Isabel Petrovna
Durante los años del reinado de Ana Ivanovna, Isabel había tenido que sufrir las continuas amenazas de la emperatriz, que hubiera deseado encerrarla en un convento y conjurar así el peligro que representaba tenerla en la corte, donde se podría formar un poderoso partido en torno a su figura. Esas amenazas estuvieron a punto de materializarse ahora, cuando uno de los propios aliados y amantes de Isabel, Lestocq, quiso imponerle ese destino. Por fortuna para ella, poco después se arrepentía.
Así, entre tantos peligros, un año después de la muerte de Ana, durante una fría tarde de finales de noviembre, la carroza que conducía a la gran duquesa Isabel se detenía ante la embajada francesa. La escoltaban su confidente, el conde Vorontsov, y siete granaderos. Comenzaba para ella la parte más peligrosa de aquella aventura.
Al aparecer La Chétardie, Isabel le dijo que estaba a punto de “subir a la gloria”. La última descendiente de los Romanov por línea directa masculina marchaba en dirección al cuartel de los granaderos de Preobraienski, donde reunió a los soldados y seguidores, alzó un crucifijo, se postró de rodillas y, entre lágrimas, les dijo que era su madre, la madre del pueblo ruso.
—¡Juro morir por vosotros, jurad vosotros morid por mí!
Carruaje de Isabel Petrovna
Desde el cuartel había que dirigirse al Palacio de Invierno, para lo cual era preciso atravesar la avenida Nevski. El camino estaba cubierto de nieve endurecida. La gran duquesa, sentada en la carroza y acompañada por doscientos soldados que juraron guardar absoluto silencio durante la marcha, abrigaba cierto temor a causa del ruido que hacían las ruedas sobre la nieve helada. Se apeó y manifestó su deseo de caminar, pero los hombres, considerando que su paso era demasiado lento, la izaron sobre sus hombros para aligerar la marcha.
La resistencia que ofreció el Palacio resultó más bien débil. La regente, junto con su marido y su hijo, fueron apresados y enviados a una fortaleza. Desde allí, poco después los destinarían a Siberia, adonde el matrimonio llegaría sin lengua. Los más firmes y poderosos partidarios de los Brunswick se vieron sorprendidos en sus lechos mientras dormían y fueron fácilmente dominados.
A las dos de la tarde del día siguiente, un gran número de nobles y prelados se reunía en el Palacio para saludar a Isabel como emperatriz de todas las Rusias, mientras que en el exterior el pueblo la aclamaba con tremenda algarabía. Ella se puso al cuello la cruz de San Andrés y salió a corresponder a las aclamaciones de la multitud. Después recorrió solemnemente las filas de los soldados. Prometió que durante su reinado no rodarían cabezas, y es cierto que se atuvo a la palabra empeñada: abolió la pena de muerte; pero se arrancaron miles de lenguas y muchos pares de orejas, por no mencionar el número de personas cegadas o con la nariz aplastada. Isabel se mostró cruel con sus enemigos. No los mató, pero los torturó.
Isabel Petrovna
Su reinado de casi 20 años comenzó oficialmente con la ceremonia de su coronación el 25 de abril de 1742. La emperatriz Isabel pronto se sintió irritada por las pretensiones del embajador francés, que esperaba recibir un trato especial. El porte soberbio de La Chetardie y lo fastuoso de su atuendo disgustaban, además, a los nobles rusos, sobre todo a Alexis Bestuchev, político astuto e implacable que llegó a ocupar el cargo de gran canciller. Bestuchev era un anglófilo convencido. Se decía de él que estaba al servicio del embajador británico y que era enemigo acérrimo de Francia.
La Chétardie, en un arranque de cólera, envió cartas desdeñosas sobre la mujer a la que ayudara a subir al trono, criticando su frivolidad y vanidad: “Se cambia de vestido cuatro o cinco veces al día, y le horroriza el trabajo”. Las cartas, por supuesto, estaban escritas en clave, pero la policía rusa la descubrió, las leyó y se las entregó a Bestuchev para que éste las utilizara a su conveniencia. El incidente puso fin al influjo de La Chétardie sobre Isabel. En 1744 el embajador francés fue conducido a la frontera, advirtiéndosele que jamás se le ocurriera volver por allí.
Isabel Petrovna
Isabel gobernó con habilidad, devolviendo a Rusia el orgullo nacional perdido. Siguió la política de su padre al colocar a ciudadanos rusos en puestos clave dentro del gobierno, evitando así influencias extranjeras. Terminó con la larga disputa entre Rusia y Suecia y mantuvo su alianza con Austria y Francia contra Prusia durante la guerra de los Siete Años.
Su reinado estuvo igualmente marcado por avances culturales. El 25 de enero de 1755 establecía mediante un decreto la fundación de la Universidad de Moscú. Creó un teatro, trajo músicos y cantantes italianos y además se ocupó de cambiar la arquitectura de San Petersburgo para reflejar los estilos dominantes en la Europa de la época.
En 1717 Catalina I encarga a su arquitecto personal, el alemán Johann-Friedrich Braunstein, la construcción de una casa de verano. Años después, en 1733, la emperatriz Ana emprende la expansión del palacio, pero para Isabel se había quedado anticuado y encargó una remodelación total, tomando como base las características del estilo rococó.
Isabel Petrovna fallecía sin dejar descendencia el 25 de diciembre de 1761, según el calendario ruso, que aún no era el gregoriano. El trono era ahora para su sobrino, Pedro III.





















































