domingo, 30 de enero de 2011

Esparta


Esparta, también llamada Lacedemonia, se encontraba a orillas del río Eurotas, a unos 40 kilómetros del mar. En tiempos micénicos había sido una ciudad importante, pero después de ser conquistada por los dorios hacia el 1100 a. C. cayó en la oscuridad durante un tiempo. 

En los tres siglos siguientes fue capaz de ir recuperándose gradualmente e incluso de extender su influencia sobre las ciudades vecinas. Para el año 800 a. C. se había convertido en la soberana de todo el valle, una región llamada Laconia

Los conquistadores dorios eran los únicos con categoría de ciudadanos, y los únicos que intervenían en el gobierno, aunque fueran una minoría dentro del total de la población. Eran la clase privilegiada. Cuando nacían se les entregaba una parcela de tierra y se les asignaba un número de esclavos que conservaban durante toda la vida. Es decir, si al nacer se les consideraba lo suficientemente sanos y bien formados como para ser espartanos, porque si la comisión de ancianos que los examinaba en el Pórtico determinaba que el recién nacido no era apto, se le arrojaba al Apótetas, un barranco al pie del monte Taigeto. 

Según Plutarco, también para demostrar que los niños eran robustos, “las mujeres no lavaban a los bebés en agua, sino en vino, haciendo así una prueba de su temperamento. En efecto, dicen que los niños epilépticos y enfermizos con el vino puro tienen convulsiones y pierden los sentidos, pero los sanos más bien se templan y endurecen su constitución.” 


Es el Estado el que educa a los niños. La instrucción es muy severa, y en ella tiene gran importancia el ejercicio físico, puesto que se trata de formarles como guerreros. En cuanto comienzan el periodo de formación dejan de vivir con sus familias y pasan a vivir en grupo bajo el control de un magistrado. Las condiciones son durísimas: van descalzos, sólo tienen una túnica al año y el alimento que se les proporciona es tan deficiente que deben aprender a subsistir robándolo si es preciso. Se les pedía, además, que hablaran poco, y de ahí el término “lacónico”, que hace referencia a los habitantes de la región de Laconia, es decir, a los espartanos. 

Sólo hay dos actividades que un espartano considera honorables. Una es la guerra. De hecho, las propias madres espartanas decían a sus hijos, cuando los despedían al partir hacia alguna campaña bélica: “Vuelve con el escudo o encima de él”. El otro asunto del que consideran digno ocuparse es del gobierno. 

Cuestiones como el comercio o la industria no son propias de un ciudadano de Esparta, por lo que se dejan en manos de un pequeño grupo llamado periecos, hombres libres pero sin ningún poder político. Descendían de aquellos entre los primitivos habitantes de Esparta que tuvieron la previsión de aliarse a tiempo con los invasores. 

El resto, los que habían cometido el error de resistir, fueron esclavizados. Una de las primeras ciudades que sufrió este destino fue Helo. Sus habitantes sufrieron en masa la esclavitud, por lo que con el tiempo el término ilota, o habitante de Helo, llegó a designar a cualquier esclavo espartano. 


Un ilota podía ser manumitido por sus buenos servicios a Esparta, con lo que podía pasar a formar parte de los periecos. Pero en general eran seres sin derechos humanos y se los sometía a un trato sumamente cruel. 

En cuanto a los ciudadanos de Esparta, perdían su condición de tales si se les consideraba culpables de atimia, es decir, de haber mostrado cobardía o desobediencia durante una campaña militar. Y hay que tener en cuenta que hasta mediados del siglo V a. C. se consideraba atimia no sólo el hecho de huir o retroceder ante el enemigo, sino incluso el de sobrevivir a la vergüenza de una derrota. 

Al perder su ciudadanía pasaban a ser los tresantes (los temblorosos). Éstos sufrían toda clase de vejaciones, y las condiciones que debían soportar eran similares a las de los ilotas. En la calle debían ceder el paso, y los espartanos podían golpearlos. No se les podía dirigir la palabra; tenían que llevar la ropa sucia y remendada y afeitarse tan sólo una parte de la barba. Las hijas no podían casarse, sino que permanecían a su cargo. Pero al menos a los tresantes se les permite acudir a los lugares públicos —aunque eran excluidos del gimnasio y del equipo del juego de pelota— y además podían redimirse mediante algún acto valeroso en batalla. 

Los espartanos tenían reyes, pero su realeza era poco común, puesto que tenían dos a la vez. Es decir, era una diarquía en lugar de una monarquía. La causa de esto puede ser que dos tribus de los dorios se unieron para conquistar Esparta, y acordaron que ambas familias gobernarían conjuntamente. Los espartanos explicaban el hecho diciendo que los reyes descendían de dos hermanos gemelos. 


Con el tiempo el poder de los reyes espartanos fue severamente limitado. Su función principal era la de conducir los ejércitos, y sólo tenían poder en realidad fuera de las fronteras de Esparta, porque en el interior el gobierno era controlado por una oligarquía de 30 hombres. Los dos reyes formaban parte de ella. Los otros oligarcas eran elegidos entre los espartanos que habían llegado a la edad de 60 años. Formaban la gerusía o consejo de ancianos. 

Había también 5 éforos o magistrados, encargados de cumplir las decisiones de la gerusía. En tiempos de paz tenían más poder que los reyes y podían multarlos o castigarlos.

viernes, 28 de enero de 2011

La Emperatriz Irene


Al enviudar de su última esposa, Liutgarda, Carlomagno pensaba casarse con la madurita emperatriz Irene, que reinaba en Constantinopla. 

Irene, ambiciosa y siempre intrigante, había nacido en Atenas en torno al año 752, en el seno de una noble familia. Aunque huérfana, su tío era un patricio que ocupaba una importante posición. La joven llegó a Constantinopla en el año 769 porque el emperador Constantino V la había elegido como esposa para su hijo León, sin que estén claros los motivos. 

Las leyendas en torno a su persona proliferan de tal modo que algunas de ellas la hacen de origen humilde, tal vez hija de una hilandera o de una prostituta, según las diversas versiones. Sin embargo, habría podido recibir una educación gracias a que uno de sus parientes era un sacerdote influyente en la corte. 

Siempre de acuerdo con esta leyenda, Irene supo encontrar la manera de señalarse a los ojos del emperador, sin que haya acuerdo en el medio empleado. Para unos habría sido mediante su trabajo como hilandera, mientras que otros afirman que se arrojó a los pies de León IV un día en que él salía de la iglesia. Sea como fuere, el final de la historia es que el emperador se casó con ella. 


Leyendas aparte, Irene tenía 17 años cuando contrajo matrimonio con León, pero su juventud no le impidió manejar a su esposo a su antojo desde el primer momento. 

El 14 de enero del 771 nació su único hijo, Constantino, en la Cámara Púrpura del gran palacio de Constantinopla, y en agosto del 775 ella y su esposo subían al trono a la muerte de su suegro. 

No todo fue armonía en el matrimonio. León IV era iconoclasta, y se cuenta que, al descubrir algunos iconos en poder de su esposa, dejó de compartir el lecho conyugal con ella. 

Irene se quedó viuda en septiembre del año 780. León fallecía, tal vez envenenado, y ella asumía la regencia durante la menor edad de su hijo Constantino VI, al que también dominaba por completo. La emperatriz se deshizo fácilmente de sus enemigos, los hermanastros del difunto León IV, con la colaboración de sus eunucos de confianza, Ecio y Estauracio. La solución de Irene fue hacer que los hermanos revoltosos fueran ordenados sacerdotes, condición que impedía reinar. 

Más tarde Constantino la asoció al trono, y la emperatriz acabó gobernando en solitario con el título masculino de Basileus, en lugar del femenino Basilissa. Era la primera mujer que ocupaba el trono bizantino. 


Irene fue una gran gobernante que frenó a los sarracenos e hizo la paz con el califa Harun al Raschid. Pero la leyenda negra continuó persiguiéndola durante su reinado. Se afirmaba que amenazó a su propia nuera con envenenarla si no se ponía de su parte en los desacuerdos que tuviera con su hijo. Ésta era María de Amnia, una noble anatolia. Constantino había estado prometido anteriormente con una hija de Carlomagno, pero Irene rompió el compromiso contra los deseos de él, obligándolo a casarse con María, a quien el joven detestaba. 

Como la relación entre ambos esposos era mala y él prefería el lecho de su amante Teodata, se decía que Irene ponía afrodisíacos en los alimentos de la pareja para tratar de asegurarse de que tendrían descendencia. En una ocasión se habría excedido con la dosis de cantárida, llevándolos casi a la muerte. 

En el año 790 Constantino logra hacerse con ese poder que su madre se resiste a soltar y la confina en el palacio de Eleuterio. Pero la ausencia de la emperatriz sólo duraría dos años. 

En el 795 el emperador repudia a su esposa y se casa con su amante Teodata, a quien concede el título de Augusta. Teodata había sido una de las damas de María. 

Dos años más tarde, en el 797, Irene tramó una conspiración contra su propio hijo. Constantino fue apresado, azotado y cegado por orden suya. Él y Teodata son encerrados en un monasterio mientras ella asume el poder absoluto. 

El joven murió, tal vez a consecuencia de esas heridas, dejando a Constantinopla sin heredero varón. Siguió a los hechos un eclipse solar y una oscuridad que duró 17 días, lo cual fue interpretado como señal de la cólera divina. 


En el año 800 Carlomagno era coronado como emperador de Occidente. Irene, furiosa, se negó a reconocerlo. Poco después Carlos, para aplacarla, enviaba embajadores a ofrecerle matrimonio, en lo que demostró gran valor, habida cuenta del historial de la dama. 

La emperatriz gobernaba con puño de hierro, de modo que pronto se atrajo la oposición de sus nobles. El pueblo también estaba descontento debido a los abusivos impuestos y a los precios que habían llegado a alcanzar los alimentos. Todo estaba preparado para que se produjera un levantamiento. 

Mientras tanto Carlomagno, como las conversaciones con Constantinopla transcurrían lentamente, se entretenía con sus concubinas. Pero un día los embajadores llegaron con malas noticias: una conspiración había derrocado a Irene en octubre del 802. Las negociaciones secretas con Carlos fueron descubiertas por la indiscreción de un eunuco; ella había sido detenida, conducida al monasterio de la isla de Prinkipo y desde allí desterrada a la isla de Lesbos. Su tesorero, Nicéforo, había subido al trono. 

Irene fallecía al año siguiente en su lugar de destierro, donde debía ganarse la vida hilando. La Iglesia Ortodoxa la considera santa, por haber restaurado el culto de las imágenes. 

Fue el fin de los proyectos matrimoniales de Carlomagno. En adelante se conformaría con sus concubinas.

miércoles, 26 de enero de 2011

Las esposas de Carlomagno


Carlomagno tuvo cinco esposas. La primera fue Himiltrudis. Carlos tenía 18 años por entonces. Ella era bonita, virtuosa, dulce y se cree que también bastante fría, lo que no impidió que le diera un hijo al que llamaron, con justa causa, Pipino el Jorobado

En realidad no está claro si llegó a casarse con Himiltrudis o si se trataba de un concubinato. El Papa debía considerar legítima su unión, puesto que cuando la madre de Carlomagno, Bertrada, quiso casarlo con Desiderata, la hija del rey de los lombardos, se encontró con que la Santa Sede se oponía alegando precisamente ese motivo. 


Los de Carlomagno para desposar a Desiderata eran estrictamente políticos. Buscaba sujetar a su hermano, el turbulento Carlomán, e impedirle que se aliara él con el rey de los lombardos. 

La nueva novia venía desde Pavía. Era apagada, mustia y se dice que no poseía ningún encanto. Pero el Estado tenía unas razones y el corazón otras, por lo que Carlos tuvo que repudiar a Himiltrudis y enviarla a un convento. 

Desiderata no le gustaba en absoluto, aunque su carácter ya estaba formado y supo ocultar la repulsión que la joven le inspiraba. Incluso, de vez en cuando, tenía una atención con ella. Pero al cabo de un año Carlomán murió, y Carlos, no viendo ya la necesidad de una alianza con los lombardos, devolvió a Desiderata a su padre. 

Fue entonces cuando, en el 771, conoció a la graciosa Hildegarda. Carlos se enamoró y se casó con ella. Era tan hermosa que el autor de su epitafio no dudó en escribir: “Sus encantos no tenían comparación con ninguna muchacha del país”. 


Hildegarda era alegre, vigorosa y de temperamento ardiente. Ejerció una gran influencia sobre su esposo, hasta el punto que hay quien dice que fue ella quien forjó a Carlomagno, a quien supo transmitir su optimismo, su fuerza y su buen humor. En palabras de Haureau en su obra Carlomagno y su Corte, “La emocionante simplicidad de Hildegarda y el placer de su convivencia corrigieron esa rudeza que hace buenos soldados, pero que no puede hacer buenos reyes”. 

Poco tiempo después Carlos organizó la primera expedición contra los sajones. Hildegarda, de quien no podía separarse, estuvo a su lado durante toda la campaña. Ella dormía en los carros, caminaba por el barro, atravesaba los ríos en el puente de los barcos y compartía la vida de los guerreros francos. 

Carlos volvió vencedor de Sajonia y marchó a Roma para defender al Papa, amenazado por los lombardos. Hildegarda también lo acompañó. La campaña fue dura y larga. Por fin, después de haber sitiado Pavía, Carlos derrotó a su ex suegro, el rey Didier, y lo hizo enclaustrar en Neustria. 

Carlomagno se hizo coronar rey de los lombardos, pero no pudo quedarse mucho tiempo en Pavía, porque los sajones se habían rebelado. Montó sobre su caballo e Hildegarda lo siguió nuevamente en un carro. Durante varios años la joven recorrió a su lado los caminos de un imperio en formación. 

La reina dio a su esposo nueve hijos. Cuatro fueron varones: Carlos, Pipino, Luis y Lotario; y cinco niñas: Adelaida, Rotrudis, Berta, Gisela e Hildegarda

Falleció al cabo de once años de matrimonio, y todo el mundo la lloró. El primero su esposo, lo que no impidió que meses más tarde volviera a casarse, esta vez con la hija de un conde franco, la altanera Fastrada. También ella ejercería sobre él un gran poder que todos los cronistas coinciden en deplorar. Se dedicaba a azuzar a Carlos contra aquellos que ella detestaba, haciendo destituir a numerosos servidores y persiguiendo a buenas gentes sin otro motivo que haber incurrido en su desagrado. 


Malvada y envidiosa, sentía celos de las mujeres de los grandes del país y empujaba a su marido a represiones contra conspiradores imaginarios. Todo ello impulsó a Eginardo a escribir: “Más de una vez, Carlos se desprendió de su natural bondad para dar satisfacción a la crueldad de su esposa…” 

Débil ante Fastrada, el futuro amo de Europa cometió equivocaciones que motivaron gran descontento. Sus enemigos aprovecharon la ocasión para conspirar contra él. Avisado del peligro, volvió de Sajonia, donde se encontraba guerreando, y los hizo detener. 

La hipócrita Fastrada le inspiró entonces una maniobra muy poco elegante: después de haber fingido perdonarlos, Carlos los mandó a una iglesia para que rezaran. 

—Cuando hayáis acabado de orar, no me veréis nunca más enfadado —les dijo. 

Y fue cierto, porque a la salida del templo unos soldados los esperaban para arrancarles los ojos. 

Esta doblez indignó a muchos, y de nuevo se forjó una conspiración. Los grandes, decididos a suprimir a Fastrada, se agruparon en torno a Pipino el Jorobado, el hijo que Carlos había tenido de Himiltrudis, sabiendo que éste estaba animado por el odio que albergaba al saberse eliminado de la sucesión. Conspiraron entonces para provocar la muerte de la reina y del rey. 

Finalmente la conjura no tuvo éxito porque un diácono, escondido bajo el altar mayor de una iglesia, sorprendió una conversación entre los amigos de Pipino. Todos los conjurados fueron condenados a muerte. Pipino, tras haber sido azotado y tonsurado, terminó su existencia en un convento. 

La alarma había sido grande. A partir de aquel momento Carlos hubiera desconfiado de los consejos de su mujer si ésta no hubiera tenido la buena idea de morirse. 


El viudo buscó entonces una compañía más tranquila. Conoció a la hija de un conde alemán, llamada Liutgarda. Le parecía que reunía todas las cualidades que un día había tenido Hildegarda: era hermosa, generosa y alegre, de modo que se casó con ella en el 794. 

Carlomagno ya no era joven, pero se dice que ella se enamoró perdidamente. Liutgarda tenía aproximadamente la edad de las hijas de su marido, de manera que compartía sus juegos y sus tareas. A su lado el emperador encontró una nueva juventud y la fuerza para emprender nuevas acciones. 

Feliz en el amor, también lo fue en la política: confiado en su buena estrella, se dirigió a la ceremonia que debía celebrarse en Roma el día de Navidad del año 800. Por desgracia la encantadora Liutgarda no iba a poder compartir ya ese momento: había muerto, sin dejar hijos, el 4 de julio del año 800, en Tours. 

Por un extraño capricho del destino, este hombre, que no podía vivir sin tener a su lado una mujer, estuvo solo el día de su mayor gloria.

lunes, 24 de enero de 2011

Alejo Comneno, Emperador de Bizancio

Alejo I Comneno

En el año 1071 el Imperio Bizantino había perdido sus últimas posesiones en Italia ante el creciente poder normando en la zona. Además, la batalla de Manzikert aseguraba a los turcos el control de casi toda Asia Menor. Croacia ganaba independencia, y Dalmacia, Serbia y Bulgaria amenazaban con seguirla. 

Tales eran las oscuras perspectivas a las que se enfrentaba Alejo Comneno al entrar en el juego político, empujado por su ambiciosa madre. Como general tuvo éxito en sus campañas contra turcos y normandos, un triunfo que debía más a su astucia que a su valor. 

En 1081 el emperador Nicéforo III Botaniates fue obligado a abdicar y retirarse a un monasterio, y el 4 de abril Alejo era solemnemente coronado por el Patriarca de Constantinopla. Tenía unos 33 años. 

Mediante el matrimonio que su madre le concertó con Irene se alió con la poderosa Casa de Ducas. Pero Alejo era el amante de la emperatriz, María Bagrationi, hija del rey de Georgia Bagrat IV y célebre por su belleza. La relación, iniciada antes de que él alcanzara el trono, continuó después del matrimonio sin que hicieran esfuerzo alguno por ocultarla. Ambos convivían en el Palacio de Mangana. 

Nicéforo III y María

El Imperio no era una balsa de aceite. Alejo pronto tuvo que hacer frente a una invasión de los normandos desde el sur de Italia. Venían al mando de Roberto Guiscardo y su hijo Bohemundo. Como le faltaban medios económicos con los que armar un ejército, el emperador decidió recurrir a la diplomacia, enviando a disidentes normandos a promover una revuelta en Italia. Consiguió una tregua con los turcos y el apoyo del Papa, además de comprar también el de Venecia a cambio de privilegios comerciales. La resistencia militar que era capaz de ofrecer era pequeña, pero la barrera diplomática resultó impresionante. 

En Asia Menor, divida por los turcos en tres emiratos en 1085, Alejo logró combinar nuevamente sus propios ataques militares con la astucia, lo que llevó a los turcos a enfrentarse entre sí y mientras tanto él fuera recuperando territorio poco a poco. Protegía el terreno erigiendo fortalezas al frente de las cuales situaba a mercenarios anglosajones que habían huido de una Inglaterra ahora dominada por Guillermo el Conquistador. Además renovó la flota y estableció una base naval en Chipre. 

Toda esta actividad implicaba constantes viajes y una compleja organización. Alejo entrenaba a sus tropas y las conducía personalmente, porque era lo bastante prudente como para temer a los generales ambiciosos que a lo largo de toda la historia del Imperio Bizantino habían intentado usurpar el trono. Con frecuencia tuvo que hacer frente a complots de la aristocracia descontenta, apoyados por una Iglesia irritada con la costumbre de Alejo de apoderarse de sus ingresos cuando no le quedaba otro recurso. Pero el emperador estaba siempre bien informado, no sólo de aquello que ocurría más allá de sus fronteras, sino también de los asuntos domésticos, por lo que lograba abortar todas las conjuras antes de que pudieran ser llevadas a cabo. 

Juramento de Godofredo de Bouillon ante Alejo

Ahora se enfrentaba a la mayor de sus batallas: tenía que reunirse con los caballeros Cruzados. Las relaciones entre el Imperio Bizantino y Occidente nunca habían sido buenas. Alejo había hecho ímprobos esfuerzos por mejorarlas a comienzos de su reinado, pero no estaba preparado para asumir este flujo de soldados indisciplinados, hambrientos de tierras e irrespetuosos con las costumbres que encontraban y con unas gentes que desdeñaban. 

La propia hija del emperador cuenta cómo en una ceremonia celebrada en la corte uno de los francos se sentó en el trono, y cuando Balduino lo persuadió para que se levantara, los griegos, asombrados, oyeron a éste murmurar después. 

—¡Qué campesino ignorante! Él se sienta mientras generales como estos permanecen en pie a su lado. 

A pesar de todas las provocaciones, Alejo mantuvo su alianza y les ofreció protección y provisiones. A cambio obtuvo la promesa de los Cruzados de que le entregarían todos los territorios griegos que les recuperaran a los turcos. 

Durante un tiempo todo fue razonablemente bien, a pesar de que los francos no parecían ser capaces de reprimir su costumbre de saquear los lugares por donde pasaban. Pero cuando Bohemundo tomó Antioquía en octubre, decidió quedarse con la plaza. Se excusó alegando que Alejo había roto el pacto al no haberles ayudado durante el asedio. 

Sitio de Antioquía

El emperador declaró que retiraría su apoyo a los Cruzados si Antioquía no era devuelta a su legítimo dueño, y la respuesta de Bohemundo fue declararle la guerra, aliado con Pisa. 

Cada vez llegaban más Cruzados a Bizancio, dejando tras de sí un rastro de destrucción. Para entonces los turcos, dándose cuenta del peligro, se habían unido, y las nuevas expediciones enviadas contra ellos sufrían contundentes derrotas. El problema mantuvo ocupado a Bohemundo, lo que permitió a Alejo recuperar parte de sus tierras. 

Bohemundo se encontraba ahora atrapado entre los griegos y los turcos. No viendo salida, en 1104 regresó a Europa con la intención de recabar nuevos apoyos. 

En 1107 embarcó un ejército de 34.000 hombres y surcó el Adriático hasta Valona para comenzar la conquista del Imperio de Alejo. Pero el emperador le estaba aguardando. Sitió a los normandos en Valona y vigiló estrechamente el mar para impedir que les llegaran suministros. Además, según su costumbre, sembró la disensión entre los mandos permitiendo que fueran capturadas unas cartas que se pretendía que eran respuesta a ofertas de traición. En 1108 el enemigo se vio obligado a rendirse y Bohemundo tuvo que aceptar las condiciones de Alejo. 

El emperador inició entonces negociaciones en Italia, destinadas a restaurar allí el dominio bizantino. En 1111 firmó un tratado con Pisa. Tres años más tarde lanzó un gran ataque contra los turcos mediante una estrategia de su invención. El plan tuvo mucho éxito, pero Alejo ya era anciano y estaba enfermo. Durante sus últimos años hubo de limitarse a los asuntos domésticos y las cuestiones dinásticas. 

Ana Comnena

Su ambiciosa hija, Ana, quería el trono para sí misma, y contaba con el fuerte apoyo de su madre. Ambas detestaban al hermano menor, Juan, que era el heredero. En 1118 Alejo, moribundo, hizo que Juan fuera proclamado emperador y coronado como tal. Después se ocupó de que se pusiera a salvo en el Palacio Sagrado. Con eso murió en paz. 

Alejo Comneno fue un gobernante inteligente, “un auténtico griego de la forja de Odiseo”. Apasionado por la filosofía y la teología, organizaba debates políticos en mitad de las campañas militares. Promovió la educación y la reforma de la Iglesia, pero hubo poco que pudiera hacer en materia financiera, pues las amenazas exteriores siempre eran tan grandes que consumían todos los recursos. En los buenos tiempos fue brillante, y en las crisis supo mantener la cabeza sobre los hombros.

Blog con estilo


Muchas gracias tanto a la encantadora madame Wendy, del blog Lalunaticaluz y miembro de la Orden de la Eterna Luz de la Sapiencia, a la creativa madame Fátima, de entre letras y pinceles, así como a mi estimado monsieur David, de Volando a rastras, por hacerme entrega ambas de este distinguido premio que honrará mis vitrinas.

Son ustedes muy amables al acordarse de mí, y siempre para cosas bellas.

sábado, 22 de enero de 2011

El cofre de Osiris


Osiris es el dios bueno de la mitología egipcia, el que muestra a los humanos las plantas que pueden servirles de alimento, les revela las artes de elaborar el vino y la cerveza y les enseña a aprovechar las riquezas del subsuelo. 

De Isis, hermana y esposa de Osiris, aprenden los hombres a cultivar la tierra y a amasar el pan. Ambos constituyen los dioses civilizadores gracias a los cuales los mortales son capaces de templar las armas, forjar instrumentos de trabajo y fundir y tallar estatuas. Con ellos el ser humano se convierte en un ser con ética y moral y con unas normas de convivencia. 

Cuando Osiris hubo iniciado a los egipcios en el conocimiento, confió a Isis el gobierno de aquellas tierras y partió hacia otras al frente de un ejército con la misión de completar su tarea civilizadora. A su regreso, su hermano Seth tramó una conjura contra él, un plan que debía llevar a cabo durante el espléndido banquete de bienvenida que le ofreció junto con 72 cómplices. Éste es el relato del episodio que nos hace Plutarco en su obra De Isis y Osiris

“Habiéndose enterado en secreto de la longitud exacta del cuerpo de Osiris, Tifón (Seth) mandó construir un cofre muy ricamente ornado que fue trasladado a la sala del festín. Todos los invitados lo contemplaron con admiración y entonces Seth prometió, como por juego, que lo regalaría a quien tuviese las medidas más acordes con la caja. Todos probaron, pero nadie encajaba debidamente en las medidas. Finalmente Osiris se tendió en el interior de la caja. En aquel momento los conjurados se abalanzaron sobre el cofre y cerraron la cubierta soldando los bordes con plomo fundido. Una vez hecho esto, lo trasladaron al río…” 


Isis, al enterarse de la desgracia, se sumió en profundo duelo. Llorosa y desconsolada, buscó el cofre por todas partes hasta que los cielos le indicaron que, arrastrado por las aguas, había llegado a Biblos, la ciudad de Adonis. El cofre había quedado varado en aquellas costas, entre unos arbustos. 

Allí mismo brotó un gran árbol, en el interior de cuyo tronco se hallaba contenida la caja de Osiris. Pero Melcandro, rey de aquellas tierras, al descubrir un árbol tan hermoso ordenó que lo cortasen con el propósito de hacer con él una columna para el palacio que estaba construyendo. 

Mientras tanto Isis iniciaba su peregrinaje hacia Biblos para recuperar el cuerpo de su esposo y trasladarlo hasta Egipto. La diosa, tras revelar su condición de tal, logró que le entregaran el cofre de Osiris, mas todo en vano: el diabólico Seth se le había adelantado, apoderándose del cadáver para descuartizarlo y desperdigar sus pedazos. 

Isis debe entonces ir recogiendo las distintas partes del cuerpo de Osiris para volver a otorgarles la debida unidad. Según una versión, a medida que iba encontrando los despojos los enterraba en el mismo lugar. Otra dice que tomó cada una de las 14 porciones en las que fuera fragmentado, configurando, a partir de cada una de ellas y en los distintos lugares, una imagen completa de Osiris con barro y granos de cebada, que los sacerdotes del lugar habrían de tomar posteriormente por el cuerpo completo del dios. 


Lamentablemente hubo una parte de Osiris que Isis no pudo conseguir: los genitales habían caído al Nilo, y el pez oxirrinco los devoró. La diosa se vio entonces obligada a configurar un pene artificial con tallos vegetales y, tras colocarlo convenientemente, se acopló a él para concebir un hijo: el pequeño Horus

El joven Horus resucitó a su padre valiéndose de recursos mágicos y libró muchas batallas contra Seth. Al fin, después de perder un ojo, lo venció y lo mató, aunque según otras versiones Seth fue castrado. 

En adelante Osiris sería el regente del reino de los muertos, desde donde aseguraba la prosperidad del reino gobernado por Horus. 


Los egipcios creían que Osiris era enterrado cada vez que se hundía una simiente en la tierra, y que renacía al aparecer los primeros brotes. Festejaban el triunfo de Horus sobre Seth, de la vida sobre la muerte, del bien sobre el mal. No sólo el faraón, sino también el hombre común llegaría a identificarse con Osiris.

jueves, 20 de enero de 2011

Carta de Josefina

Carta de Josefina a Napoleón 

Con el permiso de nuestro augusto y querido esposo, debo declarar que no conservando ninguna esperanza de tener hijos que puedan satisfacer las necesidades de su política y el interés de Francia, me complace darle la mayor prueba de cariño y devoción que jamás haya sido dada sobre la tierra. Todo cuanto poseo lo he recibido por su gracia; es su mano la que me coronó, y desde lo alto de ese trono no he recibido más que testimonios de afecto y amor por parte del pueblo francés. 

Creo agradecer todos esos sentimientos al consentir la disolución de un matrimonio que se ha convertido en un obstáculo para el bien de Francia, que la priva de la dicha de ser un día gobernada por los descendientes de un gran hombre tan evidentemente designado por la Providencia para eliminar los males de una terrible revolución y restaurar la Iglesia, el trono y el orden social. Pero la disolución de mi matrimonio no cambiará en nada los sentimientos de mi corazón: el emperador siempre hallará en mí a su mejor amiga. Sé cuánto ha lastimado su corazón este acto ordenado por la política y por tan altos intereses; pero ambos compartimos la gloria del sacrificio que hacemos por el bien de la patria. 

Josefina, 15 de diciembre de 1809.


martes, 18 de enero de 2011

Tiberio

Tiberio

La muerte sorprendió a Augusto en agosto del año 14 en la ciudad de Nola. Tiberio, hijo de un primer matrimonio de Livia, se encontraba en Illyrico, enviado con la misión de reorganizar las tropas. Una carta de su madre advirtiéndole de la enfermedad de Augusto le hace regresar, sin que se pueda precisar si fue antes o después de su muerte, dada la diversidad de versiones según los diferentes autores. 

El único pariente a quien el difunto emperador hubiera podido transmitir el Imperio era Germánico, pero éste era demasiado joven, por lo que Augusto eligió a Tiberio como la persona con la suficiente habilidad y experiencia para gobernar hasta que su verdadero candidato pudiese hacerlo por sí mismo. A tal fin el 26 de junio adoptó a Tiberio, a cambio de que él adoptara a su vez a Germánico y lo convirtiera así en su inmediato sucesor. 

Augusto tenía un nieto conocido como Agrippa Póstumo, hijo de Julia, pero se encontraba en el exilio y no era un serio candidato al Imperio. Sin embargo, a Tiberio le inquietaba que pudiera haber un partido más o menos fuerte que pretendiera llevar al poder a un representante de los julios. Desde ese punto de vista el joven era un elemento perturbador que debía ser aniquilado. 

Nunca se supo a ciencia cierta qué sucedió, pero lo cierto es que Agrippa Póstumo fue asesinado en la isla de Panasia, donde se encontraba confinado. Según unos, el propio Augusto habría dado la orden antes de morir, a Tiberio o a su madre, pero otros lo niegan tajantemente, y lo hacen parecer una maniobra de Livia para despejar el camino a su hijo, con o sin su conocimiento, mientras que Dion Cassio culpa sin dudar al propio Tiberio. 

Augusto

El nuevo emperador era un hombre maduro en el momento en que sucedió a Augusto: tenía 55 años y había acumulado una gran experiencia en tiempos de su predecesor, especialmente en el terreno militar. No quiso adoptar el título de Imperator, sino que se limitó a añadir el nombre de Augusto al suyo, apareciendo en las inscripciones como Tiberius Caesar Augustus. Tampoco se dejó llamar nunca padre de la patria. 

Había estado casado con Vipsania Agripina, con quien tenía un hijo, pero poco después de que éste naciera se divorció de ella para casarse con Julia, la hija de Augusto. Tiberio obedeció a las razones de conveniencia, aunque dicen que nunca olvidó a Vipsania, y, desde luego, no fue feliz con su segunda esposa, quien llevaba una vida disoluta. Tiberio llegó a endurecer el exilio que su padre había decretado como castigo para ella, prohibiéndole salir de casa. Poco después de la muerte de Augusto, también falleció Julia, posiblemente de inanición, sucumbiendo así a la venganza del esposo ultrajado. 

Su capacidad como diplomático había sido probada. Sin embargo, su personalidad no le ayudaba en exceso: era tímido y reservado, avaro, acomplejado por su calvicie prematura y por su problema en la piel, afeada por unas úlceras. Todo ello amargaba su carácter y ahondaba su resentimiento contra el mundo. En cuanto al resto de su físico, sabemos que era de elevada estatura y complexión atlética, que era zurdo y que tenía la particularidad de que uno de sus ojos era azul y el otro verde. 

Sus cualidades, pese a los rasgos tenebrosos de su carácter, hacían suponer que sería un satisfactorio continuador. Tiberio había sido un buen colaborador de Augusto, obedeció todas sus órdenes y realizó cuantas tareas le fueron encomendadas. Gracias a su habilidad se había conseguido acabar con el levantamiento en Panonia y mantuvo el prestigio de las armas romanas frente a los germanos. 

Tiberio

Una de las notas más oscuras durante su mandato son los juicios por traición, de los que según Tácito hizo uso hasta la saciedad. Su carácter desconfiado le inclinaba a la crueldad. Se cuenta que dejó morir a su propia madre, y que prohibió que fuera recordada con cariño después de muerta. Tampoco permitía que los familiares de los ejecutados llevaran luto, y recompensaba generosamente a los delatores sin detenerse a comprobar la veracidad de sus testimonios. En una ocasión ordenó la muerte de una madre por llorar desconsoladamente el trágico final de su hijo. 

Pero probablemente la principal acusación que ha sido levantada contra él tiene que ver con la terrible desgracia que se cernió sobre la familia imperial. Él había adoptado a Germánico, inmediatamente designado como sucesor, aunque también tenía un hijo: Druso. Germánico era amado por el pueblo y muy especialmente por el ejército, en recuerdo de su padre, hermano de Tiberio. Después de algunos servicios con el ejército en Germania, el joven fue enviado por el emperador para llevar a cabo una misión en Oriente, a consecuencia de la cual se vio enfrentado al gobernador de Siria. Germánico muere en Antioquía, levantando graves rumores de envenenamiento por parte del gobernador Pisón, que fue llamado a Roma y juzgado por ello. Pisón, que en el juicio amenazó con implicar a Tiberio, terminó suicidándose. 

La providencial muerte de Germánico dejaba despejado el camino para el hijo del emperador. La esposa de Druso, Livilla, había dado a luz gemelos, lo que aseguraba aún más la sucesión. Pero entonces aparece Sejano, que usa de su habilidad y abusa de la confianza que Tiberio había depositado en él para conseguir poder. Nombrado prefecto del pretorio, reunió a las nueve cohortes que estaban dispersas por la península y las asentó a las puertas de la ciudad. Con esta fuerza como apoyo, aspirará secretamente al Imperio


Moneda con Tiberio y Livia

Sejano será el causante de la muerte de Druso en el año 23 y del enfrentamiento de la familia de Germánico con Tiberio. Cuando éste se retiró a la isla de Capri, él, a quien el emperador llamaba “mi compañero”, quedó como dueño de Roma y se atrevió a preparar una conspiración contra el propio Tiberio, cuya serenidad y astucia le permitieron evitar. 

Tras la muerte de Sejano, los juicios parecían no tener fin. En palabras de Tácito, “Las ejecuciones se han convertido en un estímulo para su furia, y ha condenado a muerte a todos los encarcelados acusados de colaborar con Sejano. Allí se encuentran, separados o en montones, un sinnúmero de muertos de todos los sexos y edades. No se permitió a parientes y amigos estar cerca de ellos, llorar su muerte o siquiera mirarles. Espías establecieron rondas para anotar a los dolientes que osaban acercarse. Cuando los cadáveres estuvieron putrefactos, se les arrastró al Tíber, a cuyas aguas se les arrojó. La fuerza del terror y la crueldad extinguieron la pena.” 

Los familiares de Sejano no se libraron de las represalias, ni siquiera una niña de once años a la que el emperador ordenó violar antes de matarla, puesto que las leyes prohibían condenar a muerte a una virgen. 

Capri

La conspiración de Sejano y la muerte de su hijo sumieron los últimos años de Tiberio en la más profunda tristeza. Retirado en Capri, allí permaneció hasta el fin de sus días. Su reclusión en dicha isla ha dado pie a toda una serie de historias que le han presentado en sus últimos años como un verdadero monstruo, aspectos que hoy día algunos tienden a desdeñar como invenciones de sus enemigos. Según Suetonio, estos le llamaron el Caprineo, palabra que designa a los habitantes de Capri, pero que tenía un doble sentido, puesto que también significaba, digamos, macho cabrío

Tiberio murió en Miseno el 16 de marzo del año 37, contando 77 años, según Tácito asesinado por Macro con una almohada para garantizar el ascenso de Calígula. Suetonio va más allá y afirma que el propio sucesor pudo ser el autor material del crimen. 


domingo, 16 de enero de 2011

Las mujeres en la antigua Grecia


Las mujeres casadas, las doncellas y las niñas mientras estaban al cuidado de sus madres y esclavas, permanecían en el gineceo, del cual salían en raras ocasiones. Allí crecían en la ignorancia. El cuidado que prestaban a los deberes domésticos y a su atuendo era todo el interés de su monótona existencia, y no había relación intelectual alguna con el otro sexo. Incluso en las ceremonias públicas actúan independientemente de los hombres. 

Ni siquiera el matrimonio cambiaba su situación. La doncella se limitaba a pasar del gineceo de su padre al de su marido, si bien en este último ella era la dueña absoluta. El esposo vigilaba su honor con celo, y no se consideraba que la mujer tuviera muchos más derechos que los de un esclavo doméstico. Recordemos cómo Telémaco ordena a su madre que vigile su huso y su telar en vez de interferir en los debates de los hombres. Los matrimonios felices no eran imposibles, aunque prevalecía la opinión de que la mujer era un ser de naturaleza inferior a la del hombre. 


Sin embargo los dorios observaban unas costumbres diferentes, y daban plena libertad a las doncellas para que se mostraran en público y se fortalecieran por medio del ejercicio físico. Hay que tener en cuenta que esta libertad no fue el resultado de ninguna consideración de igualdad entre ambos sexos, sino que se fundó en el deseo espartano de producir niños fuertes por medio de la adecuada preparación del cuerpo de las mujeres. 

La principal ocupación femenina, aparte de preparar las comidas, consistía en hilar y tejer. Las divinidades áticas están representadas en las artes como diosas del destino, tejiendo el hilo de la vida y luciendo como atributo una rueca. Incluso Helena recibió como regalo un huso de oro con una cesta de plata para guardar el hilo en ella. 

En cuanto a la preparación de la comida, la parte más dura, como moler el grano en molinos de mano para abastecer a los numerosos invitados, la realizaban las sirvientas. En el palacio de Ulises doce esclavas estaban empleadas todo el día moliendo trigo y cebada. Cocer y tostar carne sobre el asador también era tarea de las esclavas. En tiempos posteriores llegó a ser costumbre comprar o alquilar esclavos masculinos como cocineros. 


En cada casa, incluso en las de una riqueza modesta, se mantenían varias esclavas como cocineras, doncellas y compañeras de las damas en sus escasas salidas, al ser considerado impropio salir de casa sin la compañía de varias de ellas. Sólo abandonaban el hogar para hacer alguna visita a sus vecinas y para asistir a bodas, entierros y festivales religiosos, en los que sí representaban importantes papeles públicos. 

También era tarea femenina ir al pozo a buscar agua, lo que les proporcionaba otra ocasión de reunirse con otras mujeres. Casi todos los pozos eran comunitarios, ya que sólo los hogares más ricos podían aspirar a uno privado. 

Las representaciones de mujeres bañándose, adornándose, tocando y bailando son numerosas. La doncella ateniense, distinta de la espartana, no creía apropiado exhibir públicamente su habilidad y belleza física, pero tomar un baño parece haber estado entre sus costumbres diarias. Hay una pintura muy interesante en un ánfora del museo de Berlín en la que se ve el interior de una sala de baño. El espacio interior está dividido por una fila de columnas en dos habitaciones, cada una de ellas para dos mujeres. Probablemente el agua se llevaba a presión a las partes superiores de las columnas huecas, y la comunicación entre ellas se efectuaba por medio de tuberías. Los grifos tienen forma de cabezas de osos, leones y panteras de cuyas bocas sale el agua. Las tuberías, a cierta distancia del suelo, se utilizaban para colgar las toallas. Tal vez las llenaban de agua caliente para calentar la ropa. 


El columpio era una diversión femenina. En conmemoración de la muerte de Erigone, hija de Icario, se había decretado un festival en Atenas en el que a las doncellas se les consentía divertirse en el columpio. Hay ilustraciones en las que incluso aparece Eros impulsándolo. 

Una excepción dentro de la sociedad femenina griega eran las hetairas, mujeres libres y de esmerada educación, cortesanas que participaban en fiestas y banquetes de la aristocracia. Su misión era entretener con su oratoria y su canto, pero también con sus encantos físicos, a todos los invitados. Solían vestir con una ligera gasa que permitía apreciar sus encantos, o incluso llevar el pecho descubierto. Estas mujeres pagaban impuestos, y algunas de ellas gozaron de enorme influencia y prestigio social. 

Demóstenes dijo: 

“Tenemos a las hetairas para el placer, a las criadas para que se hagan cargo de nuestras necesidades corporales diarias y a las esposas para que nos traigan hijos legítimos y para que sean fieles guardianes de nuestros hogares”. 



Bibliografía: 
Los griegos – E. Guhl y W. Koner

viernes, 14 de enero de 2011

Los trovadores y el amor cortés


La literatura del amor cortés floreció durante el siglo XII, especialmente en Aquitania y Provenza. Los cantares de gesta tendían a celebrar los ideales caballerescos del valor en batalla, la lealtad y el honor, mientras que los lais celebraban el amor.

Fueron los poetas del sur, los trovadores, quienes popularizaron el concepto de amor cortés, revolucionario en aquel tiempo. Basándose en ideas de Platón y de escritores árabes, e influenciados por el creciente culto a la Virgen María, estos poetas componían su obra en la lengua occitana (langue d’Oc). Deificaban a las mujeres, concediéndoles superioridad sobre los hombres, y establecían códigos de cortesía y conducta caballerosa. Estos preceptos iban a encontrar eco en los poetas del norte de Francia, que escribían en la lengua llamada langue d’Oeil.


Bajo las normas del amor cortés, la amada, que es una figura idealizada, a menudo de alto rango e incluso casada, permanece inalcanzable para su humilde adorador, que debe rendirle homenaje y demostrarle su devoción y lealtad durante un tiempo antes de que su amor sea siquiera reconocido. En este juego la mujer siempre ostenta el liderazgo y establece el tono de la relación. Sus deseos y órdenes son absolutos, y cualquier pretendiente que no los cumpla no es merecedor del honor de obtener su amor. Había un cierto erotismo subyacente bajo estos preceptos, pues se entendía tácitamente que el que persistía llegaría a conseguir un día la recompensa que esperaba.

La era de los trovadores terminó a comienzos del siglo XIII con la persecución de los cátaros, durante lo que fue dado en llamar la Cruzada Albigense. Tras el holocausto de Montségur, el sur de Francia quedó tan devastado que su cultura nativa, que había florecido bajo los auspicios de Leonor de Aquitania, terminó por desaparecer.


Se conocen unos 400 trovadores, autores de más de 4.000 poemas. Procedían de todos los estratos sociales. El más antiguo que se conoce es Guillermo IX, duque de Aquitania, abuelo de Leonor. Vivió entre los años 1071 y 1127. Escribía en sus cortes de Poitiers y Burdeos, y seguramente también durante los viajes que le llevaron a Tierra Santa, donde mandaba un ejército de 30.000 hombres, y a España. Estuvo en contacto con las cortes de Anjou y de Ventadour.

Bernart de Ventadour, que vivió en la segunda mitad del siglo XII, fue de origen humilde, probablemente hijo de un panadero. Trabajó para el vizconde Ebles de Ventadour, su protector, de quien debió de aprender el arte de cantar y escribir. Pronto sobrepasó a su patrón, a cuya esposa, Agnès de Montluçon, estaban dedicados sus primeros poemas. También estuvo en Narbona y Tolosa, y escribió para Leonor de Aquitania, con la que viajó a Normandía e Inglaterra.


Marcabru, un gascón de origen igualmente humilde, trabajó para las cortes de Aragón y de Castilla. Estuvo en contacto con el también trovador Jaufré Rudel, príncipe de Blaye, que murió en las Cruzadas hacia 1148 dando origen a una romántica leyenda según la cual se habría enamorado de la condesa de Trípoli, a la que nunca había visto, por los informes que traían los peregrinos que venían de Antioquía. Fue por el deseo de verla por lo que tomó la cruz y partió a Tierra Santa.

De Cercamon sabemos muy poco. Sus poemas datan de mediados del siglo XII, y uno de ellos es un lamento por la muerte de Guillermo X de Aquitania, hijo del famoso trovador. Y otro alude al matrimonio de Leonor de Aquitania.


La mayoría de los trovadores parecen haber sido itinerantes. Algunos, como en el caso del duque Guillermo, de Ricardo Corazón de León o de Alfonso II de Aragón, por razones de Estado. Otros por seguir a su señor. Peire Vidal trabajó no sólo para el conde de Tolosa y el rey de Aragón, sino también para el marqués de Montferrat, como muchos  otros trovadores de finales del siglo XII y principios del XIII con los que visitó Chipre y tal vez Constantinopla.

Otros poetas, sin embargo, se quedaron en casa: María de Ventadour, Raimbaut de Orange o la condesa de Die.

Había puntos de especial importancia para los trovadores, como Vienne, en el Delfinado, Le Puy o Toulouse, sede de los Juegos Florales. No todos eran provenzales, por supuesto, pero buena parte de este movimiento y de su difusión se debe a la influencia de las casas de Anjou, Aragón, Toulouse y Provenza, con una larga tradición de patronazgo, además de haber producido poetas y trovadores entre sus propios miembros.



Bibliografía:
The troubadours – H. J. Chaytor
Eleanor of Aquitaine – Alison Weir

miércoles, 12 de enero de 2011

María de Molina y Sancho el Bravo (II)


El infante Don Juan buscó refugio en los apartamentos de la reina, perseguido por el rey, que le hubiera dado muerte allí mismo de no haber intervenido María para apaciguarlo. "Desque la Reina, que estava en su camara supo el hecho en como havia passado, pugno quanto pudo en guardar al Infante D. Juan que no tomasse muerte, i si non fuera por esto, luego lo matara el Rei de buena miente”. 

El rey encarceló a su hermano, pero poco después lo ponía en libertad, de nuevo gracias a la intercesión de su esposa. 

Sancho sitió de inmediato la villa de Haro y los castillos que pertenecían al fallecido Don Lope, y mientras tanto encargaba a la viuda que se encargara de apaciguar a su hijo, ofreciéndole devolverle a cambio todas las posesiones de su padre. Aunque Juana prometió hacerlo así, en realidad hizo todo lo contrario, incitando a su hijo a la venganza.

No se necesitaban muchos argumentos para inflamar al turbulento Diego. Éste puso a salvo a su hermana, esposa del infante prisionero, enviándola a Navarra. Después renunció a su juramento de fidelidad y pasó a Aragón. 


Allí Diego se reunió con su tío Gastón de Béarn. El rey de Aragón accedió a favorecerlos apoyando las pretensiones al trono de los sobrinos de Sancho, los Infantes de la Cerda. El mayor de ellos, Alfonso, fue coronado rey de Castilla en una ceremonia celebrada en Jaén en septiembre de 1288. 

La muerte de Diego antes de un año de haber fallecido su padre fue un duro golpe para el partido de los infantes. Pero un tío suyo pasó entonces a Aragón con sus seguidores para unirse a los rebeldes. 

La reina, con su tacto y prudencia, fue una vez más de gran utilidad para Sancho en esta emergencia, logrando reconciliar a muchos que hubieran seguido el mismo camino. Entre otros, ganó para la causa de su marido a Juan Núñez de Lara, a quien ofreció una esposa de sangre real: su propia sobrina, Isabel de Molina. 

La fidelidad de Don Juan, sin embargo, duró poco, y sus frecuentes rebeliones fueron un quebradero de cabeza para María durante toda su vida. 

En 1291 Sancho concluyó un tratado con Jaime II de Aragón, que había sucedido a su hermano. Este acuerdo estipulaba el compromiso del aragonés con la infanta Isabel, entonces de 9 años, y el posterior matrimonio cuando la novia alcanzara la edad adecuada. 


La reina acompañó a su hija hasta Calatayud, donde tuvo lugar la ceremonia de los esponsales. Después la joven novia acompañó a su prometido hasta la corte de Aragón, para ser educada en el reino en cuyo trono se sentaría un día. 

El hermano de Sancho, aunque al recuperar la libertad había jurado lealtad al rey y al heredero, pronto se unió a los rebeldes. Derrotado por las tropas del rey, se refugió en Portugal, de donde fue expulsado a petición de Sancho. Entonces pasó a Tánger, donde formó una alianza con el sultán, recibiendo de él cinco mil hombres para llevar a cabo la conquista de la plaza de Tarifa. 

La plaza estaba defendida por Alonso Pérez de Guzmán, que pasaría a la historia como Guzmán el Bueno por su inquebrantable lealtad. Cuenta la leyenda que un hijo suyo de corta edad había caído en manos del enemigo, y los rebeldes exigían la entrega de Tarifa a cambio de la vida del niño. Desde lo alto de la muralla, Alonso respondió que la plaza pertenecía a su señor, y que antes que rescatar a su hijo perdiendo su honor, les proporcionaría el medio de cumplir su amenaza. Dicho esto, arrojó su propio puñal a los asesinos para que dieran muerte al niño con él. 

El infante don Juan, furioso por la rotunda negativa, habría ordenado matar al niño ante la vista de los sitiados. 


Los sitiadores, al ver fracasada su empresa, tuvieron que retornar a África. Pero Castilla quedaba sumida en la confusión. El rey, aunque valiente, activo y decidido, asistido además por su infatigable esposa, era incapaz de apagar el fuego de la guerra civil. Su muerte el 25 de abril de 1395 empeoró aún más las cosas, porque dejaba un heredero de sólo diez años. 

Sancho dispuso que su esposa fuera la regente durante la menor edad de su hijo, y verdaderamente no podría haber elegido mejor piloto para llevar la nave a buen puerto a través de la tormenta. La Historia iba a distinguir a María de Molina por sus dotes y heroicas virtudes con el título de María la Grande.


lunes, 10 de enero de 2011

María de Molina y Sancho el Bravo

Cortegana, castillo de Sancho IV (Huelva)

María de Molina era hija del infante Don Alfonso de Molina, hermano del rey Fernando III de Castilla. Su madre fue la tercera esposa de Alfonso, Doña Mayor Alfonso de Meneses. 

Cuando María contaba unos 17 años de edad, en junio de 1281, se casó en la catedral de Toledo con Sancho, el segundo de los hijos del rey Alfonso X el Sabio y heredero del trono, puesto que el primogénito había fallecido. 

El príncipe había sido prometido previamente a Guillermina de Moncada, hija de Gastón de Béarn. Guillermina era una de las más ricas herederas, lo que no representaba un gran consuelo para el novio. La joven no contaba con muchos atractivos más. Afortunadamente para Sancho se rompió el compromiso, y de ese modo pudo hacer otro a su gusto. La nueva novia parecía elegida por la Providencia: no sólo resultaba del agrado del príncipe, sino que además estaba llena de cuantas cualidades se requerían para el elevado puesto que estaba llamada a ocupar. 

Sin embargo, este matrimonio no agradaba al rey, y, además, al ser parientes los contrayentes, hubo problemas para conseguir las dispensas necesarias por parte de la Iglesia. De hecho, éstas no llegaron hasta después de la muerte de Sancho. 


En 1282 el príncipe se había rebelado contra su padre, con tanto éxito que las cortes de Valladolid se declararon a su favor. Él se negó a utilizar el título de rey mientras viviera Alfonso, pero ejercía de hecho las labores de un soberano. Hacía años que las relaciones entre padre e hijo eran malas, desde la muerte del primogénito de Alfonso. La causa de la desavenencia eran las pretensiones de Sancho de ser reconocido como heredero por encima de los derechos de los hijos de su fallecido hermano mayor, Fernando de la Cerda. 

Alfonso X murió en Sevilla el 4 de abril de 1284. Tras los funerales, Sancho y María cambiaron los ropajes de duelo por brillantes paños de oro reales y fueron proclamados reyes de Castilla, a pesar de que Alfonso desheredaba a Sancho en su testamento para dejar como sucesor a su nieto. Los nuevos reyes hicieron que se reconociese como heredera al trono a su hija, la infanta Isabel, nacida el año anterior. Poco después se dirigían a Toledo para ser coronados. 

El matrimonio había atravesado ya por serias dificultades debido a que el rey de Francia había presionado al Papa para que lo disolviera, deseoso de casar a su propia hermana con Sancho. Pero éste se negó a separarse de María. Se sostuvo que habían cometido incestas nuptias, excessus enormitas y publica infamia y fueron excomulgados. Todos los hijos que nacieran serían considerados ilegítimos. 

En 1285 nacía un varón al que se dio el nombre de Fernando y que fue jurado como heredero, desplazando a su hermana en el orden sucesorio. El matrimonio tendría en total siete hijos. 

María de Molina presenta a su hijo Fernando ante las Cortes de Valladolid

Sancho IV tenía un ambicioso favorito, Don Lope de Haro, Señor de Vizcaya, quien había permanecido a su lado durante toda la larga pugna que mantuvo con su padre. Debido a esto, el caballero había adquirido una gran influencia sobre él, y la utilizaba ahora para aconsejarle la separación de María. Lo hacía por sus propios intereses personales, puesto que esperaba que de ese modo desposaría por fin a su pariente, Guillermina de Moncada, y así se consolidaría el enorme poder de la Casa de Haro. 

A sus maniobras la reina oponía sistemáticamente paciencia y dulzura, pese a que Lope no perdía ocasión de irritarla y ofenderla. Fue por la influencia de este noble caballero por lo que se alejó de la Corte a Doña María Fernández Coronel, por quien la reina sentía un gran cariño y que había sido su aya y era ahora la de la infanta Isabel. 

Pero los esfuerzos del favorito no lograron sembrar el mal entendimiento entre ambos esposos, porque la prudencia de la reina estropeaba todos sus planes. 

El ascendiente de Lope sobre el rey y su conducta imprudente causaban el descontento entre buena parte de la nobleza, y sus quejas hicieron que por fin Sancho el Bravo abriera los ojos y se dispusiera a ponerle límites. Esto, sin embargo, no iba a ser fácil, puesto que el Señor de Vizcaya estaba apoyado por un partido fuerte en el que se alineaban incluso miembros de la familia real. No hay que olvidar que un hermano de Sancho se había casado con la hija de Lope, y que el propio Lope había tomado por esposa a la hermana de la reina. 

Confiando en sus poderosas conexiones, el favorito respondió con insolencia a las demandas del rey. Las palabras subieron de tono y tanto Lope como su yerno el infante don Juan llegaron al extremo de desenvainar las espadas en presencia del soberano. En el enfrentamiento que siguió, dos de los hombres del rey resultaron heridos, y el Señor de Vizcaya perdió la vida.


Continuará

viernes, 7 de enero de 2011

La guerra de Esteban y Matilde (II)


A Matilde no se le pasó por la cabeza imitar el comportamiento de Esteban y dejarlo en libertad, pero tampoco pensó en ejecutarlo. Simplemente lo metió en prisión mientras ella ocupaba la residencia real y asumía el papel de reina con la ayuda del hermano de Esteban, el obispo de Winchester, que a cambio desempeñaría el papel de Primer Ministro y dispondría de todos los obispados y abadías que quedasen vacantes. 

Pero Londres aún estaba con Esteban, y cuando Matilde llegó fue recibida con disgusto. La reina no supo ganarse las voluntades: era una mujer arrogante, con el temperamento endemoniado de sus antepasados. Estaba furiosa por el apoyo que le habían dado a él y quería castigarlos, así que les puso nuevos impuestos y rechazó la petición de que prometiese gobernar según las viejas leyes de Eduardo el Confesor. 

Los londinenses se levantaron contra ella y la expulsaron de la ciudad antes de que pudiese ser coronada. Ante esto el obispo de Winchester volvía a cambiar de bando. 

Fuerzas leales a Esteban lograron llegar a Winchester y ponerle cerco. Matilde había buscado refugio allí junto con algunos de sus mejores aliados, entre ellos su hermano Gloucester y el rey de Escocia. Gracias a la vigorosa resistencia de Gloucester, que finalmente fue capturado, Matilde y el escocés lograron escapar. 


Se llegaba así a un punto muerto y un intercambio de prisioneros: Gloucester por Esteban. Luego la guerra civil estalló nuevamente, más devastadora que nunca. A finales de 1142 Matilde fue sitiada en Oxford, y vivió una dramática fuga metida en una cesta. 

En 1147 moría el hermano de Matilde, y ella, privada del verdadero jefe militar, se vio obligada a abandonar Inglaterra poco después. 

Esteban quedaba como rey del país, pero no era capaz de controlar a sus barones, ni tampoco controlaba las tierras normandas del continente. Allí el amo era Godofredo de Anjou, esposo de Matilde. Poco a poco Godofredo aprovechó el caos que se había apoderado de Inglaterra para adueñarse de Normandía, haciendo que los normandos aceptasen a su hijo Enrique como duque. 

Matilde quería que él acudiera a Inglaterra en su ayuda, pero él se negaba a hacerlo, usando como excusa su preocupación por Normandía. En realidad su matrimonio era cualquier cosa menos feliz, y seguramente él se alegraba de tenerla lo más lejos posible. 


Godofredo había hecho un viaje de peregrinación a Tierra Santa. Vestía ropas modestas como gesto de humildad y llevaba un ramito de retama en su gorro (planta genista en latín, y planta gênet en francés). Esto le valió su apodo, y se lo llamó Godofredo Plantagenet. El apodo pasó a su hijo y a todos sus descendientes, convirtiéndose en una especie de apellido. 

Su hijo mayor, Enrique, sí que estuvo dispuesto a arriesgar el todo por el todo en la empresa de Inglaterra. Siendo tan sólo un adolescente, por dos veces condujo ejércitos contra Esteban, aunque fue rechazado en ambas ocasiones. Pero demostró ser un joven prometedor y obtuvo un apoyo creciente y entusiasta. 

Cuando fallece Godofredo en 1150, Enrique se convierte en el nuevo conde de Anjou. Luego hizo un matrimonio sumamente ventajoso con Leonor de Aquitania, que se divorciaba el rey de Francia. Ahora el joven podía ir a Inglaterra como el poderoso gobernante de vastos territorios, y disponía de abundantes fondos para mantener sus ejércitos y comprar voluntades. 


Desembarcó en Inglaterra en 1153. Esteban estaba desgastado por la larga pugna. Había intentado que los barones aceptaran a su hijo Eustaquio, sin mucho éxito. Eustaquio murió, y se hizo evidente que Guillermo, el hijo menor de Esteban, no tenía voluntad ni capacidad para ser rey. 

Llegados a este punto, Esteban se vio obligado a ceder. Sólo pidió que se le permitiera conservar el trono mientras viviese. Ya no era joven y estaba enfermo. No iba a durar mucho tiempo, así que Enrique accedió. A cambio el rey lo reconoció como heredero, con exclusión de su propio hijo menor. 

Antes de un año fallecía Esteban, y el 19 de diciembre de 1154 Enrique Plantagenet, con sólo 21 años, se convertía en Enrique II de Inglaterra.