sábado, 25 de junio de 2011

El luto de la reina Cartandis


Corría el siglo IV de la era cristiana. Eugenio I, hijo de Fotelmacho, se aprestaba para presentar batalla a Roma y a sus aliados pictos. El rey de los escotos estaba preocupado por los extraños augurios que ensombrecían su reino. Hacía algún tiempo que en Albión se veían prodigios capaces de aterrorizar a los corazones más valientes: las aguas del río Dune fluían llenas de sangre, los pájaros caían en gran número a tierra; de noche se veían espadas moviéndose por el cielo para acabar convirtiéndose en una gran llama antes de desvanecerse en el aire. Las brujas decían que las señales anunciaban el final del reino de los escotos. 

Y eso era precisamente lo que deseaba el hispano Magno Clemente Máximo, legado de Roma. Máximo maniobraba con astucia para destruir tanto a pictos como a escotos y apoderarse de sus tierras en nombre del Imperio. Al conocer los graves conflictos que por entonces enfrentaban a ambos pueblos, vio la ocasión de utilizar la enemistad en su provecho. Primero iría a por los escotos, y más tarde se ocuparía de los pictos. 

Máximo envió embajadores al rey Heirgusto de los pictos, para decirle que había oído, no sin indignación, que los escotos sostenían una guerra contra ellos. Roma quería reafirmar la paz con su pueblo, al que siempre había mirado con simpatía. En definitiva, le aseguró que podían contar con Roma para aplastar a los escotos. 


El ofrecimiento no pudo ser mejor acogido por Heirgusto. Ambos firmaron un tratado, tras lo cual Máximo envió un mensajero a Eugenio ordenándole reparar el daño que sus trifulcas habían ocasionado a los pictos: debía devolverles las propiedades robadas en su territorio y entregar a los responsables del saqueo para que recibieran el castigo que les impondría Heirgusto. De lo contrario, Eugenio y su pueblo se declararían enemigos de Roma. 

Eugenio respondió que desde que el legado había entrado en su reino los escotos no habían causado daño alguno a los romanos, por lo cual Roma no tenía justa causa para tratarlos como enemigos ni amenazarlos con las armas. Pero si Máximo y los pictos estaban decididos a hacerles la guerra, lo encontrarían en el campo de batalla. 

Cuando Máximo escuchó su respuesta, reunió un numeroso ejército con el que arrasó Westmorland. Luego marchó hacia Ordovicia arruinando cosechas, quemando poblados y capturando un buen botín por el camino. Los escoceses nunca se habían enfrentado a un ejército tan numeroso. Eugenio había reclutado otro, y avanzaba con decisión hacia el enemigo. Ambos se encontraron junto al río Cree y se enzarzaron en un combate que habría de prolongarse durante todo el día. Pero esa noche Eugenio, consciente de que sus hombres estaban desmoralizados y no tendrían la menor oportunidad de salir victoriosos, los reunió para comunicarles su decisión de abandonar el campo de batalla. 


Máximo desistió de salir en su persecución debido a una carta que recibió y que reclamaba su urgente presencia en Kent. Durante algún tiempo otros asuntos mantuvieron ocupado al legado, y mientras tanto los escotos continuaban saqueando impunemente las tierras de los pictos. Máximo, al enterarse, fingió enfurecerse por unas noticias que en realidad le proporcionaban el deseado pretexto para volver a atacar a Eugenio. 

Al verano siguiente se puso de nuevo en marcha con un gran ejército. Eugenio acudió a su encuentro. Las fuerzas escocesas aumentaban de día en día, y ahora el rey se creía en condiciones de enfrentarse al enemigo. De acuerdo con la vieja tradición, no sólo los hombres, sino también las mujeres capaces de manejar un arma se alistaban en las filas del rey. Se habían reunido unos 50.000 soldados en el bando escocés, clamando batalla, gritando que vencerían o morirían luchando. 

Eugenio no se encontraba lejos del río Munda cuando le informaron que los romanos se encontraban muy cerca, y que llegaban en un número mucho mayor del esperado. El rey mantuvo su expresión de calma, como si no temiera a las armas de Roma. Dividió a su ejército en tres partes y lo situó donde le pareció mejor para el combate, de modo que el sol diera al enemigo en los ojos. 


Los presagios, sin embargo, se cumplieron: Eugenio perdió la vida en la batalla. Al final de la jornada su cuerpo fue encontrado entre una montaña de cadáveres. Por orden del general enemigo, se le rindieron los mismos honores con los que se celebraban los funerales de cualquier príncipe romano. 

Después Roma impuso su edicto: todos los escotos debían abandonar esa parte del reino bajo pena de prisión o incluso de muerte. Además estaban obligados a entregar sus casas y pertenencias a quienes los romanos les indicaran. A consecuencia de este decreto, muchos buscaron refugio en Irlanda, en Noruega y en Dinamarca, mientras aquellos que decidieron quedarse fueron hechos prisioneros por los pictos, o bien, desesperados, aceptaron alistarse en el ejército enemigo. 

La viuda del rey Eugenio, Cartandis, era una princesa de Gales. Había amado mucho a su esposo, y su dolor fue inmenso. Al enterarse de que se le había dado sepultura siguiendo los ritos de una religión que no era la suya, fue presa de la angustia. Temía que el espíritu del rey no hallara reposo, y se negaba a moverse del lugar en el que había sido enterrado. Allí permanecía ocupada en oraciones y devociones por su alma, acompañada por otras nobles damas que unían a las suyas sus propias plegarias por los familiares que habían caído también en la batalla. 

Mientras las mujeres daban aún rienda suelta a su dolor, los pictos, que eran quienes habían instigado a Máximo a emitir el edicto de destierro, llegaron al lugar e informaron a Cartandis del castigo que conllevaba desobedecer la orden de Roma. En vano suplicó la reina que la dejaran continuar con su duelo; los pictos insistieron en que el decreto debía cumplirse. 


La reina fue arrestada y conducida a presencia de Máximo acompañada de uno de sus servidores y de dos mujeres que no se separaban de ella. Cuando compareció ante el legado, se postró a sus pies y solicitó permiso para que ella y sus acompañantes pudieran quedarse en el país durante el resto de sus vidas, aunque fuera como siervas, pidiendo tan sólo a cambio de verse reducidas a tal condición el ser enterradas en la misma tumba que sus esposos. 

Máximo, conmovido por la pena de Cartandis, le asignó una morada en la ciudad de Carrick, con algunos ingresos para el mantenimiento de su dignidad real. La generosidad del romano llegó a procurarle una escolta que se encargara de su protección durante el viaje. 

Los soldados la dejaron sana y salva en un pueblo a escasa distancia de Carrick. Pero una vez fuera de su vista apareció una partida de bandidos pictos a caballo. Los forajidos asesinaron al servidor de Cartandis y despojaron a la reina y al resto de las mujeres de cuanto poseían. No se atrevieron a golpearla a ella, que era hija del rey de Cambria, pero las otras dos mujeres no tuvieron tanta suerte. 


Cartandis logró regresar hasta Máximo. El general la recibió con todos los honores y el respeto debido a su rango y a su sufrimiento; la escuchó y le restituyó en la medida de sus posibilidades cuanto había perdido a manos de los pictos. Después de eso capturó a los bandidos y los castigó con la pena de muerte por el ultraje hecho a la reina. 

Los pictos, al conocer la severidad con la que habían sido castigados algunos de los suyos, y la amabilidad con la que era recibida Cartandis, no se sintieron satisfechos. Enviaron una delegación de nobles de su nación para quejarse de que Máximo hubiera hecho ejecutar a sus aliados por una mujer, y por una que, además, era su enemiga. Pensaban que no debería haber condenado a muerte a unos aliados de Roma, y exigieron que Cartandis, de acuerdo con el edicto emitido, fuera despojada de sus propiedades y sometida a cautiverio. 

Ella estuvo presente durante la entrevista de Máximo con los jefes pictos. Cuando la conversación llegó al punto en que se discutía su destino, viendo que la intención de sus enemigos era enviarla de vuelta a Gales, contra lo que tanto deseaba su corazón, prorrumpió en un apasionado lamento y pidió que antes que eso le dieran muerte ante la tumba de su esposo. 


Todos los presentes, excepto los pictos, se mostraron conmovidos, de modo que Cartandis obtuvo lo que pedía. Fue autorizada a partir hacia cualquier lugar del país que eligiera, y desde entonces vivió bajo la protección del poderoso nombre de Roma, sin que nadie osara inquietarla. 

Años más tarde, en el 383, las tropas proclamaban emperador a Máximo allá en Britania. 



Bibliografía: 
Scotorum Historiae - Hector Boece 
The Scottish chronicle - Raphael Holinshed 
The Queens before the conquest - Matthew Hall 

jueves, 23 de junio de 2011

El bufón de Enrique VIII


En las cortes de los antiguos faraones egipcios había unos personajes cuya misión era entretener a la realeza y que podemos considerar antepasados del bufón. Eran los “enanos bailarines de la tierra de los espíritus”. En Grecia y Roma ya se encuentra la figura del bufón cuyo oficio era hacer reír a los poderosos, algo que se iba a mantener durante muchos siglos. Incluso Atila, rey de los hunos, iba siempre acompañado en sus desplazamientos por uno de esos curiosos personajes. 

Durante la Edad Media aparecen en los castillos junto a los reyes y grandes señores. Considerados como una mera propiedad, la mayoría eran vendidos a la nobleza por parte de sus propias familias, que no podían permitirse mantenerlos. A su vez el rey o el aristócrata que pasaba a ser su dueño era libre de venderlos o regalarlos según su voluntad. Sin embargo, al estimar que se trataba de seres inspirados por la divinidad, en la mayoría de los hogares recibían buen trato, se les perdonaban las impertinencias, tenían un lugar a la mesa como un miembro más de la familia y se les permitía tomar parte en la conversación. Es más: hubo alguno que llegó a ser nombrado caballero y a adquirir títulos de nobleza. 

Un ejemplo de la deferencia con la que eran tratados la encontramos en Tomás Moro. Cuando Moro supo que su destino estaba decidido, una de sus preocupaciones fue asegurar el futuro de su bufón Patterson. Lo entregó al alcalde de Londres, con la condición de que permanecería al servicio de los sucesivos alcaldes durante el resto de su vida. 

Will Sommers aparece representado al lado de Enrique VIII

Enrique VIII tenía varios bufones, el más famoso de los cuales fue Will Sommers (a veces escrito Somers). Procedía del condado de Shropshire, en el oeste de Inglaterra. Su vida dio un giro radical cuando un mercader llamado Richard Fermor se fijó en él y en 1525 decidió llevarlo consigo a Greenwich y presentarlo al rey. 

Will era lo que en el lenguaje de la corte de los Tudor se llamaba un “artificial” o “con licencia”, por contraposición a un “natural”. Es decir, Sommers no era un tonto ni un loco, sino que alcanzaba su puesto gracias a su ingenio y su talento para entretener. A los artificiales se les concedía “licencia” para tomarse ciertas libertades como si se trataran de verdaderos locos o cortos de entendimiento, a los que se excusaba porque no eran responsables, sino inocentes bendecidos por Dios. 

A Enrique le agradó tanto el jovencito flacucho de pronunciada joroba que le ofreció un puesto en la corte. Disfrutaba con su capacidad para improvisar versos y para divertirlo durante sus periodos de depresión, y cuando en los últimos años de su vida el dolor en la pierna se había vuelto insoportable, decían que sólo Will lograba levantar su ánimo. Enrique competía con él haciendo rimas, y ni siquiera le importaba que el bufón le ganara de vez en cuando. En su compañía podía olvidar los tediosos asuntos que lo mantenían ocupado cada día. La alta estima en la que tenía a Will queda reflejada en las cuentas, prueba de la generosidad que el rey mostraba hacia él. 


Como otros bufones, Sommers disfrutaba de privilegios que no les eran concedidos ni a los más notables personajes de la corte. Will solía llamar “tío” a Enrique VIII, lo que demuestra la confianza con la que se le permitía tratarlo. 

Pero Will Sommers fue mucho más que un bufón, y sus actividades menos inocentes en ocasiones. Era también consejero, confidente y espía del rey. De hecho, tuvo un importante papel en la caída de Wolsey al informar a Enrique de que el cardenal amasaba secretamente una fortuna y almacenaba oro en la bodega de su palacio de Hampton Court. El rey estaba disgustado con Wolsey por entonces, debido a que no había podido obtener el divorcio de su primera esposa, Catalina de Aragón. La noticia fue la gota que colmó el vaso. El cardenal fue finalmente acusado de traición y falleció en 1530 cuando se dirigía a Londres para ser juzgado. 

Will no carecía de debilidades humanas. Era celoso, especialmente de todo aquel competidor capaz de arrancar sonrisas al rey. No le gustaba la idea de ser eclipsado. 

Con frecuencia llamaba la atención de Enrique sobre el despilfarro extravagante en que incurría la corte, siempre sin abandonar su sentido del humor. Era éste un rasgo muy apreciado por Thomas Cromwell. 


De su vida familiar poco se sabe. Al parecer Will tuvo al menos un hijo, John Sommers. John fue secretario del embajador en Escocia, Sir Ralph Sadler, y ocupó varios puestos de carácter administrativo durante el reinado de Isabel. 

Circula una historia según la cual Enrique VIII habría amenazado con matar a uno de sus bufones con sus propias manos cuando éste hizo un osado comentario acerca de Ana Bolena, a la que calificó de lasciva, refiriéndose también a la princesa Isabel como bastarda. Algunos estudiosos atribuyen a Sommers este episodio, mientras que otros, al parecer más acertados, apuntan hacia Sexton, un “natural apodado Patch. Según esta versión, Sexton tuvo que abandonar la corte y buscar la protección de Sir Nicholas Carew, a cuya instigación habría cometido el exceso verbal. 

Tras la muerte de Enrique VIII en 1547, Sommers permaneció en la corte como bufón de su hijo, el rey Eduardo VI, y posteriormente lo sería de las hijas de Enrique. Decían que era la única persona de la corte, aparte de John Heywood, que lograba hacer reír a María Tudor. 

Will Sommers estuvo presente durante la ceremonia de coronación de la reina Isabel el 15 de enero de 1559. Esa fue su última aparición en público. El famoso bufón fallecía un año después, el 15 de junio de 1560. 

martes, 21 de junio de 2011

El pañuelo de la reina Clotilde


Cuando Alarico II, rey de los visigodos, cayó en la batalla de Vouillé combatiendo contra las tropas del franco Clodoveo, su hijo Amalarico era aún un niño de corta edad, circunstancia que hacía de él un candidato poco adecuado para ocupar el trono. Los godos necesitaban que su rey fuera un caudillo militar, y sus miradas se volvieron entonces hacia un joven guerrero llamado Gesaleico, hijo ilegítimo de Alarico. Gesaleico ya se había revelado como un bravo combatiente, por lo que contaba con el apoyo de las tropas. Siguiendo el viejo ritual de sus antepasados, los soldados desenvainaron las espadas y las hicieron chocar contra los escudos. El hermanastro de Amalarico era así entronizado por aclamación en el año 507. 

Pero Amalarico tenía un poderoso paladín: su abuelo materno Teodorico, rey de los ostrogodos, que no se conformó con la decisión y exigió el trono para su nieto. Tres años más tarde envió al duque Ibbas al frente de un ejército que derrotó a Gesaleico y le hizo huir al norte de Africa, donde halló refugio entre los vándalos. Teodorico asumió entonces la regencia en nombre de Amalarico. 


Al año siguiente Gesaleico intentó en vano recuperar su trono. Al ser nuevamente derrotado por Ibbas, el visigodo trató de emprender una huida poco honrosa, pero esta vez fue alcanzado y encontró la muerte. Para la posteridad queda el cruel espitafio que le dedicó San Isidoro: sicque prius honorem, postea vitam amisit (perdió primero el honor y después la vida). 

Clodoveo también fallecía al cabo de unos meses. El reino quedaba dividido entre sus hijos: Childeberto reinaba en París, Clotario en Soissons, Clodomiro en Orleáns y Teodorico en Metz. 

El rey de los francos dejaba también una hija llamada Clotilde. En el año 526 sus hermanos decidieron casarla con Amalarico, quien finalmente había sido proclamado rey cuatro años antes, una vez alcanzada la edad adulta y convertido en guerrero. Con este matrimonio el visigodo esperaba estrechar lazos de amistad con los que habían sido sus enemigos. Había llegado el momento de alcanzar una paz estable y encontrar en sus vecinos fuertes aliados que lo protegieran contra las ambiciones de otros aspirantes al trono. 


La princesa había sido educada en la fe católica, mientras que su esposo era arriano. Esto ocasionaba no pocas disensiones en el seno del matrimonio, a pesar de que había sido estipulado que Clotilde no sería molestada en sus devociones. El rey, haciendo caso omiso del pacto, trató de persuadirla para que abjurara de su fe y, como fracasara en sus intentos, decidió endurecer su postura y emplear métodos más drásticos para lograr su objetivo. Cuando Clotilde iba a misa, el populacho, por orden del rey, la insultaba y le arrojaba estiércol. El propio Amalarico, no contento con cubrirla de reproches y amenazas, la golpeaba con frecuencia. 

Un día la golpeó en la frente con el pomo de su espada, causándole una herida. Harta de soportar continuas vejaciones y desprecios, Clotilde pidió ayuda a su familia. Junto con la carta envió su pañuelo, empapado en la sangre derramada por la violencia de su esposo. 

El pañuelo de la reina Clotilde desencadenaría una guerra feroz en la que los godos iban a perder parte de su territorio. 


Todos los hermanos, furiosos por el ultraje hecho a la hija de Clodoveo, no vacilaron en acudir a la llamada de aquella sangre que también era la suya. Unieron sus fuerzas y en el año 531 Childeberto cruzaba la frontera arrasando a sangre y fuego cuanto encontraba a su paso, dispuesto a rescatar a su hermana de las garras del bárbaro. 

Los godos eran superiores militarmente, pero en aquel momento se enfrentaban a un problema interno: Teudis, un noble ostrogodo, se había puesto al frente de una rebelión que mantenía ocupada a buena parte de las tropas del rey. Estaba casado con una dama hispanorromana dueña de una inmensa fortuna, lo que le permitía mantener un poderoso ejército. Por tanto, las fuerzas de las que disponía Amalarico para hacer frente a sus cuñados eran escasas, y no tenía la menor posibilidad de salir victorioso. 


El rey de los visigodos perdió la vida en esa contienda. No había llegado a cumplir 30 años. Sobre su muerte hay versiones sumamente contradictorias. Una de ellas supone que murió en una batalla cerca de Narbona, pero otra, recogida por Gregorio de Tours, y que es la que goza de más crédito, afirma que fue asesinado. Como el rey no estaba preparado para encontrarse con tropas tan numerosas, le faltó el valor y resolvió emprender la huida. Llegó a Barcelona con la intención de poner a salvo sus tesoros, pero fue apuñalado cuando trataba de refugiarse en una iglesia, según San Isidoro por uno de sus propios soldados o, según el texto de la Chronica Caesaraugustana, por un espía franco llamado Besson. También se dice que fue muerto por una lanza cuando se dirigía hacia una de las naves ancladas en el puerto, y no falta quien afirme que fue víctima de un altercado provocado por un grupo de descontentos, lo que condujo a su apresamiento y posterior decapitación. Se acepta como la versión más probable que pereció a manos de los suyos cuando buscaba asilo en el templo. 

Puesto que el relato de su muerte difiere, el motivo del crimen necesariamente varía también: mientras que para unos se trató de una venganza de los francos, para otros, con más verosimilitud, fue ordenado por el ambicioso Teudis, ansioso por apoderarse del trono. Y, de hecho, el ostrogodo lo consiguió: fue él quien sucedió a Amalarico mientras Childeberto y Clotario continuaban saqueando las tierras de los godos. 


Childeberto logró regresar a Francia con su hermana, que había tenido una hija de su desdichado matrimonio: Godesvinda. Pero Clotilde fallecía durante el viaje de regreso. La reina fue enterrada en la iglesia de Santa Genovena, entonces llamada de San Pedro y San Pablo, junto al sepulcro de su padre. 

lunes, 20 de junio de 2011

Premio Primavera


Mi querida Madame Katy, de Pasitos cortos, vuelve a hacerme el honor de mencionar este espacio para hacerle entrega de este regalo, el premio Primavera. Resulta de lo más adecuado para despedir con sabor dulce la estación que ya se nos va. Pero lo cierto, Katy, es que el mejor premio son sus habituales visitas. Se la echa de menos cuando se toma unos días libres.

Muchísimas gracias por todo.

domingo, 19 de junio de 2011

Downing Street

10 Downing Street, Londres

El número 10 de la londinense Downing Street es un edificio de estilo georgiano que desde 1732 ha sido la residencia oficial de todos los Primeros Ministros del Reino Unido. Jorge II dispuso que ése sería el lugar donde vivirían los mandatarios del país, el primero de los cuales fue Sir Robert Walpole. Aunque, para ser exactos, en un principio la casa se conocía como el número 5, y no se cambió por el 10 hasta 1779. 

La residencia tiene una famosa puerta negra con el número pintado en blanco y un picaporte con la cabeza de un león. Encima de ella hay una ventanita en forma de abanico, y bajo la aldaba un buzón con la inscripción “First Lord of the Treasury”. La policía guarda constantemente esa puerta, que sólo puede abrirse desde el interior. Lamentablemente no se trata de la original, sino que fue sustituida por otra nueva durante la Segunda Guerra Mundial. 

El edificio contiene un centenar de habitaciones. El tercer piso es una residencia privada, mientras que los restantes están destinados a oficinas, salas de recepción, de conferencias, salones y comedores, lugares donde trabaja el Primer Ministro y donde se recibe y entretiene a mandatarios extranjeros. En el sótano hay una cocina, y la casa dispone además de un patio interior y, en la parte trasera, una terraza que da a un jardín. 

Sir George Downing

La calle toma el nombre de Sir George Downing, un militar irlandés educado en Nueva Inglaterra y que fue en uno de los primeros graduados por la Universidad de Harvard. Durante la Guerra Civil viajó a Gran Bretaña y se convirtió en espía de Oliver Cromwell. En 1657 era nombrado embajador británico en Holanda, con la misión de trabajar contra los intereses de la familia real en el exilio. Pero a la muerte de Cromwell, su hijo y sucesor, Ricardo, lo reemplazó. 

Cuando la suerte cambió de bando, Downing se dio cuenta de que a él le convenía hacer lo mismo. Por tanto, se imponía traicionar a sus antiguos aliados, tener la presencia de ánimo necesaria para presentarse ante Carlos II y ofrecer sus servicios a la Corona. Utilizó a un intermediario para solicitar el perdón, afirmando que sus servicios al Protectorado fueron el resultado de las erróneas opiniones que había asimilado en la puritana Nueva Inglaterra, y que ahora repudiaba. Diplomático consumado, tuvo la suficiente habilidad para ganarse el favor del rey con aquello de “ahora comprendo el error”. 

Downing se unió así a la Restauración y manifestó en adelante un inusitado fervor realista, gracias a lo cual fue nombrado caballero y recuperó su puesto en Holanda. Dos años más tarde supervisaba personalmente el arresto y extradición de tres antiguos compañeros suyos: Okey, Barkstead y Corbet. A la vista de todo ello, no es sorprendente que en Nueva Inglaterra se acuñara la expresión “un George Downing” para designar a todo aquel que traicionaba la confianza depositada en él. 


Su agresiva defensa a ultranza de los intereses mercantiles ingleses fue considerada una de las causas de la segunda guerra anglo-holandesa. Debido a ello su impopularidad llegó a ser extrema, obligándolo a abandonar su puesto en Holanda y huir a Inglaterra por miedo a la furia del populacho. Al actuar sin autorización fue encarcelado en la Torre de Londres en febrero de 1672, aunque puesto en libertad al cabo de unas semanas. 

Downing, hombre avaro, traidor, servil e ingrato, hizo sin embargo valiosas contribuciones a la administración del Tesoro e introdujo importantes reformas en la política fiscal, basadas en cuanto había observado en Holanda. 

Fue él quien, tras haber amasado una fabulosa fortuna, adquirió el terreno sobre el que se levantó la calle que hoy lleva su nombre. Allí planeó la construcción de una hilera de casas, obra que se llevó a cabo entre 1682 y 1684. El arquitecto encargado del proyecto fue Sir Christopher Wren, pero no se trataba en esta ocasión de nada impresionante. Los edificios eran baratos, construidos sobre suelo blando y con pocos cimientos, como correspondía a la proverbial tacañería de Sir George, famosa en todo el reino. 

Christopher Wren

Downing moría pocos meses después de la finalización de la obra. Hoy un retrato suyo cuelga en el vestíbulo de entrada del famoso número 10, que es el resultado de dos casas unidas: una de las casas baratas de Downing y otro edificio mucho mayor, el que da a Horse Guards, y que fue el hogar de la condesa de Lichfield, hija natural de Carlos II. 

viernes, 17 de junio de 2011

Los gatos sagrados de los egipcios


El hallazgo de los restos de un gato junto a los de un humano en una tumba de Chipre induce a creer que la relación entre el hombre y el gato es mucho más antigua de lo que se pensaba, remontándose al séptimo milenio a. C. Antes de ese descubrimiento se creía que eran los egipcios quienes habían comenzado a domesticarlos durante la época de los faraones, en el tercer milenio a. C. 

Los antiguos egipcios los domesticaban como método eficaz para acabar con las ratas que entraban en sus graneros y proteger así sus cosechas. Por tanto, los gatos garantizaban el alimento durante todo el año. Admiraban su agilidad y su carácter dulce, misterioso y tranquilo, pero también su habilidad para matar alimañas, y especialmente las peligrosas cobras y los escorpiones. Más adelante se emplearon en las actividades de caza, sobre todo de aves, sustituyendo al perro en estas labores. Pronto les resultaron tan valiosos que llegaron a ser sagrados y adorados en todo Egipto. 

En el Libro Sagrado de los Muertos, los faraones asimilaban el gato al dios Ra. En el capítulo XVII, el dios dice: "Yo soy el gato cerca del cual se abrió el árbol Iched en Heliópolis la noche en que fueron destrozados los enemigos del Señor del Universo". 


La primera diosa gata de la que se tiene conocimiento es Madfet, que aparece matando una serpiente con sus garras. Una de las más famosas fue Bastet, también llamada Bast, a veces representada con cuerpo de mujer. Simboliza la fertilidad y la maternidad. Protegía, por tanto, a las mujeres, pero también a los niños, a la familia en general y a los gatos domésticos. Se encargaba de mantener alejadas las enfermedades y los malos espíritus; era la diosa del amanecer, de la música, la danza, el placer y la felicidad. A veces se la representaba con un instrumento musical, porque se creía que la diosa disfrutaba viendo a los mortales tocando y bailando en su honor y expresando la alegría de vivir. 


Bastet defendió al dios sol Ra, del que según algunas versiones era hija y esposa, contra los ataques de la serpiente Apofis, deidad del mal. Tuvo su propio templo en Bubastis, un lugar al que decenas de millares de egipcios acudían a rendirle culto. Los sacerdotes elegían un gato al que adoraban como si fuera la encarnación de la propia diosa. Una vez al año, en torno al 31 de octubre, se celebraba el festival de Bastet. Era una gran multitud la que peregrinaba entonces. Al atardecer una procesión transportaba la imagen de la diosa a la luz de las antorchas en una barca adornada con guirnaldas de flores. Había oraciones acompañadas de música e incienso, y después, cuando se llegaba a tierra, la gente cantaba, bebía vino y se entregaba al desenfreno de una fiesta que duraba hasta el amanecer. 


Su oponente era la diosa Sekhmet, con cabeza de león. Representaba la fuerza destructiva, y por tanto era la diosa de la guerra y de las plagas. Pero Ra consiguió domesticarla, se supone que emborrachándola, de modo que finalmente se convirtió en una poderosa protectora de los humanos. Las dos diosas juntas simbolizaban el equilibrio de las fuerzas de la naturaleza, pero Bastet, aunque habitualmente pacífica, era impredecible, y cuando se enojaba podía llegar a ser tan feroz como Sekhmet. 


El culto a Bastet se prohibió finalmente por decreto imperial hacia el año 390 a. C. El gato siguió siendo un animal de compañía, pero ya no se le adoraba en los templos. 

Los gatos, a los que los egipcios daban el onomatopéyico nombre de Miw o Mau, se convirtieron en mascotas queridas y apreciadas a partir del reinado de Tutmosis III. Aparecen entonces situados junto a sus amos, especialmente bajo el asiento que ocupa la mujer, como pretendiendo enfatizar la femineidad. Los objetos de uso cotidiano comenzaron a ser adornados con estos animales: brazaletes, pendientes amuletos para collares. Las mujeres se maquillaban mientras se contemplaban en espejos de mangos decorados con gatos, y los tarros del maquillaje llevaban con frecuencia la misma ornamentación. 


Se hacían numerosas estatuillas de bronce, la mayoría de ellas destinadas a santuarios o bien con propósitos funerarios. El primer hallazgo de una figura de gato apareció en la tumba de Ti en Saqqara. Data del 2563 a. C. Y el primer nombre de un gato del que se guarda registro, Bouhaki, fue tallado en la tumba de Hana, en la necrópolis de Tebas 

Su popularidad fue en aumento entre todas las clases sociales. Para los pobres era también tan importante que en tiempos de hambruna preferían morir antes que comer un gato. Muchos padres egipcios daban a sus hijos nombre de felino, especialmente a las niñas, de ahí que muchas se llamaran Mit o Miut. Eran tan queridos que la gente los cuidaba como si de sus propios niños se trataba, y cuando uno moría todos en la casa guardaban luto riguroso durante 70 días y se afeitaban las cejas en señal de duelo. Como animales reverenciados, eran momificados después de muertos, igual que un ser humano. Las familias más acaudaladas colocaban sobre la cabeza de la momia una máscara de bronce que representaba al animal fallecido y lo introducían en un sarcófago. Luego lo conducían al cementerio entre un cortejo de parientes y amigos que lloraban desconsoladamente y se rasgaban las vestiduras. A veces incluso contrataban plañideras que echaban tierra sobre sus cabellos y arremangaban sus túnicas dejando el pecho al aire para demostrar su dolor. Los más poderosos se hacían representar en su propia sepultura acompañados de su gato favorito. 


La estima por los gatos tuvo su reflejo en la ley: matar a uno de ellos estaba castigado con pena de muerte, y ni el propio faraón podía indultar al criminal. También había leyes que prohibían su exportación. Los mercaderes fenicios con frecuencia hacían contrabando de gatos y los vendían en países mediterráneos. Los egipcios llegaron a enviar ejércitos a tierras extranjeras para recuperarlos. 

Se cuenta que en una ocasión los egipcios se rindieron a los persas a causa de los gatos. Un general persa, conocedor del gran amor y reverencia con el que el enemigo trataba a sus gatos, ordenó a sus soldados que capturaran la mayor cantidad posible. Cuando tuvieron suficientes se presentaron de nuevo para el combate utilizando a los gatos como escudos. Los egipcios se horrorizaron al ver a los animales sobre el campo de batalla. Antes que arriesgarse a lastimarlos, prefirieron rendir la ciudad de Pelusium. 

Otro ejemplo del trato especial que daban a sus gatos nos lo proporciona Herodoto cuando relata que "al declararse un incendio, es sorprendente lo que sucede. La gente se mantiene a cierta distancia cuidando a los gatos y sin preocuparse de apagar el fuego”. 

Una gata célebre fue la del príncipe Tutmosis, hijo de Amenhotep III. Tamit fue momificada con los más altos honores y en su sarcófago se grabaron los dioses Isis, Neftis y los cuatro hijos de Horus. El sarcófago se encuentra actualmente en el Museo de El Cairo. 


Sin embargo, los gatos que vivían en los templos no gozaban de la misma suerte. Cada templo poseía los suyos, todos bajo el cuidado del Guardián de los Gatos, un puesto muy importante y que se transmitía de padres a hijos. Los animales vivían en jaulas de madera hasta que les llegaba el momento de ser sacrificados. Un examen de 55 gatos momificados demostró que varios de ellos tenían el cuello roto, lo que parece indicar que, pese a estar tan protegidos por la ley, los sacerdotes del templo podrían matarlos y utilizarlos luego como ofrendas a Bast. 

domingo, 12 de junio de 2011

Los Estuardo de Inglaterra

Carlos I de Inglaterra

Carlos I fue seguramente uno de los monarcas más desdichados, y su triste destino uno de los más conocidos. Enfrentado a las fuerzas del Parlamento, el rey de Inglaterra se vio inmerso en una guerra civil que le costó su trono. Fue apresado y sometido a un proceso por alta traición que terminaría con su decapitación el 30 de enero de 1649. 

La monarquía fue abolida. El príncipe de Gales, que hubiera sido el sucesor en otras circunstancias, hubo de luchar durante once años por recuperar el trono y convertirse en Carlos II. Tenía 18 años cuando su padre fue ejecutado. Desde hacía tres ya sabía lo que era combatir en batalla. La muerte del rey convirtió al joven Carlos en un príncipe errante que recorría Europa en busca de apoyo a su causa y mendigaba subsidios de corte en corte. 

Carlos II

El 29 de mayo de 1660 se produjo la Restauración y pudo al fin ocupar el trono de su padre. Pronto se le conoció como The Merry Monarch (el monarca feliz), más por su propio carácter alegre que por otra cosa, porque es de destacar que durante su reinado se produjeron dos de las grandes catástrofes de la historia de Inglaterra: la Gran Plaga de peste bubónica y el incendio que destruyó Londres en septiembre de 1666. 

Contrariamente a la mayoría de sus antepasados, murió tranquilamente en su lecho, a consecuencia de una enfermedad renal. No dejaba descendencia legítima, de modo que fue su hermano Jacobo quien heredó la corona. 

Jacobo II había ostentado hasta entonces el título de duque de York. Su infancia tampoco había sido fácil. Al estar en Oxford cuando la ciudad fue sitiada, fue capturado por el ejército enemigo y enviado a Londres como prisionero. Allí se reunió con su hermana Isabel y su hermano Enrique, también cautivos. Isabel no iba a vivir mucho tiempo más, pues fallecería durante su cautiverio, con tan sólo 14 años. Enrique alcanzó la edad de 20. Murió tres meses después de que Carlos hubiera recuperado el trono. La misma epidemia se llevaba al poco tiempo a su hermana María. 

Jacobo II

Jacobo logró escapar. Tenía quince años, suficientes para urdir algún plan con cierta astucia. Solía unirse a sus hermanos menores para jugar al escondite, y esto le sugirió un ardid. Comenzó a buscar los lugares más recónditos, donde no pudiera ser encontrado, y cuando se ocultaba en uno de ellos permanecía allí durante mucho tiempo, hasta que sus compañeros se rendían. De este modo fue acostumbrando tanto a los niños como a sus vigilantes al hecho de permanecer largo tiempo fuera de la vista, y así, cuando finalmente desapareciera de veras, su ausencia no llamaría la atención hasta pasado un buen tiempo desde que hubiera iniciado la fuga. 

Jacobo tenía un perrito. Cuando llegó el día señalado para su huida, lo encerró en su habitación para impedir que le siguiera y aumentar con ello la probabilidad de ser reconocido. Luego comenzó a jugar al escondite con sus hermanos y demás niños que había en palacio. Pero en vez de esconderse abandonó sigilosamente el lugar en compañía de un amigo llamado Banfield. Salió por la parte trasera, por un lugar que se abría a un extenso parque. Después de cruzarlo, se precipitaron hacia Londres, y luego siguieron el curso del río Támesis hacia Gravesend, un puerto cerca de la desembocadura del río, donde intentaron embarcar para Holanda. Habían tomado la precaución de disfrazarse. Jacobo llevaba una peluca que cambiaba el color y el aspecto de su cabello y parecía darle una expresión completamente nueva a su rostro. Mudó su ropa, también, por otra que no estaba acostumbrado a llevar. 

El plan tuvo éxito. Consiguieron atravesar el país sin ser detectados, llegaron a Gravesend y se embarcaron para navegar hacia Holanda, donde se reunió con el Príncipe de Orange y mandó mensaje a su madre, por entonces refugiada en Francia, de que había llegado sano y salvo. 

Árbol genealógico de los Estuardo ingleses

La reina Enriqueta María se encontraba en París con la menor de sus hijas, viviendo de la caridad de Francia y pasando tales estrecheces que durante los días más crudos del invierno se metían en el lecho como único medio para protegerse del frío, porque no tenían para leña. El cardenal de Retz las visitó en enero de 1649 y nos dejó escritas las siguientes palabras: “La posteridad apenas podrá creer que una reina de Inglaterra y una nieta de Enrique IV carezcan de leña en enero en el Louvre”. La princesa Minette se casó después con el hermano de Luis XIV. Fue un matrimonio muy desdichado que, de todos modos, no hubo de padecer mucho tiempo, porque fallecía con sólo 26 años. Según múltiples testimonios que han llegado hasta nosotros, fueron muchos quienes en la corte de Francia se mostraron convencidos de que había sido envenenada. 

Cuando Jacobo II alcanzó el trono hacía tiempo que había cometido la grave imprudencia de abrazar públicamente la religión católica. Su hermano Carlos, más prudente, había esperado al momento de la muerte para convertirse, consciente de los muchos problemas que le hubiera traído hacerlo antes. De hecho, le disgustó la decisión de Jacobo, y para paliar el desastre ordenó que las hijas de éste fueran educadas como protestantes. Sin embargo permitió que su hermano contrajera un segundo matrimonio con la católica María de Módena, lo que resultó sumamente impopular. 

María y Guillermo

Para contrarrestar la opinión negativa de los ingleses, Jacobo casó a su hija María con el protestante Guillermo III de Orange, pero no sirvió de mucho. En Inglaterra ya habían comenzado las tentativas por excluirle de la línea de sucesión. Se llegó a proponer que la Corona pasara al duque de Monmouth un hijo ilegítimo de Carlos II. 

Una vez en el trono, Jacobo tuvo que hacer frente a la rebelión liderada por Monmouth. Logró controlar la situación, pero no tardó en volver a tener problemas. Los protestantes no se conformaban y llamaron a Guillermo de Orange, al que ofrecieron el trono. Guillermo llegó al frente de un ejército y Jacobo se vio obligado a refugiarse en Francia. Su hija y su yerno aceptaron la corona sin vacilar. 

La reina Ana

Jacobo falleció sin haber recuperado nunca el trono. Su hija María murió sin sucesión. A la muerte de Guillermo reinó la otra hija de Jacobo, la reina Ana, quien a pesar de haber tenido 17 embarazos fue igualmente incapaz de dejar un sucesor. Con ella terminó la dinastía de los Estuardo. 

Jacobo II había tenido un hijo de su segundo matrimonio. Conocido como el Caballero de San Jorge y como el Viejo Pretendiente, a la muerte de su padre fue reconocido por Francia y España como Jacobo III de Inglaterra y VIII de Escocia, pero pese a la negativa de los jacobitas a reconocer como soberanos a Guillermo y María, lo cierto es que el caballero de San Jorge nunca pudo sentarse en el trono. 

Jacobo Estuardo, el Viejo Pretendiente

Tampoco lo logró su hijo Carlos Eduardo Estuardo, el Joven Pretendiente, también llamado Bonnie Prince Charlie

El 16 de abril de 1746, tras la batalla de Culloden, la más romántica de las causas perdidas se dormía para siempre.

Bonnie Prince Charlie

sábado, 11 de junio de 2011

Reparto de premios


Monsieur Juan, desde el meritorio blog de Historia MedievalQuiz, ha tenido a bien compartir también este galardón que le ha sido otorgado. Monsieur es un recién llegado por aquí, pero la calidad de su trabajo pronto le ganará muchísimos visitantes y seguidores.

Muchas gracias por tener en cuenta este blog.

En vista de que todos se están mostrando tan generosos, esta vez voy a publicar yo también mi propia lista de galardonados. He decidido compartir mi premio con los siguientes blogs, mencionados por el orden aleatorio en que los he ido encontrando en mi blogroll y tras descartar aquellos a los que me consta que ya les ha sido otorgado previamente:


















Sirva este galardón como reconocimiento a su labor y como agradecimiento por la atención que siempre prestan a esta página, sus visitas y sus valiosos comentarios y aportaciones.

Sunshine Award


Tres personas se han acordado de este blog a la hora de repartir los premios Sunshine Award. Muchísimas gracias por su gentileza.

Monsieur Cayetano, de La tinaja de Diógenes


Monsieur Manuel, de Docmanuel

Es un honor recibir el galardón por partida triple. Muchas gracias a los tres.

Temo que en estas últimas semanas no he estado muy pendiente, por lo que dejé pasar más de un aviso que me habían dejado sobre otros regalos que algunos de ustedes tuvieron la generosidad de hacerme. Les pido disculpas por ello. Espero poder dedicarles más tiempo en estas próximas semanas.

viernes, 10 de junio de 2011

La mala estrella de los Estuardo

Jacobo II de Escocia

El asesinato de Jacobo I de Escocia fue tan dramático que podría parecer que la historia de sus sucesores sería más fácil en comparación con la suya. Nada más lejos de la realidad. Si hacemos un repaso de las biografías de los siguientes monarcas de la dinastía Estuardo, encontramos que todos ellos compartieron un destino maldito. 

Jacobo II, apodado Cara Feroz por el inquietante aspecto que daba a su rostro una marca de nacimiento, heredó el trono con sólo seis años de edad, tras el asesinato de su padre. Fue capaz de descubrir y abortar una conjura de los Douglas, pero, aunque se libró de esa amenaza, ocho años más tarde tendría igualmente una de esas muertes violentas tan características de la familia.

Podríamos decir, y no sólo en sentido figurado, que Jacobo era una de esas personas a las que les salió el tiro por la culata. En agosto de 1460 sitiaba el castillo de Roxburgh, en poder de los ingleses. Se encontraba imprudentemente al pie de un cañón que explotó al ser disparado. La explosión le destrozó la pierna derecha, y la hemorragia que le causó el accidente segó su vida. No había llegado a cumplir 30 años. 

Jacobo III

Una semana más tarde era coronado su hijo, Jacobo III, quien sólo contaba nueve años. El reinado de este tercer Jacobo fue cualquier cosa menos feliz. En 1482 Eduardo IV de Inglaterra lanzó una invasión al mando del duque de Gloucester, futuro Ricardo III. El rey de Escocia intentó reunir a los suyos para organizar la defensa, pero fue entonces arrestado por un grupo de sus propios nobles y encarcelado en el castillo de Edimburgo. Aunque recuperó el poder al cabo de tres meses, su gobierno continuó siendo tan desastroso que seis años más tarde hubo de hacer frente de nuevo a un ejército armado por sus opositores. Tenía 36 años cuando fue derrotado en la batalla de Sauchieburn, donde encontró la muerte

Muchos afirman que, aunque herido, había logrado escapar con vida y fue trasladado a un molino cercano. Leyenda o realidad, según esta versión allí las gentes le preguntaron quién era, y él respondió: 

—Esta mañana yo era vuestro rey. 

La esposa del molinero salió corriendo a llamar a un sacerdote. Apareció un hombre que se hizo pasar por tal y se aproximó al rey para preguntarle si sus heridas eran mortales. Jacobo replicó que no, pero que deseaba confesar sus pecados y recibir el perdón. Entonces el desconocido lo apuñaló diciendo: 

—Esto te dará el perdón. 

Luego escapó sin que nadie pudiera identificarlo. 

Jacobo IV

El sucesor, Jacobo IV, pese a tener tan sólo 15 años había participado en la conspiración para destronar a su padre, aunque no tuvo parte alguna en su muerte. La condición que Jacobo había puesto para apoyar las reclamaciones de los rebeldes fue la de que su padre no sufriera ningún daño. Ello no impidió que su trágico destino le pesara en la conciencia. Jacobo mortificaba su cuerpo con una cadena de hierro que siempre llevaba en torno a su cintura, y a la que añadía más peso cada día en que se cumplía un nuevo aniversario de la muerte del rey. 

Jacobo IV fue un monarca progresista, y tan capaz como inepto había sido el anterior, pero no tuvo mejor suerte. Estaba profundamente enamorado de Margaret Drummond, con la que pretendía casarse, aunque las razones de Estado hacían conveniente que tomara por esposa a Margarita Tudor, hermana de Enrique VIII. El rey se mostraba reacio a la idea de apartarse de su amada, así que alguien encontró la solución para zanjar de raíz el problema. Un mal día Margaret Drummond y sus dos hermanas eran encontradas muertas. Habían sido envenenadas

Él nunca la olvidó. Sobre esas premisas su matrimonio con la princesa de Inglaterra estaba abocado al fracaso. Se trató, además, de un sacrificio inútil, puesto que ni siquiera sirvió para alcanzar la paz duradera entre ambos reinos. Diez años más tarde estallaba de nuevo la guerra, con consecuencias trágicas para Jacobo. En 1513 el rey de Escocia era derrotado en la batalla de Flodden, donde perdía la vida. 

Jacobo V

Su hijo, Jacobo V, tenía un año de edad. La viuda volvió a casarse, esta vez con Archibald Douglas, conde de Angus. Archibald se apoderó del niño y lo retuvo prisionero en el palacio de Falkland hasta que cumplió 14 años. Entonces el rey logró escapar disfrazado de caballerizo y cabalgar en la noche hasta alcanzar el castillo de Edimburgo. 

En guerra con los ingleses, Jacobo V sufrió una contundente derrota en la batalla de Solway Moss. Enfermo, se dejó ganar por la desesperación al creer su reino perdido. Sólo tenía 30 años, pero ya no se recuperaría de su enfermedad. Estando en su lecho de muerte le comunicaron la noticia del nacimiento de su hija, María Estuardo, el 6 de diciembre de 1542. Saber que no había sido el heredero varón que esperaba, aumentó su pesimismo. 

—Todo comenzó con una mujer y terminará con una mujer —profetizó abatido. 

María Estuardo

La dinastía, en efecto, había comenzado con Marjorie, hija de Robert the Bruce. Curiosamente, aunque la profecía acerca del final de los Estuardo no se cumpliría en la hija de Jacobo, sí lo acabaría haciendo con otra mujer. 

No nos detendremos en el trágico destino de María, sobradamente conocido. La reina de Escocia terminó en el cadalso tras un reinado marcado por el crimen y largos años de cautiverio. Su propio esposo, también un Estuardo, había sido asesinado cuando contaba tan sólo 21 años. 

Jacobo VI de Escocia y I de Inglaterra

Su hijo, Jacobo VI, fue tal vez el único que se libró de la maldición que parecía perseguir a su familia. Era un Estuardo diferente al resto. No era hermoso con su acusado prognatismo y su lengua demasiado larga, era muy sucio y carecía por completo del encanto y refinamiento tan habitual entre sus parientes. Jacobo se había convertido en rey poco después de cumplir un año de edad, al ser su madre obligada a abdicar. De él se dice que sobrevivió a varias crisis gracias a que era un maestro consumado en el arte del engaño. 

Puesto que la reina Isabel de Inglaterra no tuvo hijos, él, como descendiente de Margarita Tudor, se convirtió en su sucesor. En 1603, contando el rey de Escocia 36, veía colmada su gran ambición al ser coronado como Jacobo I de Inglaterra. De ese modo traslada la Corte a Londres y se instala allí de modo permanente. 

Durante su reinado tuvo lugar la Conspiración de la Pólvora. Un grupo de fanáticos católicos decidieron volar el Parlamento. Si tenían éxito, matarían al rey, la reina y las más notables personalidades del reino. Además planeaban capturar a los dos hijos menores de Jacobo, Isabel y Carlos, y declarar a alguno de ellos como sucesor. Pero eran tantos los conjurados que fue inevitable que acabara por haber filtraciones. Los planes llegaron a oídos del Parlamento y el intento fue abortado. El plan enfureció singularmente a Jacobo, que sentía un terror especial hacia la pólvora desde que tuvo conocimiento de las circunstancias que rodearon la muerte de su padre, Lord Darnley. El castigo para los culpables fue, desde luego, ejemplar. 

El rey murió en 1625. Los médicos consideraban que la enfermedad que le aquejaba no era mortal, pero él desoyó sus recomendaciones y bebió grandes cantidades de cerveza fría. No dejó que los médicos le atendieran por miedo a que le causaran dolor. En realidad Jacobo tenía miedo a todo y desconfiaba de todo el mundo. Una de las obsesiones que lo dominaban era el temor a ser asesinado. Parece que finalmente, tras un año de mala salud, falleció a consecuencia de un violento ataque de disentería. Sin embargo, y aunque nunca pudo ser demostrado, se habló de veneno.


El próximo día continuaremos con los Estuardo ingleses.


martes, 7 de junio de 2011

El asesinato de Jacobo I


Una fría noche de febrero de 1437 el rey se encontraba en sus aposentos de la abadía de Perth, donde se alojaba con su esposa. Jacobo había pasado la tarde jugando al ajedrez sin sospechar que aquella sería su última partida. 

Hacia las nueve de la noche se sirvió la cena, tras lo cual la mayoría de sus asistentes se retiraron. El rey se hallaba en compañía de la reina y sus damas, confortándose ante el fuego encendido del hogar y entregado a juegos y pasatiempos antes de acostarse. Escuchaban música, cantaban y leían poemas con alegre despreocupación. Después, llegada la medianoche, Jacobo pidió que le sirvieran una última copa antes de dirigirse a la alcoba. Allí aguardaba ya la reina, entretenida en conversación con sus damas. 

De pronto se oyó un gran tumulto de hombres armados que se aproximaban por el corredor entre un frenético revoloteo de antorchas. Presas de la alarma, la reina y otras damas corrieron hacia la puerta con la intención de atrancarla, pero los cerrojos estaban tan destrozados que ya no servían a su propósito. Era evidente que lo que estaba a punto de suceder había sido minuciosamente planeado. 

Al amparo de las tinieblas, los conjurados habían utilizado tablones de madera para cruzar el foso que rodeaba el monasterio. Una vez en el interior, se abrieron paso armados con espadas y hachas, atacando a todo aquel que encontraban en su camino. Catherine Douglas, una de las damas de la reina, trató heroicamente de contener la puerta, pero los asesinos forzaron su entrada rompiéndole el brazo. El lugar se llenó de gritos y carreras, de damas intentando escapar a tanto horror. 


Encontraron a la reina tan asustada que no lograba articular palabra. Juana no había sido capaz ni siquiera de intentar la huida; no podía moverse. Uno de aquellos hombres se abalanzó sobre ella y la hirió. Seguramente le hubieran dado muerte allí mismo si otro de ellos no lo hubiera impedido. 

—¡Dejad a la reina! —lo increpó— ¿No os da vergüenza? Sólo es una mujer. ¡Vamos a por el rey! 

Pero no lograban encontrar a Jacobo. Lo buscaron por todas partes; registraron cada rincón sin hallar rastro de él. Ignoraban que se había refugiado en las cloacas que daban a la cancha del juego de palma. Ayudándose del atizador de la chimenea, había levantado un tablón del suelo de la cámara que hacía de retrete. Sin embargo, el rey no pudo escapar por aquel camino, porque encontró la salida cegada. Irónicamente él mismo lo había ordenado así tres días antes, para evitar que se perdieran las pelotas que tan frecuentemente caían allí. 

Al no dar con él, sus perseguidores abandonaron aquellos aposentos para buscarlo en otras partes del edificio, por lo que al cabo de un tiempo los ruidos cesaron y Jacobo se creyó a salvo. Llamó a sus sirvientes para que lo ayudaran a salir. Éstos acudieron presurosos y abrieron la trampilla en el suelo, pero la precipitación no fue buena consejera. Estaban a punto de rescatarlo cuando los conspiradores escucharon el revuelo. Uno de ellos recordó la existencia de aquella cámara y regresó con los otros hacia allá. El tablón roto en el suelo y medio levantado hablaba por sí mismo y decía claramente que no necesitaban seguir buscando. Iluminaron el subterráneo con una antorcha y, en efecto, la luz reveló la presencia de la presa que con tanto afán perseguían. 


Uno de los conjurados, Sir John Hall, descendió con un enorme cuchillo en la mano. El rey se mostró dispuesto a vender cara su vida; lo agarró por los hombros y lo derribó con gran violencia, pues Jacobo era hombre alto y aún vigoroso a sus 42 años. Otro de ellos bajó entonces sin más éxito que el primero: el rey lo aferró por el cuello y lo redujo con la misma facilidad. 

Si hubiera resistido un poco más de tiempo sin delatar su presencia en las cloacas, el rey habría salvado la vida, porque los servidores ya habían conseguido dar la alarma y eran muchas las gentes de Perth dispuestas a acudir en su auxilio. Pero la suerte que tan frecuentemente le había sido adversa desde su infancia, volvía a mostrarse esquiva en un momento crucial. No podía luchar contra todos. Robert Graham, viéndolo debilitado tras el combate con sus dos adversarios, lo supo a su merced y, exultante, descendió él también. Jacobo sabía que no tendría la menor posibilidad de salir de allí con vida. Lo único que cabía en ese momento desesperado era pedir una clemencia que, naturalmente, le fue negada. 

—Tú, cruel tirano —respondió Graham—, tú no has tenido nunca piedad de los señores de tu sangre ni de ningún otro señor, así que no encontrarás ahora ninguna para ti. 

—Dejadme entonces confesar, por la salvación de mi alma. 

—Esta espada será el único confesor que tengas —replicó Graham, y a continuación lo atravesó con ella. 

Los asesinos se arrojaron entonces sobre el indefenso rey de Escocia, al que asestaron 16 puñaladas antes de darse a la fuga. 


Sir Robert Graham tenía razones personales para proceder contra Jacobo. El rey había confiscado las tierras de su sobrino, al que había encarcelado. Graham lo había denunciado entonces como tirano ante el Parlamento, osadía que le valió el destierro. 

Pero en realidad el conflicto que había originado la conjura era más antiguo y poco o nada tenía que ver con el rey. Jacobo I era asesinado a consecuencia de una conspiración nobiliaria que tenía por causa la dudosa validez del primer matrimonio de su abuelo, Roberto II. Los descendientes de ambas esposas de Roberto disputaban sobre cuál tenía mejor derecho a heredar el trono. Jacobo descendía de esa irregular primera unión, por lo que la cuestión de la legitimidad de su gobierno siempre había estado presente como un veneno que iba carcomiendo los cimientos de su poder. Ahora llegaba a ser suficientemente letal para desembocar en una rebelión abierta. Los partidarios del tío de Jacobo, Lord Walter de Atholl, hijo del segundo matrimonio, planearon dar muerte al rey y poner en su lugar al nieto de Atholl. 

La reina a punto había estado de perecer con su esposo aquella negra noche, pero a pesar de haber resultado herida en el ataque, logró huir hacia Edimburgo, alcanzar el castillo y poner a salvo a sus hijos. 

Los asesinos habían hecho mal sus cálculos. Ahora se encontraban sin apoyos y con una reina vengadora que se mostró implacable. Asumida la regencia por Juana, organizó la persecución con insospechada energía, demostrando que por sus venas corría la sangre de Eduardo I, El Martillo de los Escoceses. Los conspiradores pronto fueron detenidos y ejecutados. Ella, hasta entonces siempre tan inclinada a la clemencia, no mostró ni asomo de piedad con los asesinos de su esposo, ni tuvo reposo hasta haberlos castigado a todos. 


Sir Robert Graham fue encontrado encogido tras una roca que hoy lleva el nombre de Graham’s Rock. Fue capturado por el jefe del clan Donnachaidh, conducido por las calles de Edimburgo en un carro, desnudo, con la mano derecha clavada a un poste y rodeado de hombres que laceraban su cuerpo con cuchillos afilados, ganchos y hierros al rojo vivo. Al día siguiente lo obligaron a contemplar cómo su hijo era destripado vivo y descuartizado antes de sufrir el mismo destino. 

Con la muerte del rey, el trono quedaba en manos de su heredero, un niño de sólo seis años que reinaría como Jacobo II.