martes, 6 de diciembre de 2011

París medieval


Cuenta la leyenda que cuando en el año 451 Atila llegó tan lejos en sus correrías como para amenazar París, el pánico se apoderó de sus habitantes, que quisieron emprender la huida. Pero una joven llamada Genoveva los persuadió con su elocuencia de que no abandonaran la ciudad en manos de los hunos. 

“Que los hombres huyan, si lo desean, si no son capaces de luchar más. Nosotras, las mujeres, rogaremos tanto a Dios, que Él atenderá nuestras súplicas.” 

Y entonces, cuando todo parecía perdido, sucedió el milagro: inesperadamente Atila decidió cambiar el rumbo y dirigirse hacia el sur. Las gentes quedaron convencidas de que debían su salvación a las plegarias de la piadosa joven y de sus seguidores, y esa es la razón de que Santa Genoveva se convirtiera en la patrona de París. 

La ciudad se libró de los hunos tan solo para sucumbir ante el franco Childerico poco después, en el 464. Años más tarde su hijo, Clodoveo, la convertía en su capital. Dejó de serlo en tiempos de Carlomagno, que trasladó la corte a Aquisgrán, pero con los Capeto París recuperó su antigua importancia. 


Fue una típica ciudad medieval, abarrotada, llena de edificios de madera que coexistían con los restos de las construcciones romanas. Según el cronista Gregorio de Tours, en 585 un desastroso incendio devoró París, y no sería esta la única catástrofe a la que tendrían que enfrentarse sus habitantes: en el 885 el conde Odo dirigió la defensa contra un ataque de los vikingos, que pusieron cerco a la ciudad en un terrible asedio que duró 10 meses. 

En un principio París ocupaba solamente la Isla de la Cité, pero durante la Edad Media se fue extendiendo a ambas orillas del río Sena. A finales del siglo XIII contaba con unos 200.000 habitantes, lo que la convierte en una población enorme para la época. La universidad, situada sobre la montaña de Santa-Genoveva, atraía a dos mil estudiantes y a un centenar de profesores venidos de toda Europa. Mercaderes y artesanos del barrio estudiantil se especializaban en los libros, fueran vendedores, encuadernadores o iluminadores. La Isla de la Cité, que concentraba las funciones políticas y religiosas, se encontraba entre esa zona intelectual de la ribera izquierda del Sena y la de mercaderes en la ribera derecha. Roberto el Piadoso había decidido establecer allí la residencia real a comienzos del siglo XI. 

Había tantos cerdos en París que su carne era la comida más barata. A los monjes de San Antonio se les habían concedido privilegios especiales para criarlos dentro de las murallas de la ciudad, y llegaron a ser algo tan habitual que cualquier burgués cebaba en su casa a dos o tres, de modo que siempre andaban sueltos por las calles. En 1131 el hijo primogénito de Luis VI paseaba a caballo cuando quiso la desdicha que su montura lo derribara al enredarse uno de estos animales entre sus patas. El Delfín se fracturó el cráneo y fallecía poco después. Aquella tragedia supuso un drástico cambio: el rey prohibió entonces que hubiera cerdos en el interior de la villa. Pero el reglamento pronto fue olvidado: San Luis, como haría posteriormente Francisco I, defendió su crianza dentro de París. 


Las calles, con cerdos o sin ellos, seguían estando muy sucias, hasta que un día Felipe Augusto, molesto por el olor a estiércol que entraba por la ventana, decidió pavimentarlas. Esas callejuelas, pequeñas y estrechas, bullían siempre de agitación. Al amanecer ya se abrían las tiendas. Pañeros y barberos llamaban a los clientes desde la puerta; los pasteleros ofrecían sus productos; mercaderes ambulantes vendían el pan, que transportaban en grandes cestas de mimbre. Como la mayoría de la gente no sabía leer, los comerciantes colocaban grandes carteles con alguna imagen que los identificara. Los actos oficiales y las noticias se voceaban en las calles y plazas. La muchedumbre se reunía en torno a los juglares, que recitaban cantares de gesta mientras los mendigos pedían limosna a los transeúntes. El agua sucia y los contenidos de los orinales eran arrojados por la ventana sin ningún miramiento al grito de “Gare à l’eau!” (¡Agua va!). Y al caer la noche, el peligro se cernía sobre la ciudad; sumida en la más completa oscuridad, quedaba abandonada en manos de los bandidos. 

París era un importante centro comercial, económico y bancario. El Sena estaba repleto de barcos, y sus orillas salpicadas de molinos. Talleres y puestos invadían los barrios. Los artesanos se agrupaban por calles a las que daban el nombre de su gremio, el más importante de los cuales era el de los aguadores. Los banqueros se situaban sobre el Pont-au-Change, y los carniceros en la plaza del Châtelet. Los estuviers, como se llamaban los propietarios de los baños públicos, eran tan numerosos que formaban su propio gremio. En el siglo XIII había 32. Pero generalmente estos lugares tenían mala reputación: se consideraban casi como burdeles, y ello a pesar de que en teoría la ley no permitía a las personas de mala reputación ni a los leprosos el acceso a tales servicios. 

Pont-au-Change

En 1163 comienza la construcción de la catedral de Notre-Dame, centro de la vida religiosa. En tiempos de Felipe Augusto se erigieron muchos edificios importantes. Fue él quien levantó una fortaleza que sería más tarde el palacio del Louvre, y también creó un mercado cubierto en Les Halles, algo que perduró hasta 1969. 

Su nieto, Luis IX, posteriormente canonizado como San Luis, convirtió la ciudad en el mayor centro de peregrinaje del siglo XIII con la construcción de la Sainte-Chapelle, la culminación de la catedral de Notre-Dame y la de la basílica de Saint-Denis. La Sainte-Chapelle fue ideada para albergar la más preciada de las posesiones del rey: la corona de espinas, comprada al emperador bizantino. En 1238 Balduino II, necesitado de todo el apoyo posible para su tambaleante Imperio, le ofreció la corona al rey de Francia. Por entonces la reliquia se encontraba en poder de los venecianos como garantía de un préstamo. 

La dinastía de los Capeto se extinguió en 1328. Eduardo III de Inglaterra reclamó el trono, en poder de Felipe VI, y así dio comienzo la Guerra de los Cien Años, que, entre otras calamidades propias de las campañas bélicas, pronto trajo la peste negra. La historia de París durante el siglo XIV quedó así marcada por las epidemias, la violencia y las revueltas populares. En enero de 1357 hubo una rebelión de los mercaderes, que pretendían recortar el poder de la monarquía y obtener privilegios para la ciudad. Al año siguiente las fuerzas realistas se hicieron con el control, y los cabecillas fueron ejecutados. Carlos V tomó medidas para evitar que algo así volviera a suceder: construyó una nueva muralla en torno a la ciudad y erigió la sombría fortaleza de la Bastilla para controlar a la población. 

Grand Châtelet

Durante la época medieval la ciudad no era gobernada directamente por el rey, sino por un preboste real, y los mercados parisinos eran dirigidos por un preboste de los mercaderes. Este los gobernaba desde su cuartel general en la maison aux Piliers, situado en el lugar en que se encuentra hoy el Hôtel de Ville. El preboste del rey residía en el Grand Châtelet, el edificio más siniestro de París. La fortaleza había sido previamente residencia de los condes hasta fines del siglo XII, y posteriormente fue escenario de la guerra civil entre Armagnacs y Borgoñones. El 12 de junio de 1418 el bando borgoñón, que sitiaba el Grand Châtelet, masacró a todos los prisioneros armagnac allí encerrados. Sus cuerpos fueron arrojados al vacío desde lo alto de las torres para ensartarse al caer en la punta de las picas que aguardaban abajo. 

Los ingleses ocuparon París en 1420, durante la Guerra de los Cien Años, y los ciudadanos les dieron la bienvenida. Esto tardaría en ser olvidado por los posteriores reyes de Francia. Siete años después de que Juana de Arco la sitiara sin éxito, la villa fue recuperada, pero los soberanos siempre la miraron con recelo en adelante. Esto le costó a París no volver a ser la capital hasta un siglo más tarde, en tiempos de Francisco I, cuando las tinieblas de la Edad Media se habían alejado ya para dar paso a la luz del Renacimiento.


20 comentarios:

  1. Año tras año, piedra a piedra, la ciudad se ha haciendo a la par que la historia discurre.
    Peligrosas las noches en efecto, sin alumbrado que ahuyentara a los ladrones. Y la ausencia de alcantarillado y la fea costumbre de tirar orines y heces por la ventana, como en Madrid, convertían la ciudad en un estercolero pestilente. Si a esto se añade que "les cochons", los cerdos, paseaban por la isla de la cité como vacas por Calcuta y que el panorama insalubre se prolongará durante siglos, no me extraña que el autor de El Perfume" encontrara aquí la inspiración olfativa necesaria para hacer una novela.
    Un saludo.

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  2. Apasionante y detallada descripción de París en la Edad Media, Madame.

    Se me ha quedado grabada la imagen de los armagnac cayendo sobre las picas.
    Qué crueles son las guerras, especialmente las civiles.

    Gracias por otra maravillosa e instructiva lección.

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  3. La historia es la historia, y aunque nos gustara cambiarla no se puede. Paris no se iba a librar del oscurantismo de la Edad Media.
    Lo del "Agua va" Creí que era cosa de de Madrid. Menuda peste entre esto, los cerdos corriendo a sus anchas y la gente sin baños, una delicia.
    Ninguna época es del todo placentera, pero me alegro de vivir en esta-:)
    Bisous, un post muy ilustrativo madame.
    Bisous

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  4. Hola Madame:

    Como dice Katy, París no escapaba al oscurantismo de la edad media.

    Eso de los cerdos me impresiona mucho.

    A vece me cuesta mucho imaginar estas ciudades de eso manera en la edad media

    Saludos Madame

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  5. Yo supongo que los olfatos de la gente ya estaban acostumbrados a los aromas propios de las ciudades, si no ya me los imagino vomitando por las esquinas.

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  6. Dame Masquée me estás dando en la yema del gusto; porque sé un poco de historia pero lo que no sabía y ni me imaginaba remotamente son estos sabrosísimos entretelones de la vida cotidiana; en este caso de París por ejemplo; a mi parecer me haces sentir como que mi vida no son mis años vividos sino toda la cotidianidad que pueda aprender leyendo este tipo de lecturas. Un gran abrazo, querida amiga.

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  7. Interesante ilustración de la vida cotidiana de la época.
    No se puede uno imaginar esa vida en el fantástico París de ahora, pero en esos años la sandad ambiental brillaba por su ausencia, aunque era normal.
    Me la gustado mucho conocer ese mundo.
    Bisous

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  8. Hola Madame

    Cuesta un poco imaginar a tantos cerdos corretear por las callejuelas del antiguo Paris. El olor debía de ser pestilente y la mugre una constante.

    Quién les iba a decir a sus habitantes, que con el correr de los tiempos, acabaría siendo una de las capitales con buen aroma debido a sus numerosas casas de perfumes.

    Paris bien vale una entrada, como la vuestra.

    Feliz noche, Madame.

    Bisous.

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  9. Una vida dura y sin confort la de aquellos tiempos, siempre expuesto a imprevistos y trágicos tropiezos tanto a la luz del día, como en las tinieblas de la noche. De la que nos hemos librado, pese a que nuestro mundo tampoco sea un paraíso.
    Beso su mano.

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  10. A pesar de la insalubridad, la ciudades representaban el progreso: la ciudad os hará libres. París, en cualquier siglo, merecía un paseo, incluso con los cerdos correteando. Madame, ha sido un placer pasear por el París que tan bien ha recreado.

    Buenas noches.

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  11. Gran recreación Madame. Por algunos minutos he vuelto en el tiempo para pasear por las calles del gran Paris. Incluso con los cerdos correteando alrededor mío ;).
    Gran reconocida nos ha traído. Una ciudad típica del medioevo que pronto comenzaría a destacarse con el iluminismo.
    Un Saludo.
    Uriel

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  12. Interesante resumen de la historia medieval de Paris y por ende de Francia, una duda que tengo es ¿En que momento Lutecia pasó a llamarse París? creo que fue con el dominio franco pero no estoy seguro....

    Saludos,

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  13. Preciosas las imágenes de esa ciudad medieval, aunque fuese una ciudad con la gente hacinada, sucia y hedorosa. Magnífica descripción. Muy buena semana, madame.

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  14. Cuesta imaginarse a la ciudad que dicen que es la más hermosa del mundo(digo dicen porque yo no la conozco, dita sea) llena de cerdos que campan alegremente por sus respetos :D

    Bisous, Madame

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  15. Siempre es emocionante conocer las expansiones sucesivas de una ciudad. 200.000 habitantes tan temprano. ¿Pero qué la hacía distinta? ¿la Luz?
    Saludos.

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  16. A ver si Atila, acostumbrado al olor de las florecillas del campo no se atrevió a llegar a París...ejem...y junto a Genoveva hay que añadir a otros salvadores.

    Fuera de bromas magnífica entrada,

    Buena tarde madame.
    Bisous.

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  17. no se por que los caballos tienen pavor a los cerdos, siempre, algunos se detienen a la vista del cerdo y no hay forma que avance, he criado caballos y es verdad...
    me gusta su entrada Madame, saludos amiga

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  18. Muchas gracias a todos, y disculpen que no les responda individualmente, pero paso volando y sin tiempo para nada.

    Responderé a sus cuestiones:

    MONSIEUR JOSE LUIS, en efecto, fue cosa de los francos. El nombre completo de París era Lutetia Parisii, porque allí habían vivido los parisios. Cuando Clodoveo la convierte en su capital, comienza a llamarse simplemente París, que venía a ser una forma abreviada. Para ser exactos fue en el año 508.

    MONSIEUR IGOR, no, no creo que la luz hiciera distinta a París entonces, porque no había más que la del sol, que no brilla especialmente en esas latitudes. La ciudad de la luz lo es ahora.

    Buenas noches a todos

    Bisous

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  19. Muchas veces me he imaginado en posesión de una máquina del tiempo para poder visitar determinadas ciudades durante la época medieval, y es que supongo que el trasiego y el ajetreo que usted nos pinta de Paris sería muy similar en todas y cada una de las grandes ciudades de Europa. No puedo evitar arrugar la nariz ante la imagen de los cerdos campando a sus anchas por las calles estrechas, en las que avanzar resultaría una odisea entre caminantes, mercaderes y estos animales de cola enroscada y aspecto hediondo. El olor a estiércol debía de resultar una constante, no me extraña que Felipe se decidiera a pavimentarlas. El asunto de "¡agua va!" me desconcierta, por muy sibarita que un@ fuese vestido jamás podía imaginar donde lo iba a sorprender el chaparrón jajjajajajaj

    Bisous Madame.

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  20. Evidentemente Paris no era entonces la ciudad de la luz. Muy oscura y llena de cerdos su aspecto debía ser deprimente, aunque no se puede negar por lo leído que llena de vida y actividad.

    Bisous

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)