miércoles, 16 de noviembre de 2011

La increíble historia de Teodoro de Córcega

Teodoro I de Córcega

En el año de 1749 vivía en un modesto alojamiento de Grosvenor Square, en Londres, un hombre de aspecto desaliñado que no llamaba especialmente la atención. Como no podía pagar sus deudas, un mal día fue conducido a la prisión de King’s Bench. 

Este hombre era un aventurero alemán, de nombre Teodoro de Neuhoff. Había nacido en colonia el 25 de agosto de 1694, hijo de un militar westfaliano que, aunque ostentaba el rango de barón, perdió categoría al casarse con Amélie, la hija de un mercader francés. El caballero abandonó su hogar para establecerse en París, donde entró al servicio de los duques de Orleáns. 

Teodoro perdió a sus padres siendo aún un niño de corta edad. Había heredado el espíritu aventurero de su progenitor, además de su encanto. Hablaba francés, alemán e italiano con gran fluidez, y mostraba desde la infancia una viva inteligencia. Su desparpajo le granjeó las simpatías de la duquesa de Orleáns, Isabel Carlota de Baviera, en cuya casa sirvió como paje. La duquesa tomó bajo su protección a Teodoro y a sus dos hermanos y, apenas alcanzados los 17 años, consiguió para él su ingreso en el ejército con el grado de teniente. 

Isabel Carlota de Baviera

Le iba bastante bien con el dinero que ganaba con los dados y los naipes, hasta que un golpe de mala suerte lo redujo a la insolvencia y hubo de buscar nuevas fronteras. Poco después se presentaba ante el barón Görtz, ministro de Carlos XII de Suecia. El barón se percató de su brillante intelecto y de su capacidad para la intriga, por lo que consideró que podría convertirse en un espía muy eficiente. Teodoro amaba el juego, el misterio, las mujeres, y mucho más aún la aventura, de modo que no le desagradó la idea. 

A partir de entonces se le encomendaron misiones muy delicadas en diversas cortes de Europa. Viajó a Holanda en compañía del barón para tratar de conseguir un préstamo de los mercaderes holandeses, y también se desplazó a Escocia como agente jacobita, a fin de tantear las posibilidades de restablecer a los Estuardo en el trono. Rechazó una oferta de Pedro el Grande porque Görtz le había prometido una suculenta recompensa si le llevaba unos comprometedores documentos al embajador sueco en Inglaterra. Cuando la policía inglesa descubrió los manejos del embajador, quien supuestamente planeaba una invasión de Carlos XII, Teodoro se encontraba en Londres. El audaz aventurero logró huir y llegar a Holanda, donde se refugió en la embajada española. 

Teodoro parte entonces hacia España y entra al servicio del cardenal Alberoni. Es precisamente allí donde contrae matrimonio, aunque su vida conyugal no fue muy larga. La pensión de Alberoni era generosa, pero cuando el cardenal cayó en desgracia ni Teodoro ni su esposa frenaron su lujoso tren de vida. Los gastos desorbitados en los que ambos incurrieron los llevaron pronto a la ruina. Para escapar a sus acreedores, finalmente Teodoro abandonó a su mujer y huyó de España. 

Cardenal Alberoni

Durante los años siguientes sobrevive como puede, dedicándose a las actividades más variadas. Llegó a robar dinero del ejército, y no falta en su biografía algún duelo. Entre 1720 y 1721 lo encontramos en Inglaterra, hasta que el cardenal Dubois, ministro del regente de Francia, le ofreció una enorme suma si aceptaba una misión en Florencia. Lo que hizo allí exactamente nos es desconocido, pero por esa época fue visto en Roma, oculto bajo un nombre falso y buscando la piedra filosofal y el elixir de la vida. 

A su regreso a París, su protector, Dubois, había muerto, y los nuevos ministros le eran hostiles. La policía le vigilaba. En Londres no tuvo mejor suerte y atrajo también la atención de las autoridades. En 1727, después de haber permanecido oculto en un café por algún tiempo, se embarcó hacia Livorno a bordo de un navío genovés. Como estaba nuevamente en la ruina, tuvo que salir adelante estafando a un rico banquero italiano, aunque esta vez la suerte le fue esquiva. Teodoro fue encarcelado. 

Hombre de recursos, fingió una enfermedad para conseguir ser trasladado al hospital. Una vez allí, escapar por la ventana resultaba muy fácil para alguien con su experiencia en aventuras de toda clase. Poco después llegaba a Túnez disfrazado de médico. 

Cardenal Dubois

Durante unos tres años practicó la medicina, ciencia de la que no sabía absolutamente nada. Como sus remedios estaban siendo muy cuestionados, consideró llegado el momento de buscar nuevos aires. Por entonces la situación en Génova ofrecía interesantes complicaciones, de modo que se dirigió hacia allá en calidad de observador, para ver qué beneficio podía extraer informando al Imperio. 

El conflicto implicaba a Córcega. La isla, después de pasar de los cartagineses a los romanos, y de estos a los sarracenos, últimamente se encontraba en poder de los genoveses, pero los corsos, descontentos, siempre estaban organizando alguna revuelta. Por mediación del Imperio se había firmado un tratado de paz entre los genoveses y los rebeldes corsos. Durante la época en la que Teodoro había servido al rey de Suecia, tuvo ocasión de conocer a Louis de Württemberg, y ahora le escribió para pedirle que comunicara al príncipe Eugenio la injusta prisión decretada para los diputados corsos, una medida que violaba el tratado de paz. El mensaje fue transmitido, y con tanto éxito que las presiones de Eugenio y la habilidad de Teodoro apaciguando los ánimos consiguieron que fueran liberados. 

Los diputados acudieron a darle las gracias a Teodoro. Lo veían como su salvador, y pensaban que aún podría hacer mucho más por ellos. Él, por supuesto, no los desanimaba. Se ganó sus voluntades hasta tal punto que acabaron por ofrecerle la corona de Córcega

Córcega

Al principio fingió indiferencia. Era consciente de que las cortes de Europa no permitirían un cambio en el gobierno de la isla. No podía, desde luego, regresar por París, Londres o Amsterdam, donde sus fechorías no habían sido olvidadas. El rey de España tampoco lo apoyaría, porque no deseaba intervenir en los asuntos internos corsos, y poca ayuda cabía esperar del emperador, como pronto descubrió en un primer tanteo. Así pues, tenía que negociar con los turcos. Se puso manos a la obra y les hizo algunas sugerencias acerca de la ruina de Austria y del triunfo de los otomanos, y finalmente el sultán accedió a proporcionarle los medios necesarios para sostener Córcega bajo la soberanía de la Sublime Puerta. 

Teodoro consintió entonces en “liberar de la esclavitud a un pueblo tan valiente”, y si fracasaba, “al menos habría tenido la gloria de legar un noble ejemplo a la posteridad”. 

Emprendió un viaje a comienzos de 1634 para tratar de recabar apoyos. La vida de este irredento aventurero fue tan singular que resulta muy difícil separar la realidad de la leyenda. Probablemente a esta última pertenece el relato según el cual su barco fue capturado por piratas berberiscos, y pasajeros y tripulación acabaron en Argel cargados de cadenas. Según esta historia, Teodoro logró reunir una gran suma de dinero con la que compró su libertad. El relato sin duda pretende justificar el hecho de que eligiera colocar en su blasón la cabeza de un moro y unos grilletes rotos. 

Bonneval

Entre los resortes que pulsó para lograr sus objetivos, no olvidó dirigirse al conde de Bonneval, un antiguo oficial del ejército francés que había entrado al servicio de los turcos tras convertirse al Islam. Fue a él a quien Teodoro reveló un asombroso plan para dominar toda Europa: los turcos se apoderarían primero de Córcega y utilizarían la isla como base desde la que invadir los Estados Pontificios. La captura de Roma no sería un asunto complicado si un ejército se dirigía a Ancona y otro, retirado de Córcega, a la desembocadura del Tíber, mientras los moros de Trípoli cooperaban en Calabria. Cuando Italia hubiera sido conquistada, se marcharía sobre Viena. Con esas dos simples campañas, los turcos pronto serían los dueños de Europa. 

Bonneval quedó entusiasmado, y el sultán prometió su ayuda.



Continuará el viernes con la segunda y última parte

20 comentarios:

  1. qué pena que este magnífico plan no se le hubiera ocurrido a Aníbal, pero claro, para qué quería él marchar sobre Viena, por ejemplo.
    en fin. me ha encantado la historia de este buen señor. aventureros itinerantes que nunca logran lo que se proponen. ya sabe.
    que pase a cubierto este lluvioso miércoles, madame!

    bisous.

    ResponderEliminar
  2. Es, sencillamente asombroso. Pero... ¿Qué movía a este señor?
    "Durante unos tres años practicó la medicina, ciencia de la que no sabía absolutamente nada. Como sus remedios estaban siendo muy cuestionados, consideró llegado el momento de buscar nuevos aires.". ¿Se lo imagina usted, madame? Te llega el enfermo, lo examinas. Cortas, pegas, recetas... Y luego la corona de Córcega sustenda en la Sublime Puerta.
    Cómo llega a saber de estos noblísimos caballeros.
    Otro misterio dentro de un misterio.
    Magníficos.

    ResponderEliminar
  3. ¡Caramba con Teodoro! Desde luego el agente 007 se queda en mero aprendiz a su lado, no le faltaban dotes diplomáticas para llevar con buen fin unas misiones tan complejas y al mismo tiempo debía de tener alma de mercenaro ya que por dinero era capaz de servir a los intereses de cualquier pais siempre que le pagasen, claro.
    Una vida, ciertamene interesante.
    Madame, hay que ver con Isabel Carlota, era bien rotunda la dama jijiiiii.
    Bisous.

    ResponderEliminar
  4. Este tio era un prenda... que vida más variopinta y emocionante... no veo el momento de ver como acaba... acaba mal por lo que cuenta en la introducción pero el proceso se presenta apasionante...

    ResponderEliminar
  5. Hoy no creo que a nadie se le hubiera ocurrido un plan tan descabellado como el de invadir Europa. A este paso vamos a ser los europeos los que volvamos a invadir el mundo. Europa ya no es un chollo. ¡Bueno está el patio!
    Un saludo.

    ResponderEliminar
  6. Sin dudas, Madame, estamos ante "el hombre de las mil caras". Mi vida profesional se ha desenvuelto en un hotel. En cierta ocasión tuvimos un cliente que salía cada mañana vestido de coronel del ejército y salía en taxi camino del ministerio. Cierto día vino la policía y se lo llevó detenido: era un impostor que se desenvolvía entre la cúpula militar con tal pericia que llevó a cabo serias estafas. Los hay que como tu protagonista, Teodoro de Córcega, pasan una y otra vez de cero al infinito. Muy interesante historia, Madame.

    ResponderEliminar
  7. ¡Vaya un aventurero y tunante, con permiso Madame! Ora practicaba el buen hombre la medicina, ora no le hacía ascos a la corona de Córcega, ora mediaba en litigios contra los diputados corsos, ora busca la piedra filosofal y el elixir de vida... y siempre, siempre, siempre escaso de dinero en sus arcas. No debía ser muy buen partido, no. ¡Qué espécimen! A saber lo que nos depara el desenlace.

    Bisous Madame.

    ResponderEliminar
  8. Esto es lo que llamo un agente secreto con aires de bond vivant.

    Desde luego el tio tenía mucha jeta. No le importó abandonar a la mujer a su suerte. Lo mismo que hacerse pasar por médico. Un genio, vamos.

    ResponderEliminar
  9. Un verdadero sinverguenza, un golfo de esos que no podemos evitar que nos inspiren simpatía...espero la continuación, Madame, supongo que de la mujer nunca más se supo...

    Bisous

    ResponderEliminar
  10. Es una vida novelesca, como poco. Lo que resulta más desconcertante del señor, una especie de Casanova- no sé si con tanto éxito con las mujeres- es que se arruinara y enriqueciera una y ora vez, con engaño, estafas y mentiras, pero desde luego con ongenio.

    Muchos bisous.

    ResponderEliminar
  11. "Como sus remedios estaban siendo muy cuestionados, consideró llegado el momento de buscar nuevos aires" ¡Por lo menos acertó con su propio diagnóstico!

    Sorprendente personaje: esperaré con ansia la continuación.

    Feliz tarde, Madame

    ResponderEliminar
  12. Dios mio, como pudo crear todo ese rocambolesco plan; es increible. El personaje es de película, desde luego. Saludos, madame.

    ResponderEliminar
  13. Efectivamente, los planes esta para no cumplirse o para que salgan mal, este parece ser el caso y ademas creo que tenia todas las papeletas para el fracaso.
    Un beso.

    ResponderEliminar
  14. Ja, ja, madame, me ha llamado la atención el título, sobre todo porque usted suele contarnos muuuuchas historias increíbles (por lo curiosas y peregrinas, no porque dudemos de usted). Pero terminado el artículo, reconozco que el título era muy apropiado. Beso su mano, admirada.

    ResponderEliminar
  15. Dentro de las historias que nos presenta, Madame esta es particularmente muy emocionante.
    Por lo que se intuye viajó no solo por gusto sino por las persecuciones, pero se las ingeniaba para salir airoso.
    Una vida llena de emociones y sorpresas.
    Bisous

    ResponderEliminar
  16. Menudo bribón Madame, pero desde luego tan pillo que hace gracia su inteligencia nada desdeñable. Encuentro el post muy divertido. Se ve algunos truhanes caen bien,
    Bisous

    ResponderEliminar
  17. Apropiado el título, Madame para este personaje. Realmente cuantas vicisitudes llegó a vivir, no parece trigo limpio pero hasta cae simpatico. Espero esa continuación.

    Bisous

    ResponderEliminar
  18. De buena se libraron los corsos al no poder tenerlo como rey, ¿o no? Quien sabe.
    Beso su mano.

    ResponderEliminar
  19. A este señor sí que habría que atribuirle la fama que tenía de rufián y aventurero.
    Es como un James Bond real de la época, madame, con su trabajo de espía internacional y entregado a cada misión para seguir atrapado en una aventura continua.

    Me temo que el final va a ser un tanto sorprendente y escabroso porque con tantos líos en los que andaba metido pues su desenlace no va a ser menos, esperemos al Viernes entonces para saber de su historia... jejeje!

    Un beso, madame.

    ResponderEliminar
  20. Si siempre me resulta atrayente vuestro salón, madame, no sé por qué hoy habéis exacerbado con especial intensidad mi curiosidad histórica. Me vienen ecos de las aventuras del chevalier D'Éon. Aguardaré con mi mejor casaca el momento de visitaros para la segunda parte.

    ResponderEliminar

"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)