martes, 29 de noviembre de 2011

Hortensia Mancini, Duquesa de Mazarino


Hortensia Mancini, duquesa de Mazarino, es probablemente la más notable entre cuantas mujeres formaron parte del “serrallo” de Carlos II de Inglaterra. Durante su juventud fue una de las más ricas herederas de Europa, y, desde luego, también una de las más hermosas. Por la época en la que Carlos no era más que un príncipe errante, sin trono ni fortuna, había sido uno de los pretendientes a su mano, pero la oferta fue rechazada por el tío de Hortensia, el cardenal Mazarino, que no calculó que un día el Estuardo podría recuperar la Corona de su padre. Resulta irónico que al cabo del tiempo Hortensia terminara convertida en su amante y subsistiendo gracias a su generosidad. 

Se trataba de una criatura irreflexiva, casi se diría que salvaje, una joven no carente de ingenio y que prefería la emoción de la aventura a cualquier idea de grandeza. Nació el 6 de junio de 1646, hija de Lorenzo Mancini, un aristócrata romano, y de Girolama Mazarino, hermana del cardenal. Cuando tenía seis años su tío la hizo llevar a Francia para ser educada. La vivacidad y el gusto por las bromas siempre formaron parte de su carácter. En realidad con el paso de los años jamás dejó de ser una niña traviesa. Su tío la adoraba, si bien le inquietaba un tanto percibir la indiferencia de Hortensia hacia la religión. En una ocasión el cardenal le dijo: 

—Si no asistes a misa por amor a Dios, hazlo al menos por temor a los hombres. 

María Mancini, hermana de Hortensia

Mazarino las sometía a ella y a sus hermanas a una férrea vigilancia para asegurarse de que no se desviaban del camino recto. Según se narra en las memorias de Hortensia, las jovencitas estaban bajo la vigilancia de Madame de Venel, “tan acostumbrada a su papel de guardiana, incluso por la noche, que solía levantarse para ir a ver qué estábamos haciendo”. Una noche, creyendo oír un ruido sospechoso, madame de Venel se temió lo peor y adormilada como estaba entró en la habitación donde dormía apaciblemente María Mancini, a la que por entonces pretendía Luis XIV. Nerviosa ante la posibilidad de toparse con Su Majestad y sin saber muy bien cómo debería reaccionar en el caso de que lo sorprendiera en tan embarazosa situación, la dama se puso a tantear la cama en la oscuridad para comprobar que había una sola persona en ella. Pero en su exceso de celo tuvo la mala fortuna de ir a meter un dedo en la boca de María. Esta, al despertarse sobresaltada con la intrusión, le mordió el dedo con todas sus fuerzas. Entre el susto y el dolor, madame de Venel lanzó lo que más que un grito fue un bramido, de tal modo que despertó a todo el piso. “Imaginad el asombro de ambas cuando se despejaron por completo, al encontrarse en esa situación. Mi hermana estaba sumamente enfadada por tan intensiva vigilancia. Al día siguiente le contaron la historia al rey y toda la corte se rió.” 

El 1 de marzo de 1661, a punto de cumplir quince años, Hortensia contrajo matrimonio con Armand Charles de La Porte, duque de La Meilleraye y de Mayenne y Par de Francia. Desde entonces el matrimonio llevó el título de duques de Mazarino. El cardenal había querido casar a Armand con otra de sus sobrinas, pero el duque se enamoró perdidamente de Hortensia apenas la vio, y aseguró que si no se casaba con ella moriría en tres meses. 

Mazarino falleció al año siguiente dejando a su sobrina una herencia fabulosa y un esposo difícil de soportar. Armand se mostraba excesivamente celoso, era caprichoso, tenía un carácter malhumorado y no se destacaba por su brillante intelecto, sino que, por el contrario, daba muestras de ser mentalmente inestable. Más que un cristiano devoto, se creía inspirado por Dios, y sus supuestas visiones y revelaciones divinas eran el hazmerreír en la corte del Rey Sol. Llevaba hasta tal punto su fanatismo que no quería que las nodrizas amamantaran a los niños en los días en que se celebrara alguna festividad religiosa. Tampoco le gustaba que las lecheras ordeñaran las vacas, porque eso tenía para él connotaciones sexuales. Además hacía que a sus sirvientas femeninas les arrancaran dientes para impedir que atrajeran la atención de los hombres. Tenía una magnífica colección de arte, pero él la estropeaba haciendo que pintaran encima de los desnudos para que no se viera nada indecoroso. 


El matrimonio fue un infierno: Armand prohibía terminantemente a su esposa quedarse a solas con cualquier hombre, la obligaba a rezar durante buena parte del día en la capilla, pidiendo perdón por los pecados de la carne, y organizaba extravagantes búsquedas a medianoche, a la caza de posibles amantes secretos. 

Al cabo de seis años el matrimonio se rompió. Harto del comportamiento de una esposa mundana y que amaba reír sobre todas las cosas, Armand decidió enviarla a un convento

Mientras permanecía con las monjas, Hortensia tuvo por amiga y compañera, y al parecer por algo más, a la marquesa de Courcelles, otra dama casada, joven y alegre como ella, a la que el esposo había encerrado allí acusándola de adulterio. Una de las diversiones de ambas era echar tinta en la pila del agua bendita para que los rostros de las monjas se mancharan de negro al persignarse. A veces trataban de escaparse por la chimenea, y por la noche, cuando todas dormían, disfrutaban corriendo por los dormitorios con un montón de perritos ladrando y aullando tras ellas. En una ocasión llenaron de agua las camas de las religiosas a través de unas grietas en el suelo del piso superior. Hortensia lo confiesa, y añade que “con el pretexto de hacernos compañía, no nos perdían de vista. Las más ancianas, como eras las más difíciles de sobornar, eran las elegidas para esta misión; pero como no teníamos nada mejor que hacer que corretear por ahí, pronto las cansábamos a una tras otra, y hubo una o dos que se hicieron un esguince por intentar darnos alcance”. 


Finalmente se decidió que regresaría al palacio Mazarino, donde ella y su esposo ocuparían habitaciones separadas. Su hermano Felipe, duque de Nevers, residía en un palacio contiguo. Hortensia hizo abrir un pasadizo mediante el cual tenía acceso a sus apartamentos a cualquier hora del día o de la noche. Esto dio pie a Armand para llegar al extremo de sugerir una relación demasiado íntima entre Hortensia y su hermano. 

La duquesa de Mazarino no soportaba aquella situación, de modo que decidió emprender la huida. La noche del 13 de junio de 1668 abandonó furtivamente el hogar conyugal ayudada por su hermano. Dejaba atrás a los cuatro hijos habidos de su matrimonio, el menor de los cuales tenía tan solo dos años. 

Para llevar a cabo su propósito se fingió indispuesta y se retiró a sus aposentos con una de sus servidoras. Allí se disfrazaron de hombre, y de ese modo atravesaron las puertas de la ciudad hasta alcanzar un carruaje que las estaba aguardando.



Continuará el jueves 1 de diciembre con la segunda y última parte.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Secretos de belleza en el antiguo Egipto


En Egipto los cosméticos no eran ningún lujo, sino algo al alcance de todos. La única diferencia estaba en la calidad de los productos utilizados. Tanto hombres como mujeres seguían las últimas modas en peinados y maquillaje, que no solo usaban por razones estéticas, sino también terapéuticas, pues pensaban que los ungüentos tenían efectos mágicos y curativos. Los cosméticos ayudaban a proteger la piel contra el ardiente sol de Egipto, y otra curiosa ventaja es que repelían a las moscas. De hecho se les daba tanta importancia que incluso eran admitidos por los trabajadores como complemento salarial. 

La base solía ser el aceite, extraído del fruto del balanites aegyptiaca o de la moringa y mezclado con sustancias que servían de pigmento. Todo se molía y se mezclaba con goma o con agua hasta hacer una pasta fácil de aplicar. Había maquillaje blanco, negro elaborado con carbón, plomo, galena o pirolusita; verde a base de malaquita machacada, rojo que se aplicaba a labios y mejillas y azul extraído del lapislázuli. Con alheña (henna) teñían las uñas de amarillo o naranja. El color de las uñas, por cierto, indicaba el status social: para la nobleza eran oscuras, y para las clases bajas se pintaban en colores claros. 

Aplicaban Kohl a los ojos con un palillo. Esto era, además, un buen método para retener el polvo y la arena y evitar que entrase en los ojos. Maquillaban tanto el párpado inferior como el superior, extendiéndolos con una línea, y las cejas se pintaban de negro. La mayoría de la gente se maquillaba personalmente, pero aquellos que podían permitírselo recurrían a profesionales tanto para los cosméticos como para la manicura o pedicura. 


Hombres y mujeres egipcios se preocupaban mucho por su aspecto. Vigilaban su peso, para lo cual comían más fruta y vegetales y menos carne de lo que se hace hoy día. Las mujeres eran de baja estatura, y procuraban mostrarse delgadas, con bustos bien redondeados, cinturas finas, caderas rotundas y vientres planos. También los hombres solían ser delgados, llegando a parecer frágiles en ocasiones. 

Incluso después de muerto era preciso cuidar el aspecto. Cuando uno comparecía ante los dioses debía observar ciertas normas en la vestimenta y el maquillaje para causar buena impresión: según el capítulo 125 del Libro de los muertos, era necesario que se presentara limpio, calzado con sandalias blancas, los ojos pintados y ungido con el mejor aceite de mirra. Debido a la importancia que se concedía a los cosméticos en el Más Allá, estos se encontraban entre las ofrendas que se dejaban en las tumbas. 

Los recipientes de los cosméticos forman parte de los primeros hallazgos arqueológicos. En Saqqara aparecieron fragmentos de un cofre con 30 compartimentos para ungüentos. Las vasijas que contenían los productos de belleza al principio fueron fabricadas en granito y basalto, y más tarde de alabastro, aunque también se encuentran otros materiales como el marfil. Se cubrían con trozos de cuero atados a su cuello. 


Como secretos de belleza empleaban a veces curiosos preparados, como por ejemplo excrementos de cocodrilo en baños de barro, en la creencia de que eso reafirmaba y tonificaba la piel. También recurrían a la leche y la miel, por considerar que dejaban la piel tersa y fina. Para protegerse de los estragos del sol se frotaban la piel con aceites hidratantes y masticaban raíces de la planta llamada amni majus. Combatían las arrugas frotándose aceite de oliva, sésamo y almendras, mezclado con otras sustancias aromáticas. El papiro Ebers menciona al respecto una receta compuesta por incienso, cera, aceite de moringa y ciprés. Las mujeres egipcias, por cierto, tampoco descuidaban evitar la aparición de estrías durante el embarazo, para lo que resultaba eficaz un aceite elaborado con moringa. 

Los perfumes egipcios eran famosos en todo el Mediterráneo. Plinio habla de uno que aún conservaba toda su fragancia al cabo de ocho años. Los elaboraban fundamentalmente a base de plantas: raíces, hojas o flores de alheña, canela, trementina, lirios, rosas, y almendras amargas se empapaban en aceite y a veces se sometían a un proceso de cocción. Se extraía la esencia exprimiendo la mezcla y se añadía aceite para producir el perfume líquido, mientras que para cremas y ungüentos se agregaba cera o grasa. Muchos perfumes estaban compuestos por más de una docena de ingredientes. La mirra y las maderas se traían de África oriental y de Arabia, y eran artículos sumamente caros. Solo los más ricos podían permitírselo, eso cuando no estaban reservados para el uso exclusivo de los dioses. 

Para evitar los piojos solían afeitarse la cabeza. Utilizaban pelucas, a veces elaboradas con cabello humano, pero normalmente tenían que conformarse con mezclar pelo de caballo, hojas de palmera, paja, lana de oveja o fibras vegetales. Llevaban extensiones y trenzas, y cuanto más elaborada y de mejor calidad fuera la peluca, mayor status social denotaba. La de una mujer se suponía que realzaba su sensualidad, y solía ser mucho más compleja y larga que la de los hombres. Durante el Imperio Antiguo se dividían en tres secciones: una que colgaba por la espalda y otras dos que descendían por ambos lados de la cabeza cayendo sobre los senos, pero en el Imperio Nuevo fueron más cortas y con bucles. Era común que las pelucas aparecieran teñidas y aromatizadas. Los colores podían ser rubio, verde o dorado, pero los preferidos eran el negro y el añil. 

Los peinados solían ser bastante elaborados, y requerían muchas horquillas. También podía adornarse el cabello con peinetas y joyas. Sobre ellas los nobles llevaban a veces un tocado hecho a base de minerales raros y joyas. 


El cráneo se frotaba con aceites perfumados después de lavarlo, pero más peligrosos que los piojos eran los parásitos que anidaban en las ropas y en el cuerpo, y que podían transmitir enfermedades como el tifus. Según Herodoto, los sacerdotes se depilaban todo el cuerpo para librarse de ellos. Además los egipcios consideraban un signo de impureza la abundancia de vello. De hecho, los hombres rara vez exhibían algo más que un fino bigotito y una perilla, prefiriendo la mayoría ir completamente rasurados. Tampoco les gustaba el vello en el pecho, y a veces ni siquiera en las piernas. Para el afeitado utilizaban pinzas, cuchillos o navajas, y aceite como loción. Las prostitutas y bailarinas eliminaban el vello de los brazos y partes íntimas. Para asegurar la máxima eficacia de la depilación, se aplicaba primero una crema para suavizar la piel. 

El tatuaje, normalmente a base de alheña, se consideraba erótico. Especialmente bailarinas, sirvientas y prostitutas exhibían tatuajes en diversas partes de su cuerpo. 


Los antiguos egipcios tenían una extraordinaria fijación con la limpieza. Los baños eran una especie de ritual, sobre todo para las mujeres. Aquellos que no tenían demasiado acceso a una higiene en condiciones sufrían el mayor de los desprecios. Se bañaban con natrón, también empleado en el proceso de momificación, pero con el tiempo fue sustituido por jabones de importación que eran luego perfeccionados en Egipto. Las clases más altas podían bañarse en sus propios domicilios, mientras que la mayoría se bañaba en el Nilo. En Tebtunis se han excavado unos baños públicos que contaban con duchas, lavabos de piedra y un horno para calentar el agua. Se secaban con toallas de lino, complementaban el baño con masajes de esencias aromáticas y además tenían pastillas para el aliento y desodorantes a base de terebinto, incienso y perfumes. Friccionaban sus cuerpos con la mezcla para eliminar el mal olor corporal, que consideraban inaceptable. Para más refinamiento, había exfoliantes fabricados con polvo de alabastro, sal del Bajo Egipto y miel. 

A veces se ponían sandalias de cuero adornadas con cuentas y joyas, pero normalmente caminaban descalzos, por lo que los pies se ensuciaban mucho. Por eso las clases altas tenían bañeras de madera o de barro para los pies. 

El desnudo no era ofensivo. Por el contrario, había varios trabajos que requerían que la gente no llevara ropa. Era el caso de los pescadores y de otros trabajadores manuales. A las clases altas, sin embargo, les gustaba lucir ropa a la última moda. Esta cambiaba mucho, pero siempre incluía joyas. Incluso los pobres las llevaban, aunque no de oro ni piedras preciosas. No se trataba solamente de un elemento decorativo, sino que normalmente eran también un amuleto


El papiro Ebers, especie de enciclopedia médica que data de los tiempos de Amenofis I, nos ha legado algunos consejos de belleza al gusto egipcio: 

“Incienso, cera, aceite de oliva fresco y juncia. Aplasta, machaca dentro de leche fresca y aplica sobre el rostro durante seis días. ¡Verás el resultado!” 

Y atención, porque aquí viene una receta que podría ser del interés de alguno de los caballeros que nos visitan. Se trata de un remedio para hacer crecer el pelo de los calvos: 

“Grasa de león; grasa de hipopótamo; grasa de cocodrilo; grasa de gato; grasa de serpiente; grasa de cabra. Prepararlo como una masa homogénea y untar con ella la cabeza del calvo." 

Tal vez los ingredientes sean un poco difíciles de conseguir, pero todo depende del interés que se ponga. Si lo ven demasiado complicado, sepan que la pérdida de cabello también trataba de remediarse con aceite de ricino o mirto. El mismo papiro aconseja placenta de gato para evitar las canas, mientras que el papiro Hearst sugiere un ratón cocido en aceite. Sírvanse ustedes mismos.

sábado, 26 de noviembre de 2011

De compras por la antigua Roma


Las principales calles romanas estaban llenas de tiendas que ocupaban la fachada de muchas casas. En ocasiones parecen haber sido diseñadas dentro de los propios edificios, mientras que en otras es evidente que fueron añadidas con posterioridad. Las primeras surgieron en torno al siglo VII a. C., y vendían sal para condimentar las comidas y conservar la carne. 

La mayoría de las tiendas eran tabernae de una sola habitación, si bien un buen número de ellas tenían dependencias en la parte trasera, destinadas al almacenaje y producción, además de un entresuelo y viviendas para los propietarios o trabajadores. Contaban con rótulos, y solían mostrar su licencia comercial esculpida en mármol. Era frecuente una decoración a base de mosaicos que representaban las mercancías que ofrecían en sus establecimientos. Por las noches se cerraban con postigos de madera para evitar que entraran ladrones. 

Las tiendas estaban a menudo en manos de esclavos. Cuando estos topaban con una situación que no estaba en su poder manejar, la remitían al propietario. Algunas vendían mercancías de importación; otras, como las panaderías, fabricaban sus propios productos. Había calles y zonas especializadas donde podían encontrarse también artículos de lujo. Joyas de oro, objetos de alabastro, huevos de avestruz pintado, perfumes, telas, marfil e incienso eran tan fáciles de hallar como los vasos de cobre, los cántaros o el aceite. Los ciudadanos, por cierto, llevaban su lista de la compra anotada en tablillas de cera. 


Al crecer la población, aparecieron los mercados, llamados macella (singular macellum). Estos vendían especialmente comestibles, sobre todo fruta y vegetales. El mercado de Trajano fue construido entre los años 100 y 110, diseñado por Apolodoro de Damasco, el arquitecto favorito del emperador. Se trataba de un gran complejo comercial de planta semicircular en el que llegó a haber 150 tiendas. Tenía seis plantas a las que se accedía mediante unas escaleras laterales, y terrazas con vistas al foro. En los niveles inferiores se vendía alimentos, mientras que los superiores estaban reservados a oficinas. 

Las ciudades que habían sido romanizadas contaban con su propio macellum, consistente en un número de tiendas dispuestas en torno a un patio cuadrado. En él se encuentra un tholos, una estructura redonda alzada sobre un podio o un par de escalones, con columnas que soportan un techo. Las tiendas de los carniceros se agrupaban en una zona del macellum y contaban con mostradores de mármol para conservar la carne más fresca. Generalmente se sitúan próximos al foro y cuentan con una estancia, llamada sala de la mesa ponderaria, en la que se guardaban las balanzas y las medidas. 

Las primeras panaderías tardan en surgir, porque la gente fabricaba en casa su propio pan, tarea que quedaba a cargo de los esclavos. En el siglo II a. C. comenzó a haber algunos panaderos de origen griego llamados pistores. En el 168 a. C. se fundó el gremio, y durante el reinado de Augusto ya se podían contar en Roma más de 300 panaderías. La profesión pasó a estar tan bien considerada durante el Imperio que a algunos panaderos incluso se les erigieron monumentos. 


El Forum Boarium, es decir, el foro de la ciudad de Roma, fue el mercado de carne y ganado, construido en los tiempos en los que Roma aún comerciaba mediante el trueque. Más tarde los mercaderes fueron trasladados a otra zona y sustituidos por prestamistas y bancos. Tras la caída del Imperio Romano, el Forum Boarium volvió a dedicarse al ganado hasta el siglo XIX. 

Había unos suntuosos edificios públicos llamados basilicae que tenían una altura de varios pisos y contenían un gran número de oficinas y tiendas, casi como un moderno centro comercial. Mercaderes, armadores, hombres de negocios, todos tenían cabida en las basílicae, que se extendieron por todo el Imperio. Generalmente estaban situados en los foros de las ciudades romanas. 

También había vendedores ambulantes voceando su mercancía en las calles. Periódicamente, los habitantes del campo acudían a Roma para vender sus productos y comprar aquellos que precisaban. 

Podían encontrarse lugares dedicados a comida y bebida donde los plebeyos y los esclavos tenían acceso, algo no muy alejado de nuestros actuales establecimientos de comida rápida. Se llamaban thermopolia (singular thermopolium). Tenían grandes mostradores de mampostería con vasijas de cerámica integradas en ellos. Las vasijas, llamadas dolia, servían al propósito de servir vino y comida a los clientes. Había también un pequeño horno para calentar el agua que se añadía al vino. Una de las especialidades era la posca, una bebida a base de agua y vinagre. En el piso de arriba podían contar con habitaciones para huéspedes, unos cuartos que a veces se alquilaban por horas. 

Thermopolium de Pompeya

Los establecimientos se clasificaban en diversas categorías según los servicios que proporcionaran: 

Los stabula proporcionan alojamiento y disponen de establos para resguardar también a los animales. Se componen de un patio abierto rodeado de comedores. En el piso superior estaban los dormitorios. Eran útiles para viajeros, mercaderes y marinos que venían a vender sus mercancías desde lugares lejanos 

Los hospitia eran hostales con comedores, triclinia y dormitorios, aunque no contaban con establos. 

Los popinae servían comida y bebida, pero no se podía disfrutar de alojamiento. 

El gobierno vigilaba el comercio y los mercados, y esta tarea era llevaba a cabo por el edil, que trataba de impedir que los compradores fueran estafados. Un famoso edil fue Julio César. Los ediles examinaban los productos a la venta, y si eran de mala calidad los hacían arrojar al río Tíber. Los falsos pesos y las falsas medidas eran destruidos.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Judith de Baviera, Emperatriz de Occidente


Al enviudar de Ermengarda en octubre del 818, Ludovico Pío, rey de los francos y emperador de Occidente, decidió volver a casarse. La elegida fue la bella Judith, hija del conde Welf de Altorf. Según la tradición, Ludovico convocó en su palacio a todas las jóvenes casaderas de la aristocracia carolingia a fin de elegir entre ellas la que sería su nueva reina, y fue entonces cuando sus ojos se posaron en Judit. Sin embargo, algunos autores se muestran convencidos de que la hija del conde ya estaba en palacio antes de que falleciera Ermengarda. 

El emperador se casa por segunda vez en febrero de 819, apenas cuatro meses después de enviudar de su primera esposa. Según cuentan las crónicas, “Judith viste una túnica cargada de oro y piedras preciosas, como solo Minerva hubiera podido tejer; una diadema dorada realzada con pedrería ciñe su frente, un largo collar cubre su pecho, un círculo de oro se enrosca sinuoso en torno a su cuello; unas pulseras aprisionan sus brazos, un cinturón de oro y piedras preciosas que pesa más de tres libras cae sobre sus caderas, un manto de oro reposa sobre sus hombros. Todo está ya preparado para la celebración de la misa. La campana llama al templo, la iglesia está ocupada por las diversas órdenes de un brillante clero. El santuario se ha llenado de flores para la ceremonia”. Judith avanza escoltada por el conde de Orleáns y el de Tours, y entonces aparece el novio, “con el rostro radiante. Hilduino, su capellán, está a su derecha; Helisachar, su canciller, a la izquierda”. 


Cuando termina la ceremonia religiosa, comienza el festín en palacio. El emperador hace sentar a Judith a su lado, y ella le besa la rodilla antes de ocupar su puesto. Al otro lado se acomoda Lotario, el mayor de los tres hijos de Ludovico. Lotario, silencioso, aguarda impaciente su momento. Apenas logra ocultar la inquina contra su madrastra, pues presiente que los hijos que ella dé a su padre podrían despojarlo del trono que tanto codicia. 

Apenas año y medio antes, el emperador había establecido el reparto de sus tierras: Pipino recibía Aquitania y Baviera era para Luis, pero sería Lotario quien llevaría el título de emperador, y sus hermanos quedaban subordinados a él. El primogénito fue asociado al trono a partir de aquel momento, y no deseaba que nada viniera a perturbar su brillante futuro. 

Un año después del enlace nacía una hija, Gisela, y el 13 de junio del 823 un varón al que llamaron Carlos. Mientras tanto Judith, mujer instruida y llena de encanto, presidía todas las fiestas. Amaba la música y protegía a los poetas, y en ese ambiente su hijo iba a recibir una educación esmerada. Pero durante esas celebraciones y cacerías, poco a poco se fraguaba la tormenta. 

El nacimiento de este nuevo hijo provocaba un conflicto con respecto al reparto de la herencia, puesto que el emperador deseaba asegurar una parte también para él. Judith, por supuesto, se encargaba de recordárselo a su esposo. Como él dudaba en rectificar la orden de sucesión, ella le sugirió que no tenía que cambiar nada, sino que bastaba con reducir un poco los territorios destinados a Pipino y Luis y crear un nuevo Estado en el que un día su Carlos sería rey. 


Ludovico no dejaba de insistir ante sus hijos mayores para que consintieran en cederle una porción del imperio al menor. “Finalmente Lotario consintió y aceptó bajo juramento que su padre entregara a Carlos la parte del Imperio que quisiera, prometiendo por su honor ser en adelante su tutor y defensor contra todos sus enemigos”. Para mejor atarlo a su palabra, Judith insistió en que fuera el padrino del niño en la ceremonia del bautismo. 

Pronto Lotario se arrepintió de este compromiso y comenzó a buscar el modo de anularlo, un cambio que no pasó desapercibido para el emperador y su esposa. Es durante esos años cuando llega a la corte el duque Bernardo de Septimania, conde de Barcelona, un hombre enérgico y con la aureola de guerrero victorioso contra los musulmanes. Bernardo era, además, pariente lejano de Ludovico, como descendiente de Carlos Martel. Para contrarrestar las maniobras de su primogénito, el emperador le otorga su confianza, le nombra consejero y le entrega la custodia de Carlos. 

A los pocos meses de su llegada, Bernardo ya había hecho demasiados enemigos en la corte. Para complicar las cosas, la emperatriz, imprudentemente, mostraba un excesivo agrado por este hombre, algo que no dejó de ser notado y que sería su perdición. 


Judith persuadió a Ludovico de que hiciera una nueva partición del imperio, de modo que Carlos recibiera Alemania, Alsacia, Borgoña y la Septimania, entre otros territorios. Esto resultó imposible de digerir para Lotario, que junto con sus hermanos y algunos notables del reino conspiraron para impedir la división del Imperio de Carlomagno. Todos se agrupan en torno a Wala, abad de Corbie, que detesta tanto a Bernardo como a la reina. El monasterio es testigo de sus reuniones para preparar la revuelta. Wala, en sus escritos, acusa a Judith y al duque de Septimania de adulterio y de practicar hechizos. “Bernardo es un bellaco... Se revuelca en el barro como un jabalí enfurecido… todo lo trastoca, cambia el día por la noche y la noche por el día. Se ha adueñado del corazón de la emperatriz, ha convertido el palacio en una casa de lenocinio; Judith solo tiene ojos para su amante; se puede temer por la vida del emperador, que tiene una venda en los ojos”. 

Lotario subleva al pueblo y a la nobleza. Su rebelión tiene éxito: en abril del año 830 sorprende a su padre en Compiègne y lo hace prisionero en Saint-Médard de Soissons “para liberarlo del estado de abyección debido a la influencia de Bernard”. 

Judith se refugia en la abadía real de San Juan, próxima al palacio de Laon, pero Lotario fuerza las puertas y se apodera de su persona para conducirla bien custodiada a Poitiers. Allí es encerrada en la abadía de Santa Radegunda. Los hermanos de Judith, Conrado y Raúl, fueron apresados, tonsurados y enviados a monasterios de Aquitania. En cuanto a Bernardo, logró huir a Septimania, pero su hermano Eriberto, menos rápido que él, sufrió peor suerte: Lotario lo atrapó y, tras ordenar que le sacaran los ojos, lo desterró a Italia. 


Ludovico, apoyado por la Iglesia, consiguió su libertad un año más tarde al producirse la ruptura entre Lotario y sus dos hermanos. Estos abandonaron al primogénito, que quedó así debilitado. El emperador recuperó el poder y castigó con el exilio a los conspiradores, pero fue clemente con su hijo, a quien concedió el perdón. 

No resultó una decisión muy prudente para él, porque en el 833 el primogénito traicionó a su padre y lo apresó de nuevo. Judith fue enviada a Italia en esta ocasión, y Carlos encerrado en una abadía para iniciarlo en la vida monástica y animarlo a seguirla. 

Sin embargo, la indignación general puso en fuga a Lotario. Al conocer la noticia, los partidarios de Judith la conducen a Aix, donde se reúne con su esposo. Para lavar las calumnias de las que había sido objeto, no fue admitida en el lecho imperial hasta haber prestado juramento ante el pueblo, sobre su honor y por la fe cristiana, de que nunca había sido infiel a su esposo y que era inocente de los crímenes de los que se la había acusado. 

Mientras tanto Lotario, en su huida, había logrado apoderarse de Chalon-sur-Saône tras una batalla en la que perdía la vida otro hermano de Bernardo, Gaucelmo. La hermana de ambos, una monja llamada Gerberga, compartió su triste destino y fue arrojada al río como se hacía con los criminales. 

Denario de Lotario

A la muerte de Pipino de Aquitania a finales del 838, Ludovico entrega esta provincia a Carlos. El joven príncipe parte con su madre para tomar posesión, pero entonces reciben la noticia de que el emperador había fallecido en Metz el 20 de junio de 840. “Lotario, al conocer la muerte de su padre, inmediatamente envió mensajeros por todas partes… anunciando que vendría a tomar posesión del Imperio que su padre el emperador le había entregado, y que prometía conservar a cada uno los beneficios concedidos por su padre e incluso hallar el medio de acrecentarlos… Ordenó también que se le prestase juramento y que se acudiese a su encuentro lo más rápido posible, amenazando con la pena capital a aquellos que se negaran.” 

Durante tres años madre e hijo tratan de ganar su reino con la energía que da la desesperación. En el 842 se pronuncia el Juramento de Estrasburgo, al que sigue el tratado de Verdún al año siguiente. El tratado era la ratificación de un reparto según el cual Carlos era reconocido como rey en la parte occidental del Imperio, es decir, de Francia; Luis en la oriental, y Lotario depositario de la dignidad imperial en un territorio situado entre ambos. Se quiso así garantizar la paz a costa de la unidad del Imperio. 

Judith no vivió lo suficiente para ver culminada su obra. Tras un invierno inusualmente frío y largo, envejecida por las penalidades, la emperatriz fallecía meses antes de la firma del tratado de Verdún y era enterrada en la basílica de San Martín de Tours. Nunca supo que 30 años más tarde su hijo, Carlos el Calvo, llegaría a ser emperador de Occidente. Tampoco que un día no muy lejano Carlos haría decapitar a Bernardo de Septimania. Pero eso es otra historia.

martes, 22 de noviembre de 2011

El hidalgo español

El caballero de la golilla - Murillo



Ufano de su talle y su persona,
con la altivez de un rey en el semblante,
aunque rotas quizá, viste arrogante
sus calzas, su ropilla y su valona;

cuida más que su hacienda su tizona,
sueña empresas que olvida en un instante,
reza con devoción, peca bastante,
y en lugar de callarlo, lo pregona;

intentó por su dama una quimera
y le mataron sin soltar la espada;
sólo quiso, al morir, que se le hiciera,

si algo quedó en su bolsa malgastada,
una tumba de rey, donde dijera:
“Nació para ser mucho… y no fue nada”.

(José María Pemán - De la vida sencilla)



Los hidalgos constituían la capa inferior de la nobleza, por debajo de los caballeros. Estos se dividen a su vez en caballeros de hábito, es decir, miembros de las Órdenes de Caballería, y los caballeros simples. Pero la hidalguía representaba nada menos que un 90% del estamento nobiliario. El porcentaje de nobles en España era grande, y en algunos lugares los hidalgos constituían la mayor parte de la población: en Asturias en 1773 los hidalgos censados eran el 86 % de los habitantes, y en Cantabria también representaban una amplia mayoría. Cuando los Borbones alcanzaron el trono había en España unos 600.000 entre un total de nueve millones de habitantes.

La hidalguía se originó durante la Reconquista, y podía acceder a ella cualquier plebeyo que pudiera costear su propio servicio en la caballería. A partir del siglo XII se cierra el acceso a quien no fuera a su vez hijo de hidalgo. Es durante dicha época cuando en Castilla y León se empieza a utilizar el término hidalgo en lugar de infanzón. Designaba a aquellos que, aunque sin título ni fortuna, descendían de algún noble o de antepasados que se hubieran distinguido por sus hechos y posición. Aquellos que obtuvieron la hidalguía en tiempos de la Reconquista, eran considerados hidalgos primarios, mientras que los que se establecieron en tierras ya conquistadas y alcanzaron posteriormente el rango fueron secundarios

Uno de los rasgos que caracterizan a los hidalgos es la exención fiscal. No contribuían al pago de impuestos, a cambio de lo cual hacían una prestación militar, debían mantener caballo y armas y acudir a la guerra cuando el rey los llamase. Como eran tan numerosos e improductivos, esto resultaba gravoso para la hacienda pública, de modo que los Borbones estimaron necesario reducir considerablemente el número de nombramientos. 

El hidalgo español gozaba, además, de otros privilegios, como el de no poder ser sometidos a tormento ni encarcelados por deudas. Tampoco podían ser embargados sus bienes, a menos que la deuda fuera con el rey. Su domicilio era inviolable, solo podía ser juzgado por sus pares y, si era sentenciado a muerte, tenía la prerrogativa de ser decapitado en lugar de morir ahorcado. Pero todos estos beneficios fueron suprimidos durante el primer tercio del siglo XIX

Un hidalgo podía dedicarse a actividades muy diversas: aspirar a cargos públicos, seguir la carrera de las armas, entrar en religión o practicar una de las profesiones consideradas honrosas, como por ejemplo las leyes. Pero no trabajaba con sus manos ni aunque fuera pobre. Sin embargo, si alguno lo hacía, no ponía con ello fin a su hidalguía. Esta persistía aunque el hombre fuera labrador, comerciante o zapatero, que los había. O incluso “pobre de solemnidad”, es decir, obligado a vivir de la mendicidad. 

Ahora bien, si el hidalgo lo deseaba, podía tornarse villano mediante una ceremonia que tenía lugar ante el Concejo, y en la que debía pronunciar las palabras: "Dejo nobleza y tórnome villano". Si luego quería recuperar su hidalguía, otra ceremonia lo permitía diciendo: "Dejo villanía y tomo nobleza"

La hija de hidalgo que se casara con un villano perdía su hidalguía. Si enviudaba podía recuperar su estado, pero para ello debía realizar el rito de la albarda. Con una albarda en la espalda acudía a la tumba de su difunto y Decía: "Villano, toma tu villanía, da a mí mía fidalguía", tras lo cual arrojaba la albarda sobre la tumba. 

Pedro Menéndez de Avilés

Luzco del mundo en la gentil pavana,      
sobre el recio tahalí de mi tizona,      
una cruz escarlata, que pregona      
mi abolengo de estirpe castellana.              
Llevo a los hombros ferreruelo grana      
guío el mostacho a la usanza borgoñona      
y mi blanca gorguera se almidona      
bajo mi crespa cabellera cana.              
Tengo cien lanzas combatiendo en Flandes,      
mil siervos en las faldas de los Andes,      
calderas y pendón, horca y chuchillo,              
un condado en la tierra montañesa,      
un fraile, confesor de la condesa,      
cien lebreles, diez pajes y un castillo.

(Soy español - Enrique López Alarcón)


Cabe distinguir varias clases de hidalgos: la primera sería la de aquellos de solar conocido, es decir, los que tienen casa solariega o descienden de una familia que la ha tenido o la tiene. 

Luego se situarían los notorios de sangre, la clase con más prestigio, y su nobleza nunca puede ser puesta en tela de juicio por representantes de categorías superiores. Aquellos cuyos cuatro abuelos fueran hidalgos se llamaban hidalgo de cuatro costados

Los hidalgos de ejecutoria son los que han litigado para poder probar su hidalguía. La mayoría de estos pleitos se litigaban en la Real Chancillería de Valladolid

Los hidalgos de privilegio son los que resultan nombrados en virtud de algún servicio. Puede ser transmisible o solamente personal. Son menospreciados por los hidalgos de sangre, que les vedan muchas veces la participación en determinadas actividades. 

Era hidalgo de beneficio quien compraba la hidalguía que los reyes ponían a la venta para beneficiar a algún convento o para recaudar dinero de cara a una campaña bélica. 

Hidalgo de Indias es quien demuestra descender de los descubridores y conquistadores de tierras, pobladores de villas, encomenderos y cargos en cabildos. 

Otra curiosa categoría es la denominada hidalgo de bragueta, reservada al hombre que engendraba siete hijos varones consecutivos dentro del matrimonio. Esto dio lugar a sospechas de que algunos ocultaban a sus hijas para reconocer solo a los hijos varones. 

Los hidalgos de gotera, que solo lo eran bajo su propio techo, es decir, se reconocían como tales en una determinada localidad, pero perdían el privilegio si se trasladaban a otra. 

Y por último existía en Castilla una categoría llamada hidalgo de devengar quinientos sueldos, por tener derecho a percibir esta cantidad como satisfacción a cualquier injuria que les fuere hecha. Incurría en tal delito quien llamara a un hidalgo "gafo, sodomítico, cornudo, traidor o hereje". 

El caballero de la mano en el pecho - El Greco


Tumba vosotros sois de vuestra gloria,
de la antigua hidalguía,
del castellano honor que en la memoria
solo nos queda hoy día 

(Espronceda - Himno al Dos de Mayo)

***

Este texto está dedicado hoy con mucho cariño a mi querido dlt, hidalgo español donde los haya, y que desdelaterraza nos ofrece unos relatos deliciosos con los que nos hace viajar a la historia. 

Monsieur dlt sabe por qué he elegido el primer retrato.

Premio "De mi parte"


Hace algún tiempo que el encantador monsieur Uriel, desde Saber Historia, era tan amable de concederme este premio, pero fue justo cuando yo estaba de vacaciones y no pude ponerlo en mi vitrina en aquel momento, de modo que lo hago ahora.

Muchísimas gracias a Uriel y mis disculpas por haber llegado tan tarde a recogerlo, pero hace un tiempo que mi vida es un caos.

Hasta dentro de un ratito.


domingo, 20 de noviembre de 2011

Los escarabajos egipcios

“El corazón del hombre es su propio dios” 
(Inscripción en un sarcófago egipcio) 

Los antiguos egipcios tenían ideas peculiares acerca del sexo de los animales: así como estaban persuadidos de que todos los buitres eran hembras, también pensaban que todos los escarabajos eran machos, y que se reproducían al depositar su semen en las bolas de estiércol que hacen rodar por el suelo hasta almacenarlas en túneles subterráneos. 

Los sacerdotes observaron que los escarabajos peloteros desaparecían bajo tierra y otros nuevos surgían de pronto de esas bolas. Por eso los identificaron con Jepri (o Khepera), “el que llegó a ser”, el dios sol que se creó a sí mismo, que renace cada día y que representa la vida eterna. Pensaban que así como el escarabajo hacía rodar las bolas de estiércol, de igual modo el dios Jepri movía el disco solar a través del cielo, y cuando el sol desaparecía, él lo renovaba trayéndolo de nuevo cada mañana desde el mundo subterráneo. Por consiguiente para los egipcios el escarabajo representaba la resurrección, la virilidad, la sabiduría y la constante renovación de la vida. 

Elaboraron millones de ellos a base de los materiales más diversos, entre los que abundaban piedras preciosas como el lapislázuli, la turquesa o la amatista. Era frecuente encontrarlos tallados en piedra verde o azulada, o recubiertas de esmaltes de esos colores. La razón es que el azul simbolizaba el río Nilo, y el verde el crecimiento, la resurrección, la salud y la fertilidad.


Estos escarabajos servían de sellos o de amuletos. Los sellos llevaban grabado el nombre o la marca del propietario. Un ejemplo de su utilización son los tapones de terracota que cerraban las ánforas de vino, para evitar que otras personas no autorizadas pudieran abrirlas. 

Los amuletos solían incluir la imagen de algún dios o animal, escenas mágicas o el nombre de un gran rey para reforzar su poder protector. Los egipcios creían que estos amuletos, llamados escarabeos, eran fuente de vida y poder para su portador, al que protegían contra al mal, pero también acompañaban a los muertos en su viaje al Más Allá. Quien lo portara en la muerte, alcanzaría la vida eterna. 

Aunque su uso no se generalizó hasta la Dinastía XII, se trata de uno de los amuletos más antiguos del mundo, puesto que el escarabajo comenzó a ser considerado una divinidad hace más de 4.500 años. Como los materiales variaban tanto, los escarabajos estaban al alcance de pobres y ricos por igual, y solían ofrecerse como regalos, tal como se aprecia en algunos ejemplos encontrados: “Con el favor de Ptah, el príncipe Shashang le desea a su madre, Ka-ra-ma-ma, un feliz año nuevo” aparece inscrito en uno de ellos. En otro se lee: “Quisiera Amón iniciar el año con felicidad”

Tapa de espejo

Llegaron a ser considerados símbolo de la fertilidad, por lo que, según Clarke, las mujeres egipcias comían estos insectos en la creencia de que la práctica beneficiaba tal propósito. Era tanto el poder que se les atribuía que muchos escarabajos fueron momificados, y se emplearon algunas partes de sus cuerpos para la fabricación de ungüentos medicinales. Estos remedios se consideraban eficaces para combatir la rigidez de las articulaciones y facilitar los partos. 

El escarabajo sagrado aparece frecuentemente representado en el arte egipcio. Algunos eran utilizados meramente como adorno, como colgante, pendientes o sortijas. A veces se grababan en ellos el nombre de su dueño, o unos signos jeroglíficos que solo comprendía quien los poseía, con lo cual se convirtieron en vehículo de transmisión de un lenguaje secreto y mágico. En otros aparece la frase “Durable para siempre es la renovación de Ra”. Con el paso de los años el diseño se fue haciendo más elaborado, hasta el punto de reproducir las patas, en ocasiones plegadas bajo el vientre. A veces el escarabajo aparece en una barca, sujetando el sol entre sus antenas. 

Aunque generalmente eran pequeños y llevaban un agujero para permitir ensartarlos en un collar, en ocasiones los faraones los utilizaban para conmemorar algún hecho histórico, y en estos casos eran de un tamaño apreciable. Iban acompañados de detalladas inscripciones que dejaban constancia del acontecimiento, fuera un matrimonio, una coronación, una cacería o cualquier otra gran celebración. Este tipo de escarabajos eran luego distribuidos entre personajes destacados o monarcas de otros países, como un modo de informar y dejar perenne constancia. Entre los de gran tamaño, cabe mencionar el escarabajo de granito que Amenofis III erigió en un zócalo, en el lago de Karnak. 


En el Imperio Nuevo encontramos el Escarabajo del Corazón, que se colocaba sobre el pecho de la momia, incrustado en el pectoral o simplemente colgando de su cuello mediante una cadena. Su misión era proteger el corazón del muerto al ser pesado contra la pluma de la verdad en el juicio final que tendría lugar ante Osiris y un tribunal compuesto por 43 deidades. Se le pedía entonces al difunto que pronunciara el nombre de cada uno de los divinos jueces, y que jurase que no había cometido ningún delito. Si era hallado inocente, se le permitía el paso al Más Allá. El proceso era registrado por Tot, el escriba de los dioses, representado para la ocasión con forma humana y cabeza de Ibis mientras escribe sobre un rollo de papiro. El corazón se pesaba en una balanza contra la justicia y la verdad, representadas por una pluma, símbolo de la diosa Maat. Si la balanza se desequilibraba porque pesaban demasiado los pecados y las malas acciones que cargaba el corazón, este era devorado por una bestia, un animal con cabeza de cocodrilo, cuerpo de león o leopardo y las patas traseras de hipopótamo. En ese momento se negaba al difunto la vida eterna y dejaba de existir. Si el peso del corazón, por el contrario, resultaba ligero, era devuelto a su propietario para siempre

Los antiguos egipcios consideraban que este órgano era el centro del pensamiento, la memoria y las emociones. Por ello era el más importante y, consecuentemente, esencial para alcanzar la vida después de la muerte. De ahí que nunca se quitara ni se embalsamara separadamente, puesto que era imprescindible su presencia en el cuerpo. 


El Escarabajo del Corazón servía al propósito de facilitar ese paso a la otra vida. Medían unos 10 centímetros y solían ser elaborados con piedras semipreciosas, a veces engarzadas en oro o plata. Llevaban una inscripción extraída del Libro de los Muertos, con las palabras: "¡Oh corazón mío que me dio mi madre, oh víscera de mi corazón de mis diferentes edades, no prestéis falsos testimonios contra mí en el día del juicio, no os opongáis a mí ante el tribunal, no demostréis hostilidad contra mí en presencia del guardián de la balanza!". El muerto se aseguraba así de que su corazón no traicionaría sus secretos cuando compareciera ante Osiris. Puesto que servían a tan importante fin, cuenta la leyenda que cuando alguien roba este escarabajo, la momia revive para perseguir al ladrón hasta darle muerte. 

También se han encontrado en las muñecas o en los dedos de los difuntos, o en el puño cerrado. Desde un punto de vista histórico, los escarabajos más valiosos son aquellos que contienen nombres de reyes. De hecho, los nombres de las dinastías de los hicsos se han recuperado en buena medida gracias a aparecer recogidos en escarabajos sagrados

El comercio transportó los escarabeos egipcios al Mediterráneo oriental y a Mesopotamia, por lo que se han encontrado muchos ejemplos de imitaciones griegas, fenicias y etruscas. Muchos artistas griegos se establecieron en Etruria a mediados del siglo VI a. C. huyendo de los persas, que habían invadido las colonias griegas en Oriente Próximo. Fueron ellos quienes enseñaron a los etruscos el arte de su elaboración, pero en Etruria los escarabeos se utilizaban solo como ornamento, y nunca como sello. Los de fabricación fenicia comenzaron en el siglo VIII a. C., aproximadamente durante la Dinastía XXIII. Como los fenicios eran mercaderes y poseían varias colonias, difundieron estos escarabajos por todos los principales puertos del Mediterráneo y, a consecuencia de ello, el amuleto llegó a lugares donde estos insectos ni siquiera vivían.

viernes, 18 de noviembre de 2011

La increíble historia de Teodoro de Córcega (II)


Teodoro puso rumbo a Túnez, donde esperaba ganar al bey para su causa. Obtuvo armas y provisiones, y tres barcos proporcionados por el cónsul inglés. No era gran cosa, pero con esta pequeña flota zarpó hacia el que estaba destinado a ser su reino. 

El 15 de marzo de 1736 desembarcaba en Aleria. Los corsos lo recibieron entre aclamaciones, y un mes después de su llegada era coronado. En adelante sería Teodoro I, rey de Córcega y Capraja. Como la corona de oro que venía de Italia había sido interceptada por los genoveses, para salir del paso le ciñeron una de laurel. 

—¡Larga vida a nuestro rey Teodoro! —gritaron entonces. Los vítores se repetían como un eco por todo el lugar. 

Se declaró que el título sería hereditario dentro de su familia, y hubo un suntuoso banquete para celebrar el acontecimiento. Después, bien entrada la noche, lo condujeron a su alcoba. 


A la mañana siguiente, Teodoro se sintió indispuesto a consecuencia de los excesos. Recibió en la cama y obsequió a sus consejeros con una taza de chocolate. Luego solicitó unos días de descanso y diversión antes de comenzar a trabajar. Cuando se fueron los consejeros, entraron cuatro asistentes para lavarlo y vestirlo con toda la parafernalia debida a un monarca. Media hora más tarde aparecía envuelto en púrpura, con una enorme peluca y su famoso bastón. Seguido por sus servidores, se dirigió al puerto para presenciar cómo terminaban de descargar sus barcos. Cuando trajeron la caja que contenía zapatos, ordenó que fuera abierta y su contenido distribuido entre la gente. Por todas partes arreciaban los gritos de “¡Larga vida al rey! ¡Larga vida al rey Teodoro! ¡Larga vida al libertador!” 

Teodoro era consciente de que estaba jugando un juego muy peligroso. Había prometido a los corsos el apoyo de una gran potencia, pero era lo bastante inteligente para comprender que, a pesar del ofrecimiento del sultán, solo un milagro podría ayudarle. Tampoco se le ocultaba que había ofendido muchas sensibilidades conservadoras al introducir en la isla la libertad de conciencia, pero no tenía alternativa: la tolerancia era esencial si quería tener alguna posibilidad de que le enviara ayuda el sultán, el bey de Túnez o los ingleses. 

Se dio cuenta muy pronto de que los corsos eran celosos. Teodoro tenía como favorito a Giafferi porque este había sido el líder de los diputados encarcelados por los genoveses. Los demás comenzaron a mostrar rencor hacia Giafferi. Los problemas se acumulaban; la energía del monarca pronto resultó excesiva para sus súbditos. Teodoro parecía empeñado en darle la vuelta a todo. No comprendía sus prejuicios ni sus viejas tradiciones, y a veces daba la impresión de que los consideraba salvajes que necesitaban ser civilizados. 

Sin embargo, el rey mostraba bastante habilidad y mucha mano izquierda, y seguramente hubiera sido capaz de sostenerse en su trono de haber contado con medios suficientes. Europa no se había inquietado en exceso con las novedades que estaban sucediendo en Córcega. Pensaban, seguramente, que las cosas caerían muy pronto por su propio peso. Y no se equivocaban: al cabo de siete meses de reinado se habían agotado los recursos y el dinero que Teodoro había sido capaz de recabar de sus aliados. Su situación era insostenible, así que había llegado el momento de poner pies en polvorosa. Tras nombrar a Paoli y Giafferi como comandantes en jefe, dejó un consejo de regencia y se embarcó el 11 de noviembre disfrazado de sacerdote. 

Paoli

Sin embargo, Teodoro no se daba por vencido. Había prometido un pronto regreso, y estaba convencido de ello cuando zarpó. Inició una gira por diversos países, esperando encontrar aún algún apoyo a su causa. Las cosas no le fueron bien, y estando en París sufrió un atentado fallido, tal vez por parte de agentes genoveses. 

Dos años después de su partida, Teodoro había conseguido reunir una pequeña flota de cuatro barcos y regresó a Córcega. El pueblo lo recibió bien, pero no encontró a ninguno de sus antiguos colaboradores. Los genoveses habían recuperado el control, y los holandeses a los que había logrado embaucar lo abandonaron al ver que allí no había nada de las riquezas que les había prometido. Teodoro se resignó a partir rumbo a Nápoles. 

Años más tarde hizo un segundo intento. Fue en 1743, y esta vez con la ayuda británica, pero la expedición fue igualmente un fracaso. 

El rey Teodoro acabó en Londres. Allí residía en unos apartamentos que alquiló en la elegante Mount Street. Al principio no le fue tan mal: su persona era una curiosidad que la buena sociedad se disputaba, por lo que era invitado a muchos eventos. Pero al cabo de un tiempo, cuando todos habían escuchado ya sus aventuras, se aburrieron de él. 

Mount Street, Londres

Su ánimo se había apagado. Sumido en la depresión y comido por las deudas, terminó en la prisión de King’s Bench. Lady Yarmouth y Lord Granville le ayudaban económicamente lo suficiente para aliviar su miseria, pero no tanto como para saldar sus cuantiosas deudas. 

Durante los dos años siguientes su situación continuó empeorando, porque el número de visitas que recibía, y por tanto el de amigos dispuestos a ayudarle en alguna medida, iba disminuyendo. Al cabo de otros dos años estaba tan desesperado que escribió a varias personas diciéndoles que corría el peligro de morir de necesidad, al faltarle artículos indispensables. 

La condesa de Yarmouth

En febrero de 1753 se abrió una colecta para poder recaudar el dinero con el que sacarlo de la cárcel, pero solo se reunieron 50 libras, principalmente porque la mayoría de la gente no pensó que el llamamiento fuera en serio. Se hubiera necesitado reunir 1500 para pagar las deudas de Teodoro. 

Finalmente fue liberado en 1755, a cambio de la cesión a sus acreedores de sus derechos sobre Córcega y todas las posesiones de la isla, reservándose para sí tan solo el título de rey. 

A comienzos del año siguiente nuevas deudas lo llevaron de regreso a la prisión, pero ahora estaba completamente resignado a su suerte. Con sonrisa derrotada, se limitó a comentar que al menos allí recibía diariamente una ración de pan. 

Prisión de King's Bench

En esta ocasión recuperó la libertad al cabo de no mucho tiempo, pero su vida tocaba a su fin. Poco después, un día en que iba caminando por la calle, se sintió fatigado y alquiló una silla de manos, ordenando que lo llevaran a casa del embajador portugués. El embajador no se encontraba en casa, o tal vez no quiso recibirlo, de modo que Teodoro se hizo conducir a la casa de un modesto sastre del Soho. El sastre lo acogió en su hogar y le permitió descansar en la única cama que poseía. 

El rey de Córcega ya nunca más se levantó. Tres días más tarde fallecía en aquel humilde lecho. 

Como el sastre carecía de recursos, no podía costear los gastos de un funeral. Por fortuna, apareció un rico mercader que se ofreció a ocuparse de todo, porque “no todos los días se tenía en honor de enterrar a un rey”. El hombre ordenó los mejores materiales, y Teodoro, “Rey de Córcega por la Gracia de Dios”, fue luego conducido al cementerio de Santa Ana, en el Soho. Horace Walpole erigió una placa con una corona y una inscripción que decía: 

Junto a este lugar está enterrado 
Teodoro, rey de Córcega, 
Que murió en esta parroquia el 11 de diciembre de 1756, 
Inmediatamente después de abandonar la prisión de King’s Bench 
Por el beneficio del acta de insolvencia, 
A consecuencia de lo cual registró 
Su reino de Córcega 
Para uso de sus deudores 

La tumba, esa gran maestra 
Pone al mismo nivel a héroes y mendigos, galeotes y reyes, 
Pero Teodoro lo aprendió antes de morir. 
El destino le prodigó en vida sus lecciones. 
Le concedió un reino y le negó el pan.



Bibliografía:
Aventureros del siglo XVIII – Peter Wilding
Monarchs retired from business - John Doran

miércoles, 16 de noviembre de 2011

La increíble historia de Teodoro de Córcega

Teodoro I de Córcega

En el año de 1749 vivía en un modesto alojamiento de Grosvenor Square, en Londres, un hombre de aspecto desaliñado que no llamaba especialmente la atención. Como no podía pagar sus deudas, un mal día fue conducido a la prisión de King’s Bench. 

Este hombre era un aventurero alemán, de nombre Teodoro de Neuhoff. Había nacido en colonia el 25 de agosto de 1694, hijo de un militar westfaliano que, aunque ostentaba el rango de barón, perdió categoría al casarse con Amélie, la hija de un mercader francés. El caballero abandonó su hogar para establecerse en París, donde entró al servicio de los duques de Orleáns. 

Teodoro perdió a sus padres siendo aún un niño de corta edad. Había heredado el espíritu aventurero de su progenitor, además de su encanto. Hablaba francés, alemán e italiano con gran fluidez, y mostraba desde la infancia una viva inteligencia. Su desparpajo le granjeó las simpatías de la duquesa de Orleáns, Isabel Carlota de Baviera, en cuya casa sirvió como paje. La duquesa tomó bajo su protección a Teodoro y a sus dos hermanos y, apenas alcanzados los 17 años, consiguió para él su ingreso en el ejército con el grado de teniente. 

Isabel Carlota de Baviera

Le iba bastante bien con el dinero que ganaba con los dados y los naipes, hasta que un golpe de mala suerte lo redujo a la insolvencia y hubo de buscar nuevas fronteras. Poco después se presentaba ante el barón Görtz, ministro de Carlos XII de Suecia. El barón se percató de su brillante intelecto y de su capacidad para la intriga, por lo que consideró que podría convertirse en un espía muy eficiente. Teodoro amaba el juego, el misterio, las mujeres, y mucho más aún la aventura, de modo que no le desagradó la idea. 

A partir de entonces se le encomendaron misiones muy delicadas en diversas cortes de Europa. Viajó a Holanda en compañía del barón para tratar de conseguir un préstamo de los mercaderes holandeses, y también se desplazó a Escocia como agente jacobita, a fin de tantear las posibilidades de restablecer a los Estuardo en el trono. Rechazó una oferta de Pedro el Grande porque Görtz le había prometido una suculenta recompensa si le llevaba unos comprometedores documentos al embajador sueco en Inglaterra. Cuando la policía inglesa descubrió los manejos del embajador, quien supuestamente planeaba una invasión de Carlos XII, Teodoro se encontraba en Londres. El audaz aventurero logró huir y llegar a Holanda, donde se refugió en la embajada española. 

Teodoro parte entonces hacia España y entra al servicio del cardenal Alberoni. Es precisamente allí donde contrae matrimonio, aunque su vida conyugal no fue muy larga. La pensión de Alberoni era generosa, pero cuando el cardenal cayó en desgracia ni Teodoro ni su esposa frenaron su lujoso tren de vida. Los gastos desorbitados en los que ambos incurrieron los llevaron pronto a la ruina. Para escapar a sus acreedores, finalmente Teodoro abandonó a su mujer y huyó de España. 

Cardenal Alberoni

Durante los años siguientes sobrevive como puede, dedicándose a las actividades más variadas. Llegó a robar dinero del ejército, y no falta en su biografía algún duelo. Entre 1720 y 1721 lo encontramos en Inglaterra, hasta que el cardenal Dubois, ministro del regente de Francia, le ofreció una enorme suma si aceptaba una misión en Florencia. Lo que hizo allí exactamente nos es desconocido, pero por esa época fue visto en Roma, oculto bajo un nombre falso y buscando la piedra filosofal y el elixir de la vida. 

A su regreso a París, su protector, Dubois, había muerto, y los nuevos ministros le eran hostiles. La policía le vigilaba. En Londres no tuvo mejor suerte y atrajo también la atención de las autoridades. En 1727, después de haber permanecido oculto en un café por algún tiempo, se embarcó hacia Livorno a bordo de un navío genovés. Como estaba nuevamente en la ruina, tuvo que salir adelante estafando a un rico banquero italiano, aunque esta vez la suerte le fue esquiva. Teodoro fue encarcelado. 

Hombre de recursos, fingió una enfermedad para conseguir ser trasladado al hospital. Una vez allí, escapar por la ventana resultaba muy fácil para alguien con su experiencia en aventuras de toda clase. Poco después llegaba a Túnez disfrazado de médico. 

Cardenal Dubois

Durante unos tres años practicó la medicina, ciencia de la que no sabía absolutamente nada. Como sus remedios estaban siendo muy cuestionados, consideró llegado el momento de buscar nuevos aires. Por entonces la situación en Génova ofrecía interesantes complicaciones, de modo que se dirigió hacia allá en calidad de observador, para ver qué beneficio podía extraer informando al Imperio. 

El conflicto implicaba a Córcega. La isla, después de pasar de los cartagineses a los romanos, y de estos a los sarracenos, últimamente se encontraba en poder de los genoveses, pero los corsos, descontentos, siempre estaban organizando alguna revuelta. Por mediación del Imperio se había firmado un tratado de paz entre los genoveses y los rebeldes corsos. Durante la época en la que Teodoro había servido al rey de Suecia, tuvo ocasión de conocer a Louis de Württemberg, y ahora le escribió para pedirle que comunicara al príncipe Eugenio la injusta prisión decretada para los diputados corsos, una medida que violaba el tratado de paz. El mensaje fue transmitido, y con tanto éxito que las presiones de Eugenio y la habilidad de Teodoro apaciguando los ánimos consiguieron que fueran liberados. 

Los diputados acudieron a darle las gracias a Teodoro. Lo veían como su salvador, y pensaban que aún podría hacer mucho más por ellos. Él, por supuesto, no los desanimaba. Se ganó sus voluntades hasta tal punto que acabaron por ofrecerle la corona de Córcega

Córcega

Al principio fingió indiferencia. Era consciente de que las cortes de Europa no permitirían un cambio en el gobierno de la isla. No podía, desde luego, regresar por París, Londres o Amsterdam, donde sus fechorías no habían sido olvidadas. El rey de España tampoco lo apoyaría, porque no deseaba intervenir en los asuntos internos corsos, y poca ayuda cabía esperar del emperador, como pronto descubrió en un primer tanteo. Así pues, tenía que negociar con los turcos. Se puso manos a la obra y les hizo algunas sugerencias acerca de la ruina de Austria y del triunfo de los otomanos, y finalmente el sultán accedió a proporcionarle los medios necesarios para sostener Córcega bajo la soberanía de la Sublime Puerta. 

Teodoro consintió entonces en “liberar de la esclavitud a un pueblo tan valiente”, y si fracasaba, “al menos habría tenido la gloria de legar un noble ejemplo a la posteridad”. 

Emprendió un viaje a comienzos de 1634 para tratar de recabar apoyos. La vida de este irredento aventurero fue tan singular que resulta muy difícil separar la realidad de la leyenda. Probablemente a esta última pertenece el relato según el cual su barco fue capturado por piratas berberiscos, y pasajeros y tripulación acabaron en Argel cargados de cadenas. Según esta historia, Teodoro logró reunir una gran suma de dinero con la que compró su libertad. El relato sin duda pretende justificar el hecho de que eligiera colocar en su blasón la cabeza de un moro y unos grilletes rotos. 

Bonneval

Entre los resortes que pulsó para lograr sus objetivos, no olvidó dirigirse al conde de Bonneval, un antiguo oficial del ejército francés que había entrado al servicio de los turcos tras convertirse al Islam. Fue a él a quien Teodoro reveló un asombroso plan para dominar toda Europa: los turcos se apoderarían primero de Córcega y utilizarían la isla como base desde la que invadir los Estados Pontificios. La captura de Roma no sería un asunto complicado si un ejército se dirigía a Ancona y otro, retirado de Córcega, a la desembocadura del Tíber, mientras los moros de Trípoli cooperaban en Calabria. Cuando Italia hubiera sido conquistada, se marcharía sobre Viena. Con esas dos simples campañas, los turcos pronto serían los dueños de Europa. 

Bonneval quedó entusiasmado, y el sultán prometió su ayuda.



Continuará el viernes con la segunda y última parte