jueves, 24 de noviembre de 2011

Judith de Baviera, Emperatriz de Occidente


Al enviudar de Ermengarda en octubre del 818, Ludovico Pío, rey de los francos y emperador de Occidente, decidió volver a casarse. La elegida fue la bella Judith, hija del conde Welf de Altorf. Según la tradición, Ludovico convocó en su palacio a todas las jóvenes casaderas de la aristocracia carolingia a fin de elegir entre ellas la que sería su nueva reina, y fue entonces cuando sus ojos se posaron en Judit. Sin embargo, algunos autores se muestran convencidos de que la hija del conde ya estaba en palacio antes de que falleciera Ermengarda. 

El emperador se casa por segunda vez en febrero de 819, apenas cuatro meses después de enviudar de su primera esposa. Según cuentan las crónicas, “Judith viste una túnica cargada de oro y piedras preciosas, como solo Minerva hubiera podido tejer; una diadema dorada realzada con pedrería ciñe su frente, un largo collar cubre su pecho, un círculo de oro se enrosca sinuoso en torno a su cuello; unas pulseras aprisionan sus brazos, un cinturón de oro y piedras preciosas que pesa más de tres libras cae sobre sus caderas, un manto de oro reposa sobre sus hombros. Todo está ya preparado para la celebración de la misa. La campana llama al templo, la iglesia está ocupada por las diversas órdenes de un brillante clero. El santuario se ha llenado de flores para la ceremonia”. Judith avanza escoltada por el conde de Orleáns y el de Tours, y entonces aparece el novio, “con el rostro radiante. Hilduino, su capellán, está a su derecha; Helisachar, su canciller, a la izquierda”. 


Cuando termina la ceremonia religiosa, comienza el festín en palacio. El emperador hace sentar a Judith a su lado, y ella le besa la rodilla antes de ocupar su puesto. Al otro lado se acomoda Lotario, el mayor de los tres hijos de Ludovico. Lotario, silencioso, aguarda impaciente su momento. Apenas logra ocultar la inquina contra su madrastra, pues presiente que los hijos que ella dé a su padre podrían despojarlo del trono que tanto codicia. 

Apenas año y medio antes, el emperador había establecido el reparto de sus tierras: Pipino recibía Aquitania y Baviera era para Luis, pero sería Lotario quien llevaría el título de emperador, y sus hermanos quedaban subordinados a él. El primogénito fue asociado al trono a partir de aquel momento, y no deseaba que nada viniera a perturbar su brillante futuro. 

Un año después del enlace nacía una hija, Gisela, y el 13 de junio del 823 un varón al que llamaron Carlos. Mientras tanto Judith, mujer instruida y llena de encanto, presidía todas las fiestas. Amaba la música y protegía a los poetas, y en ese ambiente su hijo iba a recibir una educación esmerada. Pero durante esas celebraciones y cacerías, poco a poco se fraguaba la tormenta. 

El nacimiento de este nuevo hijo provocaba un conflicto con respecto al reparto de la herencia, puesto que el emperador deseaba asegurar una parte también para él. Judith, por supuesto, se encargaba de recordárselo a su esposo. Como él dudaba en rectificar la orden de sucesión, ella le sugirió que no tenía que cambiar nada, sino que bastaba con reducir un poco los territorios destinados a Pipino y Luis y crear un nuevo Estado en el que un día su Carlos sería rey. 


Ludovico no dejaba de insistir ante sus hijos mayores para que consintieran en cederle una porción del imperio al menor. “Finalmente Lotario consintió y aceptó bajo juramento que su padre entregara a Carlos la parte del Imperio que quisiera, prometiendo por su honor ser en adelante su tutor y defensor contra todos sus enemigos”. Para mejor atarlo a su palabra, Judith insistió en que fuera el padrino del niño en la ceremonia del bautismo. 

Pronto Lotario se arrepintió de este compromiso y comenzó a buscar el modo de anularlo, un cambio que no pasó desapercibido para el emperador y su esposa. Es durante esos años cuando llega a la corte el duque Bernardo de Septimania, conde de Barcelona, un hombre enérgico y con la aureola de guerrero victorioso contra los musulmanes. Bernardo era, además, pariente lejano de Ludovico, como descendiente de Carlos Martel. Para contrarrestar las maniobras de su primogénito, el emperador le otorga su confianza, le nombra consejero y le entrega la custodia de Carlos. 

A los pocos meses de su llegada, Bernardo ya había hecho demasiados enemigos en la corte. Para complicar las cosas, la emperatriz, imprudentemente, mostraba un excesivo agrado por este hombre, algo que no dejó de ser notado y que sería su perdición. 


Judith persuadió a Ludovico de que hiciera una nueva partición del imperio, de modo que Carlos recibiera Alemania, Alsacia, Borgoña y la Septimania, entre otros territorios. Esto resultó imposible de digerir para Lotario, que junto con sus hermanos y algunos notables del reino conspiraron para impedir la división del Imperio de Carlomagno. Todos se agrupan en torno a Wala, abad de Corbie, que detesta tanto a Bernardo como a la reina. El monasterio es testigo de sus reuniones para preparar la revuelta. Wala, en sus escritos, acusa a Judith y al duque de Septimania de adulterio y de practicar hechizos. “Bernardo es un bellaco... Se revuelca en el barro como un jabalí enfurecido… todo lo trastoca, cambia el día por la noche y la noche por el día. Se ha adueñado del corazón de la emperatriz, ha convertido el palacio en una casa de lenocinio; Judith solo tiene ojos para su amante; se puede temer por la vida del emperador, que tiene una venda en los ojos”. 

Lotario subleva al pueblo y a la nobleza. Su rebelión tiene éxito: en abril del año 830 sorprende a su padre en Compiègne y lo hace prisionero en Saint-Médard de Soissons “para liberarlo del estado de abyección debido a la influencia de Bernard”. 

Judith se refugia en la abadía real de San Juan, próxima al palacio de Laon, pero Lotario fuerza las puertas y se apodera de su persona para conducirla bien custodiada a Poitiers. Allí es encerrada en la abadía de Santa Radegunda. Los hermanos de Judith, Conrado y Raúl, fueron apresados, tonsurados y enviados a monasterios de Aquitania. En cuanto a Bernardo, logró huir a Septimania, pero su hermano Eriberto, menos rápido que él, sufrió peor suerte: Lotario lo atrapó y, tras ordenar que le sacaran los ojos, lo desterró a Italia. 


Ludovico, apoyado por la Iglesia, consiguió su libertad un año más tarde al producirse la ruptura entre Lotario y sus dos hermanos. Estos abandonaron al primogénito, que quedó así debilitado. El emperador recuperó el poder y castigó con el exilio a los conspiradores, pero fue clemente con su hijo, a quien concedió el perdón. 

No resultó una decisión muy prudente para él, porque en el 833 el primogénito traicionó a su padre y lo apresó de nuevo. Judith fue enviada a Italia en esta ocasión, y Carlos encerrado en una abadía para iniciarlo en la vida monástica y animarlo a seguirla. 

Sin embargo, la indignación general puso en fuga a Lotario. Al conocer la noticia, los partidarios de Judith la conducen a Aix, donde se reúne con su esposo. Para lavar las calumnias de las que había sido objeto, no fue admitida en el lecho imperial hasta haber prestado juramento ante el pueblo, sobre su honor y por la fe cristiana, de que nunca había sido infiel a su esposo y que era inocente de los crímenes de los que se la había acusado. 

Mientras tanto Lotario, en su huida, había logrado apoderarse de Chalon-sur-Saône tras una batalla en la que perdía la vida otro hermano de Bernardo, Gaucelmo. La hermana de ambos, una monja llamada Gerberga, compartió su triste destino y fue arrojada al río como se hacía con los criminales. 

Denario de Lotario

A la muerte de Pipino de Aquitania a finales del 838, Ludovico entrega esta provincia a Carlos. El joven príncipe parte con su madre para tomar posesión, pero entonces reciben la noticia de que el emperador había fallecido en Metz el 20 de junio de 840. “Lotario, al conocer la muerte de su padre, inmediatamente envió mensajeros por todas partes… anunciando que vendría a tomar posesión del Imperio que su padre el emperador le había entregado, y que prometía conservar a cada uno los beneficios concedidos por su padre e incluso hallar el medio de acrecentarlos… Ordenó también que se le prestase juramento y que se acudiese a su encuentro lo más rápido posible, amenazando con la pena capital a aquellos que se negaran.” 

Durante tres años madre e hijo tratan de ganar su reino con la energía que da la desesperación. En el 842 se pronuncia el Juramento de Estrasburgo, al que sigue el tratado de Verdún al año siguiente. El tratado era la ratificación de un reparto según el cual Carlos era reconocido como rey en la parte occidental del Imperio, es decir, de Francia; Luis en la oriental, y Lotario depositario de la dignidad imperial en un territorio situado entre ambos. Se quiso así garantizar la paz a costa de la unidad del Imperio. 

Judith no vivió lo suficiente para ver culminada su obra. Tras un invierno inusualmente frío y largo, envejecida por las penalidades, la emperatriz fallecía meses antes de la firma del tratado de Verdún y era enterrada en la basílica de San Martín de Tours. Nunca supo que 30 años más tarde su hijo, Carlos el Calvo, llegaría a ser emperador de Occidente. Tampoco que un día no muy lejano Carlos haría decapitar a Bernardo de Septimania. Pero eso es otra historia.

17 comentarios:

  1. Que lios de familia... pero al final el hijo de Judith llegó a emperador, algo que parece que no entraba en las quinielas de la emperatriz que se contentaba con un reino...

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  2. De poco le sirvió, porque no vivió para disfrutarlo. Pocos días felices tuvo esta mujer.

    Feliz tarde, monsieur

    Bisous

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  3. No se puede negar que Judith se esforzó en asegurar el destino de su hijo Carlos, tuvo la suerte de su parte porque ya sabemos, que otros se parte el lomo y no consiguen su objetivo. En los conflictos de linaje y poder, la fortuna va y viene como le place sin que nadie pueda prever el rumbo. Como la vida, mismamente.

    Buenas tardes y à bientôt.

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  4. En efecto, madame, lo que no impide que todo el mundo conspire a más y mejor para procurar atraerse esa fortuna. Judith, desde luego, no fue una excepción, ni tampoco sus hijastros.

    Feliz tarde

    Bisous

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  5. Tremenda la ambición humana. Los celos, el sentido de prevalecer y perpetuarse. El deseo de gloria y poder, supongo.
    ¿Cómo se controla una Corte? Y, ¿cómo se controla la prole? Imagino que no hay manuales. De pequeño no entendía esta tradición del campo, en Catalunya, de nombrar un "hereu" o heredero. Ahora lo entiendo mejor, se evita dispersar y seguramente mucha sangre.
    Una sola mano. En lo privado, ¡no en lo público!
    Madame, buena tarde.

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  6. 'al enviudar de ermengarda, ludovico, rey de los francos, decidió volver a casarse.' cualquiera que lea esas tres líneas y que haya visitado ya su blog sabrá que eso es sinónimo de un jaleo de mil demonios y que más de uno va a salir con los pies por delante.
    apasionante relato, madame. y a judith le va de un pelo no perder el suyo. bueno, el que lo perdió fue el hijo, por lo que veo.
    (redoble de batería y risas)

    y no se crea que no monto en bici, que también. eso ya lo contaré otro día.
    le saludo desde mi nueva dignidad oficial de 'soy igual que el ministro de agricultura de la India'. :)

    bisous madame!!

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  7. Hum...Por qué los reyes y los emperadores, en general, son tan estúpidos respecto de sus hijos mayores? Nunca debió perdonar tan alegremente a Lotario.

    Bisous, Madame.

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  8. Hola Madame

    Una historia llena de intrigas, celos, envidias, luchas fraticidas, secretos ... ¡Cómo me gusta la historia! Es un culebrón, y el hombre no ha cambiado pese al paso del tiempo.

    Cuando he leído la descripción del vestido de la novia, me he preguntado si la pobre podría andar bajo tanto peso.

    Está claro, que anduvo y mucho. Al final, no pudo ver su sueño cumplido. Pero su hijo sí.

    Feliz tarde, Madame.

    Bisous.

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  9. Parecía que Judith empezaba su reinado con buen pie, nada le haría pensar que con la llegada de su hijo las cosas se complicarían tanto, me ha apenado que siendo Carlos tan solo un bebé generase tantas inquinas, en fin parece que el tiempo le dió aquello a lo que tenía derecho e incluso más de lo que su madre soñó.
    MSoy muy despistada, madame, pero diría que ha cambiado la cabecera, me ha encanta esa escena de los mosqueteros.
    Bisous.

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  10. Hola Madame:

    Una historia interesante como todas las de las damas que trae por aquí.

    Como dice Karpov, las primeras lineas ya avecinan el jaleo que vendrá en la historia ;D

    A veces el trabajo de unos, lo disfruta otros. Aunque en su caso, el de Judith, quizás ya sabía que trabaja para otro.

    Saludos

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  11. Ha sido todo muy interesante, pero lo que más me ha gustado ha sido el principio. Parecía que iba a sumergirme en la lectura de un cuento en el que el príncipe convoca en palacio a la jovenes casaderas para elegir esposa, para ser muy felices y comer muchas perdices. Desgraciadamente la vida rara vez sucede como un cuento, la historia nos lo demuestra continuamente y, ésta contada por usted es buena prueba. Beso su mano.

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  12. Los herederos y la ambición cuantos quebraderos de cabeza traen. me encantan estos juramentos sin pies ni cabeza, mujeres aparentemente frágiles esconden una dama de hierro.
    Bisus Madame y buenas noches

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  13. Tal y como se casó parecía que Judith iba a tener una buena vida rodeada de comodidades y esplendro, pero no por lo visto eso era difícil en el medio en el que se movía.

    Bisous, Madame

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  14. Ay, las historias sobre monarquías medievales... Más llenas de traición y asesinatos de lo que uno pueda llegar a creer.

    Muy buena entrada, como todas.

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  15. Las dinastías carolingias, como bueno germanos, son un auténtico follón: primero electivos los reyes, luego a dedo... Judith hizo lo posible por asegurar el trono a su hijo, aunque luego apenas pudo reinar. Feliz fin de semana, Madame. Bisous.

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  16. Hasta en las mejores familias se lían a gorrazos por pillar el mejor trozo del pastel.
    Un saludo.

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  17. Siempre las ambiciones personales, acompañadas de intrigas,luchas y traiciones etc.
    La historia se repite una y otra vez, lo único que importa es el poder todo lo demás pasa a un segundo o tercer plano, el poder es lo único y para conseguirlo se hace todo lo necesario.
    Un beso.

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)