lunes, 30 de mayo de 2011

Lord Darnley

Enrique Estuardo, Lord Darnley

Enrique Estuardo, Lord Darnley, era el mayor de los dos hijos del conde de Lennox. Su madre fue fruto del matrimonio de Margarita Tudor, hermana de Enrique VIII, con Archibald Douglas, conde de Angus. Fue Angus su segundo esposo, tras enviudar Margarita del rey Jacobo IV de Escocia. Todo ello convierte a Darnley en bisnieto de Enrique VII

En su juventud Lennox se había visto obligado a refugiarse en la corte inglesa a causa de la animadversión de la facción de los Hamilton, con quienes se había peleado por la regencia de Escocia durante los primeros años de vida de María Estuardo. Allí se casó y permaneció durante muchos años, debido a lo cual su hijo nació en Temple Newsam, Yorkshire, el 7 de diciembre de 1545. Darnley fue así educado en Inglaterra, donde recibió una excelente formación. Su madre, Margarita Douglas, alentaba grandes ambiciones con respecto a él. De hecho, esperaba que llegara a ser rey de Inglaterra a la muerte de Isabel. 

La reina Isabel veía en esa familia una pieza útil en su política con respecto a Escocia. En aquel tiempo el primer objetivo de esa política era ocuparse del matrimonio de María Estuardo. Isabel quería impedir a toda costa que la reina de Escocia, viuda de Francisco II de Francia, volviera a casarse, porque cualquier alianza que concertara podría significar una amenaza para ella. Sin embargo, públicamente ocultaba sus intenciones fingiendo ayudarla a encontrar un candidato adecuado. 

Isabel I de Inglaterra

Entre los propuestos a la reina de Escocia como dignos de aspirar a su mano se encontraba Lord Darnley. María había deseado durante mucho tiempo ganarse la voluntad de la familia del conde de Lennox, así que prestó oídos a la propuesta. 

Darnley y su padre obtuvieron permiso para visitar Escocia en febrero de 1565. Enrique era un jovencito de 19 años, y María se mostró más que gratamente impresionada por su apostura y sus modales galantes. Se cegó con su encanto superficial, su porte y sus dotes de gran bailarín, sin advertir que se trataba también de un muchacho caprichoso, egoísta, presumido y arrogante. A pesar de que Lord Darnley no resultaba del agrado de la mayoría de sus nobles, impulsivamente tomó la decisión de concederle su mano. Se han querido ver también motivos políticos en su decisión, según los cuales María habría considerado que los derechos de Enrique al trono inglés reforzaban los suyos propios, pero no parece que estas consideraciones pesaran más en su ánimo que las cualidades galantes del novio. 

Isabel montó en cólera al enterarse y envió un mensajero exigiendo el regreso inmediato de Lord Darnley. A este respecto la opinión de los biógrafos está dividida. Mientras unos opinan que la reina de Inglaterra no había calculado que su rival tomase seriamente en consideración a Darnley, otros creen que todo fue un plan deliberado suyo para así alejar la posibilidad de que Escocia se aliase con alguna gran potencia europea. En cualquier caso, Isabel castigó la desobediencia de Enrique apoderándose de las tierras de su padre y encarcelando a su madre y a su hermano Carlos, que se habían quedado en Londres. 

Lord Darnley con su hermano menor, Carlos Estuardo

Para que el matrimonio pudiera llevarse a cabo fue precisa la aprobación de la mayoría de la nobleza de Escocia, además de obtener la pertinente licencia de Roma, dispensando el grado de parentesco entre los contrayentes. Vencidos finalmente todos los obstáculos, se llevó a cabo la ceremonia el 29 de julio de 1565 en el palacio de Holyrood. Al día siguiente eran públicamente proclamados como Enrique y María, Reyes de Escocia. 

María estaba profundamente enamorada. Si había visto los defectos y debilidades de su joven esposo, probablemente pensó que todo se iría moderando bajo su propia influencia. De hecho, Darnley ya había cometido varios errores. Uno de ellos fue la insolencia con la que comenzó a asumir su papel de rey antes incluso de serlo, lo que disgustó a buena parte de la nobleza. Por si fuera poco, fue lo bastante insensato para unirse a la facción que se oponía al conde de Moray, el hermanastro de María y líder de los reformados escoceses, cuya buena voluntad le hubiera sido imprescindible cultivar. Pero Enrique fue más lejos aún: en una ocasión delató su temperamento violento al amenazar con su daga al caballero que había sido enviado a comunicarle que su esposa, para congraciarse con la reina de Inglaterra, deseaba demorar por un tiempo su nombramiento como duque de Albany, un título real que ella había decidido concederle poco después de su matrimonio. 

Jacobo Estuardo, conde de Moray, hermanastro de María Estuardo

La unión no gustó a los nobles protestantes, que veían en ello un triunfo católico. Pronto estalló una guerra civil en Escocia, iniciada a instigación de Isabel, si bien no pasó de ser una rebelión de escasa entidad al no desear la reina de Inglaterra apoyarla de modo abierto. Fue fácilmente sofocada por María, lo que procuró un triunfo a Darnley sobre la Casa de Hamilton, los antiguos enemigos de su familia. Cuando el duque de Chatelherault, que se encontraba entre los descontentos, suplicó el perdón, Enrique se opuso con furiosa vehemencia y logró imponer su voluntad sobre la de su esposa, obligando al duque a exiliarse en Francia. 

La condescendencia de María tanto en este como en otros asuntos sólo servía para aumentar cada vez más deseo de poder de él. Apenas llevaban casados tres meses cuando exigió la Corona Matrimonial, que según la ley escocesa le concedía un grado de autoridad en términos de igualdad con el de la reina titular y le garantizaba el trono en el caso de que la esposa falleciera. Incluso hubiera podido transmitir la corona a los hijos de otro matrimonio posterior. Su exigencia se debía a que en su momento el Parlamento escocés había ofrecido la Corona Matrimonial al primer esposo de María, el rey Francisco II de Francia. La Corona iba a ser enviada a París para que se guardara en la Abadía de Saint-Denis, pero estos planes nunca llegaron a materializarse debido a la oposición de los poderosos Hamilton, que se unieron a los protestantes para impedirlo. Ahora Darnley reclamaba lo mismo que le había sido ofrecido al anterior esposo. 

María Estuardo

No estaba en manos de María concederle la petición. Debía solicitar el permiso del Parlamento, y no era muy prudente ni pertinente hacerlo en aquellos momentos. Además, para entonces seguramente ya se había dado perfecta cuenta de que sería una insensatez depositar tanto poder en manos de un muchacho con tan poco juicio. Enrique encajó muy mal la negativa. Comenzaron entonces las peleas domésticas; descuidaba a su esposa, evitaba su compañía y se entregaba a desenfrenadas diversiones. 

Durante siete meses la pasión inicial de la reina se fue tornando en desprecio al percatarse de la magnitud de su error en la elección de esposo.


Continuará

sábado, 28 de mayo de 2011

La Gran Dama del Laberinto


Los pueblos neolíticos eran adoradores de diosas. Creían que la Gran Madre había dado origen al mundo, a los dioses, a los demonios y a las razas de la humanidad. 

En Creta había tres formas destacadas de la madre diosa: la diosa serpiente, la diosa paloma y la “dama de las criaturas salvajes”. Como señora de las serpientes estaría asociada al mundo subterráneo, mientras que los animales salvajes son símbolo de su dominio sobre la tierra, y las palomas sobre los cielos. 

La representaron vestida con un traje de volantes ceñido por un cinturón y con el busto desnudo, aunque se ha sugerido que tal vez esas figuras no representan a la diosa de modo directo, sino a sacerdotisas que eran imagen viviente de la misma, o incluso a la reina vestida con los atributos propios de la divinidad. A veces aparece de pie sobre la cima de una montaña, guardada por dos grandes leones, y otras veces se sienta entre árboles y plantas. Entre los símbolos a ella asociados están los cuernos del toro, el hacha doble, el pilar sagrado, la luna creciente y un bastón o vara. 


Al parecer era una diosa de la muerte, de la batalla, de la fertilidad y de la caza. Le hacían ofrendas en una cueva de la montaña donde se suponía que habitaba. Al principio no fue necesariamente una personalidad agradable o atractiva. Fue pintada por Fidias como una madre benigna de gran ternura y belleza, pero lo cierto es que la madre original era adorada porque era temida. Ella era el Destino que medía las vidas de los hombres, la que enviaba tanto desastres como bendiciones. Permanecía como la madre que era el antepasado de todo y la fuente del bien y del mal, de la suerte y la desgracia. Se enorgullecía de su poder destructor y era insensible a las emociones. Además era de "alegre voluptuosidad", como Ishtar en Babilonia, que era la amante de Gilgamesh a una hora y la de su enemigo implacable a la siguiente. 

A la diosa madre de la vieja Europa se la recordaba como devoradora de niños. Inspiraba terror entre el pueblo. En las zonas aisladas a las que no llegó el idealismo griego, su recuerdo se perpetuó como una bruja repulsiva y sedienta de sangre que aterrorizaba a la gente y exigía pagos anuales de víctimas humanas y animales. Estaba asociada con la adoración a piedras, árboles, animales salvajes, pozos y ríos, montañas y montes. Los cazadores se aprovechaban de sus rebaños y a cambio tenían que favorecerla. Los pastores le hacían ofrendas para asegurarse la provisión de pasto, y los agricultores la reconocían como madre de los espíritus del grano. 

Palacio de Cnossos

En su honor se sacrificaban toros y se hacían libaciones con su sangre en el altar, adornado con cuernos de los animales sacrificados. Las ceremonias tenían lugar en los recintos sagrados: cuevas, templos o palacios donde las sacerdotisas hacían ofrendas de frutas y flores y ejecutaban danzas desenfrenadas. En el palacio de Cnossos había una sala en la que se bailaba una compleja danza llamada del laberinto, con los pasos dibujados en el suelo. Esta danza era parte del ritual de la diosa, que también era llamada la Gran Dama del Laberinto. La palabra laberinto significa "Casa del Labrys", es decir, del doble hacha, y en su origen se refería al palacio de Cnossos. 

En Creta la diosa existía desde antes de que los primitivos habitantes comenzaran a tallar imágenes de ella en gemas y sellos o a pintarla en frescos. Simbolizaba a la isla y a su vida social y organización. 

Es posible que la importancia dada en la vida religiosa al principio femenino ocasionara que las mujeres tuvieran en esa sociedad mayor estima que entre los pueblos de culto a divinidades masculinas. Sin embargo, aunque el culto a la deidad femenina sugiere la existencia de un matriarcado, era un rey quien gobernaba. En realidad había un cierto equilibrio entre ambos sexos. Por ejemplo, aparecen representados hombres y mujeres que se enfrentan por igual al toro y realizan las mismas acrobacias. 


En la cultura minoica el gobernante, Minos, era al mismo tiempo juez y sacerdote que servía a la Gran Diosa Madre, de la cual dependía. A veces presidía el culto investido con una cabeza de toro disecada, relacionada con el mito del Minotauro: junto a la veneración a la diosa aparece el culto a un dios que bajo forma animal es el dios-toro, el Minotauro, símbolo de fertilidad masculina, y cuando adopta forma humana es llamado Minos. 



Bibliografía: 
Creta y el prehelénico europeo – Donald A. MacKenzie 
Los Egeos – Celestina Milani 

jueves, 26 de mayo de 2011

Un relato diferente

Hoy es el cumpleaños de uno de mis escritores favoritos, y para celebrarlo dejo aparcada la Historia por hoy para mostrar uno de sus relatos:

Pañon, pañon, pañon!! Tussss, tusss, tusss!!! pffiiis, pffiiuuu... Los días de lluvia como los que estamos viendo, nos llevan a la melancolía y al recuerdo, apostados junto a la ventana, de aquellos tiempos de la niñez en los que el paraguas no era sólo un objeto para protegernos de la lluvia. El paraguas era una escopeta. Os contaré algo que he mantenido en secreto durante muchos años y que, ya transcurrido el tiempo, creo que lo puedo contar. 


Yo era de los que, hasta la llegada de mi hermano, jugaba solo a todo. De esos que colocaban los muñecos de los indios y los vaqueros por la casa, por el comedor, y se montaban la película en solitario. Colocando el sofá estratégicamente, pareciera un puesto sobre el que controlar un imaginario desfiladero, desde el que atacar a los vaqueros, al Séptimo de caballería o a cualquiera que quisiera perturbar la paz de mi tribu. Con mi paraguas de punta a modo de rifle, atornillaba a los enemigos. Tañon, tañon, tañon!


Una tarde, tenía colocados mis indios y mis vaqueros, cuidando de que los caballos se mantuvieran de pie, ya que la mayoría venían cojos, o tenían las piernas demasiado dobladas de otras peleas, cuando me aposté detrás del sofá, cuidando que los vaqueros no me vieran asomar. De vez en cuando, asomaba la cabeza, y rápidamente cargaba y disparaba. Tañon! Al tercer disparo ocurrió algo curioso. El tiro se me fue alto y descubrí con sorpresa que le había hecho un agujero a un cuadro de mi padre. 


Me quedé bastante parado, la verdad. Sorprendido. ¿Ese agujero lo he hecho yo? No podía ser, claro, cómo iba yo a hacerle un agujero con el paraguas al cuadro si este estaba... bah. Estaría ya de antes el agujero, aunque yo era un niño muy despierto y si hubiera habido cualquier desperfecto en el mobiliario de la casa me hubiera asegurado de que no era yo el culpable, no fuera a caerme la ira de los dioses. 


Volví, pues, a refugiarme tras el sofá. Le dije a mi novia india imaginaria que no se preocupara, que pronto nos dejarían en paz los vaqueros y me asomé de nuevo a disparar con el paraguas, justo cuando mi madre asomaba por la puerta con la intención de preguntarme si quería hígado con patatas o 'lomo de mar'. Disparé tres veces. pfisssss, pfssssiss, pifsssss!! El primer disparo derribó a un vaquero. El segundo rompió la pata de una silla. El tercero le entró a mi madre por el hombro y le salió por... la parte de detrás del hombro. Cayó fulminada, no sé si por el dolor o por el shock. 


Completamente acojonado, volví a meterme detrás del sofá. No sabía que hacer. Miré el paraguas, toqué la punta pensando que estaría caliente, después del disparo, como le pasaba a las escopetas de los de las películas, pero qué va. Estaba frío. Normal. Cómo iba a estar caliente, si los paraguas no disparan...


Oía a mi madre llorar en el suelo pidiendo ayuda, y yo no sabía que hacer. De repente, pensé en mi imaginaria novia india, y le dije que fuese corriendo al poblado a pedir que viniera el chamán a curar a mi madre. Yo no podía haber sido el que había disparado a mi madre, así que habían sido los vaqueros. Volví a salir con el paraguas en plan Cochise, grité como un indio y chillé con mi voz nasal y desagradable: '¡Americanos de mierda, os voy a matar a todos!'


Y volví a esconderme. La novia india imaginaria no volvía. 'La han matado también, pensé'. Volví a salir y disparé dos veces. Tañon, tañon. Mi madre, que a duras penas se había incorporado, entró en el ¿cómo se dice eso? ¿área de disparo? y se llevó un balazo en las costillas. El otro balazo le dió al soldado del Séptimo que llevaba la bandera de las barras y estrellas, y dejó un agujero en el mueble, en la puerta donde mi padre guardaba las bebidas buenas. 


Había terminado con el jefe de los malos y ya podía ayudar a mi madre a curarse. La llevé al lavabo, limpié su herida, y cuando llegó mi padre, mi madre le dijo que estaba mala y que no le había hecho de comer, que se hiciese un bocadillo. Sobre los desperfectos, mi madre le dijo a mi padre que los había hecho yo jugando con el globo. Me gustaba jugar también con el globo. Yo volví al colegio y no conté nada a nadie. Nunca más jugué con paraguas.


Así que cuando llueve, ya sabéis quién es el que siempre se moja.


¡Feliz cumpleaños, monsieur Karpov, Gélido Tolya, Barón del Canapé! Aún aguardamos de usted grandes relatos.


Y a ustedes, disculpen mi ausencia.

martes, 24 de mayo de 2011

Margarita de Provenza


Margarita de Provenza era la mayor de las cuatro hijas de Ramón Berenguer, conde de Provenza, y Beatriz de Saboya. Contaba 13 años cuando el 27 de mayo de 1234 contrajo matrimonio con el joven rey Luis IX de Francia en la catedral de Sens, un día antes de ser coronada reina.

Margarita había sido educada con gran esmero, rodeada de los personajes más brillantes de la corte de su padre, cuya generosidad hacia poetas y artistas era sobradamente conocida. Era hermosa. Las descripciones que sobre ella nos han llegado dicen que tenía una espléndida cabellera oscura y unos bellos ojos.

Con tantos atributos la novia resultó plenamente del agrado de su esposo, pero no así de su suegra, Blanca de Castilla, cuyo carácter dominante y severo temía la joven. Blanca había arreglado personalmente ese matrimonio para atraerse el apoyo de Provenza en la eterna pugna que mantenía con Inglaterra, pero no deseaba que la recién llegada ejerciese una influencia sobre su hijo capaz de borrar la suya propia, y para ello tomó medidas a fin de restringir la intimidad entre ambos.

Esta interferencia obligaba al matrimonio a emplear diversas estratagemas para poder encontrarse. Se dice que mientras pasaban una temporada en Pontoise, Blanca, como de costumbre, se encargaba de que ocuparan habitaciones separadas, pero Luis aprovechaba la ausencia de su madre para burlar su vigilancia y visitar a su esposa, quien a veces también se deslizaba furtivamente en la alcoba de él. Cuando la reina madre se aproximaba, los servidores les avisaban golpeando la puerta con un bastón o mediante parecida señal, ante lo cual ambos se separaban de inmediato. Se contaba incluso que Luis había adiestrado a un perro para que les advirtiera con sus ladridos si aparecía Blanca, y que entonces abandonaba presuroso los aposentos de su esposa por una puerta secreta.


Un día Margarita se encontraba muy enferma en cama y deseaba entretenerse con la conversación de Luis. Cuando la reina madre entró en la habitación y lo vio allí, lo tomó de la mano y lo condujo gentilmente hacia la puerta. Margarita, perdida toda paciencia, exclamó:

—¿Entonces no toleraréis que vea a mi señor esposo el rey ni en la vida ni en la muerte?

Pero esta labor inquisitorial de la suegra no hacía más que aumentar el cariño entre ambos. Las crónicas atestiguan muchos detalles de ternura. Por ejemplo, el confesor de Margarita cuenta que en las noches frías ella se preocupaba de echar un manto sobre los hombros de su esposo mientras él rezaba.

Margarita protegía a los sabios y gente de letras. Su gusto por la poesía atraía a la corte a los más célebres autores de su tiempo, pero ella exigía que sus producciones fueran “castas y puras como las musas que invocaban”. Un poeta provenzal que osó dedicarle un poema que contenía algunos versos licenciosos causó su disgusto y fue desterrado.

Llegado el momento de partir hacia la Cruzada, la joven reina emprendió el viaje de buen grado, viendo en ello la manera de librarse de Blanca, a quien dejaban gobernando en Francia mientras tanto. Tres de los hijos del matrimonio iban a nacer durante aquella expedición.


Cuando el rey fue hecho prisionero en San Juan de Acre en 1250, Margarita esperaba su sexto hijo. Fue informada de la catástrofe en Damietta, la plaza que Luis había confiado a su gobierno, y donde estaba siendo sitiada por los sarracenos. La desolación de la reina al conocer la noticia fue absoluta y la sumió en la desesperación. La plaza era el último recurso que le quedaba al rey. Los soldados y caballeros de Génova y Pisa que formaban parte de la expedición se hallaban con ella, y, al quedarse sin alimentos, decidieron abandonar la plaza. Pero Margarita reunió a sus capitanes y les prometió comprar suficientes provisiones si se quedaban en Damietta.

El cerco que el enemigo tenía puesto a la ciudad cada vez se estrechaba más, y en tan delicada posición la reina temía las consecuencias de un asalto. Tenía siempre a su lado a un distinguido caballero, un veterano que guardaba su puerta. En uno de los momentos de alarma, Margarita se postró de rodillas ante él para formular su más desesperada petición.

—Señor, por la lealtad que me debéis, yo os ruego que me cortéis la cabeza si los sarracenos entran en Damietta.

Horas más tarde nacía su hijo, a quien puso el nombre de Tristán debido a las infortunadas circunstancias que rodearon su nacimiento.

Durante el periodo del cautiverio del rey, por primera y única vez en la Historia una mujer quedaba al frente de la Cruzada. Mientras tanto Luis IX se negaba a ser rescatado a cambio de dinero, y las gentes de Génova y Pisa insistían en abandonar. La reina les ofreció una enorme suma, parte de la cual procedía de la venta de sus joyas, y con eso consiguió retenerlos. Finalmente logró también negociar la entrega de la plaza como rescate de su esposo. Aunque la salud de Margarita no estaba completamente restablecida, partió inmediatamente hacia San Juan de Acre, donde se reunió con él.


Poco después Luis recibía noticias de la muerte de su madre y resolvía regresar a su reino. Joinville, al ver las lágrimas de Margarita, se sorprendió de que mostrara tal duelo por la mujer que más había odiado en el mundo, pero ella replicó que no era la pérdida de su suegra lo que lamentaba, sino ver a su esposo sumido en tan profunda aflicción. “Lloraba porque él lloraba”.

En 1254 se embarcaron de regreso a Francia con los restos del ejército. La travesía fue difícil. Mientras se dirigían hacia Chipre el navío, debido a las tempestades, fue a parar a una pequeña isla desierta. La embarcación había sufrido graves daños, y todos recomendaron a los reyes abandonarla. Pero era la única capaz de transportarlos a todos, y Luis no quería dejar atrás y abandonado a su suerte a parte de su séquito, de modo que decidió continuar. Tras un largo y peligroso viaje llegaron a Marsella, y desde allí se dirigieron a París.

Luis no tenía suficiente confianza en las capacidades de su esposa para afrontar asuntos de Estado. De hecho, y a pesar de que ella deseaba participar en tareas de gobierno, no la nombró regente cuando partió rumbo a su última cruzada en 1270, durante el transcurso de la cual fallecería en Túnez a consecuencia de la peste. Pero Margarita llegó a desarrollar una ambición tal que diez años antes había hecho prometer a su hijo que, no importa a qué edad heredase el trono, permanecería bajo su tutela hasta haber cumplido 30 años. El rey, al enterarse, escribió de inmediato al Papa para que lo librara de tal juramento.

La reina había sido madre de seis hijos y cinco hijas, pero sólo cuatro la sobrevivieron. El segundo, Felipe el Atrevido, fue el que sucedió a su padre, puesto que el mayor había fallecido a los 16 años.


Margarita mantenía muy buenas relaciones con su hermana Leonor, reina de Inglaterra, casada con Enrique III. Ambas permanecieron en contacto hasta la muerte de Leonor en 1291. En realidad las cuatro hijas de Ramón Berenguer se casaron con reyes: Sancha fue la esposa de Ricardo de Cornualles, que fue Rey de Romanos, y Beatriz con Carlos de Anjou, hermano de Luis IX y rey de Sicilia.

A la muerte de su esposo, Margarita no dejó de reclamar sus derechos al condado de Provenza frente a su cuñado Anjou, buscando incluso apoyo militar en Inglaterra y Alemania. No abandonó sus reclamaciones hasta la muerte de su rival, cuando Felipe el Atrevido negoció con ella una solución al conflicto.

Margarita se dedicó muy activamente a conservar y propagar la memoria de su esposo, encargando a su confesor una importante biografía del rey. Sin embargo, no vivió suficiente para asistir a su canonización en 1297. Ella murió en diciembre de 1295 en el convento que ella misma había fundado en el faubourg Saint-Marcel. Su cuerpo fue trasladado a la basílica de Saint-Denis.

sábado, 21 de mayo de 2011

María de Guisa, madre de María Estuardo

María de Guisa 

“Hermosa, inteligente, ingeniosa, valiente y leal”, son algunos de los calificativos que se han empleado para describir a María, la mayor de los doce hijos de Claudio, duque de Guisa, y de Antonieta de Borbón. María nació el Bar-le-Duc en noviembre de 1515. Tuvo una infancia feliz, criada en el idílico paisaje de Joinville y bajo los cuidados de unos padres que, contra lo que era habitual, se habían casado por amor. Recibió una educación excelente en el convento de las Clarisas de Pont-a-Mousson, supervisada por su propia abuela, que a la edad de 58 años había profesado como religiosa. 

Su primer esposo fue el duque de Longueville, con quien se casó en el Louvre en 1534. El duque fallece apenas tres años después a consecuencia de un brote de viruela, y la joven viuda, madre ya del pequeño Francisco y a punto de dar a luz al segundo hijo, regresa a Joinville para guardar el debido luto. Al cabo de dos meses nace Luis, pero tan sólo logra vivir cuatro meses. 

Pronto contrae María un nuevo matrimonio. Tras rechazar la candidatura de Enrique VIII, quien acaba de enviudar de Juana Seymour, acepta la del rey Jacobo V de Escocia, a quien ya conocía. Ambos se habían visto con ocasión del primer matrimonio de Jacobo con la hija de Francisco I de Francia, Madeleine de Valois, cuando el novio acudió a París para casarse en la catedral de Notre-Dame. Lamentablemente la infeliz princesa de frágil salud sólo sobrevivió unos meses al matrimonio, y el rey volvía a buscar esposa en la corte de Francia. La elegida es María de Guisa. El matrimonio se celebra primero por poderes en suelo francés en mayo de 1538, tras obtener dispensa del Papa, puesto que ambos contrayentes eran primos terceros. Posteriormente se celebraría la ceremonia religiosa en St. Andrews a su llegada a Escocia. 

Jacobo V

Jacobo era un hombre considerado atractivo y que para entonces era ya padre de nueve bastardos. Tuvo, además, dos hijos de María; sin embargo, ambos fallecieron al poco de nacer, y en unas circunstancias tan sospechosas que se rumoreó que habían sido envenenados. Sea como fuere, finalmente la única descendencia legítima que logra el rey escocés fue una niña, María Estuardo, que nació en diciembre de 1542, justo una semana antes de su muerte. El mes anterior el rey había combatido contra los ingleses en la batalla de Solway Moss, desencadenada como consecuencia de su negativa a prestar homenaje a su tío Enrique VIII. Jacobo resultó herido durante la batalla. Su estado no parecía revestir gravedad cuando fue trasladado al palacio de Falkland, pero la derrota había minado seriamente su ánimo y ya no fue capaz de recuperarse de ese golpe. 

Con tan sólo 27 años María de Guisa era viuda por segunda vez y había enterrado ya a tres de sus hijos. No volvería a casarse. En adelante consagraría su vida a tratar de conservar el tambaleante trono de su hija, defendiéndolo contra la ambición de los nobles escoceses y las tretas del astuto enemigo inglés. 

La regencia recayó entonces sobre el conde de Arran, heredero de la Corona en caso de que la niña no lograra vivir. María contaba con el apoyo de David Beaton, cardenal y arzobispo de St. Andrews. De hecho el furibundo John Knox, líder de la oposición protestante, acusó a Beaton de ser el amante de la reina, aunque al parecer sus diatribas carecían de fundamento. El cardenal trató de asumir la regencia, basando sus aspiraciones en un supuesto testamento del difunto rey, un documento que finalmente fue considerado falso, despejando así el camino de James Hamilton, conde de Arran. 

David Beaton

Había un asunto, sin embargo, en el que María no lograba ponerse de acuerdo con Beaton: el futuro matrimonio de su hija. Ella deseaba una alianza francesa, a lo que el cardenal se oponía. Al menos ambos estaban de acuerdo en rechazar la propuesta de Enrique VIII, que ofrecía a su hijo Eduardo como novio. En realidad el candidato de Beaton era el hijo del conde de Arran, con lo cual esperaba que James Hamilton dejara de apoyar el matrimonio inglés. Éste había llegado a concertarse mediante un tratado que se firmó en Greenwich, estipulando que la niña pasaría a la custodia del rey de Inglaterra cuando cumpliera diez años

Madre e hija permanecían estrechamente vigiladas en Linlithgow, pero el 23 de julio de 1543 lograron escapar con la ayuda de Beaton y refugiarse tras los seguros muros del castillo de Stirling. Lamentablemente para María, Beaton fue asesinado el 29 de mayo de 1546 en su castillo de St. Andrews. Muchas miradas se dirigieron entonces con suspicacia hacia Enrique VIII, cuyos intereses en Escocia resultaban muy favorecidos con la muerte del cardenal. 

Al fallecer David Beaton los patriotas escoceses se volcaron hacia Francia en busca de apoyo frente a Inglaterra, y así María pudo ver cumplidas sus aspiraciones de prometer a su hija con el Delfín. En 1548, tras la desastrosa batalla de Pinkie Cleugh contra los ingleses, lograba hacer salir del país a la niña para que fuera educada en la seguridad de la corte francesa, alejada de todas las revueltas, y conspiraciones que sacudían su propio reino. El propio rey de Francia envió un barco para transportarla sana y salva hasta él. 

Delfín Francisco, futuro Francisco II

Alcanzada finalmente la paz con los ingleses, en 1550 María pudo al fin visitar a sus hijos en la corte francesa, e incluso hacer un alto en la de Hampton Court a su regreso. 

En Francia se encontró también con sus hermanos, quienes gozaban de una enorme influencia en la política del reino. El hijo mayor de María de Guisa, Francisco, fruto de su primer matrimonio, contaba ya 15 años. Lamentablemente la reina hubo de pasar por la amargura del inesperado fallecimiento del niño poco antes de que ella emprendiera el viaje de regreso. 

Cuatro años más tarde sucedía a Arran como regente en una especie de ceremonia de coronación que tuvo lugar en el Parlamento de Edimburgo. María se concentró en la expulsión de los ingleses y la represión del protestantismo, pero para entonces la Reforma había avanzado pasos de gigante dentro del reino, dificultando enormemente la tarea de la regencia, para la que hacían falta enormes esfuerzos conciliadores. No le faltó habilidad a la reina, mas sus desvelos resultaron insuficientes. Cuando María Tudor se unió a España en la guerra contra Francia de 1577, María de Guisa no pudo sujetar a los indomables escoceses ni impedirles que invadieran Inglaterra. 

María Estuardo, reina de Escocia

Por si tenía pocos problemas, Knox organizó a sus protestantes “Lords of the Congregation of Christ Jesus”, con la doble intención de poner fin a la alianza francesa y extirpar la fe católica del suelo escocés. La propaganda protestante se fue extendiendo por el sur y el este de Escocia durante el año siguiente, y el reino estaba al borde de la guerra civil. La única esperanza de María era la de conseguir tropas francesas, pero sus aliados parecían incapaces de enviárselas en número suficiente como para hacer frente a la situación. La reina mantuvo una lucha desesperada durante dos años, pero fue depuesta en 1559, y su derrota quedó finalmente sentenciada cuando la nueva reina de Inglaterra, Isabel, se decantó del lado de los rebeldes. 

La salud de María de Guisa se hallaba ya muy quebrantada, y los últimos acontecimientos apagaron los restos de su menguado ánimo. En junio moría de hidropesía en su castillo de Edimburgo, que aún resistía por ella contra los protestantes ingleses y escoceses. Hubo rumores acerca de que en realidad había sido envenenada, pero no existe ninguna prueba al respecto. En su lecho de muerte instó a ambos bandos a firmar la paz y a jurar fidelidad a su hija María Estuardo. Su cuerpo fue embalsamado y trasladado al convento de San Pedro en Reims, donde su hermana era abadesa. Tras su fallecimiento el protestantismo fue adoptado como religión del reino.

martes, 17 de mayo de 2011

La familia de Juana Seymour


Los orígenes de Juana no permitían imaginar en el momento de su nacimiento en Wiltshire lo alto que llegaría a encumbrarse. Nació siendo simplemente Juana Seymour de Wolfhall, pero terminó siendo reina de Inglaterra, tercera esposa de Enrique VIII, y haciendo que su familia ascendiera con ella. 

Pertenecía a una familia que originalmente deletreaba su apellido como St Maur, y que al parecer habían llegado a Inglaterra siglos atrás entre los normandos de Guillermo el Conquistador. La familia permaneció en la oscuridad durante mucho tiempo. Mientras tanto iban mejorando su posición haciendo matrimonios ventajosos con ricas herederas. La más decisiva de estas alianzas fue la boda de Roger con Maud, hija de Sir William Esturny de Wolfhall. El hijo de Roger, John, nacido en torno a 1402, heredó las tierras y cargos, incluyendo el de guardián del bosque de Savernake. Era el bisabuelo de Jane. La importancia de este personaje aumentó cuando se convirtió en sheriff de Southampton en 1431, y de Wiltshire al año siguiente. En 1451 se sentaba en el Parlamento. 

A finales de ese siglo los Seymour se habían establecido como una familia importante en Wiltshire. Cuando nació el mayor de los nietos de John, que llevó su mismo nombre, eran una de las familias más influyentes. Este nieto fue el padre de Juana. Poco se sabe acerca de su carácter, excepto que no parecía especialmente ambicioso. Fue más un soldado que un cortesano, y se señaló por primera vez a la atención real en 1497 durante la batalla de Blackheath, en Kent, cuando fue armado caballero por Enrique VII sobre el campo de batalla. Su experiencia militar también era tenida en gran consideración por Enrique VIII. De hecho, en 1513 John estuvo presente durante la campaña en Francia. 


En 1508 fue nombrado sheriff de Wiltshire, y también sirvió como sheriff de Somerset y Dorset. Estuvo presente en la reunión que los reyes de Francia e Inglaterra mantuvieron en el Campo del Paño de Oro, momento en que John llevó consigo a su propio capellán y once sirvientes, muestra evidente de prosperidad. También asistió al rey durante el encuentro de Enrique con el emperador Carlos V en Canterbury. 

La madre de Jane, Margery Wentworth, podía presumir de tener unos antepasados mucho más prestigiosos. Era hija de Sir Henry Wentworth de Nettlestead en Suffolk. El abuelo de Henry se había casado con la hija de Lord Clifford, cuya madre era Elizabeth Percy, bisnieta de Eduardo III. Por tanto, a través de su madre Juana podía reclamar algunas gotas de sangre real y algún parentesco con muchas de las grandes familias inglesas. Y, por cierto, Juana Seymour resultaba ser prima de la madre de Ana Bolena, y prima segunda de Catalina Howard. 

El parentesco de Margery con los Howard le procuró un lugar junto a su tía la condesa de Surrey, y allí fue donde se señaló a la atención del poeta John Skelton. Margery siempre será recordada como una de sus musas. Uno de los más famosos poemas de Skelton, La guirnalda de laurel, describe su visita al castillo de Yorkshire donde la condesa de Surrey vivió con su familia entre 1489 y 1499. 


Los padres de Juana se casaron el 22 de octubre de 1494. Tuvieron diez hijos, lo que parece suponer que la relación entre ambos fue buena. La esposa sobrevivió a John en casi 15 años, pero nunca pensó en volver a casarse. No fue una mujer a la que le gustara destacarse, y se contentaba con permanecer en su casa de Wiltshire supervisando la educación de sus hijos. 

Los Seymour eran famosos por su fertilidad, y en especial por el gran número de hijos varones en la familia. Los primeros cuatro hijos de John fueron varones, de modo que debió de ser motivo de alegría cuando al fin llegó el cambio y el quinto nacimiento fue el de Juana. La fecha no aparece registrada en ningún lugar, pero se estima generalmente que tuvo lugar entre 1508 y 1509, y se considera Wolfhall como lugar más probable. La casa no ha sobrevivido, a excepción de un edificio de ladrillo rojo y los restos de un granero que se quemó, aunque se sabe que era una de las mejores de la comarca. 

Juana sabía leer y escribir, y hay evidencias de que tenía conocimientos de francés y latín. Aprendió a montar a caballo con su padre, y disfrutaba con la caza. Su madre se encargaba de adiestrarla en otras tareas más tradicionalmente femeninas. Les enseñaba música a ella y sus hermanas Elizabeth y Dorothy, un complemento importante para cualquier mujer que quisiera encontrar esposo. Juana era también una experta con las labores de aguja. 


No todos sus hermanos alcanzaron la edad adulta. El mayor, John, parece haber sido de naturaleza enfermiza y murió en 1510, siendo un adolescente. Otros dos, Margery y Anthony, fallecieron en torno a 1528, durante aquella terrible epidemia conocida como la enfermedad del sudor, y probablemente a causa de ella. 

Al morir el mayor, Edward pasó a ser el primogénito. Edward acompañó a la hermana de Enrique VIII cuando ésta viajó a Francia para casarse con Luis XII. Al igual que su padre, el joven pronto comenzó a labrarse una reputación como militar. Era el más prometedor de todos los hermanos, por lo que no tardó en destacarse en la corte. 

El siguiente hermano, Henry, se contentaba con permanecer en el campo y no buscó ninguna brillante carrera. El tercero, Thomas, envidiaba al mayor y las preferencias que recibía. Fue menos inteligente, pero no menos ambicioso. Una combinación que habría de demostrarse fatal: acusado de 33 cargos de alta traición, fue decapitado en la Torre de Londres el 20 de marzo de 1549. 



Bibliografía:
Jane Seymour: Henry VIII's True Love - Elizabeth Norton

domingo, 8 de mayo de 2011

Catalina de Brandeburgo, Príncipe de Transilvania

Catalina de Brandeburgo

“Estimad y temed a vuestro príncipe, y no le condenéis por ser una mujer, porque fue ordenada por Dios y elegida por el pueblo”. 


Gabriel Bethlen había nacido en el seno de una importante familia de la nobleza húngara. Perdió a sus padres cuando era niño y fue educado en la corte del príncipe Segismundo Báthory. Se convirtió en un hábil diplomático, elegido príncipe de Transilvania en 1613 con el apoyo otomano. Con él comenzó la edad de oro del principado, tanto en lo político como en lo cultural. Gabriel organizó triunfales campañas militares contra los Habsburgo y concluyó numerosos tratados de paz en condiciones favorables para los suyos durante la Guerra de los Treinta Años. 

Aspiraba a ser reconocido internacionalmente como soberano de una Transilvania independiente de Hungría. A tal fin, en 1622 pidió la mano de la archiduquesa Cecilia Renata de Habsburgo tras la muerte de su primera esposa. Fue rechazado, y tres años más tarde ponía sus ojos en los Hohenzollern para proponer matrimonio a Catalina, hija de Juan Segismundo, Elector de Brandeburgo, y de su esposa Ana de Prusia. Ese mismo año se firmaba el contrato matrimonial. 

Mediante esta unión, Bethlen se convertía en cuñado del rey de Suecia, Gustavo Adolfo. El monarca sueco se había casado con una hermana de Catalina, la reina María Leonor, que fue madre de Cristina de Suecia. 

María Leonor de Brandeburgo, madre de Cristina de Suecia

Los Hohenzollern habían gobernado el electorado de Brandeburgo desde el siglo XV. Catalina creció en la corte de su padre, y solía ser también huésped en la de sus abuelos maternos, pero tras el matrimonio de su hermana con el rey de Suecia vivía en la corte de Estocolmo. Conforme a su rango, fue educada como esposa potencial de un soberano. Antes de su compromiso con Gabriel Bethlen se habló de casarla con Nicolás, Gran Duque de Rusia, aunque las negociaciones fracasaron. 

Por la época de su matrimonio Catalina tenía 24 años y una llamativa belleza. Era de corta estatura, pero bien formada y con un rostro atractivo. Según una descripción contemporánea, su piel era sumamente blanca, tenía la frente y los ojos muy bellos y unos labios gruesos que guardaban alguna similitud con los de los Habsburgo. El novio, en cambio, le doblaba la edad y carecía de atractivos físicos. Su aspecto debía de ser un tanto inquietante, puesto que se comentó que el día de la boda algunas de las damas alemanas se asustaron cuando Gabriel les dio la mano. 

La ceremonia se celebró con gran boato. Hubo banquetes, fuegos artificiales, torneos, un baile de máscaras, un ballet y otros espectáculos durante la primera semana de marzo de 1626. Los recién casados hicieron visitas solemnes a las ciudades y fortalezas más importantes del principado, y desde la llegada de Catalina a la corte de Transilvania, los festejos y celebraciones se hicieron frecuentes en lo sucesivo. 


No se sabe si el matrimonio fue feliz, pero parece altamente improbable que hayan llegado a amarse. Como en otros matrimonios realizados por razones dinásticas, la comunicación entre ambos fue difícil al principio, pues apenas lograban entenderse: Bethlen seguramente hablaba suficiente alemán, pero Catalina no hablaba húngaro. Probablemente los dos tuvieron relaciones extramatrimoniales. De hecho, hubo muchos rumores acerca de Catalina, unas habladurías que continuaron tras la muerte de su esposo. Se la relacionaba sentimentalmente con un noble de Moravia, y luego con su propio médico. Su largo idilio con el conde Esteban Csáky, un hombre casado, fue de todos conocido. El conde, de la misma edad que Catalina, estaba considerado como el húngaro más guapo de su época. Además era elegante, educado, y hablaba alemán perfectamente. 

El esposo no le iba a la zaga en cuanto a aventuras fuera del matrimonio. Según el relato oficial de la delegación bávara el día de la boda, se había visto obligado a despedir a sus doce concubinas, porque de lo contrario Catalina se negaría a casarse. La misma fuente recoge los maliciosos comentarios hechos por los nobles húngaros en el sentido de que pronto las reclamaría de nuevo. Y el embajador sueco también informa de numerosos flirteos por parte de Bethlen. 

Bethlen falleció el 15 de noviembre de 1629, al cabo de tan sólo tres años y medio de matrimonio. Aunque estuvo muy enfermo durante sus últimos meses de vida, la esposa, según las cartas que escribía a su hermano por entonces, parecía mucho más interesada en el testamento y últimas disposiciones del moribundo que en su salud. 

Gabriel Bethlen reunido con científicos y sabios

Era Catalina la destinada a suceder a su esposo, tal como había quedado establecido en el contrato matrimonial. La Dieta de Transilvania la eligió oficialmente, y la juraron solemnemente como tal. “La elegimos como nuestro príncipe unánimemente… Nosotros, el pueblo, elegimos a Su Excelencia, … como nuestro príncipe”. Su título oficial comenzaba con las palabras “Catalina, por la gracia de Dios nacida Electora de Brandenburgo, Príncipe del Sacro Imperio Romano y de Transilvania”. 

Una de las condiciones que hubo de aceptar fue la de que sólo retendría el poder mientras permaneciera viuda, para evitar el peligro de que no gobernara de modo independiente si volviera a casarse. 

El reinado de Catalina se caracterizó por una encarnizada lucha por el poder entre sus partidarios por un lado y los del gobernador y el Consejo por otro. Sus seguidores trataron de procurarle el poder absoluto reclutando un ejército. La cantidad de Dietas convocadas durante el primer año dan una idea de la debilidad de su gobierno. Normalmente sólo se reunían dos veces al año, excepto en circunstancias excepcionales. Estas Dietas cada vez iban recortando más su poder para dárselo al Consejo. 

Catalina se inclinaba por la fe católica, pero, aunque esa era también la religión de muchos de sus cortesanos, tales preferencias reducían mucho su popularidad entre el pueblo. Intentó asegurarse las simpatías de los calvinistas mediante actos como el de mandar quitar las imágenes de los Doce Apóstoles del púlpito de la Gran Iglesia y quemarlas. También su sexo resultó un arma para atacarla y cuestionar su capacidad como gobernante. “El príncipe no tiene una mente despejada; es una mujer y es alemana; es imposible que sea adecuada para nosotros”. 

Castillo de Hunedoara, Transilvania, actual Rumanía. Gabriel Bethlen reformó y amplió el castillo en el que Vlad Tepes había estado prisionero, añadiendo elementos renacentistas y barrocos al edificio medieval. Imagen: Ene Lonut

El 28 de septiembre de 1630 se vio obligada a abdicar en su cuñado Esteban Bethlen. Según su propio relato en una carta a su hermano, le dijeron que aunque nada había hecho en contra del país, era “una simple mujer”, mientras Transilvania se hallaba inmersa en una guerra, una situación que requería un gobernante masculino. Otra acusación que se le hacía frecuentemente era la de su inclinación a los placeres mundanos, al lujo y al despilfarro. También se decía que era extranjera, de origen alemán y no una verdadera patriota. Aunque había llegado a dominar la complicada lengua húngara en tan poco tiempo, no pudo ganarse el favor de la mayoría de sus súbditos. 

Tras su renuncia, Catalina se trasladó primero a Hungría, y después a Viena. Se convirtió oficialmente al catolicismo y volvió a casarse. Su nuevo esposo, elegido libremente, era el príncipe Francisco Carlos de Sajonia-Lauenburgo, viudo como ella, soldado y aventurero. 

Catalina de Brandeburgo murió en 1644 en la corte de su hermana Ana Sofía en Schöningen. 

viernes, 6 de mayo de 2011

Los banquetes griegos


Al principio los griegos hacían las comidas sentados, y posteriormente reclinados. Las mujeres y los niños aparecen en posición vertical; ellas, excepto las hetairas, sentadas en su mayoría en el extremo alejado del “clino” o lecho, a los pies de sus maridos, o en sillas separadas. A los hijos no se les permitía reclinarse hasta que alcanzaran la edad adecuada, que en Macedonia se consideraba llegada cuando hubieran matado un verraco. Cada clino no solía ser ocupado por más de dos personas. En el caso de los etruscos sí se puede ver a un hombre y una mujer reclinados sobre el mismo lecho. Aristóteles menciona expresamente que los hombres etruscos y sus esposas solían tumbarse en las comidas debajo de la misma colcha. 

Trozos de carne de vaca, cordero, carne de cabra o cerdo, asados sobre el espetón, eran colocados por las sirvientas en mesas pequeñas frente a los invitados. El pan se hacía circular en cestas y al final de la comida se bebía vino que previamente se había mezclado con agua en enormes cráteras de metal o arcilla cocida. Se desconocía el uso de cuchillos y tenedores, de ahí la costumbre de lavarse las manos y secarlas con una toalla que se proporcionaban a tal propósito. Tampoco había manteles ni servilletas. Estas se sustituían por una clase especial de pasta que servía para limpiarse la grasa de los dedos. A veces se hacían cucharas provisionales con la misma materia. 


El arte culinario griego se describe como sencillo. Consistía fundamentalmente en los denominados maza, pasteles de cebada redondos y planos que aún se comen en Grecia; varias clases de ensalada, ajo, cebolla y legumbre. Los gustos más refinados de la Grecia Magna sólo se introdujeron gradualmente entre las clases más ricas. Varias clases de pescado y marisco, y verduras diferentes, sustituyeron poco a poco los grandes asados de los tiempos homéricos. Las comidas las preparaban cocineros alquilados en el mercado o chefs sicilianos, que en tiempos romanos estaban entre los esclavos de cada familia rica griega. 

Deipnon era el nombre de la comida principal o cena, al anochecer. El desayuno se llamaba akratisma, y el almuerzo del mediodía, ariston. En los primeros tiempos se consideraba terminada la comida tan pronto como se había satisfecho el apetito, pero después llegó a ser práctica habitual continuar bebiendo hasta emborracharse, todo ello animado por la conversación, la música, las representaciones mímicas y los juegos. 

Quitar la mesa de la cena y simultáneamente la limpieza del suelo de huesos, pieles y otros restos de comida, daban la señal para levantarse. Al final se lavaban las manos con jabón perfumado. La comida propiamente dicha se cerraba con una libación de vino sin mezclar. Otra libación introducía el banquete, esta vez acompañada de himnos al son de la flauta, que le daba un carácter sagrado. 


El postre consistía más o menos en los mismos bocados exquisitos de hoy día. Se elegían preferentemente platos picantes que incitaban a beber a los invitados, y entre los quesos gustaban especialmente los de Sicilia y los de la ciudad de Tromileia, en Acaya. Los pasteles rociados con sal eran otra característica del postre griego. Los higos secos de Ática y Rodas, dátiles de Siria y Egipto, almendras, melones, etc. Y sal mezclada con especias, rara vez faltaban. Había fruta variada y pasteles áticos en forma de pirámide. El beber empezaba a la vez que la aparición del postre, porque durante la comida no se servía vino. 

El vino se mezclaba con agua caliente o fría. En el último caso a menudo se mezclaba nieve con el vino, o se ponía el vaso lleno en un enfriador de vino lleno de nieve. El vino sin mezcla no estaba prohibido tan estrictamente a los griegos como a los habitantes de Locri, en el sur de Italia, donde la ley lo convirtió en crimen capital, pero diluirlo en agua era una costumbre establecida en Grecia desde la antigüedad, necesaria por lo fuerte que era el vino del sur que se solía beber incluso entre las clases más bajas. La borrachera como algo habitual constituía una excepción, aunque no era rara la embriaguez ocasional en los banquetes. Sólo las austeras costumbres de Esparta y Creta prohibieron totalmente la borrachera posterior a la comida. 


Tan pronto como las copas estaban llenas, se elegía al rey de la fiesta, generalmente tirando los dados, a menos que uno de los bebedores se eligiera a sí mismo. El soberano tenía que decidir la mezcla correcta del vino, el número de copas que tenía que beber cada invitado y las reglas generales de la fiesta, que alguna vez tenía que reforzar con castigos. Comenzaban a beber en copas pequeñas, pronto seguían otras más grandes que cada invitado tenía que vaciar de un trago a la salud del vecino que tenía a mano derecha. 

Las fiestas terminaban con frecuencia en sacrificios a Afrodita Pandemos, por lo que había chicas bonitas como cantantes, flautistas, citaredas y coperas, y se celebraban muchas veces en casas de hetairas famosas. 


Malabaristas de ambos sexos eran corrientes en toda Grecia. Colocaban sus puestos, como dice Jenofonte, donde se podía encontrar dinero y gente tonta. Solían divertir también a los invitados de las fiestas, saltando hacia delante y hacia atrás sobre espadas o mesas; las chicas tiraban al alto bolas o aros y los recogían de nuevo acompañadas con un instrumento musical. 



Bibliografía: 
Los griegos. Su vida y costumbres - E. Guhl y W. Koner

miércoles, 4 de mayo de 2011

El capitán Mazarino (II)

Julio Mazarino

Los primeros tiempos de permanencia de Mazarino en el ejército no le permitieron llamar la atención sobre su persona, pero comenzó pronto a ganarse las simpatías de sus camaradas. Encontrándose en Ancona recibió noticias del grave estado de salud de su madre, a la que adoraba. Inmediatamente, y sin pensar en advertir a sus jefes, se marchó a Roma. Una vez tranquilo, comprendió la grave falta que había cometido y fue a pedir perdón al Papa, quien, totalmente ganado por el joven capitán, le dio permiso para quedarse en la ciudad hasta que no tuviera el menor motivo de inquietud. 

Mazarino maniobró hábilmente para obtener el puesto de subcomisario, en el que pronto se hizo indispensable. Como hablaba a la perfección el español y bastante bien el francés, prestaba los mayores servicios en las negociaciones. Se iniciaba así en todos los secretos de la política más confusa, y sus informes causaban una impresión tan viva al general en jefe que no dudaba en transmitirlos a Roma. 

Cuando en 1626 Urbano VIII retiró y licenció a su ejército, Mazarino pasó a formar parte de las tropas de la provincia de Ferrara. Era el encargado de transmitir los informes entre el Papa y los Sacchetti. Sus visitas a la corte pontificia le permitieron conocer al cardenal Bentivoglio, encargado en Roma de la protección de los intereses franceses. Bentivoglio lo situó cerca del cardenal Barberini. 

Cardenal Bentivoglio

—Os lo doy —dijo— porque yo no soy digno de guardarle; al haceros este regalo, creo pagar una parte de las deudas que tengo con una familia tan ilustre como la vuestra. 

—Lo acepto encantado, como todo lo que venga de vuestra mano; pero decidme para qué lo consideráis apropiado. 

—Para todo, sin excepción. 

—Entonces lo mejor que podemos hacer es enviarle a Lombardía con el cardenal Ginetti, junto al cual hace falta un hombre activo. Habladle de mi parte. 

Y Ginetti recibió al joven Mazarino en calidad de secretario de legación. 

En 1630 se anunciaba una nueva guerra. Urbano VIII no quería una dominación de la Casa de Austria en Italia, pero tampoco le agradaba la idea del dominio francés. Lo que deseaba era una paz general que le dejara su independencia. Careciendo de poder para triunfar por las armas, le era preciso recurrir a la diplomacia, una diplomacia en el fondo simpatizante con Francia. El capitán Mazarino aparecía entonces como el negociador indispensable. Fue enviado a Lyon. Para obtener de Richelieu un armisticio sólo se confiaba en su habilidad y elocuencia. 


Alcanzó Lyon el 28 de enero de 1630 por la noche. Sólo pasó allí el día 29, pero aquellas horas constituyeron una etapa decisiva en su vida. En tan poco tiempo se ganó el favor del cardenal Richelieu. Según Brusoni, “Después de celebrar con él una conferencia de tres horas, Richelieu aseguró a los grandes de su corte que jamás había conocido a un hombre que, en el primer encuentro, le diera tal sensación de valor intelectual ni que se mostrara tan bien informado de los asuntos políticos, en particular de los de Italia”. Aún habrían de reunirse otra vez en Grenoble. Durante esa segunda entrevista Luis XIII intentó hacer aceptar a Mazarino una suma de dinero que él tuvo la habilidad de rechazar con gran destreza para que el rey no se ofendiese. 

El momento más dramático de aquella larga serie de gestiones y debates fue el célebre episodio de Casal, el 26 de octubre de 1630. A mediodía estaba a punto de entablarse una batalla. Se preparaba una salida de la ciudadela, y las tropas españolas aguardaban. El choque iba a producirse, y ya avanzaba el ejército francés. Al llegar casi a tiro de mosquete, los soldados se detuvieron para rezar, y terminada la plegaria se lanzaron al ataque. La artillería empezó a tronar del lado español. Las primeras líneas francesas estaban a punto de tomar contacto con el enemigo cuando apareció sobre el campo de batalla un jinete que espoleaba a su caballo en una furiosa galopada y blandía, en lugar de la espada, un crucifijo, mientras gritaba: 

—¡La paz! ¡La paz! 

Era Mazarino. Jugándose la vida, penetró en la línea de fuego, agitando desesperadamente la cruz que acababa de pedir prestada al legado. Su presencia causó tal estupor que interrumpió el combate. Todos los generales se acercaron, agolpándose alrededor de aquel mensajero temerario que traía las disposiciones de paz que había conseguido que se firmase aquella misma mañana. 

Urbano VIII

El tratado se acogió en Roma con muestras de alegría. El Papa hizo acuñar monedas destinadas a conmemorar el acontecimiento y mandó pintar un cuadro aparatoso representando a los dos ejércitos alineados en orden de batalla y en el centro Mazarino, solo, a caballo, imponiendo la paz. 

Mazarino se convertía en el verdadero embajador del Papado en lugar del nuncio. Como resultaba indecoroso que un diplomático al servicio del pontífice siguiera vistiendo el uniforme de capitán de infantería, el Papa le concedió las dos canonjías de San Juan de Letrán y de Santa María la Mayor. Con ello, y sin pertenecer a la Iglesia, podía adoptar el hábito eclesiástico, más adecuado a las misiones que desempeñaba como ministro pontificio. 

Desde entonces Mazarino ya sólo tenía una aspiración: la púrpura cardenalicia. No había hecho sus votos como sacerdote; no lo era, y, de hecho, hubiera podido casarse. No era necesario haber recibido las órdenes sacerdotales para ser elevado a la dignidad de cardenal, sino que bastaba con el canonicato, beneficio que puede concederse a un laico. 

Château de Saint-Germain-en-Laye

Julio Mazarino era nombrado nuncio en Francia poco después y recibido en la corte con todos los honores. Una carroza real acudió a su encuentro en Picpus para conducirlo escoltado y seguido por otros cien carruajes hasta París. Entró por la puerta de San Antonio y se dirigió a la Nunciatura, donde acudieron a saludarle los representantes de los reyes. Luego fue conducido al castillo de Saint-Germain, donde le recibieron Luis XIII y Ana de Austria. El capitán Mazarino abría así un nuevo capítulo de su vida, el capítulo que iba a colmar todas sus ambiciones. 



Bibliografía: 
Mazarino – Auguste Bailly

lunes, 2 de mayo de 2011

El capitán Mazarino

Bahía de Mazzaro

La información que poseemos sobre la familia de Julio Mazarino no nos permite remontarnos mucho en el pasado. El padre, Pietro Mazzarino o Mazzarini, era siciliano. Algunos biógrafos suponen que nació en Palermo, y otros en un lugar llamado Mazzaro, del que habría tomado el nombre. Todos coinciden en señalar que era de origen humilde, si bien uno de sus tíos era un conocido predicador que lo llevó a Roma. Allí le hizo cursar estudios de literatura, filosofía y Derecho. 

Pietro Mazzarino entró al servicio de los Colonna, una de las dinastías romanas más ilustres. Los Colonna fueron cardenales, embajadores, condotieros. Orgullosos y temerarios, habían adquirido inmensos bienes, siempre guerreando y tratando de igual a igual a reyes y papas. Felipe Colonna, a cuyo servicio entró Pietro, era gran condestable del reino de Nápoles. 

El joven siciliano pronto quedó encargado del gobierno de muchas de sus propiedades, pero además Felipe honró a Pietro con su afecto, encargándole con frecuencia delicadas misiones relacionadas, sobre todo, con las reivindicaciones populares y la resistencia al pago de impuestos. Lo casó con una de sus ahijadas, Hortensia Bufalini, una hermosa joven de buenas cualidades, y, además, miembro de una familia auténticamente noble. Uno de los hermanos de Hortensia era comendador de Malta, título que implicaba una nobleza comprobada en 16 cuarteles. 

Palazzo Colonna

Esta unión resultó dichosa y colocó a Pietro en un plano muy superior al de sus comienzos. La ascensión iba a continuar mediante los matrimonios de sus hijas. Tuvo cuatro, y dos hijos. El pequeño, Miguel, se ordenó de sacerdote y llegó a cardenal y virrey de Cataluña. El mayor era Julio. 

Julio Mazarino nació el 14 de julio de 1602 en la abadía de Pescina, en los Abruzzos, adonde su madre había ido a pasar los últimos meses de embarazo. Era el día de San Buenaventura, señal de buen augurio. Se decía, además, que su primer sonido había sido una carcajada, y más aún: decían que había nacido peinado y con dos dientes. 

La joven madre pasó allí poco tiempo, y luego regresó a Roma con el niño. La familia, sin ser muy acaudalada, gozaba de una buena posición que les permitía alentar altas ambiciones para su hijo, que desde los primeros años mostró gran brillo intelectual, mucho encanto, precocidad y capacidad de seducción. Las primeras enseñanzas se las dio su madre, mujer piadosa que “hubiera querido que él también lo fuese”. Con apenas cinco años recitaba con vivacidad los sermones, haciendo gala de una excelente memoria. 

Hacia los siete años lo enviaron al Colegio Romano, en el que los jesuitas impartían una educación religiosa y liberal a la vez. Los hijos del condestable estudiaban en el mismo centro, y pronto se estableció una camaradería al margen de jerarquías sociales. Mazarino fue un magnífico estudiante, mimado por sus maestros y admirado por sus compañeros. 

Colegio Romano

Era alegre, irradiaba pasión por la vida, cualidades que lo hacían simpático a todo el mundo. Los jesuitas utilizaron todo su poder de convicción para alistarlo en sus filas, pero el muchacho no se sentía atraído en absoluto por la vida religiosa. Amaba la libertad, el juego, el mundo, la conversación con las mujeres hermosas. Dotado de un temperamento ardiente y aventurero, no tenía intención de renunciar a todos los goces que la vida comenzaba a abrir para él. 

Terminados sus estudios, entre los 16 y los 17 años, no vivió más que para el placer. Jugaba, y casi siempre con extraordinaria suerte. Pero nada más lejos de su pensamiento que la idea de ahorrar. No jugaba por amontonar dinero, sino “por la embriaguez del combate y la plenitud de la victoria”. Llevaba las vestiduras más fastuosas, los diamantes más puros. Y cuando la suerte le era esquiva, todo el mundo se admiraba de su impasibilidad. Una de sus frases favoritas era: “Un verdadero jugador recoge los escudos con una pala… Un hombre verdaderamente magnífico tiene por tesorero al cielo”. Sin embargo, un día nefasto hubo de empeñar sus ropas, sus joyas e incluso sus medias. Volvió a la partida, puso sobre el tapete cuanto le habían dado y volvió a ganar todo lo perdido. 

Esta pasión por el juego preocupaba a sus padres. Una vez más el condestable les sacó entonces del apuro y, para tratar de enderezar los pasos de Julio, lo envió a España con su hijo Jerónimo, quien, destinado a la Iglesia, iba a estudiar Derecho canónico en la Universidad de Alcalá de Henares y diplomacia en la corte de Madrid. Jerónimo trató siempre de igual a igual a su amigo, que sacó más beneficio que él de aquel viaje: hizo con más provecho los mismos estudios, aprendió en tres años a hablar español perfectamente y se inició en todas las intrigas religiosas y políticas que tenían su centro en Madrid. 

Universidad de Alcalá de Henares

Una aventura amorosa hizo que Mazarino abandonara España. No habiendo renunciado a su diversión favorita, jugaba como había jugado en Roma. En una racha de mala suerte pidió prestado dinero a un español apellidado Nodaro, al que inspiró una viva amistad, hasta el punto de que el caballero le presentó a su hija, una joven muy bella, con la esperanza de casarlos. Los dos jóvenes se enamoraron, y Mazarino fue a pedirle a Jerónimo permiso para contraer matrimonio. A Jerónimo aquella apresurada unión le pareció peligrosa. No encontraba razonable casarse a los 20 años y renunciar tal vez a un porvenir brillante por una satisfacción pasajera. Pero no quiso revelarle su disconformidad, sino que prefirió fingir que aprobaba su decisión mientras le rogaba que antes aceptara una misión de capital importancia. Debía partir de inmediato a Roma llevando al condestable una carta que no podía confiarse a cualquier correo, y en cuanto regresara tendría lugar la ceremonia. 

Mazarino emprendió el viaje sin saber que estaba siendo engañado. La misiva que portaba era en realidad el relato de su aventura con aquella joven, y el deseo de que el galán no volviera a Madrid. El condestable leyó la carta, sermoneó a Mazarino y le prohibió marcharse de nuevo. 

Julio se dedicó entonces a reanudar sus estudios y, tras aprobar su tesis, alcanzó el grado de doctor in utroque jure. Esto podría permitirle obtener un buen cargo en la judicatura o en la administración, e incluso llegar a ser profesor de Derecho, pero nada de ello le tentaba. Él soñaba con una vida aventurera. “Necesita tempestades: si se sigue el movimiento de la ola, ésta nos eleva”. 

Valtelina

Por entonces la tempestad había estallado sobre la Valtelina. La Casa de Austria ocupaba Nápoles y Milán. Francia le disputaba la supremacía en Italia. Por un tratado firmado el 14 de febrero de 1623, España aceptaba el abandono de la Valtelina, cuya custodia se confiaría momentáneamente al Papa. Gregorio XV se veía obligado a enviar tropas a tal efecto. Por tanto, necesitaba un ejército, e hizo un llamamiento a los grandes señores de los Estados Pontificios. Entre ellos estaban los Colonna. Mazarino encontraba en todo ello su gran oportunidad, porque su protector hizo que se le diese una compañía de infantes. Julio se convertía en capitán de lansquenetes.


Continuará