miércoles, 30 de marzo de 2011

Africa Romana

Antigua Thubursicu, actual Khemissa

No fueron los romanos los primeros en fundar ciudades en África. La civilización púnica, con capital en Cartago, florecía aún durante el siglo I. San Agustín atestigua que el púnico se hablaba aún corrientemente en Numidia a principios del siglo V, y sobrevivía también la lengua local anterior, el libio, similar al de los actuales bereberes y con un alfabeto afín al que aún utilizan los tuaregs

Sobre este entramado de culturas fue a superponerse, a partir de la conquista en el 146 de la primera provincia de África (coincidente más o menos con Túnez), una importante emigración romana. Hubo, pues, colonias romanas, municipia latinos, ciudades púnicas, aldeas nativas y tribus nómadas. 

El procónsul, con sede en Cartago, tenía el mando de la legión III Augusta. En el año 37 se puso al frente de la misma a un legatus imperial nombrado al efecto, y hacia el 200 la parte occidental de la provincia, donde se encontraba la legión, se convirtió en la provincia imperial de Numidia, bajo el mando del legatus. 

En el año 14 Mauritania era todavía un reino cliente regido por Juba II, que había estado casado con Cleopatra Selene, hija de Marco Antonio y Cleopatra. Juba era un hombre culto que mantenía una corte helenizada en Iol, su capital, a la que rebautizó como Cesarea. Las colonias que Augusto había fundado en Mauritania contribuían también a la difusión de su cultura. 

Juba II

La prosperidad del África romana fue obra en buena parte del ejército, no sólo por la centuriación (división y reparto de la tierra en parcelas rectangulares a lo largo de las vías principales), sino especialmente por la rápida construcción de las vías militares. En relación con este proceso se daba el asentamiento de las tribus nómadas, así como la construcción, tal vez a partir de Adriano, de un sistema defensivo que iba desde Tripolitania hasta el sur de Numidia. 

En el año 17 comenzó una guerra de 7 años llevada a cabo por Tacfarinas, jefe de la tribu de los musulamios. El caudillo, un desertor que había servido en las tropas auxiliares romanas, organizó a su pueblo de nómadas de Numidia en formaciones regulares del tipo romano. Tras varios años de saquear aldeas y sitiar los fuertes aislados del África romana, fue derrotado por Roma, lo que le hizo cambiar de táctica y pasarse a la guerra de guerrillas. 

En el año 22 envió una embajada a Tiberio solicitándole tierras en las que asentar a su gente. El emperador se enfureció ante sus pretensiones. 

—¡Ni siquiera Espartaco se atrevió a enviar mensajeros! —exclamó. 

Ptolomeo de Mauritania

La petición de Tacfarinas fue denegada, y en lugar de la satisfacción que esperaba se encontró con que el emperador enviaba nuevas tropas contra él. Sin embargo, dos años más tarde pudo atacar la ciudad de Thubursicu, en Numidia central, pero fue derrotado posteriormente y resultó muerto con ayuda de las tropas de Ptolomeo, hijo y sucesor de Juba. Esta victoria fue un paso decisivo en el desarrollo de la provincia. 

A principios del siglo II hay inscripciones que señalan los límites entre la tierra de los musulamios y la de sus vecinos. Por entonces la legión había trasladado su campamento a Lambesis, aislando a la díscola tribu al norte de la calzada militar. 

En el 40 Calígula ejecutó a Ptolomeo y se anexionó su reino, no sin enfrentarse a la resistencia armada que encabezaba Edemón, liberto de Ptolomeo. Tras el aplastamiento de la revuelta se dividió a Mauritania en dos provincias: la Cesariense, al este, y la Tingitana. 

Unas cuantas invasiones bárbaras e incidentes internos agitaron África durante el resto del periodo julio-claudio. Luego, mientras una larga lista de emperadores se disputaban el trono entre el 67 y el 80, Clodio Marco, legado de la legión, acuñó moneda por su cuenta, reclutó nuevas tropas e interrumpió el suministro de trigo a Roma, pero pronto fue asesinado. 

Mauritania y Numidia

En el 69 el procurador Luceyo Albino, que gobernaba en Mauritania, amenazó con invadir Hispania en nombre de Otón. Se rumoreaba que se había adornado con las insignias reales adoptando el nombre de Juba, pero también fue asesinado mientras navegaba desde Tingitania a la Cesariense 

Estas agitaciones y otras luchas durante el periodo flavio no impidieron el rápido desarrollo de la urbanización y la romanización, que a partir de entonces se desarrolla a gran velocidad. El factor más importante de la prosperidad africana fue la obra de asentamiento, confinamiento o expulsión de las tribus nómadas, junto con la protección y expansión de la agricultura.



Bibliografía:
El Imperio Romano y sus pueblos limítrofes - Fergus Millar

lunes, 28 de marzo de 2011

La secta de los priscilianos

Santiago de Compostela

La secta hispana más importante fue el priscilianismo. La primera noticia documental de su existencia se encuentra en una carta del año 378 ó 379 en la que Higinio, obispo de Córdoba, denuncia al obispo de Mérida la propagación de este movimiento, descubierto mientras se expandía por la provincia de Lusitania, si bien la propagación había comenzado varios años antes. 

La figura de Prisciliano permanece envuelta en el misterio. El primero de ellos es el de su origen. Dados la extensión y el arraigo que el priscilianismo alcanzó en Galicia, la mayoría de los autores le suponen de origen gallego, aunque no sea un hecho comprobado. Sulpicio Severo escribe que Prisciliano pertenecía a una familia aristocrática, muy rica, lo que le había permitido alcanzar un alto nivel cultural. También la mayoría de sus seguidores eran gente culta. Siempre según Sulpicio Severo, era “muy ejercitado en la declamación y la disputa, agudo e inquieto, habilísimo en el discurso y la dialéctica, nada codicioso, sumamente parco y capaz de soportar el hambre y la sed. Pero al mismo tiempo muy vanidoso y más hinchado de lo justo por su conocimiento de las cosas profanas”. 

De los escritos de Prisciliano y de sus primeros seguidores parece desprenderse que, aunque al principio era laico, su objetivo era renovar la Iglesia desde dentro, para lo cual aspiraba a convertirse en obispo. “Elegidos ya para Dios algunos de nosotros en las Iglesias, mientras otros procuramos con nuestro modo de vivir ser elegidos”. 

Catedral de Santiago de Compostela

La base de sus enseñanzas son el Antiguo Testamento y los Apócrifos. Practicaba un ascetismo radical, exhortando a los fieles al abandono de las cosas mundanas y a renunciar a la carne y al vino. Propugnaba la virginidad a ultranza y la igualdad entre el hombre y la mujer, además de condenar de modo tajante el lujo y el poder secularizado de los obispos. 

El Apologético de Itacio de Osonoba, uno de sus más encarnizados enemigos, es una sarta de acusaciones injuriosas sobre prácticas de artes maléficas, infamias sexuales e incluso afirmando que el maestro de Prisciliano había sido un tal Marcos de Menfis, muy entendido en la magia. Las acusaciones resultaban tan exageradas que San Martín de Tours reprochaba a Itacio su desmedida saña. Esto hizo que los detractores de Prisciliano situaran también a San Martín en la lista de herejes. Incluso San Ambrosio, obispo de Milán, hizo parecidos reproches a Itacio, así como otros muchos personajes nada sospechosos de seguir la doctrina de Prisciliano. 

Algunos autores, sobre todo A. Barbero, han considerado que el priscilianismo era una expresión religiosa del malestar social de la época por parte de la población campesina. Muchos de sus seguidores tal vez encontraron en ello una fórmula de rechazo a una Iglesia que identificaban con el propio Estado opresor. 

Prisciliano atrajo a mucha gente noble, pero también de clase popular. Según Sulpicio Severo, sobre todo acudían a él “catervas de mujeres”. Pero formulada la denuncia ante el obispo de Mérida, éste atacó a los priscilianistas “sin medida y más allá de lo que convenía… exasperando más que apaciguando”

Catedral de Santiago

En el 380 se celebra un Concilio de Zaragoza al que asiste también el obispo de Burdeos, puesto que la secta se había extendido también por las Galias. No asiste ningún priscilianista, porque, aunque fueron convocados, se negaron a acudir. El objetivo del Concilio es acusar a Prisciliano y sus seguidores. Itacio de Osonoba fue el encargado de dar a conocer la sentencia de excomunión contra los cuatro líderes: Instancio, Salviano, Helpidio y Prisciliano. 

No logró convencer a los herejes quienes, en claro desafío, ordenaron a Priciliano como sacerdote y le nombraron obispo de Ávila. Itacio hizo entonces una acusación formal inventando una historia falsa y reuniendo ciertas escrituras comprometedoras. Dirigió su denuncia al emperador Graciano, y la respuesta de éste fue el destierro para los priscilianistas. 

Prisciliano y Salviano se dirigen a Roma para intentar que el Papa Dámaso revoque la sentencia, pero no son recibidos. Al negarles también la ayuda San Ambrosio en Milán, se dirigen a las autoridades civiles, y finalmente logran que se decida la restitución de sus sedes. Salviano había muerto durante la estancia en Roma, pero Prisciliano vuelve a instalarse en su sede en el 382 y consigue que su enemigo Itacio sea acusado de perturbador de la Iglesia y se ordene su detención por injurias y calumnias. Itacio logra escapar a las Galias y obtiene allí protección. 

Tréveris

Itacio acusa nuevamente a Prisciliano ante el nuevo emperador Máximo, y éste ordena que los priscilianos comparezcan ante un nuevo Concilio en Burdeos. Acuden y vuelve a condenarse su herejía. Prisciliano se dirige a Tréveris al encuentro del emperador en busca de amparo. Llega en el 385, pero allí es acusado de la práctica de rituales mágicos, bailes a la luz de la luna, el uso de hierbas abortivas y la práctica de la astrología cabalística.

Tras obtener su confesión mediante tortura, fue decapitado junto a algunos de sus seguidores.



Bibliografía:
Los últimos hispanorromanos - Fe Bajo Alvarez

viernes, 18 de marzo de 2011

Blanca Garcés, biznieta del Cid


Blanca Garcés era hija de García Ramírez, rey de Navarra, y de su primera esposa Margarita de L’ Aigle Rotrou. El monarca había tenido por madre a Cristina, una de las hijas del Cid, lo que convierte a Blanca en biznieta del Campeador. 

Durante el reinado de Alfonso VII el Emperador, rey de Castilla y León, Navarra estaba amenazada por una invasión de los castellanos, pero García se entrevistó con Alfonso y ambos monarcas lograron resolver sus diferencias. En el acuerdo de paz la joven princesa Blanca fue prometida a Sancho, heredero del trono de Castilla. La extrema juventud de los novios, niños de corta edad, hizo que el matrimonio fuera aplazado durante años. Mientras tanto la princesa fue confiada al cuidado de su futuro suegro, para ser educada en su corte. 

En 1144 su padre, viudo a la sazón, para reforzar su alianza con Alfonso se casó con Urraca la Asturiana, hija ilegítima del rey castellano. Pero estos matrimonios no impedían que el pequeño reino de Navarra estuviese amenazado constantemente por sus poderosos vecinos. En 1150 Alfonso entró en una liga con Ramón Berenguer IV para destronar al hijo de García Ramírez, también de nombre Sancho, que acababa de suceder a su padre. En Tudela se llegó a un acuerdo para repartirse Navarra. También se propuso entonces la devolución de Blanca, pero su prometido, que la amaba mucho, se opuso rotundamente a abandonarla. 

Sancho III el Deseado

El 30 de enero de 1151 se llevaba por fin a cabo el matrimonio en Calahorra, y el 24 de febrero del año siguiente Sancho era armado caballero en Valladolid. 

Blanca tuvo dos hijos. El mayor, Alfonso, nació el 11 de noviembre de 1155, destinado a heredar el trono y reinar como Alfonso VIII. Poco después nacía el menor, García, un infante que no lograría sobrevivir. El parto costó la vida a su joven madre. 

Blanca fallecía antes de que su esposo hubiera alcanzado el trono, pues Alfonso VII aún vivía. Sancho III el Deseado sucedía a su padre al año siguiente, aunque no iba a sobrevivirle mucho tiempo: moría el 31 de agosto de 1158. 

Aunque nunca llegó a ser reina efectiva de Castilla, recibió el tratamiento de reina porque a Sancho y a su hermano Fernando les había sido concedido el título de rey en vida de su padre

El cadáver de la reina Blanca Garcés de Pamplona recibió sepultura en el Monasterio de Santa María la Real de Nájera, “grabando en la piedra el vivo dolor que causó en el corazón del rey”, como cuenta Enrique Flórez. 

Monasterio de Santa María la Real, Nájera

De ella se afirma que fue muy hermosa, “y tan blanca que mereció bien el nombre. Su genio era también de gran candor. Las prendas y las costumbres la hacían honra de su sexo. Con ser tan grande el rey, hijo del Emperador, le realzaba el ser marido de tal esposa”. 

Su epitafio dice así:

Aquí yace doña Blanca, Blanca en el nombre, Blanca y hermosa en el cuerpo. Pura y cándida en el espíritu. Agraciada en el rostro. Agradable en la condición. Honra y espejo de las mujeres. Fue su marido don Sancho, hijo del Emperador, y ella digna de tal esposo. Murió al nacer su hijo.

Las nietas de Blanca, hijas de Alfonso VIII, llevaron la estirpe del Cid a la casa real de Portugal y de Aragón. La sangre de Rodrigo Díaz de Vivar se extendió por Europa, y hasta el mismísimo emperador Carlos V reconocía en una real cédula de 1541 ser descendiente del Cid Campeador.

martes, 15 de marzo de 2011

Carlos Martel


En el año 714 el mayordomo de palacio, Pipino de Heristal, se estaba muriendo, y había comenzado una terrible disputa para elegir a su sucesor. Pipino trató de asegurar la paz legando el cargo a su hijo Grimoaldo II, pero los nobles del bando contrario asesinaron a Grimoaldo cuando hacía una peregrinación hasta la tumba de San Lamberto en Lieja. 

La guerra civil continuó. Los hijos legítimos de Pipino estaban todos muertos: Drogo de Champaña también había fallecido unos años antes; pero Plectrudes trató de dominar la situación en nombre de sus nietos, aún unos niños, hijos del difunto Grimoaldo y de Teudesinda (o Teudelinda). 

La idea de un gobierno formado por una mujer y unos niños no agradó a los neustrianos, quienes además no deseaban ser gobernados por Austrasia, de modo que se lanzaron a la rebelión. Por supuesto había un rey merovingio, Dagoberto III, que por entonces reinaba sobre ambos territorios, pero en aquel tiempo el rey carecía de importancia, viendo reducido su cargo prácticamente a un mero título honorífico mientras quien gobernaba de hecho era el mayordomo de palacio. 

Francia a la muerte de Pipino de Heristal

Pipino de Heristal también había tenido un hijo ilegítimo que contaba 26 años en el momento de la muerte de su padre. Se llamaba Carlos, y era fruto de sus amores con su concubina Alpaida de Bruyères. El nombre era poco aristocrático: parece que proviene de una antigua palabra teutónica que podría traducirse por “varón” y designaba a la clase inferior de los hombres libres. Sin embargo, este Carlos llegaría a cubrirse de tanta gloria que su nombre se convertiría en uno de los favoritos entre la realeza de toda Europa. Sus descendientes, uno de los cuales fue su nieto Carlomagno, serían conocidos como los carolingios. 

Inmediatamente después de la muerte de Pepino, Plectrudes hizo encarcelar a Carlos en Colonia, comprendiendo que sería un peligro para el gobierno de sus nietos. Pero tras ser ella derrotada por los neustrianos en batalla, Carlos escapó, se puso al mando de las desmoralizadas fuerzas de Austrasia y derrotó a Neustria por dos veces. Luego tomó la ciudad de Colonia, donde se encontraba la viuda de su padre. Allí dispersó a los partidarios de Plectrudes, la obligó a reconocerlo como señor de Austrasia y avanzó sobre Neustria, donde obtuvo un nuevo triunfo. Sus contemporáneos creían que el mismo Dios lo conducía por doquier a la victoria. 

La viuda fallecía en Colonia al año siguiente, y allí fue enterrada. Carlos Martel luchaba por consolidar su gobierno, una lucha que se prolongaría durante más de 10 años. Mientras tanto los musulmanes, que habían invadido la península Ibérica, iban constituyendo una amenaza cada vez más poderosa y se preparaban para adentrarse en el territorio de los francos. 


Al sur de Neustria, entre el Loira y los Pirineos, estaba Aquitania. Clodoveo se la había arrebatado al godo Alarico II más de dos siglos antes, pero el territorio nunca había llegado a formar parte firmemente del reino franco, sino que conservaba cierta independencia bajo su propio linaje de duques y hacía gala de una cultura mucho más romana y civilizada. Allí gobernaba a la sazón un duque llamado Eudes, que había tratado de aprovechar las guerras civiles que siguieron a la muerte de Pipino para consolidar su independencia, y habría tenido éxito de no ser por la amenaza árabe. Eudes se vio obligado entonces a hacer las paces con Carlos Martel y aliarse con él para poder defenderse contra ese peligro. 

En el año 732 los árabes de Abderramán organizaron una fuerza expedicionaria y se dirigieron a Aquitania. Eudes, incapaz de detenerlos, pidió ayuda a Carlos. 

Los árabes confiaban mucho en su caballería, así que Carlos necesitaba tener la suya propia. Para que se adecuase a la forma de combatir de los francos, necesitaba grandes caballos, y formó una caballería pesada, la primera de ese tipo en suelo europeo, de aspecto parecido a lo que llegarían a ser los caballeros medievales en justas y torneos. Distribuyó valiosos patrimonios entre sus guerreros, con los cuales podían conseguir y mantener los caballos y el equipo. Para ello obtuvo dinero de la Iglesia, que durante siglos había ido acumulando tierras y ahora poseía casi un tercio del suelo de los francos. Sin embargo, en siglos posteriores los cronistas eclesiásticos mostraron gran cólera contra él y difundieron la historia de que después de su muerte fue llevado al Infierno por un demonio. 

Batalla de Poitiers por Charles de Steuben

En el 732 la caballería avanzó hacia Poitiers. Las cargas de los árabes se rompieron una y otra vez contra la caballería pesada de los francos. Al caer la noche el invasor optó por la retirada. Carlos Martel había ganado una gran batalla y frenado la expansión árabe por Europa, si bien los musulmanes ocupaban todavía el Rosellón y el Languedoc inferior. De esta época data su sobrenombre de Martel (martillo). Continuaría expulsando a los árabes de Francia en los años siguientes, y volvería a derrotarlos cerca del río Berre y en Narbona. 

La victoria de Poitiers contribuyó a elevar el prestigio de Carlos y lo ayudó en su proyecto de unificar el ámbito franco. Pero reconoció sus límites y continuó siendo siempre el mayordomo de palacio, mientras eran los merovingios quienes reinaban. A Dagoberto III le sucedió su primo Chilperico II, y luego Teuderico IV. En 737 falleció Teuderico y Carlos permitió que el trono permaneciese vacío, pero no trató de ocuparlo él, ni de hacer coronar a su hijo. 

Casó primero con Chrotrud, con quien tuvo tres hijos: Jerome, Carlomán y Pipino. Su segundo matrimonio, con Sunnichila, fue en 725. De ella tendría a Grifón y Chiltrud

Carlos Martel fallecía en Quierzy el 22 de octubre del 741. A petición suya, fue enterrado en la basílica de Saint-Denis. Había dividido el gobierno del Imperio franco entre sus hijos Carlomán y Pipino el Breve. 




Bibliografía: 
La Alta Edad Media – Isaac Asimov 
Carlomagno y el Imperio carolingio - Louis Halphen, María Elena Jorge Margallo

sábado, 12 de marzo de 2011

Los Dragones de la Montaña


Estela de Naram-Sin, museo del Louvre

Según la Lista real sumeria, tras la caída de Akkad los reyes trasladaron la Corte a Uruk. Allí se sucedieron cinco reyes durante un periodo de 30 años. Después de eso, hacia el 2200 a. C. la horda qutu (también llamada guti, gutis o gutu) formó una nueva dinastía de 21 reyes. 

Existen muchas preguntas sin respuesta acerca de este pueblo de las montañas, cuestiones sobre su origen geográfico, su etnia y su lengua, y aún se discute el papel que jugaron en la caída del Imperio acadio. Se piensa que podrían ser los ancestros de los actuales kurdos

No existen apenas fuentes coetáneas, por lo que su época es una de las más oscuras de la historia de Mesopotamia. Crónicas posteriores describen a los qutu como hombres feroces, que no conocían el temor de los dioses, y los denominan “dragones de la montaña”. Los sumerios los llamaron “serpientes, escorpiones y parodias de hombres”. 

Aquellos que no forman parte de la Tierra: 
Los qutu, un pueblo sin riendas, 
Con mentes de hombres pero sentimientos perrunos 
Y rasgos de monos. 
Cual pequeñas aves, se abalanzaron sobre la tierra en grandes bandadas… 
Nada escapó a sus garras, 
Nadie escapó. 


Formaban una minoría tribal asentada en los montes Zagros del este del Tigris, vecinos de los lullubi, junto a los cuales, y en unión de umam-manda, hurritas y elamitas, habrían provocado la caída de un Imperio acadio minado por la agitación religiosa y el malestar social. Se supone que sus incursiones se habían iniciado en los últimos años del reinado de Naram-Sin, en respuesta a la violencia y depredación de sus territorios. Las ciudades sumerias aprovecharon la ocasión para independizarse, y la anarquía y los desórdenes dinásticos sacudieron el trono. 

Los mensajeros ya no podían viajar por los caminos, 
El bote del correo ya no podía viajar por el río, 
Los prisioneros se hacían cargo de las guardias, 
Los bandidos llenaban los caminos […] 
Plantaron jardines para su uso en mitad de las ciudades, 
No en las afueras, como era costumbre. 
En los campos no crecía el grano, las aguas no traían peces, 
Los huertos no daban sirope ni vino, 
Las nubes no traían lluvia […] 
Los hombres eran tomados por traidores, 
Los héroes yacían muertos, apilados en montones encima de otros héroes, 
Y la sangre de los traidores manaba encima de la sangre de los hombres honestos. 

Ellos pensaban que la invasión ocurrió porque los dioses estaban enfadados. En la Maldición de Agadé narran cómo Naram-Sin había destruido el gran templo de Enlil en la capital, llevándose todo el oro, la plata y el cobre en sus barcos. Ese acto sacrílego habría sido el causante de la desgracia que venía a abatirlos. Enlil se venga enviando a esas hordas como “retumbante tormenta que subyuga a todo el país, el diluvio creciente al que no es posible enfrentarse… Y así, en las orillas de los canales creció la hierba; en los caminos, creció el luto”. 

Gudea de Lagash

El dominio qutu sobre Akkad y Sumer fue intermitente y más nominal que efectivo, puesto que la mayoría de las ciudades gozaron de total libertad y algunas de ellas alcanzaron entonces su apogeo, como Uruk, Lagash o Ur. Estos lugares se convirtieron en refugio de los sumerios y vivieron nuevos periodos de esplendor. Gudea, patesi de Lagash, creó un imperio comercial que pagaba tributos a los qutu por establecer rutas de caravanas. 

Se produjo un periodo de lucha por la corona; reyes acadios y qutu, junto con usurpadores, se sucedían en el poder sin que ninguno fuera capaz de ejercerlo. El último rey de los qutu, Tiriqan, sólo llegó a reinar 40 días, hasta ser expulsado por un rey de la quinta dinastía de Uruk, llamado Utukhegal (2120 – 2112 a. C.), que se enfrentó a él en batalla obteniendo una aplastante victoria. El dominio qutu, cuyas gentes eran una minoría dentro de la población, quedó seriamente quebrantado y desapareció al poco tiempo. 

Parecía al principio que los invasores no tenían intención de sustituir una cultura por otra, sino que eran simples bárbaros destructores que asolaban todo a su paso. Destruyeron el templo de Ishtar en Assur, el palacio de Naram-Sin en Tell Brak, arrasaron ciudades hasta los cimientos, saquearon el valle del Diyala y ocuparon la capital. Sin embargo, acabaron por adoptar la superior cultura sumero-acadia con sus costumbres, religión y lengua, permitiendo los intercambios comerciales y con ello la recuperación del país. También se sirvieron de la misma estructura administrativa acadia, pero los invasores eran un pueblo de montañeses con poca o ninguna experiencia en la administración de amplios territorios dotados de una administración compleja. La falta de rastros epigráficos y en general culturales de los qutu en Mesopotamia da a entender que su dominio no imprimió huellas importantes. No dejaron inscripciones o tradiciones tras de sí, ni tampoco historias que contar. 

Emplazamiento del palacio de Naram-Sin en Tell Brak

Su dominio se concentraba sobre todo en Mesopotamia central, permaneciendo contiguo a sus tierras de procedencia. Su centro siguió estando en las montañas, y su vencedor, Utukhegal, los acusaba de haberse llevado la realeza de sumer a un país extranjero. 

El periodo que comienza con la caída del Imperio acadio fue el último gran momento de esplendor cultural y político que se había desarrollado en Mesopotamia desde el cuarto milenio. Conocido también como periodo neosumerio, comienza con la expulsión de los qutu y prosigue con la unificación del país de Sumer y Akkad. 



Bibliografía: 
El nacimiento de la civilización – Federico Lara Peinado 
Historia del cercano Oriente – Carlos G. Wagner 
El antiguo oriente: historia, sociedad y economía – Mario Liverano 
Historia del mundo antiguo – S. Wise Bauer

miércoles, 9 de marzo de 2011

Los salones en tiempos de Luis XV

Madame Geoffrin

A diferencia de Luis XIV, Luis XV mostró poco interés por las letras, de modo que la vida literaria y artística se alejó de la Corte para trasladarse a los salones de París. 

En tiempos de Luis XV estos lugares eran frecuentados no sólo por la crema y nata de la sociedad, sino por todo aquel caballero con aspiraciones a hacerse un hueco entre ellos. Los salones tenían mucho que ofrecer a un provinciano: contactos con el gran mundo, trato con intelectuales de primer orden y amplia visión de las intrigas y rivalidades cortesanas. Se comentaban casi todos los aspectos de la vida francesa: artes, filosofía, ética, impuestos, política interior, compromisos con otras potencias, etc. 

La mayoría de los salones estaban dirigidos por mujeres, aristócratas e intelectuales que mantenían una intensa correspondencia con sus contemporáneos. Los más celebrados eran los de Madame du Deffand y Madame Geoffrin. Esta última vivía en la rue Saint-Honoré, donde daba dos tertulias a la semana: el lunes para el arte y sus mecenas, y el miércoles para la filosofía y la política, los enciclopedistas, embajadores y notables extranjeros. Figuraba entre éstos un joven polaco llamado Stanislas Poniatowski, futuro rey de Polonia, que albergaba sentimientos filiales por la anfitriona, a quien llamaba su querida Maman. 

Salón de Madame Geoffrin

En el salón de la marquesa de Lambert se reunieron Marivaux y Montesquieu hasta 1733. También Madame de Lespinasse, sobrina de la marquesa du Deffand, abría el suyo en la rue Bellechasse. Otro de los lugares más frecuentados era el salón de Claudine Guérin de Tencin, famosa novelista de la época, hija del presidente del Parlamento de Grenoble. Claudine fue la madre de d’Alembert, fruto de sus amores con el caballero Louis-Camus Destouches. Madame de Tencin, además, gustaba de la intriga política y ejercía un considerable control sobre otro de sus amantes: el mariscal de Richelieu, uno de los mejores amigos de Luis XV. 

Uno de los más populares personajes fue la actriz y cortesana Thérèse de la Pouplinière. Su salón era de los más reputados. A su casa acudía toda clase de gente de todo extracto social. Allí se encontraba tanto buenas como malas compañías: gente de la corte, hombres de letras, artistas, extranjeros, actores, actrices o “filles de joie”. Voltaire, Rousseau, Chardin, Pigalle, David Hume o Gibbon, todos pasaron por allí. 

Cena en casa del Príncipe de Conti

Existía otro lugar en el que se podían establecer fructíferos contactos: la mansión del príncipe Louis François de Conti, que había conquistado justa fama en el campo de batalla y en el de la política. Estudioso y elocuente, acostumbrado a expresarse ante el Parlamento, donde se le escuchaba con respeto tanto por su mente cultivada como por ser un príncipe de la sangre, también poseía su salón abierto, sin duda el más distinguido. Todas las tardes se congregaban en el Hôtel du Temple los mejores representantes del mundo de las letras, la moda y la política; mariscales de campo, duques y duquesas, ministros y cardenales y miembros de la realeza. Antes que salón parecía corte, de ambiente más liberal y heterogéneo que Versalles. 

martes, 8 de marzo de 2011

Isabel Barceló funda Roma


Para los más despistados, les aviso que Isabel Barceló, autora de Dido, reina de Cartago, está abordando en su blog su segunda novela, una historia apasionante sobre la fundación de Roma.

Están a tiempo de incorporarse a la historia, y también de conocer su primera novela, que podrán encontrar en las librerías. Les aseguro que merece la pena.

Disculpen mi casi total ausencia estas semanas.

viernes, 4 de marzo de 2011

Richelieu y las mujeres


Richelieu

Marion Delorme era la más famosa cortesana de su época. Su salón era el centro en el que se reunía la flor y nata de la sociedad parisina.

Cuando todo el mundo dormía en Saint-Germain, el joven marqués de Cinq-Mars, favorito de Luis XIII, se deslizaba sin hacer ruido hasta los establos, montaba sobre su caballo y salía a galope hacia París para verla.

Así lo cuenta Montglat en sus memorias:

“A menudo hacía estas solitarias galopadas por miedo a que el rey se enterase; y así no tenía hora para dormir, porque era preciso que todo el día estuviese junto al monarca. Y este trabajo, unido al que le procuraban las noches junto a la damita, lo debilitó hasta tal punto, que siempre estaba de mal humor; lo que hacía creer al rey que se aburría con él, y esto renovaba sus querellas, en las que el cardenal siempre era mediador”.

Marqués de Cinq-Mars

La pasión del marqués por la bella Marion era tal que incluso se afirmaba que ambos se habían casado en secreto. Richelieu, al enterarse de estos amoríos, se alertó al punto. Su Eminencia consideraba con horror cómo las relaciones femeninas de Cinq-Mars corrían el riesgo de tener unas consecuencias lamentables para la política del reino. Desde hacía unos meses el rey había emprendido la conquista del Artois, en posesión española, y él mismo dirigía las operaciones. Se había apoderado ya de Hesdin, Mezières, Ivoy, Saint-Quentin… Pero Arras, capital de la provincia, aún resistía y estaban en curso durísimos combates. El cardenal, que conocía la sensibilidad de Luis XIII, comprendió que era de temer un desastre militar si Cinq-Mars no rompía con la cortesana. Hizo llamar a Marion Delorme a su palacio y, como no tenía otro medio para separarla del favorito, se “sacrificó” por el bien del Estado y se convirtió en su amante.

Este es el relato que hace el descarado Tallemant des Réaux:

“El cardenal de Richelieu no pagaba mejor por las mujeres que por los cuadros. Marion Delorme estuvo dos veces en su casa. En la primera visita la recibió con un traje de satén gris, con bordados de oro y plata, con botas y plumas. Ella confesó que aquella barbita en punta y los cabellos por encima de las orejas causaban un gran efecto. Oí contar que una vez ella entró disfrazada de hombre y dijo que era un correo. Ella misma lo contó. Tras estas dos visitas, le hizo entregar cien pistolas por Bournais, su ayuda de cámara, que era el intermediario…”

A pesar de la avaricia del cardenal, Marion se sentía halagada por haber sido elegida por aquel hombre poderoso y temido, y aceptó no volver a ver a Cinq-Mars. El marqués se reconcilió con el rey y Richelieu, satisfecho, decidió, para recompensarse, seguir siendo por algún tiempo el amante de Marion Delorme. Pero ¡ay!, la bella era muy habladora, y no tardó en ufanarse de sus relaciones con el cardenal, de modo que las malas lenguas comenzaron a llamarla “la cardenala”.
Marion Delorme

A veces sus amigos le preguntaban cómo podía acostarse con un príncipe de la Iglesia.

—Un cardenal es muy poca cosa cuando no lleva ya su manto escarlata y el bonete rojo —sonreía ella, y luego añadía con toda desfachatez que esos amores ciertamente le valdrían una indulgencia plenaria.

Richelieu incluso tuvo la audacia de invitar a la bella Marion a su palacio al mismo tiempo que al rey, con ocasión del compromiso de esponsales de una de sus sobrinas, mademoiselle de Maillé-Brezé, con el duque de Enghien, futuro Gran Condé. Hubo entonces muchos rumores y comentarios, ya que era la primera vez que un prelado recibía oficialmente a una cortesana.

Todo París estuvo pronto al corriente de tan extraordinario idilio. Y es que el cardenal, en efecto, gustaba de las mujeres.

"Una vez quiso divertirse con la princesa María de Gonzaga, ahora reina de Polonia. Ella le había pedido audiencia. Él estaba en la cama, y la hicieron entrar sola, mandando el capitán de la guardia retirar a todo el mundo.

—Caballero —empezó ella—, he venido para…

Él la interrumpió:

—Madame, os prometo lo que queráis; no quiero saber de qué se trata, pero me complace veros. Jamás estuvisteis tan bella. Siempre he sentido una inclinación particular por serviros.

Y diciendo esto tomó su mano; ella la retiró y quiso contarle el asunto. Él repitió la maniobra, pero ella se levantó y se fue.”

María Luisa Gonzaga

Poco después se enamoró de Madame de Brissac, esposa de su primo el mariscal de la Meilleraye, gran maestre de artillería.

“Su esposa era bonita y cantaba bien. El cardenal de Richelieu se prendó de ella; siempre tenía algo que hacer en el arsenal. El gran maestre cayó en una deplorable melancolía. La mariscala podía, de quererlo, hacer rabiar impunemente al cardenal. Y como no le faltaba inteligencia, se percató de ello, y un día, por una resolución bastante rara en su edad, fue a ver al gran maestre y le manifestó que el aire de París no le sentaba bien y que estaría mucho mejor, si él lo aprobaba, en Bretaña, en casa de su madre…”

Pero las empresas amorosas de Richelieu no siempre terminaban mal. Guy Patin, en una carta de noviembre de 1649, escribía:

“El cardenal, dos años antes de morir, todavía tenía tres amantes, la primera de las cuales era su sobrina [Madame de Combalet]; la segunda era la Picarda, o sea la esposa del mariscal de Chaulnes, y la tercera una bella joven de París, llamada Marion Delorme; de modo que ya ves cómo esos señores del bonete colorado son muy golosos. Vere cardinales isti sunt carnales”.*



*Verdaderamente los cardenales son muy sensuales