miércoles, 28 de septiembre de 2011

Inglaterra Isabelina


“Eran expresivos y elocuentes, ostentosos y amantes del placer, no industriosos ni trabajadores, sino osados y llenos de confianza, sin ningún miedo a la muerte, amantes del cambio y, sobre todo, apasionados”. (A. L. Rowse) 

En efecto, algunos de los rasgos predominantes de los habitantes de la Inglaterra isabelina fueron la vitalidad llevada hasta el extremo, así como el gusto por la acción, el riesgo y el juego. Pero se les pueden atribuir igualmente otras características menos amables: eran violentos, incluso sanguinarios. En todas las clases sociales la embriaguez era frecuente, y motivo de sangrientas refriegas. El duelo no estaba limitado por las leyes, y las querellas solían terminar en asesinatos. Los torneos caballerescos no abundaban, porque los espectáculos que más complacían tanto a la nobleza como al pueblo eran las batallas a muerte entre osos y perros, las peleas de gallos y también las ejecuciones. 

Esta última diversión se proporcionaba con auténtica prodigalidad y con “insólito lujo de barbarie”, en palabras de Chastenet. En cada ciudad, prácticamente no transcurría un mes sin que se ahorcara a un malhechor, se quemara a una bruja, se torturara a un sacerdote católico refractario o se sometiese a suplicio a un puritano que se obstinara en sostener que los ministros del culto no debían llevar sobrepelliz. Se alababa el arte del verdugo que sabía colgar al condenado por alta traición, separarlo de la cuerda antes de morir, castrarlo, abrirle el vientre sin matarlo y dividirle en partes los intestinos mientras aún respiraba. Cuando el ejecutor sacaba en su mano el corazón palpitante del ajusticiado, era saludado con estremecedores vítores por la multitud. 

Ejecución de María Estuardo

Eran tiempos en los que la vida no valía nada. Apenas regresar de una lejana expedición en cuyo curso habían atravesado los mayores peligros, capitanes aventureros como Hawkins o Drake solo pensaban en salir cuanto antes a afrontar nuevos riesgos. Ellos mismos eran implacables negreros y no vacilaban, si topaban con resistencia, en colgar de las entenas a los tripulantes de los galeones españoles, de los que se apoderaban por actos de piratería. 

La reina, con su relativa benignidad, es casi una excepción. De ella casi podría repetirse lo que se dijo de su abuelo Enrique VII: “Hacía cortar pocas cabezas y las elegía discretamente”. Pero también Isabel se complacía aún más en las peleas entre perros y osos que en las representaciones teatrales, y ello aunque los autores de la época se llamasen Shakespeare y Marlowe. 

Lo curioso es que la brutalidad de costumbres corría pareja con una cultura refinada. Muchos mercaderes, artesanos e incluso aldeanos compraban libros. Las baladas populares ponían cierto género de poesías al alcance de los más humildes, y no eran escasas las gentes rurales que entendían perfectamente las alusiones históricas o mitológicas. 


Aunque ciertos señores, como Leicester, poseían importantes colecciones de cuadros, la curiosidad por las artes plásticas seguía siendo mediocre. Inglaterra apenas contaba entonces con pintores o escultores de primera categoría. Sin embargo, los muros de los salones estaban frecuentemente decorados con frescos, y en joyería se producían verdaderas obras de arte. Músicos y cantantes eran tenidos en la más alta estima. En muchas moradas burguesas podían encontrarse clavicordios, y en las cabañas había a veces un rabel o una viola junto al umbral. 

En los diseños de las casas abundaban las estructuras en forma de H y de E, seguramente como homenaje a Enrique VIII (Henry) y a Isabel (Elizabeth). Se prestaba más atención al confort y se construían en torno a un patio interior. En las construcciones nuevas, a base de madera y piedra o piedra y ladrillo, la característica dominante es la importancia dada a las ventanas. Hay jardines inspirados en modelos italianos, aunque no tarda en dárseles un carácter propio con profusión de laberintos y parterres, y, sobre todo, con macizos tallados en forma de animales, personajes fabulosos e incluso seres humanos. En algunos de los jardines isabelinos los principales dignatarios de la Corte figuran recortados en plantas. 

La moda en el vestir se inspira en principio en modelos ofrecidos por Francia e Italia, pero exagera su amplitud. Las gorgueras son más gruesas, los jubones más reforrados, los calzones más henchidos, los verdugados más desmesurados, los colores más llamativos y los joyeles diseminados con más abundancia. Un contemporáneo escribió: “Cuesta menos tiempo aparejar un navío que una dama”. Y hasta es posible que requiriera aún más tiempo aderezar a un caballero, porque además había que cortarle bigotes y barbas, teñirlos y peinarlos, endurecerlos con cosméticos y perfumarlos con almizcle o alcanfor, disponiéndolos finalmente según los gustos y la edad. Los estilos eran diversos: “a lo soldado”, “a lo marqués Otto” o “a lo Inamorato”. Pasaban mucho tiempo cuidando el cabello, algo tan fundamental que cuando se quedaban calvos recurrían a las pelucas para continuar con las modas. 


Durante las cacerías se marcaban tendencias: a menudo llegaba un noble vistiendo alguna novedad que quienes le rodeaban querrían imitar. Las mujeres se esforzaban por lucir una cintura muy fina, y, en cuanto al calzado, los zapatos no eran importantes, puesto que quedaban totalmente cubiertos por el vestido. Los caballeros, en cambio, llevaban elegantes zapatos hechos de cuero. Más tarde, bien entrada la era, llevaron también unas capas que se sujetaban por un crucifijo y una cadena. 

El lujo en la vestimenta no era privilegio de la aristocracia. No había mercader próspero que no se engalanara con birrete empenachado, cadena de oro al cuello y medias de seda. Las mujeres de los artesanos lucían los domingos sombrero de terciopelo y gorguera de encaje. Las aldeanas acomodadas, para ir al mercado, se adornaban con toca de tafetán, cuello almidonado y pantuflas bordadas. 

Dentro de la nobleza, la mayoría de los antiguos linajes eran católicos, mientras que la nueva aristocracia era protestante. Las clases altas estaban exentas del juramento de obediencia a la Iglesia de Inglaterra, y eran muchas las familias católicas que tenían capellanes privados. 


Los cargos y honores salían caros. Conseguir un puesto de embajador, por ejemplo, conllevaba un desembolso desorbitado, puesto que se esperaba de un embajador que mantuviera con sus propios medios un séquito de cien personas. Pero el honor más caro de todos era recibir a la reina en casa. A Isabel le encantaba alojarse en las residencias de sus nobles. Para ella era un modo barato de viajar y permanecer siempre en contacto con sus súbditos. La visita resultaba tan onerosa que muchos declinaban el honor por miedo a arruinarse. 

El desayuno era apenas un aperitivo. En la corte solía consistir en un poco de pan y cerveza que los servidores traían mientras procedían a vestir y perfumar a sus señores. La principal comida del día comenzaba a las 11 y duraba tres horas. Era frecuente que los caballeros comieran fuera de casa, en un “ordinary”, es decir, una especie de taberna que servía los platos por un precio fijo, pero también podían comprar las comidas en tiendas especializadas y llevárselas a casa. Luego había una colación más frugal a las seis de la tarde. Las gentes humildes comían a mediodía y cenaban a las 7 o las 8. 

Había pocas sillas, y solían usarse cofres y taburetes para sentarse. La elaboración de las camas alcanzó un gran avance durante este periodo, y aparecieron los colchones de plumas sustituyendo a los de paja. 


El baile era una actividad popular. Se bailaba generalmente por parejas, y las danzas diferían de acuerdo con la clase social de los bailarines. Algunas de las practicadas en la corte eran la Volta y la Pavana. 

Las representaciones teatrales tenían lugar originalmente en los patios de las posadas, puesto que el primer teatro público de Londres no se construyó hasta 1576. En cuanto al deporte y los juegos, también tenían un papel destacado en la época isabelina. Se jugaba al ajedrez y a los dados, y había una gran variedad de juegos de naipes. En aquel tiempo era inaudito que un hombre no supiera jugar al tenis o a los bolos, e imperdonable que no fuera diestro en el manejo del arco o fuese un mal cazador. El tenis era un deporte respetable que podía jugarse con raqueta o con la mano, pero la gente del pueblo prefería el fútbol. Si no había un campo apropiado, las calles servían igualmente para jugar un partido. 



Bibliografía: 
The Elizabethan Renaissance – Alfred Leslie Rowse 
Isabel I – Jacques Chastenet

26 comentarios:

  1. Una época dura en todos los aspectos... lo de las ejecuciones ye se ensañamiento pone los pelos de punta, curioso que no exista una Leyenda Negra Inglesa...
    En cuanto a las modas y demás ... pues entretenimientos de ricos y acomodados, en esto supongo que todas las cortes serían parecidas... a lo que si me apunto es a lo de las 3 horas de comida, lo de la cañita mañanera me resulta un tanto indigesto ...

    Saludos y gracias por la entrada, no tenía ni idea de como era "aquella Inglaterra"

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  2. Resulta paradojico que buscasen el refinamiento en todos los aspectos: decoración, moda, pintura, jardinería etc y sin embargo tuviesen gustos tan violentos para cubrir el tiempo de ocio.

    Bien sur, Madame, ser un buen verdugo en la época era garantía de tener trabajo en abundancia :S
    Feliz día.

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  3. es curioso, pero este relato de un pueblo bárbaro, sanguinario, cruel y despiadado, es el del mismo pueblo que en esos años comenzaba a forjar un poderío que, con algunos matices, sigue manteniéndose si no en su figura si en la de sus discípulos norteamericanos.
    me apunto a lo de no invitar a elizabeth a cenar. vaya manta.

    saludos, madame.

    bisous.

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  4. Es la Inglaterra de los tiempos de la Armada Invencible. Una magnífica entrada Dame Masquée.

    Saludos.

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  5. En cierta forma, ahora también Inglaterra es "isabelina", solo que se cortan menos cabezas.
    Un saludo.

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  6. Hola Dame Masquée!! Es terrible la crueldad que mostraban en algunas costumbres. Me sorprende como tenían en cuenta la moda, la decoración, el arte que contrastaba con lo sanguinario en las ejecuciones, en ese "insólito lujo de barbarie".Excelente descripción madame.
    Feliz día!!
    Bisouss

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  7. ¡Qué interesante, Madame! Debía ser un horror recibir la noticia de que la reina tenía la intención de hospedarse en casa de uno :D . Me ha gustado mucho eso de que cortara pocas cabezas y las hubiera elegido personalmente :D y lo del ordinary :), no tenía ni idea, que antiguo es eso del menú del día :D

    Muchas gracias, Madame. Bisous

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  8. Buena entrada madame que relata con gran maestría la sociedad inglesa del s. XVI. Un apunte que creo no está suficientemente estudiado, piratas y corsarios se llevaban también en la medida de lo posible a personas importantes de los galeones españoles que atracaban, con el fin de pedir rescate.

    Saludos.

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  9. Han cambiado las formas de la violencia con la que se entretenían, pero no nos confiémos en el celofán de nuestra arregladita vida a este lado del planeta. Adictos a las moda -como nosotros-; trivialización del sufrimiento ajeno -vemos las atrocidades de este siglo XXI - como una noticia más del telediario y enseguida pasamos a otra cosa. Y, en cuanto, a las invitaciones a la reina que los nobles intentaban escaquear, por el gasto, pues igual. A ver quien de nosotros no reza para que no le inviten a una boda. En fin, la perspectiva histórica es fundamental para comprender que, con escasas diferencias, el sserr humano, en todas las época , tiende más a la brutalidad que a la generosa comprensión de sus semejantes.

    Buenas tardes - una que desea que llegue pronto el frescor otoñal-.

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  10. Qué contradicción, la crueldad de las ejecuciones y todo lo demás, la forma de vestir, comer, construir sus casas y hassta el deporte. Muy interesante esta entrada, Madame.

    Bisous

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  11. Curiosa y en algunos aspectos trágica la vida en Inglaterra bajo esta reina Isabel.
    Las ejecuciones, con las torturas, sacar el corazón aun vivo etc. es de un salvajismo impropio aun en esa época. La moda, las comidas, los favores y la compra de puestos era algo habitual en los demás países, la verdad es que en algunos aspecto poco hemos avanzado.
    Un beso.

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  12. Hola Madame

    Aparentemente un mundo llenos de opuestos y llenos de contrastes. Violencia y refinamientos, austeridad y refinamiento, cultura y pobreza...

    Siempre es un placer aprender con vuestras entradas.

    Feliz noche, Madame.

    Bisous.

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  13. Oh, que gran retrato de esa Inglaterra protestante, que derrotó a nuestro católico Felipe II sin apenas luchar. La reina Isabel marcó estilo y marcó tendencia y ha durado en el "estilo británico" hasta casi la actualidad. Muy buenas noches, madame. Bisous.

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  14. Hola Madame:

    Sabe como disfruto estas entradas.

    Me impresionó que el "take away" ya existiera por aquellos años.

    El seguimiento de las modas es intemporal.

    Lo de las peleas entre perros y osos...muy desagradable.

    Realmente poco ha cambiado los hábitos ingleses.

    Saludos Madame

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  15. Aunque sea mucho más agradable hablar de la vida cotidiana en la época Isabelina, prefiero referirme a la barbarie con la que se comportaban quienes, como también otros en otros lugares, criticarían a España de lo ello hacían, y por lo leído, con igual o superior brutalidad a la practicada aquí. Beso su mano.

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  16. No sasbes cómo has llenado un vacío que tenía en el conocimeinto de la época de Isabel; siempre es amena la lectura de un texo hecho por alguien con un gran conocimiento del tema. Un gran abrazo

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  17. "Ostentosos y amantes del placer" no son las palabras que mejor me definen, pero la vida ajetreada de este ocioso jubilado me ha traído aquí con cierto retraso, Madame, por lo que le pido disculpas. En todo caso, su magisterio, al no ser de actualidad, sino histórico, llega siempre en el momento adecuado. A sus pies, Madame.

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  18. Me quedo con la sensación que la Inglaterra Isabelina fue una especie de fiesta del Gran Gatsby, ¡pero con sangre corriendo a raudales! Me ha gustado mucho la profesionalidad de los verdugos: ya se ha perdido ese gusto por el trabajo bien hecho, jejeje
    Feliz día, Madame.
    Pd. Ah, y don Toribio no acaba tan mal. De hecho no creo que acabe aquí.

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  19. Clap clap clap (eso eran aplausos) esta entrada me ha encantado Madame y eso que una vez más se presenta a ese pueblo de mi inclinación más afectuosa de un modo un tanto salvaje y desalmado. Las torturas que se llevaban a cabo y las habilidades especiales de los verdugos me ponen la piel de gallina, ( y luego nos horrorizamos con ciertos crímenes actuales, si es que antaño aquello también era de un salvajismo impropio).

    Lo que me mata por los cuatro costados es saber que- existiendo autores tan IM-PRE-SIO-NAN-TES como era el maestro Shakespeare (a quien admiro reconocidamente)- la nobleza e incluso la realeza de entonces prefirieran gastar sus horas ociosas con peleas de gallos, de perros y osos. ¡Es que me resulta tan inaudito y desproporcionado!

    La frase alusión a Enrique VII no tiene desperdicio, me la apunto, que no la conocía.

    Ahora eso sí, he disfrutado mucho con los detalles del atavío y me encanta que se mencione que los caballeros no se quedaban atrás en modo alguno jejjejejeje que si bigotes retocados y recortados, que si tintes, que si almidones, que si esto que si lo otro... ("a lo Inamorato" jejjejejejje genial genial) Repito que ha sido una entrada magistral y que he disfrutado mucho de su lectura.

    Bisous amiga mía.

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  20. Muy interesante la entrada. Estoy con Alma, yo temería que me tocara la suerte de acoger a la Reina. El otro día pusieron y vi "Elizabeth" en la Sexta 3.

    Un beso fuera de corte!

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  21. Como siempre una entrada interesante y muy ilustrativa. Me imagino que por estas tierras no nos debíamos de diferenciar mucho tampoco en el comportamiento en general, si bien me imagino que con ciertas peculiaridades, como un mayor poder de la Iglesia en la estructura del Estado.
    Saludos y un abrazo.

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  22. Yo leí que el reino de Isabel de Inglaterra era menos duro y violento en comparación con otros países. Pero bueno, sigue publicando, me gustan tus articulos

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    Respuestas
    1. Menos duro? Depende de a qué se refiera. Las penas por traición eran terribles, y son una evidencia incuestionable. No se puede mirar hacia otro lado. Y los caballeros de Isabel eran cualquier cosa menos pacíficos. Ella incluso tuvo que prohibir el fútbol, para que se haga usted una idea. Nunca han sido el colmo del refinamiento, pero yo los quiero igual :)

      No sé si podré seguir publicando, porque se me acumulan los asuntos y novedades. Ahora estoy con la reciente publicación de mi novela, pero bueno, veremos qué podemos hacer.

      Muchas gracias y feliz día.

      Bisous

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    2. Ojala no hubiera perdido el link del artículo para mostrarlo. Decía que fue menos duro en cuanto a los herejes y que las penas más duras aplicaban solo por traición. Aunque igual, si debió tener sus contras el periodo de Isabel. Felicidades por lo de tu novela, ¿de que trata?
      Saludos

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    3. En efecto, también en este artículo explico que la pena más dura que describo corresponde a alta traición. Y que fuera menos duro con los herejes, no significa que no fueran perseguidos también, aunque hubiera muchas menos condenas que en tiempos de su padre.

      Mi novela trata sobre la Francia de Catalina de Médicis, durante el reinado de Carlos IX. Hablando de dureza! :)

      Muchas gracias y feliz día.

      Bisous

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    4. El historiador John Coffey, profesor de la Universidad de Leicester, especialista en la época, ha escrito un libro titulado Persecution and Toleration in Protestant England, 1558-1689. Copio un fragmento:

      "The truth is that the Elizabethan regime was not as mild as its defenders have claimed. W.K. Jordan consistently exaggerated Elizabethan tolerance and always strove to paint government policy in the best light. But this was a regime that executed almost 200 catholics, hanged six Separatists and burned the same number of heretics. Many others were deported or imprisoned, and not less died in gaol. Catholics and Separatists were punished because their religious deviance was seen as ipso facto seditious. In a nation where the queen was supreme governor of the church as well as head of State, dissent from the church could not be a private, apolitical affair. Heretics were burned because the Elizabethan establishment wholeheartedly accepted the traditional belief that the Christian magistrate had a solemn duty to cut out the gangrene of heresy."

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)