domingo, 28 de agosto de 2011

María de Bohun


María de Bohun era la menor de las hijas de Hunfredo de Bohun, conde de Hereford, Essex y Northampton, y descendiente de Enrique III. Su madre era Juana Fitzalan, a su vez hija del poderoso conde de Arundel. 

Los Bohun pertenecían, pues, a la más rancia nobleza normanda, lo que hubiera permitido a las hijas del conde aspirar a los más altos destinos sin necesidad de sumar las grandes riquezas de las que era poseedor. Cuando Hunfredo falleció en 1372, dejaba dos hijas de corta edad y una herencia suculenta que debía ser repartida entre ambas al alcanzar la edad adulta. El cebo era, desde luego, irresistible. 

Años más tarde la mayor, Leonor, casó con Tomás de Woodstock, el menor de los hijos del rey Eduardo III. Tomás pretendía encontrar la manera de que su esposa fuera la única heredera de tan enorme fortuna, por lo que precisaba deshacerse de algún modo de la otra hermana. A tal fin él y Leonor se hicieron con la tutela de María con la intención de inclinarla hacia la vida religiosa y presionar para que fuera destinada al claustro. 

El plan no era malo, pero no contaban con las ambiciones de Juan de Gante, hermano de Tomás. Nada dispuesto a dejar escapar la mitad de la herencia Bohun, la raptó del convento de Santa Clara con ayuda de la tía de María y logró casarla con su hijo Bolingbroke, quien un día reinaría en Inglaterra como Enrique IV. Curiosamente, por una de esas carambolas del destino al final fue Leonor quien al enviudar terminó sus días como monja de la abadía de Barking. 


El matrimonio se celebró el 27 de julio de 1380 en el castillo de Arundel. Ella era muy joven por entonces; parece que apenas había alcanzado la pubertad, puesto que sus biógrafos sitúan la fecha de su nacimiento en torno a 1368, o incluso algunos proponen una fecha posterior. Él no era mucho mayor: apenas un par de años, lo que tal vez facilitó el buen entendimiento entre ambos. 

Enrique era un jovencito de físico agraciado, de cabellos rojos y una dentadura perfecta en una época en la que no era lo más común. Su carácter era enérgico, tenaz y valiente; poseía una personalidad carismática, mucho sentido del humor y esmerada cortesía, si bien a veces también podía ser reservado, obstinado e impulsivo. Bien educado, hablaba latín además de francés e inglés, pero de entre todas las lenguas prefería expresarse en francés normando, el idioma de la corte inglesa. Hábil justador, amaba los torneos y los hechos de armas, era popular y respetado y no tardó en labrarse una gran reputación como caballero. Inclinado a la cultura, era íntimo amigo de Chaucer y adoraba la música; siempre le seguía un cortejo de gaitas y trompetas por donde iba. Él mismo era un músico notable. Sus apariciones eran impresionantes, porque, al igual que su padre, mantenía un gran séquito. No olvidaba sus devociones, y era generoso hasta el extremo, lo que demostraba con muchas obras de caridad. Emprendió dos veces la cruzada, la primera en 1390, con la Orden de los Caballeros Teutónicos, contra los paganos lituanos en Polonia, y dos años más tarde en Jerusalén. 


En suma, el novio tenía todas las cualidades para resultar del agrado de la joven esposa, y al parecer el contento fue mutuo. Tenían en común la inclinación por el ajedrez y por la literatura. María, además de impulsar la iluminación de manuscritos, siguiendo el ejemplo de su familia, compartía con su esposo la afición por la música, y de hecho tocaba muy bien la guitarra, un instrumento de moda por entonces. Los trovadores siempre eran bien recibidos en su hogar, y generosamente recompensados. Con tanta coincidencia no resulta sorprendente que el matrimonio fuera todo un éxito, dando comienzo a una de las historias más románticas de la época, pese a ser poco conocida. 

En un principio se había decidido no permitirles cohabitar hasta que ella alcanzara la edad de 16 años, pero aunque María, como menor, quedó al cuidado de su madre, no fue posible ponerle puertas al campo. Los recién casados, demasiado enamorados, desobedecieron a sus padres y consumaron pronto su matrimonio, con el resultado de que María dio a luz a su primer hijo en abril de 1382, un niño que murió a los pocos días. 

En 1384 la joven reclamó su parte en la herencia, y a partir de entonces su esposo fue reconocido como conde de Hereford y Northampton


Otro hijo nació cuatro o tal vez cinco años más tarde que el primogénito, dependiendo de la fuente, y es posible que siguiera a un segundo malogrado. Bolingbroke recibió la buena noticia de su tan deseada paternidad por el camino de regreso a casa desde Windsor, al cruzar el río Wye. Su alegría fue tan grande que en aquel momento concedió al barquero el monopolio sobre el negocio. 

El recién nacido era Enrique de Monmouth, quien reinaría posteriormente como Enrique V. Otros cinco siguieron en rápida sucesión: Tomás, Juan, Hunfredo, Blanca y Felipa. Lamentablemente María no logró sobrevivir a este último parto. Murió en el castillo de Peterborough, su residencia favorita, el 4 de junio de 1394 al traer al mundo a esa hija que sería reina de Dinamarca, Noruega y Suecia. La infortunada María fue enterrada dos días más tarde en la iglesia de Santa María de Castro, en Leicester. 

La inquebrantable fidelidad de Enrique a su esposa fue tan notable que se había convertido en un tema objeto de comentarios en todas las cortes de Europa. Dado el amor que siempre le había mostrado, a nadie sorprendió que a la muerte de María Bolingbroke se sumiera en un profundo y sincero duelo. 


María de Bohun Fue Dama de la Jarretera y llevó el título de condesa de Derby, pero nunca llegó a ser reina de Inglaterra, puesto que su esposo alcanzó el trono cinco años después de su muerte, tras deponer a Ricardo II.

martes, 23 de agosto de 2011

El peculiar nacimiento de Enrique IV

Castillo de Pau

En el momento en que Enrique IV está a punto de venir al mundo, la madre, Juana d’Albret, tiene 25 años. Por línea materna es la única sobrina de Francisco I. Por parte de padre es princesa de Navarra, heredera de un Estado independiente al pie de los Pirineos —el Béarn— y de la corona de Navarra, un reino que se veía privado de la mayor parte de su territorio desde hacía cuarenta años, cuando había sido ocupado por los españoles. 

El padre de Enrique, Antonio de Borbón, tiene 35 años. Es miembro del Consejo del rey de Francia, Enrique II, y gran capitán. Su ilustre linaje se remonta directamente a uno de los hijos de San Luis. Lleva cinco años casado con Juana, y hace dos que son padres de un hijo. El primogénito había nacido el 21 de septiembre de 1551 en la fortaleza de Coucy. Antonio le dio el título de duque de Beaumont, que era el que correspondía a los herederos de la Casa de Borbón. 

Para Juana se trataba del segundo matrimonio, ya que cuando contaba 13 años Francisco I la había casado con el duque Guillermo de Cléveris; pero debido a exigencias políticas esa unión fue anulada cuatro años más tarde, sin que hubiera descendencia de ella. 

Juana d'Albret - la madre

El matrimonio con Antonio era afortunado y bien avenido. Se conservan pruebas de la ternura en el trato y del amor que sentían por el primogénito: 

“Mi amor, he recibido a mi regreso de la cacería, donde he disfrutado de una magnífica jornada, dos cartas vuestras, en una de las cuales he hallado noticias de nuestro hijo mayor con un mechón de sus cabellos, que encuentro más hermoso que un ramillete del jardín de Gaillon o de cualquier otro lugar”. 

Juana, enamorada de su esposo, trata de seguirle por los campamentos militares mientras el pequeño es confiado a los cuidados de una nodriza, Aymée de la Fayette, antigua aya de Juana. Según se afirma, estos cuidados resultaron nefastos para el niño, que fallece con solo dos años, el 20 de agosto de 1553. La mujer, al parecer muy friolera, mantenía las estancias totalmente cerradas y con un gran fuego encendido, haciendo padecer al pequeño un calor excesivo y sin ninguna ventilación. Esto acabó siendo fatal para su salud. 

Por esas fechas Juana volvía a estar encinta de cinco meses, y ambos esperaban el nacimiento con ilusión renovada tras el amargo trance que acababan de pasar. 

“Os ruego que no dejéis de comunicarme cómo os encontráis, pues me causa gran placer, y principalmente cuando me decís que se agita y se mueve. Os prometo, amor mío, que no puede haber mayor felicidad que la que me habéis dado con vuestra carta, y os ruego que continuéis… Os aseguro, querida mía, que en cuanto se deshaga el campamento no dejaré de ir a vuestro encuentro con mayor devoción que nunca…” 

Antonio de Borbón - El padre

El nacimiento de Enrique será la ocasión en la que se desencadena una lucha de influencia junto a Juana. Antonio quería que naciera en una posesión de los Borbones, mientras que el abuelo materno, el rey de Navarra, deseaba que naciera en Pau. Este impuso finalmente su criterio. Se dice que para lograr imponerse, Enrique de Navarra acusó al matrimonio de haber sido negligentes en la atención a su hijo mayor, y exigió ejercer personalmente su autoridad durante el nacimiento y los primeros meses de vida del niño que esperaban. Como arma de presión, amenazó con volver a casarse él mismo para conseguir un heredero varón y desalojar así a Juana de la sucesión al trono. 

A comienzos de octubre de 1553 ambos esposos se encuentran en Compiègne y toman la decisión de complacer al irascible abuelo y trasladarse al Béarn. El estado de Juana, máxime tras haber perdido trágicamente a su primer hijo, requería precauciones especiales, por lo que el viaje en litera se prolongó durante más de dos semanas. El 4 de diciembre llegan a Pau, y diez días más tarde tiene lugar el alumbramiento. 

Fue durante el transcurso de esos diez días cuando el rey de Navarra mostró a Juana el testamento sin abrir. Lo guardaba en una caja de oro que pendía de su cuello. 

—Será tuyo —le dijo—, pero cuando me hayas mostrado qué es lo que llevas en tu vientre, no vaya a ser que me des una llorona o un niño remilgado. Te prometo que lo tendrás todo a condición de que al dar a luz cantes una canción bearnesa, y que yo esté presente. 

Enrique II de Navarra - el abuelo

Y para ello encargó a un valet de nombre Cotin, un viejo servidor, que la atendiera en su cámara y que acudiera a avisarlo cuando llegara el momento del alumbramiento, fuera la hora que fuese y aunque se encontrara dormido. 

La habitación estaba en el primer piso del ala sur del castillo gris y rojo. Allí pasó Juana esos días hasta el nacimiento de su hijo en la noche del 12 al 13 de diciembre de 1553, entre la una y las dos de la madrugada. Encima de su cámara estaba la de su padre, que advertido por Cotin de la inminencia del parto, descendió a su encuentro. Al oír que se aproximaba, Juana, tal como le había prometido, comenzó a cantar un motete en lengua bearnesa mientras se enfrentaba a su dolorosa tarea, una canción que solicitaba la intercesión de una estatua milagrosa de la Virgen que se guardaba en una iglesia al pie del castillo. 

Nouste-Daune deù cap deù poun, 
Ayudad me ad aquest’l’hore! 

Complacido de ver nacer a su nieto, el rey se quitó entonces la cadena que llevaba al cuello y entregó a su hija la caja en la que guardaba celosamente su testamento. 

—Esto es tuyo, hija mía, pero esto es mío —dijo apoderándose del niño para trasladarlo a su propia habitación. 

Escudo del Béarn

El orgulloso abuelo se vengó entonces de las burlas de los españoles cuando había nacido Juana. En aquel momento, y haciendo alusión a la vaca que figura en el escudo del Béarn, exclamaron: 

—¡Milagro, la vaca hizo una oveja! 

Esa madrugada Enrique reunió apresuradamente a su corte, alzó a su nieto ante todos ellos y lanzó su grito de triunfo: 

—Ahora mirad: ¡aquesta oveja parió un león! 

Contra toda costumbre, él mismo prodigará al recién nacido unos cuidados muy diferentes de los que las mujeres de la época solían dispensar. Para lavarlo apenas venir al mundo, utilizó vino en lugar de agua, y restregó sus labios con un diente de ajo. Después depositó en ellos una gota de vino, con lo cual el niño se calmó y dejó de llorar. El rey de Navarra opinaba que eso protegía al recién nacido contra los contagios pestilentes. Luego le presentó su copa para que aspirara el aroma y, complacido con la respuesta del niño, el abuelo le dijo: 

—Tú serás un verdadero bearnés. 

Enrique III de Navarra y IV de Francia

De esta forma tan peculiar había venido el mundo el que un día sería no solamente rey de Navarra, sino también el primer monarca Borbón de Francia.



Bibliografía: 
Henri IV, le roi libre - François Bayrou

lunes, 15 de agosto de 2011

Gladiadores y Gladiatrices


El combate de gladiadores en la Antigua Roma se originó como evento religioso, remontándose a las costumbres funerarias de los etruscos. Entre estos era tradición que un grupo de la milicia combatiera entre sí para honrar a algún difunto que había ostentado algún cargo importante.

Tito Livio escribió sobre los primeros combates de gladiadores conocidos, que tuvieron lugar en el 310 a. C. para simbolizar el éxito militar de los habitantes de la Campania sobre los samnitas. En Roma los primeros juegos de gladiadores (muneras) se celebraron en el 246 a. C., organizados por Marco y Décimo Bruto con ocasión de los funerales de su padre.

Este tipo de espectáculo evolucionó hasta convertirse en un rasgo distintivo de la cultura romana durante casi siete siglos. Los combates llegaron a emplear un enorme número de luchadores. En el año 65 a. C. Julio César organizó unos juegos en los que combatieron 320 pares de gladiadores en un anfiteatro de madera construido especialmente para la ocasión, pero la mayor competición jamás ofrecida corrió a cargo del emperador Trajano, como parte de las celebraciones por su victoria en Dacia y Arabia el año 107. En el espectáculo lucharon 5.000 parejas, y duró tres meses.


La palabra gladiador deriva de gladius, espada. Generalmente se trataba de criminales condenados, prisioneros de guerra o esclavos comprados a tal fin por un lanista o propietario de gladiadores, que solía ser a su vez un gladiador retirado. Ser lanista era una actividad lucrativa —Tiberio llegó a pagar enormes sumas por conseguir luchadores para sus espectáculos—, si bien dejó de serlo tanto en tiempos de Marco Aurelio, puesto que a partir de entonces el Estado obligó a proporcionar gladiadores a un precio fijo.

Entre los combatientes había también profesionales, hombres libres que participaban voluntariamente en los combates. Aunque un hombre fuera de baja extracción social, al convertirse en gladiador a menudo encontraba popularidad y patrocinio por parte de romanos acaudalados. Pero no siempre se trataba de personas humildes, como demuestra el hecho de que el emperador Augusto tuviera que preservar la pietas y virtud de los patricios romanos y del senado prohibiendo a sus miembros participar en los combates. Más tarde, sin embargo, Calígula y Nerón les ordenarían tomar parte.

Los ciudadanos romanos declarados infames se vendían ellos mismos a los lanistas para poder saldar sus deudas, y se los conocía como auctorati. A los condenados por algún delito grave, la ley Ad gladium los castigaba a luchar a muerte con los gladiadores. Estos criminales entraban en la arena desarmados, mientras que los delincuentes que no habían cometido un delito capital se entrenaban en las escuelas, llamadas ludi. El Estado acabó haciéndose cargo de estas escuelas, que al principio eran privadas, con el fin de impedir que un particular pudiera armar allí un ejército. Los centros eran dirigidos por un lanista y contaban con doctores y magistri, antiguos gladiadores que adiestraban ahora a los nuevos pupilos.


Los gladiadores se entrenaban como atletas, recibían atención médica y tres comidas al día. Su dieta era básicamente vegetariana, rica en proteínas y abundante en cebada y otras legumbres. Esto les permitía engordar y desarrollar una gran masa muscular, para lo cual se servían de todo tipo de instrumentos. Junto con los mejores cuidados médicos, se les procuraban masajes y baños. Había saunas de aguas termales que eran específicas para ellos. El entrenamiento, que consistía sobre todo en levantar pesos y practicar las técnicas de combate, era duro. Si el lanista o cualquiera de los maestros pensaban que el luchador no se esforzaba lo suficiente, se procedía al castigo.

Una escuela típica contaba, aparte del lanista, con el entrenador, los guardias que se aseguraban de que el gladiador no escaparía, el contable que pagaba al personal, el médico, el armador que proporcionaba el equipo de combate y debía mantener las armas en buen uso y las espadas afiladas; el cocinero y el enterrador.

El gladiador llegaba a especializarse en técnicas de combate que pretendían la captura del enemigo más que matarlo con rapidez. Los delincuentes luchaban con las armas de su elección y podían ganar la libertad si resistían 5 años combatiendo. A pesar de que solo participaban en dos o tres combates al año, no era tan fácil sobrevivir a ese periodo.

Reciario

Los gladiadores se equipaban representando el papel en el que se especializaban (tracio, reciario, secutor…), muchos de ellos caracterizados como enemigos de Roma. No se les permitía utilizar armamento militar romano, y llevaban el estómago y otras partes vitales de su anatomía sin protección, aunque podían cubrirse brazos y piernas.

Cuando el Coliseo se inauguró, podía llenarse de agua, y los gladiadores libraban combates navales en pequeños navíos. Algunos testimonios afirman que también se traían cocodrilos e hipopótamos para que pelearan entre sí o atacaran a los gladiadores.

Se les pagaba cada vez que luchaban. Cuando uno resultaba herido, la muchedumbre gritaba “habet, hoc habet”. Aquel que se reconocía derrotado soltaba su escudo y levantaba su mano izquierda con un dedo extendido en demanda de clemencia. Entonces se detenía el combate y se dejaba la decisión acerca de su destino al munerarius, la persona que alquilaba los gladiadores al lanista y organizaba el espectáculo, o en su caso al emperador. El munerarius podía, con la influencia del público, conceder clemencia, disponer de las vidas o bien dar la libertad a uno de los luchadores o a ambos. Las decisiones se comunicaban mostrando el pulgar hacia arriba o hacia abajo, pero si se trataba de conceder la libertad, el munerarius bajaba a la arena y entregaba una espada de madera (rudis) al gladiador afortunado. Con ello señalaba que ya no era un esclavo, sino un hombre o mujer libre. El público podía solicitar la muerte del gladiador mediante el pulgar o también agitando un pañuelo, pero su petición no era necesariamente atendida. En caso de que se decidiera que debía morir, se le clavaba la espada costa por el cuello hasta el corazón.



La noche anterior a un combate los gladiadores comían en un banquete público (cena libera), al cual asistía el pueblo. La mañana siguiente comenzaba con un desfile en el anfiteatro, y continuaba con la venatio, es decir, espectáculos en los que intervenían animales. La ejecución de prisioneros condenados tenía lugar al mediodía, generalmente por parte de animales. Ese era también el momento en el que morían los cristianos que se negaban a hacer sacrificios a los dioses. Luego había un descanso para que los cadáveres pudieran ser retirados, y se esparcía arena fresca para el plato fuerte de la jornada: las peleas de gladiadores, que se ofrecían durante las horas de la tarde.

Para los ciudadanos romanos el espectáculo era gratuito, financiado por el propio emperador o por personajes acaudalados que deseaban ganar popularidad. El vencedor de un combate recibía un cuenco de oro, una corona o una moneda de oro, además de una palma, símbolo de victoria. Estos combates eran regulados por leyes, llamadas leges gladiatorae.

El gladiador prestaba un juramento que le obligaba a actuar como esclavo para su amo y a soportar las cadenas, los azotes o la muerte por la espada. Debían hacer aquello que ordenara el lanista, por lo que eran reconocidos por su lealtad, valor y disciplina. Los gladiadores podían alcanzar la consideración de héroes. Aunque su rango era apenas superior al de un esclavo, muchos ciudadanos romanos, patricios e incluso emperadores lucharon en la arena por amor al deporte. Cómodo se jactaba de haber librado más de mil combates.


Las mujeres idolatraban a los gladiadores, a veces para disgusto de sus cónyuges. Se decía que la madre de Cómodo, Faustina, mostraba una clara preferencia por el gladiador Marciano sobre su propio esposo. Y hay una inscripción en un muro de Pompeya que dice que el gladiador tracio Celadus era “suspirum et decus puellarum”, es decir, el suspiro y la gloria de las chicas.

Uno de los gladiadores más famosos fue Marco Valerio Hispánico, el ex general romano en el que se basa la película Gladiator. El verdadero vivió a finales del siglo II.

Hubo un tiempo en que también las mujeres competían en la arena, no sin controversia. Se sabe que el emperador Septimio Severo, que gobernó del 193 al 211, les permitía al principio luchar como gladiatrices, pero terminó prohibiéndolo en el año 200. Parece, sin embargo, que la prohibición no resultó eficaz, puesto que hay una inscripción en Ostia anunciando mujeres combatiendo.

Aquilea y Amazonia, dos gladiatrices representadas en un relieve de Halicarnaso

Las evidencias acerca de la existencia de gladiatrices se encuentran en edictos del gobierno y en textos de autores de la época. Por ejemplo en el año 11 un decreto del senado prohibía a las mujeres libres menores de 20 años aparecer en el escenario o en la arena. Según Tácito, a veces estas mujeres pertenecían a una clase social elevada: “Este año los espectáculos de gladiadores fueron tan magníficos como los de antaño. Sin embargo, muchas damas distinguidas y senadores se desgraciaron apareciendo en el anfiteatro”. Suetonio cuenta: “Domiciano presentó muchas diversiones extravagantes en el Coliseo y en el circo… espectáculos de gladiadores a la luz de las antorchas, en los que tomaban parte tanto hombres como mujeres”. Y un poema de Juvenal expresa su disgusto por las mujeres que practicaban ese deporte.

La vida de estas mujeres era incluso más dura que la de los hombres. Vivían en cuartos como los de los esclavos, y, al igual que a los gladiadores, se las enseñaba a luchar con pesadas cadenas en torno a los tobillos, o con los ojos vendados, con una mano atada a la espalda o de rodillas. Pero algunas de ellas recibían adiestramiento de sus propios padres, gladiadores liberados.

Unos y otras entrenaban generalmente con armas de madera, puesto que proporcionar armas afiladas a los esclavos había resultado una imprudencia desde la famosa revuelta de Espartaco en el 73 a. C. Según las ilustraciones que han llegado hasta nosotros, podemos concluir que las mujeres luchaban a pecho descubierto y que pocas veces llevaban casco. Solían combatir al final de la jornada.


En Southwark, Londres, los arqueólogos hallaron los restos de una joven de unos 20 años enterrada con varios objetos que podrían identificarla como gladiatrix. Se trata de un plato decorado con un gladiador caído y otras piezas de cerámica con escenas similares y símbolos de gladiador. Tres de las ocho lámparas encontradas en la tumba están decoradas con el dios egipcio Anubis, asociado al dios romano mensajero Mercurio. La asociación es importante, porque eran dos esclavos, uno vestido como Mercurio y otro como Caronte, quienes retiraban los cadáveres de la arena. Caronte golpeaba el cadáver con un martillo mientras que Mercurio le aplicaba un hierro candente para asegurarse de que estaba muerto.

La riqueza de los materiales hallados junto a la mujer sugiere que era muy popular. Sus restos, los objetos con ella enterrados y un relieve de dos mujeres luchando con espadas cortas y escudos se exhiben en el Museo Británico.

Para terminar, es cuestionable que la famosa frase “Ave Caesar, morituri te salutant” fuera asociada habitualmente a todos los combates de gladiadores. Es más probable que se tratara de una ocasión aislada, puesto que la única cita la encontramos en Suetonio (“Ave Imperator, morituri te salutant”, dirigiéndose a Claudio), y no procedía de los gladiadores, sino de los condenados a muerte que iban a participar en la naumaquia o combate naval para celebrar el drenaje del lago Fucino en el año 52.

jueves, 11 de agosto de 2011

Los Juegos Olímpicos


Según la mitología, Zeus señaló con un rayo el lugar donde debía ser honrado. Allí se levantó un altar y una pira en la que se incineraban las ofrendas para el dios. Por medio de una carrera se establecía qué joven tenía el honor de encenderla, y ese es el origen de los Juegos Olímpicos. Según otra tradición, los juegos se remontan a una carrera a pie en la que intervino Pelops (abuelo de Agamenón y bisabuelo de Teseo) para conquistar la mano de una princesa. 

Las Olimpiadas son, en realidad, festivales de fraternidad helénica. Las primeras demostraciones deportivas tuvieron lugar en Olimpia, en el Peloponeso. Tanto la ciudad como los juegos reciben su nombre en honor de Zeus Olímpico, a quien se asignaba como morada el monte Olimpo, la montaña más elevada de Grecia. 

Olimpia era sagrada por los Juegos y los ritos religiosos vinculados a ellos, de modo que los tesoros podían ser depositados tanto allí como en Delfos. Los representantes de diversas ciudades-Estado se reunían allí aunque estuvieran en guerra, por lo que servía como territorio neutral. Durante los Juegos Olímpicos las guerras se suspendían temporalmente para que los griegos pudieran viajar a Olimpia y volver de ella en paz. Esta tregua sagrada recibía el nombre de Ekekheiria


Al principio los juegos duraban solo un día, pero posteriormente ocuparon tres, y más tarde se ampliaron a cinco. Se celebraban en verano, y se considera que dieron comienzo en el 776 a. C., debido a que es en ese año cuando aparece por primera vez la lista de los ganadores de torneos. A partir de ese momento se celebraron oficialmente cada cuatro años. 

Para los griegos tenían tanta importancia que iniciaron la cronología de su historia con la fecha de las Olimpiadas, y contaron el tiempo por intervalos de cuatro años llamados precisamente Olimpíadas. Por ejemplo, el año 465 a. C. sería el tercer año de la Olimpíada LXXVIII. Hoy solemos adoptar por conveniencia la fecha del primer año de la primera olimpiada para dar comienzo al Periodo Helenístico, que incluye los cuatro siglos y medio siguientes. 

Los ganadores no recibían dinero ni ningún premio valioso en sí mismo, pero obtenían mucho honor y fama. Símbolo de este honor era la guirnalda que se entregaba al vencedor. Estaba hecha de hojas de olivo, mientras que la de los juegos Píticos era de laurel, consagrado a Apolo. También ganaban el derecho a tener una estatua con su efigie en Olimpia, y se les eximía de pagar impuestos. 

El Discóbolo de Mirón

Los campeones olímpicos, en efecto, gozaban de gran prestigio en la antigua Grecia. En sus ciudades natales se hacían bustos de ellos y se les componían poemas. Cuando volvían vencedores se les recibía de modo triunfal, como a héroes, con un desfile por las calles. Llegaban a adquirir una dimensión casi divina, y algunos incluso se convirtieron en personajes míticos, venerados después de muertos. El campeón podía vivir a cuenta del Estado durante el resto de su vida. Además, representaba nuevos valores no asociados a la sangre o el linaje: un campeón no necesitaba ser aristócrata, sino que bastaba con que fuera ciudadano griego y no hubiera cometido ningún delito. Lo que no podía ser, desde luego, era mujer. Las casadas no podían competir ni tampoco presenciar los juegos o entrar siquiera al recinto olímpico. Las solteras podían ser espectadoras, pero no participar. La más favorecida era la sacerdotisa de Demeter, que ocupaba un lugar privilegiado. 

Algunas mujeres desafiaban la prohibición y asistían vestidas de hombre, arriesgándose así a ser arrojadas desde la montaña Tipeón. Se cuenta al respecto la historia de una madre que violó las normas para ver a su hijo, y, disfrazada con una túnica de entrenador, entró de modo clandestino. Al abrazar a su hijo fue descubierta, pero pudo librarse de la pena de muerte con la que se hubiera castigado su desobediencia de no haber resultado ser madre, hija y hermana de campeones olímpicos. 

Había, sin embargo, carreras para mujeres, las más famosas de las cuales fueron las celebradas en el estadio Olímpico en honor a Hera, diosa de la fecundidad. Estos juegos solían tener lugar en septiembre, poco después de los masculinos. La vencedora recibía una corona de laurel y un trozo de la vaca sacrificada a la diosa junto con el derecho de consagrar su retrato al templo. 


El entrenamiento físico de los jóvenes tenía gran importancia; para los griegos la mayor perfección se encontraba en el cuerpo del adolescente y había que ejercitarlo hasta límites insospechados para conseguir aún más belleza. Cuando los niños cumplían doce años ingresaban en la palestra, donde aprendían disciplina y desarrollaban sus músculos. Cuatro años más tarde se entrenaban en los gimnasios, lugares que contaban con una pista y con zonas al aire libre entre los bosques. La formación terminaba a los 20 años. Entonces se les entregaban las armas y se los consideraba preparados para participar en los Juegos. 

La mayoría de ellos optaban por competir desnudos, untados con aceite de oliva y depilados, como una manera de mostrar con orgullo su excelente forma física. Había gran competencia entre todas las ciudades, y también en las colonias, si bien los atletas competían a título individual y no representando a ningún país ni formando equipo. El esfuerzo era tanto que a veces los atletas dañaban su salud o llegaban a morir de agotamiento. 

Al principio la única competición fue una carrera de unos 190 metros en las inmediaciones de la ciudad, pero con el tiempo las pruebas se ampliaron. El entrenamiento llegó a ser muy polifacético, aunque el deporte preferido era la competición quíntuple, similar al pentatlón actual. Constaba de lucha, carrera, lanzamiento de jabalina, salto de longitud y lanzamiento de disco. También había carreras de carros, con cocheros llamados aurigas, y el deporte más violento de todos: el pancracio, mezcla de boxeo y lucha libre en el que todo estaba permitido excepto romper los dedos, sacar los ojos o morder. 

El auriga de Delfos conmemora la victoria de un conductor de carros en los Juegos Píticos

Las infracciones eran severamente castigadas. Salir antes de tiempo significaba recibir latigazos por parte del mastigóforo o azotador, situado junto al juez. Además a los tramposos se les hacía pagar una multa que servía para financiar estatuas de bronce en honor a Zeus. Las estatuas eran después colocadas en el camino que llevaba al estadio, para que todos pudieran leer en ellas el nombre grabado del tramposo y la falta cometida. Si era el atleta el que se consideraba perjudicado por un fallo injusto de los jueces, podía apelar al senado de Olimpia. En caso de que lograra demostrar que la decisión no se ajustaba a la justicia, el juez era castigado; de lo contrario, lo era el apelante. 

Los árbitros o jueces eran magistrados llamados Helanódices. Sus funciones comenzaban diez meses antes, comprobando que los atletas inscritos reunían las condiciones requeridas. Debían organizar las competiciones, velar por el buen estado de las instalaciones, presidir tanto las pruebas como las festividades, proclamar a los vencedores, otorgar los premios y hacer los sacrificios. Podían ser reelegidos, y aquel que intentara sobornar a un juez o a un oponente era castigado con azotes. 

Tras la competición se anunciaba el nombre del ganador, al que el juez ponía una palma en las manos mientras era vitoreado por la multitud y recibía una lluvia de flores. Entonces le ataban cintas rojas a la cabeza, símbolo de victoria. El último día, en el vestíbulo del templo de Zeus, se hacía entrega de los premios, momento en que el campeón recibía la corona de olivo, llamada kotinos

Templo de Zeus en Olimpia

Los juegos, para los que no se vendían entradas, estaban abiertos a todos los griegos, y quienes acudían a Olimpia llevaban un animal que luego era sacrificado para honrar a Zeus. Los propios atletas sacrificaban cerdos. La gente venía de todas partes para presenciar las olimpiadas o intervenir en ellas. De hecho, dar permiso a una ciudad para tomar parte en los Juegos equivalía a ser considerada oficialmente como griega. Desde las colonias llegaban barcos que traían una variopinta mezcla de vendedores ambulantes, artistas, filósofos, políticos, proxenetas y apostadores. Se levantaban carpas y casetas, pero era tanta la multitud congregada que muchos de los espectadores tenían que dormir al aire libre. 

Había también otros juegos importantes en los que participaban todos los griegos, pero fueron creados dos siglos después de la primera Olimpíada. Entre ellos estaban los Juegos Píticos, que se realizaban en Delfos cada cuatro años, en medio de cada Olimpiada; los Juegos Ístmicos, en el golfo de Corinto, y los Nemeos, que tenían lugar en Nemea. Los dos últimos se celebraban con intervalos de dos años. 

También se realizaban a veces torneos musicales y literarios, pues los griegos valoraban los productos del espíritu. Todo evento con importancia cultural estaba ligado a centros de culto. 


No hubo ninguna interrupción en la celebración de las Olimpiadas hasta el 393, cuando el emperador Teodosio las suprimió por considerarlas paganas. El dominio de Grecia por parte del Imperio Romano había cambiado mucho los Juegos, y estos habían dejado de tener sentido. La victoria se buscaba sin escrúpulos y las pruebas estaban repletas de violencia y crueldad, puesto que incluso se integraron luchas entre gladiadores y fieras. Los atletas habían pasado a ser esclavos o profesionales, y las recompensas eran materiales, lo que terminó por corromper el viejo espíritu olímpico. 

Los Juegos volvieron a celebrarse a partir de 1896. Su promotor fue el francés Pierre de Fredy, barón de Coubertin. Para la construcción del nuevo estadio de Atenas se utilizó mármol de las canteras del monte Pentélico, de las que, siglos antes, se había extraído la piedra para construir el Partenón. Fue entonces cuando se organizó la primera carrera olímpica de maratón, prueba que conmemora la batalla de los griegos contra los persas en el 490 a. C., cuando el mensajero que traía la buena nueva de la victoria cayó muerto tras haber recorrido los 42 kilómetros que separaban Atenas de la llanura de Maratón. La prueba no existía en los antiguos juegos. No se celebró hasta el 14 de abril de 1896.

domingo, 7 de agosto de 2011

Carta de Axel de Fersen


Al tener noticia de la ejecución de la reina María Antonieta, Hans Axel de Fersen casi se volvió loco, como demuestra la carta que dirigió a su hermana por entonces: 

Mi tierna y buena Sofía: 

¡Compadecedme, compadecedme! Nadie más que vos podéis imaginar el estado en el que me encuentro. Solo me quedáis vos. ¡No me abandonéis! La que hacía mi felicidad, la que era la razón de mi vida, sí, querida Sofía, porque no he dejado de amarla, no podía dejar de amarla, y por ella lo hubiera sacrificado todo; qué bien lo sé ahora. La que tanto amaba, por la que hubiera dado mil vidas, ya no existe. ¡Dios mío! ¿Por qué me acosáis de esta manera? ¿Qué he hecho para despertar vuestra cólera? ¡Ya no vive! Mi dolor está en su punto más alto y no sé cómo puedo vivir soportándolo. Es tan grande que jamás podrá desaparecer. Siempre tendré ante mí, en mí, su imagen; el recuerdo de lo que fue para llorarla siempre. 

Todo ha terminado para mí. Debería estar muerto a su lado; ¿por qué no he derramado mi sangre por ella? Ahora no tendría que arrastrar una existencia que será un dolor perpetuo y un eterno lamento. Mi corazón sangrará mientras continúe latiendo. Solo vos podéis sentir cuánto sufro y necesito vuestra ternura. Llorad conmigo, mi tierna Sofía, lloremos por ellos. 

No tengo fuerzas para seguir escribiendo. Acabo de tener la confirmación de la ejecución. No se dice nada del resto de la familia, pero mis temores son grandes. ¡Salvadlos, Dios mío! ¡Tened piedad de mí. 

Desesperado, durante las siguientes semanas se dedicó a reunir cuantos objetos le recordaban a ella y a aquellos días del Trianón. Poco después madame Sullivan le dirigía una nota de la reina que había quedado en su poder: 

“Adiós, mi corazón os pertenece totalmente…” 


Durante los 16 años siguientes Fersen vivió repartiendo su tiempo entre la política y la administración de sus tierras, pero el destino le deparaba un final inesperado, revelando que ambos seres estaban marcados por el mismo sino trágico. Era el año 1810. Fersen, como gran mariscal del reino, acompañaba al príncipe danés Cristián Augusto, elegido rey de los suecos tras el derrocamiento de Gustavo IV Adolfo, cuando el monarca murió repentinamente mientras pasaba revista a un regimiento. De inmediato comenzó a circular el rumor de que Fersen lo había envenenado. No tardó en recibir una carta anónima que decía: 

“Si osáis comparecer en las exequias, seréis asesinado”. 

El gran mariscal no hizo caso de la advertencia, pero cuando iba a ocupar su puesto en el cortejo, unos hombres rompieron los cristales de su carroza a pedradas, lo sacaron a la fuerza y lo arrastraron al suelo sin que las tropas intervinieran en ningún momento. Fersen se incorporó, pero la multitud lo volvió a derribar, rasgó sus ropas y le escupió. Finalmente, un coloso saltó sobre su pecho, bailó sobre él hundiéndole las costillas y luego le aplastó la cabeza a patadas. Su cuerpo desnudo quedó largo rato en una cuneta.