la escuchó y le restituyó en la medida de sus posibilidades cuanto había perdido a manos de los pictos. Después de eso capturó a los bandidos y los castigó con la pena de muerte por el ultraje hecho a la reina.
Los pictos, al conocer la severidad con la que habían sido castigados algunos de los suyos, y la amabilidad con la que era recibida Cartandis, no se sintieron satisfechos. Enviaron una delegación de nobles de su nación para quejarse de que Máximo hubiera hecho ejecutar a sus aliados por una mujer, y por una que, además, era su enemiga. Pensaban que no debería haber condenado a muerte a unos aliados de Roma, y exigieron que Cartandis, de acuerdo con el edicto emitido, fuera despojada de sus propiedades y sometida a cautiverio.
Ella estuvo presente durante la entrevista de Máximo con los jefes pictos. Cuando la conversación llegó al punto en que se discutía su destino, viendo que la intención de sus enemigos era enviarla de vuelta a Gales, contra lo que tanto deseaba su corazón, prorrumpió en un apasionado lamento y pidió que antes que eso le dieran muerte ante la tumba de su esposo.
Todos los presentes, excepto los pictos, se mostraron conmovidos, de modo que Cartandis obtuvo lo que pedía. Fue autorizada a partir hacia cualquier lugar del país que eligiera, y desde entonces vivió bajo la protección del poderoso nombre de Roma, sin que nadie osara inquietarla.
Años más tarde, en el 383, las tropas proclamaban emperador a Máximo allá en Britania.
Bibliografía:
Scotorum Historiae - Hector Boece
The Scottish chronicle - Raphael Holinshed
The Queens before the conquest - Matthew Hall






















































