martes, 23 de agosto de 2011

El peculiar nacimiento de Enrique IV

Castillo de Pau

En el momento en que Enrique IV está a punto de venir al mundo, la madre, Juana d’Albret, tiene 25 años. Por línea materna es la única sobrina de Francisco I. Por parte de padre es princesa de Navarra, heredera de un Estado independiente al pie de los Pirineos —el Béarn— y de la corona de Navarra, un reino que se veía privado de la mayor parte de su territorio desde hacía cuarenta años, cuando había sido ocupado por los españoles. 

El padre de Enrique, Antonio de Borbón, tiene 35 años. Es miembro del Consejo del rey de Francia, Enrique II, y gran capitán. Su ilustre linaje se remonta directamente a uno de los hijos de San Luis. Lleva cinco años casado con Juana, y hace dos que son padres de un hijo. El primogénito había nacido el 21 de septiembre de 1551 en la fortaleza de Coucy. Antonio le dio el título de duque de Beaumont, que era el que correspondía a los herederos de la Casa de Borbón. 

Para Juana se trataba del segundo matrimonio, ya que cuando contaba 13 años Francisco I la había casado con el duque Guillermo de Cléveris; pero debido a exigencias políticas esa unión fue anulada cuatro años más tarde, sin que hubiera descendencia de ella. 

Juana d'Albret - la madre

El matrimonio con Antonio era afortunado y bien avenido. Se conservan pruebas de la ternura en el trato y del amor que sentían por el primogénito: 

“Mi amor, he recibido a mi regreso de la cacería, donde he disfrutado de una magnífica jornada, dos cartas vuestras, en una de las cuales he hallado noticias de nuestro hijo mayor con un mechón de sus cabellos, que encuentro más hermoso que un ramillete del jardín de Gaillon o de cualquier otro lugar”. 

Juana, enamorada de su esposo, trata de seguirle por los campamentos militares mientras el pequeño es confiado a los cuidados de una nodriza, Aymée de la Fayette, antigua aya de Juana. Según se afirma, estos cuidados resultaron nefastos para el niño, que fallece con solo dos años, el 20 de agosto de 1553. La mujer, al parecer muy friolera, mantenía las estancias totalmente cerradas y con un gran fuego encendido, haciendo padecer al pequeño un calor excesivo y sin ninguna ventilación. Esto acabó siendo fatal para su salud. 

Por esas fechas Juana volvía a estar encinta de cinco meses, y ambos esperaban el nacimiento con ilusión renovada tras el amargo trance que acababan de pasar. 

“Os ruego que no dejéis de comunicarme cómo os encontráis, pues me causa gran placer, y principalmente cuando me decís que se agita y se mueve. Os prometo, amor mío, que no puede haber mayor felicidad que la que me habéis dado con vuestra carta, y os ruego que continuéis… Os aseguro, querida mía, que en cuanto se deshaga el campamento no dejaré de ir a vuestro encuentro con mayor devoción que nunca…” 

Antonio de Borbón - El padre

El nacimiento de Enrique será la ocasión en la que se desencadena una lucha de influencia junto a Juana. Antonio quería que naciera en una posesión de los Borbones, mientras que el abuelo materno, el rey de Navarra, deseaba que naciera en Pau. Este impuso finalmente su criterio. Se dice que para lograr imponerse, Enrique de Navarra acusó al matrimonio de haber sido negligentes en la atención a su hijo mayor, y exigió ejercer personalmente su autoridad durante el nacimiento y los primeros meses de vida del niño que esperaban. Como arma de presión, amenazó con volver a casarse él mismo para conseguir un heredero varón y desalojar así a Juana de la sucesión al trono. 

A comienzos de octubre de 1553 ambos esposos se encuentran en Compiègne y toman la decisión de complacer al irascible abuelo y trasladarse al Béarn. El estado de Juana, máxime tras haber perdido trágicamente a su primer hijo, requería precauciones especiales, por lo que el viaje en litera se prolongó durante más de dos semanas. El 4 de diciembre llegan a Pau, y diez días más tarde tiene lugar el alumbramiento. 

Fue durante el transcurso de esos diez días cuando el rey de Navarra mostró a Juana el testamento sin abrir. Lo guardaba en una caja de oro que pendía de su cuello. 

—Será tuyo —le dijo—, pero cuando me hayas mostrado qué es lo que llevas en tu vientre, no vaya a ser que me des una llorona o un niño remilgado. Te prometo que lo tendrás todo a condición de que al dar a luz cantes una canción bearnesa, y que yo esté presente. 

Enrique II de Navarra - el abuelo

Y para ello encargó a un valet de nombre Cotin, un viejo servidor, que la atendiera en su cámara y que acudiera a avisarlo cuando llegara el momento del alumbramiento, fuera la hora que fuese y aunque se encontrara dormido. 

La habitación estaba en el primer piso del ala sur del castillo gris y rojo. Allí pasó Juana esos días hasta el nacimiento de su hijo en la noche del 12 al 13 de diciembre de 1553, entre la una y las dos de la madrugada. Encima de su cámara estaba la de su padre, que advertido por Cotin de la inminencia del parto, descendió a su encuentro. Al oír que se aproximaba, Juana, tal como le había prometido, comenzó a cantar un motete en lengua bearnesa mientras se enfrentaba a su dolorosa tarea, una canción que solicitaba la intercesión de una estatua milagrosa de la Virgen que se guardaba en una iglesia al pie del castillo. 

Nouste-Daune deù cap deù poun, 
Ayudad me ad aquest’l’hore! 

Complacido de ver nacer a su nieto, el rey se quitó entonces la cadena que llevaba al cuello y entregó a su hija la caja en la que guardaba celosamente su testamento. 

—Esto es tuyo, hija mía, pero esto es mío —dijo apoderándose del niño para trasladarlo a su propia habitación. 

Escudo del Béarn

El orgulloso abuelo se vengó entonces de las burlas de los españoles cuando había nacido Juana. En aquel momento, y haciendo alusión a la vaca que figura en el escudo del Béarn, exclamaron: 

—¡Milagro, la vaca hizo una oveja! 

Esa madrugada Enrique reunió apresuradamente a su corte, alzó a su nieto ante todos ellos y lanzó su grito de triunfo: 

—Ahora mirad: ¡aquesta oveja parió un león! 

Contra toda costumbre, él mismo prodigará al recién nacido unos cuidados muy diferentes de los que las mujeres de la época solían dispensar. Para lavarlo apenas venir al mundo, utilizó vino en lugar de agua, y restregó sus labios con un diente de ajo. Después depositó en ellos una gota de vino, con lo cual el niño se calmó y dejó de llorar. El rey de Navarra opinaba que eso protegía al recién nacido contra los contagios pestilentes. Luego le presentó su copa para que aspirara el aroma y, complacido con la respuesta del niño, el abuelo le dijo: 

—Tú serás un verdadero bearnés. 

Enrique III de Navarra y IV de Francia

De esta forma tan peculiar había venido el mundo el que un día sería no solamente rey de Navarra, sino también el primer monarca Borbón de Francia.



Bibliografía: 
Henri IV, le roi libre - François Bayrou

23 comentarios:

  1. ¡Madre mía, Madame! el primer niño no pudo sobrevivir a una nodriza friolera y el segundo no lo va a tener fñácil con un abuelo tan "peculiar" por llamarlo de alguna manera, creo que va a emborracharlo ¡glups!

    Imagino que Juana haría algo al respecto, después de perder al primogénito no resultaría fácil separarse de Enrique.

    Buen día, Madame.

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  2. Veo que los Borbón comenzaron siendo más rudos de lo que son ahora, je,je.

    Bisous.

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  3. Hola Madame!! Sería el vino la causa deque el bebé llegará a ser el primer monarca Borbón de Francia? Y los padres del niño tuvieron que aceptar esas extravagancias, es injusto.
    Feliz día Madame!!
    Besosssssss

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  4. me encanta la famosisima frase de
    "la oveja a parido un leon" me parece que el abuelo hiso todo eso sin mala intención, solo dejarle a su reino un hombre fuerte y aguerrido.... y así fue.

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  5. y tambien la particularidad de haber nacido mientras la madre le cantaba.... asombroso como todo lo que pasa a alrededor de esa familia...

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  6. Bueno la verdad es que estos Borbón no lo tenían muy fácil para salir adelante, aunque al segundo la verdad es que las cosas le salieron bien, teniendo en cuenta hasta donde llego.
    Un beso.

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  7. A pesar de lo raro que fue el alumbramiento con el abuelo histérico por saber el sexo del niño, el miedo de Juana por perderlo y demás, la verdad que al final todo salió bien. Incluso se puede decir que el abuelo tuvo buen ojo... o buen ajo, que todo puede ser, porque el vástago no defraudó. Si suy abuelo le hubiera visto sentado en el trono francés...

    Besitos

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  8. Menos mal que no fue mi padre, porque vaya señor histérico y maniático. Juana debió de4 ser una santa. ¿Que hubiera pasado si hubiera sido niña? Aún hoy día andamos de vueltas con los herederos.
    Bisous

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  9. Nunca habría imaginado un destete similar, sin duda el comienzo de una vida señera. Saludos, Madame.

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  10. Extravagancias varias las que nos trae hoy Madame....

    Al final, todo fue más o menos bien, dentro de lo que cabe...

    Saludos Madame. Espero que todo vaya mejor

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  11. Un poco chiflado el abuelo sí estaba. Mire que obligar a cantar a la parturienta para poder tenerlo todo.
    El mismo niño, ya mayor, para tenerlo también todo (París) se vio obligado a cantar otra cosa. Beso su mano.

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  12. Madame,
    muy interesante traer la figura del primer Borbón. Una forma de enlazarnos con nuestro presente. No conocía la historia.

    Feliz noche.

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  13. Buen estreno en este mundo tuvo el pequeño. Desde luego vaya abuelo extravagante, pero en fin, el nieto salió adelante.

    Bisous, Madame

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  14. hay que reconocer que el abuelo tenía unas manías un tanto peculiares... pero bueno al final la cosa se puede decir que le salió bien.

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  15. Madre mía, madame, no dejan de asombrarme estas entradas y las costumbres extrañas, ¡lavar al crío con vino y fregarle las dientes con ajos!!!! Y vaya, funcionó.
    La importancia del primogénito, sin él, todo se perdía.
    Ya casi no se recuerda el Reino de Navarra, a no ser por el todopoderoso fútbol.
    Saludos.

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  16. Ni se imagina, Madame, qué contento le provoca a esta damita romántica el saber que el matrimonio- cosa rara en aquellos tiempos de conveniencia- resultaba muy bien avenido y se profesaba un tierno afecto.

    Me apena por supuesto el fallecimiento del primogénito (esta vez por un exceso de celo y frío de la nodriza) y me alegra que Enrique hubiera venido a llenar de luz la vida de sus padres.

    ¿Qué pasaba con el abuelo? Tanto exigir y tanto amenazar a su hija con desheredarla ante un parto que trajera una niña o un bebé pusilánime, o solicitar que en semejante trance cantara una canción regional... ¡madre de Dios, qué par de tornillos le faltaban al monarca, máxime tras saber los procedimientos que llevó a cabo con el recién nacido! ¡Valiente comadrona estaba hecho!

    Bisous Madame, y un abrazo afectuoso.

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  17. Hola Madame

    Caray con las supersticiones de algunas personas. Menos mal que el niño era fuerte... casi lo emborracha y le da la "vacuna antivampiros" ;). Aunque bien mirado, el ajo es un potente antibiótico natural.

    Feliz noche, Madame.

    Bisous.

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  18. Caprochoso abuelo aunque puede que con razón viendo los precedentes. Estaría orgullosos de ver que el pequeño Enrique llegaba al trono de San Luis. Me acuerdo muy bien del Palacio de Enrique IV en Pau, que pude visitar hace algunos años.

    Un beso desde la imperial Viena.

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  19. Curiosísimo el nacimiento de Enrique IV, lo desconocía.

    Saludos madame, bisous.

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  20. Yo conocia la historia que Juana habia cantado durante el parto y que la niñez el futuro rey fue muy distinta a la de un niño real de entonces, al cuidado de uno campesinos para que se robusteciera y fuera fuerte, de lo que resulto no muy limpio....

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  21. Ay!!!, un nacimiento muy particular, creo que salía narrado en la segunda parte de la trilogía sobre Catalina de Medici de Jean Plaidy.

    Un beso Madame.

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  22. Buen ritual el de usar vino en vez de agua, por no hablar del ajo. Jejeje.
    En efecto, un nacimiento peculiar, oloroso y ajetreado.
    Tras el largo paréntesis vacacional, me voy incorporando poco a poco a la normalidad. Y la tarea primordial es visitar a mis colegas del mundo blogueril.
    Un saludo.

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  23. Buen ritual el de usar vino en vez de agua, por no hablar del ajo. Jejeje.
    En efecto, un nacimiento peculiar, oloroso y ajetreado.
    Tras el largo paréntesis vacacional, me voy incorporando poco a poco a la normalidad. Y la tarea primordial es visitar a mis colegas del mundo blogueril.
    Un saludo.

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)