
Renée de Rieux
Renée de Rieux, hija del Señor de Châteauneuf, fue una de las damas de Catalina de Médicis. Nacida hacia 1550 en el seno de una familia de la nobleza bretona, al llegar a la Corte pronto se convirtió en amante de uno de los hijos de Catalina, el joven duque de Anjou, futuro Enrique III, tal vez el más hermoso príncipe de Europa. A ella dedicó Enrique muchos sonetos galantes en los que alababa su rubia cabellera y sus múltiples perfecciones, unos versos que le continuó inspirando incluso después de haber iniciado una nueva relación con Marie de Clèves.
Su porte, su elegancia y su belleza eran tales que durante mucho tiempo se convirtió en el mayor cumplido que podía hacerse en la Corte decir que una dama tenía “l’air de mademoiselle de Châteauneuf”.
Hubo una época en la que, habiendo sido sus ancestros de tan alta estirpe, Renée incluso acarició la idea de desposar al duque de Anjou, lo que él hubiera hecho muy gustosamente de no topar con la rotunda oposición de su madre, que por entonces planeaba casarlo con la reina Isabel.
Poco después Enrique era elegido rey de Polonia. Tras una breve estancia en aquel país, su hermano Carlos IX fallecía sin hijos varones, y él regresaba a Francia como su sucesor. Apenas llegar se casa con Luisa de Vaudemont, perteneciente a la Casa de Lorena. El único motivo para un matrimonio tan poco brillante fue la gran inclinación que el rey sintió por la joven al conocerla. Luisa, de carácter dulce, virtuosa muy piadosa, humilde, llena de bondad e incapaz de crueldad o intolerancia, era justamente el revés de la medalla de la indomable Châteauneuf.
Luisa de Vaudemont
Marie de Clèves ya había fallecido, y él retoma su relación con Renée. Pero la boda de Enrique provocó los celos de la Bella Châteauneuf. Esta dama, de temperamento salvaje, durante un baile apareció con un atuendo que copiaba lo más exactamente posible el de la reina, imitando incluso las joyas. Luisa, consciente de que no podía recurrir a su esposo, abandonó el salón y fue en busca de Catalina, a quien hizo un relato de lo sucedido. La Médicis habló con su hijo y le hizo ver la necesidad de que Renée abandonara su puesto entre el séquito de la reina. A la mañana siguiente Renée era castigada con un destierro de tres meses.
Enrique resultó muy contrariado por la ausencia de la bella, así que decidió buscarle un esposo cuyo rango fuera garantía suficiente de que podría permanecer en la Corte. Intenta entonces casarla con Francisco de Luxemburgo de Brienne, antiguo pretendiente de Luisa. Un día llamó al caballero a sus apartamentos y le dijo:
—Primo, ya que me he casado con vuestra enamorada, estoy dispuesto a cederos la mía, mademoiselle de Châteauneuf.
—Sire, me alegro y me siento orgulloso de que quien un día fue dueña de mi corazón haya alcanzado tan alto puesto y tanta felicidad. Mucho es lo que ha ganado con el cambio. Sin embargo, ruego me excuséis si yo no acepto vuestro ofrecimiento.
—Es mi deseo que os caséis con ella de inmediato —repuso Enrique enfadado—. Yo mismo asistiré a la ceremonia.
—Me temo que no puedo complaceros en eso, Sire —replicó indignado—. Mi nacimiento y mi fortuna me permiten aspirar a la mano de una dama de linaje principesco y reputación sin tacha —remarcó con toda intención.
Ante la insistencia del rey, solicitó un plazo de ocho días para considerar la propuesta. Enrique se lo concedió, pensando que necesitaba el plazo para preparar la boda. Pero tan pronto como Brienne abandonó los aposentos reales, montó en su caballo y cabalgó hacia Holanda.
Enrique de Valois
Enrique había intentado también casarla con Duprat de Nantouillet, el hombre que había calumniado públicamente a Renée antes de que él alcanzara el trono. Duprat la rechazó con contundencia, y para vengar el insulto se cuenta que la dama, que iba un día cabalgando y se encontró con que él venía a pie, lo arrolló y lo pateó con su caballo. Afortunadamente la historia parece que se trata de una exageración. En realidad lo que habría hecho la dama sería azotarlo con su fusta.
La reina madre había intentado casarla en otro tiempo, pero tratando de alejarla de la Corte, temerosa de la influencia que tenía sobre su hijo. Llegó a pensar para ella en el mismísimo conde de Leicester, aunque ningún proyecto salió adelante. La propia Renée rechazó la mano del vaivoda de Transilvania, que había enviado a solicitar esposa en la Corte de Francia.
Cuando regresa tras su exilio de tres meses, encuentra por fin marido en la persona de Antinotti, un florentino del séquito de Catalina de Médicis.
El matrimonio de Renée con el italiano no fue feliz. Al cabo de un año ella asesinó a su esposo infiel al encontrarlo en brazos de su amante, apuñalándolo en un ataque de celos. Le salió gratis el crimen, porque, protegida por el rey, no recibió ningún castigo. Ni siquiera fue juzgada. Enrique incluso se mostró muy generoso con ella cuando al poco tiempo volvía a casarse, regalándole las tierras de Castellane.
La belicosa dama contraía un segundo matrimonio con otro caballero de origen italiano, aunque nacido en Marsella: Felipe Altoviti, capitán de galeras.
También él tuvo una muerte violenta, si bien esta vez no fue a manos de su esposa. En 1586 Altoviti le escribió a Enrique que el bastardo de Angulema, hijo del difunto Enrique II y por tanto hermanastro del rey, conspiraba con el mariscal de Montmorency, con quien mantenía correspondencia. El rey mostró el mensaje al culpable, el cual, furioso, se presentó en la ciudad de Aix, en la que se encontraba Felipe, y entró en la posada de la Tête Noir. Allí se alojaba el italiano. Este no pudo negar los hechos, y pidió perdón al bastardo por haberlo acusado injustamente. Poco satisfecho con las excusas, durante el calor de la discusión Angulema sacó su espada e hirió a Altoviti. Felipe intentó defenderse arrojándose contra el bastardo, pero un caballero del séquito de este último, en un exceso de celo, asestó una estocada al italiano con tan mala fortuna que al atravesarlo desgarró al mismo tiempo las entrañas del de Angulema.
Esa es la versión de Desportes, aunque según otra, recogida por Chateaubriand, sería un duelo entre ambos rivales, siendo Altoviti quien habría asestado a su enemigo un golpe con su propio puñal tras ser atravesado por él. De acuerdo con este relato Angulema no dio importancia a su propia herida, pero el monje que vino a curarlo le advirtió del peligro. El príncipe respondió con despreocupación:
—¿No hay que pensar en vivir? Bien, pues en ese caso pensemos en morir.
Entonces se confesó con el fraile y falleció antes de 24 horas.
Renée quedaba viuda por segunda vez. Hasta entonces había continuado en la corte de Enrique III, para desgracia de la reina. La dama no trataba con respeto a su soberana, y no perdía ocasión de vejarla. Ahora la Belle Châteauneuf se retiraba de la corte para vivir en Marsella en total oscuridad. No se conoce a ciencia cierta la fecha de su muerte, y ni siquiera el lugar, aunque se cree no sobrevivió a su marido mucho tiempo.
Había tenido varios hijos. Una de sus hijas fue Marseille d’Altoviti, célebre por su talento poético.
La Bella Châteauneuf se había visto inmersa en su día en las horribles matanzas de la Noche de San Bartolomé. Con ruegos y lágrimas logró entonces que el duque de Anjou perdonara la vida del mariscal de Cossé, y dicen que esta fue la única buena acción que puede anotarse en la cuenta de esta mujer.













































