miércoles, 5 de octubre de 2011

Carta de Camille Desmoulins

Camille Desmoulins, su esposa Lucile y su hijo Horace

Camille Desmoulins fue uno de los personajes más destacados durante la Revolución Francesa hasta su ruptura con Robespierre, viejo compañero de estudios, testigo de su boda y padrino de su hijo. A finales de marzo de 1794, durante el periodo de violencia conocido como la Terreur, Desmuolins era arrestado y encarcelado en la prisión del Luxemburgo. Un decreto de la Convención Nacional prohibía que tanto él como los demás acusados tuvieran defensa, y, para asegurarse el veredicto de culpabilidad, tampoco se les permitió presentar testigos favorables a su causa. 

Días más tarde era condenado a muerte. El 5 de abril moría guillotinado. 

Su esposa, Lucile, acudía con su madre cada día a los jardines del Luxemburgo y se sentaba en un banco frente a la ventana de Camille. Desde la prisión, él le escribió una carta, un grito de amor y desesperación que nunca llegó a sus manos. 

Desmoulins

El sueño bienhechor suspende nuestras penas. Se es libre cuando se duerme, no se siente el cautiverio; el cielo ha tenido piedad de mí. Hace un momento os veía en sueños, y os besaba a ti, a Horace y a Daronne, que se encontraba en casa. Pero nuestro pequeño había perdido un ojo y el dolor que he sentido por este accidente me despertó. He vuelto a encontrarme en mi celda y amanecía. Al no poder seguir viéndote y hablándote, pues tanto tú como tu madre me hablabais, me he levantado para escribirte. Pero al abrir la ventana, la soledad, los espantosos barrotes y los grilletes que me separan de ti han vencido la firmeza de mi alma. He roto a llorar, o más bien he sollozado gritando en mi tumba: “¡Lucile, Lucile, querida Lucile!, ¿dónde estás…?”. Ayer tarde tuve un momento parecido y mi corazón se partió al ver a tu madre en el jardín. Un movimiento instantáneo me ha arrojado de rodillas ante los barrotes, he unido mis manos como implorándole piedad, a ella que gime en tu seno. Ayer me di cuenta de su dolor por su pañuelo y por su velo, que llevaba bajado por no poder soportar este espectáculo. Cuando vengáis, dile que se siente más cerca de ti para que os pueda ver mejor. No creo que haya peligro…, pero, sobre todo, y por nuestro eterno amor, te pido que me envíes tu retrato; que tu pintor tenga compasión de mí, que sufro por haber tenido compasión por los demás; que trabaje dos sesiones al día. En el horror de la prisión será una verdadera fiesta, un día de embriaguez y de maravillas, el día que reciba ese retrato. 

Mientras, envíame un mechón de tus cabellos para ponerlo junto a mi corazón. ¡Querida Lucile!, me siento transportado a los tiempos en que cualquier persona que saliera de tu casa me interesaba. Ayer, a la vuelta del ciudadano que te llevó mi carta, le pregunté: “¿La habéis visto?”, como antaño había preguntado al cura Landreville, y me sorprendí mirándole como si sobre su ropa hubiera quedado algo de ti. Es un alma caritativa, puesto que te llevó mi carta sin tardanza. Al parecer podré verle dos veces al día. El mensajero de nuestros dolores se me hace tan querido como lo hubiera sido antaño el de nuestras alegrías. 

He descubierto en mi habitación una rendija; al aplicar el oído, he escuchado la voz de un enfermo que sufría. Me ha preguntado mi nombre y se lo he dicho, a lo que ha contestado: “¡Oh, Dios mío!”, y se ha vuelto a postrar en la cama; he reconocido muy bien su voz, la voz de Fabre d’Eglantine. “Sí, soy Fabre”, me ha dicho, “pero… ¿cómo estás tú aquí? ¿Se ha producido una contrarrevolución?” Casi no nos atrevemos ya a hablarnos por miedo a que nos oigan y nos priven de este consuelo y nos encierren más estrechamente, pues él tiene una habitación y la mía es mucho mejor que una celda. 

No sabes lo que representa estar incomunicado sin saber el motivo, sin haber sido interrogado, sin recibir ni un periódico. Es lo mismo que estar vivo y estar muerto a la vez. Es existir para sentir que se está en el ataúd. Se dice que la inocencia es tranquila y valerosa. ¡Mi querida Lucile, amada mía, a menudo mi inocencia es débil como la de un marido, la de un padre, la de un hijo! Si fueran Pitt o Cobourg los que me trataran con tanta dureza…, pero son mis colegas y Robespierre quienes firmaron la orden de detención… Es el premio que recibo por mis virtudes y sacrificios. Al entrar en esta cárcel vi a Hérault-Séchelles, a Simon Ferroux, a Chaumette, a Antonelle; pero ellos son menos desdichados, pues ninguno está incomunicado. Yo, que durante cinco años me he expuesto a tantos odios y peligros por la República, yo que en medio de la Revolución conservé mi pobreza, yo, que a la única persona en el mundo a quien tengo que pedir perdón es a ti, mi querida Lolotte, un perdón que me has concedido porque sabes que mi corazón, a pesar de sus debilidades, no es indigno de ti; es a mí, pues, a quien los que se decían mis amigos… mantienen incomunicado, como si fuera un conspirador. Sócrates bebió el veneno, pero él al menos veía en su cárcel a su mujer y a sus amigos. 

¡Cuán duro es verme separado de ti! El mayor de los criminales sería severamente castigado si fuera arrancado de una Lucile por otro medio que no fuera la muerte, que al menos no es más que un momento de dolor. Pero alguien culpable no hubiera sido tu esposo, y tú me amaste porque yo no respiraba más que por la dicha de mis conciudadanos… Me llaman.

Lucile

Al cabo de un tiempo, Desmoulins continúa escribiendo la carta: 

“Hace un momento los miembros del tribunal revolucionario me han interrogado. Solo me hicieron esta pregunta: si había conspirado contra la Revolución. ¡Qué tontería! ¿Cómo pueden insultar así al más puro republicanismo? Veo la suerte que me espera. Adiós, mi Lolotte, mi lobita; despídeme de tu padre. Tienes en mí un ejemplo de la barbarie y de la ingratitud de los hombres. Mis últimos instantes no te deshonrarán. Ahora ves cómo mis temores eran ciertos y mis presentimientos estaban fundados. Me casé con una mujer de virtudes celestiales, he sido un buen padre y fui un buen hijo. Me llevo el aprecio de los buenos republicanos, de todos los hombres, de la virtud y de la libertad. Muero a los 34 años, pero es un milagro que durante cinco años haya sorteado todos los precipicios de la Revolución sin caer en ellos, y que todavía exista; apoyo con tranquilidad mi cabeza sobre la almohada de mis escritos, demasiado numerosos, pero que respiran todos la misma filantropía, el mismo deseo de hacer a mis conciudadanos felices y libres, y que el hacha de los tiranos jamás cortará. Bien veo que el poder enajena a casi todos los hombres, que todos dicen como Dionisio de Siracusa: “La tiranía es un bello epitafio”. ¡Pero consuélate, viuda desolada! El epitafio de tu pobre Camille es más glorioso: es el de los Bruto y los Catón, los tiranicidas. 

¡Oh mi querida Lucile! Yo había nacido para escribir versos, para defender a los desgraciados, para hacerte dichosa y para formar junto a tu madre y tu padre y algunas personas a las que nuestros corazones aman, un Otaïti. Había soñado con una República a la que todos habrían adorado. No podía creer que los hombres y las mujeres fueran tan feroces e injustos. ¿Cómo podía haber imaginado que algunas bromas contra los colegas que me habían provocado podrían borrar el recuerdo de mis servicios? No se me oculta que muero por eso y por mi amistad con Danton. Agradezco a mis asesinos que me hagan morir con él y con Philippeaux; y puesto que mis colegas han sido tan cobardes de abandonarnos y prestar oídos a calumnias que desconozco… puedo decir que morimos víctimas de nuestro valor al denunciar a los traidores, y de nuestro amor a la verdad. Tenemos conciencia de que pereceremos como los últimos republicanos. 

Perdóname que me ocupe de mi memoria. Más bien debería ocuparme de hacerte olvidar. Lucile mía, mi buena Loulou, mi Gallina de Cachan*, no te quedes en tu rama llamándome con tus trinos, me harían demasiado daño en el fondo de mi sepultura. Vuela por tu hijo, vive para nuestro Horace, háblale de mí. Dile lo que ahora no puede entender, que le hubiera amado mucho. A pesar de mi suplicio creo que hay un Dios. Mi sangre borrará mis faltas, las debilidades de la humanidad; y lo bueno que haya tenido, mis virtudes, mi amor por la libertad, Dios me lo recompensará. Algún día volveremos a vernos. ¡Oh, Lucile; Oh, Anette!** Sensible como soy, la muerte que me libra de la visión de tantos crímenes no es una desgracia tan grande. Adiós, Loulou, vida mía, alma mía, mi divinidad terrestre. Te dejo algunos buenos amigos, los hombres más virtuosos y sensibles que puedan existir. ¡Adiós, Horace, Anette, Adèle!*** ¡Adiós, padre!, siento que el río de la vida huye ante mí. Veo aún a Lucile. Veo a mi amada Lucile. Mis manos atadas te abrazan y mi cabeza cortada pone aún sobre ti sus ojos moribundos…” 


El 5 de abril era arrestada Lucile, acusada de conspiración. Desmoulins se enteró de la detención de su esposa cuando estaba ante el tribunal revolucionario. Se sintió morir de pena. 

Durante seis días, la madre de Lucile hizo lo imposible por conseguir la libertad de su hija. En vano. El 13 de abril moría guillotinada, tan solo ocho días después de su esposo. 

Cincuenta líderes de la Revolución habían estado presentes el día de su boda tres años antes. Todos ellos estaban muertos, prisioneros o habían abandonado el país. Incluso Robespierre caería tres meses más tarde. 



*Cachan: Un pueblo cerca de París donde la madre de Lucile tenía una casa de campo. Había allí una gallina que, inconsolable por haber perdido a su gallo, se posaba noche y día sobre la misma rama lamentándose de un modo que desgarraba el alma. No quería ingerir alimento y solo esperaba la muerte. 

**Annette: la madre de Lucile 

***Adèle: la hermana de Lucile

18 comentarios:

  1. Una locura. Una belleza, la carta. Un canto, junto a la locura de una revolución que, quizás, hizo el mundo más justo, pero que en su desarrollo fue comparable a las grandes atrocidades de la humandidad. EL Terror. A veces los hombres somos capaces de eso.
    Saludos.
    Lo de la hija me ha tocado.

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  2. Esto es ya el totalitarismo. Un documento impresionante y de lectura necesaria.

    Saludos.

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  3. Es lo que tiene el poder y el sumergirse en una orgía de sangre que, en medio de la embriaguez, no se es capaz de distinguir lo bueno de lo malo y todos son obstáculos en el camino, sin miramientos hacia otros compañeros de viaje. Robespierre será víctima también de sus excesos y probará su propia medicina.
    Un saludo.

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  4. Hola Madame:

    Desgarradora carta. No solo por el amor hacía luccille, sino por las atrocidades cometidas.

    "No sabes lo que representa estar incomunicado sin saber el motivo, sin haber sido interrogado..."

    Todavía aún mchos se encuentra de esta manera.

    Saludos Madame

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  5. el sueño de la Revolución produce monstruos. pero con todos sus desmanes, tropelías, bandazos, y demás hechos siniestros e injustos... no fue en vano.
    es un documento muy ilustrador el de hoy, madame.

    saludos.
    y bisous!

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  6. Hola Dame Masquée!! Una carta conmovedora. Tristeza, amor, impotencia todo se resume en esta carta. Muy buen post madame.
    Feliz día.
    Bisoussss

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  7. Una carta desgarradora y llena de sentimientos. Refleja el amor por su esposa y su familia y lo terrible de la situación.
    Un post para recordar, Madame

    Bisous

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  8. Barbarie e ingratitud, escribe el ciudadano Desmoulins, con una exacta comprensión de las razones de su condena. Emociona y produce escalofríos la carta que revela un coraje extraordinario y una sensibilidad asombrosa. Gracias Madame.

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  9. Hola Madame

    Estoy impresionada y emocionada, ante el amor y el horror, ante lo mejor y lo peor de los hombres. Me hace cuestionar muchas cosas.

    La carta me ha parecido extraordinaria, al igual que la entrada.

    Feliz día, Madame.

    Bisous.

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  10. Una carta impresionante. Sus palabras siguen conmoviendo aún hoy, tantos siglos después. Se siente la pasión, la pena, la desesperación... que con tanta maestría supo redactar el francés en sus tristes días en prisión.

    Un saludo!

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  11. Ha hecho, señora, una buenísima elección mostrándonos esta carta angustiosa. Gracias. Beso su mano.

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  12. Una carta muy apasionada describiendo la barbarie y las penas del amor, algo así como "estar vivo y estar muerto a la vez". Este rescate, Madame, bien merece un aplauso.

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  13. Horrible la época del terror jacobino en la francia revolucionario. Tantos líderes y tanta población que se jugó el pellejo por una Francia libre de privilegios, tener que morir así en la guillotina. El ejemplo que nos traes hoy no es más que una gota entre tanto temporal. Abrazos, Madame.

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  14. ¡Uf! La piel de gallina, Madame.
    Se podrían decir muchas cosas, pero basta con leer la carta.
    Feliz tarde, Madame

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  15. Cuánto dolor se desprenden de esas emocionadas lineas, ni siquiera el tiempo que ya ha transcurrido es capaz de atenuarlo.
    Me pregunto qué absurda locura poseyó el alma de Robespierre para, en su ceguera, no ayudar ni siquiera a su amigo íntimo, sin duda el poder le trastornó.

    Cuántos monstruos y cuántos genios creó aquella Revolución basada en la Diosa Razón.

    Un placer leer su entrada madame.

    Un saludo.

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  16. Tenía que se duro el estar esperado que le cotaran la cabeza.
    La carta es de una entereza notable dada las circunstancias.
    Madame, vuelvo a decir en este comentario también como ya dije en otro. Que me alegro no haber vivido en aquellos tiempos.
    Madame su mas fiel seguidor.

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  17. Eso es amor y lo demás cuento.
    Qué belleza de carta, qué sentimientos tan dulces y qué terrible soledad.
    Las revoluciones y las guerras qué tristezas dejan.
    Besos

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  18. Desgarradora carta de amor llena de verdades que el mundo materialista y corrupto no ha sabido interpretar- Hemos vivido, durante muchos siglos dentro de una sociedad donde solo prima el interés egoísta y personal de unos cuantos pocos.

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)