viernes, 28 de octubre de 2011

El asesinato de Madame d'Estrées


Françoise Babou de La Bourdaisière era la madre de la célebre Gabriela d’Estrées, amante de Enrique IV de Francia. En junio de 1592, por las fechas en la que se celebraba en Noyon el matrimonio de Gabriela con Nicolas Damerval de Liancourt, su madre moría asesinada en Issoire junto con el marqués Yves de Tourzel-Alègre, su amante desde hacía varios años. 

El padre de Yves había matado a un hombre en el transcurso de un duelo, y perdía a su vez la vida a manos del barón de Vitteaux, hermano del vencido y célebre duelista. El marqués era aún muy joven por entonces, pero aquella tragedia representaba para él una deuda de honor que no iba a olvidar. 

Tres años más tarde su tío lo convirtió en su heredero y lo envió a Alemania en calidad de rehén para garantizar un pago al Príncipe Palatino. Parece que el pago se demoró más de lo previsto, porque Yves tardó siete años en regresar a Francia. Para entonces su tío ya había muerto y sus primos habían aprovechado su ausencia para hacerse con la herencia. El marqués hubo de recurrir a los tribunales para recuperarla, pero mientras tanto no dejaba de pensar en vengar la muerte de su padre. Para ello se ejercitaba intensivamente siguiendo las enseñanzas de un famoso espadachín. 

Gabriela d'Estrées

El 7 de agosto de 1583, a las ocho de la mañana, los dos adversarios se dieron cita en un campo detrás de los cartujos para batirse en lo que sería un duelo a muerte. Contra todo pronóstico Yves, pese a la inexperiencia de sus 23 años, resultó vencedor. El lance costó la vida a su adversario, con lo que, sin saberlo, el joven marqués había proporcionado una gran satisfacción a una mujer que volvió entonces sus ojos hacia él. Se trataba de Françoise, la esposa de Antoine d’Estrées, con quien había tenido nueve hijos durante los 24 años que llevaban casados. Françoise guardaba resentimiento a Vitteaux por haber dado muerte a uno de sus amantes algún tiempo atrás. Ahora, al tener conocimiento de lo sucedido, llamó a su lado a quien consideraba un héroe por haber logrado derrotar al notable espadachín. Hacía años que esperaba vivir ese momento. Agradecida e impresionada por la destreza del marqués, lo colmó de presentes y atenciones sin el menor disimulo. Desde aquel momento, a pesar de la notable diferencia de edad entre ambos —la dama era 18 años mayor que él—, se convirtió abiertamente en su amante, abandonó a su esposo y a sus hijos, que dejó al cuidado de su hermana Isabeau, para vivir con Yves. 

Al poco tiempo Madame d’Estrées daba a luz a la menor de sus hijas, fruto de su relación con el marqués. Fue un escándalo terrible, y una situación sumamente embarazosa para el esposo, que se vio obligado a tomar algunas medidas para paliar el desastre: el 27 de noviembre de 1586 redactó ante notario un documento que privaba a la niña de cualquier beneficio que le hubiera podido corresponder por herencia como hija legítima. 


Yves fue elegido por Enrique IV para ser gobernador de Issoire, en Auvernia, su región natal. Tomó posesión de su cargo poco después de la Pascua de 1590. Françoise se reunió allí con él junto con sus dos hijas menores y un gran séquito de servidores. 

Su unión resultaba demasiado perturbadora para una localidad como Issoire, muy alejada de las libertinas costumbres que habían imperado en la corte del difunto Enrique III y a las que tan acostumbrada estaba Madame d’Estrées, nieta de una amante de Francisco I. Pero lo que menos agradaba a sus habitantes era la avaricia del marqués, solo igualada por la rapacidad de su amante. 

Por hacer economías, Yves no mantenía escolta ni guarnición alguna. Eran sus amigos, la gente de su entorno, quienes asumían la tarea de guardar las puertas de la ciudad. El marqués se alojaba mientras tanto en una humilde morada que tenía por nombre Maison Charrier, sin haberse molestado en tomar ninguna medida de seguridad. 

Sus extorsiones exasperaban a la gente, y pronto su impopularidad comenzó a debilitar la influencia del grupo de amistades del que se rodeaba. En junio de 1592 los hermanos Auterouche decidieron librarse de él y continuar sosteniendo la plaza para el rey sin ningún gobernador. 

Maison Charrier, actualmente el nº 18 de la Plaza de la República, Issoire

En la noche del 8 o el 9, doce asesinos, liderados por los hermanos, entraron en la casa por una puerta trasera, llegaron a la galería que daba acceso a la alcoba ocupada por Madame d’Estrées y su amante y colocaron un explosivo en la puerta. Françoise fue la primera en despertar, alarmada por un olor sospechoso. Un instante después Yves escuchaba un ruido que le hacía saltar de la cama. Rápidamente comenzó a apilar los muebles contra la puerta para atenuar en lo posible el efecto del explosivo, pero mientras lo hacía se produjo la detonación que le causó graves heridas en el brazo. 

A pesar de su estado, Yves presentó un desesperado combate. Su resistencia tomó por sorpresa a los asesinos y le procuró una cierta ventaja momentánea hasta que Blezin, uno de los asaltantes, se arrojó súbitamente contra él y lo atravesó con su daga. 

Madame d’Estrées buscó refugio en la alcoba de sus servidoras, pero otro de los hombres la alcanzó. 

—Caballeros, ¿mataréis también a las mujeres? —se lamentó Françoise. 

—Sí. La perra con el perro —respondió su captor, y a continuación la apuñaló en el pecho, un golpe certero al que sucumbió de inmediato. 

Los asesinos se apoderaron de todo. Incluso despojaron al cadáver de su camisón antes de arrojarlo desnudo a la plaza del mercado junto con el de su amante

Al amanecer, las gentes de la ciudad se encontraban con los resultados de esta sangrienta hazaña. Los cuerpos fueron entonces recogidos y enviados al día siguiente a Meillaud para ser enterrados allí. 

Enrique IV

El país llevaba 20 años desgarrado por las guerras de religión. La mayoría de los habitantes de Issoire se alineaban en la Liga Católica, de modo que los amigos del marqués no tenían esperanzas de obtener justicia por parte del rey. Una investigación hubiera equivalido a entregar la plaza a la Liga, así que lo único que podían hacer era tomarse la justicia por su mano. Tal era la terrible situación en la que se hallaba sumida Francia tres años después de que Enrique IV alcanzara el trono: el rey se veía impotente para castigar el asesinato de uno de sus gobernadores en una ciudad que teóricamente se encontraba bajo su autoridad. 

Uno de los asesinos, lo bastante imprudente para abandonar la ciudad, fue asesinado en el campo, en casa de uno de sus parientes. Desrieux, amigo del marqués, despachó a dos hombres con la misión de acabar con otros dos. Ese mismo amigo, un día en que cruzaba la plaza del mercado de Issoire, se encontró con uno de los hermanos Auterouche y le dio muerte por su propia mano. No satisfecho con eso, él y los suyos se apoderaron de otros tres de los asesinos y los ahorcaron en el acto. Los restantes lograron huir antes de ser atrapados.

viernes, 14 de octubre de 2011

Carthago Delenda Est


Cartago había firmado un tratado con Roma, un acuerdo que quebrantó al cabo de cincuenta años al defenderse contra un ataque de los númidas (posiblemente instigado por los romanos) sin pedir permiso a los romanos. 

El comandante de las legiones estacionadas en África atacó de inmediato y exigió la entrega de todas las armas y barcos. Los cartagineses se plegaron a los designios de la poderosa Roma. Hicieron cuanto se les ordenaba y entregaron más rehenes, pero el Senado no estaba satisfecho. Había que aniquilar Cartago, borrarla del mapa, destruir su recuerdo, y para ello era preciso tensar más la cuerda y llevar la situación al límite. Se resolvió que la ciudad debía ser evacuada. Los habitantes irían a vivir al desierto. 

Con tan abusivas medidas, la guerra terminó de decidirse. Era “la última y heroica agonía de Cartago”. Las mujeres y los niños empuñaron martillos y fabricaron espadas, lanzas, flechas y arcos. Se fundieron las estatuas para hacer puntas de flecha, se arrancaron las rejas para hacer picas y se excavaron las plazas para construir cisternas. En los lugares sagrados se almacenaban pertrechos de guerra, piedras, brea y azufre. En los hogares se hacía febril acopio de víveres. Todo estaba dispuesto para la batalla final. 


Pronto la flota romana bloqueó el litoral y el ejército cortó las comunicaciones con el interior, sentenciando a la ciudad. Cartago resistió heroicamente durante dos años, hasta el 146 a. C. El hambre diezmaba a los ancianos mientras las epidemias causaban estragos entre los jóvenes. Cuando ya no pudieron enterrar a los muertos, vivieron entre los cadáveres sabiendo que no había esperanza de recibir alguna ayuda. 

El fin de Cartago llegó inexorable. Los romanos tomaron la ciudad al asalto. Tuvieron que pelear calle por calle, casa por casa, conquistándolas una a una, porque en todas seguían encontrando resistencia. A los hombres que encontraban, tenían que matarlos para poder someterlos. Las mujeres y los niños que quedaron con vida fueron vendidos como esclavos, y la ciudad reducida a cenizas. El Senado hizo pasar el arado sobre ella de modo simbólico, y sus campos fueron cubiertos de sal para que nada volviera a crecer en ellos. 

No resulta fácil comprender semejante estallido de odio por parte de Roma en esta tercera guerra púnica. En esos momentos Cartago era pobre y sumisa; no tenía futuro ni suponía una amenaza. En Roma apenas quedaba nadie de la generación de Aníbal, y hacía tiempo que aquella contienda se había convertido en leyenda. Pero los romanos conservaban vivo el recuerdo, “mimaban y cuidaban el fantasma del enemigo ancestral, representado de modo indeleble por Cartago”. 


Catón, octogenario durante los años previos a la destrucción de Cartago, sí había vivido la época del azote de Aníbal. Todos los días el anciano había repetido obsesivamente la misma frase: “Ceterum censeo Carthaginem esse delendam” (Por lo demás, mi opinión es que Cartago debe ser destruida), o “Delenda est Carthago” (Cartago debe ser destruida). De ese modo terminaban invariablemente todos sus discursos en el Senado, no importa el tema sobre el que tratasen. Lo más curioso es que el hombre que se encargó de mantener vivo el odio hacia el viejo enemigo de Roma, había sido al mismo tiempo implacable opositor al Imperialismo y detractor de las conquistas romanas, que despreciaba. Pese a que en su juventud tomó parte en la batalla de Metauro durante la segunda guerra púnica, detestaba hasta tal punto la guerra que fue él mismo quien envió a Escipión al destierro. 

El objetivo de Catón se cumplió por completo. La ciudad fue borrada de la faz de la tierra, y con tal éxito que los arqueólogos solo han encontrado pequeños restos del lugar que una vez fue el más rico del Mediterráneo. 

La frase “Carthago Delenda Est” se convirtió así en un modo de expresar la tenaz insistencia sobre una idea fija en cuyo empeño no se ceja hasta haber logrado realizarla, y en tal sentido se utiliza hoy día.

viernes, 7 de octubre de 2011

La palabra de Cambronne

Pierre Cambronne

“Cambronne, en Waterloo, enterró en primer imperio en una palabra de la que nació el segundo” 
(Victor Hugo) 

Cualquier persona que conozca dos palabras en lengua francesa, seguramente una de ellas será “merde”. Lo que quizás no resulte tan conocido es el modo elegante en que un francés se refiere a ello sin desear pronunciar tan malsonante término. A tal fin se emplea la expresión “mot de Cambronne” (palabra de Cambronne). El propio nombre de Cambronne pasó a ser un eufemismo para decir lo mismo (“¡Qué montón de Cambronne!”), y en ocasiones se ha utilizado incluso convertido en el verbo cambronniser

Pierre Jacques Étienne Cambronne, avezado militar de notable valor que ya había luchado en España y en Rusia, fiel entre los fieles a Napoleón, era el general que mandaba la guardia imperial durante la batalla de Waterloo. Cuando los ingleses le pidieron que se rindiera, su famosa respuesta fue “¡Merde!”. O al menos así se lo atribuye la historia. 

Según el relato de los hechos que nos ha legado el periodista Rougemont, cuando el general Colville solicitó su rendición, en un principio Cambronne respondió: 

—¡La guardia muere, pero no se rinde! 


Otras fuentes añaden que, ante la insistencia del enemigo, el francés perdió la paciencia y soltó su célebre exabrupto. Curiosamente, él siempre negó haber dicho tanto una cosa como otra

Existe una declaración de un testigo ocular, Antoine Delau, quien se encontraba justo a su lado. Delau era un agricultor de Vicq, alcalde de su pueblo a mediados del siglo XIX. Este hombre había presenciado ya otros momentos históricos importantes. Solo llevaba unos pocos años de servicio en 1813 cuando, encontrándose a unos pocos pasos de Poniatowski, lo oyó exclamar: 

—¡Dios me ha confiado el honor de los polacos, y solo lo entregaré a él! 

Durante la batalla de Waterloo tenía 25 años y se encontraba junto a Cambronne. Este es su relato: 


Estaba en primera fila, ventaja que debía a mi elevada estatura. La artillería inglesa nos aniquilaba y nosotros respondíamos a cada descarga con tiroteos cada vez menos potentes. Entre dos descargas, el general inglés nos gritó en francés: 

—¡Granaderos, rendíos! 

Cambronne replicó: 

—¡La guardia muere, pero no se rinde! 

Yo lo escuché perfectamente. Estaba a dos metros de él. 

El general inglés ordenó abrir fuego. Nosotros nos reagrupamos. 

—¡Granaderos, rendíos! ¡Seréis tratados como los mejores soldados del mundo! —repitió la voz severa del general inglés. 

Cambronne replicó de nuevo: 

—¡La guardia muere, pero no se rinde! 

Todos los que estábamos próximos a Cambronne repetimos esa frase… Volvimos a reagruparnos y abrimos fuego… Esta vez fueron los soldados ingleses quienes, rodeándonos por todas partes, nos pedían que nos rindiéramos. 

—¡Granaderos, rendíos! ¡Rendíos! 

Entonces, loco de impaciencia y de ira, Cambronne lanzó su famoso “¡Mierda!” 

Fue la última palabra que escuché, porque a través de mi gorro recibí una bala que me dejó inconsciente sobre un montón de cadáveres.


Pero hay una serie de cartas según las cuales el coronel Hugh Halkett, al mando de la tercera brigada Hanoveriana, había hecho prisionero a Cambronne, gravemente herido, antes de que este pudiera haber dado ninguna respuesta. El propio Cambronne ironiza sobre la frase: “No he podido decir que la guardia muere pero no se rinde, puesto que yo no estoy muerto y me rendí”. 

Para terminar de complicar el asunto, la misma frase sobre la guardia fue también atribuida al general Claude-Étienne Michel. Hubo un pleito entra los descendientes de ambos, algo que dejó sin resolver la cuestión. 

Si Cambronne dijo realmente cuanto se le atribuye, no es sorprendente que lo negara: rendirse minutos después de haber pronunciado tan heróica frase resulta un tanto ridículo y especialmente humillante. Cambronne no podía sentirse orgulloso de haber hecho justo lo contrario de lo que acababa de decir. Y en cuanto a la palabra “merde”, digamos que no resulta lo suficientemente gloriosa como para desear ser recordado por ello. 


A pesar de las evidencias en contra y de la negativa del propio Cambronne, ambas respuestas le fueron adjudicadas, y la más elegante de las dos incluso fue grabada en la estatua que le erigieron en Nantes a su muerte, en tiempos de Luis Felipe. 

Cambronne fue juzgado por alta traición, pero fue absuelto el 16 de abril de 1816 gracias a una magnífica defensa. Más tarde se casó con la escocesa Mary Osburn, la enfermera que le había atendido cuando cayó herido en Waterloo. En 1820 Luis XVIII le concedió el título de vizconde. 

La verdadera gloria de este hombre estuvo en su lealtad. Cuando tuvo conocimiento de la abdicación de Napoleón y de su partida hacia la isla de Elba, escribió al general Drouot: “Siempre se me ha elegido para ir al combate; se me debe elegir ahora para seguir a mi soberano, y una negativa sería para mí la más mortal de las heridas”. Y estas sí que fueron sus palabras.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Carta de Camille Desmoulins

Camille Desmoulins, su esposa Lucile y su hijo Horace

Camille Desmoulins fue uno de los personajes más destacados durante la Revolución Francesa hasta su ruptura con Robespierre, viejo compañero de estudios, testigo de su boda y padrino de su hijo. A finales de marzo de 1794, durante el periodo de violencia conocido como la Terreur, Desmuolins era arrestado y encarcelado en la prisión del Luxemburgo. Un decreto de la Convención Nacional prohibía que tanto él como los demás acusados tuvieran defensa, y, para asegurarse el veredicto de culpabilidad, tampoco se les permitió presentar testigos favorables a su causa. 

Días más tarde era condenado a muerte. El 5 de abril moría guillotinado. 

Su esposa, Lucile, acudía con su madre cada día a los jardines del Luxemburgo y se sentaba en un banco frente a la ventana de Camille. Desde la prisión, él le escribió una carta, un grito de amor y desesperación que nunca llegó a sus manos. 

Desmoulins

El sueño bienhechor suspende nuestras penas. Se es libre cuando se duerme, no se siente el cautiverio; el cielo ha tenido piedad de mí. Hace un momento os veía en sueños, y os besaba a ti, a Horace y a Daronne, que se encontraba en casa. Pero nuestro pequeño había perdido un ojo y el dolor que he sentido por este accidente me despertó. He vuelto a encontrarme en mi celda y amanecía. Al no poder seguir viéndote y hablándote, pues tanto tú como tu madre me hablabais, me he levantado para escribirte. Pero al abrir la ventana, la soledad, los espantosos barrotes y los grilletes que me separan de ti han vencido la firmeza de mi alma. He roto a llorar, o más bien he sollozado gritando en mi tumba: “¡Lucile, Lucile, querida Lucile!, ¿dónde estás…?”. Ayer tarde tuve un momento parecido y mi corazón se partió al ver a tu madre en el jardín. Un movimiento instantáneo me ha arrojado de rodillas ante los barrotes, he unido mis manos como implorándole piedad, a ella que gime en tu seno. Ayer me di cuenta de su dolor por su pañuelo y por su velo, que llevaba bajado por no poder soportar este espectáculo. Cuando vengáis, dile que se siente más cerca de ti para que os pueda ver mejor. No creo que haya peligro…, pero, sobre todo, y por nuestro eterno amor, te pido que me envíes tu retrato; que tu pintor tenga compasión de mí, que sufro por haber tenido compasión por los demás; que trabaje dos sesiones al día. En el horror de la prisión será una verdadera fiesta, un día de embriaguez y de maravillas, el día que reciba ese retrato. 

Mientras, envíame un mechón de tus cabellos para ponerlo junto a mi corazón. ¡Querida Lucile!, me siento transportado a los tiempos en que cualquier persona que saliera de tu casa me interesaba. Ayer, a la vuelta del ciudadano que te llevó mi carta, le pregunté: “¿La habéis visto?”, como antaño había preguntado al cura Landreville, y me sorprendí mirándole como si sobre su ropa hubiera quedado algo de ti. Es un alma caritativa, puesto que te llevó mi carta sin tardanza. Al parecer podré verle dos veces al día. El mensajero de nuestros dolores se me hace tan querido como lo hubiera sido antaño el de nuestras alegrías. 

He descubierto en mi habitación una rendija; al aplicar el oído, he escuchado la voz de un enfermo que sufría. Me ha preguntado mi nombre y se lo he dicho, a lo que ha contestado: “¡Oh, Dios mío!”, y se ha vuelto a postrar en la cama; he reconocido muy bien su voz, la voz de Fabre d’Eglantine. “Sí, soy Fabre”, me ha dicho, “pero… ¿cómo estás tú aquí? ¿Se ha producido una contrarrevolución?” Casi no nos atrevemos ya a hablarnos por miedo a que nos oigan y nos priven de este consuelo y nos encierren más estrechamente, pues él tiene una habitación y la mía es mucho mejor que una celda. 

No sabes lo que representa estar incomunicado sin saber el motivo, sin haber sido interrogado, sin recibir ni un periódico. Es lo mismo que estar vivo y estar muerto a la vez. Es existir para sentir que se está en el ataúd. Se dice que la inocencia es tranquila y valerosa. ¡Mi querida Lucile, amada mía, a menudo mi inocencia es débil como la de un marido, la de un padre, la de un hijo! Si fueran Pitt o Cobourg los que me trataran con tanta dureza…, pero son mis colegas y Robespierre quienes firmaron la orden de detención… Es el premio que recibo por mis virtudes y sacrificios. Al entrar en esta cárcel vi a Hérault-Séchelles, a Simon Ferroux, a Chaumette, a Antonelle; pero ellos son menos desdichados, pues ninguno está incomunicado. Yo, que durante cinco años me he expuesto a tantos odios y peligros por la República, yo que en medio de la Revolución conservé mi pobreza, yo, que a la única persona en el mundo a quien tengo que pedir perdón es a ti, mi querida Lolotte, un perdón que me has concedido porque sabes que mi corazón, a pesar de sus debilidades, no es indigno de ti; es a mí, pues, a quien los que se decían mis amigos… mantienen incomunicado, como si fuera un conspirador. Sócrates bebió el veneno, pero él al menos veía en su cárcel a su mujer y a sus amigos. 

¡Cuán duro es verme separado de ti! El mayor de los criminales sería severamente castigado si fuera arrancado de una Lucile por otro medio que no fuera la muerte, que al menos no es más que un momento de dolor. Pero alguien culpable no hubiera sido tu esposo, y tú me amaste porque yo no respiraba más que por la dicha de mis conciudadanos… Me llaman.

Lucile

Al cabo de un tiempo, Desmoulins continúa escribiendo la carta: 

“Hace un momento los miembros del tribunal revolucionario me han interrogado. Solo me hicieron esta pregunta: si había conspirado contra la Revolución. ¡Qué tontería! ¿Cómo pueden insultar así al más puro republicanismo? Veo la suerte que me espera. Adiós, mi Lolotte, mi lobita; despídeme de tu padre. Tienes en mí un ejemplo de la barbarie y de la ingratitud de los hombres. Mis últimos instantes no te deshonrarán. Ahora ves cómo mis temores eran ciertos y mis presentimientos estaban fundados. Me casé con una mujer de virtudes celestiales, he sido un buen padre y fui un buen hijo. Me llevo el aprecio de los buenos republicanos, de todos los hombres, de la virtud y de la libertad. Muero a los 34 años, pero es un milagro que durante cinco años haya sorteado todos los precipicios de la Revolución sin caer en ellos, y que todavía exista; apoyo con tranquilidad mi cabeza sobre la almohada de mis escritos, demasiado numerosos, pero que respiran todos la misma filantropía, el mismo deseo de hacer a mis conciudadanos felices y libres, y que el hacha de los tiranos jamás cortará. Bien veo que el poder enajena a casi todos los hombres, que todos dicen como Dionisio de Siracusa: “La tiranía es un bello epitafio”. ¡Pero consuélate, viuda desolada! El epitafio de tu pobre Camille es más glorioso: es el de los Bruto y los Catón, los tiranicidas. 

¡Oh mi querida Lucile! Yo había nacido para escribir versos, para defender a los desgraciados, para hacerte dichosa y para formar junto a tu madre y tu padre y algunas personas a las que nuestros corazones aman, un Otaïti. Había soñado con una República a la que todos habrían adorado. No podía creer que los hombres y las mujeres fueran tan feroces e injustos. ¿Cómo podía haber imaginado que algunas bromas contra los colegas que me habían provocado podrían borrar el recuerdo de mis servicios? No se me oculta que muero por eso y por mi amistad con Danton. Agradezco a mis asesinos que me hagan morir con él y con Philippeaux; y puesto que mis colegas han sido tan cobardes de abandonarnos y prestar oídos a calumnias que desconozco… puedo decir que morimos víctimas de nuestro valor al denunciar a los traidores, y de nuestro amor a la verdad. Tenemos conciencia de que pereceremos como los últimos republicanos. 

Perdóname que me ocupe de mi memoria. Más bien debería ocuparme de hacerte olvidar. Lucile mía, mi buena Loulou, mi Gallina de Cachan*, no te quedes en tu rama llamándome con tus trinos, me harían demasiado daño en el fondo de mi sepultura. Vuela por tu hijo, vive para nuestro Horace, háblale de mí. Dile lo que ahora no puede entender, que le hubiera amado mucho. A pesar de mi suplicio creo que hay un Dios. Mi sangre borrará mis faltas, las debilidades de la humanidad; y lo bueno que haya tenido, mis virtudes, mi amor por la libertad, Dios me lo recompensará. Algún día volveremos a vernos. ¡Oh, Lucile; Oh, Anette!** Sensible como soy, la muerte que me libra de la visión de tantos crímenes no es una desgracia tan grande. Adiós, Loulou, vida mía, alma mía, mi divinidad terrestre. Te dejo algunos buenos amigos, los hombres más virtuosos y sensibles que puedan existir. ¡Adiós, Horace, Anette, Adèle!*** ¡Adiós, padre!, siento que el río de la vida huye ante mí. Veo aún a Lucile. Veo a mi amada Lucile. Mis manos atadas te abrazan y mi cabeza cortada pone aún sobre ti sus ojos moribundos…” 


El 5 de abril era arrestada Lucile, acusada de conspiración. Desmoulins se enteró de la detención de su esposa cuando estaba ante el tribunal revolucionario. Se sintió morir de pena. 

Durante seis días, la madre de Lucile hizo lo imposible por conseguir la libertad de su hija. En vano. El 13 de abril moría guillotinada, tan solo ocho días después de su esposo. 

Cincuenta líderes de la Revolución habían estado presentes el día de su boda tres años antes. Todos ellos estaban muertos, prisioneros o habían abandonado el país. Incluso Robespierre caería tres meses más tarde. 



*Cachan: Un pueblo cerca de París donde la madre de Lucile tenía una casa de campo. Había allí una gallina que, inconsolable por haber perdido a su gallo, se posaba noche y día sobre la misma rama lamentándose de un modo que desgarraba el alma. No quería ingerir alimento y solo esperaba la muerte. 

**Annette: la madre de Lucile 

***Adèle: la hermana de Lucile

lunes, 3 de octubre de 2011

Alicia de Antioquía


En 1130 Bohemundo II, príncipe de Antioquía, había muerto combatiendo contra los turcos. El rey Fulco de Jerusalén se encargaba de sostener Antioquía desde la muerte de Bohemundo, pero, ante la dificultad de la empresa, en 1134 decidió que era preciso designar un gobernante independiente. Su candidato era Raimundo de Poitiers. 

El rey iba a encontrarse con un serio obstáculo a la hora de imponer su voluntad: la joven viuda de Bohemundo, Alicia, pretendía actuar como regente en solitario para su única hija y heredera, una niña de nueve años llamada Constanza. Y la señora era un hueso duro de roer. 

Alicia, segunda de las cuatro hijas de Balduino II de Jerusalén y de su esposa Armenia, Morfia de Melitene, tenía 26 años por entonces. No puede decirse que fuera precisamente muy popular entre los habitantes de Antioquía. El cronista Guillermo de Tiro dijo de ella que estaba “atormentada por el espíritu del demonio”. Anduviera o no el diablo de por medio, lo cierto es que era caprichosa, extraordinariamente ambiciosa y tiránica. La gente rumoreaba que había encerrado a su hija en un convento para así poder prolongar indefinidamente su regencia, y que, de haber contado con poder y apoyo suficiente, habría usurpado el trono. 


En cuanto a Raimundo de Poitiers, era el menor de los hijos del duque Guillermo IX de Aquitania. Se había educado en la corte de Enrique I de Inglaterra, quien lo trató como a un hijo y lo armó caballero. Fulco pensaba que Raimundo, de noble origen aunque sin tierras, era el candidato más adecuado para defender Antioquía contra la amenaza turca, por lo que planeaba casarlo con Constanza. La idea, sin embargo, no podía ser del agrado de una mujer que deseaba el gobierno para sí misma. 

A fin de procurarse una fuerte alianza que le permitiera alcanzar su objetivo, Alicia andaba en negociaciones con el emperador Juan II Comneno, a cuyo hijo, Manuel, ofrecía la mano de Constanza. No era la primera vez que buscaba novio a la niña. A la muerte de Bohemundo, Balduino II, rey de Jerusalén a la sazón, intentó asumir la regencia en nombre de su nieta. La pretensión desagradó tanto a Alicia que esta resolvió hacer una jugada tan audaz como poco ortodoxa: ofreció a su hija a un príncipe musulmán al que prometía reconocer como soberano a cambio de que a ella le fuera concedido a perpetuidad el gobierno de Antioquía. Con la propuesta envió como regalo un caballo blanco, símbolo de la pureza y honestidad de sus intenciones. Su plan fracasó porque el mensajero que despachó nunca llegó a su destino: fue capturado por Balduino, torturado y ejecutado. 

Alicia no aceptó la derrota y se negó a permitir la entrada de su padre en Antioquía. De poco sirvió su rebeldía, puesto que algunos de sus nobles abrieron las puertas a los enviados de Balduino, uno de los cuales era Fulco. En vista del giro que habían tomado los acontecimientos, ella encontró más prudente refugiarse en la ciudadela y hacerse fuerte en una torre hasta que, comprendiendo que su situación era insostenible, optó por rendirse y solicitar la clemencia de su padre. Ambos se reconciliaron, si bien Alicia hubo de partir al exilio. 


Al poco tiempo fallecía Balduino y era sucedido por Fulco, casado con su hija mayor, Melisenda. El regente que el rey de Jerusalén había dejado en Antioquía también moría poco después, y la indomable Alicia no iba a dejar pasar la oportunidad que esto representaba. La señora organizó una buena mêlée al aliarse con dos caballeros Cruzados: el gobernante de Trípoli y Joscelin II de Edessa, llegando a entablarse batalla entre ambos bandos. 

La sangre derramada entre cristianos tampoco sirvió para que Alicia lograra sus fines. Alcanzada la paz, Fulco volvía a hacerse con el control y designaba un nuevo regente para Antioquía. 

Ahora, y en vista de lo poco receptiva que se mostraba ante la idea de un enlace entre Raimundo y Constanza, se impuso el disimulo. Se le pretendió hacer creer que el caballero deseaba en realidad casarse con ella. Raimundo apareció en Antioquía tras un viaje que hubo de hacer disfrazado de peregrino para evitar ser atacado por sus enemigos, entre ellos el rapaz rey de Sicilia. Apenas llegar, comenzó a cortejar a Alicia y le pidió que se casara con él. 


Según Guillermo de Tiro, Raimundo de Poitiers era “señor de gran nobleza, más alto, mejor formado y más apuesto que cualquier otro hombre de su época”. Destacaba sobre el resto como guerrero y como jinete, amaba la caza y el juego y poseía una extraordinaria fuerza física: de él se decía que era capaz de doblar una barra de hierro con las manos, razón por la cual sus amigos lo llamaban Hércules. Aunque no sabía leer ni escribir, el tío de la célebre Leonor de Aquitania dominaba el arte de la conversación y demostraba estar familiarizado con la cultura de los trovadores. 

Naturalmente, Alicia sucumbió a su indudable encanto y aceptó su propuesta, pero mientras ella hacía los preparativos para la boda, él raptaba a Constanza y ambos se casaban en secreto en la iglesia de San Pedro con la complicidad del Patriarca. Raimundo se convertía así en príncipe soberano de Antioquía

Alicia no pudo soportar la humillación. Abandonó Antioquía y fallecía en fecha incierta en la ciudad de Latakia, una de las que habían formado parte de su dote al casarse con Bohemundo. 

Raimundo de Poitiers fue un gobernante popular, pragmático y capaz, pero también impulsivo, presa de súbitos arranques de ira y en ocasiones perezoso. Lo que nadie ponía en duda era su valor. Abstemio en sus costumbres, no era dado a la gula ni a la bebida. Con él, la corte de Antioquía fue en cierto modo reflejo de la de Aquitania.

sábado, 1 de octubre de 2011

Ramsés II


El largo reinado de Ramsés II, llamado el Grande, comenzaba hacia 1290 a. C y habría de prolongarse durante 67 años. En ese tiempo Egipto conoció una época de gran esplendor. 

Ramsés no había nacido en el seno de la realeza. Su familia formaba parte de la milicia egipcia, pero cuando su abuelo Ramsés I fue nombrado corregente del faraón Horenheb, que no tenía hijos, el joven entró en la línea sucesoria al trono. Parece que en un principio no iba a ser el heredero, puesto que tenía un hermano mayor, pero al morir este durante la infancia los derechos recayeron sobre Ramsés. En cuanto a su madre, la reina Tuy, pertenecía a un ilustre linaje de militares. 

Horenheb moría en 1306 a. C. dejando su reino al que había sido su corregente. Daba así comienzo la XIX Dinastía. 

A la muerte de Ramsés I, su hijo Seti ocupó el trono. Ramsés II solo tenía nueve años. Como heredero, aprendió a leer y a escribir; se le instruyó en materia religiosa y en el conocimiento de los astros, la historia y la literatura, las matemáticas y la geometría, además de recibir la adecuada formación militar. Su cuerpo fue adiestrado con el mismo esmero que su mente, hasta convertirse en un extraordinario auriga y arquero. Al cumplir diez años su padre lo nombró general, si bien se trataba de un simple título. Toda campaña militar estaba descartada, porque, como futuro rey, su seguridad era primordial. 

Luxor

Cuando contaba unos 14 años fue nombrado corregente. De este modo terminaban de darse los pasos necesarios para evitar las disputas sucesorias que tanto daño ocasionaron al reino en otro tiempo. Se le concedió entonces un palacio real y un importante harén. Una de sus obligaciones era proporcionar a Egipto el mayor número posible de descendientes para asegurar la sucesión, misión que parece haberse tomado muy en serio. A lo largo de su vida tuvo al menos media docena de esposas principales, junto con varias de menor rango y numerosas concubinas. 

Desde que su padre lo asoció al poder, Ramsés lo acompañó en sus empresas militares. A los 15 años luchaba a su lado en Libia, y un año después lo encontramos junto a la frontera Siria. Con 22 años dirigía personalmente la guerra sin ayuda. 

Las campañas militares le ocupaban tan solo dos o tres meses al año. Durante el resto del tiempo se encargaba de supervisar la explotación de canteras para la construcción de enormes monumentos. Según Kenneth A. Kitchen, “Era ambicioso, y sus edificios son los más grandes que existen entre la Gran Pirámide y la llegada de los romanos. Estaba empeñado en construir lo que nadie había edificado”. 

Abu Simbel

Era un hombre alto para los cánones de la época: medía alrededor de 1’70 y tenía el cabello rojo. Se desconoce la edad exacta que tenía cuando fue coronado como tercer faraón de la XIX Dinastía, pero se cree que el rey del Alto y Bajo Egipto y Sol de los Nueve Arcos acababa de cumplir los 20. Durante la ceremonia de coronación, al entregarle las insignias sagradas, le fueron otorgados cuatro nombres: Defensor de Egipto, Elegido de Ra, Toro potente armado de la justicia y Rico en años y en victorias. 

El nuevo faraón trasladó la capital a Pi-Ramsés, en el delta del Nilo. El motivo era estar cerca del punto que entrañaba un mayor peligro para el Imperio. El lugar ya había sido capital durante el periodo de dominación de los hicsos, que la llamaron Avaris, una palabra que significa “asentamiento de los huidos”. Destruida en el transcurso de las guerras contra Egipto, Ramsés la reconstruyó con esclavos israelitas. También amplió el templo de Abidos, hizo importantes reformas en el de Amenofis III, erigió el complejo funerario del Ramesseum en Tebas y templos en Nubia, entre los cuales el más famoso es el de Abu Simbel. Se trata del mayor templo tallado en roca jamás construido. En él hay cuatro estatuas de Ramsés sentado de más de 20 metros de altura. Aunque está dedicado a Amón y Ra, él mismo aparece como divinidad. En el antiguo Egipto se consideraba que el faraón, en efecto, tenía carácter divino, pero ninguno antes lo había mostrado de modo tan obvio y exagerado. 

En Abu Simbel se encuentra un templo que se interna unos 60 metros en la montaña. Hay ocho figuras de Ramsés con la imagen del dios de los muertos, Osiris, que vigila el pasillo que termina en una cámara sagrada. Dentro de esta se erigen estatuas de los grandes dioses de Egipto, y Ramsés aparece entre ellos. Según Rita Freed, “Aparece Ramsés el rey adorando a Ramsés el dios”. 


En los primeros años de su reinado sus esfuerzos se encaminaron a mantener la paz interior, pero en 1286 a. C. emprendió una expedición al objeto de controlar la totalidad de la costa oriental del Mediterráneo y recuperar las fronteras del Imperio en la época de Tutmosis. Tuvo éxito, y logró reconquistar a los hititas una franja costera. 

Al año siguiente ambas potencias libran la batalla de Kadesh. El lugar era una ciudad fortificada hitita que cerraba el paso por el valle del río Orontes, al norte de la actual Damasco. Kadesh se convirtió en la frontera de los imperios egipcio e hitita. Allí fue donde el ejército de Ramsés se encontró con la coalición sirio-hitita del rey Muwatallis. Lo que ocurrió entonces fue registrado por ambos bandos, pero las versiones difieren enormemente. 

Ramsés era joven, valeroso y tenía una gran seguridad en sí mismo, pero también era impulsivo, lo que le ocasionaría algunos problemas. Separó a su ejército de 20.000 hombres en cuatro unidades. La fuerza de avanzada capturó a unos espías hititas que en realidad habían sido enviados para tender una trampa a los egipcios, haciéndoles creer que el enemigo se encontraba a más de 150 kilómetros. Ramsés mordió el anzuelo, continuó guiando a su primera unidad hacia el norte y cayó en la emboscada. Mientras establecían el campamento ante Kadesh, recibieron noticias de que tenían a los hititas encima, a menos de tres kilómetros. Ramsés se vio rodeado por 2.500 carros hititas sin apenas fuerzas con las que defenderse. Su vida pendió de un hilo: “Yo estaba solo, pues mis soldados y mis jinetes me habían abandonado, y ninguno de ellos era lo bastante osado para acudir en mi ayuda”. Los hititas, creyendo haber ganado la batalla, saquearon el campamento y habían intentado asaltar el fortín del faraón, pero Ramsés cargó contra ellos con su pequeña tropa y finalmente llegaron los refuerzos egipcios. Ambos bandos lucharon durante cuatro horas, hasta que los ejércitos, exhaustos, se retiraron. Ramsés había logrado transformar lo que parecía que iba a ser una contundente derrota en una victoria relativa. 


Sea como fuere, lo cierto es que no logró expulsar a los hititas, y puede decirse que el asunto terminó en un empate. La hazaña se cantó en una de las mejores muestras de la poesía épica egipcia: el Poema de Kadesh, grabado en los templos de Luxor, Karnak y Abidos, y donde, por supuesto, Ramsés siempre aparece como héroe. Él se autoproclama vencedor, y afirma que tuvo que luchar prácticamente solo contra los enemigos, guiado por el dios Amón. 

“Después de quince o veinte años de guerra, Ramsés se dio cuenta de que no conseguiría ganar y decidió firmar la paz. De esta manera se inaugura un periodo de prosperidad económica y cultural, una época dorada que duró varias generaciones”, señala el profesor Kitchen. El faraón firmó con el rey hitita Hattusil un tratado de paz que se selló años más tarde con un matrimonio: Ramsés tomó por esposa a una princesa hitita. Desde ese momento se dedicó al mantenimiento de su Imperio, que iba desde Sudán en el sur hasta el Mediterráneo al norte; desde Libia en el oeste hasta el Orontes al este. 

Se cree que fue padre de al menos 90 hijos, y se le han llegado a adjudicar 111 hijos y 51 hijas. En las paredes de muchos templos muestra lo orgulloso que se sentía de su numerosa prole. Su familia era enorme, y tenía siempre a la vez dos reinas principales. Una destaca entre todas ellas: Nefertari, la más amada por Ramsés. El faraón la honraba haciendo que su presencia fuera conocida en todo el Imperio. En Abu Simbel, junto al enorme templo, hay otro más pequeño dedicado a la diosa Hathor y a Nefertari. Ella le dio varios hijos, pero ninguno sobrevivió a su padre. 

Nefertari

Ramsés lloró durante años la muerte de su amada esposa, con quien se había casado contando apenas 17 años. Las muestras están reflejadas en el lugar de su entierro en el Valle de las Reinas. La tumba de Nefertari es la más hermosa de cuantas se conocen, y la riqueza del lugar se interpreta como prueba del amor del faraón, que la sobrevivió más de 40 años. Se la describe como Dama Adorable, Digna de Alabanza, Hermosa de Rostro y Dulce Amor, todo lo cual parecen palabras dictadas por el propio Ramsés. 

Tras la muerte de su esposa favorita, Ramsés II tuvo otras esposas: Isetnefret, de la que tuvo cuatro hijos y sería madre del sucesor; la princesa hitita Matnefrure; su propia hermana Henutmira; la dama Nebettauy y dos de sus más bellas hijas, una de Nefertari (Meritamón) y otra de Isetnefret (Bint-Anat). El faraón vivió tantos años que sobrevivió a la mayoría de sus esposas, concubinas y descendientes, entre ellos a su hijo favorito, Khaemuaset, hijo de Nefertari, reputado mago y gran sacerdote de Ptah. 

Su reinado es el periodo de la historia que se suele relacionar con el Éxodo de la Biblia, del que, según muchos expertos, Ramsés II fue responsable, aunque eso es algo que nunca ha podido ser confirmado. 


Según Rita Freed, “Murió posiblemente con más de 90 años. Al estudiar su momia vemos que tenía artritis, que cojeó durante sus últimos años y que tenía una infección en la mandíbula, que posiblemente le causó la muerte”. 

Cuando falleció, en el verano de 1213 a. C.,Egipto entero se paralizó. Casi todos sus súbditos habían nacido durante su reinado, y pensaban que, sin él, el mundo se acabaría. 

Su momia fue descubierta en 1881, y reposa actualmente en el museo de El Cairo. En 1976 viajó a París, donde recibió honores militares reservados a los jefes de Estado.