“…Londinium parecía un lugar bastante civilizado. Los mástiles se balanceaban sobre la maraña de gabarras que se alineaban frente a un muelle plagado de sacos, barriles, fardos y ánforas. Tras los parapetos se elevaban las cúpulas y los tejados de teja roja de una capital romana de respetable tamaño. El humo grasiento que se elevaba de ella creaba su propio encanto bajo el cielo nublado. Se oía el rumor del comercio urbano y llegaban los olores del carbón, las cloacas, las panaderías y los talleres de los curtidores. En algún lugar de la ciudad estarían los baños y los mercados, los templos y los palacios. Un puente largo, de madera, atestado de carretas y emisarios cruzaba el Támesis un cuarto de milla río arriba. La orilla meridional era una zona pantanosa y, más allá, se extendían los montes bajos…
“La muralla que rodeaba Londinium se elevaba a 20 pies de altura. Hacía un siglo, las ciudades del Imperio no necesitaban muros, pues la paz romana era efectiva, pero la guerra civil y las incursiones bárbaras habían hecho mella en la seguridad, y la capital de la provincia había sido amurallada. Los integrantes de la comitiva cruzaron la puerta del Gobernador y se internaron en la ciudad. Los olores de la misma los asaltaron al momento: a pan y a cloacas, a perfume y a colada, al amoníaco de los tintes y al serrín de los carpinteros. Pasaron por un pequeño foro atestado de puestos y, tras doblar a la izquierda, enfilaron una avenida estrecha que llevaba al palacio del Gobernador.
“Las murallas magnificaban el ruido y la densidad, y las calles rebosaban de gente. Pasó en dirección opuesta la litera de otra dama, elegante y maquillada... Vieron también a un orgulloso magistrado que caminaba con movimientos bruscos, dándose importancia, seguido de su asistente. Un malabarista se ganaba unas monedas lanzando bolas al aire, y un grupo de bulliciosos marineros pasó por delante camino de alguna taberna. En dos pisos contiguos, dos amas de casa conversaban y se saludaban. Hasta la ventana de una segunda planta izaban una cama mediante una cuerda pasada por una polea, y los transeúntes silbaban y se burlaban de los posibles usos que sus propietarios fueran a darle…
“Britania no resultaba totalmente extraña, por supuesto. Si era cierto que el mundo era Roma, entonces Roma también era el mundo. Ahí, en Londinium, había calles romanas, templos, pórticos, cúpulas y edificios de viviendas, y si resultaba exótica sólo se debía a los acentos políglotas de la mezcla habitual de razas: sirios morenos, rubios germanos, oscuros númidas, egipcios arrogantes, griegos astutos y judíos francos. Y por las clases sociales: esclavos y libertos, soldados y nobles, meretrices y amas de casa. El latín vulgar estaba corrompido, mezclado con otras lenguas, y se hablaba con un marcado acento… A aquella Babel de sonidos se añadía el cacareo de las aves de corral que aguardaban en sus jaulas a que alguien las comprara para la cena, así como el balido de cabras y corderos atados por las patas. Había niños que gritaban, mujeres campesinas que cantaban las virtudes de sus mercancías, vendedores ambulantes que se desgañitaban, voceros que pregonaban los encantos de una taberna o los placeres de un burdel, y hasta un desharrapado profeta de religión desconocida que amenazaba con la condena eterna. De unos baños cercanos llegaban gritos de jugadores, chapoteos en el agua y resoplidos de atletas. Y todo aquel estruendo urbano se veía rematado por el repicar de los martillos de herreros y zapateros y el golpeteo de los tejedores. Aquí se veía un vidriero, ahí un alfarero, allí un carnicero y, como era de esperar, carteles en latín anunciaban toda clase de gangas. El aire olía a fuego de carbón y aceite de lámpara, a tostadas calientes y anguilas fritas, a piel curtida y lana mojada. Las estatuas de los emperadores y generales muertos surgían oscurecidas por la lluvia, y los pequeños dioses protectores se agazapaban en hornacinas techadas. Junto a las puertas sobresalían los falos de la buena suerte. Sólo las fachadas desconchadas y los solares vacíos e invadidos por la maleza evidenciaban lo que se rumoreaba en Roma: que Londinium estaba cansada y se encogía. El comercio se estaba desplazando hacia la Galia…
Estatua de Trajano ante la muralla romana de Londres
“Britania no resultaba totalmente extraña, por supuesto. Si era cierto que el mundo era Roma, entonces Roma también era el mundo. Ahí, en Londinium, había calles romanas, templos, pórticos, cúpulas y edificios de viviendas, y si resultaba exótica sólo se debía a los acentos políglotas de la mezcla habitual de razas: sirios morenos, rubios germanos, oscuros númidas, egipcios arrogantes, griegos astutos y judíos francos. Y por las clases sociales: esclavos y libertos, soldados y nobles, meretrices y amas de casa. El latín vulgar estaba corrompido, mezclado con otras lenguas, y se hablaba con un marcado acento… A aquella Babel de sonidos se añadía el cacareo de las aves de corral que aguardaban en sus jaulas a que alguien las comprara para la cena, así como el balido de cabras y corderos atados por las patas. Había niños que gritaban, mujeres campesinas que cantaban las virtudes de sus mercancías, vendedores ambulantes que se desgañitaban, voceros que pregonaban los encantos de una taberna o los placeres de un burdel, y hasta un desharrapado profeta de religión desconocida que amenazaba con la condena eterna. De unos baños cercanos llegaban gritos de jugadores, chapoteos en el agua y resoplidos de atletas. Y todo aquel estruendo urbano se veía rematado por el repicar de los martillos de herreros y zapateros y el golpeteo de los tejedores. Aquí se veía un vidriero, ahí un alfarero, allí un carnicero y, como era de esperar, carteles en latín anunciaban toda clase de gangas. El aire olía a fuego de carbón y aceite de lámpara, a tostadas calientes y anguilas fritas, a piel curtida y lana mojada. Las estatuas de los emperadores y generales muertos surgían oscurecidas por la lluvia, y los pequeños dioses protectores se agazapaban en hornacinas techadas. Junto a las puertas sobresalían los falos de la buena suerte. Sólo las fachadas desconchadas y los solares vacíos e invadidos por la maleza evidenciaban lo que se rumoreaba en Roma: que Londinium estaba cansada y se encogía. El comercio se estaba desplazando hacia la Galia…
Fragmentos de El Muro de Adriano – William Dietrich











