domingo, 31 de julio de 2011

El castillo de Hever

Hever Castle, Kent

El Castillo de Hever se encuentra en la aldea del mismo nombre en el condado de Kent, Inglaterra, a unos 48 kilómetros de Londres. Fue el hogar de la familia Bolena en tiempos de Enrique VIII. 

La construcción de Hever comenzó mucho antes, por la época en la que el reinado de Enrique III tocaba a su fin, dando paso al de Eduardo I. La parte más antigua, es decir, la gran puerta de entrada, los muros exteriores, y el foso con su puente levadizo de madera, se construyó en torno a 1270. El propietario era entonces el sheriff William de Hever, que obtuvo permiso del rey para construir el castillo en el lugar que previamente había ocupado una granja. Tras la conquista Normanda, esas tierras habían sido entregadas por Guillermo el Conquistador a uno de sus nobles llamado Walter de Hevere, antepasado de William. En 1340 otro William de Hever amplió el edificio. 


El bisabuelo de Ana Bolena, un rico mercader que llegó a ser alcalde de Londres, lo compró hacia 1460, convirtiéndolo en una residencia más cómoda y añadiendo un hermoso lago. Sir Geoffrey Bolena pudo adquirirlo gracias a haber contraído un segundo matrimonio muy ventajoso con la heredera de Lord Hoo y Hastings. Fue precisamente a través de su segunda esposa como llegó a ser el propietario tanto de Hever como de Blicking Hall, en Norfolk. 

Geoffrey fallecía poco tiempo después de haber comprado la propiedad, heredada por su hijo William, quien a su vez la legó posteriormente a su propio hijo Thomas, padre de Ana. Thomas se mudó con su esposa Elizabeth y sus hijos a Hever desde Blicking Hall. Era el año 1505, o tal vez 1504. Por entonces la familia, en su empeño por borrar su pasado plebeyo, cambiaba el apellido Bullen por el de Boleyn, que resultaba más aristocrático. 


Al no haber una clara constancia de la fecha de nacimiento de Ana, algunos estudiosos piensan que nació en Hever. Sin embargo, una inscripción en Blickling contradice esta suposición: las palabras Hic nata Anna Boleyn pueden verse en la Gran Sala, bajo un retrato en relieve suyo. Es probable, pues, que ella ya hubiera nacido cuando su padre heredó Hever. 

Fuera o no así, el castillo es famoso por haber sido el lugar en el que Ana Bolena pasó parte de su infancia hasta ser enviada a los Países Bajos en 1513 para permanecer entre el séquito de Margarita de Austria. Después regresó a Inglaterra, donde pasó a residir en la Corte como dama de la reina. Sin embargo, su infortunado amor por Henry Percy fue la causa de que hubiera de abandonar su puesto y regresar a su hogar. Por entonces el rey mantenía un romance con su hermana mayor, María Bolena, pero un día Enrique se fijó en Ana y comenzó a visitarla en Hever. 


Tras la ejecución de Ana Bolena y la muerte de Thomas pocos años después, Hever pasó a ser propiedad de la corona. En 1540 Enrique VIII se lo regaló a Ana de Cleves, su cuarta esposa, cuando se divorció de ella. El rey continuaba alojándose en Hever de vez en cuando. 

Luego el castillo pasó a otras manos. Durante la guerra civil del siglo XVII fue una fortaleza de los realistas, y en el XVIII, ya abandonado, sirvió de refugio a una banda de contrabandistas que lo utilizaban como almacén. Permanecía medio en ruinas cuando en 1903 lo compró William Waldorf Astor. El magnate americano, que llevó el título de Vizconde Astor de Hever, lo restauró con gran acierto, logrando conservar buena parte de sus paredes originales. Fue él quien creó los jardines italianos, con el propósito de colocar en ellos su colección de esculturas clásicas. A él debemos también la construcción del pequeño pueblo Tudor en los alrededores de la fortaleza. 

Los Astor permanecieron como propietarios hasta 1983, cuando vendieron Hever a Broadland Properties Limited de Yorkshire, que aún se ocupa de su mantenimiento. 


El lugar acoge diversos actos y eventos durante todo el año, entre ellos representaciones teatrales en el lago y espectáculos en los jardines. La más famosa celebración tal vez sea la “Rose”, en el mes de junio, cuando durante una semana el castillo se decora con rosas que llegan desde todas partes del mundo. 

Hoy es uno de los lugares más turísticos de Gran Bretaña. El dormitorio es uno de los pocos vestigios de alcobas señoriales de la época de Enrique VIII, y en conjunto el castillo aparece como uno de los grandes testimonios de aquel gran siglo inglés. Hever invita aún a pasear por los jardines, con reputación de ser los más hermosos de Inglaterra, a descubrir sus numerosas estancias suntuosamente amuebladas y a jugar en sus laberintos. La larga galería que Ana Bolena recorría a menudo con impaciencia aún parece devolver los ecos de sus pisadas.

domingo, 24 de julio de 2011

Mozart en París

Wolfgang Amadeus Mozart

El 18 de noviembre de 1763 Mozart llegaba con su familia a París. Se alojaba en casa del conde van Eyck, enviado extraordinario del elector de Baviera en Francia. La residencia era un magnífico palacio llamado Hôtel de Beauvais. 

La gran ambición del padre, Leopoldo, era exhibir los talentos de sus hijos en Versalles. Durante los primeros días se afana de un sitio a otro, llevando cartas de recomendación a los personajes más notables a fin de conseguir que le facilitaran la entrada en la corte. 

Hôtel de Beauvais

Las esperanzas se iban agotando cuando el barón Melchor Grimm, secretario del duque de Orleáns y filósofo enciclopedista, se convierte en la persona que le abre la gran puerta. 

Por entonces Madame de Pompadour vivía ses últimos meses. La marquesa era algo así como el “Ministro de los Placeres y las Fiestas”. Había dirigido el teatro privado de Luis XV, representado comedias de Molière, cantado óperas de Lully y organizado conciertos y festejos diversos. Protegía, además, a los filósofos, a los que impulsaba y proporcionaba cargos. Uno de ellos era Grimm, “personaje tortuoso e inquietante, hipócrita y resentido, inclinado a la perfidia aun contra sus propios amigos”. El barón le habla a la marquesa sobre ese niño prodigio recién llegado a París, y la audiencia queda señalada para los últimos días de diciembre. 

Madame de Pompadour

En vísperas de Navidad los Mozart parten hacia Versalles, pero el día de su llegada se conoce la noticia de la muerte del elector de Sajonia, cuñado del Delfín, por lo que la corte ha de guardar luto varios días. Parece un mal presagio, igual que aquella lluvia incesante que acompañará a la familia durante todo el tiempo que durará su estancia en Versalles. Padre e hijo asisten todos los días a la misa de la reina, a las 12 y media, y después a la del rey a la una, para oír los motetes cantados por los coros de la capilla real. Se les permite acudir a una cena de los reyes, durante el transcurso de la cual el niño tiene la oportunidad de besar la mano de la reina María Leczinska. 

Finalmente Mozart y su hermana Nannerl son recibidos, pero no por el rey, sino en el salón de música de las damas. Mozart, vestido de negro, toca un minueto y dos sonatas que dedicará a una de las princesas: Madame Victoria. Las damas parecen adorarle; todas excepto una, que rechaza bruscamente su abrazo y lo hace permanecer en pie sobre una silla mientras lo observa. Era Madame de Pompadour. 

Maria Anna Mozart, "Nannerl"

El libro de cuentas de la Casa del rey menciona el pago de 50 luises “hecho por orden de las damas a un niño que ha tocado el clavicordio para ellas”. Los Mozart también recibieron como regalo una tabaquera de oro. 

Después de eso la familia tomó la decisión de dirigirse a Londres, donde se decía que recibían con entusiasmo a los músicos del continente. Mozart abandonaba así Francia, pero no para siempre. Años más tarde, en 1777, dimitía de su puesto en Salzburgo y en septiembre emprendía un viaje que le llevaría nuevamente a París. En esta ocasión viajaba con su madre, Ana María, puesto que el arzobispo Colloredo no había permitido a su padre acompañarlo. "¡Lárguense a París!", les había dicho Leopoldo, "¡Encuentren su lugar entre gente grande!"

Pero para entonces Mozart ya se había convertido en un adulto de 21 años y no causó la misma sensación. La visita no obtuvo el mismo éxito que la primera. Lamentablemente no pudo encontrar ningún trabajo importante, sino que básicamente hubo de ganarse la vida enseñando a alumnos que distaban de ser grandes. Su situación económica era desesperada, hasta el punto de verse obligado a empeñar objetos de valor para hacer frente a las deudas. 

Wolfgang Amadeus Mozart

Para colmo de males, Ana María enfermó y falleció el 3 de julio de 1778. A veces se ha sugerido que tal vez hubiera podido salvarse si la falta de recursos económicos no les hubiera impedido llamar a un doctor a tiempo. 

La muerte de su madre obliga a Mozart a abandonar París antes de lo previsto y regresar a Salzburgo. Sin embargo, y a pesar de todas las calamidades del viaje, escribió algunas de sus mejores obras precisamente durante aquellos meses. A esa época pertenece la sinfonía 31, conocida con el nombre de París y estrenada poco antes del fallecimiento de Ana María. Mozart la interpretó por primera vez durante una velada privada en casa del embajador del Palatinado.

domingo, 17 de julio de 2011

Frances Teresa Stewart, Duquesa de Richmond

Frances Teresa Stewart

Frances Teresa Stewart procedía de una familia que se había distinguido por su lealtad a la Corona, debido a lo cual algunos de sus miembros hubieron de atravesar muchas penalidades durante las guerras civiles que asolaron Inglaterra. Su padre, Walter Stewart, se refugió en Francia, donde junto con su esposa permaneció al servicio de la reina en el exilio, Henrietta Maria, viuda de Carlos I. 

Frances, nacida el 8 de julio de 1647, se educó en Francia, y tal era su encanto desde que era una niña que Luis XIV hubiera querido retenerla como ornamento de su corte, para lo cual ofreció a su madre casarla con un noble caballero francés. Pero entonces tuvo lugar la Restauración de los Estuardo en el trono de Inglaterra. Henrietta Maria preparaba su viaje de regreso al que había sido su reino, y no quería dejar atrás a Frances, una de sus jóvenes favoritas. Se la llevó consigo entre los miembros de su séquito, junto con su madre y su hermana Sofía. 

La protección de Henrietta Maria y de su hija la duquesa de Orleáns, así como las solicitudes del padre de Frances, le consiguieron el puesto de dama de honor de la reina Catalina de Braganza en 1663. 

Catalina de Braganza

Poco después de su llegada, la joven dama trabó amistad con Lady Castlemaine, la amante del rey a la sazón. Barbara de Castlemaine tenía constantemente a la jovencita a su lado, tanto que casi forzó el hecho de que Carlos acabara por fijarse en ella. Fue la última en darse cuenta de la enorme rival que tenía en aquella chiquilla. Al percatarse, toda su amistad se tornó odio desmedido. 

Los contemporáneos parecen mostrarse unánimes acerca de que Frances era hermosa. Tenía el cabello castaño claro, ojos azules, facciones correctas y un hermoso cutis. Era delgada y alta, de estatura superior a la media. Bailaba, caminaba y vestía con perfecta elegancia y montaba a caballo con especial gracia. Era refinada y gentil en sus modales, sin parecer contaminada en absoluto por la grosería de la Castlemaine. Lord Clarendon añade el dato de que “nunca se supo que hablara mal de nadie”. Era infantil, le gustaba jugar con muñecas y en cambio detestaba las conversaciones serias y las intrigas. Al parecer fue su carácter lo que cautivó a Carlos por encima de sus perfecciones físicas. 

La debilidad que el rey sentía por la bella fue tan grande que se dice que llegó a contemplar la posibilidad de desposarla, debido a que Frances se negaba a convertirse en su amante. Ella poseía un temperamento romántico, y era el amor lo que guiaba sus actos, nunca el interés. A pesar de que algunos han querido ver ciertos indicios que apuntan a que Frances, que no logró descendencia con su esposo, podría haber tenido una hija ilegítima con Carlos II, nunca pudo demostrarse que la relación fuera consumada. 

Carlos II

Carlos le mostraba su admiración tan abiertamente que los caballeros de la corte no osaban interferir. Pero siempre había algún audaz dispuesto a caer en la tentación y asumir el riesgo. El más famoso fue, cómo no, el duque de Buckingham. Frances se entretenía construyendo castillos de naipes, y los cortesanos que deseaban asegurarse su favor corrían a proporcionarle el material. Buckingham no perdía ocasión de colaborar en este entretenimiento. El duque, además, cantaba bien e improvisaba cuentos de hadas. Todo ello le resultaba de lo más agradable a Frances, que, en presencia del rey, o al menos con su permiso, solía mandar a buscar a Buckingham para que la divirtiera cuando estaba aburrida. 

El duque había calculado en un principio que ganándose su voluntad podría manejar al rey a su través, pero no contaba con que también él acabaría por rendirse a los encantos de Frances, convirtiéndose en pretendiente. El cambio desagradó a la dama, que le hizo notar su repulsa. 

Otro de sus admiradores fue el joven Hamilton, que le regaló un hermoso caballo para que pudiera lucir sus dotes de amazona, y estaba siempre a su lado para indicarle cómo manejar al animal. Grammont advirtió al enamorado de las peligrosas consecuencias de ir más lejos, y Hamilton tuvo la suficiente sensatez para retirarse antes de arriesgarse a ser desterrado de la corte. También lo intentó Francis Digby, hijo del conde de Bristol, pero con tan poco éxito como los anteriores. 

Charles Stewart, duque de Richmond y Lennox

Finalmente en marzo de 1667 Frances contrajo matrimonio con un Estuardo, primo cuarto del rey: el conde de Richmond y Lennox, un hombre extravagante, jugador empedernido y bebedor. Se cuenta que algún tiempo antes Lady Castlemaine le había jugado una mala pasada a su rival haciendo que el rey entrara en sus aposentos a medianoche. Allí la sorprendió con Richmond, lo que le valió al duque ser expulsado de la corte. 

Frances se fugó para casarse cuando supo que el rey trataba de impedir la boda. Muy disgustado, Carlos prometió que no volvería a recibirla y que jamás la perdonaría. Pero sus enfados nunca duraban mucho tiempo. Dos años más tarde la nueva duquesa de Richmond contraía la viruela y el rey corría alarmado a la cabecera de su cama. La perdonó entonces por haberse casado sin su consentimiento, y cuando Frances se recuperó regresó a la corte, donde siguió disfrutando del afecto del rey a pesar de que por desgracia su rostro había resultado cruelmente marcado por la enfermedad. De todos modos, el monarca ya solamente le profesaba una entrañable amistad, puesto que su corazón estaba en esos momentos ocupado por Nell Gwynne

Cuando Carlos II hizo acuñar una medalla conmemorativa de su victoria sobre los holandeses, fue el rostro de Frances el utilizado para representar a Britania. Curiosamente se convirtió en costumbre utilizar las facciones de la condesa de Richmond para este fin, de modo que continuó apareciendo en medallas, estatuas y en los peniques ingleses hasta el año 1971.

martes, 12 de julio de 2011

Pajes, escuderos y caballeros


A medida que el sistema feudal alcanzaba su cúspide, cada señor asumía el estado y la importancia de un príncipe en sus propios dominios, a imitación del soberano del que eran vasallos. El castillo de cada señor feudal pronto se convirtió en escuela de caballería. Cualquier joven perteneciente a la nobleza y cuyos padres hubieran fallecido o fueran demasiado pobres para educar a sus hijos en el arte de la guerra, era bien recibido en el hogar de algún barón vecino que se ocupaba de instruirlo en los ejercicios militares. Los señores feudales procuraban mantener un séquito lo más numeroso posible, de modo que diera la medida de su importancia y su poder. 

Hasta cumplir los siete años, los niños destinados en un futuro a las armas permanecían bajo el cuidado de las mujeres de la casa, que les enseñaban los principios de la religión y de la caballería. Luego generalmente eran enviados fuera del hogar, porque incluso aquellos caballeros que poseían los medios suficientes para ocuparse de la educación de sus hijos, preferían encargar la tarea a otro señor que no se dejase influir por el amor paterno a la hora de imponer al aspirante cualquiera de las tareas y pruebas en todo su extremado rigor. 


Al entrar en la Casa de otro caballero, el primer puesto que se ocupaba era el de paje. Aunque esto implicaba servir a su nuevo señor, no se consideraba una actividad degradante, sino, por el contrario, muy honorable. Los pajes permanecían aún con las mujeres en buena medida, para completar sus conocimientos religiosos. Ellas eran quienes inspiraban en sus mentes infantiles aquella refinada y mística idea del amor cortés. El resto del día se pasaba al servicio del señor feudal, acompañándolo en sus salidas o sirviéndolo a la mesa. Se les adiestraba en toda clase de ejercicios físicos para fortalecer el cuerpo, y se mezclaban con los huéspedes que llegaban al castillo; los recibían a su llegada y les ofrecían sus servicios en cuanto fuera menester. Al escuchar respetuosamente las conversaciones de sus mayores, adquirían esa peculiar gracia en los modales que, con el nombre de cortesía, constituía la principal virtud del carácter de un verdadero caballero. 

A los 14 años el paje normalmente era admitido en el grado de escudero. Su daga se cambiaba por la espada en una ceremonia religiosa en la que el arma que iba a llevar en un futuro se depositaba sobre el altar. De allí la tomaba el sacerdote y, tras varias bendiciones, la entregaba al nuevo escudero con las advertencias pertinentes sobre cómo debería ser usada. 

Comenzaban entonces los ejercicios físicos más duros: tenían que aprender a saltar sobre el caballo vistiendo una armadura completa y sin poner el pie en el estribo, o saltar desde atrás a los hombros de otro jinete sujetándose a él solamente con una mano. De ese modo quienes lograban completar su formación eran después capaces de combatir soportando un peso que en la actualidad pocas personas podrían levantar, y hacerlo bajo el sol ardiente de Tierra Santa. 


El escudero sujetaba el estribo para que su señor montara a caballo; portaban su lanza, su casco, su escudo; pero continuaba sirviéndolo a la mesa, limpiando su armadura y realizando muchas otras tareas en las que era ayudado por los pajes o por servidores comunes. Había varias clases de escuderos, la más alta de las cuales era el écuyer d’honneur (escudero de honor), que según la mención que hace Froissart sobre la corte del conde de Foix, parecen haber estado a cargo de la recepción y entretenimiento de los huéspedes. 

Los escuderos a menudo tenían misiones más importantes: era su deber seguir a sus señores al campo de batalla. Mientras los caballeros combatían, ellos observaban, siempre dispuestos a rescatar a su señor de aquel amasijo de hombres y caballos, cubrirlo si caía, proporcionarle armas de refresco y prestarle toda clase de ayuda posible. En algunas ocasiones consta que fueron mucho más allá, tomando parte activa. En las guerras entre Ricardo Corazón de León y Felipe Augusto a medida los encontramos luchando con valentía, y en la batalla de Bovine un escudero casi consigue dar muerte al famoso conde de Boulogne. 

Estos servicios en el campo de batalla perfeccionaban al aspirante en el conocimiento de la profesión de las armas, y las pruebas de habilidad que se les permitían cuando se celebraba un torneo les daban la oportunidad de distinguirse a ojos de la gente y de hacerse un nombre entre los heraldos y cronistas de hazañas caballerescas. 


Si un escudero se había comportado bien durante el periodo de servicio, era poco frecuente que el señor se negara a concederle el honor de ser armado caballero al alcanzar la edad de 21 años; y a veces, si el joven se había destacado por alguna acción valerosa o galante, o por su talento, era admitido antes de cumplir esa edad. Esto, sin embargo, ocurría rara vez, a no ser en el caso de un príncipe soberano. Era más frecuente el caso contrario: que un caballero no quisiera renunciar tan pronto a algún escudero favorito y demorara con varios pretextos una ceremonia que casi siempre era causa de separación entre ambos. El aspirante, sin embargo, tenía derecho a solicitar el grado de caballero a otro señor si el suyo rehusaba concedérselo de modo injusto. 

Los momentos elegidos para ser armado caballero eran generalmente los de las grandes celebraciones militares, después de un torneo o en días señalados por la Iglesia para alguna solemnidad particular, como Pascua, Pentecostés o Navidad, aunque no siempre. A menudo la ceremonia podía tener lugar sobre el campo de batalla. En estas ocasiones el ritual se veía abreviado, pero no por ello tenía menos valor la ceremonia. 

El día señalado, todos los caballeros y nobles señores que se encontraran en ese momento en la ciudad, junto con los obispos y el clero, conducían al aspirante a la iglesia principal. Alli, después de la misa, el novicio se aproximaba al altar y presentaba la espada al obispo o sacerdote, que la bendecía y la consagraba al servicio de la religión y la virtud. Con frecuencia el propio obispo instruía al joven acerca de las dificultades y requisitos de la orden a la que aspiraba. El obispo de Valenciennes dirigía estas palabras al joven conde de Ostrevant: 

—El que quiera ser un caballero debería tener grandes cualidades. Debe ser de noble nacimiento, generoso, mostrar gran valor, fuerte en el peligro, paciente en las dificultades, poderoso contra los enemigos, prudente en sus hazañas. También ha de jurar las siguientes normas: no llevar a cabo ninguna empresa sin antes haber oído misa; no vacilar en derramar su sangre ni ofrecer su vida en defensa de la fe católica; ayudar a todas las viudas y huérfanos; no hacer la guerra sin causa justa; no promover la injusticia, sino proteger al inocente y oprimido; ser humilde en todas las cosas; buscar el bienestar de aquellos que están a su cargo; no violar nunca los derechos de su soberano y vivir de modo irreprochable ante Dios y los hombres. 


El obispo, entonces, tomando sus manos unidas entre las suyas, las colocaba sobre el misal y recibía el juramento de respetar los estatutos. Otras veces, después de que la espada hubiera sido bendecida, el aspirante la llevaba al caballero que iba a ser su padrino en la caballería, se arrodillaba y hacía su voto ante él. Después de esto los otros caballeros, y en ocasiones también las damas presentes, avanzaban y lo armaban por completo. El caballero permanecía aún de rodillas ante su padrino, que se levantaba de su asiento y procedía a darle la acolada. Ésta consistía generalmente en tres golpes con la espada desnuda sobre el cuello o el hombro. A veces se limitaba a un golpe dado con la palma de la mano en la mejilla, acompañado siempre de algunas palabras que significaban que la ceremonia se había completado. Éstas podían ser: “Recibid este golpe y no recibáis nunca otro”. 

Luego el recién armado caballero abandonaba la iglesia o el castillo, montaba a caballo y se exhibía armado por los puntos principales de la ciudad mientras los heraldos proclamaban su nombre y sus méritos.

jueves, 7 de julio de 2011

Luisa Fernanda huye de París

María Luisa Fernanda de Borbón, duquesa de Montpensier

La boda de la reina Isabel II se fijó para el 10 de octubre de 1846, el mismo día en que su hermana Luisa Fernanda contraería matrimonio con Antonio de Orleáns, duque de Montpensier, el menor de los hijos del rey Luis Felipe I de Francia. 

María Luisa Fernanda de Borbón, segunda hija de Fernando VII y de su cuarta esposa María Cristina de Nápoles, había nacido en Madrid el 30 de enero de 1832. Cuando contaba ocho años su madre renunciaba a la regencia y se instalaba en París, dejando a sus hijas a cargo del general Espartero. Poco más habría de durar la infancia de Luisa Fernanda, puesto que ni siquiera había cumplido 15 años cuando la casaron con el duque de Montpensier. 

En Madrid la recepción ofrecida en palacio para la publicación de los contratos matrimoniales se celebró con todo fasto en el Salón de Embajadores. Entre los acompañantes del novio de la infanta se encontraba un curioso personaje: Alejandro Dumas. El escritor asistirá también a una corrida de toros, uno de los muchos festejos de cuantos se organizaron durante toda la semana, y estará igualmente presente en la ceremonia religiosa, celebrada en la iglesia de Atocha. 

Antonio de Orleáns, duque de Montpensier

Al parecer se hizo evidente que no fue para Luisa Fernanda uno de los días más felices de su vida. El periódico que publicó el relato de la boda comentaba que, mientras la reina y su esposo aparecían sonrientes y contentos, el semblante de la duquesa de Montpensier reflejaba tristeza. No era una reacción sorprendente: la niña debía separarse por primera vez de su hermana y de todo cuanto le era conocido. En adelante residirá con su esposo en París, donde pronto vivirá jornadas muy turbulentas. A su suegro, Luis Felipe de Orleáns, no le quedaba mucho tiempo de reinado. 

La situación en Francia se hacía crítica, y poco después, en febrero de 1848, el rey y su familia se veían obligados a huir precipitadamente debido a la instauración de la República. Luisa Fernanda vivió horas de angustia durante aquellas jornadas en las que creyó que no escaparía al peligro. En la rápida e inesperada huida desde el palacio de las Tullerías, la duquesa de Montpensier y su cuñada la princesa Clementina se separaron de los reyes. Cuando Antonio acompañó a su padre a los carruajes que aguardaban en la Plaza de la Concordia, pensó que no tendría ninguna dificultad a la hora de regresar a por su esposa, que durante algunos días había permanecido encerrada en sus apartamentos debido a sus problemas de salud, pero la multitud que se había ido congregando en los jardines le hizo imposible regresar a palacio. Afortunadamente había dejado a Luisa Fernanda al cuidado de algunos miembros de su séquito y de Julio de Lasteyrie, persona de probada lealtad, de modo que el duque optó por montar en su caballo y seguir al rey en la certeza de que no la dejaba desamparada. 

Luisa Fernanda

Mientras tanto Lasteyrie, viendo que el palacio había sido invadido por la muchedumbre, ofreció su brazo a la duquesa de Montpensier y junto con Clementina aprovecharon la confusión del momento para salir sin ser notados y mezclarse entre la gente. Lasteyrie esperaba llegar a tiempo de dejar sana y salva a Luisa Fernanda en los carruajes reales, pero no fue así. Al comprobar con desaliento que todos habían partido ya, el caballero no vio otro recurso que conducir a ambas damas hasta la casa de su madre. Clementina, sin embargo, prefirió abandonar ese refugio provisional al cabo de unos minutos y continuar hacia el Trianon en la esperanza de encontrarse con su padre. 

La duquesa de Montpensier permaneció toda la noche bajo la protección de Madame de Lasteyrie mientras aguardaba instrucciones de su marido. Finalmente le llegaron sus noticias: Antonio le comunicaba que debía reunirse con él en el castillo de Eu, hacia el que también se dirigiría con el rey. Pero cuando Luisa Fernanda llegó al día siguiente encontró el lugar desierto: la situación se había complicado tanto que el monarca finalmente encontró imposible dirigirse hacia allá. 

La duquesa escuchó con angustia los rumores acerca de un grupo de personas que se acercaban con la intención de saquear Eu igual que habían hecho con Neuilly. No había tiempo que perder si no quería caer en poder de una turba enfurecida, así que hubo de marcharse con el mayor sigilo posible para trasladarse a casa de Monsieur Estancelin, un diplomático de la embajada bávara, y escoltada por él y por el general Thierry partió con la intención de cruzar la frontera en dirección a Bruselas. 

Luisa Fernanda

No iba a ser tan sencillo pasar desapercibidos. Al pasar por Abbeville el carruaje atrajo la atención y alguien exclamó: 

—¡En ese coche van fugitivos de la familia real! 

Monsieur Estancelin asomó la cabeza por la ventanilla y, como su nombre era conocido y respetado en el distrito, se valió de ello para declarar que la dama era su esposa y que ambos viajaban al extranjero. Además, para mejor despistar a la muchedumbre y apagar cualquier sospecha, dio órdenes al cochero de que se dirigiera a casa de un amigo suyo que era famoso por sus opiniones republicanas. 

Al llegar a la residencia de su amigo, Estancelin murmuró en su oído el nombre de la dama que le acompañaba. El hombre se espantó al escucharlo y, por temor a las represalias en caso de que el secreto fuera descubierto, les negó su ayuda. Así las cosas, no tenían más alternativa que dar la vuelta, presas de la desesperación al agotarse sus recursos. Para entonces varias personas se reunían ya ante el edificio, curiosos por ver quién podría buscar refugio a esas horas de la noche. 

Los duques de Montpensier con sus hijos en el palacio de San Telmo

Monsieur Estancelin dio instrucciones al general Thierry para que sacara a la duquesa de la ciudad por una puerta particular que daba a la orilla del río mientras él iba en busca de otros amigos que podrían ayudarle a conseguir caballos de refresco y un carruaje con el que iría a su encuentro. Lamentablemente la puerta conducía a una estrecha senda no apta para coches. Luisa Fernanda y su escolta tuvieron que caminar bajo el frío y la lluvia. La duquesa estaba tan exhausta después de tan largo y penoso periplo que el general decidió dejarla descansando sentada sobre una piedra mientras él encontraba a alguna persona que pudiera servirles de guía, o, si no había suerte, dar al menos con un lugar en el que guarecerse. 

Thierry avanzó por la carretera temiendo atraer la atención del enemigo sobre la dama que custodiaba, aunque ansioso por conseguir un guía que los llevara hasta el punto de encuentro con Estancelin. Finalmente, para su alivio, encontró al hombre al que Estancelin había enviado en su busca y, regresando rápidamente a donde había dejado a Luisa Fernanda, ambos la escoltaron hasta el coche que aguardaba en la carretera que iba a Bruselas. El peligro había terminado para ella. 

Unos meses después los duques de Montpensier se instalaban en España y fijaban su residencia en el sevillano Palacio de San Telmo. En España nacerían los nueve hijos del matrimonio, la más famosa de las cuales fue la reina María de las Mercedes, primera esposa de Alfonso XII. 

Parque de María Luisa - Sevilla

La revolución de 1868 que arrebató el trono a Isabel II hizo que los duques y su familia se exiliaran, pero Luisa Fernanda volvió posteriormente a Sevilla siendo ya viuda. Unos años antes había donado a la ciudad los jardines de su palacio, conocidos hoy como el Parque de María Luisa.

Sunshine Award


Muchas gracias a monsieur Eduardo Vidal Hernando, de La Bitácora de Eduardo, por este agradable regalo que me hace hoy. Hacía tiempo que no podía asomar por aquí, así que ha sido una grata sorpresa que al hacerlo me aguardara este premio.

La segunda grata sorpresa fue ver que el tablero ya ha rebasado los 600 seguidores. ¡Ahora no hallaré paz hasta averiguar quién será el seguidor 666!

Disculpen mi ausencia casi total, que probablemente habrá de prolongarse aún unas semanas. Mañana espero poder pasar a saludarlos, y en caso contrario lo haré el fin de semana.

Muchas gracias a todos