lunes, 28 de febrero de 2011

La Bella Châteauneuf


Renée de Rieux

Renée de Rieux, hija del Señor de Châteauneuf, fue una de las damas de Catalina de Médicis. Nacida hacia 1550 en el seno de una familia de la nobleza bretona, al llegar a la Corte pronto se convirtió en amante de uno de los hijos de Catalina, el joven duque de Anjou, futuro Enrique III, tal vez el más hermoso príncipe de Europa. A ella dedicó Enrique muchos sonetos galantes en los que alababa su rubia cabellera y sus múltiples perfecciones, unos versos que le continuó inspirando incluso después de haber iniciado una nueva relación con Marie de Clèves.

Su porte, su elegancia y su belleza eran tales que durante mucho tiempo se convirtió en el mayor cumplido que podía hacerse en la Corte decir que una dama tenía “l’air de mademoiselle de Châteauneuf”.

Hubo una época en la que, habiendo sido sus ancestros de tan alta estirpe, Renée incluso acarició la idea de desposar al duque de Anjou, lo que él hubiera hecho muy gustosamente de no topar con la rotunda oposición de su madre, que por entonces planeaba casarlo con la reina Isabel.

Poco después Enrique era elegido rey de Polonia. Tras una breve estancia en aquel país, su hermano Carlos IX fallecía sin hijos varones, y él regresaba a Francia como su sucesor. Apenas llegar se casa con Luisa de Vaudemont, perteneciente a la Casa de Lorena. El único motivo para un matrimonio tan poco brillante fue la gran inclinación que el rey sintió por la joven al conocerla. Luisa, de carácter dulce, virtuosa muy piadosa, humilde, llena de bondad e incapaz de crueldad o intolerancia, era justamente el revés de la medalla de la indomable Châteauneuf.

Luisa de Vaudemont

Marie de Clèves ya había fallecido, y él retoma su relación con Renée. Pero la boda de Enrique provocó los celos de la Bella Châteauneuf. Esta dama, de temperamento salvaje, durante un baile apareció con un atuendo que copiaba lo más exactamente posible el de la reina, imitando incluso las joyas. Luisa, consciente de que no podía recurrir a su esposo, abandonó el salón y fue en busca de Catalina, a quien hizo un relato de lo sucedido. La Médicis habló con su hijo y le hizo ver la necesidad de que Renée abandonara su puesto entre el séquito de la reina. A la mañana siguiente Renée era castigada con un destierro de tres meses.

Enrique resultó muy contrariado por la ausencia de la bella, así que decidió buscarle un esposo cuyo rango fuera garantía suficiente de que podría permanecer en la Corte. Intenta entonces casarla con Francisco de Luxemburgo de Brienne, antiguo pretendiente de Luisa. Un día llamó al caballero a sus apartamentos y le dijo:

—Primo, ya que me he casado con vuestra enamorada, estoy dispuesto a cederos la mía, mademoiselle de Châteauneuf.

—Sire, me alegro y me siento orgulloso de que quien un día fue dueña de mi corazón haya alcanzado tan alto puesto y tanta felicidad. Mucho es lo que ha ganado con el cambio. Sin embargo, ruego me excuséis si yo no acepto vuestro ofrecimiento.

—Es mi deseo que os caséis con ella de inmediato —repuso Enrique enfadado—. Yo mismo asistiré a la ceremonia.

—Me temo que no puedo complaceros en eso, Sire —replicó indignado—. Mi nacimiento y mi fortuna me permiten aspirar a la mano de una dama de linaje principesco y reputación sin tacha —remarcó con toda intención.

Ante la insistencia del rey, solicitó un plazo de ocho días para considerar la propuesta. Enrique se lo concedió, pensando que necesitaba el plazo para preparar la boda. Pero tan pronto como Brienne abandonó los aposentos reales, montó en su caballo y cabalgó hacia Holanda.

Enrique de Valois

Enrique había intentado también casarla con Duprat de Nantouillet, el hombre que había calumniado públicamente a Renée antes de que él alcanzara el trono. Duprat la rechazó con contundencia, y para vengar el insulto se cuenta que la dama, que iba un día cabalgando y se encontró con que él venía a pie, lo arrolló y lo pateó con su caballo. Afortunadamente la historia parece que se trata de una exageración. En realidad lo que habría hecho la dama sería azotarlo con su fusta.

La reina madre había intentado casarla en otro tiempo, pero tratando de alejarla de la Corte, temerosa de la influencia que tenía sobre su hijo. Llegó a pensar para ella en el mismísimo conde de Leicester, aunque ningún proyecto salió adelante. La propia Renée rechazó la mano del vaivoda de Transilvania, que había enviado a solicitar esposa en la Corte de Francia.

Cuando regresa tras su exilio de tres meses, encuentra por fin marido en la persona de Antinotti, un florentino del séquito de Catalina de Médicis.

El matrimonio de Renée con el italiano no fue feliz. Al cabo de un año ella asesinó a su esposo infiel al encontrarlo en brazos de su amante, apuñalándolo en un ataque de celos. Le salió gratis el crimen, porque, protegida por el rey, no recibió ningún castigo. Ni siquiera fue juzgada. Enrique incluso se mostró muy generoso con ella cuando al poco tiempo volvía a casarse, regalándole las tierras de Castellane.


La belicosa dama contraía un segundo matrimonio con otro caballero de origen italiano, aunque nacido en Marsella: Felipe Altoviti, capitán de galeras.

También él tuvo una muerte violenta, si bien esta vez no fue a manos de su esposa. En 1586 Altoviti le escribió a Enrique que el bastardo de Angulema, hijo del difunto Enrique II y por tanto hermanastro del rey, conspiraba con el mariscal de Montmorency, con quien mantenía correspondencia. El rey mostró el mensaje al culpable, el cual, furioso, se presentó en la ciudad de Aix, en la que se encontraba Felipe, y entró en la posada de la Tête Noir. Allí se alojaba el italiano. Este no pudo negar los hechos, y pidió perdón al bastardo por haberlo acusado injustamente. Poco satisfecho con las excusas, durante el calor de la discusión Angulema sacó su espada e hirió a Altoviti. Felipe intentó defenderse arrojándose contra el bastardo, pero un caballero del séquito de este último, en un exceso de celo, asestó una estocada al italiano con tan mala fortuna que al atravesarlo desgarró al mismo tiempo las entrañas del de Angulema.

Esa es la versión de Desportes, aunque según otra, recogida por Chateaubriand, sería un duelo entre ambos rivales, siendo Altoviti quien habría asestado a su enemigo un golpe con su propio puñal tras ser atravesado por él. De acuerdo con este relato Angulema no dio importancia a su propia herida, pero el monje que vino a curarlo le advirtió del peligro. El príncipe respondió con despreocupación:

—¿No hay que pensar en vivir? Bien, pues en ese caso pensemos en morir.

Entonces se confesó con el fraile y falleció antes de 24 horas.

Renée quedaba viuda por segunda vez. Hasta entonces había continuado en la corte de Enrique III, para desgracia de la reina. La dama no trataba con respeto a su soberana, y no perdía ocasión de vejarla. Ahora la Belle Châteauneuf se retiraba de la corte para vivir en Marsella en total oscuridad. No se conoce a ciencia cierta la fecha de su muerte, y ni siquiera el lugar, aunque se cree no sobrevivió a su marido mucho tiempo.

Había tenido varios hijos. Una de sus hijas fue Marseille d’Altoviti, célebre por su talento poético.

La Bella Châteauneuf se había visto inmersa en su día en las horribles matanzas de la Noche de San Bartolomé. Con ruegos y lágrimas logró entonces que el duque de Anjou perdonara la vida del mariscal de Cossé, y dicen que esta fue la única buena acción que puede anotarse en la cuenta de esta mujer.

jueves, 24 de febrero de 2011

Las fiestas en la Corte de Felipe IV

Felipe IV

“Usa de tanta gravedad, que anda y se conduce con el aire de una estatua animada”, decían los extranjeros que lo veían ejerciendo su oficio de rey en recepciones oficiales. 

No sabían que tras esta imagen oficial que obedecía a su concepto de la Majestad, Felipe IV fue un hombre que gozó sin medida de cuantos placeres puso la vida a su alcance, y su reinado fue un periodo de lujo, fiestas y exaltación de la Corte

Inteligente, muy culto y lleno de ganas de vivir aunque abúlico como gobernante, el rey fue un gran tímido que, lejos de ese aire imperturbable que transmitía, tenía arranques de ira de los que se arrepentía pronto. Fue buen cazador, aficionado a torneos, cacerías y juegos de cañas, pero sobre todo un apasionado de las artes, en especial de la pintura y el teatro. Le gustaban los toros y las mujeres —no por ese orden—. Más que de ninguna otra diversión gustaba del teatro, y, desde luego, de las actrices. Desde su infancia participaba en las representaciones que se hacían en palacio. Más tarde comenzó a acudir a los palcos de los teatros populares de Madrid: el Corral de la Cruz y el Corral del Príncipe, a los que iba de incógnito en busca de placeres mundanos y aventuras amorosas. Durante una de aquellas visitas secretas el monarca se quedó prendado de María Inés Calderón, conocida popularmente como “la Calderona”, con la que tendría al bastardo don Juan José de Austria. 

Felipe IV y su hermana Ana de Austria

Su formación artística era envidiable, le agradaba tratar con pintores de la época, fue un verdadero mecenas y tenía, además, un exquisito gusto musical. El rey se interesó también por la astronomía y fue poeta. Son suyas varias composiciones y comedias que firmaba con el pseudónimo de “Un ingenio de esta Corte”. Protegió a poetas y dramaturgos haciendo representar sus obras en su teatro del Real Alcázar y organizando justas poéticas y recitales en sus salones. Tradujo obras del italiano y reunió una selecta biblioteca. 

Su primera esposa, Isabel de Borbón, se aficionó a las comedias y a los toros cuando llegó a España, y gustaba de toda clase de diversiones bulliciosas. De ella se cuenta que en una ocasión hizo soltar ratones en la cazuela del teatro cortesano para conseguir más animación y griterío. 

A Felipe IV se le calcula un total de 43 hijos, 30 de ellos bastardos, habidos tanto con mujeres nobles como de baja estofa, que todo le venía bien a Su Majestad. De él llegó a contarse que en una ocasión, habiendo oído hablar de la belleza de una monja del convento de San Plácido, no tuvo descanso hasta presentarse disfrazado en el locutorio del convento, dispuesto una vez más a la conquista. 

Isabel de Borbón

De todas las fiestas realizadas en la Corte española, “la variedad, suntuosidad y frecuencia aumentarán paulatinamente hasta alcanzar su apogeo en el reinado de Felipe IV”. El calendario de fiestas, romerías, ferias y verbenas fue muy amplio durante su reinado. Sólo se trabajaba una media de 272 días al año, y las celebraciones duran frecuentemente varias jornadas. Se adornan los edificios, se cubren con ramas verdes los barrizales de las calles, se erigen arcos triunfales y a veces el rey paga el vino de los ciudadanos. 

Los paseos eran la esencia de la vida social. Los lugares más frecuentados eran los Jardines del Buen Retiro, La Alameda del Prado y La Huerta de Juan Fernández. 

Una de las diversiones de la Corte era recrear batallas navales en el lago del parque del Retiro. Allí disfrutaba la familia real y los cortesanos navegando por los canales. La creación del real sitio se debió al deseo del conde-duque de Olivares de erigir una villa cercana a la Corte capaz de ofrecer un complejo programa de diversiones destinadas al entretenimiento de Felipe IV. Los festejos solían tener el empuje de valido, puesto que con ellos no sólo se trata de divertir y distraer al pueblo, sino también al propio rey y a su corte para distraerlos de otros asuntos. De ese modo cualquier suceso o acontecimiento era pretexto para organizar celebraciones y desfiles. 

Felipe IV

En Madrid la Plaza Mayor fue escenario donde se instalaban palcos y tablados desde los que contemplar corridas de toros, mascaradas, juegos de cañas, carreras de caballos, justas y diversiones caballerescas de tradición medieval. El propio rey tomaba parte en ellas. 

En tiempos de Felipe IV, se celebraban también numerosas fiestas en las que intervenían los caballos. Una de ellas era la llamada encamisada. José Deleito Piñuelo dice que "Era cierta fiesta que se hacía de noche con hachas por la ciudad, en señal de regocijo, yendo a caballo… se efectuaba La Encamisada en la Corte y en las ciudades principales y preferentemente para conmemorar a todos los príncipes y magnates, o bien otros acontecimientos". 

Cuando el príncipe de Gales llegó en 1623 a la Corte con la intención de pedir la mano de la infanta María, los festejos que se organizaron para agasajarlo durante los cinco meses que duró su estancia fueron continuos: banquetes, bailes, ballets y demás celebraciones se sucedían sin apenas interrupción en el Salón Grande y en el de Comedias del Alcázar. 

La Calderona

El rey participaba en los carnavales. Es más: fue Felipe IV quien restauró estas fiestas, que habían sido prohibidas por Carlos I en 1523. Gaspar de Guzmán escribe que “ha solemnizado el carnaval habiendo salido de máscara el domingo pasado, con que se alegró el pueblo harto y mostró Su Majestad la gallardía y brío que Dios le ha dado aventajándose a los demás”. La permisividad que caracterizó a estas fiestas durante su reinado llegó a extremos insospechados. El martes de Carnestolendas de 1638, el Rey y toda la corte participaron en una boda fingida en la que el almirante de Castilla vestía de mujer, al igual que un grupo de nobles, el Conde-Duque de Olivares hizo de portero, el rey de ayuda de cámara y la reina de "obrero mayor" 

La infanta María Teresa organiza ya saraos en sus aposentos con solo 9 años de edad, conduciendo una especie de mascarada femenina con 17 de sus damas y meninas, todas vestidas de tela de oro forrada de armiño. El evento tuvo lugar en diciembre de 1647, para celebrar el cumpleaños de su madrastra, Mariana de Austria. 

Cuando la infanta viaja a Francia para casarse con Luis XIV no solo se hace acompañar de un maestro de danza, sino que consigue trasladar a toda una compañía de cómicos, la de Pedro de La Rosa, que cuenta con la mejor bailarina española de su época. Desde aquel momento se afianza en la Corte francesa la danza española, y Lulli no vacila en emplear esos aires para sus composiciones.

lunes, 21 de febrero de 2011

Aniversario


Hoy hemos cumplido dos años dentro de este tablero de ajedrez, así que estamos de fiesta.

Muchas gracias a cuantas personas han pasado por aquí a lo largo de este tiempo, y muy especialmente a aquellas que enriquecen el espacio con sus comentarios.

A partir de ahora no podré llevar el mismo ritmo de publicación, ni pasar a visitarles con la misma frecuencia, puesto que la logia de los crononautas ya se va ampliando mucho. Pero no me despido. Estaré presente siquiera una vez por semana si no puede ser más.

Gracias nuevamente a todos. Los espero esta noche en el Moulin de la Galette.

domingo, 20 de febrero de 2011

Francisco II y María Estuardo

Francisco II y María Estuardo

Como si de una extraña maldición se tratara, las dinastías que han reinado en Francia desde los Capeto terminaron con el reinado de tres hermanos. Sucedió así con los tres hijos de Felipe IV, los últimos Capeto; del mismo modo los tres últimos Valois fueron hermanos, e igual sucedió con los Borbones. 

Entre los Valois, el primero de estos tres hermanos que pusieron fin a la dinastía fue Francisco II, hijo de Enrique II y Catalina de Médicis. Había nacido en Fontainebleau el 19 de enero de 1544 y falleció el 5 de diciembre 1560, tras un reinado de poco más de un año. Fue consagrado en Reims el 21 de septiembre de 1559 por el cardenal de Lorena. La Corte estaba entonces en el hermoso valle del Loira, puesto que los lugares favoritos del nuevo rey eran la villa de Orleáns y el castillo de Blois. 

24 de abril de 1558 se casó con María Estuardo, reina de Escocia, en la catedral de Notre-Dame. La escocesa, prometida desde niña a Francisco, se educó en la Corte de Francia, por lo que ambos habían crecido juntos y reinaba el buen entendimiento entre ellos pese a ser muy diferentes. Su matrimonio duró apenas año y medio, pero fue “apasionado y, al parecer, extenuante para un hombre tan frágil”. Extenuante, aunque no sé sabe con qué resultados, pues aún se discute si pudo o no ser consumado alguna vez. 


Francisco no se interesaba por el estudio. Incluso se dijo que no tenía aptitud para el aprendizaje. En cambio, se entusiasmaba con la caza y la cetrería. María, por el contrario, disfrutaba con el estudio y le gustaba especialmente escribir poesía, además de disfrutar con la música. También diferían ambos esposos en cuanto a su físico: él frágil, de escasa estatura, mientras que ella era una joven alta y célebre por su belleza. En su adolescencia su hermosura era tal que según Brantôme “era tan bella que bien valía un reino”. Pero igual de bien se conocían algunos rasgos no tan bellos de su personalidad: su carácter irritable e infantil y su perpetua ansiedad.  

Gracias a ella, la familia Guisa, parientes de su madre, acaparaba todo el poder: Francisco de Lorena dirige los ejércitos, y el cardenal de Lorena se ocupa de las finanzas. Esto provocaba los celos de los príncipes de la sangre, Antonio y Luis de Borbón. Ellos estimaban que su posición en la Corte como consejeros les venía dada como descendientes de San Luis y herederos del trono de Francia en caso de desaparición de la rama reinante, mientras que los Guisa no eran a sus ojos sino extranjeros ambiciosos y advenedizos. 

El reinado de Francisco II estuvo marcado por los conflictos religiosos. Los Guisa, al frente del país, pertenecían al partido católico y negaban cualquier concesión a los protestantes, liderados por Antonio y por su hermano Luis de Borbón, Príncipe de Condé. 


La situación llegó al punto de organizarse un complot para secuestrar al rey, a fin de sustraerlo a la influencia de los Guisa y colocar a Condé en el poder. Una de las primeras exigencias sería la del reconocimiento del culto reformado. Este complot fue conocido como la Conjura de Amboise. El plan fracasó porque la Corte, advertida a tiempo por un traidor, logra trasladarse de Blois a Amboise, donde se refugian en el castillo, mucho más seguro. 

El débil Francisco amó profundamente a su esposa. Ella tenía 14 años y él 15 cuando se casaron. El joven, que no brillaba por su inteligencia, tampoco era un adonis. Un cronista lo describe como “pálido y siempre algo hinchado, con la boca permanentemente abierta, con un aliento insoportable… posiblemente debido a una hipertrofia de las amígdalas, hablaba de una manera sorda y espesa”. 

Murió de una encefalitis, previo absceso en el oído, al parecer de origen tuberculoso. Su muerte fue terrible, una agonía en la que no faltó una trepanación de cráneo realizada por el célebre Ambroise Paré. Sus aullidos de dolor estremecían los muros del castillo de Orleáns. Sobre la causa de su fallecimiento circularon todo tipo de rumores, pero no se puede aceptar hoy día que fuera envenenado por los hugonotes, descontentos de los progresos que hacían los Guisa en la Corte gracias a las intrigas de María Estuardo. 


Francisco no logró descendencia, por lo que fue sucedido por su hermano, que reinó como Carlos IX. Horas antes de morir entregó solemnemente el sello real a su madre en presencia del cardenal de Guisa, su tío político, pues era hermano de la madre de María Estuardo. Con ello dejaba la regencia en manos de Catalina de Médicis, ya que Carlos sólo contaba 10 años 

María Estuardo quedaba viuda con 16. Su destino sería regresar a Escocia, puesto que estorbaba en la Corte.

viernes, 18 de febrero de 2011

Duelo en la Corte de Enrique III

Enrique III de Francia

El más famoso de los duelos que tuvieron lugar durante el reinado de Enrique III fue el que enfrentó a Jacques de Lévis, conde de Caylus y favorito del rey, contra Charles de Balzac, barón d’Entragues, a quien llamaban “le bel Entraguet”. D’Entragues era uno de los partidarios de Enrique de Guisa, y sucedía con frecuencia que los caballeros de su entorno se enfrentaban a sus principales enemigos, los “mignons” del rey. 

En la primavera de 1578 el aire parecía cargado de ominosos presagios. Las hostilidades entre ambas facciones habían alcanzado un punto álgido desde que los favoritos del rey le habían persuadido para que retirara a Guisa la dignidad de Grand Maître de Francia y se la diera a Caylus. 

El pretexto para el enfrentamiento se produjo la noche del sábado 26 de abril de 1578. Caylus, enamorado de una dama “más dotada de belleza que de castidad”, acude a visitarla cuando ve salir a Entraguet de sus aposentos. El conde, celoso, se burla de él. Entraguet replica en el mismo tono, y rápidamente los insultos, provocaciones y el agrio intercambio de palabras desembocan en el previsible desafío. El asunto debía resolverse mediante un duelo al rayar el alba, en presencia de testigos. 

Desde el 29 de diciembre de 1576 el edicto de Blois condenaba estas prácticas como crimen de lesa majestad, pero los duelos estaban tan profundamente arraigados entre la nobleza que la ley era sistemáticamente ignorada. 

Enrique de Guisa

Los segundos de d’Entragues fueron Riberac y Schomberg, y sus oponentes Louis de Maugiron y Guy d’Arces, Señor de Livarot. Maugiron era, junto con Caylus, uno de los mejores amigos del rey. Había perdido un ojo en el sitio de Issoire, a pesar de lo cual seguía siendo uno de los hombres más hermosos de la Corte. 

El domingo, cuando las campanadas de Saint-Paul daban las 5 de la madrugada, todos se reunían junto a la puerta de Saint-Antoine, en el antiguo mercado de caballos próximo a la Bastilla, emplazamiento actual de la Place des Vosges. 

Apenas habían comenzado a batirse los principales duelistas cuando Riberac le dijo a Maugiron: 

—Creo que deberíamos reconciliar a estos caballeros en lugar de dejar que se maten. 

—Monsieur, yo no he venido aquí a hacer bonitos discursos, sino a luchar —replicó Maugiron 

—¡A luchar! ¿Pero contra quién, si este asunto no os concierne a vos? 

—Pues contra vos, desde luego. 

—¿Contra mí? Oh, muy bien. En tal caso, recemos —dijo Riberac al tiempo que se arrodillaba. Colocó su espada y su daga en forma de cruz y comenzó a decir sus oraciones ante el improvisado crucifijo. 

Maugiron no era un hombre ni paciente ni religioso, de modo que antes de que transcurriera mucho tiempo le hizo saber que ya había rezado bastante. 

Maugiron

Entonces Riberac se incorporó y ambos se acometieron. Pronto cayó muerto Maugiron por una fulminante estocada en el pecho, mientras que Riberac, debido al ímpetu con el que se había arrojado sobre su oponente, se ensartaba en el arma enemiga y resultaba mortalmente herido. 

La desdicha de ambos caballeros hizo que Schombert y Livarot considerasen deshonroso limitarse a ser meros espectadores mientras sus amigos se mataban. No podían hacer otra cosa que no fuera batirse si querían mantener limpio su honor. 

Schomberg logró cortar la mejilla izquierda de Livarot, que devolvió el golpe atravesándole el corazón y matándolo en el acto. 

De los dos segundos supervivientes, Riberac falleció al mediodía siguiente a consecuencia de las heridas, y Livarot, herido en la cabeza, se recuperó al cabo de seis semanas, pero solo para acabar perdiendo la vida en otro dos años después. 

En cuanto a los principales, Caylus había olvidado su daga en casa y se veía obligado a parar los golpes con el brazo. Tenía un total de 19 heridas en distintas partes de su cuerpo, y había recibido cada una de ellas al grito de “Vive le roi!”, hasta perder las fuerzas y verse obligado a abandonar el combate. D’Entragues, aunque herido en un brazo, logró escapar, y, temiendo el castigo, fue a ponerse bajo la protección del duque de Guisa antes de obtener finalmente el perdón del rey. 

Caylus

Caylus sobrevivió durante un mes en el hospital de Boissy. En su lecho de muerte denunció que d’Entragues se había armado con una daga además de con su espada, y que cuando él le hizo notar que no disponía de una, le respondió: 

—Tanto peor para vos. No deberíais haber sido tan tonto de dejarla en casa. 

Durante todo el tiempo que duró su agonía no cesó de repetir: “Oh, mi rey, mi rey”. Enrique, inconsolable, lo visitaba a diario en su lecho de muerte y prometió cien mil escudos al médico que lo salvara. Todo en vano. Caylus falleció mientras el rey tomaba su mano. 

Enrique dio a sus amigos un funeral principesco. Hizo cortar un mechón de los cabellos de Caylus y otro de su amigo Maugiron y los guardó dentro de un precioso cofre que conservaba como una reliquia. Luego encargó al escultor Germain Pilon unas estatuas de mármol que imitaran las de los antiguos dioses para adornar sus tumbas. Lamentablemente el monumento resultó destruido por la Liga en 1589, tras el asesinato de Guisa.

miércoles, 16 de febrero de 2011

La Corte de Francisco I

Margarita de Angulema

Francisco I había sido educado por su madre, Luisa de Saboya, que quedó viuda muy joven de Carlos de Valois, conde de Angulema. En los largos años de retiro voluntario dio a sus hijos Francisco y Margarita una esmerada educación clásica. Hizo venir de Italia las obras de Boccaccio y de Petrarca, así como La Divina Comedia y otros códices que todavía se conservan en la Biblioteca Nacional de París. Los niños aprendieron en griego y el latín, y Margarita, futura autora del Heptamerón, se convirtió en aquella perla de la Corte apodada “la Margarita de las Margaritas”

Francisco I se rodeó durante su reinado de consejeros inteligentes, amigos ingeniosos y mujeres hermosas. Compró numerosas obras de pintores italianos, la más famosa de las cuales fue sin duda la Gioconda. Protegió a Cellini, que decoró sus palacios e hizo hermosos objetos para él. También fue un gran protector de las letras cuando las luchas políticas y religiosas se hicieron violentas. Hombre refinado, había acogido ya con grandes honores a literatos y personas doctas de otros países. 

Francisco I visitando a Cellini

Sus pasiones vehementes y sus debilidades más de una vez hicieron temblar a su madre, que lo veía despreciar consejos pacatos y severos. Las crónicas divulgan revelaciones escandalosas sobre él, muchas de las cuales son falsedades. De Francisco se ha dicho que tuvo una amante con tan solo 10 años, que las relaciones con su hermana eran incestuosas o que construyó Chambord para estar más cerca de una de sus amantes. Exageraciones y falsedades aparte, lo cierto es que nos quedan documentos que reflejan claramente cómo pagaba a mujeres por sus servicios: 

“Francisco, por la gracia de Dios, a nuestro amado y fiel consejero y tesorero de gastos personales Messer Jean Duval salud y afecto. Queremos y os mandamos que de nuestra cuenta particular, entreguéis en contante la suma de 45 libras tornesas a Cécile de Viefville, dama des filles de joie, allegada a nuestra corte, cantidad de que hacemos don para ella y las otras damas y pupilas de su casa, para repartirse en buen acuerdo.” 

Estas filles de joie suivant la cour recibían del rey un regalo de 20 escudos por Año Nuevo. Desde luego, es claro que Francisco fue un disoluto, lo cual fue la razón de que contrajera la sífilis en su juventud. 

Hoy puede maravillarnos el hecho de que, mientras Europa entera acusaba de herejía a Erasmo y la misma Universidad de París decretaba que fuesen quemados sus escritos juntamente con los de Lutero, Francisco I se opuso, aunque no se oponía igualmente a las hogueras dispuestas para quemar a los herejes. En todas las plazas podía contemplarse un tabernáculo con un reclinatorio para el rey y, no lejos, un montón de leña para quemar a un hereje. A pesar de ello, en el interior de palacio se recitaban y escribían versos gentiles, poesías de amor, sátiras graciosas y llenas de ingenio, y florecían las más bellas inteligencias artísticas de la época. A la mesa del rey se discutía toda la clase de asuntos, desde la guerra a la pintura, y sobre todo ello opinaba con inteligencia Francisco. 

Francisco y Margarita

Su corte fue un pequeño mundo donde se desenvolvían embajadores, poetas, literatos, hombres de ciencia, y donde damas y caballeros se entregaban con desenfreno al placer. Ana de Bretaña, esposa de Luis XII, para aliviar a las familias nobles arruinadas, llamó a su corte a muchas hijas de grandes señores, y Francisco I, por iniciativa propia, aumentó esta legión femenina. Una vez dijo que una Corte sin mujeres era como una primavera sin rosas. La presencia de tanta mujer joven, en su mayoría bellas, cultas y elegantes, convirtió a la Corte en un lugar de placeres y diversiones donde aun los más valerosos capitanes experimentaron la atracción por el lujo, los bailes, los torneos, la caza y las espléndidas fiestas. Todo era grandioso, todo inducía al perfeccionamiento de lo bello. 

Políticamente su reinado no obtuvo el mismo éxito. Con frecuencia ejercía el poder de modo irresponsable, y malgastaba el dinero en ostentaciones innecesarias. Además, los cargos se distribuían con frecuencia según el capricho de alguna mujer hermosa, y no con arreglo a los méritos. 

Francisco I fue el prototipo de caballero renacentista, vigoroso, sensual, generoso y cultivado. Su corte, centro de las ideas, de la moda y del arte, era muy itinerante. Cada vez que se trasladaba desde París a uno de sus palacios a orillas del río Loira se necesitaban 12.000 caballos para transportar el equipaje, tiendas, tapices, vajillas de oro y plata y todos los enseres que el rey poseía. Estaba obsesionado con la construcción de estos palacios. En 1519 ordenó erigir Chambord, y este château se convirtió en la pasión de su vida. Incluso cuando el Tesoro estaba vacío y no tenía dinero para pagar el rescate de sus dos hijos, prisioneros en España, o cuando se vio obligado a recurrir al dinero de las iglesias o a fundir la plata de sus súbditos, las obras en Chambord continuaron adelante. 

Chambord

La Corte era muy numerosa. Comprendía 540 oficiales, más del doble de los inscritos en la nómina de Luis XI en 1480. Incluía un confesor, limosneros, capellanes, médicos, cirujanos, barberos, valets, panetiers, pajes, secretarios, un bibliotecario, músicos, coperos, tapiceros y lavanderas. Más adelante llegó a comprender 622 miembros. La ley y el orden en la Corte eran mantenidos por el prévôt de l’hôtel y 30 arqueros. El preboste podía castigar crímenes cometidos en cualquiera de las residencias reales o bien en un radio de cinco millas en torno a la persona del rey. Este funcionario también tenía a su cargo la misión de asegurar las provisiones durante los desplazamientos de la Corte y vigilar que los comerciantes no cobraran de más por las vituallas. 

Al frente de toda la Casa del rey se situaba el Grand Maître, un importante ministro de la Corona. Uno de sus deberes era introducir a los embajadores extranjeros en presencia del rey. Otros cargos importantes eran el Grand Veneur y el Grand Fauconnier, que organizaban la caza, y el Grand Écuyer o caballerizo mayor, a cargo de los establos y que era a la vez quien portaba la espada del rey en las ceremonias. 

El día comenzaba con el lever del rey en presencia de los principales cortesanos y huéspedes distinguidos. Luego se reunía con el Consejo y despachaba sus asuntos. Seguía una misa hacia las 10, y después el almuerzo, durante el cual a veces le leían en voz alta. A continuación recibía a los embajadores. Las tardes solía dedicarlas a la caza o a otros pasatiempos al aire libre. Cenaba con su familia y a veces ofrecía alguna celebración, como un baile o una mascarada. Él pensaba que era necesario dar un baile al menos dos veces por semana para vivir en paz con sus súbditos. 


Excepto cuando un brote de plaga lo obligó a permanecer encerrado en sus aposentos, el rey era muy accesible. Todo aquel que acudiera decentemente vestido o pudiera demostrar su relación con alguna de las personas del entorno del rey, era admitido a su presencia, a veces con funestas consecuencias. En noviembre de 1530 Francisco se quejó de que habían robado algunos objetos de la capilla, además de ropa suya y de otros cortesanos. En el futuro esos robos iban a ser castigados con pena de muerte, independientemente del valor de lo robado. 



Bibliografía: 
Francis I – R. J. Knecht 
Northern European Renaissance – Marilyn Chase 
Catalina de Médicis – Ana Franchi 
Art in World History – Mary Hollingsworth

lunes, 14 de febrero de 2011

Las tribus celtas


Los primitivos celtas vivían en tribus pequeñas compuestas por varios clanes y familias unidas en las que generalmente los hijos eran criados por dos o tres matronas. Con el tiempo se fueron haciendo más grandes, dando paso a la convivencia de diferentes clanes que no pertenecían a una misma rama familiar. Pero las tribus más grandes no solían tener más de 300 miembros. 

Cuando la tribu se establecía en un lugar en el que tenían intención de permanecer por un tiempo, ponían demarcas o límites: fosos, muros o vallados. Los celtas galos llegaron incluso a montar aduanas para cobrar peajes a los viajeros. 

Además de las familias o clanes, las tribus más importantes contaban con un grupo de esclavos o gente de la considerada “sin posición”, por haber cometido un delito que conllevaba la pérdida de sus derechos. Se les permitía seguir viviendo allí, aunque en una cabaña peor y siempre en condición de siervo. El castigo que se les imponía no les prohibía, sin embargo, formar su propia familia. 


Entre los irlandeses, galos y galeses, muchos de los esclavos eran adoptados por las familias. Esto se traducía a la postre en una adquisición por parte del esclavo de los mismos derechos que tenían los adoptantes, lo cual era la razón de que su fidelidad a la tribu superase en ocasiones a la de los propios celtas. 

En la mayoría de las tribus ocupaban un lugar predominante los druidas, los poetas y los bardos. Solían pertenecer a alguna de las familias, pero podían disponer de su propia vivienda. Sin embargo, si se daba el caso de que habían sido invitados a vivir allí, se les trataba de modo muy especial: no participaban en los trabajos colectivos como laboreo de los campos, cuidado del ganado o limpieza y reparación de las viviendas. Además, contaban con sus propios servidores, mantenidos por la comunidad. Eran unas prestaciones que a nadie se le hubiera ocurrido considerar injustas; aceptaban el precio porque la tribu los necesitaba para su propia supervivencia. De hecho las que podían contar con ellos de modo permanente se consideraban afortunadas. No era algo al alcance de todas, y las más pequeñas tenían que conformarse con su presencia solo uno o dos días por semana, con ocasión de alguna ceremonia religiosa. 

Un grupo de tribus solía agruparse alrededor de un noble o de un rey. Estos se acompañaban de numerosos servidores, entre los cuales destacaban los portaescudos y los portalanzas. 


Los primeros griegos y los romanos que tomaron contacto con los celtas no tuvieron muy buena impresión acerca de las costumbres imperantes en el seno de estas tribus. Las tacharon de indignantes, propia de una colmena en la que “domina la promiscuidad más absoluta, no se respetan los modales y la moral, y los hombres, todos ellos gigantescos y de una piel blanquísima aunque estén sucios, te observan con unos ojos llenos de crueldad. Como la mayoría llevan barbas y largos bigotes, al comer les queda en ellos restos de alimentos, que al levantarse de la mesa recogen con su lengua igual que si el pelo les sirviera de colador”. 

Una de las costumbres seguramente más conocida fue su inmoderada afición a la comida y la bebida. Un gobernante podía organizar banquetes que duraban varios días. Los platos que se servían eran innumerables: cerdo cocido, buey, vaca, venados, truchas u otro pescado fluvial, además de miel, queso, requesón, mantequilla, leche, hidromiel, vino y cerveza. Lo usual era que todos los invitados se sentaran en círculo sobre pieles de animales extendidas en el suelo. El lugar de honor lo ocupaba el invitado más ilustre, a cuyo lado se colocaba el anfitrión; luego, junto a estos se iban acomodando todos los participantes, pero respetando las jerarquías, de tal manera que el más alejado de la cabecera fuese el de menor categoría. Utilizaban el puñal para cortar la carne, aunque lo más normal era comer con los dedos. Los servidores permanecían de pie e iban atendiendo las peticiones mientras los bardos "tañían las liras y entonaban canciones sobre tragedias amorosas y héroes muertos en terribles batallas". 

Diodoro dejó escrito lo siguiente: 

“Con frecuencia uno de los asistentes a estos banquetes tribales alzaba la mano cuando el bardo había concluido una canción. Entonces todos permanecían en silencio, porque sabían que iba a empezar el momento tan esperado de las disputas verbales. Casi siempre daban comienzo con la exageración de los méritos personales a costa de poner en duda los de algunos de los asistentes. Esto terminaba por provocar un enfrentamiento muy duro que, al llegar a las manos, imponía una especie de tregua. Los espectadores se olvidaban, por el momento, del banquete para prestar toda su atención a la pelea. Luego los rivales se enfrentaban en un duelo que podía suponer la muerte de uno de ellos, unido a las graves heridas que sufría el otro. Todo esto formaba parte de la fiesta. Por la noche, después de que los servidores se hubieran llevado el cadáver, los comensales se echaban a dormir sobre las pieles que les habían servido anteriormente de asientos…” 




Bibliografía: 
El enigma de los celtas – Manuel Yáñez Solana
 

sábado, 12 de febrero de 2011

Un rebelde egipcio

Gamal Abdel Nasser

Era el 2 de septiembre de 1935. El país estaba ocupado por un ejército extranjero, y en palacio una dinastía que sigue los dictados de Londres es de origen albanés y habla el italiano mejor que el árabe. 

Gamal Abdel Nasser tiene 17 años. Ese día toma la pluma para escribir a un amigo lo que piensa. 

Dios nos ha dicho: es preciso preparar y agrupar contra ellos todas nuestras fuerzas… ¿Dónde están esas fuerzas que hemos de preparar contra ellos? Hoy la situación es crítica. Egipto se encuentra en un callejón sin salida, parece estar agonizando… Hay en el país hombres que tienen dignidad, que no quieren dejarse morir como animales… ¿Dónde está el ardiente nacionalismo de 1919? ¿Dónde están los hombres prestos a sacrificarse por la tierra sagrada de la patria? ¿Dónde está el que pueda reanimar al país para que el egipcio débil y humillado se pueda rebelar, vivir libre e independiente? Mustafá Kemal ha dicho: “¡esto no es vivir, sino vegetar en la desesperación!”. Actualmente, estamos en plena desesperación. Reculamos, amigo, vamos hacia atrás, cincuenta años hacia atrás. Estamos retrocediendo a los tiempos de Cromer. Pero Cromer, en su tiempo, encontró a hombres que plantaron cara… ¿Quién puede plantar cara, quién puede luchar hoy? Se dice que el egipcio es cobarde, que llora al menor golpe. Es preciso un caudillo que le conduzca a la lucha. Y, con éste, Egipto se transformará en un trueno que hará temblar los edificios de la persecución… 

Mustafá Kemal ha dicho: “Aunque mi corazón se desplace de izquierda a derecha, aunque las pirámides se muevan, aunque cambie la corriente del Nilo, yo no cambiaré mis principios”… Hemos dicho muchas veces que iremos a trabajar en común, para despertar a la nación de su sueño, para hacer surgir las fuerzas encerradas en el interior de los individuos. Pero, ¡ay!, hasta aquí nada se ha hecho. 

Querido amigo, te espero en mi casa el 4 de septiembre… Espero que no faltes a esta cita. 

Tito, Indira Gandhi y Nasser

Seis días después de aquella reunión en casa de Gamal se hace una declaración en la Cámara de los Comunes de la que se desprende que Londres se opone al restablecimiento de la constitución egipcia. Al día siguiente todo El Cairo manifiesta su desacuerdo y su inquietud. Grupos de estudiantes menores de 20 años acaban por saltar a la calle. Gamal encabeza una columna. Comienza a organizarse la rebelión al grito de “¡Viva la independencia completa!”. Gamal hace frente a un pelotón de policías británicos. 

Más de 500 estudiantes se manifestaban contra el gobierno… En cuestión de segundos aquella manifestación de muchachos entusiastas y excitados adquirió un carácter cruento. En efecto, al llegar a una gran plaza, una docena de policías con cascos que agitaban con furia sus porras cargó contra los jóvenes. Sorprendidos, nuestra primera idea fui huir a toda prisa. En aquel momento nos dimos cuenta de nuestra fuerza. Éramos 500, ellos sólo 12. Una cólera violenta nos invadió. Nos reagrupamos y cargamos contra los policías, que quedaron desbordados por el número. En un instante fuimos dueños del campo… Aquello no duró mucho. Se presentaron dos automóviles de la policía y nos atacó una oleada de agentes… Aún me veo arrojando desesperadamente una piedra. Pero al momento siguiente un policía me asestó un violento golpe con la porra. Me golpeó de nuevo mientras yo caía. La sangre me arroyaba por las mejillas. Me detuvieron y me enviaron a la cárcel con varios otros estudiantes que no pudieron escapar con la suficiente velocidad… 

Entré en la cárcel como un joven exaltado y salí de ella convertido en rebelde decidido. Pasó bastante tiempo antes de que mis pensamientos y creencias se ordenasen o mis planes se realizaran. Pero dos días después de mi salida de la cárcel estaba convencido de que no volvería a descansar hasta que mi país disfrutara de libertad… No podía saber entonces que yo sería uno de los que iban a dársela.



jueves, 10 de febrero de 2011

Isabel I y Thomas Seymour

Isabel

El regente, Somerset, tenía un hermano menor, Thomas Seymour, un hombre apuesto, irresistible para las damas, hábil en el manejo de la palabra y de las armas, ambicioso y carente de escrúpulos. Ambos eran tíos del rey Eduardo VI, cuya madre fue Juana Seymour, tercera esposa de Enrique VIII. 

El poder de su hermano mayor hizo que Thomas llegara prematuramente a la categoría de Lord Gran Almirante de Inglaterra. Las máximas aspiraciones parecían abiertas para él. Por un momento acarició incluso la idea de casarse con la princesa Isabel, pero, en vista de la oposición del regente, dedicó sus atenciones a Catalina Parr, la consolable viuda de Enrique VIII. En realidad hacía tiempo que sentía inclinación por la dama, desde antes de que el rey se fijara en ella. Enrique, celoso del seductor Seymour, se había desembarazado de él enviándolo lejos en misión diplomática. 

A la muerte del rey, Thomas seguía soltero, aunque se lo había relacionado con Mary Howard, duquesa de Richmond. Ahora, ante la imposibilidad de desposar a una princesa, podía al menos casarse con la reina, y así lo hizo. 

La princesa Isabel había ido a vivir a Chelsea con Catalina a la muerte de su padre. Algunos opinaban que uno de los motivos por los que Thomas se había casado finalmente con la viuda del rey era poder estar más cerca de Isabel, su verdadero objetivo y el único capaz de satisfacer su ambición. 

Thomas se hacía así con la tutela de la princesa —además de con la de Lady Jane Grey— y comenzó a hacer peligrosos avances hacia ella, deslizándose en su alcoba al amanecer, a veces a medio vestir él mismo. Entonces apartaba las cortinillas, la despertaba besándola, la acariciaba, le hacía cosquillas, fingía querer entrar en su lecho, la levantaba medio desnuda, la perseguía a través de la alcoba, la alcanzaba, le daba grandes palmadas en el trasero… Todo concluía entre risas. A veces los sorprendieron en los corredores de palacio o en los pasillos, estrechamente abrazados los dos. 

Él tenía 40 años, y ella sólo 14. 

Thomas Seymour

Comenzaron los rumores. Evidentemente la princesa se complacía con tales juegos peligrosos. Kat Ashley, la institutriz de Isabel, pidió a Thomas que abandonara esas prácticas, pero él, indignado, se negó, alegando que no hacía nada malo. 

Indudablemente Isabel no deseaba separarse de él. Cuando Catalina se casó, la princesa se mostró ofendida por la celeridad con la que había sido dispuesto ese matrimonio, guardando tan poco luto por el rey su padre. Su hermana María le escribió entonces ofreciéndole asilo, pero ella lo rechazó diciéndole que debía sufrir la situación con paciencia, que no se sentía verdaderamente ofendida y que la reina Catalina había sido tan amable con ella que abandonarla sería una ingratitud. A nadie se le ocultaba que la verdadera razón para desear quedarse era Thomas Seymour. 

Algunos autores han sugerido que tal vez el almirante llevó demasiado lejos estos juegos, llegando a abusar de la joven princesa aunque fuera con su consentimiento. La propia institutriz dijo una vez que Catalina los había encontrado a ambos en una situación que parecía sugerir un encuentro sexual, aunque después se retractó. Es muy dudoso que haya sido así, pero la esposa encontró conveniente enviar a Isabel a la casa de Anthony Denny en Hertfordshire. 

Cuando Catalina falleció al dar a luz en agosto de 1548, Thomas renovó sus atenciones hacia la princesa. Han llegado hasta nosotros rumores de encuentros clandestinos, de excursiones nocturnas por el Támesis. 

Catalina Parr

Él no se conforma con su posición; aspira a sustituir a su hermano como regente, y se propone valerse de ella para alcanzar el poder supremo. Reanuda sus proyectos matrimoniales y gana para sus designios a dos miembros de la Casa de Isabel: la institutriz y el tesorero Thomas Parry. Éste le preguntó en una ocasión a la princesa si aceptaría casarse con el almirante en el caso de que el Consejo diera su aprobación, y ella respondió algo que estaba lejos de ser una negativa: 

—En ese momento haría lo que Dios me dictara. 

Russell, el Lord del Sello Privado, se encontró con Seymour y sostuvo con él esta conversación, según los State Papers de Tytler: 

R: —Oigo rumores que me entristecen. 

S: —¿Cuáles? 

R: —Se me ha dicho que tenéis la intención de desposar a Lady Isabel, o bien a Lady María; si lo hacéis, labraréis vuestra ruina. 

S: —No he pensado en ello. 

Algunos días más tarde Thomas volvió a entablar conversación: 

S: —Sois muy suspicaz. Decidme, por favor, el origen de estos rumores. 

R: —No puedo revelaros quién lo ha dicho, pero eran buenos amigos. Más vale que no sigáis por ese camino. 

S: —Será mejor que ellas se casen en Inglaterra que en el extranjero. ¿Por qué no yo u otro hombre educado por el rey su padre? 

R: —Milord, si vos u otro casarais en este reino con alguna de las princesas, sería ir derecho a la perdición. Levantaríais enemistades peligrosas porque son las herederas de la Corona y ¿qué sacaríais con ello? 

S: —Quien se case con una o con otra tendrá 3.000 libras de renta al año. 

R: —No tal. Recibirá 10.000 libras de dote, en plata y no en tierras. ¿Qué se puede hacer con eso para sostener su corte? 

S: —Tendrá también una asignación de 3.000 libras por año. 

R: —Os aseguro que no. 

S: —Nadie se opondrá a ello. 

R: —Sí, sería ir en contra del testamento del rey. 

Eduardo VI

A la vez Seymour se procura aliados entre la nobleza, fortifica los castillos que posee y termina rompiendo con el regente, a quien había molestado mucho una maniobra de su hermano: el almirante había sobornado a un hombre llamado John Fowler, servidor del niño rey Eduardo VI, para que le pasara información. Por él supo que Eduardo se quejaba frecuentemente de que recibía poco dinero. Thomas le hizo llegar alguno, y comenzó a criticar en voz alta las habilidades de su hermano como administrador. 

Somerset comenzaba a estar preocupado: como almirante, Thomas tenía el control de la marina inglesa. Eso era demasiado poder. Pronto se sabe que prepara un golpe. Había intentado reclutar 10.000 hombres bajo su mando y acuñar moneda falsa. El regente no tarda en estar al tanto de todos sus planes. Convoca una reunión del consejo a la que debería asistir su hermano para explicarse, pero Thomas no acude. En lugar de eso se dedica a planear el secuestro del rey. 

La noche del 16 de enero irrumpe en los apartamentos reales en Hampton Court. Entra en el jardín privado despertando a uno de los perros, que intenta morderlo. Thomas lo mata. El ruido alerta a los guardias y el almirante es arrestado. 

Furioso, el regente reacciona con brutalidad. Thomas Seymour y la institutriz son enviados a la Torre de Londres, mientras que Isabel es enviada al castillo de Hatfield, sometida a una estrecha custodia. Se pretende arrancarle la confesión de que ha participado en una conjura. 

Jardines de Hampton Court

Isabel no se arredra. Con quince años demuestra una extraordinaria presencia de ánimo y una gran dignidad. Kate Ashley y Parry, también preso, tiemblan por su vida y ante la presión de los interrogatorios confiesan la existencia de una conspiración de la que, al parecer, tiene noticias Isabel. Ella niega categóricamente dicho punto y reclama con insistencia unas pruebas que no es posible proporcionar. La princesa les advierte que, como hermana del rey, la ofensa que le hacen abarca a toda Inglaterra. 

Con letra grande y bien formada, ya no infantil apenas, escribe a Somerset una larga carta que termina con este párrafo: 

“Se me ha dicho que circulan rumores altamente perjudiciales para mi honor, como que me encuentro prisionera en la Torre y encinta del Lord Almirante. Éstas, Milord, son infames calumnias y, para confundir a mis calumniadores, deseo ser conducida a la Corte y llevada a presencia de Su Majestad el Rey, a fin de encontrarme con Vuestra Señoría y poder mostrarme tal como soy. Escribo muy de prisa. Vuestra amiga siempre segura, en la medida de su débil poder, 

Isabel. 

El regente se guarda de acceder a tal demanda, pero la deja en paz y llama a los investigadores, aunque Tyrwhit afirmó: “Leo en su cara que es culpable”

En cambio a Seymour no se le permite presentar defensa. El 22 de febrero el consejo lo acusa oficialmente de 33 cargos de traición. 

El 20 de mayo Seymour es decapitado en la Torre. Informada Isabel de su muerte, se limita a murmurar: 

—Hoy ha muerto un hombre de mucho ánimo y muy poco juicio. 



Bibliografía: 
Isabel I – Jacques Chastenet 
Isabel I – Sisley Huddleston 
The wives of Henry VIII – Antonia Fraser 
The children of Henry VIII – Alison Weir 
The life of Thomas Seymour – John MacLean 
Behind the mask – Jane Resh Thomas

miércoles, 9 de febrero de 2011

El latín de Winston Churchill

Churchill a los 4 años

Cuando Winston Churchill tenía siete años su madre le comunicó que ingresaría como interno en el colegio de St. James, cerca de Ascot, un prestigioso centro especializado en preparar alumnos para Eton. 

Winston no recibió la noticia con alegría. Protestó y suplicó que no lo sacaran de su hogar, pero todo en vano. Al poco tiempo se encontraba allí, ante el más severo de los maestros. Él calificaría su estancia en St. James como “una temporada gris y sombría en el camino de mi existencia; un interminable periodo de aburrimiento y el ciclo más desgraciado de mi vida”. Aborrecía el colegio, a los profesores, la dura disciplina y las materias que le obligaban a estudiar. 

La primera orden que recibió fue la de aprender de memoria la declinación de la palabra latina “mensa” (mesa). A Winston se le cayó el alma al suelo al verse ante lo que era para él un auténtico galimatías incomprensible. Pero obedeció y lo estudió. 

Cuando regresó el maestro preguntó intrigado qué quería decir todo aquello. 

—Quiere decir lo que dice: mensa, una mesa. Mensa es un nombre de la primera declinación. Hay cinco declinaciones. Usted ha aprendido el singular de la primera declinación. 

—¿Pero qué significa? 

—Mensa significa una mesa. 

—¿Entonces por qué mensa significa también Oh, mesa? ¿Qué quiere decir “Oh mesa”

—Se trata del vocativo. 

—¿Cuándo ha de usarse? 

—Cuando le hable usted a una mesa, cuando invoque a una mesa. 

—Yo nunca hago eso —replicó el niño. 

El maestro lo fulminó con la mirada. 

—Si es usted impertinente, será castigado. Y muy severamente por cierto. 

Winston había caído en desgracia, y aquel episodio marcó el tono de lo que serían los dos penosos años siguientes.


En aquel tiempo en todos los colegios de Inglaterra imperaba una disciplina de cuartel. Desde el principio Winston se rebeló contra un director que se complacía en llevar a los culpables a un patio donde los azotaba hasta hacerles sangre, mientras el resto de los alumnos escuchaban aterrorizados los golpes desde el aula. Él mismo fue azotado muchas veces, pero nunca lograron someterlo. Había decidido que no le gustaba el latín, y convirtió en uno de sus más firmes principios no estudiarlo. Uno tras otro, todos los látigos del internado se fueron quebrando contra su inconmovible voluntad. 

Eso lo convertía en un héroe para los demás alumnos, una leyenda viviente. Un día entusiasmó a uno de sus compañeros destrozando a patadas el sombrero de paja del director. 

Winston enfermó durante su estancia en el internado. La afección pulmonar que padecía hizo que el médico aconsejara sacarlo de aquel ambiente para llevarlo a otro lugar en la costa, y sus padres eligieron el colegio de Brighton. 

Al abandonar St. James, su espíritu permanecía incólume. Winston juró regresar algún día para darle su merecido al tirano. Y regresó al cabo de diez años, cuando era ya cadete de una academia militar, pero no pudo vengarse: el director había fallecido. 

En Brighton las cosas no cambiaron. El centro era regentado por dos dulces ancianas que consideraron necesario contratar a alguien más severo para someter al rebelde. Una de ellas lo describió así: “Un alumno pequeño y pelirrojo, el chico más malo de toda la clase; con frecuencia he pensado que es el chico más malo del mundo.” 


Winston jugaba al rugby lanzando un grito de guerra de su invención: “¡San Jorge, San Dunstan y el demonio!”. Con él se dice que no sólo desmoralizaba a los contrarios, sino incluso a su propio equipo. 

Cuando tenía 9 años, el niño preguntó cuál era el partido político de su padre, y entonces se hizo conservador. Se negaba a jugar con los hijos de los liberales, aprendía de memoria los discursos de su padre y se peleaba con todo aquel que tuviera ideas políticas distintas a la suya. 

Sus notas eran tan bajas que iba pasando los cursos casi de milagro. Su padre se lo presentó un día al escritor Bram Stoker, creador de Drácula, y le dijo: 

—Aún es poca cosa, pero tiene madera. 

Concluidos los estudios en Brighton a los 13 años, se decidió que era mejor no enviarlo a Eton, como era tradicional entre los Churchill, porque, como ya había sufrido dos pulmonías, le sentaría mucho mejor el clima de Harrow, situado sobre una colina. 

La prueba de acceso de Winston fue el mayor desastre imaginable. En la hoja correspondiente al latín no había más que dos paréntesis envolviendo al número 1, varios garabatos, una mancha de tinta y su nombre. Pero su apellido pesaba mucho, de modo que fue admitido a pesar de todo. 

Durante los cinco años que permaneció en ese colegio no pasó de los cursos inferiores y siempre fue el último de su clase. Le llamaban “Cabeza de Zanahoria”. Se enamoró de la lengua inglesa, eso sí, pero su aplicación al resto de las asignaturas era nula. Su rebeldía era cada vez mayor, se burlaba de todo el mundo, incluidos los profesores, y manifestaba abierta oposición a las normas. Solo destacaba en los deportes que se practicaban individualmente, despreciando los de equipo, en los que nunca logró desenvolverse. 

Y, sobre todo, siguió aborreciendo el latín hasta el final. 



Bibliografía: 
Churchill – Ramiro Pinilla 
Churchill – Sebastian Haffner

domingo, 6 de febrero de 2011

El primer Capeto


Hugo Capeto era el más poderoso de los señores del norte de Francia, hijo de Hugo el Grande, conde de París, y de Hedwige de Sajonia. Capeto no era un apellido, sino un apodo derivado de la capa que acostumbraba a usar cuando desempeñaba ciertas funciones como abad laico de Saint-Denis. Pero al igual que ocurriera con el apodo Plantagenet, acabó convirtiéndose en apellido, y sus descendientes forman la dinastía conocida como Capeto. 

Su familia se había distinguido en la defensa de París contra los normandos. Hugo, duque de Île-de-France, poseía tierras alrededor de París, y también en otros lugares. Eran zonas pobladas y ricas, lo que lo convertía en un señor lo bastante poderoso como para haber podido arrebatar el trono a los carolingios. Su abuelo Roberto había hecho el intento, gobernando con el nombre de Roberto I durante un año, pero su gobierno fue desafortunado y no obtuvo la aceptación de los otros señores. 

A la muerte de su padre en el 956, Hugo fue puesto bajo la tutela de su tío Bruno, arzobispo de Colonia. Cuatro años más tarde recibe su título de duque a cambio de prestar juramento de fidelidad al rey carolingio Lotario

En el año 968 contrajo matrimonio con Adelaida de Aquitania, mujer inteligente y diplomática que siempre le dio buenos consejos. Con ella tuvo tres hijas y un hijo: Gisela, Edwige, Roberto y Adelaida. 


Hugo aguardaba su momento. La jugada más astuta que hizo fue aliarse con Adalberto, arzobispo de Reims y el más alto prelado de Francia. Juntos trabajaron para crear un partido que les fuera favorable. Cuando Luis el Holgazán falleció sin dejar hijos, se presentó la oportunidad. 

Luis tenía un tío: Carlos de Lorena. Éste proclamó entonces que el trono era suyo por derecho como descendiente de Carlomagno. Pero era Adalberto quien debía coronarlo, y si se negaba a hacerlo no podría convertirse en rey, a menos que lograse reunir un ejército lo bastante grande como para imponer su voluntad a la Iglesia. 

Carlos estaba dispuesto a hacerlo, pero necesitaba tiempo. Mientras buscaba afanosamente los medios para apoderarse del trono, Adalberto declaró que los señores de Francia tenían derecho a elegir a quien deseasen como rey, fuese o no un carolingio. Luego hizo una infatigable campaña a favor de Hugo. En esto recibió gran ayuda de su secretario, Gerberto, quien preparó los argumentos eruditos necesarios. 

Los señores se reunieron a mediados del verano de 987. No les llevó mucho tiempo tomar una decisión que les hizo elegir unánimemente a Hugo Capeto. Lo hicieron por propio interés, puesto que, para asegurarse su voto, Hugo cedió la mayoría de sus tierras a los electores. Sin embargo, ninguno de ellos estaba dispuesto a ceder a cambio la más mínima parte de su poder, y no tenían intención de dejarle apenas más que el título de rey. 


Mientras tanto Carlos de Lorena reunía un ejército, se apoderaba de las ciudades de Laon y Reims y llegaba hasta la frontera de los territorios de Hugo. La gente comenzó a pasarse a su bando, y el rey quedó en una posición bastante delicada. 

Hugo hubo de recurrir al clero. Persuadió al arzobispo de Laon para que organizase una conspiración contra Carlos. Así se hizo, con el resultado de que atraparon al carolingio en su lecho y lo entregaron al rey. Carlos falleció en prisión en Orleáns en el año 992. 

Según el sistema feudal, Hugo tenía derecho a ser juez en las disputas entre sus vasallos, para impedir la guerra. Pero ellos desdeñaban su juicio, y en ocasiones el rey no tenía otro remedio que romper la imparcialidad y ponerse del lado de uno de ellos, estallada la contienda. Le exasperaba tener que combatir contra sus propios vasallos, cuando en teoría estaban sometidos a él. Se cuenta que una vez le gritó al conde de Angulema, a quien se enfrentó en el campo de batalla: 

—¿Quién os hizo conde a vos? 

No silenció con ello al conde, sino que éste le respondió altaneramente: 

—El mismo derecho que os hizo rey a vos. 

Y, en efecto, tal era el punto débil de Hugo: había sido elegido; no había heredado su título. Por tanto, no era él quien había hecho condes, sino que eran los condes quienes lo habían hecho rey a él. Era preciso que no ocurriera lo mismo con su hijo. Deseaba fundar una dinastía de reyes que no tuvieran que ser elegidos. Pensaba que si la muerte de cada rey era seguida por una elección, los anales del país estarían llenos de guerras civiles. 


La solución que halló fue hacer coronar a su hijo Roberto mientras él aún vivía. Roberto II el Piadoso fue consagrado en una ceremonia religiosa en presencia de los señores del reino, quienes le prestaron juramento solemne de fidelidad. 

Los Capeto mantuvieron esta costumbre de coronar al hijo en vida. Todos ellos siguieron la cautelosa política de Hugo de trabajar en colaboración con el clero. Hasta un señor hostil debía tener mucho cuidado para atacar a alguien de quien se proclamaba que tenía a Dios de su parte, porque, aunque el vasallo en cuestión fuera insensible a tales consideraciones, sus soldados podrían no serlo. 

Hugo Capeto dio origen a una larga dinastía de reyes. Durante ocho siglos, de 987 a 1792, Francia fue gobernada sin interrupción por su linaje, que incluyó 32 reyes. Otros tres reinaron entre 1815 y 1848. La dinastía cambió de nombre dos veces, pero todos los que se sentaron en el trono de Francia, fueran Valois o Borbones, eran ramas del tronco de Hugo Capeto. 



Bibliografía: 
La formación de Francia – Isaac Asimov