martes, 20 de septiembre de 2011

La infancia del Príncipe Negro

Woodstock

La reina de Inglaterra, Felipa de Hainaut, daba a luz la mañana del 15 de junio de 1330, en la residencia de Woodstock, oculta entre los bosques de los alrededores de Oxford. La joven madre está a punto de cumplir 16 años. El padre, el rey Eduardo III, no ha cumplido 18. 

Dada la juventud del monarca, Inglaterra se encontraba en realidad en manos de la reina madre, Isabel de Francia, y de su amante, el galés Sir Roger Mortimer; pero ahora Eduardo consideró llegado el momento de librarse del yugo materno y reinar en solitario. Los rumores decían que Isabel esperaba un hijo de su amante. ¿Acaso no podría pretender el ambicioso Mortimer casarse con la reina y sentar a su propio hijo en el trono? 

Eduardo no le daría la oportunidad. El 19 de octubre detuvo al galés en el castillo de Nottingham y le hizo ahorcar en Londres al mes siguiente. Loca de dolor, Isabel se alejó de la corte durante un tiempo. El rey rechazó su tutela en adelante, pero le dejó numerosas posesiones, la invitaba a Windsor, a Westminster y pasaban juntos con frecuencia las fiestas de Navidad en Castle Rising. El primogénito, a quien se impuso el nombre de su padre, no mostrará más que deferencia y admiración hacia esta abuela un poco misteriosa y aún muy bella. 

Castle Rising

El niño llevaba una vida apacible y era mimado por su madre, quien, contrariamente a las costumbres de la corte, amamantaba a su hijo. El pequeño Eduardo no contaba aún un año cuando estuvo a punto de quedarse huérfano. Con motivo de la visita que hizo a Londres su abuela materna, Juana de Valois, el rey organizó un festival de justas y torneos. Tales espectáculos, muy populares, iban precedidos de desfiles en los que todos, desde el artesano más humilde hasta el propio soberano, se disfrazaban. Juglares, acróbatas y prestidigitadores se mezclaban con los caballeros. De pronto, durante una de estas fiestas, la enorme torre de madera en la que la reina y todas las damas se habían instalado, se vino abajo con terrible estruendo. A pesar de lo aparatoso del accidente, no hubo víctimas, lo que no evitó la cólera del rey. Eduardo III quiso ahorcar de inmediato a los carpinteros que habían construido tan frágil estructura, pero Felipa, siempre clemente, no lo permitió: se abrazó a las rodillas de su esposo para suplicarle que los perdonara, gracia que obtuvo. 

La reina amaba apasionadamente a su marido, detestaba separarse de él y lo seguía lo más posible, incluso a la guerra. Sin embargo, cuando él embarcó el 4 de abril de 1331 en Dover, ella se quedó en Inglaterra con su hijo. El príncipe Eduardo crecía feliz, viviendo la mayor parte del tiempo en Woodstock entre los pavos, los osos y los monos que circulaban libremente por una parte del parque. A los tres años recibió el condado de Chester como patrimonio. 

Dover

El futuro Príncipe Negro aprendió a ser un verdadero caballero. Con escuderos y hombres de armas montaba a caballo, sabía distinguir un halcón de un gerifalte, enseñaba a esas aves encaperuzadas a lanzarse contra las presas, se ejercitaba en el manejo del arco y la lanza y se entrenaba para justas y torneos utilizando el estafermo: montado en un caballo de madera sobre ruedecillas que empujaban otros dos niños, el aprendiz, armado con un palo, debía clavarlo en un muñeco de paja colgado de un poste. Y tras los ejercicios violentos venían los juegos: Eduardo jugaba a adivina quién te dio y a la gallina ciega, muy de moda entonces. En los diferentes castillos que habitaba, por la noche, al lado del fuego de las grandes chimeneas, tenía ocasión de organizar alguna batalla con soldaditos de madera articulados. También escuchaba a un monje de Canterbury que le contaba las aventuras de Lancelot du Lac y del rey Arturo. 

Durante el verano de 1333 los reyes se vieron obligados a acudir a Escocia. Eduardo y su hermana Isabel, nacida el año anterior, quedaron al cuidado de preceptores sin escrúpulos que dilapidaron todo el dinero destinado a la manutención de los niños. Cuando los soberanos regresaron, encontraron a sus hijos mal atendidos, vestidos con andrajos y mal alimentados. Muy contrariados, decidieron no volver a dejarlos solos tanto tiempo. Los llevaron a pasar las fiestas de Navidad a Wallingford, a orillas del Támesis. Luego Felipa fue con ellos a Woodstock, donde dio a luz a su segunda hija, Juana. La reina traería un total de doce hijos al mundo. 

Wallingford

Semanas después del nacimiento de su hermana, Eduardo conoció a su tío abuelo, que traía para él un regalo del abuelo Guillermo de Hainaut: un soberbio casco en el que centelleaban piedras preciosas. Por entonces andaba por la corte Roberto de Artois, quien trataba de persuadir al rey para que atacara a Francia. Se sospechaba que Roberto había envenenado a su tía Mahaut, condesa de Flandes, y también a la hija de esta. Sea como fuere, se había servido de documentos falsos con la esperanza de obtener el condado de Artois, que reivindicaba desde hacía años, pero se descubrió el subterfugio y el fraude le valió el destierro y la confiscación de sus bienes por parte del rey de Francia. El conde de Artois rumiaba su venganza. 

Roberto encontró unos ávidos oídos en el monarca inglés. Eduardo acababa de instituir un servicio militar obligatorio para todos sus súbditos cuyas edades estuvieran comprendidas entre los 16 y los 60 años. Los que percibiesen rentas superiores a 20 libras debían proveerse de armas y procurarse cabalgaduras, mientras que los más pobres eran incorporados a la infantería. Para ayudar a sus súbditos a que economizasen y así obtener más fondos para la campaña, el rey reglamentó los gastos de los ingleses. Llegó a estar prohibido servir más de dos platos en una misma comida. 

En agosto de 1334, Eduardo tenía que acudir de nuevo a Escocia, y, temiendo que se produjera una invasión de los franceses en su ausencia, ordenó al tesorero William de Saint-Omer que llevara a su hijo a Nottingham, de modo que estuviera en lugar seguro. Tras pasar una temporada en esta fortaleza lúgubre, el príncipe se reunió con su madre en el castillo de Windsor. Fue durante esa época cuando la reina confió su educación a Walter Burley, con quien aprendió latín, griego y filosofía. Burley intentó también que le gustase el ahorro. En vano: Eduardo iba a ser uno de los príncipes más despilfarradores de su época. 

Windsor

Dicen que para entonces un sabio ya había estudiado su horóscopo. En él estaba escrito que obtendría victorias más allá de los mares y que no sucedería a su padre. En aquella época todos escudriñaban las estrellas para descubrir el futuro. La práctica de la magia y la hechicería comenzaba también a ganar terreno. Modelar estatuillas de cera representando a quien se quería echar una maldición era un método muy corriente tanto en las humildes chozas como en los castillos. 

Cuando el hermano menor de Eduardo III, conde de Cornualles, murió en Escocia a la edad de 20 años como consecuencia de las heridas recibidas en batalla, el rey erigió el condado en un ducado destinado al heredero de la Corona. El 15 de enero de 1337 el príncipe asistía a los funerales por su tío en la abadía de Westminster. Un mes más tarde recibía el título de duque de Cornualles. Después de la ceremonia hubo un gran banquete dado en su honor. Eduardo sabía comportarse muy bien a la mesa: le habían enseñado que no había que emplear más que dos dedos y el pulgar para comer, que debía llevar las uñas limpias; escupir en la mesa estaba muy mal visto, y, si se sonaba, había que limpiarse los dedos en los calzones y no en el mantel. Se podían tirar los desperdicios debajo de la mesa para los perros y los gatos, pero era descortés jugar con los animales durante la comida. 

En octubre de 137 supo que su padre acababa de declarar la guerra a Francia. Al mes siguiente, agobiado bajo el peso del manto ceremonial y rodeado de varios caballeros, el pequeño esperaba a las puertas de Londres a los dos cardenales enviados por el Papa con la misión de impedir la guerra. Después llevó a los cardenales, seguidos de un batallón de arzobispos con mitras y capas bordadas que brillaban a la pálida luz de noviembre, para conducirlos ante el rey, quien debía recibirlos en Westminster. 

Abadía de Westminster

Semanas más tarde tuvo lugar la famosa sesión de los votos de la garza. Según el poema escrito por autor anónimo en el siglo XIV, Roberto de Artois obligó al rey de Inglaterra y sus caballeros reunidos alrededor de una garza asada a jurar que conquistarían Francia. Un día el halcón de Roberto le había traído una garza que, desplumada y asada, fue presentada al rey en bandeja de plata por sirvientes, músicos y bellas jóvenes. Plantándose ante el soberano, Artois, con voz estruendosa, se dirigió a todos los caballeros presentes diciendo: 

—Vengo a invitaros a que hagáis votos dignos de vuestro valor sobre esta garza. Como sabéis, es el más abyecto y el más tímido de los animales, puesto que tiene miedo de su sombra. Por tanto, primero quiero ofrecerla al más cobarde de los hombres. 

El rey acusó el golpe y juró que no pasaría el año sin que el rey de Francia le viera en sus tierras “con el hierro de su lanza y el fuego en la mano, para vengar la afrenta que se le hacía, aunque los franceses le opusieran una armada diez veces más numerosa que la suya”. 

Después Roberto se detuvo ante el conde de Salisbury y le pidió que hiciera también el voto de vencer a Francia por amor a su amada. Muy enamorado de una mujer que no era la suya, según el poeta Salisbury pidió a su amada que le cerrara un ojo, y juró no volverlo a abrir hasta entrar en tierras de Francia y combatir al ejército de Felipe VI en batalla campal. Otros caballeros hicieron el mismo juramento, todos tuertos voluntarios y provisionales, colocando sobre el ojo izquierdo una venda negra según unos, roja según otros. 

La reina, que esperaba su quinto hijo, dijo a su marido que si no llevaba a cabo el voto de la garza “se clavaría un cuchillo en el costado, perdiendo de un golpe su alma y el fruto de su unión”. 

Torre de Londres

El 12 de julio de 1338 el joven príncipe Eduardo era nombrado Guardián del Reino mientras la armada esperaba a que los fuertes vientos les permitieran zarpar. Los reyes recorrían el continente en busca de apoyos dejando a la pequeña Isabel con su hermano en la Torre de Londres. La fortaleza fue dotada de especiales medidas de seguridad: las puertas debían cerrarse desde la puesta hasta la salida del sol, y nadie podía entrar ni salir sin autorización especial. Isabel permanecería allí dos años, hasta que fue prometida en matrimonio al duque de Brabante. 

El 21 de octubre de 1339 Eduardo III enviaba un heraldo a Felipe VI para preguntarle qué hora y día le convenían para entablar la batalla. El francés, advertido por su primo Roberto de Anjou, el Astrónomo, que corría hacia la muerte y a la derrota si luchaba personalmente contra el inglés, renunció al combate. Eduardo puede entonces retirarse a Bruselas para reunirse con su esposa. La reina daba a luz en Amberes a un hijo, Lionel, futuro duque de Clarence. Más tarde nacería Juan en Gante, aquel que sería duque de Lancaster. 

Los reyes regresaron a Londres el 2 de diciembre de 1340. El príncipe dormía. Se encontraba solo en la Torre con algunos sirvientes. El condestable había acudido esa noche a reunirse con su amante y, aprovechando su ausencia, los guardias también habían salido. Nadie pensó que el rey regresaría casi clandestinamente, a bordo de un modesto barco comercial alquilado a los flamencos. Gracias nuevamente a la intervención de Felipa, el condestable no sufrió las temibles iras del rey, y la familia, reunida por primera vez desde hacía más de dos años, puedo festejar en paz la Navidad en Guildford. 

Guildford

Las campañas militares continuaban, pero en enero de 1343 se firmó una tregua de tres años y el monarca regresó a Londres. Allí se organizaron justas y torneos. Las que tuvieron lugar en Smithfield sobrepasaron en esplendor a todas las anteriores. Con solo trece años de edad, el príncipe Eduardo figuraba entre los combatientes e iba a poder probar por fin su arrojo. Los años de infancia habían terminado para él. La guerra lo reclamaba pronto, y era llegado el momento de demostrar que no iba a defraudar las esperanzas en él depositadas. En el vestíbulo de Westminster recibía el 12 de mayo la corona, el anillo y el cetro de oro, emblemas de su nueva dignidad de Príncipe de Gales



Bibliografía:
El Príncipe Negro - Micheline Dupuy

22 comentarios:

  1. Impresionantes vidas, aunque arrastraran a tantos a la locura de las guerras.
    Uno se plantea, leyéndola, el valor de lo fortuito, de la casualidad.

    PD: Antes miraban a las estrellas o a las tripas de las bestias sacrificadas. ¿Ahora qué hacemos para adivinar? O quizá ya no adivinemos.
    Un placer, como siempre, visitar su morada.

    ResponderEliminar
  2. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

    ResponderEliminar
  3. En aquellos tiempos tan duros y difíciles, la infancia terminaba pronto.
    Muy interesante la entrada como ya es habitual.
    Un saludo.

    ResponderEliminar
  4. Hola Dame Masquè!! A pesar de haber tenido una infancia cuidada por su madre, eran épocas donde se educaban para la guerra muy jóvenes y los títulos lo recibían como un honor. La infancia por consiguiente era muy corta. Así eran esos tiempos.
    Feliz día Madame.
    Bisoussssssss

    ResponderEliminar
  5. "Eduardo sabía comportarse muy bien a la mesa... Se podían tirar los desperdicios debajo de la mesa para los perros y los gatos, pero era descortés jugar con los animales durante la comida". Si este era el sistema de los educados, ¿cómo serían los plebeyos? Antes los herederos accedían al poder antes de ser hombre; hoy cuando casi son abuelos.

    ResponderEliminar
  6. madame! adivina quién te dió... no sabía que realmente era un juego, pensaba que era otro de los refranes de mi padre, fíjese. ya sé que soy muy pesado, pero yo he estado en ese estanque en Woodstock. qué cosas.
    a ver cómo termina la vida del príncipe negro ahora que empiezan los golpes.
    me alegra muchísimo verla de nuevo por aquí, madame.
    bisous!!

    ResponderEliminar
  7. Hola Madame:

    Espero que todo vaya mejor.

    Como bien dice Cayetano, aquellos eran tiempos en que la infancia quedaba atrás rápido. Eduardo no fue la excepción, ni tampoco el último

    Sabe como disfruto de estas entradas.

    Saludos

    ResponderEliminar
  8. ¡Qué belicoso resultaba Eduardo III: encarcela y ajusticia al amante de su madre, designa muerte para los carpinteros que cometieron el fallo de crear una estructura demasiado débil...! Miedo daría ser su cocinero y elaborar un manjar de poco agrado para el Rey.

    Me parece una infancia adorable la del príncipe, paseando por los jardines entre pavos reales y osos, estudiando las viejas lenguas, leyendo sobre Lancelot y Arturo... de veras que pintándolo así resulta muy apetecible.

    Me hicieron gracia los modales de la época: comer con tres dedos, limpiarse en los calzones y no en el mantel, no jugar con los animales en la mesa... de veras que para ser modales de la corte carecían bastante de gracia y refinamiento. Si así se esperaba que actuase el príncipe, ¿cómo se comportaría la plebe?

    En fin, me ha parecido muy didáctica la entrada y muy entretenida, siempre me agrada conocer especialmente la historia que se refiere a mi amada Inglaterra.

    Un beso y esperando que sus problemas se vayan solventando.

    ResponderEliminar
  9. Una didáctica y entretenida entrada como siempre nos tiene acostumbrados.

    Curioso y estupido juramento el de volverse tuertos. Creo que no tenían ni idea de lo que hacían.

    Besos

    ResponderEliminar
  10. Hola Madame

    Es muy agradable volver a leerle y además con una historia llena de batallas, guerras, muertes, asesinatos, amores, torneos, justas, intrigas...

    Una entrada muy interesante. Me ha gustado mucho.

    Feliz día, Madame.

    Bisous.

    ResponderEliminar
  11. Saludos madame despues de tanto tiempo ,muy interesante esta entrada (como siempre ) y ha decir verdad yo no iria a la guerra por un rey que me priva de dos platos de almuerzo jeje
    Un abrazo y el cariño de siempre

    ResponderEliminar
  12. Madame, Felipa fue una bendición, y algunas de sus muy oportunas intervenciones tuvieron, con toda seguridad, influencia en el reinado. Eso es lo que aprendemos con sus crónicas, que no hay suceso menor y que esa época -y antes y después- había que ir con mil ojos para salvar la vida.

    Encantada de leerla, again.

    Buenas noches y bisous.

    ResponderEliminar
  13. La infancia se terminaba pronto en aquellos tiempos. Y con trece años tiene que pensar en pelear, veremos como responde este principe.

    Bisous, Madame

    ResponderEliminar
  14. Esto no ha sido una novela por entregas ha sido un biografía completa de su niñez y juventud. Ahora viene la reponsabilidad.
    Me alegro de su vuelta Madame.
    Veo que por aquí también se envenenaba:)
    Bisous

    ResponderEliminar
  15. Madame :) Es una alegría saludarla

    ¿Doce hijos? Estoy segura de que los libros de texto serían más baratos entonces o no habrían tenido más de dos :P


    Bisous, Madame

    ResponderEliminar
  16. ...y lo de la mili hasta los 60 años, un exceso. Aunque a esta edad pocos llegaban, la verdad. Beso su mano.

    ResponderEliminar
  17. una entrada con mucha información y muy curiosa, como lo que de que el niño con 3 años ya era conde, no hay nada como un padre bien posicionado jejeje
    ¡¡12 hijos!! con lo que era esa época el que esa mujer no muriera de sobre parto fue todo un milagro...
    Otro detalle curioso es lo del servicio militar obligatorio desde los 16 hasta los 60 años... madreee y nos quejábamos de los 9 meses de mili
    Y una pregunta ¿como controlaban lo de no servir más de dos platos por comida? esto me recuerda a los decretos de día de plato único de la época de Franco... eso hubieran querido la mayoría del pueblo poder poner dos platos por comida.
    Y luego lo del juramento de la garza y ese recurso a la testiculina para ir a la guerra, si es que a uno se le calienta la boca en medio de un banquete y bien bebido..

    Saludos y como siempre una gran entrada...

    ResponderEliminar
  18. El Príncipe Negro vivió una infancia plena con una educación digna de la posición que ostentaba. Caza, cetrería, armas, poesía.
    Intento imaginarme la escena de la torre de madera que se vino abajo en medio del torneo y no me cabe en la cabeza que no pasase nada de nada.
    Besos

    ResponderEliminar
  19. Celebro que las cosas se le vayan recomponiendo madame, y espero que sigan por ese buen camino.
    Interesantísima esta historia del príncipe negro: ya es buen asunto haber tenido una infancia feliz, un don negado a tantísimos niños, y que sus padres se amasen. Sólo por eso, ya merecía la pena vivir. Quedo pendiente de la continuación. Beso su mano, madame.

    ResponderEliminar
  20. Es interesante preguntarse si en aquellos años tan difíciles la infancia, tal y como la entendemos hoy, existía realmente.
    Me alegra volver a leerla, madame.

    Un saludo!

    ResponderEliminar
  21. Segun sabia, Felipa no era una belleza pero el rey la amaba de verdad, y habia dado ordenes que guay que le trajeran otra novia que no fuera ella aun antes del casorio. Una infancia feliz con la 'buena reina Felipa' no estaba muy lejano. y sorprende ver las ruinas donde estas personas, alguna vez se amaron y quisieron a sus hijos tal como hoy en dia...

    ResponderEliminar
  22. Madame, no de usted ideas: seguro que hay más de uno dispuesto a aplicar las medidas de ahorro de Eduardo III y reglamentar hasta los platos que deben salir a la mesa.

    Feliz día

    ResponderEliminar

"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)